Kobe (Japón) ¡mucho más que carne!

Ikuta-jinja Kobe

Cuan­do uno pien­sa en Japón, lo primero que se nos viene a la cabeza son los tem­p­los mile­nar­ios de Kioto, el bul­li­cio de Tokio o los cier­vos encan­ta­dores de Nara. Kobe, si aca­so, es ese nom­bre que rela­cionamos con la carne más famosa (y cara) del mun­do. Y poco más. Pero lo cier­to es que esta ciu­dad por­tu­ar­ia, disc­re­ta y mod­er­na, tiene muchísi­mo más que ofre­cer. Así que te ani­mo a que encuen­tres en tu próx­i­mo via­je japonés la opor­tu­nidad de vis­i­tar­la: no te robará mucho tiem­po (ape­nas un día) pero a cam­bio te ofre­cerá una expe­ri­en­cia cuan­to menos difer­ente en tier­ras niponas. Y sin cruzarte casi sin tur­is­tas, espe­cial­mente si vienes en invier­no, como era nue­stro caso.

En un prin­ci­pio, Kobe no esta­ba en mis planes. Fue una de esas deci­siones impro­visadas de últi­ma hora, moti­va­da más por la curiosi­dad (y el apeti­to) que por una plan­i­fi­cación metic­u­losa. En este cuar­to via­je a Japón fuimos con unos ami­gos pero ellos tenían menos días de vaca­ciones y regresa­ban antes que nosotros a España. Así que nos qued­a­ban unos cuan­tos días libres en Kioto antes de via­jar a Chi­na y ya que teníamos la ciu­dad bas­tante patea­da de éste y otros via­jes ante­ri­ores, decidi­mos incor­po­rar algu­nas excur­siones a otras ciu­dades cer­canas. Y ahí esta­ba Kobe esperán­donos. 

Kobe letrero

Entre las mon­tañas Rokko y el mar inte­ri­or de Seto, la ciu­dad parece estar lit­eral­mente abraza­da por la nat­u­raleza. Puedes estar pase­an­do por la zona del puer­to y en menos de media hora estar en un mirador a cien­tos de met­ros de altura con­tem­p­lan­do toda la bahía. Y todo eso sin salir de la ciu­dad. Kobe tiene un aire mod­er­no, casi cos­mopoli­ta, pero sin el ago­b­io de otras grandes urbes japone­sas. Es como una her­mana menor de Osa­ka, más tran­quila pero con un mon­tón de atrac­tivos intere­santes. 

Nankinmachi: el barrio chino de Kobe 

Hay que comen­zar, sí o sí, por Nankin­machi, el pequeño pero vibrante bar­rio chi­no. Ya sabéis lo mucho que me gus­tan los Chi­na­town, ya os lo con­té en el artícu­lo Via­je a los mejores bar­rios chi­nos del mun­do. Lo curioso es que, pese a que Japón ha sido históri­ca­mente bas­tante rea­cio a la inmi­gración, Kobe fue una de las primeras ciu­dades en abrirse al com­er­cio exte­ri­or a medi­a­dos del siglo XIX, cuan­do el país aban­donó su ais­lamien­to. Y claro, ¿quiénes fueron de los primeros en insta­larse en el puer­to? Com­er­ciantes chi­nos. De ahí nació este pequeño laber­in­to de faro­lil­los rojos, tem­p­los dec­o­ra­dos con drag­ones y puestos de comi­da que pare­cen com­pe­tir por ver quién te tien­ta más por medio de sus aro­mas.

El nom­bre Nankin­machi hace ref­er­en­cia a Nankín, una ciu­dad históri­ca de Chi­na, y des­de entonces el bar­rio se con­vir­tió en un pun­to de ref­er­en­cia para la comu­nidad chi­na en Japón. A día de hoy, Nankin­machi es uno de los tres bar­rios chi­nos más impor­tantes del país, jun­to a los de Yoko­hama y Nagasa­ki. Aunque su tamaño es modesto —ape­nas unas cuan­tas calles—, su inten­si­dad lo com­pen­sa con cre­ces. Es el típi­co lugar donde cada rincón tiene algo que mirar, oler, sabore­ar o fotografi­ar. Un micro­mun­do mar­avil­loso teñi­do de col­or carmesí.

El bar­rio chi­no ocu­pa ape­nas un par de calles en for­ma de cruz pero con­cen­tra tan­ta energía que uno siente que el espa­cio se mul­ti­pli­ca. Nada más cruzar el gran arco dec­o­ra­do que mar­ca la entra­da al bar­rio, el ambi­ente cam­bia rad­i­cal­mente. Pasas de la sobriedad japone­sa al bul­li­cio y col­ori­do tan típi­cos de las calles chi­nas. Faro­lil­los rojos col­ga­dos de facha­da en facha­da, tol­dos con car­ac­teres dora­dos, estat­uas de drag­ones y leones guardianes, tien­das que venden amule­tos, gal­letas de la for­tu­na y tés exóti­cos. Pero lo mejor —y lo más ten­ta­dor— es el olor. A espe­cias, a jen­gi­bre, a carne coci­da al vapor, a dul­ces recién hornea­d­os. No se puede cam­i­nar más de cin­co met­ros sin que algo te diga “cómeme!”

Nankinmachi Square

En el mis­mo cen­tro del Bar­rio Chi­no de Kobe, donde las dos calles prin­ci­pales se cruzan y la mul­ti­tud se con­cen­tra, se abre una pequeña pero bul­li­ciosa explana­da cono­ci­da como Nankin­machi Square. No es una plaza al uso europeo, con ban­cos y árboles fron­dosos, sino un espa­cio vibrante donde con­ver­gen aro­mas, luces y sonidos, y que fun­ciona como autén­ti­co corazón social del bar­rio.

El ele­men­to que más lla­ma la aten­ción es el pabel­lón Azu­maya, un kiosco hexag­o­nal con­stru­i­do en 1983. De col­or rojo inten­so, con un teja­do de dos nive­les y drag­ones pin­ta­dos en su inte­ri­or, se ha con­ver­tido en el icono fotográ­fi­co por exce­len­cia de Nankin­machi. Los vis­i­tantes lo rodean con­stan­te­mente, ya sea para hac­erse fotos, des­cansar unos min­u­tos mien­tras comen algún dim­sum com­pra­do en los puestos, o sim­ple­mente para obser­var la vida que fluye alrede­dor.

Chinatown Kobe

Rode­an­do el pabel­lón se encuen­tran doce esta­tu­il­las de ani­males del zodía­co chi­no, cada una con su propia expre­sión y detalle. Niños y adul­tos se divierten bus­can­do su sig­no, acari­cian­do las escul­turas para la foto de rig­or o como gesto de bue­na suerte. Jun­to a ellas sue­len colo­carse tam­bién las fig­uras lla­madas Shoza­ishin-ningyo, rep­re­senta­ciones de los dios­es de la for­tu­na que, con sus col­ores vivos y for­mas amables, apor­tan un aire fes­ti­vo inclu­so en los días más tran­qui­los. Los sím­bo­los del zodi­a­co chi­no pueden encon­trarse inclu­so en las tapas de alcan­tar­il­la de este bar­rio.

Pero esta plaza no solo es esce­nario de tur­is­mo y ocio. Tiene tam­bién un val­or sim­bóli­co pro­fun­do para la comu­nidad local. Tras el dev­as­ta­dor ter­re­mo­to de Han­shin en 1995, los dueños de restau­rantes del bar­rio insta­laron puestos en este mis­mo lugar para repar­tir gra­tuita­mente platos calientes a los afec­ta­dos: fideos, sopas y cro­que­tas que sirvieron como aliv­io en medio del desas­tre. Des­de entonces, la plaza quedó graba­da en la memo­ria colec­ti­va como un espa­cio de sol­i­dari­dad y resilien­cia.

Hoy en día, además de ser pun­to de encuen­tro, la plaza se con­vierte en esce­nario prin­ci­pal de las cel­e­bra­ciones más impor­tantes, como el Año Nue­vo Chi­no o el Fes­ti­val de la Lin­ter­na, cuan­do miles de faroles rojos ilu­mi­nan cada rincón y el pabel­lón Azu­maya parece flotar entre luces.

Las tres puertas guardianas de Nankinmachi

Como en todo Chi­na­town que se pre­cie, Nankin­machi tam­bién está pro­te­gi­do por sus propias puer­tas tradi­cionales, que no son solo dec­o­ra­ti­vas, sino que en la cul­tura chi­na actúan como guardianes sim­bóli­cos con­tra los mal­os espíri­tus. Entrar al bar­rio bajo una de estas arcadas es, de algún modo, cruzar un umbral que te trans­porta a otro mun­do.

Kobe

Nankin­machi cuen­ta con tres puer­tas prin­ci­pales, cada una situ­a­da en un extremo del bar­rio:

  • Changan­mon (la puer­ta del Este)
    Es quizá la más fotografi­a­da, con sus vivos tonos rojos y dora­dos. El nom­bre “Changan” evo­ca la antigua cap­i­tal de Chi­na (actu­al Xi’an), sím­bo­lo de pros­peri­dad y longev­i­dad. Está rica­mente dec­o­ra­da con drag­ones y faroles y suele ser la entra­da más uti­liza­da por los vis­i­tantes que lle­gan des­de la estación Motomachi.

  • Seian­mon (la puer­ta del Oeste)
    Un poco más sobria en com­para­ción con la del Este pero igual­mente ele­gante. “Seian” sig­nifi­ca “paz y seguri­dad”, y en la tradi­ción chi­na se la inter­pre­ta como una puer­ta que pro­tege a los transeúntes de infor­tu­nios al salir del bar­rio. Cam­i­nar bajo ella es como recibir una ben­di­ción de buen via­je.

  • Kaiei­mon (la puer­ta del Sur)
    Ubi­ca­da cer­ca del puer­to, su nom­bre puede tra­ducirse como “puer­ta del océano”. Es un guiño a la his­to­ria marí­ti­ma de Kobe y a los inmi­grantes chi­nos que lle­garon por mar para asen­tarse aquí en el siglo XIX. Su dis­eño desta­ca por la influ­en­cia marí­ti­ma y por ser la que conec­ta direc­ta­mente el bar­rio con el resto de la ciu­dad.

Kobe

A difer­en­cia de otros chi­na­towns, Nankin­machi no tiene una cuar­ta puer­ta al norte. Dicen que es porque el bar­rio quedó históri­ca­mente delim­i­ta­do en esa direc­ción por el traza­do urbano y no había espa­cio sufi­ciente. Sin embar­go, esta ausen­cia tam­bién ha gen­er­a­do un sin­fín de inter­preta­ciones: algunos lo ven como sím­bo­lo de aper­tu­ra hacia el cielo, otros como una man­era de man­ten­er la energía fluyen­do.

La mejor gastronomía china

La comi­da es, sin duda, la gran pro­tag­o­nista del bar­rio. Vis­i­tar Nankin­machi sin pro­bar su comi­da es como entrar en una pastel­ería y salir con las manos vacías. Aquí todo está pen­sa­do para el dis­frute del pal­adar, des­de los puestos calle­jeros has­ta los restau­rantes más tradi­cionales. Y lo mejor es que, al ser un bar­rio com­pacto, puedes recor­rerlo proban­do un boca­do tras otro, como si hicieras un tour gas­tronómi­co impro­visa­do.

Niku­man (bol­los de carne al vapor)

Son la estrel­la abso­lu­ta de Nankin­machi. Se tra­ta de panecil­los blan­cos y espon­josos, rel­lenos de cer­do jugoso y a menudo adereza­dos con jen­gi­bre o sal­sa de soja. Se sir­ven muy calientes, direc­ta­mente del bam­bú humeante. En Japón se pop­u­larizaron tan­to que hoy se venden en cualquier com­bi­ni, pero los de Kobe siguen tenien­do fama de ser de los mejores del país.

Gyozas (empanadil­las a la plan­cha)

Aunque son de ori­gen chi­no, en Kobe se preparan con un esti­lo muy japonés. Se sir­ven cru­jientes por un lado y suaves por el otro, acom­pañadas de vina­gre, sal­sa de soja y aceite de chile. Com­er un pla­to de gyozas recién hechas en un local pequeño del bar­rio es una de esas expe­ri­en­cias sen­cil­las pero mem­o­rables.

Chashu-men y ramen con toque chi­no

El ramen aquí tiene un aire difer­ente: los fideos sue­len servirse con carne de cer­do asa­da al esti­lo can­tonés, lo que le da un sabor más dulce y espe­ci­a­do. Tam­bién es común encon­trar ver­siones con cal­do más ligero, ide­al para acom­pañar otros boca­dos calle­jeros.

Kobe

Bro­chetas y frit­uras al paso

Puestos calle­jeros ofre­cen bro­chetas de gam­bas fritas, pol­lo espe­ci­a­do o cala­mares. Tam­bién hay bolas de sésamo rel­lenas de pas­ta dulce de judía roja, cru­jientes por fuera y suaves por den­tro.

Dim­sum vari­a­do

En los restau­rantes más tradi­cionales puedes pedir ces­tas de dim­sum con dumplings, rol­li­tos de pri­mav­era y pequeñas deli­cias al vapor. Lo boni­to es que sue­len lle­gar en ban­de­jas de bam­bú, y com­par­tir­las en grupo se con­vierte en todo un rit­u­al.

Postres y dul­ces chi­nos

No fal­tan los clási­cos como el anman (bol­lo dulce rel­leno de pas­ta de judía) o las gal­letas con for­ma de pan­da. En algunos locales tam­bién venden paste­les de luna durante las fes­tivi­dades, todo un guiño a las tradi­ciones chi­nas.

Kobe

Shengjian­bao

Una var­iedad fri­ta de los bao, con una base cru­jiente y un inte­ri­or lleno de cal­do. Ojo al morder ¡salta! Pero es parte del rit­u­al. El con­traste de tex­turas es deli­cioso.

Fideos chi­nos (chāshū men y tan­ta­n­men)

En var­ios restau­rantes puedes sen­tarte a dis­fru­tar de un buen bol de fideos. Los tan­ta­n­men picantes son una opción con­tun­dente si te gus­ta el picante. Los hay con cac­ahuetes, sésamo, carne de cer­do y todo tipo de top­pings. 

Té chi­no

Algu­nas tien­das ofre­cen degusta­ciones gra­tu­itas de té. Tam­bién venden jue­gos de té pre­ciosos.

Aunque la comi­da es la estrel­la, hay tam­bién muchas tien­decitas curiosas. Des­de pro­duc­tos de med­i­c­i­na tradi­cional chi­na has­ta jue­gos de té, cerámi­cas, aban­i­cos, incien­sos o pequeños obje­tos dec­o­ra­tivos. Todo tiene un toque exóti­co y a pre­cios razon­ables. 

Cómo lle­gar

Lle­gar a Nankin­machi es facilísi­mo:

  • 🚉 En tren: la para­da más cer­cana es Motomachi Sta­tion (JR o Han­shin Line). Des­de la sal­i­da este solo hay que cam­i­nar unos min­u­tos para encon­trarse con la puer­ta ori­en­tal del bar­rio (Changan­mon).

  • 🚶 Des­de el cen­tro de Kobe: si estás en San­nomiya, el núcleo neurál­gi­co de la ciu­dad, puedes lle­gar andan­do en menos de 15 min­u­tos.

  • 🚢 Si lle­gas en crucero: el bar­rio está a un paseo cor­to des­de el puer­to, lo cual lo con­vierte en una de las excur­siones ráp­i­das más cómodas.


Mejor horario para la visi­ta

  • De día (mediodía y primeras horas de la tarde): es cuan­do más ambi­ente hay, con los puestos de comi­da fun­cio­nan­do a pleno rendimien­to. Per­fec­to para almorzar o hac­er un “pico­teo pro­gre­si­vo”.

  • De noche: el bar­rio se trans­for­ma con las lin­ter­nas encen­di­das, que cre­an una atmós­fera mucho más mág­i­ca. Es ide­al para pasear, aunque algunos puestos calle­jeros cier­ran más tem­pra­no.

  • Fes­tivi­dades: si puedes coin­cidir con el Año Nue­vo Chi­no o el Fes­ti­val de la Lin­ter­na, la expe­ri­en­cia se mul­ti­pli­ca por mil. Eso sí, prepárate para las mul­ti­tudes.


Qué evi­tar

  • Ir demasi­a­do tarde: muchos puestos cier­ran alrede­dor de las 20:00–21:00, así que si lle­gas más tarde encon­trarás menos opciones para com­er.

  • 💴 Pagar solo en tar­je­ta: aunque algunos locales acep­tan pagos elec­tróni­cos, en los puestos calle­jeros casi siem­pre piden efec­ti­vo. Mejor lle­var yenes suel­tos.

  • 👜 Olvi­darte de que es un lugar muy con­cur­ri­do: sobre todo en fines de sem­ana y fes­tivos. Si no sopor­tas las aglom­era­ciones, lo mejor es ir en días lab­orables o a primera hora de la tarde.

  • 🚫 Creer que es un bar­rio enorme: a difer­en­cia del Chi­na­town de Yoko­hama, Nankin­machi es com­pacto. La gra­cia no está en perder­se por calle­jue­las infini­tas, sino en dis­fru­tar de su inten­si­dad con­cen­tra­da.

Kitano Ijinkan: el barrio de los extranjeros

Kitano es un bar­rio históri­co situ­a­do al pie del monte Rokko. Durante el peri­o­do Mei­ji (finales del XIX), fue res­i­den­cia de muchos diplomáti­cos y com­er­ciantes occi­den­tales. Hoy, sus antiguas casas –lla­madas ijinkan– se han con­ver­tido en museos, galerías o casas de té.

Estos res­i­dentes con­struyeron sus hog­a­res en la zona alta de Kobe, al pie del monte Rokko, lejos del bul­li­cio del puer­to y con una vista priv­i­le­gia­da. Las casas, lla­madas ijinkan, eran autén­ti­cas man­siones de esti­lo occi­den­tal que con­trasta­ban con la arqui­tec­tura japone­sa tradi­cional. Muchas de ellas han sido preser­vadas, restau­radas y con­ver­tidas en museos abier­tos al públi­co. Cam­i­nar por Kitano es, por tan­to, cam­i­nar por una cáp­su­la del tiem­po. Es ver cómo era la vida de los extran­jeros en Japón hace más de cien años, con sus mue­bles traí­dos de Europa, sus vajil­las de porce­lana ingle­sa, sus retratos famil­iares y has­ta sus pianos de cola.

Puedes vis­i­tar algu­nas de las casas por den­tro, como la Casa Moe­gi (ale­m­ana) o la Casa Weath­er­cock, con su icóni­ca vele­ta. Cada una guar­da pequeños secre­tos: pianos cen­te­nar­ios, vajil­las de época, jar­dines ocul­tos… Y lo mejor: las vis­tas des­de allí sobre la ciu­dad. Es uno de los mejores pun­tos panorámi­cos urbanos sin ten­er que subir a ningún mirador.

Casa Weath­er­cock (Kaza­mi­dori no Yaka­ta)

Prob­a­ble­mente la más famosa del bar­rio, con su facha­da de ladrillo rojo y su icóni­ca vele­ta con for­ma de gal­lo. Fue con­stru­i­da por un com­er­ciante alemán a prin­ci­p­ios del siglo XX y es uno de los sím­bo­los de Kobe. El inte­ri­or está lleno de obje­tos orig­i­nales y des­de el piso supe­ri­or se tienen unas vis­tas fan­tás­ti­cas de la ciu­dad.

Casa Moe­gi (Moe­gi no Yaka­ta)

Jus­to al lado de la ante­ri­or, esta ele­gante res­i­den­cia de col­or verde claro perteneció tam­bién a un diplomáti­co alemán. Desta­ca por sus detalles de madera, sus techos altos y su encan­to sobrio. Es fácil imag­i­narse allí toman­do el té con vis­tas al puer­to.

Yamate Hachibankan

Una de las más grandes y lujosas. En su inte­ri­or hay exposi­ciones de mobil­iario europeo pero tam­bién curiosi­dades como una galería de bus­tos de per­son­ajes históri­cos y has­ta una colec­ción de arte­fac­tos masóni­cos. 

France House y Eng­land House

Como sus nom­bres indi­can, recre­an ambi­entes france­ses e ingle­ses del siglo XIX. La dec­o­ración está cuida­da has­ta el más mín­i­mo detalle, des­de la cubert­ería has­ta los tapices. Inclu­so puedes dis­frazarte con tra­jes de época para hac­erte fotos. 

Aunque las casas-museo son el atrac­ti­vo prin­ci­pal, lo que más dis­fruté fue sim­ple­mente deam­bu­lar por las calle­jue­las del bar­rio. Hay algo espe­cial en cam­i­nar entre estas man­siones con jar­dines flori­dos, escuchar el can­to de los pájaros y dejarse lle­var sin rum­bo fijo. De vez en cuan­do aparece una cafetería con encan­to, una tien­da de antigüedades o un pequeño tem­p­lo escon­di­do entre casas. 

Curiosi­dades 

  • La pal­abra ijinkan sig­nifi­ca lit­eral­mente “res­i­den­cia de extran­jeros”.
  • Muchas de las casas actuales no pertenecen ya a descen­di­entes de sus dueños orig­i­nales pero han sido restau­radas con doc­u­mentación históri­ca y obje­tos autén­ti­cos.
  • En algu­nas casas se cel­e­bran bodas al esti­lo occi­den­tal. Me crucé con una pare­ja recién casa­da hacién­dose fotos frente a la Casa Weath­er­cock.
  • Cer­ca del bar­rio está el San­tu­ario Kitano Ten­man, un tem­p­lo sin­toís­ta pre­cioso con escaleras rodeadas de nat­u­raleza. Vale la pena desviarse unos min­u­tos.
  • En pri­mav­era, Kitano se llena de flo­res. Algu­nas casas abren sus jar­dines al públi­co durante las cel­e­bra­ciones de la flo­ración de los cere­zos.

Cómo lle­gar a Kitano Ijinkan

Des­de la estación de San­nomiya, puedes lle­gar cam­i­nan­do en unos 15–20 min­u­tos. El bar­rio está en pen­di­ente, así que prepárate para una pequeña subi­da. Tam­bién hay auto­bus­es locales que te dejan cer­ca. Una vez allí, puedes com­prar pas­es com­bi­na­dos para vis­i­tar varias casas con des­cuen­to. 

Tem­p­lo Iku­ta-jin­ja

Pocas ciu­dades japone­sas tienen la capaci­dad de mezclar mod­ernidad y tradi­ción como lo hace Kobe. Ras­ca­cie­los, cen­tros com­er­ciales y calles ani­madas… y de pron­to, casi sin esper­ar­lo, aparece un san­tu­ario sin­toís­ta de más de mil sei­scien­tos años. Así es el tem­p­lo Iku­ta-Jin­ja, un oasis de espir­i­tu­al­i­dad en el corazón urbano de la ciu­dad.

Según la leyen­da, Iku­ta-Jin­ja fue fun­da­do en el año 201 d.C. por orden de la emper­a­triz Jingū, lo que lo con­vierte en uno de los san­tu­ar­ios más antigu­os de todo Japón. Su dei­dad prin­ci­pal es Wakahirume-no-Miko­to, rela­ciona­da con la vida, la vital­i­dad y los nuevos comien­zos. Quizá por eso, a lo largo de los sig­los, Kobe ha sabido renac­er de trage­dias como guer­ras y ter­re­mo­tos, y muchos locales creen que el san­tu­ario siem­pre ha tenido un papel pro­tec­tor.

Durante el peri­o­do Heian, Iku­ta-Jin­ja fue esce­nario de enfrentamien­tos entre clanes rivales y los alrede­dores se con­virtieron en cam­pos de batal­la. Sin embar­go, con el paso de los sig­los el san­tu­ario se con­solidó como un sím­bo­lo de paz y pros­peri­dad para la ciu­dad. Hoy en día, sus jar­dines y el pequeño bosque que lo rodea con­trastan con el bul­li­cio de las calles cer­canas, rega­lan­do un ambi­ente de cal­ma difí­cil de imag­i­nar en medio de una gran urbe.

Lo más lla­ma­ti­vo de Iku­ta-Jin­ja no es solo su antigüedad sino su ubi­cación. Está en pleno cen­tro de Kobe, rodea­do de cafeterías, tien­das y car­reteras tran­si­tadas. Ese con­traste entre lo mod­er­no y lo sagra­do es parte de su encan­to: cruzas el gran torii rojo de entra­da y de inmedi­a­to parece que te trasladas a otra época.

Kobe

  • Den­tro encon­trarás ema (tablil­las de madera) donde los vis­i­tantes escriben sus deseos. Muchas están rela­cionadas con el amor y la bue­na for­tu­na.

  • El san­tu­ario es famoso por sus amule­tos de rela­ciones: des­de encon­trar pare­ja has­ta reforzar vín­cu­los, muchos acu­d­en en bus­ca de ben­di­ciones román­ti­cas.

  • Cada año, el fes­ti­val Iku­ta Mat­suri llena el lugar de vida, con des­files, bailes tradi­cionales y ofren­das a la dei­dad.

  • Al igual que la mezqui­ta de Kobe, Iku­ta-Jin­ja sobre­vivió al gran ter­re­mo­to de 1995, con­vir­tién­dose en un pun­to de reunión y con­sue­lo para los veci­nos.

El puerto de Kobe

Pocas ciu­dades japone­sas com­bi­nan tan bien su pasa­do marí­ti­mo con un pre­sente vibrante como Kobe. Y si hay un lugar que refle­ja a la per­fec­ción esa mez­cla de tradi­ción y mod­ernidad es, sin duda, su zona por­tu­ar­ia. Pero además de paisajes de postal, el puer­to de Kobe ofrece his­to­ria, arte, cul­tura y espa­cios para desconec­tar. Un lugar que no puedes dejar fuera si vis­i­tas esta ciu­dad con alma marinera.

El puer­to que abrió Japón al mun­do

Kobe no sería Kobe sin su puer­to. Fue uno de los primeros que se abrieron al com­er­cio inter­na­cional en 1868, durante la restau­ración Mei­ji, cuan­do Japón decidió romper su ais­lamien­to y empezar a rela­cionarse con el exte­ri­or. Des­de entonces, el puer­to se con­vir­tió en puer­ta de entra­da para extran­jeros, pro­duc­tos, ideas y cul­turas. 

El bar­rio de Meriken Park, jun­to al mar, es hoy el epi­cen­tro de esa trans­for­ma­ción. Su nom­bre viene de la pal­abra “Amer­i­can”, pro­nun­ci­a­da a la japone­sa (Meriken) y recuer­da la fuerte pres­en­cia esta­dounidense en los primeros años del com­er­cio inter­na­cional.

Meriken Park: el corazón del paseo marí­ti­mo

Meriken Park es un gran espa­cio abier­to, mod­er­no, limpio y lleno de arte. Es per­fec­to para pasear, sen­tarse a ver el mar o sim­ple­mente dejarse lle­var. Allí puedes encon­trarte des­de famil­ias hacien­do pic­nic has­ta pare­jas sacán­dose self­ies frente al famoso letrero gigante de “BE KOBE”.

Uno de los iconos del par­que es la futur­ista Kobe Port Tow­er, una torre de obser­vación de 108 met­ros con for­ma de reloj de are­na y estruc­tura en espi­ral de col­or rojo. Subir cues­ta unos 700 yenes. Des­de arri­ba tienes una vista de 360 gra­dos que abar­ca la ciu­dad, las mon­tañas y, por supuesto, el mar. Si vas al atarde­cer, verás cómo se encien­den las luces de la ciu­dad poco a poco. Puro espec­tácu­lo.

Kobe Port Tower

Jun­to a la torre está el Museo Marí­ti­mo de Kobe, con una estruc­tura en for­ma de vela blan­ca que lo hace incon­fundible. Den­tro puedes explo­rar la his­to­ria del puer­to, maque­tas de bar­cos y una exposi­ción ded­i­ca­da a la empre­sa Kawasa­ki (sí, la de las motos), que tam­bién fab­ri­ca bar­cos y trenes.

El memorial del terremoto: un rincón para recordar

No todo en el puer­to es ale­gría. En 1995, Kobe fue sacu­d­i­da por el dev­as­ta­dor ter­re­mo­to de Han­shin-Awa­ji, que dejó miles de víc­ti­mas y enormes daños en la ciu­dad. En Meriken Park, una parte del muelle se ha con­ser­va­do tal como quedó después del seís­mo. Es un memo­r­i­al silen­cioso pero poderoso, con pla­cas infor­ma­ti­vas, restos de pavi­men­to lev­an­ta­do y barandil­las tor­ci­das.

Pasar por allí es un ejer­ci­cio de memo­ria y tam­bién una for­ma de enten­der la resilien­cia de los habi­tantes de Kobe, que recon­struyeron su ciu­dad con una fuerza admirable.

Arte al aire libre

Una de las cosas que más me gustó de esta zona fue la can­ti­dad de escul­turas y arte al aire libre que hay por todo el paseo. Des­de estruc­turas abstrac­tas has­ta piezas que rep­re­sen­tan el mar, la nave­gación o la con­viven­cia de cul­turas. Todo con ese aire mod­er­no pero acce­si­ble que invi­ta a explo­rar sin mapa.

Además, hay un pequeño embar­cadero donde puedes ver atracar fer­ris, bar­cos turís­ti­cos o embar­ca­ciones pri­vadas. Si te ani­mas, puedes hac­er un pequeño crucero por la bahía. Hay opciones de 40 min­u­tos por unos 1.500 yenes, y algunos inclu­so ofre­cen cena a bor­do. Ide­al si bus­cas un plan román­ti­co.

Kobe Harborland: compras, ocio y panorámicas

Si con­tinúas cam­i­nan­do des­de Meriken Park hacia el oeste, lle­garás a Kobe Har­bor­land, otra de las zonas más dinámi­cas del puer­to. Aquí se mez­clan cen­tros com­er­ciales, restau­rantes frente al mar, tien­das de recuer­dos y has­ta una noria ilu­mi­na­da por la noche. Es un sitio ide­al para ter­mi­nar el día, cenar con vis­tas y ver cómo el puer­to cobra vida al anochecer. Tam­bién hay un spa urbano (Kobe Mina­to Onsen Ren) con aguas ter­males y vis­tas al mar. 

Carne de Kobe

Via­jar a Kobe y no pro­bar su famosa carne es, como dicen por ahí, como ir a París y no ver la Torre Eif­fel. Pero más allá del mito ¿real­mente está tan bue­na la carne de Kobe? ¿Merece la pena pagar lo que cues­ta? ¿Es cier­to que las vacas escuchan músi­ca clási­ca y beben cerveza? Me sen­té en un restau­rante local, el Kobe Beef Ramen Yaza­wa, pedí carne de Kobe y dejé que el pal­adar hablara. Y vaya si habló.

Qué hace tan espe­cial a la carne de Kobe

Primero, un poco de con­tex­to. La carne de Kobe proviene de una raza de vac­uno japone­sa lla­ma­da Taji­ma-gyu, cri­a­da en la pre­fec­tura de Hyō­go bajo estric­tos con­troles de cal­i­dad. Solo unas pocas reses al año reciben el sel­lo ofi­cial que garan­ti­za que real­mente es Kobe beef. Así que no, no todo lo que dice ser carne de Kobe lo es. De hecho, hay muchísi­ma fal­si­fi­cación, inclu­so den­tro de Japón.

Lo que dis­tingue a esta carne es su mar­molea­do: esas vetas de grasa intra­mus­cu­lar que le dan una tex­tu­ra suave, un sabor inten­so y un pun­to de fusión bajísi­mo. Cuan­do la comes, lit­eral­mente se deshace en la boca como si fuera man­te­qui­l­la caliente.

Hay muchas leyen­das urbanas alrede­dor del pro­ce­so de cría: que las vacas beben cerveza, que escuchan músi­ca clási­ca, que reciben masajes con sake… La real­i­dad es que algunos ganaderos usan estas téc­ni­cas pero no es lo habit­u­al ni oblig­a­to­rio. Lo que sí es cier­to es que viv­en en entornos con­tro­la­dos, con dietas equi­li­bradas, sin estrés y con un cuida­do casi arte­sanal.

Más allá del mar­ket­ing, lo impor­tante es el resul­ta­do. Y sí, fue espec­tac­u­lar.

Diferentes formas de disfrutarla

En Kobe puedes pro­bar la carne de difer­entes man­eras:

  • A la par­ril­la (yakiniku): cor­ta­da en lámi­nas finas, coci­na­da breve­mente sobre brasas. Ide­al para apre­ciar su tex­tu­ra y sabor puro.
  • Filete (tep­pa­nya­ki): en una plan­cha caliente frente a ti. El chef suele explicar cada corte y pun­to de coc­ción. Muy visu­al y sabroso.
  • Sukiya­ki o shabu-shabu: coci­da breve­mente en cal­do, acom­paña­da de ver­duras. Aquí la carne casi se der­rite en segun­dos.
  • Ham­bur­gue­sas de Kobe: más ase­quibles, pero ¡ojo! muchas veces son mez­clas, no 100% Kobe beef.

El sorprendente sushi de carne de Kobe

Cuan­do uno pien­sa en sushi, lo primero que viene a la cabeza son lámi­nas de pesca­do crudo sobre arroz avina­gra­do. Pero en Kobe, la ciu­dad famosa por su tern­era de fama mundi­al, han sabido dar­le la vuelta a la tradi­ción con una prop­ues­ta que sor­prende a cualquiera: el sushi de carne de Kobe.

¿Qué es exac­ta­mente?

Se tra­ta de una pieza de sushi en la que, en lugar de pesca­do, se colo­ca una fina lon­cha de carne de res Kobe. Esta carne pro­cede de la raza Taji­ma-gyu, cri­a­da en la pre­fec­tura de Hyō­go bajo estric­tas condi­ciones de ali­mentación y cuida­do. Su car­ac­terís­ti­ca más famosa es el mar­molea­do: vetas de grasa que se fun­den al coci­narla y que le otor­gan un sabor man­te­coso y úni­co en el mun­do.

Sushi de carne

En el sushi, la carne suele servirse en lámi­nas muy finas, ape­nas pasadas por la plan­cha (tata­ki) o direc­ta­mente crudas, para resaltar su tex­tu­ra tier­na. La grasa infil­tra­da se der­rite con el calor del arroz, cre­an­do un con­traste sor­pren­dente: la suavi­dad de la carne con la lig­era acidez del arroz avina­gra­do.

El primer boca­do es descon­cer­tante, sobre todo si esperas el fres­cor de un sashi­mi de atún o salmón. En su lugar, encuen­tras un sabor inten­so, jugoso, que casi se deshace en la boca. Algunos restau­rantes lo acom­pañan con un toque de wasabi, un poco de sal mari­na o inclu­so una pince­la­da de sal­sa de soja reduci­da. La clave es no enmas­carar la carne: el pro­tag­o­nista abso­lu­to debe ser ese sabor pro­fun­do y man­te­coso.

Dónde pro­bar­lo

En Kobe hay var­ios restau­rantes espe­cial­iza­dos en carne donde, además de cortes clási­cos como el filete o el sukiya­ki, se incluye el sushi de carne en el menú degustación. Tam­bién es fácil encon­trar­lo en los mer­ca­dos y en pequeños locales del bar­rio de San­nomiya o Motomachi, donde se sirve en ban­de­jas pequeñas para que los vis­i­tantes lo prueben sin gas­tar una for­tu­na.

La mezquita de Kobe: un pedazo de Oriente Medio en Japón

En pleno corazón de Japón, en el bar­rio de Kitano, se lev­an­ta la mezqui­ta de Kobe, la más antigua del país. La mezqui­ta fue inau­gu­ra­da en 1935, gra­cias al esfuer­zo de la pequeña comu­nidad musul­mana de la ciu­dad, for­ma­da prin­ci­pal­mente por com­er­ciantes indios y tur­cos. En aquel entonces, lev­an­tar un tem­p­lo islámi­co en Japón no era tarea fácil pero Kobe siem­pre ha tenido esa esen­cia abier­ta al mun­do que la dis­tingue de otras ciu­dades niponas.

El dis­eño estu­vo a car­go del arqui­tec­to checo Jan Josef Šva­gr y bas­ta con ver­la para notar que no se parece en nada a los tem­p­los sin­toís­tas o bud­is­tas de alrede­dor: cúpu­las, arcos y una facha­da que nos trans­porta direc­ta­mente a Estam­bul o El Cairo.

Mezquita Kobe

La mezqui­ta que sobre­vivió a todo

Uno de los aspec­tos más fasci­nantes de la mezqui­ta de Kobe es su resilien­cia. Durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, cuan­do los bom­bardeos redu­jeron a cenizas bue­na parte de la ciu­dad, el edi­fi­cio se man­tu­vo en pie casi intac­to. Lo mis­mo ocur­rió en 1995, con el dev­as­ta­dor ter­re­mo­to de Han­shin: los alrede­dores quedaron destru­i­dos pero la mezqui­ta ape­nas sufrió daños. Para muchos, esto la con­vir­tió en un sím­bo­lo de resisten­cia y esper­an­za.

Un lugar vivo

Hoy en día, la mezqui­ta no es solo un mon­u­men­to arqui­tec­tóni­co sino tam­bién el cen­tro espir­i­tu­al y social de la comu­nidad musul­mana en Kobe. Allí se cel­e­bran rezos, bodas y fes­ti­vales islámi­cos pero tam­bién recibe a vis­i­tantes curiosos que quieren apren­der más sobre el islam en Japón.

Aunque el acce­so al inte­ri­or puede estar lim­i­ta­do en deter­mi­na­dos momen­tos, la zona exte­ri­or ya merece la visi­ta: su cúpu­la prin­ci­pal y los minaretes desta­can entre las casas de esti­lo occi­den­tal de Kitano, cre­an­do un con­traste úni­co.

Curiosi­dades

  • La mezqui­ta está ori­en­ta­da hacia La Meca, como dic­ta la tradi­ción islámi­ca, algo que lla­ma la aten­ción cuan­do uno obser­va la dis­posi­ción de las calles japone­sas a su alrede­dor.

  • En el sótano fun­cionó durante años un refu­gio durante la guer­ra, lo que con­tribuyó a sal­var muchas vidas.

  • Es uno de esos lugares donde puedes encon­trar a japone­ses con­ver­sos al islam com­par­tien­do espa­cio con estu­di­antes extran­jeros, lo que refuerza ese aire inter­na­cional de Kobe.

Las galerías bajo las vías del tren

En Kobe, muy cer­ca de la bul­li­ciosa estación de San­nomiya, existe un rincón que parece haberse detenido en el tiem­po. Bajo las vías ele­vadas del tren, entre som­bras y estruc­turas de hormigón, se extiende una galería com­er­cial que en otro tiem­po fue un hervidero de vida y activi­dad. Hoy, sin embar­go, cam­i­nas por allí y el silen­cio solo lo rompe el tra­que­teo del tren sobre tu cabeza o algu­na puer­ta oxi­da­da al abrirse. Un lugar que invi­ta a la reflex­ión más que a las com­pras y que rep­re­sen­ta un capí­tu­lo olvi­da­do en el libro urbano de la ciu­dad.

Esta zona es cono­ci­da como Motoko Town, y se extiende des­de la estación de Motomachi hacia el este, sigu­ien­do la línea del tren. Aunque no es espe­cial­mente famosa en las guías turís­ti­cas, para quienes dis­fru­ta­mos des­cubrien­do el “lado B” de las ciu­dades, es una para­da oblig­a­to­ria.

En su época dora­da, Motoko Town fue una galería vibrante. Dece­nas de pequeñas tien­das se alin­e­a­ban bajo las vías, ofre­cien­do des­de elec­tróni­ca y ropa has­ta obje­tos usa­dos, rarezas y curiosi­dades difí­ciles de encon­trar en otros sitios. Era un pun­to de encuen­tro para colec­cionistas, curiosos, estu­di­antes con poco pre­supuesto y viejos veci­nos del bar­rio que pasa­ban más por con­ver­sar que por com­prar.

Hoy, muchas de esas tien­das están cer­radas. Per­sianas bajadas, letreros des­col­ori­dos, vidri­eras polvorien­tas. Algunos locales aún sobre­viv­en: una bar­bería de aire retro, una tien­da de vini­los, un pequeño nego­cio de bici­cle­tas, algún bar con sil­las de plás­ti­co donde los clientes pare­cen saca­dos de otra época. Todo huele a años 80, a resisten­cia, a his­to­ria viva.

Motoko Town no bus­ca gus­tarte. No está limpia ni ilu­mi­na­da ni dis­eña­da para Insta­gram. Pero es autén­ti­ca. Es un retra­to sin maquil­la­je de lo que que­da cuan­do el pro­gre­so arrasa sin mirar atrás. Cuan­do nuevos cen­tros com­er­ciales, platafor­mas online y hábitos mod­er­nos dejan sin espa­cio a los nego­cios de toda la vida.

Cam­i­nar por allí fue para mí una expe­ri­en­cia extraña pero nece­saria. Entre las gri­etas del asfal­to y las luces de neón medio fun­di­das, hay una belleza melancóli­ca. Una estéti­ca que evo­ca los tiem­pos en que las ciu­dades eran más humanas, más imper­fec­tas, pero tam­bién más vivas.

Si bus­cas una galería com­er­cial para ir de com­pras, prob­a­ble­mente sal­gas decep­ciona­do (no fue nue­stro caso, ya que encon­tramos una tien­da de dis­cos donde nos hici­mos con unos cuan­tos vini­los tira­dos de pre­cio). Pero si, como yo, dis­fru­tas con los con­trastes, los lugares que cuen­tan his­to­rias sin necesi­dad de pal­abras y los esce­nar­ios urbanos con alma, entonces sí: esta galería bajo las vías del tren te tocará una fibra dis­tin­ta. 

Cómo lle­gar

Des­de la estación de Motomachi, bas­ta con cam­i­nar hacia el este sigu­ien­do las vías ele­vadas. No hay señal­ización lla­ma­ti­va ni entradas espec­tac­u­lares: sim­ple­mente baja la vista, bus­ca una escalera o una ram­pa, y entra en un mun­do dis­tin­to. Uno en el que el tiem­po parece haberse olvi­da­do de pasar.

El Gran Terremoto de Hanshin (1995)

La madru­ga­da del 17 de enero de 1995, a las 5:46 a.m., Kobe y sus alrede­dores des­per­taron de la man­era más bru­tal imag­in­able. Un ter­re­mo­to de mag­ni­tud 6,9 en la escala de Richter sacud­ió la región de Han­shin, dejan­do tras de sí una de las may­ores trage­dias mod­er­nas de Japón.

El epi­cen­tro se situó cer­ca de la isla de Awa­ji, al suroeste de Kobe. El seís­mo ape­nas duró veinte segun­dos pero su vio­len­cia bastó para der­rib­ar edi­fi­cios, puentes y car­reteras. La ciu­dad, enca­ja­da entre las mon­tañas Rokko y la bahía de Osa­ka, sufrió lo peor del impacto.

Con­se­cuen­cias inmedi­atas

  • Más de 6.400 muer­tos y dece­nas de miles de heri­dos.

  • Aprox­i­mada­mente 300.000 per­sonas quedaron sin hog­ar.

  • Se destruyeron alrede­dor de 100.000 edi­fi­cios.

  • El fuego arrasó bar­rios enteros, avi­va­do por las casas de madera tradi­cionales.

  • Infraestruc­turas clave, como la autopista ele­va­da Han­shin Express­way, colap­saron de for­ma espec­tac­u­lar, con­vir­tién­dose en sím­bo­lo del desas­tre.

Una ciu­dad par­al­iza­da

El ter­re­mo­to no solo tra­jo destruc­ción físi­ca: par­al­izó por com­ple­to la vida diaria. El puer­to de Kobe, uno de los más impor­tantes de Japón, quedó inuti­liz­able, y las líneas de tren, arte­rias vitales para el área de Kan­sai, se inter­rumpieron durante sem­anas.

Las imá­genes que dieron la vuelta al mun­do eran des­gar­rado­ras: calles reple­tas de escom­bros, famil­ias bus­can­do entre ruinas y colum­nas de humo que parecían anun­ciar el fin de la ciu­dad.

La respues­ta y la sol­i­dari­dad

En aquel entonces, la gestión ini­cial del gob­ier­no japonés fue dura­mente crit­i­ca­da por con­sid­er­arse lenta. Sin embar­go, la sol­i­dari­dad ciu­dadana se con­vir­tió en un faro de esper­an­za: veci­nos ayu­dan­do a veci­nos, vol­un­tar­ios repar­tien­do comi­da y ropa, y una mov­i­lización masi­va que dio lugar a lo que hoy se conoce como la “era del vol­un­tari­a­do en Japón”.

Los habi­tantes de Kobe recuer­dan espe­cial­mente cómo los restau­rantes de Nankin­machi (el bar­rio chi­no) repartieron gra­tuita­mente fideos y sopas calientes a los damnifi­ca­dos. Gestos pequeños que mar­caron una gran difer­en­cia en medio de la trage­dia.

Recon­struc­ción y memo­ria

Kobe tardó años en recu­per­arse. Las cica­tri­ces aún son vis­i­bles para quienes miran con aten­ción, aunque la ciu­dad supo renac­er con fuerza. Hoy, el Museo Memo­r­i­al del Ter­re­mo­to de Kobe y el Par­que Memo­r­i­al en el puer­to recuer­dan a las víc­ti­mas y expli­can lo ocur­ri­do, no solo como hom­e­na­je, sino como lec­ción para futuras gen­era­ciones.

Cada 17 de enero, la ciu­dad cel­e­bra una vig­ilia con miles de lin­ter­nas encen­di­das en memo­ria de quienes perdieron la vida. Es un acto sen­cil­lo, pero pro­fun­da­mente con­move­dor, que refle­ja el espíritu resiliente de Kobe.

 

Curiosidades que descubrí en Kobe

¿Sabías que…?

  • En Kobe está el primer cam­po de golf de Japón, fun­da­do en 1903.

  • El café en Kobe es casi una religión: tienen su pro­pio “cof­fee cul­ture” des­de prin­ci­p­ios del siglo XX, gra­cias a la influ­en­cia extran­jera.

  • El nom­bre “Kobe” proviene de “kanbe”, antigu­os guardianes del san­tu­ario sin­toís­ta Iku­ta.

  • La ciu­dad fue pio­nera en moda occi­den­tal en Japón: muchos dis­eñadores japone­ses se inspi­raron en Kobe para crear sus primeras colec­ciones mod­ern­izadas.

  • Kobe es uno de los cen­tros más impor­tantes de pro­duc­ción de sake en Japón, gra­cias al agua de man­an­tial de Rokko y al arroz de cal­i­dad de la región.
  • Kobe es con­sid­er­a­da la cuna del jazz en Japón. En 1923 se inau­guró aquí el primer club de jazz del país.
  • El Akashi Kaikyō, que une Kobe con la isla de Awa­ji, es el puente col­gante más largo del plan­e­ta (3.911 met­ros).

 

     Cómo lle­gar a Kobe des­de Kioto

🚄 1. Tren JR (Japan Rail­ways) – Rápi­do y cubier­to por el JR Pass

Opción más recomen­da­da si tienes el Japan Rail Pass.

  • Línea: JR Tokai­do-Sanyo Line (Shinkansen o tren rápi­do local)

  • Duración:

    • Shinkansen (Nozo­mi, Hikari o Kodama): 30 min­u­tos aprox.

    • Shin-Kaisoku (tren rápi­do local): 50–60 min­u­tos.

  • Esta­ciones:

    • Des­de Kyoto Sta­tion has­ta Shin-Kobe (Shinkansen) o San­nomiya (cen­tro de Kobe).

  • Pre­cio:

    • Shinkansen (sin JR Pass): unos 3.000 yenes (~20 €)

    • Tren rápi­do local: 1.100 yenes (~7 €)


🚉 2. Han­kyu Rail­way – Bara­to y con­ve­niente si no tienes JR Pass

  • Des­de: Han­kyu Kyoto-Kawara­machi o Han­kyu Kara­suma

  • Has­ta: Han­kyu Kobe-San­nomiya

  • Duración: 75 min­u­tos aprox. (con un cam­bio en Osa­ka-Ume­da)

  • Pre­cio: unos 640 yenes (~4 €)


🚆 3. Kei­han + Han­shin Rail­way – Alter­na­ti­va económi­ca

  • Des­de: Kei­han Gion-Shi­jo o Kei­han San­jo (en Kioto)

  • Has­ta: Han­shin Kobe-San­nomiya (vía Osa­ka)

  • Duración: alrede­dor de 90 min­u­tos

  • Pre­cio: tam­bién alrede­dor de 650 yenes

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