El lado más oscuro del Monasterio de El Escorial

El Monas­te­rio de El Esco­r­i­al es uno de los lugares más impre­sio­n­antes y enig­máti­cos de España. Con­stru­i­do en el siglo XVI por orden de Felipe II, este enorme com­ple­jo ha sido durante sig­los sím­bo­lo de poder, religión y mis­te­rio.

Más allá de su impre­sio­n­ante arqui­tec­tura rena­cen­tista, el lugar está rodea­do de his­to­rias oscuras: crip­tas donde des­cansan los reyes de España, salas llenas de sím­bo­los esotéri­cos y episo­dios inqui­etantes que for­man parte de su his­to­ria.

El Monas­te­rio de San Loren­zo de El Esco­r­i­al, des­de el año 1984, fecha en la que además se con­mem­o­ra­ba el cuar­to cen­te­nario de su con­struc­ción, tiene el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad, con­ce­di­do por la UNESCO. Jun­to a Aran­juez y Alcalá de Henares for­ma el trío de Pat­ri­mo­nios de la Humanidad, de los casi cin­cuen­ta que hay en España, de los que podemos sen­tirnos más que orgul­losos los madrileños. Después de via­jar mucho por Europa, puedo ase­gu­rar que hay pocos, muy pocos lugares en el Viejo Con­ti­nente que puedan rivalizar con El Esco­r­i­al en lo que a impor­tan­cia históri­ca, arqui­tec­tóni­ca y cul­tur­al se refiere. Tal vez no lo val­ore­mos en su jus­ta medi­da por ten­er­lo aquí al lado y es una lás­ti­ma porque no tiene nada que envidiar a otros grandes mon­u­men­tos europeos como el Col­iseo de Roma, la Basíli­ca de San­ta Sofía o el Par­la­men­to de Budapest.

El monas­te­rio de El Esco­r­i­al es uno de los lugares más impre­sio­n­antes de España, pero tam­bién uno de los más car­ga­dos de his­to­rias oscuras, con­spir­a­ciones y leyen­das.

Si quieres des­cubrir este lugar con todo su con­tex­to históri­co, puedes ver vis­i­tas guiadas al Monas­te­rio de El Esco­r­i­al donde te desve­larán todos los secre­tos y mis­te­rios del monas­te­rio.

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Hace sólo unos días, aproveché una tarde libre para ir en coche con una ami­ga a recor­rer El Esco­r­i­al. Estando allí nos cogió una neva­da de espan­to, con un cielo grisáceo que parecía que iba a desplo­marse en cualquier momen­to sobre nues­tras cabezas. Si ya de por sí el monas­te­rio es un lugar bas­tante tene­broso, imag­i­nad en un día así, que parecía que estábamos den­tro de un capí­tu­lo de “The Mun­sters”. Fue entonces cuan­do comencé a dar­le vueltas a lo de hac­er un artícu­lo sobre El Esco­r­i­al pero inda­gan­do en ese lado oscuro que muchas veces no pare­cen ten­er en cuen­ta los que lo vis­i­tan, obvian­do que es pre­cisa­mente este aspec­to el que lo ha con­ver­tido en uno de los lugares más espe­ciales y enig­máti­cos del mun­do. El celo con el que se sal­va­guar­da el inte­ri­or del monas­te­rio es mayús­cu­lo: está estric­ta­mente pro­hibido fotografi­ar el inte­ri­or, algo que sin embar­go sí se podía hac­er hace no tan­tos años.

Con per­miso de La Alham­bra, el Monas­te­rio de San Loren­zo de El Esco­r­i­al es con seguri­dad la obra arqui­tec­tóni­ca más impor­tante de la his­to­ria de nue­stro país, lo que aho­ra que esta­mos tan acos­tum­bra­dos a ver en la tele a políti­cos cor­rup­tos que der­rochan dinero a espuer­tas se conoce como un “proyec­to faraóni­co”. Casi veinte años de tra­ba­jo para lev­an­tar un recin­to grandioso que dejara con la boca abier­ta a cualquier emis­ario que lle­gara de un país extran­jero. Más de 33.000 met­ros cuadra­dos que lo con­virtieron en su época en el may­or edi­fi­cio de Europa y que incluyen un pala­cio, una basíli­ca, un pan­teón, un cole­gio, una bib­liote­ca y jar­dines por donde pasean pavos reales. La mejor for­ma de con­mem­o­rar el trasla­do de la cap­i­tal de Tole­do a Madrid y cel­e­brar de paso que en ese momen­to, medi­a­dos del siglo XVI, España era el país más poderoso de nue­stro plan­e­ta. Un alarde de riqueza, lujo y opu­len­cia en una España que al mis­mo tiem­po con­ta­ba con mil­lones de súb­di­tos que se morían de ham­bre: eran las con­tradic­ciones de un impe­rio al que no le importa­ba der­rochar lo que hiciera fal­ta con tal de que los ene­mi­gos nos con­tin­uaran temien­do.

Monasterio de El Escorial al atardecer bajo un cielo oscuro y tormentoso, con ambiente misterioso y el texto “El lado oscuro del Escorial”.

Al igual que otros mon­u­men­tos del mun­do desta­can por su ale­gría y col­ori­do, léase muchos tem­p­los asiáti­cos, el monas­te­rio de El Esco­r­i­al es muy lúgubre. Lúgubre has­ta unos extremos casi opre­sivos, refle­jo del influ­jo tan nefas­to que el catoli­cis­mo ha ejer­ci­do durante sig­los en la sociedad españo­la. A fin de cuen­tas, monar­quía e Igle­sia siem­pre han ido de la mano y El Esco­r­i­al es la mejor prue­ba: ambas com­partían su gus­to por los exce­sos, los vicios ocul­tos y el despil­far­ro bajo un man­to de hipocre­sía que inten­tara mostrar­les como un ejem­p­lo a seguir para el resto de los mor­tales. No hay mejor frase que defi­na a ambas insti­tu­ciones que esa que dice “a Dios rogan­do y con el mazo dan­do”. Una famil­ia real que siem­pre ha esta­do bajo el yugo de la religión, comp­in­cha­da con sus teje­mane­jes que tan bien servían a sus propósi­tos, los de unos y los de otros. Tam­poco os creáis que ha cam­bi­a­do mucho el tema cin­co sig­los después.

Para dis­fru­tar de esta cara sinies­tra de El Esco­r­i­al, si todavía no lo has vis­i­ta­do, mi recomen­dación es que lo recor­ras sabi­en­do que hay detrás de esos muros y no me refiero a niv­el mate­r­i­al sino emo­cional. Perder­se por esos lar­gos pasil­los, tan soli­tar­ios, tan inhóspi­tos, tan géli­dos que en pleno invier­no te es imposi­ble despo­jarte del abri­go y la bufan­da, cono­cien­do las sin­gu­lar­i­dades de un com­ple­jo tan her­moso y a la vez tan ter­rorí­fi­co, es una de las mejores expe­ri­en­cias a niv­el cul­tur­al y tam­bién históri­co que puedes ten­er en España.

El Esco­r­i­al es de esos lugares que según estás salien­do por la puer­ta, ya estás dese­an­do volver. Porque pocos sitios como este te van a trasladar a la España más pro­fun­da, la España acom­ple­ja­da que pre­tendía tapar sus mis­e­rias encer­ra­da en un mon­u­men­to que no tuviera igual. Esa España de la que no querían hablar los libros de His­to­ria porque interesa­ba pre­sen­tarnos para la pos­teri­dad como un impe­rio glo­rioso que iba sal­van­do al resto de la Humanidad, más a o menos lo que hace en la actu­al­i­dad Esta­dos Unidos. Una España que escondía bajo la alfom­bra los asesina­dos por la Inquisi­ción, los enfer­mos de peste, las masacres de los nativos en tier­ras amer­i­canas, los mil­lones de muer­tos de ham­bre que se enro­la­ban en el ejérci­to para ten­er un men­dru­go de pan que echarse a la boca. La España de las desigual­dades, de la pobreza, de las pro­ce­siones de Sem­ana San­ta, del qué dirán y de lle­gar vir­gen al mat­ri­mo­nio.

El pro­pio ori­gen del monas­te­rio ya tiene un tras­fon­do atípi­co: Felipe II se vio en la obligación de con­stru­ir­lo, empu­ja­do por sus casi enfer­mizas creen­cias reli­giosas. La excusa era agrade­cer a Dios que el impe­rio español hubiera exten­di­do por el mun­do con éxi­to la fe cris­tiana. Pero tam­bién existía un móvil poderoso, aún más impor­tante: el ego­cen­tris­mo desme­di­do del monar­ca. Razones tenía ya que pocas veces a lo largo de la His­to­ria un sober­a­no ha sido la máx­i­ma autori­dad sobre un ter­ri­to­rio tan exten­so ya que las colo­nias se extendían por medio mun­do. Buen ejem­p­lo es la anéc­do­ta en la que durante las obras de con­struc­ción, a Felipe II le vis­itó el emba­jador francés y le comen­tó socar­rona­mente que prob­a­ble­mente sobrarían tejas y fal­taría oro. El rey ordenó con pos­te­ri­or­i­dad que se colo­caran algu­nas tejas de oro en la parte este del monas­te­rio: nadie podía quedar por enci­ma de él.

Edu­ca­do des­de muy niño para gob­ernar España, tuvo una infan­cia pre­coz en la que a los once años se quedó sin madre y con sólo 18 años ya era viu­do y tenía un hijo. Estos sins­a­bores le con­virtieron en un hom­bre exager­ada­mente reli­gioso que se veía a sí mis­mo como un rep­re­sen­tante ter­re­nal de la fuerza div­ina y que con­sid­er­a­ba a la misa el momen­to más impor­tante del día. Tac­i­turno y soli­tario, man­tu­vo rela­ciones dis­tantes con sus cua­tro esposas e intenta­ba man­ten­erse ais­la­do de la famil­ia todo el tiem­po que fuera nece­sario. Fue poco queri­do entre la plebe, que le veían como un monar­ca cru­el e insen­si­ble.

¿Por qué se construyó el monasterio en San Lorenzo de El Escorial?

El Esco­r­i­al se ubi­ca en un extraño emplaza­mien­to, a las fal­das del monte Aban­tos, un lugar car­ga­do de leyen­das y en el que los lugareños, ater­ror­iza­dos, habla­ban de la exis­ten­cia de un fauno. Los veci­nos de la zona eran muy super­sti­ciosos y creían que aquí se encon­tra­ba una de las siete entradas que Lucifer había crea­do para acced­er al infier­no, aprovechan­do la exis­ten­cia de unas antiguas minas; igno­ramos si Felipe II tuvo en cuen­ta estas leyen­das a la hora de decidir el emplaza­mien­to pero no nos extrañaría vien­do lo que le gusta­ba al monar­ca el tema del ocultismo. Con­stru­ir un tem­p­lo sagra­do sobre las puer­tas del Aver­no con­fir­maría una demostración del poder del catoli­cis­mo sobre las fuerzas dia­bóli­cas. Cuan­do el rey envió a un comité de sabios para inspec­cionar la zona y se lev­an­tó un vien­to hura­cana­do, se creyó que tras la tor­men­ta estaría la mano del dia­blo, quien intenta­ba de esta man­era evi­tar la con­struc­ción de El Esco­r­i­al.

Jardines laberínticos

Pero Felipe II tam­bién tuvo grandes vir­tudes, entre ellas su amor por el tra­ba­jo (podía encer­rarse durante horas en su despa­cho real) y su amplia cul­tura, que le llevó a hablar var­ios idiomas y ser un gran enten­di­do en difer­entes artes. Y tuvo dos afi­ciones a las que ama­ba por enci­ma de todas las cosas y que condi­cionaron el desar­rol­lo de lo que es hoy el Monas­te­rio de San Loren­zo de El Esco­r­i­al. La arqui­tec­tura, que le empu­jó a super­vis­ar él mis­mo las obras del recin­to, y la jar­dinería, razón por la cual El Esco­r­i­al cuen­ta con unos jar­dines sober­bios. Una de sus grandes pasiones fue dotar al reino de algunos de los jar­dines más bel­los que jamás se hubier­an vis­to, con­vir­tien­do en lugar de recreo lo que era una fin­ca de caza en Aran­juez o con­struyen­do un jardín reser­va­do para la famil­ia real en la Casa de Cam­po. Con­stan­te­mente esta­ba impor­tan­do semi­l­las y libros de botáni­ca de otros país­es e inspirán­dose en los jar­dines fla­men­cos o ital­ianos para sus futuras crea­ciones. Curiosa­mente, los jar­dines son lo más ale­gre del monas­te­rio de El Esco­r­i­al. No podremos encon­trar árboles en ellos pero sí las estat­uas de los cua­tro evan­ge­lis­tas y cuadros de setos.

Jardines Monasterio El Escorial

Una de las bibliotecas más bonitas (y enigmáticas) del mundo

Felipe II era tam­bién un gran amante de la lit­er­atu­ra y uno de sus proyec­tos más ambi­ciosos fue dotar a El Esco­r­i­al de la que pre­tendía ser la bib­liote­ca pri­va­da más impor­tante del mun­do. Y tam­bién de las más boni­tas. Para ello, se bus­ca­ba uni­formi­dad estéti­ca, por lo que todos los libros que lle­ga­ban se volvían a encuadernar, dán­doles sus lla­ma­tivos can­tos dora­dos, y eran orde­na­dos por escrupu­loso orden de tamaño. El respeto en El Esco­r­i­al por los libros era máx­i­mo: inclu­so los doc­u­men­tos que eran con­sid­er­a­dos “cen­surables” se cosían pero nun­ca se quema­ban o destruían como se había hecho has­ta entonces. De hecho, el rey estu­vo muy intere­sa­do, pese a su pro­fun­do catoli­cis­mo, en artes no bien vis­tas por la Igle­sia como la astrología (aún se pueden obser­var sig­nos zodi­a­cales en parte del sue­lo de pala­cio) y espe­cial­mente la alquimia, ya que Felipe II sufrió muchas y vari­adas enfer­medades a lo largo de su vida y adquir­ió miles de volúmenes, bus­can­do una curación alter­na­ti­va a la que le ofrecían sus galenos.

Era curioso este celo que el rey tenía con su bib­liote­ca cuan­do al mis­mo tiem­po apoyó a la Inquisi­ción en su obsesión por con­denar a muerte a aque­l­los libreros que tuvier­an en su poder libros pro­hibidos. Al mis­mo tiem­po, Felipe II recibía a escon­di­das a hechiceros con los que exper­i­menta­ba en la Torre de la Bot­i­ca  (la Casa de las Aguas), mien­tras de puer­tas para afuera los que caían en esas mis­mas prác­ti­cas eran con­de­na­dos a la hoguera. Años después un rayo cayó sobre dicha torre: los más super­sti­ciosos argu­men­taron que era un cas­ti­go divi­no en respues­ta a los exper­i­men­tos pro­hibidos que allí se llev­a­ban a cabo, en la más abso­lu­ta clan­des­tinidad.

Biblioteca Escorial
Bib­liote­ca del Monas­te­rio de El Esco­r­i­al / Foto: Hakan Svens­son

En la propia bib­liote­ca, si uno se fija con deten­imien­to, puede darse de bruces con un detalle de lo más sor­pren­dente: en uno de los fres­cos que rep­re­sen­ta a la reina de Saba puede leerse un tex­to en hebreo, algo total­mente inau­di­to, lo que suponía un agravio para la igle­sia católi­ca y que dudamos Felipe II pasara por alto. Este tex­to decía “todo tiene número, peso y medi­da”: se cree que se referiría a la exis­ten­cia de cier­tos doc­u­men­tos ocul­tos.

Pero tam­bién era vox pop­uli entre el cír­cu­lo más cer­cano al monar­ca que existía una “bib­liote­ca escon­di­da” donde se guard­a­ban todos esos libros rela­ciona­dos con la magia a los que Felipe II era tan afi­ciona­do y entre los que de cuen­ta que se guard­a­ba el “Enchirid­ion Leo­nis Papae”, un libro de hechizos y con­juros que jamás llegó a ser encon­tra­do. Curiosos son tam­bién los fres­cos que dec­o­ran la parte supe­ri­or de la bib­liote­ca (y que tan­to recuer­dan en su dis­posi­ción a la Capil­la Six­ti­na), en los que se rep­re­sen­tan las Siete Artes Lib­erales, es decir, la Gramáti­ca, la Retóri­ca, la Dialéc­ti­ca, la Músi­ca, la Arit­méti­ca, la Geometría y (sí, tam­bi­en esta) la Astrología. ¿Por qué Felipe II, tan católi­co él, no incluyó a san­tos o esce­nas de la cru­ci­fix­ión en la bib­liote­ca y sin embar­go ordenó rep­re­sen­tar a fig­uras como Orfeo descen­di­en­do al infier­no a rescatar a su esposa Eundice o el rey Salomón?

Este no es el úni­co ele­men­to que te sor­pren­derá en la bib­liote­ca. Nada más entrar te toparás con la esfera armi­lar, que Felipe II recibió como rega­lo cuan­do sólo tenía seis años y que aten­di­en­do a las creen­cias de la época, rep­re­sen­ta al sis­tema solar giran­do alrede­dor de nue­stro plan­e­ta, algo que se encar­garía de des­men­tir Galileo Galilei años después. Y los libros no mues­tran sus can­tos. Quizás para escon­der a los más de 700.000 vis­i­tantes anuales de El Esco­r­i­al las escan­dalosas obras a las que Felipe II era tan afi­ciona­do.

El pudridero: la sala escondida donde se descomponen los cadáveres de los reyes

Aunque prac­ti­ca­mente nadie, a excep­ción de unos mon­jes elegi­dos, un arqui­tec­to y un par de albañiles, tiene acce­so a la sala más mis­te­riosa del monas­te­rio, sólo saber de la exis­ten­cia del pudrid­ero pone los pelos de pun­ta. Aunque más ade­lante hablare­mos de las crip­tas, debe­mos ten­er en cuen­ta que ante todo El Esco­r­i­al fue con­ce­bido como pan­teón real, un lugar donde pudier­an des­cansar para el resto de la eternidad los reyes de España y sus respec­tivos famil­iares. Hay una sala bas­tante pequeña, el pro­pio Pan­teón Real (no se entiende que sea tan minús­cu­la sien­do esta la gran estancia priv­i­le­gia­da del Monas­te­rio de El Esco­r­i­al), en la que reposan los féret­ros de los monar­cas. Y estos son dimin­u­tos, ape­nas un metro de largo y cuarenta cen­tímet­ros de ancho. ¿Cómo se intro­duce un cadáver en un espa­cio tan reduci­do? Pues no que­da otra: deján­do­lo que se pudra y que el cuer­po quede reduci­do a un mon­tón de hue­sos. Un médi­co forense es el encar­ga­do de cer­ti­ficar que la descom­posi­ción ha cul­mi­na­do. Sue­na tétri­co, lo sé, pero a fin de cuen­tas así vamos a acabar todos.

Este pro­ce­so es largo: entre 25 y 40 años. Este es el tiem­po medio que los cuer­pos de los reyes pasan ais­la­dos en una cámara sin luz ni ven­ti­lación que facili­ta la descom­posi­ción. Dicen que el olor que se percibe al entrar es fran­ca­mente nau­se­abun­do. Al menos eso es lo que con­ta­ba Paul Naschy, el actor de pelícu­las de ter­ror de los años 70, que según cuen­ta en sus memo­rias y aprovechan­do el roda­je de unos doc­u­men­tales sobre la his­to­ria de España, logró acced­er en un des­cui­do a tan macabro habitácu­lo: el pudrid­ero. No sabe­mos a cien­cia cier­ta si el rela­to de Naschy será verídi­co o un farol que se mar­có para engrande­cer su leyen­da pero sí parece ser real la úni­ca foto exis­tente de la habitación, que logró hac­er un peri­odista para el diario “Cróni­ca”. En cualquier caso, y aunque los guías ofi­ciales miran para otro lado cuan­do se les pre­gun­ta por dicha estancia, el pudrid­ero exi­s­tir, existe, por mucho que a la famil­ia real le cueste recono­cer que son seres de carne y hue­so como el resto de los mor­tales. Y más macabro es el dato de que existe otro pudrid­ero, el de los infantes.

La Sala de los Secretos

Ten­emos pen­di­ente hac­er un día de estos un repor­ta­je ded­i­ca­do al Castil­lo de Coca, uno de nue­stros mon­u­men­tos favoritos en España y que nos mar­avil­ló cuan­do lo visi­ta­mos. Allí tam­bién existe una sala de los secre­tos (lla­ma­da Sala de los Jar­ros), así como en la Alham­bra de Grana­da (la Sala de los Susurros), de fun­ción sim­i­lar a la que os vamos a pre­sen­tar aho­ra que se encuen­tra en El Esco­r­i­al. Es la Sala de los Secre­tos, una pequeña estancia sin ningu­na orna­mentación.

¿Está allí por casu­al­i­dad? No, todo en El Esco­r­i­al tiene una fun­ción pre­cisa. La leyen­da, que parece ten­er mucho de ver­dad, cuen­ta que el rey, al que le superó la mag­ni­tud económi­ca del proyec­to de con­stru­ir El Esco­r­i­al, recibió una car­ta de uno de los arqui­tec­tos, instán­dole a que pagara de una vez a los obreros. Esta situación se repi­tió en varias oca­siones pero nadie se atrevía a insi­s­tir al monar­ca. El arqui­tec­to Juan Her­rera, pre­ocu­pa­do por las mur­mu­ra­ciones, decidió lle­var a Felipe II a esta sala, cuya acús­ti­ca tenía la par­tic­u­lar­i­dad de que dos per­sonas colo­cadas en ángu­los opuestos podían man­ten­er una con­ver­sación sin que los que se encon­traran en medio pudier­an escuchar una pal­abra. De ese modo, Her­rera infor­mó al rey de que la pacien­cia se les esta­ba aca­ban­do a los tra­ba­jadores, delante de un mon­tón de corte­sanos y sin que ninguno de ellos se enter­ara de lo que habla­ban.

Panteón Real: la tumba de los reyes

Los reyes eméri­tos, Juan Car­los y Sofía, no pare­cen ten­er hue­co para que, cuan­do muer­an, sus restos sean deposi­ta­dos en el Pan­teón Real: hay 26 féret­ros, 24 de ellos ocu­pa­dos, y los 2 restantes están des­ti­na­dos a los con­des de Barcelona. No obstante, bajo cuer­da se rumorea que la antigua reina Sofía no quería que la enter­raran allí, pues le parece un lugar “de lo más tétrico“y prefer­ía ser enter­ra­da en la Cat­e­dral de la Almu­de­na. Aquí no sólo se encuen­tran los cuer­pos de los reyes sino tam­bién los de las reinas que fueron madres de reyes (a excep­ción de la primera esposa de Felipe IV) y el de un rey con­sorte, Fran­cis­co de Asís de Bor­bón. Es un lugar bas­tante sinie­stro, situ­a­do en un sótano sub­ter­rá­neo al que se accede bajan­do unas estre­chas escaleras.

Panteón de los Infantes y Panteón de Párvulos

Si las crip­tas reales te pare­cen tétri­c­as, espérate a ver las tum­bas de las que te hablare­mos aho­ra. Por un lado, el Pan­teón de los Infantes, donde se entier­ra a los hijos de reyes y las esposas cor­re­spon­di­entes: la tum­ba de Juan de Aus­tria es una de las más boni­tas que se han esculpi­do nun­ca. Por otro lado, está el Pan­teón de Párvu­los, sesen­ta nichos con los cuer­pos de los niños de la famil­ia real que murieron pre­mat­u­ra­mente: como si de una macabra par­o­dia se tratara, el mon­u­men­to tiene for­ma de tar­ta de cumpleaños.

Escorial
Foto: Dorieo

Reliquias: un museo de los horrores

Como os decíamos antes, Felipe II, aparte de rezar, tenía múlti­ples afi­ciones y una de ellas era colec­cionar hue­sos de san­tos. Llegó a acu­mu­lar más de 7.000 reliquias, entre las que había doce cuer­pos com­ple­tos, casi 150 cabezas y se dice que has­ta grasa de San Loren­zo, recogi­da después de que le que­maran en la hoguera. Era tal la obsesión que tenía por estas que a menudo pedía que le tra­jer­an las reliquias a sus aposen­tos para poder besar­las y acari­cia­r­las: eran sus amule­tos preferi­dos ya que según cuen­ta la leyen­da, el rey temía la pres­en­cia de demo­ni­os, has­ta el pun­to de que se rodeó de reliquias mien­tras agon­i­z­a­ba en su lecho de muerte.

Para encon­trar estas reliquias, repar­tidas a lo largo y ancho del mun­do, creó un grupo de cléri­gos que se ded­i­ca­ba a via­jar buscán­dolas: de la ciu­dad ale­m­ana de Colo­nia lle­garon a enviar­le de una taca­da cien cabezas, entre las que se supone que se encon­tra­ba la de San­ta Ana. Estas reliquias se mantienen ocul­tas a los ojos del públi­co, a excep­ción del 1 de Noviem­bre, día de Todos los San­tos, cuan­do se abren los retab­los de la basíli­ca y se mues­tran algu­nas de ellas, sep­a­radas por sexo.

La obsesión de Felipe II por El Bosco

Si bien no com­par­ti­mos las devo­ciones reli­giosas del rey, sin embar­go sí enten­demos que fuera un enam­ora­do de la obra pic­tóri­ca de El Bosco porque a nosotros es un pin­tor que tam­bién nos fasci­na: hace un tiem­po estu­vi­mos en la exposi­ción que se hizo de su obra en el Museo del Pra­do, con obras traí­das de todo el mun­do, y sal­imos con la boca abier­ta. Felipe II esta­ba tan obse­sion­a­do con El Bosco que cuan­do esta­ba a pun­to de morir, jun­to a las reliquias que antes os comen­tábamos, tam­bién ordenó traer­le a la cama var­ios de los cuadros de su pin­tor favorito.

Cues­ta enten­der como un hom­bre tan beato como Felipe II admi­rara tan­to a El Bosco, con­sid­er­a­do por la Inquisi­ción como alguien cer­cano a la here­jía y a quien le encanta­ba plas­mar en los lien­zos los vicios humanos. Y no sólo eso. Siem­pre se sospechó que El Bosco pertenecía a una sociedad sec­re­ta, los adami­tas, a quienes les encanta­ba prac­ticar el nud­is­mo pero que sin embar­go luego apoy­a­ban la absti­nen­cia sex­u­al.  El sober­a­no, que había des­cu­bier­to la obra de El Bosco en su juven­tud durante un via­je a los País­es Bajos, has­ta con­sigu­ió tapices que se habían teji­do sobre patrones pic­tóri­cos del artista, una autén­ti­ca rareza de la época.

Felipe II se podía tirar horas y horas exam­i­nan­do los detalles de los cuadros de El Bosco, bus­can­do esos sím­bo­los ocul­tos que siem­pre han escon­di­do sus cuadros; él, que con­sid­er­a­ba a El Esco­r­i­al un mon­u­men­to sagra­do que sim­boliz­a­ba la lucha entre el bien y el mal, no podía haber encon­tra­do mejor fuente de inspiración. Y es gra­cias a Felipe II que hoy en día nue­stro país cuen­ta en su haber con la colec­ción de El Bosco más impor­tante del mun­do, cuadros de val­or incal­cu­la­ble que gra­cias al monar­ca lograron sal­varse de la que­ma de “obras demonía­cas” que con tan­to ahín­co perseguía la San­ta Inquisi­ción.

Seis reyes de Israel en la fachada de la basílica

Otra de las grandes curiosi­dades de El Esco­r­i­al: las estat­uas de los seis reyes de Judá. Josafat, Eze­quías, David, Salomón, Josías y Man­asés. Los que con­struyeron el tem­p­lo de Jerusalén. Lo sor­pren­dente es que el arqui­tec­to Juan Her­rera tenía inten­ción de colo­car seis obelis­cos y fue el pro­pio Felipe II, ani­ma­do por un bib­liote­cario, quien decidió lev­an­tar aquí estas seis escul­turas. Entre ellas se ubi­ca la ven­tana que deja pasar la luz al tem­p­lo al atarde­cer. En el Patio de los Reyes, cono­ci­do tam­bién como la Ante­sala de la Eternidad, se encuen­tra la últi­ma piedra que se colocó en el monas­te­rio de El Esco­r­i­al en Sep­tiem­bre de 1584. Cuan­do se pusieron las primeras, el rey tuvo en cuen­ta la astrología y buscó fechas prop­i­cias para el ini­cio de las obras.

Patio de los Reyes Escorial

La basíli­ca ante la que se encuen­tran los seis reyes cuen­ta tam­bién con sus propias par­tic­u­lar­i­dades. Una de ellas es que tiene veinte vór­tices per­fec­ta­mente alin­ea­d­os que se cree for­man anil­los con­cén­tri­cos de energía. Los vór­tices siem­pre han esta­do aso­ci­a­dos a los suce­sos para­nor­males y se han con­sid­er­a­do caminos inter­este­lares: pueden encon­trarse var­ios en el Vat­i­cano o la Crip­ta de los Capuchi­nos, ambos en la ciu­dad de Roma. Los veinte que hay en la basíli­ca de El Esco­r­i­al se sitúan, a excep­ción de dos de ellos, frente a pin­turas que rep­re­sen­tan a pare­jas de após­toles o már­tires. Según los exper­tos, quien dis­eñó la dis­tribu­ción de la igle­sia sabía con exac­ti­tud en qué lugares con­cre­tos se encon­tra­ban estos pun­tos de med­itación. Des­de la antigüedad, los mon­u­men­tos reli­giosos, comen­zan­do por dólmenes y men­hires, se situ­a­ban siem­pre sobre pun­tos de energía; pese a que la Igle­sia nun­ca lle­gara a recono­cer­lo ofi­cial­mente, en este caso ocur­rió lo mis­mo.

Como veis, el Monas­te­rio de El Esco­r­i­al no sólo es un lugar úni­co en el mun­do tan­to por el edi­fi­cio en sí como las numerosas obras de arte que en él se guardan sino tam­bién por con­ser­var un halo de mis­te­rio que hacen de él un lugar aún más espe­cial. De él se decía, cuan­do fue final­iza­do, que debería con­sid­er­arse la Octa­va Mar­avil­la del Mun­do Antiguo (de las otras siete sólo sobre­vive la Pirámide de Guiza) y no creemos que la afir­ma­ción sea exager­a­da. Ten­emos la inmen­sa suerte de con­tar en Madrid con una obra maes­tra fran­ca­mente excep­cional: no nos extraña­ba la cara de estu­pe­fac­ción de los gru­pos orga­ni­za­dos de tur­is­tas asiáti­cos con los que nos cruzamos en esta reciente visi­ta. Porque el Monas­te­rio de San Loren­zo de El Esco­r­i­al, cuan­do te ves en su impo­nente inte­ri­or, es de esos lugares mági­cos que cues­ta creer que exis­tan.

Cómo visitar el Monasterio de El Escorial

El monas­te­rio se encuen­tra en la local­i­dad de San Loren­zo de El Esco­r­i­al, a unos 50 kilómet­ros de Madrid. Es una de las excur­siones más pop­u­lares des­de la cap­i­tal y puede vis­i­tarse durante todo el año.

Den­tro del com­ple­jo desta­can lugares como la basíli­ca, la impre­sio­n­ante bib­liote­ca, el Pan­teón de los Reyes y las estancias reales.

👉 Si quieres cono­cer su his­to­ria y sus leyen­das, puedes ver vis­i­tas guiadas al Monas­te­rio de El Esco­r­i­al 

 

Escucha nue­stro pod­cast del Monas­te­rio de El Esco­r­i­al


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