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El lado más oscuro del Monasterio de El Escorial

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El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, desde el año 1984, fecha en la que además se conmemoraba el cuarto centenario de su construcción, tiene el título de Patrimonio de la Humanidad, concedido por la UNESCO. Junto a Aranjuez y Alcalá de Henares forma el trío de Patrimonios de la Humanidad, de los casi cincuenta que hay en España, de los que podemos sentirnos más que orgullosos los madrileños. Después de viajar mucho por Europa, puedo asegurar que hay pocos, muy pocos lugares en el Viejo Continente que puedan rivalizar con El Escorial en lo que a importancia histórica, arquitectónica y cultural se refiere. Tal vez no lo valoremos en su justa medida por tenerlo aquí al lado y es una lástima porque no tiene nada que envidiar a otros grandes monumentos europeos como el Coliseo de Roma, la Basílica de Santa Sofía o el Parlamento de Budapest.

Hace sólo unos días, aproveché una tarde libre para ir en coche con una amiga a recorrer El Escorial. Estando allí nos cogió una nevada de espanto, con un cielo grisáceo que parecía que iba a desplomarse en cualquier momento sobre nuestras cabezas. Si ya de por sí el monasterio es un lugar bastante tenebroso, imaginad en un día así, que parecía que estábamos dentro de un capítulo de “The Munsters”. Fue entonces cuando comencé a darle vueltas a lo de hacer un artículo sobre El Escorial pero indagando en ese lado oscuro que muchas veces no parecen tener en cuenta los que lo visitan, obviando que es precisamente este aspecto el que lo ha convertido en uno de los lugares más especiales y enigmáticos del mundo. El celo con el que se salvaguarda el interior del monasterio es mayúsculo: está estrictamente prohibido fotografiar el interior, algo que sin embargo sí se podía hacer hace no tantos años.

Con permiso de La Alhambra, el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial es con seguridad la obra arquitectónica más importante de la historia de nuestro país, lo que ahora que estamos tan acostumbrados a ver en la tele a políticos corruptos que derrochan dinero a espuertas se conoce como un “proyecto faraónico”. Casi veinte años de trabajo para levantar un recinto grandioso que dejara con la boca abierta a cualquier emisario que llegara de un país extranjero. Más de 33.000 metros cuadrados que lo convirtieron en su época en el mayor edificio de Europa y que incluyen un palacio, una basílica, un panteón, un colegio, una biblioteca y jardines por donde pasean pavos reales. La mejor forma de conmemorar el traslado de la capital de Toledo a Madrid y celebrar de paso que en ese momento, mediados del siglo XVI, España era el país más poderoso de nuestro planeta. Un alarde de riqueza, lujo y opulencia en una España que al mismo tiempo contaba con millones de súbditos que se morían de hambre: eran las contradicciones de un imperio al que no le importaba derrochar lo que hiciera falta con tal de que los enemigos nos continuaran temiendo.

Al igual que otros monumentos del mundo destacan por su alegría y colorido, léase muchos templos asiáticos, el monasterio de El Escorial es muy lúgubre. Lúgubre hasta unos extremos casi opresivos, reflejo del influjo tan nefasto que el catolicismo ha ejercido durante siglos en la sociedad española. A fin de cuentas, monarquía e Iglesia siempre han ido de la mano y El Escorial es la mejor prueba: ambas compartían su gusto por los excesos, los vicios ocultos y el despilfarro bajo un manto de hipocresía que intentara mostrarles como un ejemplo a seguir para el resto de los mortales. No hay mejor frase que defina a ambas instituciones que esa que dice “a Dios rogando y con el mazo dando”. Una familia real que siempre ha estado bajo el yugo de la religión, compinchada con sus tejemanejes que tan bien servían a sus propósitos, los de unos y los de otros. Tampoco os creáis que ha cambiado mucho el tema cinco siglos después.

Para disfrutar de esta cara siniestra de El Escorial, si todavía no lo has visitado, mi recomendación es que lo recorras sabiendo que hay detrás de esos muros y no me refiero a nivel material sino emocional. Perderse por esos largos pasillos, tan solitarios, tan inhóspitos, tan gélidos que en pleno invierno te es imposible despojarte del abrigo y la bufanda, conociendo las singularidades de un complejo tan hermoso y a la vez tan terrorífico, es una de las mejores experiencias a nivel cultural y también histórico que puedes tener en España.

El Escorial es de esos lugares que según estás saliendo por la puerta, ya estás deseando volver. Porque pocos sitios como este te van a trasladar a la España más profunda, la España acomplejada que pretendía tapar sus miserias encerrada en un monumento que no tuviera igual. Esa España de la que no querían hablar los libros de Historia porque interesaba presentarnos para la posteridad como un imperio glorioso que iba salvando al resto de la Humanidad, más a o menos lo que hace en la actualidad Estados Unidos. Una España que escondía bajo la alfombra los asesinados por la Inquisición, los enfermos de peste, las masacres de los nativos en tierras americanas, los millones de muertos de hambre que se enrolaban en el ejército para tener un mendrugo de pan que echarse a la boca. La España de las desigualdades, de la pobreza, de las procesiones de Semana Santa, del qué dirán y de llegar virgen al matrimonio.

El propio origen del monasterio ya tiene un trasfondo atípico: Felipe II se vio en la obligación de construirlo, empujado por sus casi enfermizas creencias religiosas. La excusa era agradecer a Dios que el imperio español hubiera extendido por el mundo con éxito la fe cristiana. Pero también existía un móvil poderoso, aún más importante: el egocentrismo desmedido del monarca. Razones tenía ya que pocas veces a lo largo de la Historia un soberano ha sido la máxima autoridad sobre un territorio tan extenso ya que las colonias se extendían por medio mundo. Buen ejemplo es la anécdota en la que durante las obras de construcción, a Felipe II le visitó el embajador francés y le comentó socarronamente que probablemente sobrarían tejas y faltaría oro. El rey ordenó con posterioridad que se colocaran algunas tejas de oro en la parte este del monasterio: nadie podía quedar por encima de él.

Educado desde muy niño para gobernar España, tuvo una infancia precoz en la que a los once años se quedó sin madre y con sólo 18 años ya era viudo y tenía un hijo. Estos sinsabores le convirtieron en un hombre exageradamente religioso que se veía a sí mismo como un representante terrenal de la fuerza divina y que consideraba a la misa el momento más importante del día. Taciturno y solitario, mantuvo relaciones distantes con sus cuatro esposas e intentaba mantenerse aislado de la familia todo el tiempo que fuera necesario. Fue poco querido entre la plebe, que le veían como un monarca cruel e insensible.

¿Por qué se construyó el monasterio en San Lorenzo de El Escorial?

El Escorial se ubica en un extraño emplazamiento, a las faldas del monte Abantos, un lugar cargado de leyendas y en el que los lugareños, aterrorizados, hablaban de la existencia de un fauno. Los vecinos de la zona eran muy supersticiosos y creían que aquí se encontraba una de las siete entradas que Lucifer había creado para acceder al infierno, aprovechando la existencia de unas antiguas minas; ignoramos si Felipe II tuvo en cuenta estas leyendas a la hora de decidir el emplazamiento pero no nos extrañaría viendo lo que le gustaba al monarca el tema del ocultismo. Construir un templo sagrado sobre las puertas del Averno confirmaría una demostración del poder del catolicismo sobre las fuerzas diabólicas. Cuando el rey envió a un comité de sabios para inspeccionar la zona y se levantó un viento huracanado, se creyó que tras la tormenta estaría la mano del diablo, quien intentaba de esta manera evitar la construcción de El Escorial.

Jardines laberínticos

Pero Felipe II también tuvo grandes virtudes, entre ellas su amor por el trabajo (podía encerrarse durante horas en su despacho real) y su amplia cultura, que le llevó a hablar varios idiomas y ser un gran entendido en diferentes artes. Y tuvo dos aficiones a las que amaba por encima de todas las cosas y que condicionaron el desarrollo de lo que es hoy el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La arquitectura, que le empujó a supervisar él mismo las obras del recinto, y la jardinería, razón por la cual El Escorial cuenta con unos jardines soberbios. Una de sus grandes pasiones fue dotar al reino de algunos de los jardines más bellos que jamás se hubieran visto, convirtiendo en lugar de recreo lo que era una finca de caza en Aranjuez o construyendo un jardín reservado para la familia real en la Casa de Campo. Constantemente estaba importando semillas y libros de botánica de otros países e inspirándose en los jardines flamencos o italianos para sus futuras creaciones. Curiosamente, los jardines son lo más alegre del monasterio de El Escorial. No podremos encontrar árboles en ellos pero sí las estatuas de los cuatro evangelistas y cuadros de setos.

Jardines Monasterio El Escorial

Una de las bibliotecas más bonitas (y enigmáticas) del mundo

Felipe II era también un gran amante de la literatura y uno de sus proyectos más ambiciosos fue dotar a El Escorial de la que pretendía ser la biblioteca privada más importante del mundo. Y también de las más bonitas. Para ello, se buscaba uniformidad estética, por lo que todos los libros que llegaban se volvían a encuadernar, dándoles sus llamativos cantos dorados, y eran ordenados por escrupuloso orden de tamaño. El respeto en El Escorial por los libros era máximo: incluso los documentos que eran considerados “censurables” se cosían pero nunca se quemaban o destruían como se había hecho hasta entonces. De hecho, el rey estuvo muy interesado, pese a su profundo catolicismo, en artes no bien vistas por la Iglesia como la astrología (aún se pueden observar signos zodiacales en parte del suelo de palacio) y especialmente la alquimia, ya que Felipe II sufrió muchas y variadas enfermedades a lo largo de su vida y adquirió miles de volúmenes, buscando una curación alternativa a la que le ofrecían sus galenos.

Era curioso este celo que el rey tenía con su biblioteca cuando al mismo tiempo apoyó a la Inquisición en su obsesión por condenar a muerte a aquellos libreros que tuvieran en su poder libros prohibidos. Al mismo tiempo, Felipe II recibía a escondidas a hechiceros con los que experimentaba en la Torre de la Botica  (la Casa de las Aguas), mientras de puertas para afuera los que caían en esas mismas prácticas eran condenados a la hoguera. Años después un rayo cayó sobre dicha torre: los más supersticiosos argumentaron que era un castigo divino en respuesta a los experimentos prohibidos que allí se llevaban a cabo, en la más absoluta clandestinidad.

Biblioteca Escorial

Biblioteca del Monasterio de El Escorial / Foto: Hakan Svensson

En la propia biblioteca, si uno se fija con detenimiento, puede darse de bruces con un detalle de lo más sorprendente: en uno de los frescos que representa a la reina de Saba puede leerse un texto en hebreo, algo totalmente inaudito, lo que suponía un agravio para la iglesia católica y que dudamos Felipe II pasara por alto. Este texto decía “todo tiene número, peso y medida”: se cree que se referiría a la existencia de ciertos documentos ocultos.

Pero también era vox populi entre el círculo más cercano al monarca que existía una “biblioteca escondida” donde se guardaban todos esos libros relacionados con la magia a los que Felipe II era tan aficionado y entre los que de cuenta que se guardaba el “Enchiridion Leonis Papae”, un libro de hechizos y conjuros que jamás llegó a ser encontrado. Curiosos son también los frescos que decoran la parte superior de la biblioteca (y que tanto recuerdan en su disposición a la Capilla Sixtina), en los que se representan las Siete Artes Liberales, es decir, la Gramática, la Retórica, la Dialéctica, la Música, la Aritmética, la Geometría y (sí, tambien esta) la Astrología. ¿Por qué Felipe II, tan católico él, no incluyó a santos o escenas de la crucifixión en la biblioteca y sin embargo ordenó representar a figuras como Orfeo descendiendo al infierno a rescatar a su esposa Eundice o el rey Salomón?

Este no es el único elemento que te sorprenderá en la biblioteca. Nada más entrar te toparás con la esfera armilar, que Felipe II recibió como regalo cuando sólo tenía seis años y que atendiendo a las creencias de la época, representa al sistema solar girando alrededor de nuestro planeta, algo que se encargaría de desmentir Galileo Galilei años después. Y los libros no muestran sus cantos. Quizás para esconder a los más de 700.000 visitantes anuales de El Escorial las escandalosas obras a las que Felipe II era tan aficionado.

El pudridero: la sala escondida donde se descomponen los cadáveres de los reyes

Aunque practicamente nadie, a excepción de unos monjes elegidos, un arquitecto y un par de albañiles, tiene acceso a la sala más misteriosa del monasterio, sólo saber de la existencia del pudridero pone los pelos de punta. Aunque más adelante hablaremos de las criptas, debemos tener en cuenta que ante todo El Escorial fue concebido como panteón real, un lugar donde pudieran descansar para el resto de la eternidad los reyes de España y sus respectivos familiares. Hay una sala bastante pequeña, el propio Panteón Real (no se entiende que sea tan minúscula siendo esta la gran estancia privilegiada del Monasterio de El Escorial), en la que reposan los féretros de los monarcas. Y estos son diminutos, apenas un metro de largo y cuarenta centímetros de ancho. ¿Cómo se introduce un cadáver en un espacio tan reducido? Pues no queda otra: dejándolo que se pudra y que el cuerpo quede reducido a un montón de huesos. Un médico forense es el encargado de certificar que la descomposición ha culminado. Suena tétrico, lo sé, pero a fin de cuentas así vamos a acabar todos.

Este proceso es largo: entre 25 y 40 años. Este es el tiempo medio que los cuerpos de los reyes pasan aislados en una cámara sin luz ni ventilación que facilita la descomposición. Dicen que el olor que se percibe al entrar es francamente nauseabundo. Al menos eso es lo que contaba Paul Naschy, el actor de películas de terror de los años 70, que según cuenta en sus memorias y aprovechando el rodaje de unos documentales sobre la historia de España, logró acceder en un descuido a tan macabro habitáculo: el pudridero. No sabemos a ciencia cierta si el relato de Naschy será verídico o un farol que se marcó para engrandecer su leyenda pero sí parece ser real la única foto existente de la habitación, que logró hacer un periodista para el diario “Crónica”. En cualquier caso, y aunque los guías oficiales miran para otro lado cuando se les pregunta por dicha estancia, el pudridero existir, existe, por mucho que a la familia real le cueste reconocer que son seres de carne y hueso como el resto de los mortales. Y más macabro es el dato de que existe otro pudridero, el de los infantes.

La Sala de los Secretos

Tenemos pendiente hacer un día de estos un reportaje dedicado al Castillo de Coca, uno de nuestros monumentos favoritos en España y que nos maravilló cuando lo visitamos. Allí también existe una sala de los secretos (llamada Sala de los Jarros), así como en la Alhambra de Granada (la Sala de los Susurros), de función similar a la que os vamos a presentar ahora que se encuentra en El Escorial. Es la Sala de los Secretos, una pequeña estancia sin ninguna ornamentación.

¿Está allí por casualidad? No, todo en El Escorial tiene una función precisa. La leyenda, que parece tener mucho de verdad, cuenta que el rey, al que le superó la magnitud económica del proyecto de construir El Escorial, recibió una carta de uno de los arquitectos, instándole a que pagara de una vez a los obreros. Esta situación se repitió en varias ocasiones pero nadie se atrevía a insistir al monarca. El arquitecto Juan Herrera, preocupado por las murmuraciones, decidió llevar a Felipe II a esta sala, cuya acústica tenía la particularidad de que dos personas colocadas en ángulos opuestos podían mantener una conversación sin que los que se encontraran en medio pudieran escuchar una palabra. De ese modo, Herrera informó al rey de que la paciencia se les estaba acabando a los trabajadores, delante de un montón de cortesanos y sin que ninguno de ellos se enterara de lo que hablaban.

Panteón Real: la tumba de los reyes

Los reyes eméritos, Juan Carlos y Sofía, no parecen tener hueco para que, cuando mueran, sus restos sean depositados en el Panteón Real: hay 26 féretros, 24 de ellos ocupados, y los 2 restantes están destinados a los condes de Barcelona. No obstante, bajo cuerda se rumorea que la antigua reina Sofía no quería que la enterraran allí, pues le parece un lugar “de lo más tétrico”y prefería ser enterrada en la Catedral de la Almudena. Aquí no sólo se encuentran los cuerpos de los reyes sino también los de las reinas que fueron madres de reyes (a excepción de la primera esposa de Felipe IV) y el de un rey consorte, Francisco de Asís de Borbón. Es un lugar bastante siniestro, situado en un sótano subterráneo al que se accede bajando unas estrechas escaleras.

Panteón de los Infantes y Panteón de Párvulos

Si las criptas reales te parecen tétricas, espérate a ver las tumbas de las que te hablaremos ahora. Por un lado, el Panteón de los Infantes, donde se entierra a los hijos de reyes y las esposas correspondientes: la tumba de Juan de Austria es una de las más bonitas que se han esculpido nunca. Por otro lado, está el Panteón de Párvulos, sesenta nichos con los cuerpos de los niños de la familia real que murieron prematuramente: como si de una macabra parodia se tratara, el monumento tiene forma de tarta de cumpleaños.

Escorial

Foto: Dorieo

Reliquias: un museo de los horrores

Como os decíamos antes, Felipe II, aparte de rezar, tenía múltiples aficiones y una de ellas era coleccionar huesos de santos. Llegó a acumular más de 7.000 reliquias, entre las que había doce cuerpos completos, casi 150 cabezas y se dice que hasta grasa de San Lorenzo, recogida después de que le quemaran en la hoguera. Era tal la obsesión que tenía por estas que a menudo pedía que le trajeran las reliquias a sus aposentos para poder besarlas y acariciarlas: eran sus amuletos preferidos ya que según cuenta la leyenda, el rey temía la presencia de demonios, hasta el punto de que se rodeó de reliquias mientras agonizaba en su lecho de muerte.

Para encontrar estas reliquias, repartidas a lo largo y ancho del mundo, creó un grupo de clérigos que se dedicaba a viajar buscándolas: de la ciudad alemana de Colonia llegaron a enviarle de una tacada cien cabezas, entre las que se supone que se encontraba la de Santa Ana. Estas reliquias se mantienen ocultas a los ojos del público, a excepción del 1 de Noviembre, día de Todos los Santos, cuando se abren los retablos de la basílica y se muestran algunas de ellas, separadas por sexo.

La obsesión de Felipe II por El Bosco

Si bien no compartimos las devociones religiosas del rey, sin embargo sí entendemos que fuera un enamorado de la obra pictórica de El Bosco porque a nosotros es un pintor que también nos fascina: hace un tiempo estuvimos en la exposición que se hizo de su obra en el Museo del Prado, con obras traídas de todo el mundo, y salimos con la boca abierta. Felipe II estaba tan obsesionado con El Bosco que cuando estaba a punto de morir, junto a las reliquias que antes os comentábamos, también ordenó traerle a la cama varios de los cuadros de su pintor favorito.

Cuesta entender como un hombre tan beato como Felipe II admirara tanto a El Bosco, considerado por la Inquisición como alguien cercano a la herejía y a quien le encantaba plasmar en los lienzos los vicios humanos. Y no sólo eso. Siempre se sospechó que El Bosco pertenecía a una sociedad secreta, los adamitas, a quienes les encantaba practicar el nudismo pero que sin embargo luego apoyaban la abstinencia sexual.  El soberano, que había descubierto la obra de El Bosco en su juventud durante un viaje a los Países Bajos, hasta consiguió tapices que se habían tejido sobre patrones pictóricos del artista, una auténtica rareza de la época.

Felipe II se podía tirar horas y horas examinando los detalles de los cuadros de El Bosco, buscando esos símbolos ocultos que siempre han escondido sus cuadros; él, que consideraba a El Escorial un monumento sagrado que simbolizaba la lucha entre el bien y el mal, no podía haber encontrado mejor fuente de inspiración. Y es gracias a Felipe II que hoy en día nuestro país cuenta en su haber con la colección de El Bosco más importante del mundo, cuadros de valor incalculable que gracias al monarca lograron salvarse de la quema de “obras demoníacas” que con tanto ahínco perseguía la Santa Inquisición.

Seis reyes de Israel en la fachada de la basílica

Otra de las grandes curiosidades de El Escorial: las estatuas de los seis reyes de Judá. Josafat, Ezequías, David, Salomón, Josías y Manasés. Los que construyeron el templo de Jerusalén. Lo sorprendente es que el arquitecto Juan Herrera tenía intención de colocar seis obeliscos y fue el propio Felipe II, animado por un bibliotecario, quien decidió levantar aquí estas seis esculturas. Entre ellas se ubica la ventana que deja pasar la luz al templo al atardecer. En el Patio de los Reyes, conocido también como la Antesala de la Eternidad, se encuentra la última piedra que se colocó en el monasterio de El Escorial en Septiembre de 1584. Cuando se pusieron las primeras, el rey tuvo en cuenta la astrología y buscó fechas propicias para el inicio de las obras.

Patio de los Reyes Escorial

La basílica ante la que se encuentran los seis reyes cuenta también con sus propias particularidades. Una de ellas es que tiene veinte vórtices perfectamente alineados que se cree forman anillos concéntricos de energía. Los vórtices siempre han estado asociados a los sucesos paranormales y se han considerado caminos interestelares: pueden encontrarse varios en el Vaticano o la Cripta de los Capuchinos, ambos en la ciudad de Roma. Los veinte que hay en la basílica de El Escorial se sitúan, a excepción de dos de ellos, frente a pinturas que representan a parejas de apóstoles o mártires. Según los expertos, quien diseñó la distribución de la iglesia sabía con exactitud en qué lugares concretos se encontraban estos puntos de meditación. Desde la antigüedad, los monumentos religiosos, comenzando por dólmenes y menhires, se situaban siempre sobre puntos de energía; pese a que la Iglesia nunca llegara a reconocerlo oficialmente, en este caso ocurrió lo mismo.

Como veis, el Monasterio de El Escorial no sólo es un lugar único en el mundo tanto por el edificio en sí como las numerosas obras de arte que en él se guardan sino también por conservar un halo de misterio que hacen de él un lugar aún más especial. De él se decía, cuando fue finalizado, que debería considerarse la Octava Maravilla del Mundo Antiguo (de las otras siete sólo sobrevive la Pirámide de Guiza) y no creemos que la afirmación sea exagerada. Tenemos la inmensa suerte de contar en Madrid con una obra maestra francamente excepcional: no nos extrañaba la cara de estupefacción de los grupos organizados de turistas asiáticos con los que nos cruzamos en esta reciente visita. Porque el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, cuando te ves en su imponente interior, es de esos lugares mágicos que cuesta creer que existan.

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