Es el segundo lugar más visitado de Madrid (llevaos las manos a la cabeza pero el primero es el Santiago Bernabeu) y turistas de todo el mundo sueñan con pisar alguna vez el Museo del Prado. Considerada con razón una de las pinacotecas más importantes del mundo, con un catálogo que rebasa las 35.000 obras (no sólo cuadros), El Prado es ese museo al que te llevan de niña en en el colegio y continúas visitando el resto de tu vida siempre que tienes un rato libre, enorgulleciéndote del riquísimo patrimonio pictórico que atesoramos en la capital.

Hay una cosa que me encanta del Prado y es que pese a que muchos turistas se quejan de que la entrada es algo cara (15 euros), opinión que no comparto porque creo que el ticket vale cada euro que pagas, al mismo tiempo permite cada día  la entrada gratuita durante las dos últimas horas: probad a ir en fin de semana y comprobaréis las colas que se forman. Siempre he defendido que la cultura ha de ser algo accesible para todos, sean ricos o pobres, en estos tiempos en que el gobierno de turno se empeña en los recortes en educación. Por eso me emociona cada vez que voy al Prado ver a cientos de padres explicando con palabras sencillas a sus hijos pequeños los detalles de cada obra. Quien piense que un niño se puede aburrir visitando un museo no ha tenido unos padres que sepan abrirle el apetito por la cultura, demostrando que el descubrimiento de los pintores y sus obras, además de didáctico, puede ser divertido.

A menudo, cuando vienen amigos de otras ciudades a pasar unos días en nuestra casa, me gusta reservar un rato para llevarles al Prado. No conozco ni a uno solo de mis amigos que no haya salido encantado. Sobre todo porque la mayoría de ellos desconocen el inmenso muestrario que se esconde tras los muros de este bellísimo edificio y se sorprenden de las obras tan maravillosas que aquí se encuentran. Muchas de ellas son famosísimas pero de otras nunca han oído hablar y quizás son las que justamente más les calan. Y es que a eso se viene al Prado: a descubrir y a aprender.

Con las épocas tan convulsas que ha sufrido la historia de nuestro país, cuesta creer que tantos cuadros hayan logrado sobrevivir hasta nuestros días. Por poner un ejemplo, durante la Guerra Civil las obras más importantes debieron ser trasladadas a la costa valenciana, en previsión de que el Prado fuera bombardeado y se perdiera un patrimonio insustituible. Gracias a ello, hoy en día podemos disfrutar de una colección artística que es la envidia de medio mundo.

Tenía muchas ganas de dedicar unas líneas al Museo del Prado porque, francamente, es un museo que me fascina, con diferencia mi favorito en España. Y ya que el repaso por su vasta colección podría hacerse eterno, quería centrarme en algunos de los cuadros que más me gustan. Algunos de ellos conocidísimos, otros no tanto, pero todos con un denominador común: su singularidad les ha convertido en obras perennes en el tiempo. Si es la primera vez que escuchas hablar de algunos de ellos, espero que esto se traduzca en un aumento de las ganas de visitar el Prado la próxima vez que vengas a Madrid.

Las edades y la muerte (Hans Baldung Grien)

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Hans Baldung Grien es un pintor alemán que pese a que vivió a la sombra de su maestro, Alberto Durero, nos dejó para la posteridad obras tan impactantes (y desconcertantes al mismo tiempo) como “Dos brujas”, “Aquelarre”, “Los dos amantes y la muerte”  o “La muerte y la doncella”. Baldung, para quien el pensamiento y las ideas debían ir unidos irremediablemente a las imágenes que representaba, fue un pintor que solía dar un toque funesto a sus obras y al que le obsesionaba el tema de la muerte. En esta obra podemos ver las diferentes etapas de la vida: las asociadas a la juventud (la del bebé, que con su lanza intenta vencer a la muerte, y la joven) gozan de unos colores más vivos, en contraposición con el tono lánguido de la anciana, pero prevaleciendo los tonos amarillentos. Esta monocromía da a la pintura un aura inmensamente trágica, retratando de un modo muy triste el círculo de la vida.

La belleza de la mujer, en contraste con la fealdad de la vieja, pretendía incluir un mensaje moralizante, propio de la época: la juventud es sinónimo de esperanza pero el ser humano ha de tener siempre en mente el paso al más allá. Baldung, adicto a las pinturas alegóricas, utilizó elementos como el fuego para simbolizar el castigo posterior al fallecimiento. De ahí también la imagen tan terrorífica de la figura de la muerte, con su reloj de arena cronometrando el tiempo que nos queda de existencia. La anciana da la espalda a la muerte, intentando escapar de sus garras y aferrándose con desesperación a la lozanía de su compañera.

El aquelarre (Francisco de Goya)

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Si tuviera que quedarme con un rincón del Museo del Prado, lo tengo clarísimo: la sala en la que se exponen las Pinturas Negras de Goya. No sabéis la de tardes de mi vida que he pasado frente a estas inquietantes pinturas. Goya, un pintor rebelde como pocos, intentaba alejarse del raciocinio de la Ilustración en una etapa de su vida en la que luchaba contra una grave enfermedad. Esta cercanía a la muerte le había llevado a analizar con minuciosidad el lado más trágico de la vida, en especial en una España que durante siglos había vivido asfixiada por el miedo, los tabús y el conservadurismo.

Las Pinturas Negras son sin dudarlo las obras más enigmáticas de todo el legado de Goya. Y al mismo tiempo trajeron consigo una revolución en el modo en que el pintor maño concebía su propia obra. Durante siglos estas pinturas han sido objeto de estudio de miles de expertos, empeñados en descubrir qué pasaba por la cabeza de Goya cuando fueron creadas. La mayoría de ellas representan una crítica de la sociedad de entonces, desde la visceral “Duelo a garrotazos”, en la que dos campesinos se apalean mutuamente, simbolizando a las dos Españas enfrentadas, a “La romería de San Isidro”, una versión tenebrosa de un mismo cuadro suyo, “La pradera de San Isidro”: esta vez los madrileños celebran su fiesta grande de noche, borrachos, una masa de seres casi deformes que pese a la tosquedad del brochazo, nos transmiten una agobiante sensación de angustia y delirio. Un Goya anciano, apesadumbrado, que ridiculizaba a los protagonistas del cuadro dotándoles de expresiones estúpidas.

Entre las Pinturas Negras podemos encontrar cuadros realmente incómodos como “Dos viejos comiendo sopa” (una obra realmente sucia y tosca, de tonos deprimentes, con un anciano desdentado y otro cadavérico como símbolo de la decrepitud de la vejez) o “Saturno devorando a sus hijos”, uno de los cuadros más dramáticos del autor, reflejo del bajo estado de ánimo que Goya sufría en aquel momento. El mito griego de Saturno, el dios al que se profetizó que acabaría destronado por uno de sus vástagos, devorando a sus hijos en un acto caníbal, desesperado porque sus propios descendientes le arrebataran el poder.  No fue la única referencia que Goya hizo a la mitología en sus siniestras pinturas: también lo hizo en “Las Parcas”, esos seres que cortaban a su antojo las cuerdas que unían a los humanos con la vida.

Pero si hay un cuadro dentro de las Pinturas Negras que me apasiona este es “El Aquelarre”, conocido también como “El Gran Cabrón” (hay otro cuadro de Goya sobre aquelarres en el museo Lázaro Galdiano, este mucho más colorido). Se cree que ambos cuadros se inspiraron en la caza de brujas que sufrió Zugarramurdi dos siglos antes (ya te hablamos de nuestra visita al Museo de las Brujas en este misterioso pueblo en el artículo Ruta por Navarra, valle de Baztan y País Vasco Francés) . A Goya (como a nosotros) le fascinaba el tema de la brujería y dedicó a dichos ritos ocultistas obras como “El hechizado por la fuerza” y muchos grabados de la colección “Los Caprichos”, entre ellos “Linda maestra”, “Devota profesión” o “Si amanece, nos vamos”.

El nacimiento de “El Aquelarre” venía condicionado por el estupor de Goya ante la ignorancia generalizada de la mayor parte de la población española, esa que pese a la llegada del liberalismo seguía creyendo en las amenazas de la Iglesia sobre el terrible infierno que nos esperaba en el más allá si no nos portábamos bien y vivía atemorizada por la existencia de demonios. En esta obra el mismo Satán es el gran protagonista, dirigiendo el rito de iniciación en la brujería de una joven doncella, mientras otras brujas, tan apiñadas que acaban dando forma a una masa indefinible, contemplan la escena. Goya disfrutaba retratando temas que durante tantos años habían estado prohibidos por la Inquisición y ridiculizando a un pueblo analfabeto que se dejaba guiar por las patrañas de los que estaban en los puestos de poder, tanto político como religioso. No ha cambiado mucho el cuento desde aquella época: Goya seguiría horrorizándose de que dos siglos después la gran masa social continuara siendo igual de manipulable.

El Jardín de las Delicias (El Bosco)

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¡Cuánto se ha escrito sobre “El Jardín de las Delicias”! No nos extraña: es una de las obras más enigmáticas de la historia universal. Es uno de los cuadros más admirados del Prado, es prácticamente imposible acercarse a él sin darte de empujones con otro montón de entusiastas de El Bosco. El pintor holandés, otro de nuestros favoritos, protagonizó una magnífica exposición temporal hace año y medio en El Prado, con obras traídas de todo el mundo: os aseguramos que ha sido una de las colecciones más impresionantes que hemos contemplado jamás. Por suerte, la gran estrella de la exposición, “El Jardín de las Delicias”, se encuentra en el museo del Prado de forma continua.

Concebido como un tríptico en el que podemos observar tres escenas diferentes, en las que se muestran el nacimiento de Adán y Eva, el propio “jardín de las delicias” y el infierno, todo gira en torno a los pecados y las tentaciones, en forma de placer terrenal, bajo las que sucumbimos. Una obra llena de símbolos surrealistas que impactó fuertemente en pintores posteriores como Dalí (hasta el punto de que llegó a usar elementos de este cuadro en “El gran masturbador”) y que a día de hoy continua siendo una fuente de misterios. Los humanos son seres insignificantes que vagan entre monstruos y animales imposibles: la realidad se funde con la pesadilla en una unión magistral. Adán y Eva residen en un Edén en el que los animales se devoran unos a otros, ante la fuente de la vida, inaccesible en su estanque y con una lechuza que representa la brujería. Esta fuente tendría un fuerte valor simbólico en una época en que la alquimia era un valor en alza.

En la escena central, la del propio jardín, acontece una desenfrenada bacanal en el que hombres y mujeres dan rienda suelta a sus instintos más salvajes. Aunque algunos elementos parezcan carecer de lógica, El Bosco escondió tras todos ellos muchas ideas moralizadoras, desde los jinetes rodeando a las féminas (montar a caballo se asociaba con la sexualidad) a la aparición de fresas como fruto incitador o rosas y peces que se asociaban con el pecado. Sorprende que en una época en que la homosexualidad estaba ferozmente perseguida, El Bosco se atrevió a retratar relaciones entre personas del mismo sexo.

Y es en la última escena, la del averno, donde El Bosco desató su harén de delirios. Un monstruo con forma de pájaro que devora hombres y los defeca en un pozo donde otro hombre vomita monedas (la avaricia), una crítica a las ordenes religiosas que se aprovechaban de su poder (un cerdo con un hábito de monja o los clérigos con pico de ave), demonios que utilizan a humanos como moneda de cambio en sus apuestas, instrumentos musicales que se usan como aparatos de tortura… El Bosco quiso representar a los penitentes sufriendo no sólo físicamente sino también psicológicamente. En definitiva: un cuadro que te puedes tirar horas y horas analizando y en cada visión tendrás una impresión nueva de lo que la extravagante mentalidad de El Bosco quería dejarnos como herencia.

Doña Juana la Loca (Francisco Pradilla)

Doña Juana la Loca

Es la obra maestra de Padrilla, pese a que la pintó con sólo 29 años. En ella se muestra el rocambolesco traslado del féretro de Felipe el Hermoso de la Cartuja de Miraflores a Granada. Juana la Loca, en un avanzado estado de gestación y luciendo las dos alianzas símbolo de su viudedad, se empeñó en peregrinar con el ataúd durante varios meses, enfrentándose al frío del invierno. La escena representa el momento en que la reina se negó a descansar en un convento de monjas (no quería que ninguna otra mujer se acercara a su marido, pese a que este hubiera fallecido), obligando a la comitiva a acampar a la intemperie. En realidad, Juana la Loca ya había dado a luz semanas antes pero Pradilla insistió en retratarla embarazada para acentuar la sensación de desamparo.

Pradilla supo transmitir impecablemente ese estado débil mental en el que cayó la soberana tras la muerte de su esposo, un amor no correspondido vistas las numerosas infidelidades con las que Felipe el Hermoso castigaba a su mujer. Y no sólo en este cuadro, es también fascinante el modo en que retrató su ocaso, tanto como mujer como reina, en “La reina doña Juana la Loca recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina”. El alias de “la loca” con el que Juana pasó a la historia queda plenamente justificado en este cuadro: sólo hay que fijarse en la mirada perdida de la viuda para confirmar lo que todo el mundo sabía pero nadie se atrevía a decirle a la cara. Sin embargo, también son otros muchos los que defienden que Juana era simplemente una mujer de fuerte temperamento que debió enfrentarse al patriarcado dominante que la declaró impedida para evitar que accediera al trono. Lo cierto es que pasó los últimos 47 años de su vida injustamente encerrada en unas condiciones deplorables: su propia familia la había acabado condenando a la peor de las existencias.

La bacanal de los andrios (Tiziano)

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Realizado por encargo del Duque de Ferrara, Tiziano homenajea a Baco (el dios del vino) y las fiestas desinhibidas que se realizaban en su honor (Velázquez o Rubens también se inspiraron en dicho tema mitológico). Las bacanales de la isla de Andros, donde la leyenda cuenta que cada mes de Enero fluía un río de vino, eran ceremonias sagradas en las que se permitía cualquier desenfreno. Aquí los protagonistas (no podía ser de otra forma) son hombres totalmente ebrios, los bacantes, bajo una naturaleza apabullante. En la nota que aparece en el suelo puede leerse “quien bebe y no vuelve a beber, no sabe lo que es beber”. El hombre que aparece desfallecido al fondo de la escena, con su rostro avinagrado, representaría al propio río, aunque algunos estudiosos creen que sería el dios Sileno, un dios menor, borrachín y gordinflón, acompañante de Dioniso, la versión griega de Baco.

Tiziano ya tenía un cuadro, “Las tres edades de la vida”, en el que retrataba las tres etapas del hombre; en este cuadro hace lo mismo, aportando a la escena la sorprendente imagen de un niño que se levanta la túnica para orinar, sin ningún tipo de pudor: los infantes no entienden de vergüenzas. El resto de los jóvenes baila, charla y disfruta de la vida: una oda al placer absoluto encarnado en la mujer que yace extasiada en la esquina de la derecha.

El triunfo de la muerte (Pieter Brueghel)

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Pieter Brueghel el Viejo está considerado uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Una de sus obras más importantes es esta, “El triunfo de la muerte”, donde como su propio nombre indica, se pretende incidir en lo efímero de nuestra existencia y en el que se aprecian las claras influencias de El Bosco (quizás por dicho motivo me encanta este cuadro).  No debemos olvidar que hace unos siglos la esperanza de vida entre la población era muy baja por lo que el tema de la muerte era muy utilizado en todas las artes y no se veía como algo trágico sino como una consecuencia más de la vida. La Muerte, representada como un esqueleto, aparecía en muchas ocasiones como un personaje más, codeándose con los humanos y dejando patente su presencia. Aunque muchos de estos cuadros parezcan pesimistas, también la mayoría guardan mensajes de esperanza: en este caso, la figura de la cruz o los amantes simbolizan que la religión o el amor están por encima de nuestro paso al otro mundo. Y si no lo están, intentan mirar para otro lado ante la llegada de la hora final.

Brueghel intentó incluir aquí muchos símbolos de nuestra vida cotidiana asociados a la vanidad (naipes, monedas) pero también aquellos que transmiten la idea de morir como el reloj de arena o la vela que se está consumiendo. Toda la obra está impregnada de un aroma satírico, con los esqueletos burlándose de los humanos agonizantes o el monarca en sus últimas horas, dejando claro que la muerte no perdona a nadie, por muy poderoso que este sea. La fusión entre el mundo terrenal, en la parte baja, y el infierno, en la parte superior, evidencian que todo va unido: se deja atrás esa imagen bucólica del pasado en que la muerte era vista como un paso a un mundo mejor, con ascensiones rodeadas de ángeles, para convertir al fallecimiento en una catástrofe de la que no podemos escapar. Se destierra toda idea de inmortalidad: es el triunfo de la muerte.

La historia de Nastagio degli Onesti (Sandro Botticelli)

La historia de Nastagio degli Onesti

Tomando como referencia el Decamerón de Boccaccio, Botticelli pintó cuatro cuadros inspirado en la historia de Nastagio degli Onesti, un príncipe italiano que fue rechazado por su amada, Paola Traversani. Llama la atención ver como Nastagio aparece tres veces representado, para dar la idea de una historia dividida en varios actos (historia que se continuaría en los cuadros posteriores). En la primera escena vemos al príncipe conversando con otros personajes, hablándoles del rechazo que ha sufrido; estos le aconsejan realizar un viaje para escapar de su melancolía. En la segunda está paseando cabizbajo por el bosque, cavilando sobre su mala suerte. Y en la tercera  se encuentra con una escena terrorífica, una mujer que huye de un jinete, atacada por un perro. El mensaje estaba claro: las mujeres no deben negarse a cumplir los deseos de sus pretendientes, arriesgándose a sufrir el peor de los castigos. La violencia de la escena es extrema para definir el papel de la mujer, meramente secundario, en una época en que las mujeres no tenían ni voz ni voto y casi todos los matrimonios, sobre todo entre las clases altas, eran concertados.

Precisamente si este es uno de mis cuadros favoritos en el Prado es porque muestra sin remilgo ninguno la mentalidad machista de la época (y por eso me horroriza al mismo tiempo): la mujer extiende esa idea, germinada en el mito de Adán y Eva, de que la femineidad trae consigo el pecado. Por dicho motivo, y por ser la herramienta humana para atraer a las tentaciones, la mujer ha de ser doblegada sin miramientos.

Los fusilamientos del 3 de Mayo (Francisco de Goya)

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Goya es el único pintor que repite en esta selección: soy una enamorada de su obra. Aunque Goya era aragonés, pocos pintores han sabido ahondar tan bien en las penurias que vivía Madrid en su época. Quizás por ello, porque me considero una madrileña de pura cepa, de esas pocas cuyos padres también son “gatos”, me llega tanto “Los fusilamientos del 3 de Mayo”. Porque el levantamiento del 2 de Mayo probablemente haya sido la mayor revuelta ciudadana que haya visto nuestro país y que derivó en la Guerra de Independencia. Un acto heroico protagonizado por las clases populares, que se negaban a ser sometidas por las tropas francesas, y que se enfrentaron a los soldados con cuchillos y palos. Una rebelión a la que siguió una represión brutal, con más de 500 asesinados.

Goya plasmó con crudeza extrema el fusilamiento el día posterior a la revuelta de algunos de estos insurgentes. Una escena magnífica en la que juega con la luz del farol para convertir en protagonista absoluto al valiente que está a punto de morir y que representa al pueblo entero de Madrid. Sus compañeros, los siguientes ajusticiados, se cubren el rostro, apesadumbrados por el dolor de la derrota; a los soldados no les vemos las caras porque son peones impersonales, los esbirros sin voz ni voto que acatan las órdenes del Estado. La luz ejerce también de frontera improvisada entre héroes y villanos: la posición con las manos en alto del que va a morir fusilado acentúa su indefensión, recalcando el abuso de las tropas napoleónicas. Pero al mismo tiempo mira de frente a sus verdugos: la valentía y la defensa de los ideales están por encima del miedo a la muerte.

Condenados por la Inquisición (Eugenio Lucas)

Condenados Inquisicion Eugenio Lucas

Siendo como soy tan amante de la obra de Goya, no es de extrañar que incluya entre estos diez cuadros “Condenados por la Inquisición”, ya que Eugenio Lucas jamás escondió su pasión por el estilo goyesco, hasta el punto de que cuando falleció Goya hubo dudas acerca de la autoría de ciertos cuadros, que no se sabía si pertenecían a uno u otro pintor. Como a Goya, a Lucas le fascinaba el papel represivo que había jugado la Inquisición en la Edad Media, convertida en juez y verdugo de los que osaran no doblegarse ante las estrictas leyes religiosas de la época. Poco importaba que muchos de estos supuestos herejes fueran inocentes, víctimas de envidias o venganzas personales. Las plazas de los pueblos pasaron a convertirse en los teatros al aire libre donde la obra del día consistía en presenciar los castigos corporales y psicológicos que se infringía a los acusados, daba igual que estos fueran hombres, mujeres o niños de corta edad.

En esta escena, los herejes son paseados entre la multitud, ataviados con los capirotes que les identificaban como descarriados, recibiendo el desprecio, los insultos y los golpes de la muchedumbre. El triste retrato de un pobre machacando a otro pobre ¿puede haber algo más miserable que el muerto de hambre clasista, que se alinea con ese poder que a él también le humilla, sin darse cuenta de su nivel de servilismo? Lucas revive este dramatismo ayudado por tonos lúgubres, brochazos toscos y colocando de espaldas a los ajusticiados, que se pierden entre las sombras. Una crítica voraz al abuso hipócrita que la Iglesia realizó con las clases humildes, disfrazándolo de buenas obras bajo un manto de piedad inexistente.

La extracción de la piedra de la locura (Jan Sanders Van Hemessen)

La extracción de la piedra de la locura

Aunque el tema de la piedra de la locura fue principalmente popularizado por El Bosco (también lo retrató Brueghel), fue una de las inspiraciones predilectas de muchos pintores flamencos. En la Edad Media se tenía la ideas errónea de que la locura venía provocada por la acumulación en el cerebro de minerales (como ocurre en los riñones con los cálculos renales) y la extracción de estas pequeñas piedras podía solucionar la demencia del paciente. Amparados en esta creencia, miles de curanderos, charlatanes y matasanos timaban a los pobres enfermos y sus familias: nótese ala expresión sarcástica del supuesto médico mientras realiza la operación. A su lado, el próximo paciente espera con desesperación su turno.

Pero si la desvergüenza de estos matarifes era amplia, no se quedaba atrás la ignorancia del populacho, que se creía a pies juntillas todo lo que le dijera cualquiera que supiera leer tres letras (el 90% de la población era analfabeta). Las clases humildes eran utilizadas como conejillos de Indias por la clase médica, que se negaba a reconocer su falta de conocimientos y sus limitaciones, agravada esta situación por la intolerancia de la Iglesia, que puso cientos de obstáculos para que la ciencia pudiera avanzar, basándose en ridículas creencias. Menos mal que el paso de los siglos consiguió que estas prácticas quedaran totalmente obsoletas.

4 comentarios

  1. Amo a Geronymus Bosch y tuve el privilegio de ver la exhibición en el 2016. Maravillosa y fascinante. Sin embargo, mi museo favorito fue el de historia del hombre y antropología?(ahora no recuerdo el nombre) y mi pieza favorita es La dama de Elche. Gracias por compartir tus cuadros favoritos

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