10 cuadros imprescindibles del Museo del Prado que me fascinan

El Museo del Pra­do no es solo uno de los museos más impor­tantes de España. Es una de las pina­cote­cas más influyentes del mun­do. Cam­i­nar por sus salas es recor­rer sig­los de his­to­ria euro­pea, des­de los prim­i­tivos fla­men­cos has­ta los grandes mae­stros del siglo XIX. Entre miles de obras, hay cuadros que se con­vierten en obsesión, en recuer­dos que se quedan graba­dos mucho después de salir por la puer­ta.

Es el segun­do lugar más vis­i­ta­do de Madrid (lle­vaos las manos a la cabeza pero el primero es el San­ti­a­go Bern­abeu) y tur­is­tas de todo el mun­do sueñan con pis­ar algu­na vez el Museo del Pra­do. Con­sid­er­a­da con razón una de las pina­cote­cas más impor­tantes del mun­do, con un catál­o­go que rebasa las 35.000 obras (no sólo cuadros), El Pra­do es ese museo al que te lle­van de niña en en el cole­gio y con­tinúas vis­i­tan­do el resto de tu vida siem­pre que tienes un rato libre, enorgul­le­cién­dote del riquísi­mo pat­ri­mo­nio pic­tóri­co que ate­so­ramos en la cap­i­tal.

Hay una cosa que me encan­ta del Pra­do y es que pese a que muchos tur­is­tas se que­jan de que la entra­da es algo cara (15 euros), opinión que no com­par­to porque creo que el tick­et vale cada euro que pagas, al mis­mo tiem­po per­mite cada día  la entra­da gra­tui­ta durante las dos últi­mas horas: probad a ir en fin de sem­ana y com­pro­baréis las colas que se for­man. Siem­pre he defen­di­do que la cul­tura ha de ser algo acce­si­ble para todos, sean ricos o pobres, en estos tiem­pos en que el gob­ier­no de turno se empeña en los recortes en edu­cación. Por eso me emo­ciona cada vez que voy al Pra­do ver a cien­tos de padres expli­can­do con pal­abras sen­cil­las a sus hijos pequeños los detalles de cada obra. Quien piense que un niño se puede abur­rir vis­i­tan­do un museo no ha tenido unos padres que sep­an abrir­le el apeti­to por la cul­tura, demostran­do que el des­cubrim­ien­to de los pin­tores y sus obras, además de didác­ti­co, puede ser diver­tido.

A menudo, cuan­do vienen ami­gos de otras ciu­dades a pasar unos días en nues­tra casa, me gus­ta reser­var un rato para lle­var­les al Pra­do. No conoz­co ni a uno solo de mis ami­gos que no haya sali­do encan­ta­do. Sobre todo porque la may­oría de ellos descono­cen el inmen­so mues­trario que se esconde tras los muros de este bel­lísi­mo edi­fi­cio y se sor­pren­den de las obras tan mar­avil­losas que aquí se encuen­tran. Muchas de ellas son famosísi­mas pero de otras nun­ca han oído hablar y quizás son las que jus­ta­mente más les calan. Y es que a eso se viene al Pra­do: a des­cubrir y a apren­der.

Con las épocas tan con­vul­sas que ha sufri­do la his­to­ria de nue­stro país, cues­ta creer que tan­tos cuadros hayan logra­do sobre­vivir has­ta nue­stros días. Por pon­er un ejem­p­lo, durante la Guer­ra Civ­il las obras más impor­tantes debieron ser trasladadas a la cos­ta valen­ciana, en pre­visión de que el Pra­do fuera bom­bardea­do y se perdiera un pat­ri­mo­nio insusti­tu­ible. Gra­cias a ello, hoy en día podemos dis­fru­tar de una colec­ción artís­ti­ca que es la envidia de medio mun­do.

Tenía muchas ganas de dedicar unas líneas al Museo del Pra­do porque, fran­ca­mente, es un museo que me fasci­na, con difer­en­cia mi favorito en España. Y ya que el repa­so por su vas­ta colec­ción podría hac­erse eter­no, quería cen­trarme en algunos de los cuadros que más me gus­tan. Algunos de ellos cono­cidísi­mos, otros no tan­to, pero todos con un denom­i­nador común: su sin­gu­lar­i­dad les ha con­ver­tido en obras perennes en el tiem­po. Si es la primera vez que escuchas hablar de algunos de ellos, espero que esto se traduz­ca en un aumen­to de las ganas de vis­i­tar el Pra­do la próx­i­ma vez que ven­gas a Madrid.

 

Las edades y la muerte

(Hans Baldung Grien)

Las tres edades de la mujer y la muerte de Hans Baldung Grien en el Museo del Prado, pintura renacentista alegórica sobre el paso del tiempo.

Hans Bal­dung Grien es un pin­tor alemán que pese a que vivió a la som­bra de su mae­stro, Alber­to Durero, nos dejó para la pos­teri­dad obras tan impac­tantes (y descon­cer­tantes al mis­mo tiem­po) como “Dos bru­jas”, “Aque­larre”, “Los dos amantes y la muerte”  o “La muerte y la don­cel­la”. Bal­dung, para quien el pen­samien­to y las ideas debían ir unidos irre­me­di­a­ble­mente a las imá­genes que rep­re­senta­ba, fue un pin­tor que solía dar un toque funesto a sus obras y al que le obse­sion­a­ba el tema de la muerte. En esta obra podemos ver las difer­entes eta­pas de la vida: las aso­ci­adas a la juven­tud (la del bebé, que con su lan­za inten­ta vencer a la muerte, y la joven) gozan de unos col­ores más vivos, en con­tra­posi­ción con el tono lán­gui­do de la anciana, pero prevale­cien­do los tonos amar­il­len­tos. Esta monocromía da a la pin­tu­ra un aura inmen­sa­mente trág­i­ca, retratan­do de un modo muy triste el cír­cu­lo de la vida.

La belleza de la mujer, en con­traste con la feal­dad de la vie­ja, pre­tendía incluir un men­saje mor­al­izante, pro­pio de la época: la juven­tud es sinón­i­mo de esper­an­za pero el ser humano ha de ten­er siem­pre en mente el paso al más allá. Bal­dung, adic­to a las pin­turas alegóri­c­as, uti­lizó ele­men­tos como el fuego para sim­bolizar el cas­ti­go pos­te­ri­or al fal­l­ec­imien­to. De ahí tam­bién la ima­gen tan ter­rorí­fi­ca de la figu­ra de la muerte, con su reloj de are­na cronome­tran­do el tiem­po que nos que­da de exis­ten­cia. La anciana da la espal­da a la muerte, inten­tan­do escapar de sus gar­ras y afer­rán­dose con deses­peración a la lozanía de su com­pañera.

 

El aquelarre (Francisco de Goya)

El Aquelarre de Francisco de Goya en el Museo del Prado, escena oscura de brujería perteneciente a sus pinturas negras.

 

Si tuviera que quedarme con un rincón del Museo del Pra­do, lo ten­go clarísi­mo: la sala en la que se expo­nen las Pin­turas Negras de Goya. No sabéis la de tardes de mi vida que he pasa­do frente a estas inqui­etantes pin­turas. Goya, un pin­tor rebelde como pocos, intenta­ba ale­jarse del raciocinio de la Ilus­tración en una eta­pa de su vida en la que lucha­ba con­tra una grave enfer­medad. Esta cer­canía a la muerte le había lle­va­do a analizar con min­u­ciosi­dad el lado más trági­co de la vida, en espe­cial en una España que durante sig­los había vivi­do asfix­i­a­da por el miedo, los tabús y el con­ser­vaduris­mo.

Las Pin­turas Negras son sin dudar­lo las obras más enig­máti­cas de todo el lega­do de Goya. Y al mis­mo tiem­po tra­jeron con­si­go una rev­olu­ción en el modo en que el pin­tor maño con­ce­bía su propia obra. Durante sig­los estas pin­turas han sido obje­to de estu­dio de miles de exper­tos, empeña­dos en des­cubrir qué pasa­ba por la cabeza de Goya cuan­do fueron creadas. La may­oría de ellas rep­re­sen­tan una críti­ca de la sociedad de entonces, des­de la vis­cer­al “Due­lo a gar­ro­ta­zos”, en la que dos campesinos se apalean mutu­a­mente, sim­bolizan­do a las dos Españas enfrentadas, a “La romería de San Isidro”, una ver­sión tene­brosa de un mis­mo cuadro suyo, “La pradera de San Isidro”: esta vez los madrileños cel­e­bran su fies­ta grande de noche, bor­ra­chos, una masa de seres casi deformes que pese a la tosquedad del broc­ha­zo, nos trans­miten una ago­b­iante sen­sación de angus­tia y delirio. Un Goya anciano, ape­sad­um­bra­do, que ridi­culiz­a­ba a los pro­tag­o­nistas del cuadro dotán­doles de expre­siones estúp­i­das.

Entre las Pin­turas Negras podemos encon­trar cuadros real­mente incó­mo­d­os como “Dos viejos comien­do sopa” (una obra real­mente sucia y tosca, de tonos depri­mentes, con un anciano des­den­ta­do y otro cadavéri­co como sím­bo­lo de la decrepi­tud de la vejez) o “Sat­urno devo­ran­do a sus hijos”, uno de los cuadros más dramáti­cos del autor, refle­jo del bajo esta­do de áni­mo que Goya sufría en aquel momen­to. El mito griego de Sat­urno, el dios al que se pro­fe­tizó que acabaría destron­a­do por uno de sus vásta­gos, devo­ran­do a sus hijos en un acto caníbal, deses­per­a­do porque sus pro­pios descen­di­entes le arrebataran el poder.  No fue la úni­ca ref­er­en­cia que Goya hizo a la mitología en sus sinies­tras pin­turas: tam­bién lo hizo en “Las Par­cas”, esos seres que corta­ban a su anto­jo las cuer­das que unían a los humanos con la vida.

Pero si hay un cuadro den­tro de las Pin­turas Negras que me apa­siona este es “El Aque­larre”, cono­ci­do tam­bién como “El Gran Cabrón” (hay otro cuadro de Goya sobre aque­lar­res en el museo Lázaro Gal­diano, este mucho más col­ori­do). Se cree que ambos cuadros se inspi­raron en la caza de bru­jas que sufrió Zugar­ra­mur­di dos sig­los antes (ya te hablam­os de nues­tra visi­ta al Museo de las Bru­jas en este mis­te­rioso pueblo en el artícu­lo Ruta por Navar­ra, valle de Baz­tan y País Vas­co Francés) . A Goya (como a nosotros) le fascin­a­ba el tema de la bru­jería y dedicó a dichos ritos ocultistas obras como “El hechiza­do por la fuerza” y muchos graba­dos de la colec­ción “Los Capri­chos”, entre ellos “Lin­da maes­tra”, “Devota pro­fe­sión” o “Si amanece, nos vamos”.

El nacimien­to de “El Aque­larre” venía condi­ciona­do por el estu­por de Goya ante la igno­ran­cia gen­er­al­iza­da de la may­or parte de la población españo­la, esa que pese a la lle­ga­da del lib­er­al­is­mo seguía creyen­do en las ame­nazas de la Igle­sia sobre el ter­ri­ble infier­no que nos esper­a­ba en el más allá si no nos portábamos bien y vivía ate­moriza­da por la exis­ten­cia de demo­ni­os. En esta obra el mis­mo Satán es el gran pro­tag­o­nista, dirigien­do el rito de ini­ciación en la bru­jería de una joven don­cel­la, mien­tras otras bru­jas, tan apiñadas que aca­ban dan­do for­ma a una masa indefinible, con­tem­plan la esce­na. Goya dis­fruta­ba retratan­do temas que durante tan­tos años habían esta­do pro­hibidos por la Inquisi­ción y ridi­culizan­do a un pueblo anal­fa­beto que se deja­ba guiar por las patrañas de los que esta­ban en los puestos de poder, tan­to políti­co como reli­gioso. No ha cam­bi­a­do mucho el cuen­to des­de aque­l­la época: Goya seguiría hor­ror­izán­dose de que dos sig­los después la gran masa social con­tin­uara sien­do igual de manip­u­la­ble.

 

El Jardín de las Delicias (El Bosco)

El jardín de las delicias de El Bosco en el Museo del Prado, obra renacentista llena de simbolismo y escenas surrealistas.

 

¡Cuán­to se ha escrito sobre “El Jardín de las Deli­cias”! No nos extraña: es una de las obras más enig­máti­cas de la his­to­ria uni­ver­sal. Es uno de los cuadros más admi­ra­dos del Pra­do, es prác­ti­ca­mente imposi­ble acer­carse a él sin darte de empu­jones con otro mon­tón de entu­si­as­tas de El Bosco. El pin­tor holandés, otro de nue­stros favoritos, pro­tag­o­nizó una mag­ní­fi­ca exposi­ción tem­po­ral hace año y medio en El Pra­do, con obras traí­das de todo el mun­do: os ase­gu­ramos que ha sido una de las colec­ciones más impre­sio­n­antes que hemos con­tem­pla­do jamás. Por suerte, la gran estrel­la de la exposi­ción, “El Jardín de las Deli­cias”, se encuen­tra en el museo del Pra­do de for­ma con­tin­ua.

Con­ce­bido como un tríp­ti­co en el que podemos obser­var tres esce­nas difer­entes, en las que se mues­tran el nacimien­to de Adán y Eva, el pro­pio “jardín de las deli­cias” y el infier­no, todo gira en torno a los peca­dos y las tenta­ciones, en for­ma de plac­er ter­re­nal, bajo las que sucumbi­mos. Una obra llena de sím­bo­los sur­re­al­is­tas que impactó fuerte­mente en pin­tores pos­te­ri­ores como Dalí (has­ta el pun­to de que llegó a usar ele­men­tos de este cuadro en “El gran mas­tur­bador”) y que a día de hoy con­tin­ua sien­do una fuente de mis­te­rios. Los humanos son seres insignif­i­cantes que vagan entre mon­stru­os y ani­males imposi­bles: la real­i­dad se funde con la pesadil­la en una unión magis­tral. Adán y Eva res­i­den en un Edén en el que los ani­males se devo­ran unos a otros, ante la fuente de la vida, inac­ce­si­ble en su estanque y con una lechuza que rep­re­sen­ta la bru­jería. Esta fuente ten­dría un fuerte val­or sim­bóli­co en una época en que la alquimia era un val­or en alza.

En la esce­na cen­tral, la del pro­pio jardín, acon­tece una desen­fre­na­da bacanal en el que hom­bres y mujeres dan rien­da suelta a sus instin­tos más sal­va­jes. Aunque algunos ele­men­tos parez­can care­cer de lóg­i­ca, El Bosco escondió tras todos ellos muchas ideas mor­al­izado­ras, des­de los jinetes rode­an­do a las fémi­nas (mon­tar a cabal­lo se aso­cia­ba con la sex­u­al­i­dad) a la apari­ción de fre­sas como fru­to inci­ta­dor o rosas y peces que se aso­cia­ban con el peca­do. Sor­prende que en una época en que la homo­sex­u­al­i­dad esta­ba fer­oz­mente persegui­da, El Bosco se atre­vió a retratar rela­ciones entre per­sonas del mis­mo sexo.

Y es en la últi­ma esce­na, la del aver­no, donde El Bosco desató su harén de delirios. Un mon­struo con for­ma de pájaro que devo­ra hom­bres y los defe­ca en un pozo donde otro hom­bre vom­i­ta mon­edas (la avari­cia), una críti­ca a las ordenes reli­giosas que se aprovech­a­ban de su poder (un cer­do con un hábito de mon­ja o los cléri­gos con pico de ave), demo­ni­os que uti­lizan a humanos como mon­e­da de cam­bio en sus apues­tas, instru­men­tos musi­cales que se usan como aparatos de tor­tu­ra… El Bosco quiso rep­re­sen­tar a los pen­i­tentes sufrien­do no sólo físi­ca­mente sino tam­bién psi­cológi­ca­mente. En defin­i­ti­va: un cuadro que te puedes tirar horas y horas anal­izan­do y en cada visión ten­drás una impre­sión nue­va de lo que la extrav­a­gante men­tal­i­dad de El Bosco quería dejarnos como heren­cia.

 

Doña Juana la Loca

(Francisco Pradilla)

Doña Juana la Loca de Francisco Pradilla y Ortiz en el Museo del Prado, escena histórica junto al féretro de Felipe el Hermoso.

 

Es la obra maes­tra de Padrilla, pese a que la pin­tó con sólo 29 años. En ella se mues­tra el rocam­bo­le­sco trasla­do del féretro de Felipe el Her­moso de la Car­tu­ja de Miraflo­res a Grana­da. Jua­na la Loca, en un avan­za­do esta­do de gestación y lucien­do las dos alian­zas sím­bo­lo de su viudedad, se empeñó en pere­gri­nar con el ataúd durante var­ios meses, enfren­tán­dose al frío del invier­no. La esce­na rep­re­sen­ta el momen­to en que la reina se negó a des­cansar en un con­ven­to de mon­jas (no quería que ningu­na otra mujer se acer­cara a su mari­do, pese a que este hubiera fal­l­e­ci­do), obligan­do a la comi­ti­va a acam­par a la intem­perie. En real­i­dad, Jua­na la Loca ya había dado a luz sem­anas antes pero Pradil­la insis­tió en retratar­la embaraza­da para acen­tu­ar la sen­sación de desam­paro.

Pradil­la supo trans­mi­tir impeca­ble­mente ese esta­do débil men­tal en el que cayó la sober­ana tras la muerte de su esposo, un amor no cor­re­spon­di­do vis­tas las numerosas infi­del­i­dades con las que Felipe el Her­moso cas­ti­ga­ba a su mujer. Y no sólo en este cuadro, es tam­bién fasci­nante el modo en que retrató su oca­so, tan­to como mujer como reina, en “La reina doña Jua­na la Loca reclu­i­da en Torde­sil­las con su hija, la infan­ta doña Catali­na”. El alias de “la loca” con el que Jua­na pasó a la his­to­ria que­da ple­na­mente jus­ti­fi­ca­do en este cuadro: sólo hay que fijarse en la mira­da per­di­da de la viu­da para con­fir­mar lo que todo el mun­do sabía pero nadie se atrevía a decir­le a la cara. Sin embar­go, tam­bién son otros muchos los que defien­den que Jua­na era sim­ple­mente una mujer de fuerte tem­pera­men­to que debió enfrentarse al patri­ar­ca­do dom­i­nante que la declaró impe­di­da para evi­tar que accediera al trono. Lo cier­to es que pasó los últi­mos 47 años de su vida injus­ta­mente encer­ra­da en unas condi­ciones deplorables: su propia famil­ia la había acaba­do con­de­nan­do a la peor de las exis­ten­cias.

 

La bacanal de los andrios (Tiziano)

La bacanal de los andrios de Tiziano en el Museo del Prado, escena mitológica dedicada al dios Baco.

 

Real­iza­do por encar­go del Duque de Fer­rara, Tiziano hom­e­na­jea a Baco (el dios del vino) y las fies­tas desin­hibidas que se real­iz­a­ban en su hon­or (Velázquez o Rubens tam­bién se inspi­raron en dicho tema mitológi­co). Las bacanales de la isla de Andros, donde la leyen­da cuen­ta que cada mes de Enero fluía un río de vino, eran cer­e­mo­nias sagradas en las que se per­mitía cualquier desen­freno. Aquí los pro­tag­o­nistas (no podía ser de otra for­ma) son hom­bres total­mente ebrios, los bacantes, bajo una nat­u­raleza apab­ul­lante. En la nota que aparece en el sue­lo puede leerse “quien bebe y no vuelve a beber, no sabe lo que es beber”. El hom­bre que aparece des­fal­l­e­ci­do al fon­do de la esce­na, con su ros­tro avina­gra­do, rep­re­sen­taría al pro­pio río, aunque algunos estu­diosos creen que sería el dios Sileno, un dios menor, bor­rachín y gordinflón, acom­pañante de Dion­iso, la ver­sión grie­ga de Baco.

Tiziano ya tenía un cuadro, “Las tres edades de la vida”, en el que retrata­ba las tres eta­pas del hom­bre; en este cuadro hace lo mis­mo, apor­tan­do a la esce­na la sor­pren­dente ima­gen de un niño que se lev­an­ta la túni­ca para ori­nar, sin ningún tipo de pudor: los infantes no entien­den de vergüen­zas. El resto de los jóvenes baila, char­la y dis­fru­ta de la vida: una oda al plac­er abso­lu­to encar­na­do en la mujer que yace extasi­a­da en la esquina de la derecha.

 

El triunfo de la muerte

(Pieter Brueghel)

El triunfo de la muerte de Brueghel en el Museo del Prado, pintura renacentista flamenca de temática macabra.

 

Pieter Brueghel el Viejo está con­sid­er­a­do uno de los mejores pin­tores de todos los tiem­pos. Una de sus obras más impor­tantes es esta, “El tri­un­fo de la muerte”, donde como su pro­pio nom­bre indi­ca, se pre­tende incidir en lo efímero de nues­tra exis­ten­cia y en el que se apre­cian las claras influ­en­cias de El Bosco (quizás por dicho moti­vo me encan­ta este cuadro).  No debe­mos olvi­dar que hace unos sig­los la esper­an­za de vida entre la población era muy baja por lo que el tema de la muerte era muy uti­liza­do en todas las artes y no se veía como algo trági­co sino como una con­se­cuen­cia más de la vida. La Muerte, rep­re­sen­ta­da como un esquele­to, aparecía en muchas oca­siones como un per­son­aje más, codeán­dose con los humanos y dejan­do patente su pres­en­cia. Aunque muchos de estos cuadros parez­can pes­imis­tas, tam­bién la may­oría guardan men­sajes de esper­an­za: en este caso, la figu­ra de la cruz o los amantes sim­bolizan que la religión o el amor están por enci­ma de nue­stro paso al otro mun­do. Y si no lo están, inten­tan mirar para otro lado ante la lle­ga­da de la hora final.

Brueghel inten­tó incluir aquí muchos sím­bo­los de nues­tra vida cotid­i­ana aso­ci­a­dos a la vanidad (naipes, mon­edas) pero tam­bién aque­l­los que trans­miten la idea de morir como el reloj de are­na o la vela que se está con­sum­ien­do. Toda la obra está impreg­na­da de un aro­ma satíri­co, con los esquele­tos burlán­dose de los humanos agon­i­zantes o el monar­ca en sus últi­mas horas, dejan­do claro que la muerte no per­dona a nadie, por muy poderoso que este sea. La fusión entre el mun­do ter­re­nal, en la parte baja, y el infier­no, en la parte supe­ri­or, evi­den­cian que todo va unido: se deja atrás esa ima­gen bucóli­ca del pasa­do en que la muerte era vista como un paso a un mun­do mejor, con ascen­siones rodeadas de ánge­les, para con­ver­tir al fal­l­ec­imien­to en una catástrofe de la que no podemos escapar. Se destier­ra toda idea de inmor­tal­i­dad: es el tri­un­fo de la muerte.

 

La historia de Nastagio degli Onesti

(Sandro Botticelli)

La historia de Nastagio degli Onesti de Sandro Botticelli en el Museo del Prado, pintura renacentista basada en una historia de Boccaccio.

 

Toman­do como ref­er­en­cia el Decamerón de Boc­cac­cio, Bot­ti­cel­li pin­tó cua­tro cuadros inspi­ra­do en la his­to­ria de Nasta­gio degli Onesti, un príncipe ital­iano que fue rec­haz­a­do por su ama­da, Pao­la Tra­ver­sani. Lla­ma la aten­ción ver como Nasta­gio aparece tres veces rep­re­sen­ta­do, para dar la idea de una his­to­ria divi­di­da en var­ios actos (his­to­ria que se con­tin­uaría en los cuadros pos­te­ri­ores). En la primera esce­na vemos al príncipe con­ver­san­do con otros per­son­ajes, hablán­doles del rec­ha­zo que ha sufri­do; estos le acon­se­jan realizar un via­je para escapar de su melan­colía. En la segun­da está pase­an­do cabizba­jo por el bosque, cav­i­lan­do sobre su mala suerte. Y en la ter­cera  se encuen­tra con una esce­na ter­rorí­fi­ca, una mujer que huye de un jinete, ata­ca­da por un per­ro. El men­saje esta­ba claro: las mujeres no deben negarse a cumplir los deseos de sus pre­ten­di­entes, arries­gán­dose a sufrir el peor de los cas­ti­gos. La vio­len­cia de la esce­na es extrema para definir el papel de la mujer, mera­mente secun­dario, en una época en que las mujeres no tenían ni voz ni voto y casi todos los mat­ri­mo­nios, sobre todo entre las clases altas, eran con­cer­ta­dos.

Pre­cisa­mente si este es uno de mis cuadros favoritos en el Pra­do es porque mues­tra sin remil­go ninguno la men­tal­i­dad machista de la época (y por eso me hor­ror­iza al mis­mo tiem­po): la mujer extiende esa idea, ger­mi­na­da en el mito de Adán y Eva, de que la fem­inei­dad trae con­si­go el peca­do. Por dicho moti­vo, y por ser la her­ramien­ta humana para atraer a las tenta­ciones, la mujer ha de ser doble­ga­da sin miramien­tos.

 

Los fusilamientos del 3 de Mayo

(Francisco de Goya)

Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 de Francisco de Goya en el Museo del Prado.

 

Goya es el úni­co pin­tor que repite en esta selec­ción: soy una enam­ora­da de su obra. Aunque Goya era aragonés, pocos pin­tores han sabido ahon­dar tan bien en las penurias que vivía Madrid en su época. Quizás por ello, porque me con­sidero una madrileña de pura cepa, de esas pocas cuyos padres tam­bién son “gatos”, me lle­ga tan­to “Los fusil­amien­tos del 3 de Mayo”. Porque el lev­an­tamien­to del 2 de Mayo prob­a­ble­mente haya sido la may­or revuelta ciu­dadana que haya vis­to nue­stro país y que derivó en la Guer­ra de Inde­pen­den­cia. Un acto hero­ico pro­tag­on­i­za­do por las clases pop­u­lares, que se nega­ban a ser someti­das por las tropas france­sas, y que se enfrentaron a los sol­da­dos con cuchil­los y palos. Una rebe­lión a la que sigu­ió una repre­sión bru­tal, con más de 500 asesina­dos.

Goya plas­mó con crudeza extrema el fusil­amien­to el día pos­te­ri­or a la revuelta de algunos de estos insur­gentes. Una esce­na mag­ní­fi­ca en la que jue­ga con la luz del farol para con­ver­tir en pro­tag­o­nista abso­lu­to al valiente que está a pun­to de morir y que rep­re­sen­ta al pueblo entero de Madrid. Sus com­pañeros, los sigu­ientes ajus­ti­ci­a­dos, se cubren el ros­tro, ape­sad­um­bra­dos por el dolor de la der­ro­ta; a los sol­da­dos no les vemos las caras porque son peones imper­son­ales, los esbir­ros sin voz ni voto que acatan las órdenes del Esta­do. La luz ejerce tam­bién de fron­tera impro­visa­da entre héroes y vil­lanos: la posi­ción con las manos en alto del que va a morir fusila­do acen­túa su inde­fen­sión, recal­can­do el abu­so de las tropas napoleóni­cas. Pero al mis­mo tiem­po mira de frente a sus ver­du­gos: la valen­tía y la defen­sa de los ide­ales están por enci­ma del miedo a la muerte.

 

Condenados por la Inquisición

(Eugenio Lucas)

Condenados por la Inquisición de Eugenio Lucas Velázquez en el Museo del Prado.

 

Sien­do como soy tan amante de la obra de Goya, no es de extrañar que incluya entre estos diez cuadros “Con­de­na­dos por la Inquisi­ción”, ya que Euge­nio Lucas jamás escondió su pasión por el esti­lo goyesco, has­ta el pun­to de que cuan­do fal­l­e­ció Goya hubo dudas acer­ca de la autoría de cier­tos cuadros, que no se sabía si pertenecían a uno u otro pin­tor. Como a Goya, a Lucas le fascin­a­ba el papel repre­si­vo que había juga­do la Inquisi­ción en la Edad Media, con­ver­ti­da en juez y ver­dugo de los que osaran no doble­garse ante las estric­tas leyes reli­giosas de la época. Poco importa­ba que muchos de estos supuestos here­jes fuer­an inocentes, víc­ti­mas de envidias o ven­gan­zas per­son­ales. Las plazas de los pueb­los pasaron a con­ver­tirse en los teatros al aire libre donde la obra del día con­sistía en pres­en­ciar los cas­ti­gos cor­po­rales y psi­cológi­cos que se inflingía a los acu­sa­dos, daba igual que estos fuer­an hom­bres, mujeres o niños de cor­ta edad.

En esta esce­na, los here­jes son pasea­d­os entre la mul­ti­tud, atavi­a­dos con los capirotes que les iden­ti­fi­ca­ban como descar­ri­a­dos, reci­bi­en­do el des­pre­cio, los insul­tos y los golpes de la muchedum­bre. El triste retra­to de un pobre macha­can­do a otro pobre ¿puede haber algo más mis­er­able que el muer­to de ham­bre cla­sista, que se alin­ea con ese poder que a él tam­bién le humil­la, sin darse cuen­ta de su niv­el de servil­is­mo? Lucas revive este drama­tismo ayu­da­do por tonos lúgubres, broc­ha­zos toscos y colo­can­do de espal­das a los ajus­ti­ci­a­dos, que se pier­den entre las som­bras. Una críti­ca voraz al abu­so hipócri­ta que la Igle­sia real­izó con las clases humildes, dis­frazán­do­lo de bue­nas obras bajo un man­to de piedad inex­is­tente.

 

La extracción de la piedra de la locura

(Jan Sanders Van Hemessen)

La extracción de la piedra de la locura, pintura renacentista que critica la superstición, en el Museo del Prado.

 

Aunque el tema de la piedra de la locu­ra fue prin­ci­pal­mente pop­u­lar­iza­do por El Bosco (tam­bién lo retrató Brueghel), fue una de las inspira­ciones predilec­tas de muchos pin­tores fla­men­cos. En la Edad Media se tenía la ideas errónea de que la locu­ra venía provo­ca­da por la acu­mu­lación en el cere­bro de min­erales (como ocurre en los riñones con los cál­cu­los renales) y la extrac­ción de estas pequeñas piedras podía solu­cionar la demen­cia del paciente. Ampara­dos en esta creen­cia, miles de curan­deros, char­la­tanes y matasanos tima­ban a los pobres enfer­mos y sus famil­ias: nótese ala expre­sión sar­cás­ti­ca del supuesto médi­co mien­tras real­iza la operación. A su lado, el próx­i­mo paciente espera con deses­peración su turno.

Pero si la desvergüen­za de estos matar­ifes era amplia, no se qued­a­ba atrás la igno­ran­cia del pop­u­la­cho, que se creía a pies jun­til­las todo lo que le dijera cualquiera que supiera leer tres letras (el 90% de la población era anal­fa­be­ta). Las clases humildes eran uti­lizadas como cone­jil­los de Indias por la clase médi­ca, que se nega­ba a recono­cer su fal­ta de conocimien­tos y sus lim­ita­ciones, agrava­da esta situación por la intol­er­an­cia de la Igle­sia, que puso cien­tos de obstácu­los para que la cien­cia pudiera avan­zar, basán­dose en ridícu­las creen­cias. Menos mal que el paso de los sig­los con­sigu­ió que estas prác­ti­cas quedaran total­mente obso­le­tas.

 

Cómo visitar el Museo del Prado sin morir en el intento

Vis­i­tar el Museo del Pra­do no es sim­ple­mente entrar en un museo. Es enfrentarse a sig­los de his­to­ria, a salas inter­minables y a una colec­ción que podría abru­mar inclu­so al via­jero más moti­va­do. Por eso, orga­ni­zar bien la visi­ta mar­ca la difer­en­cia entre salir inspi­ra­do… o salir ago­ta­do.

Cuánto tiempo dedicarle

Si es tu primera vez, inten­ta reser­var al menos dos o tres horas. Menos que eso con­vierte la expe­ri­en­cia en una car­rera con­trar­reloj. Más de cua­tro horas seguidas puede resul­tar exce­si­vo si no estás acos­tum­bra­do a los museos. El Pra­do no es pequeño: recor­rerlo entero en un solo día no es real­ista si quieres dis­fru­tar de ver­dad.

Mi con­se­jo: mejor ver menos y ver­lo bien.

Mejor momento para entrar

El museo suele estar más tran­qui­lo a primera hora de la mañana entre sem­ana. Los fines de sem­ana y fes­tivos la aflu­en­cia aumen­ta bas­tante, espe­cial­mente en tem­po­ra­da alta.

Existe un tramo de acce­so gra­tu­ito al final del día. Puede ser una bue­na opción si tienes pre­supuesto ajus­ta­do, pero ten en cuen­ta que la entra­da libre atrae a mucha gente y puede resul­tar más ago­b­iante.

Horarios y precios del Museo del Prado

Si estás pen­san­do en vis­i­tar el Museo del Pra­do en Madrid, es útil saber cuán­do abre, cuán­to cues­ta y qué opciones hay para entrar sin gas­tar demasi­a­do.

🕐 Horarios de apertura

El Museo del Pra­do abre todos los días excep­to el 1 de enero, el 1 de mayo y el 25 de diciem­bre.
De lunes a sába­do puedes entrar de 10:00 a 20:00 h, y los domin­gos y fes­tivos el horario es un poco más cor­to, de 10:00 a 19:00 h. En días señal­a­dos como el 6 de enero, el 24 y el 31 de diciem­bre, el museo fun­ciona en horario reduci­do por la mañana, nor­mal­mente has­ta las 14:00 h.

💡 Con­se­jo: La taquil­la suele abrir media hora antes del horario ofi­cial para que ten­gas tiem­po de acced­er sin prisa.

💶 Precios de las entradas

Las tar­i­fas del museo incor­po­ran varias opciones para adap­tarse a tu pre­supuesto y esti­lo de visi­ta:

  • Entra­da gen­er­al: 15 € para ver la colec­ción per­ma­nente.

  • Entra­da reduci­da: aprox­i­mada­mente 7,50 € para gru­pos especí­fi­cos (may­ores de 65 años, tit­u­lares del car­net joven, famil­ias numerosas).

  • Audio­guía: suman­do unos 5 € puedes lle­varte una audio­guía que ayu­da mucho a enten­der las obras.

  • Visi­ta guia­da: por un suple­men­to de alrede­dor de 10 € puedes con­tratar un recor­ri­do guia­do con con­tex­to y expli­ca­ciones.

¿Conviene comprar la entrada online?

Sí. Com­prar la entra­da antic­i­pa­da en este enlace ofi­cial (el del museo) evi­ta colas innece­sarias y te per­mite orga­ni­zar mejor tu horario. Sobre todo si via­jas en tem­po­ra­da alta o en fechas señal­adas.

¿Audioguía, visita guiada o por libre?

Depende de tu for­ma de via­jar.

  • Si te gus­ta pro­fun­dizar en los detalles históri­cos y téc­ni­cos, la audio­guía puede ayu­darte a enten­der mejor cada obra.

  • Si pre­fieres una expe­ri­en­cia más dinámi­ca, una visi­ta guia­da te per­mi­tirá con­tex­tu­alizar las obras clave sin perderte.

  • Si, como a mí, te gus­ta dejarte lle­var por lo que te emo­ciona, recor­rerlo por libre tam­bién tiene su encan­to.

Planifica antes de entrar

El may­or error es inten­tar ver­lo todo. El Museo del Pra­do alber­ga miles de obras expues­tas. Si entras sin una mín­i­ma plan­i­fi­cación, acabarás sat­u­ra­do antes de lle­gar a la mitad.

El sín­drome de quer­er ver­lo todo (y no dis­fru­tar nada)

Hay algo que nos pasa en los grandes museos que rara vez con­fe­samos: entramos con la ansiedad del colec­cionista. Quer­e­mos ver Las Meni­nas, El Jardín de las Deli­cias, los Goya negros, los Tiziano, los Rubens… y si puede ser, todo en la mis­ma mañana. Con­ver­ti­mos la visi­ta en una lista men­tal de “impre­scindibles” que debe­mos tachar antes de que cier­ren las puer­tas. Y entonces ocurre lo inevitable: dejamos de mirar.

Miramos, sí, pero no vemos. Pasamos delante de cuadros que han sobre­vivi­do guer­ras, incen­dios, trasla­dos y sig­los de his­to­ria como quien pasa pan­tallas en un video­juego. Hace­mos una foto ráp­i­da (si se puede), leemos medio car­tel, asen­ti­mos con la cabeza… y seguimos avan­zan­do. Porque aún nos fal­tan quince obras “obligatorias”.El Museo del Pra­do no se puede con­sumir como si fuera un buf­fet libre cul­tur­al.

Inten­tar ver­lo todo en una sola visi­ta es la for­ma más ráp­i­da de salir sat­u­ra­do, con dolor de pies y con la sen­sación incó­mo­da de que no has conec­ta­do real­mente con nada. A veces, la expe­ri­en­cia más inten­sa ocurre cuan­do te per­mites quedarte diez min­u­tos frente a un solo cuadro. Cuan­do miras los detalles, las manos, las miradas, los pliegues de la tela, las som­bras. Cuan­do te pre­gun­tas qué esta­ba pen­san­do el pin­tor. Cuan­do te inco­mo­da algo. Cuan­do algo te remueve.

Quizá la ver­dadera visi­ta al Pra­do no con­siste en abar­car­lo todo, sino en dejar que una obra te encuen­tre. Y acep­tar que siem­pre quedará algo pen­di­ente para la próx­i­ma vez.


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4 Comments

  1. Total­mente de acuer­do! Cada euro lo vale <3 <3 <3 Salu­dos!!

  2. Amo a Gerony­mus Bosch y tuve el priv­i­le­gio de ver la exhibi­ción en el 2016. Mar­avil­losa y fasci­nante. Sin embar­go, mi museo favorito fue el de his­to­ria del hom­bre y antropología?(ahora no recuer­do el nom­bre) y mi pieza favorita es La dama de Elche. Gra­cias por com­par­tir tus cuadros favoritos

  3. Lizette creo que te refieres al Museo Arque­ológi­co. Le dedicamos en su momen­to un artícu­lo, aquí te dejo el link: https://milyunviajesporelmundo.com/2017/04/07/un-paseo-por-el-museo-arqueologico/

  4. Sí ese museo me encan­tó

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