Un paseo por el Museo Arqueológico

El Museo Arqueológico de Madrid cumple 150 años. Y lo celebra injustamente eclipsado por el Museo del Prado, una de las pinacotecas más importantes del mundo y destino principal, casi ineludible, de la mayoría de los turistas que llegan a Madrid. Estos, condicionados por la falta de tiempo, suelen pasar por alto la visita al Museo Arqueológico, una de las grandes joyas madrileñas. Y muchos madrileños, cumpliendo esa ley no escrita que afirma que lo que menos se valora es justo lo que se tiene al lado, ni siquiera lo conocen: en el año 2015, pese a su importancia cultural, sólo tuvo medio millón de visitantes Es hora de empezar a cambiar esa mala costumbre. Y es que el Arqueológico simboliza uno de nuestros grandes tesoros artísticos pero también supone un recorrido fascinante por la historia de nuestro país: como decía Cicerón ” no conocer lo que ha sucedido antes que nosotros es como ser incesantemente niños”.

La primera vez que visité el Museo Arqueológico era una cría de diez años a la que llevó de excursión el colegio. Aún me recuerdo a mí misma con mi libreta en una mano y mis BIC de colores en la otra, con la nariz pegada al cristal de las vitrinas, escuchando las explicaciones de la profesora. Por aquel entonces, visitar un museo constituía un viaje fascinante a épocas remotas, quizás mitificada la experiencia por la inocencia de la infancia; sin embargo, actualmente, de adulta, sigo disfrutando con la misma intensidad de estas visitas a los museos, da igual el lugar del mundo donde me encuentre. Durante unas horas, uno puede regalarse a sí mismo el inmenso placer de viajar a épocas pasadas y, sobre todo, dejar volar la imaginación, una práctica que satisface al espíritu hasta límites insospechados.

El Museo Arqueológico, debido a unas necesarias obras para su remodelación casi completa, estuvo cerrado casi tres años, volviéndose a abrir al público a principios de 2014. Un presupuesto de más de 50 millones de euros para acondicionar un edificio gigantesco de varias plantas que de una vez por todas eliminaba barreras arquitectónicas que ponían difícil la visita a las personas con discapacidad, un aumento del aprovechamiento de la superficie útil de casi un 20% y una modernización concienzuda del equipo tecnológico. Todo ello para cuidar y exponer con mimo una colección magnífica compuesta por más de 13.000 objetos, una de las más relevantes de Europa, y que hasta incluye una fidedigna réplica de las Cuevas de Altamira con sus famosísimas pinturas rupestres.

El Museo Arqueológico, que se encuentra a espaldas del Paseo de la Castellana en uno de los edificios más impresionantes de Madrid, el Palacio de la Biblioteca y los Museos Nacionales, abre sus puertas de martes a domingo y el precio de la entrada es casi testimonial: tres euros. Y es gratis los sábados a partir de las dos de la tarde, por si aún necesitabas una excusa para no ir. La última vez que nosotros lo visitamos, hará cosa de un mes, nos sorprendió descubrir la gran cantidad de padres que llevaban a los niños al museo y les iban explicando de una manera sencilla pero bien didáctica los sucesivos expositores con los que se iban topando. Estos pequeños con lo que más parecían sorprenderse era con las figuras a tamaño real de nuestros antepasados prehistóricos (y muy fieles a los modelos originales, no como esas ridiculeces que dan vergüenza ajena del Museo de Cera). Precisamente la sala de la Prehistoria es la primera que encuentras al entrar al museo. Hay que recordar que la Península Ibérica está poblada desde hace más de un millón de años y es una interesante forma de comenzar el análisis de nuestra historia, estudiando cómo era la vida de estos primeros grupos humanos y cuáles eran sus costumbres: tareas domésticas, enterramientos, organización social… Hace 40.000 años surgirían los Homo Sapiens, quienes ya comenzaban a trabajar el hueso, la piedra, y la madera; 30.000 años después, el cambio climático trajo consigo la aparición de nuevos bosques y animales de menor tamaño: los hombres comenzaban a especializar sus herramientas y posteriormente desarrollarían la pesca, la ganadería o la elaboración de tejidos. De esta primera época hispánica destacan los restos arqueológicos encontrados en San Isidro o Ciempozuelos (importantísimas las cerámicas campaniformes) pero también los Murciélagos de Albuñol (Granada) o las estelas diademadas de Huelva, que aquí se exponen.

En el segundo tramo de la visita llegamos a Protohistoria, la época que oscila entre la Edad de Hierro y la llegada de los romanos en el primer milenio A.C.  Es decir, que tenemos por delante una vastísima colección de piezas fenicias, tartésicas, célticas, íberas y talayóticas (estos últimos eran los pobladores de las islas Baleares). Entre todas estas piezas destaca, sin lugar a dudas, la que es la joya de la corona del Arqueológico: la Dama de Elche. Esta escultura de 65 kilos, que pese a sus más de 2.500 años de antigüedad fue descubierta a finales del siglo XIX, es la estatua más admirada del museo: siempre encuentras a un montón de personas a su alrededor, impresionadas de lo bien que esta doncella ha resistido los embites del tiempo. Su valor histórico es tal que la aseguradora que la protege ha calculado su valor económico en más de 15 millones de euros.

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Y ya que cito a la Dama de Elche, me gustaría reseñar lo injustamente que eclipsa a otra obra escultura íbera espectacular, una de mis piezas favoritas: la Dama de Baza. Sentada en un majestuoso trono con garras de león y ataviada con recargados anillos y pendientes, esta imponente escultura yació enterrada más de dos milenios. Aún así, y pese a lo mal que se la ha tratado (llegaron a separar por accidente la cabeza del cuerpo en uno de los traslados), el estado de la pintura que la recubre se mantiene casi intacto.

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Ya que llegamos a la Hispania Romana, comentar que uno de los aciertos del museo ha sido acondicionar dos inmensos patios, uno árabe y otro romano, con luz natural y en los que se pueden contemplar muchísimos restos de ambas civilizaciones encontrados en nuestro país. Respecto a la cultura romana, en el patio correspondiente se ha recreado un foro romano: destacan las diferentes esculturas de las distintas dinastías gobernantes, así como piezas traídas de otros lugares de Europa. Es también realmente interesante contemplar la minuciosidad con la que los responsables del museo han recreado la vida cotidiana en las antiguas casas romanas (las domus), así como la simulación de los distintos tipos de enterramientos (incineración e inhumación) y, sobre todo, los gigantescos mosaicos que se han traído de diferentes villas, a cual más original. Uno de mis favoritos es el que representa a un pulpo pero también son realmente impactantes los de Hércules o Medusa .

El repaso prosigue por la Antigüedad Tardía, donde podremos encontrarnos con diferentes piezas de los reinos visigodo, andalusí y cristiano, hasta la España musulmana (como sabéis, nuestro país vivió una larguísima etapa de 700 años durante la cual los distintos califatos nos dejaron en herencia maravillas de la arquitectura universal como la Alhambra o la Mezquita de Córdoba). Fue la época de esplendor de Al-Andalus: cerámica, instrumental médico, lámparas, amuletos, cofres… Todo ello se expone en el museo:una de las obras más destacadas es la impresionante maqueta de la mezquita cordobesa. Muy relevante también el ornamentado Bote de Zamora que el califa Al Halem II regaló a una de sus concubinas. Insisto en que el mundo musulmán es uno de los que mejor patrimonio nos ha dejado para la posteridad y debemos sentirnos tremendamente orgullosos por ello.

Pero si hay un área del Museo Arqueológico que realmente me fascina es el dedicado a Oriente Próximo y Egipto, lo que eleva aún más el valor histórico de esta exposición permanente al no limitarse a lo que aconteció en la Península Ibérica. Diferentes piezas de Mesopotamia (principalmente cerámica) y de Nubia. Pero lo mejor la parte dedicada a Egipto. Y es que qué maravilla es encontrarse en nuestra ciudad con esos bellísimos sarcófagos, algunos de la Dinastía XXI que el gobierno egipcio donó, procedentes del yacimiento de Deir el Bahari. Uno de los más bonitos es el de TaremetchenbastetAparte, tenemos expuestas otras piezas como mesas de ofrendas de piedra, pequeñas esculturas, fragmentos de tumbas, ushebtis (estatuillas que se depositaban en las tumbas, generalmente de lapislázuli) así como una explicación pormenorizada de cómo se desarrollaba la sociedad egipcia en la antigüedad y los correspondientes ritos religiosos que practicaba la población. Reseñamos que la colección egipcia incluye hasta momias cuyo proceso de conservación es de lo más meticuloso: constantemente se bombea oxígeno dentro de las vitrinas para que no se deterioren los tejidos. La más importante es de Nespamedu, un sacerdote de Imhotep que falleció con 55 años.

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Para acabar nuestro itinerario, dejamos para el final la zona dedicada a Grecia: una completísima exposición que se centra en la cerámica, destacando la colección de vasos y ánforas, cuyas decoraciones muestran cómo era la vida cotidiana de los griegos. Además, dicha cerámica se ha usado acertadamente para organizar cronológicamente la exposición y permite ahondar en la importancia que la mitología tenía a la hora de decorar dichas vasijas, con escenas protagonizadas por Minotauro o representaciones, estas ya no mitológicas, sobre los deportes incluidos en aquellas primerísimas olimpiadas. Debemos destacar que el catálogo del MAN también conserva una extensa colección de más de mil terracotas griegas.

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