Curiosidades que descubrí en mis viajes por Japón

Pocos países en el mundo han sabido preservar de un modo tan eficiente su cultura y costumbres como lo ha hecho Japón. El hecho de que su situación geográfica (un montón de islas a las que antiguamente sólo se podía acceder por vía marítima y con un clima dominado por tifones que convertían en un infierno las travesías de los barcos) les mantuviera alejados de cualquier influencia exterior, pese a los intentos por establecer relaciones comerciales por parte de Occidente, fue un factor determinante para el desarrollo de la cultura japonesa. Pero no el único. Hasta el siglo XIX, la sociedad nipona se regía por un sistema único en el mundo, un esquema feudal gobernado por los shogunatos (la figura del emperador era casi simbólica), quienes compartían su posición de poder con los samurais, los señores de la guerra. La obsesión por aislarse del resto del mundo alcanzó su clímax a partir del siglo XVII, cuando el país impuso leyes que prohibían la entrada o salida de Japón de cualquier persona, ya fuera este japonés o extranjero, enfrentándose los que las incumplieran a la pena de muerte. Los shogun querían de este modo evitar la llegada de los misioneros católicos, que ya habían “colonizado” lugares como Filipinas (ya ni hablamos de Sudamérica) y no sería hasta mediados del siglo XIX (es decir, hace nada) cuando Japón se abrió al mundo.

Cierto es que desde entonces la occidentalización fue imparable, aún más con la llegada de las nuevas tecnologías, que convirtieron a Japón en una super potencia a nivel informática o robótica. Hoy en día los jóvenes japoneses siguen las modas que llegan de USA, se inspiran en sus películas y grupos musicales y emulan sus vestimentas, pese a que al mismo tiempo los japoneses exporten sus propias costumbres y en Occidente también vivamos una “japonizacion” que rinde culto al sashimi, las geishas y Murakami. Pero, al mismo tiempo, sorprende comprobar cuando viajas a Japón, muchas costumbres se mantienen inalteradas y eso hace de él un país fascinante. No hay un país en el mundo que me provoque más sensaciones diferentes cuando viajo allí ni que deje de sorprenderme a la hora de pararte a observar su vida diaria. Es un país del que te reenamoras cada vez que lo pisas y que en muchos aspectos continua dejándote con la boca abierta en situaciones que, sin embargo, para ellos son de lo más normales. Me digo a mí misma muchas veces que mis tres viajes por Japón me siguen sabiendo a poco, que es un país que quiero seguir obligándome a descubrir en los próximos años. Japón es un país en el que puedes encontrar desde montañas nevadas en Sapporo a islas paradisiacas  en Okinawa que nada tienen que envidiar a las de la Polinesia, ciudades futuristas como Tokio u Osaka y pueblos minúsculos en los que la gente aún vive en cabañas de madera y sigue cultivando el arroz con sus propias manos. Pero pese a vivir en lugares tan distintos, todos los japoneses se rigen por una cultura que ha sabido sobrevivir a la llegada de los tiempos modernos. Y quizás entonces este listado de curiosidades que os voy a ir contando se quede corto después de más viajes allí, estoy segura de ello.

El sol es tan importante en la cultura japonesa que hasta es representada en la bandera nacional mediante el hino maru, “disco solar”. De hecho, a Japón se le conoce como el País del Sol Naciente: ese nombre se lo pusieron en la antigüedad los chinos, quienes estaban convencidos de que el sol siempre salía por las tierras japonesas. El sol desempeña un papel importantísimo en la principal religión del país, el sintoísmo, y una de las deidades más veneradas es Amaterasu (“la que brilla en el cielo”). Se cree que el linaje imperial desciende directamente de ella.

A Japón también se le conoce como el País del Cerezo Floreciente. Entre Marzo y Mayo, millones de cerezos a lo largo y ancho del país se cubren de flores, momento que las familias aprovechan para celebrar el hanami, un picnic bajo los árboles que para ellos es igual de importante que para muchas familias occidentales la Navidad o la cena de Acción de Gracias (aún así, cada vez más japoneses celebran la Navidad…¿y sabéis donde les gusta hacerlo? ¡en el Kentucky Fried Chicken!). En dicha época, Japón vive una auténtica “cerecitis”, con tiendas llenas de artículos inspirados en las cerezas, desde paraguas y kimonos a galletas y bombones.

La primera vez que fui a Japón me sorprendió muchísimo que en un país tan avanzado casi nadie hablara inglés, ni siquiera en muchos hoteles. Esto es algo que he observado que ha cambiado durante los últimos años y en mi último viaje ya encontramos a muchos japoneses deseando charlar con nosotros en inglés para practicar el idioma: incluso en más de una ocasión, visitando templos, se nos acercó un profesor que estaba de excursión con sus estudiantes a pedirnos si podíamos hablar un ratito con los alumnos, que entre risas y tapándose la boca (los japoneses son muy tímidos) nos preguntaban por las costumbres españolas y ansiaban saber qué era lo que más nos gustaba de su país. Pero si das con un japonés que no habla inglés, no es tan fácil comunicarse mediante gestos ya que los que ellos usan son muy diferentes a los nuestros: por poner un ejemplo, si a un japonés le dices “vete” con la mano, lo más probable es que se acerque ya que ellos lo entienden como “ven aquí”. Colocar dos dedos bajo la nariz significa que alguien te gusta, golpear con el puño la palma de la mano es estar de acuerdo con lo que alguien te propone, enlazar tu dedo meñique con el de otra persona significa hacer una promesa (que, por supuesto, deberás cumplir)… Es bueno aprender algunos gestos habituales antes de ir para no pasar situaciones embarazosas, ni tú ni ellos. Y recuerda que si en el resto del mundo es de mala educación señalar a alguien con el dedo, en Japón aún más.

Aunque por comodidad y efectos prácticos en Japón también conocen el calendario occidental, ese que dice que en el momento de escribir este artículo estamos en el año 2017, ellos en realidad tienen un calendario que se divide en eras (los nengo) y que comienzan con la llegada de un nuevo emperador.

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Tenemos la impresión de que a veces los japoneses dan a la familia de lado, obsesionados como están con el trabajo (muchos padres sólo ven a sus hijos los fines de semana) pero lo cierto es que sí le dan importancia a la familia, mucho más de lo que creemos. Se tiene muchísimo respeto por los ancianos, hasta el punto de que las empresas continuamente están lanzando nuevos inventos para hacer su vida más fácil ¡como bastones con GPS incorporado! Y los abueletes japoneses son algo más listos que los europeos: se desentienden de sus nietos pues para ellos es más gratificante dedicarse a sus propios hobbies, como la ikebakana (arte floral), salir de viaje o irse de compras a la calle Jizo-dori, donde casi todas las tiendas están pensadas para ellos. En Japón viven más de 50.000 personas con más de cien años.

A los japoneses les pirran las máquinas expendedoras, las puedes encontrar en los lugares más inesperados: hay más de cinco millones repartidas por todo el país, aproximadamente una por cada veintitres habitantes. Y venden absolutamente de todo, no sólo bebidas frías o calientes: paraguas, bolsas de arroz, bombillas, papel higiénico, huevos, plátanos, gafas, ramos de flores… Por vender, han vendido hasta automóviles.

Los niños japoneses en el colegio no sólo han de dedicarse a sus asignaturas: también se les enseña civismo, que a mi parecer es algo mucho más importante. Por dicho motivo, son los encargados de limpiar las aulas, los pasillos, la biblioteca y los baños, por lo que se lo piensan muy mucho antes de ensuciar lo que después tendrán que recoger.

El fugu, el pez globo, es considerado un manjar en Japón pero al mismo tiempo es un pez venenoso que puede provocar la muerte por asfixia. Sólo chefs preparadísimos, que han recibido cursos de formación que duran tres años, están capacitados para servirlo en sus restaurantes tras haber eliminado del pescado los órganos peligrosos. En España es imposible encontrarlo: su consumo está prohibido. En Japón las leyes son tan estrictas respecto a su distribución y venta que la propia familia real tiene prohibido comerlo para evitar accidentes y que no corra peligro la línea de sucesión.

Al pasear por las calles de algunas ciudades, observarás que en muchas ventanas hay un triángulo rojo; de este modo, en caso de incendio, las familias avisan a los bomberos sobre cuál es la habitación que está más despejada a la hora de acceder a las viviendas. Las casas japonesas se construyen teniendo en cuenta que los terremotos son el pan nuestro de cada día (hay unos 1.500 anuales), por lo que las estructuras inferiores permiten que se bamboleen, como si fueran casas de goma, pero no se derrumben. Por esta razón cuando hay terremotos apenas hay víctimas (aunque no se libran de otras catástrofes que dejan miles de muertos, como el tsunami del 2011). Y sí, la palabra tsunami es japonesa.

Mientras los occidentales usamos la mahonesa principalmente para sandwiches o ensaladas, los japoneses se la añaden a los helados, los bollos e incluso los noodles. A nosotros nos parece extrañísimo pero a ellos les resulta igual de raro que uno de nuestros postres favoritos sea el arroz con leche.

¿Has probado a quedarte dormido en el trabajo? Mejor no lo intentes o te arriesgas a ser despedido. Pero en Japón lo de echarse un sueñecito en la oficina no sólo está bien visto sino que además es síntoma de agotamiento y, por lo tanto, los jefes consideran que el trabajador se esfuerza hasta la extenuación. Eso sí, has de dormirte en tu silla de trabajo frente al ordenador, no tumbarte en cualquier sofá. Debido a sus larguísimas jornadas laborales, los japoneses gozan de una facilidad pasmosa para echar una cabezadita en cualquier sitio: les he visto quedarse dormidos de pie en el metro. También es habitual ver a muchos hombres de negocios durmiendo en la calle en cualquier banco: suele ser porque han perdido el último tren que les lleve a casa.

Uno de los problemas más preocupantes en Japón es el hikikomori: se cree que lo sufren tres millones y medio de personas, un tercio de ellas menores de 30 años. Esta enfermedad social consiste en aislarse, quedarse encerrado en casa y no tener apenas contacto con otras personas, incluso las de tu propia familia. Los afectados se recluyen en su habitación y pueden pasarse semanas enteras sin salir, excepto para ir al baño: las sufridas madres son las que se encargan de dejarles la bandeja de comida en la puerta (esto me recuerda enormemente a “La metamorfosis” de Kafka). Algunos de ellos, los pertenecientes a lo que se conoce como “primera generación”, llevan confinados veinte años: ¿qué ocurrirá cuando sus padres fallezcan y vean lo difícil que es reintegrarse en la sociedad, mientras asumen que nadie va a cuidar de ellos?

¿Sabes cuánto dinero mueve al año el pachinko? 300.000.000.000 dólares (se pierde una con tantos ceros), es decir, cuatro veces el dinero que se juega anualmente en todos los casinos del mundo. En Japón estos recreativos los encontrarás a patadas: lo cierto es que yo dentro suelo aguantar sólo unos minutos porque la música está a un volumen ensordecedor. Pero los japoneses se pueden tirar jugando horas y horas y, además, son tremendamente supersticiosos: no les gusta que se les mire mientras juegan y no expresan alegría cuando ganan ni tristeza cuando pierden. Y si se les cae una bola al suelo, llaman al encargado para que la recoja porque creen que si la tocan ellos mismos, atraerán a la mala suerte. Este lucrativo negocio da trabajo a más de 300.000 personas.

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En la puerta de un pachinko, el juego más adictivo en Japón.

Si buscas alquilar piso en Japón, no esperes encontrar las medidas en metros sino en esteras (tatamis): “tal habitación mide tres tatamis y medio”. El tatami suele medir 1,80 de largo por 90 centímetros de ancho. Los japoneses hacen su vida sobre el tatami: duermen en un futón, comen en esas mesas bajitas, ven la televisión o se sientan a leer. Además, vienen bien para calentar el suelo ya que debido a los terremotos, en el país no es habitual la existencia de calefacción (las tuberías reventarían debido a los movimientos sísmicos) y los hogares suelen tirar del aire acondicionado a alta temperatura, que, las cosas como son, no es lo mismo que un radiador calentito.

A los japoneses, como a nosotros, les encanta celebrar la llegada del año nuevo, el oshogatsu. Se limpian a fondo casas y oficinas, a la entrada se coloca un kadomatsu (un adorno de bambú) y se envían tarjetas de felicitación a amigos y familiares. El 31 de Diciembre se celebra una cena tradicional, con cajitas que guardan los platos de nochevieja como el puré de boniato o los calamares, así como los pastelitos omochi.  Antes de las 12 de la noche, las campanas comienzan a sonar en los templos: cuando toque la última (la 108) se inaugura oficialmente el año nuevo.

Una de las cosas que más me gusta de Japón es que, junto a Islandia, es el país más seguro del mundo: en el año 2015 sólo hubo un asesinato por arma de fuego, tienes más posibilidades de morir alcanzado por un rayo que por un disparo. Y no es que la criminalidad haya desaparecido porque la policía sea demasiado rígida sino porque culturalmente hablando el japonés considera que delinquir es uno de los peores deshonores que puede sufrir él y en consecuencia su familia. Los policías nipones se aburren tanto ante la falta de acción que saltó a las noticias el caso de a una mujer que le robaron las zapatillas del tendedero y rapidamente se presentaron cinco agentes “para resolver tan peliagudo caso”.

Si las mujeres japonesas se dejan un dineral en peluquería, los chicos no les van detrás. Date un paseo por Shinjuku o Harajuku y déjate sorprender por los peinados masculinos. Lo curioso es que muchos de ellos parecen ir despeinadísimos cuando sin embargo su look está cuidado al milímetro.

En Japón hay treinta “carreteras musicales”. Se han hecho una serie de pequeñas hendiduras en el asfalto para que cuando pasen los coches se emitan diferentes melodías. Para escuchar bien la música lo recomendable es viajar con las ventanillas cerradas. Hablando de carreteras, en Osaka hay un edificio, el Gate Tower Building, que está atravesado por una autopista.

Aunque oficialmente la prostitución no es legal en Japón, me llamó mucho la atención ver en el barrio de Kabuchiko a muchos gigolos por la calle: los reconocerás por sus melenas rubias y sus trajes impecables. Muchos de ellos ni siquiera venden sexo sino masajes y horas de compañía en eventos o conversación. Y la mayoría no aceptan dinero sino regalos caros como relojes de lujo o incluso coches.

Aunque al principio parezca confuso, al subir o bajar las escaleras mecánicas, recuerda que en Tokio se hace por la izquierda y en Osaka por la derecha.

En Japón hay un nivel de alfabetización del 100%, lo cual dicho sea de paso es admirable. Japón tiene en su haber 18 premios Nobel.

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Si pierdes algo en Japón, lo recomendable es que vayas a preguntar a la comisaría más cercana (Police Box) porque es muy probable que quien lo haya encontrado, lo haya depositado allí. Los japoneses son muy honestos. Y educados: tienen veinte maneras diferentes de pedir perdón.

En Japón, tomarse un baño conlleva todo un ritual. Las familias no sólo lo hacen en los onsen, los baños públicos, sino que en casa suelen tener una bañera muy honda, en la que casi cabes de pie, y allí se baña toda la familia ¡usando el mismo agua! Eso sí, no lo hacen, evidentemente, todos a la vez: primero va el padre, luego la madre y después los niños.

En Tokio te liarás un poco al llegar porque las calles no tienen nombres sino números. Así, si alguien te quiere indicar su dirección, te dirá “vivo en el bloque número 14” o “en la casa al lado de la tienda de móviles”.

Muchas familias, en vez de adoptar niños, adoptan adultos. Puede resultarnos chocante pero en la sociedad japonesa es muy importante mantener el apellido, que se transmite sólo por vía masculina (como en Occidente, podéis comprobar que su sociedad es patriarcal). Si una familia es rica pero sólo tiene hijas, un hijo (aunque sea adoptado) les ayudará a dirigir sus exitosas empresas.

A los japoneses les gustan tanto los comics que gastan más papel en fabricarlos que el que utilizan como papel higiénico. Se calcula que un 90% de los japoneses han leído un comic alguna vez en su vida: cada japonés se gasta en comics una media de 30 euros al año. Es común verles leyéndolos en cualquier lugar, desde el metro a los parques o cafeterías, aunque donde más les gusta hacerlo es en los manga cafés.

Hay tal nivel de adicción a los teléfonos móviles que el 90% de los aparatos son resistentes al agua. ¿Y por qué? Pues porque especialmente los jóvenes suelen usarlos ¡hasta en la ducha!

Los pocos vagabundos que hay en Tokio duermen muchas veces en los cybercafes (a estos sin techo se les conoce como cyber-homeless). Algunos de estos establecimientos tienen hasta duchas y se permite dormir, comer y beber y, por supuesto, hay acceso a internet gratuito: cada noche de “alojamiento” les sale por unos 15 euros, bastante más barato que cualquier hotel cápsula.

La inmigración es practicamente inexistente: un 99% de la población es japonesa. El otro 1% está formado principalmente por coreanos, chinos y filipinos. Y también hay algún europeo, como los camareros del Butler’s Cafe de Tokio, que sólo contrata a occidentales para que llamen “princesas” a las clientas y se hagan fotos cogiéndolas en brazos. Ya sabéis, ese tipo de cosas que sólo se pueden ver en Japón.

Algunas latas de cerveza llevan escrito en braille la palabra “alcohol” para que los ciegos no las beban accidentalmente si no lo desean.

En Japón existe una terapia llamada rui-katsu en la que, para reducir el estrés, varias personas se juntan para ver películas lacrimógenas, los dramones más tristes que puedan encontrar, e hincharse a llorar. Algo comprensible si tienes en cuenta que en Japón lo de expresar las emociones en público no está muy bien visto.

Los trenes en Japón son tan puntuales que el retraso máximo de media suele ser de sólo 18 segundos: si un tren se retrasa cinco minutos (que para ellos sería una catástrofe), el conductor lo avisa avergonzado y a los pasajeros se les entrega un “certificado de retraso”, asegurando que no volverá a suceder. Cuando un tren se ha retrasado más de una hora, la noticia ha llegado a aparecer en los periódicos.

No he visto más tipos de Kit-Kat que en Japón ¡y todos están riquísimos! Los hay veganos, de wasabi, de patata, de té matcha, de sirope, de judías rojas, de soja… Muchos extranjeros se los llevan de recuerdo ya que algunos son de edición limitada.

Cuando pasees, no te sorprenda encontrarte con gente que te regala kleenex gratis: en realidad, estos pañuelos publicitan diferentes empresas.

En las izakayas, verás que después de pedir la comida te sirven (no en todas) un pequeño platito para que te vayas entreteniendo: es el otooshi, el aperitivo japonés. Hablando de aperitivos, uno de los tentempiés más curiosos que he probado en Japón es el tako tamago, un pequeño pulpito pinchado en un palito de madera y cuya cabeza está rellena con un huevo de codorniz.

Si vas a Japón, es casi obligatorio que pruebes una purikura, esa especie de fotomatón donde puedes retratarte y añadir un montón de adhesivos y decoraciones a las fotos. Se hicieron muy populares a partir de los años 90 y como principalmente son usadas por chicas adolescentes, en muchos de estos establecimientos no está permitida la entrada de hombres.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Silvia dice:

    Totalmente de acuerdo !!!
    Japon es otro mundo, viajamos allí por primera vez en 2014 y nos enamoro, estamos deseando volver !!!
    Es un país increíble, con mucho que ofrecer y del que tenemos mucho que aprender, destino super recomendable 100% !!!

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    1. Gracias por tus palabras, Silvia! Efectivamente, es un país mágico…¡no pierdas la ocasión de regresar alguna vez!

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  2. hola!! soy nueva por aqui y he de decir que me encanta tu blog y sobretodo tus entradas y la forma en la que nos cuentas tus experiencias!! me ha encantado!! nosotros aun no hemos ido pero es algo pendiente !!

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    1. Muchisimas gracias por tus palabras y por seguirme! no dejeis lo de Japón!!

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