Tarragona: recorremos la antigua Tarraco romana

Anfiteatro Tarragona

Sabéis de sobra lo mucho que nos apa­siona la antigua cul­tura romana. Hemos ded­i­ca­do unos cuan­tos artícu­los a sus cos­tum­bres y al lega­do que dejaron no sólo en Europa sino en otras partes del mun­do (echad un ojo a nue­stro repor­ta­je Ruinas romanas en el norte de África o ¡Están locos estos romanos! Las cos­tum­bres que el impe­rio nos dejó en heren­cia). Nos lo hemos pasa­do bom­ba en nue­stros via­jes por ciu­dades como Méri­da o Roma, asom­brán­donos ante las mar­avil­las arqui­tec­tóni­cas que nos dejó el impe­rio romano. Recor­ri­mos las ruinas romanas mejor con­ser­vadas de España y ello nos recordó que aún teníamos pen­di­ente una visi­ta a la antigua Tar­ra­co, la actu­al Tar­rag­o­na, una de las ciu­dades romanas más impor­tantes en lo que era en aque­l­la época His­pania.

Aunque es cier­to que en la agen­da llev­a­ba pen­di­ente bas­tante tiem­po esta escapa­da, hemos de recono­cer que el via­je en sí llegó casi de casu­al­i­dad. El caso es que sabréis que ya está operan­do en España Oui­go, la com­pañía fer­roviaria france­sa espe­cial­iza­da en trayec­tos de tren de bajo coste. Yo, que siem­pre me he que­ja­do de lo carísi­mos que están los pre­cios del AVE (cada vez que lo he cogi­do he paga­do una media de 120 euros por bil­lete de ida y vuelta), he aplau­di­do el fin del monop­o­lio de RENFE en las líneas de alta veloci­dad y la lle­ga­da de Oui­go, que ha oblig­a­do así mis­mo a la apari­ción de AVLO (el bajo coste del pro­pio AVE) y la baja­da de pre­cios de las aerolíneas que hacen el puente aéreo entre Barcelona y Madrid. ¿Con­clusión? Que aho­ra el que quiera via­jar entre ambas ciu­dades, va a poder hac­er­lo por un pre­cio aprox­i­ma­do de 50–60 euros, inclu­so en fin de sem­ana. Pues per­fec­to, oiga.

El tema es que Oui­go, para pro­mo­cionar su lle­ga­da a España, lanzó una cam­paña de “¡bil­letes a 1 euro!”. De esas cam­pañas que mucha gente pien­sa “menudo ton­go, seguro que no toca”. Pero vaya si toca, nosotros ya lo com­pro­bamos en un via­je a Carta­ge­na en el que con­seguimos 2 noches en un hotel de cua­tro estrel­las por 4 euros. Juan y yo con­seguimos un bil­lete cada uno, pese a que se colap­só la web, y no sólo eso, sino que otra pare­ja ami­ga nues­tra, Móni­ka y Car­los, tam­bién los pil­laron. Así que reser­va­mos los cua­tro de sába­do a lunes, pagan­do sólo el via­je de vuelta (19 euros). Vamos, que pasarse un fin de sem­ana en Tar­rag­o­na por ape­nas 20 euri­tos sien­ta la mar de bien.

Ouigo Tarragona

Cier­ta gente cree que Oui­go es el Ryanair de los trenes (y lo dicen en el mal sen­ti­do). Nosotros quer­e­mos romper una lan­za a favor porque nues­tra expe­ri­en­cia fue fan­tás­ti­ca. Se per­mite lle­var, como en las aerolíneas de bajo coste, un bol­so o mochi­la y una male­ta de mano (puedes pagar un extra de 5 euros por lle­var más equipa­je, una male­ta de has­ta 30 kilos). Los trenes son de dos plan­tas, con capaci­dad para 500 pasajeros, y nos parecieron bas­tante cómo­d­os, con baños limpísi­mos y ser­vi­cio de cafetería (aunque esta aún no esta­ba oper­a­ti­va). Los bil­letes sólo se pueden com­prar online y tienen la opción Flex, que por 7 euros per­miten el cam­bio de fecha/hora (pero no la anu­lación).

Se recomien­da estar en la estación 30 min­u­tos antes de la sal­i­da del tren (recor­dad que el equipa­je tam­bién ha de pasar con­troles). En defin­i­ti­va: una deli­cia pre­sen­tarte en dos horas en Tar­rag­o­na, o lo que es lo mis­mo, en la oril­la del mar. Para los madrileños os ase­guro que es todo un lujo.

Ojo cuan­do lleguéis a Tar­rag­o­na porque al con­trario que en otros lugares, aquí la estación no se encuen­tra en el cen­tro de la ciu­dad. Me expli­co: en Tar­rag­o­na cap­i­tal sí hay otra estación de tren pero la que cubre la alta veloci­dad (AVE, AVLO y Oui­go) y algunos trenes de larga dis­tan­cia, se lla­ma Camp Tar­rag­o­na y se encuen­tra a 13 kilómet­ros de la ciu­dad. Des­de aquí hay algunos bus­es que conectan la ciu­dad con cier­tos pun­tos de la Cos­ta Bra­va como Reus, Salou o Cam­brils. Pero para ir a la propia Tar­rag­o­na la fre­cuen­cia es escasa (entre 30 min­u­tos y una hora), así que opta­mos por ir en taxi (pre­cio aprox­i­ma­do unos 25 euros y unos 10 min­u­tos de trayec­to).

En un prin­ci­pio habíamos reser­va­do en el hotel SB Express Tar­rag­o­na pero se encon­tra­ba cer­ra­do y nos trasladaron a otro de la mis­ma cade­na pero de supe­ri­or cat­e­goría, el SB Ciu­tat de Tar­rag­o­na. Nosotros encan­ta­dos porque por 58 euros la noche nos quedábamos en un cua­tro estrel­las bas­tante cuco. Está bas­tante cén­tri­co, jus­to al lado de la estación de auto­bus­es. Al ser Tar­rag­o­na una ciu­dad bas­tante pequeña, lo cier­to es que fuimos a todos los sitios andan­do y no tuvi­mos que usar trans­porte públi­co.

Tarragona

Para comen­zar a com­pren­der la Tar­rag­o­na actu­al, hay que com­pren­der la Tar­rag­o­na romana y asim­i­lar la impor­tan­cia que tuvo en su época. Y es que si aho­ra Tar­rag­o­na es una ciu­dad pequeñi­ta, en aquel entonces su población de 50.000 habi­tantes con­sti­tuía un 10% del total de la gente que vivía en la Penín­su­la Ibéri­ca (es curioso que a Tar­rag­o­na le ha costa­do casi dos mile­nios volver a ten­er un niv­el sim­i­lar de población, aho­ra viv­en aquí unas 130.000 per­sonas). Las ter­mas, el anfiteatro, el cir­co, los dos foros, infinidad de edi­fi­cios admin­is­tra­tivos… no falta­ba de nada en la que era por pleno dere­cho cap­i­tal provin­cial romana. Teng­amos en cuen­ta que su foro fue el may­or con­stru­i­do nun­ca por el impe­rio romano (supe­ri­or inclu­so a los de Italia): si existiera aho­ra mis­mo, den­tro cabría el Camp Nou. El foro era el alma de Tar­rag­o­na, todo el que quería ser alguien debía fig­u­rar aquí.

No creáis que tam­poco ha cam­bi­a­do mucho la dis­tribu­ción de la ciu­dad, ya que los mon­u­men­tos más impor­tantes siguen agrupán­dose en la parte alta, donde yace el cas­co antiguo, mien­tras Tar­rag­o­na se desliza hacia el puer­to, que se encuen­tra en el mis­mo pun­to donde esta­ba hace dos mil años. Comence­mos entonces nue­stro recor­ri­do.

Anfiteatro Romano

Cuan­do lleg­amos al anfiteatro, nos encon­tramos con la agrad­able sor­pre­sa de que la entra­da era gra­tui­ta ya que por obras de restau­ración, no se per­mitía el acce­so a las gradas y la are­na. No nos importó demasi­a­do ya que la ver­dad es que des­de donde real­mente se tiene una visión glob­al de lo que era este recin­to es des­de las alturas. Y como podéis apre­ciar en la fotografía, el Anfiteatro de Tar­ra­co era grandioso.

Los anfiteatros romanos eran donde se cel­e­bra­ban los com­bat­es de glad­i­adores, que se prac­ti­ca­ban en el impe­rio des­de el siglo III AC. El primer gran anfiteatro se con­struyó en la ciu­dad de Pom­peya. En los anfiteatros no sólo se orga­ni­z­a­ban com­bat­es de glad­i­adores (aunque sí eran estos los espec­tácu­los más impor­tantes) sino tam­bién cac­erías de ani­males, eje­cu­ciones públi­cas y car­reras de atletismo. Los glad­i­adores solían ser pri­sioneros de guer­ra a los que se les instruía en el arte de com­bat­ir y acos­tum­bra­ban a luchar por pare­jas.

El Anfiteatro de Tar­ra­co se con­struyó en el siglo II, muy cer­ca del ramal de la Via Augus­ta, la prin­ci­pal arte­ria de Tar­rag­o­na, y al lado del mar, para facil­i­tar el desem­bar­co de los ani­males que se traían por mar y aprovechan­do el desniv­el de una ter­raza para colo­car las gradas. Estu­vo en fun­cionamien­to durante dos sig­los, mide más de 100 met­ros de largo y podía acoger a más de 13.000 espec­ta­dores. Con­ta­ba con inven­tos de la época de lo más avan­za­dos, como un sis­tema de poleas que elev­a­ban las jaulas de los ani­males y a los pro­pios glad­i­adores o tol­dos abat­i­bles (el velario) que pro­tegían a los asis­tentes del sol del ver­a­no.

Anfiteatro Tarragona

Los espec­ta­dores esta­ban pro­te­gi­dos por el podio, un muro de más de tres met­ros de altura remata­do por una barandil­la. Este podio esta­ba remata­do por una gigan­tesca inscrip­ción (de las más exten­sas encon­tradas con ori­gen romano), la de Heli­ogába­lo, emper­ador que impul­só la refor­ma del anfiteatro en el año 221. Tiene méri­to que se hayan podi­do con­ser­var 79 blo­ques de piedra con letras esculp­i­das ya que a la muerte del emper­ador, esta inscrip­ción fue bor­ra­da en gran parte para con­denar al olvi­do la memo­ria y haz­a­ñas de Heli­ogába­lo.

Se con­ser­va tam­bién la gradería, donde los espec­ta­dores se agru­pa­ban depen­di­en­do de su esta­tus social. Jus­to en el medio esta­ba la tri­buna de las autori­dades; las gradas esta­ban recu­bier­tas por sil­lares, que se usaron después para pos­te­ri­ores con­struc­ciones. El resto de la gra­da fue recon­stru­i­da entre los años 1970 y 1973.

En el anfiteatro no sólo qued­a­ban restos romanos. Tam­bién se con­serv­a­ba parte de la basíli­ca del siglo VI que se con­struyó en hon­or del obis­po Fruc­tu­oso, que fue que­ma­do vivo jun­to a sus diá­conos. En el siglo XII se lev­an­taría sobre la basíli­ca visigóti­ca la igle­sia románi­ca de San­ta María del Mir­a­cle y en el siglo XVI el Con­ven­to de los Padres Trini­tar­ios. Después se con­stru­iría la Prisión del Mir­a­cle, donde esta­ban encar­ce­la­dos los pre­sos que con­struyeron el puer­to mod­er­no de Tar­rag­o­na. A prin­ci­p­ios del siglo XX se demolieron estos edi­fi­cios y ya en los años 70 se ini­ció la recu­peración del anfiteatro, restau­ran­do el com­ple­jo y recon­struyen­do parte de la gra­da. Des­de 1986 se han lle­va­do a cabo sin des­can­so excava­ciones arque­ológ­i­cas.
La Por­ta Tri­umphalis aún se con­ser­va: por aquí salían los glad­i­adores vence­dores, los perde­dores lo hacían por la Por­ta Libiti­nen­sis.

Bajo la are­na, esta­ban las fos­sae, donde se guard­a­ban las jaulas y los glad­i­adores disponían de una capil­la para orar antes de com­bat­ir. Con­trari­a­mente a la ima­gen que nos ha ven­di­do el cine de glad­i­adores murien­do en la are­na, esto no era lo habit­u­al, ya que la vida de un glad­i­ador suponía muchos miles de ses­ter­cios en entre­namien­to, manu­ten­ción y pro­mo­ción: gen­eral­mente, la car­rera de glad­i­ador era bas­tante lucra­ti­va y duradera.

Cir­co Romano

La entra­da a las ruinas del Cir­co Romano cues­ta 3,30 euros. Aunque pue­da dar la impre­sión de que no es mucho lo que se con­ser­va, en com­para­ción con otros cir­cos romanos como el pro­pio de Roma (del que quedan unas cuan­tas piedras, pese a que en su época fue el may­or del mun­do, con capaci­dad para 125.000 espec­ta­dores) o el de Méri­da, el de Tar­rag­o­na puede con­sid­er­arse el mejor con­ser­va­do del mun­do. Sobre todo tenien­do en cuen­ta que fue con­stru­i­do hace dos mil años, en época de Domi­ciano, y que se encon­tra­ba en el recin­to inte­ri­or de la ciu­dad, cus­to­di­a­do por las mural­las, algo poco habit­u­al entonces debido al gran tamaño de los cir­cos. Lo curioso es que la may­or parte de dicho cir­co se encuen­tra bajo las propias vivien­das de los tar­ra­co­nens­es que viv­en hoy en día en la ciu­dad.

Circo Tarragona

El Cir­co de Tar­ra­co tenía unas medi­das excep­cionales aunque no exce­si­vas para su época: 325 met­ros de largo, 115 de ancho y capaci­dad para 25.000 espec­ta­dores. Aquí se cel­e­bra­ban las famosas car­reras de cuadri­gas, el espec­tácu­lo más segui­do de la época. El cir­co estu­vo en acti­vo cer­ca de cin­co sig­los, has­ta que le devoró el aban­dono con la lle­ga­da de los árabes. Ya en época medieval pasó a con­ver­tirse en un área sub­ur­bial cono­ci­da como El Cor­ral ya que aquí se cel­e­bra­ban muchas activi­dades vin­cu­ladas a la ganadería.

El cir­co se man­tu­vo aún así en bas­tante buen esta­do has­ta que las tropas napoleóni­cas, al par­tir en reti­ra­da, destrozaron con voladuras bue­na parte del com­ple­jo. Después, con la expan­sión urbanís­ti­ca de los sig­los XIX y XX, los restos del cir­co quedarían camu­fla­dos por vivien­das y nego­cios. No sería has­ta 1977 cuan­do comen­zarían los tra­ba­jos de recu­peración del cir­co, que se han pro­lon­ga­do has­ta la actu­al­i­dad.

Circo Tarragona

El cir­co forma­ba parte antaño del foro provin­cial. Con la lle­ga­da al poder del emper­ador Ves­pasiano, fun­dador de la dinastía Flavia, en el año 70 AC, Tar­ra­co pasa por una rev­olu­ción urbanís­ti­ca. Se con­stru­iría entonces el gran foro provin­cial de dos ter­razas. En la ter­raza supe­ri­or se insta­larían los edi­fi­cios de cul­to impe­r­i­al a dios­es y emper­adores, en la infe­ri­or se ubi­ca­ban las sedes admin­is­tra­ti­vas y de gob­ier­no. El proyec­to, que tardó más de un siglo en com­ple­tarse, cul­mina­ba con la con­struc­ción del cir­co en una ter­cera ter­raza, la más baja de todas.

La facha­da del cir­co con­ta­ba con 56 arcadas, de las que sólo se han con­ser­va­do tres: por la primera de ellas se accede a la bóve­da de San Hermenegildo, que per­mitía el paso de ani­males y de per­sonas. Tenía una lon­gi­tud de un cen­te­nar de met­ros, de los que se han con­ser­va­do la mitad. Delante de la facha­da se con­ser­va la mural­la del siglo XIV, cono­ci­da como La Mural­leta, que ayudó a inte­grar el cir­co en la ciu­dad medieval.

Las car­reras de car­ros son uno de los espec­tácu­los más antigu­os de la época romana: ya se prac­ti­ca­ban en el siglo VIII AC. Las car­reras podían alargarse durante un día entero y esta­ban finan­ciadas por per­son­ajes adin­er­a­dos y políti­cos que pre­tendían ascen­der puestos en la Admin­is­tración del Esta­do. Hay una clara sim­bología reli­giosa en los cir­cos: la are­na rep­re­senta­ba la Tier­ra, los car­ros el Sol y se daban siete vueltas en hom­e­na­je a los siete días de la sem­ana. Los doce car­ros sim­boliz­a­ban los doce meses del año (y los doce sím­bo­los del zodía­co) y los col­ores (verde, azul, rojo y blan­co) a las cua­tro esta­ciones del año. Así mis­mo estas car­reras se aso­cia­ban con el paso del tiem­po, el ciclo de la vida y la muerte y el año agrario.

Los auri­gas eran los con­duc­tores de los car­ros y como nue­stros fut­bolis­tas, goz­a­ban de fama y suel­dos mil­lonar­ios (lo mis­mo ocur­ría con sus cabal­los, a los que todo el mun­do conocía por su nom­bre). En Tar­rag­o­na se encon­traron dos láp­i­das funer­arias de dos auri­gas que com­pi­tieron en este cir­co, Fus­cus y Euty­ches (quien fal­l­e­ció con poco más de 20 años), y que fueron muy famosos en su época.

Por una escalera accedemos a la parte supe­ri­or del cir­co, el viso­ri­um, des­de donde podemos obser­var los restos de las graderías, de las que se con­ser­va el mortero romano (cemen­to) con el que fueron con­stru­idas y pos­te­ri­or­mente recu­bier­tas por piedra, y parte de la Torre de las Mon­jas, esta de la época medieval. Las graderías esta­ban sep­a­radas de la are­na por un muro de dos met­ros de grosor para pro­te­ger a los espec­ta­dores de posi­bles acci­dentes. Den­tro del cir­co podían encon­trarse tam­bién taber­nas donde se adquiría comi­da y bebi­da y salas para hac­er apues­tas.

Torre del Pre­to­rio

La Torre del Pre­to­rio (o Castil­lo de Pilatos) es una torre con­stru­i­da en el siglo I que per­mitía el paso des­de la ciu­dad baja has­ta el foro. Los nor­man­dos la usaron como for­t­aleza, en época medieval pasaría a con­ver­tirse en res­i­den­cia de la coro­na cata­lano-aragone­sa y se encuen­tra comu­ni­ca­da con el cir­co por pasadi­zos sub­ter­rá­neos. Actual­mente, tras pasar por varias refor­mas en el siglo XIV y ser usa­da como recin­to mil­i­tar y prisión provin­cial de Tar­rag­o­na, sirve como sede de exposi­ciones; en ella se puede admi­rar el sar­cófa­go de Hipól­i­to, que se recu­peró del mar, y su azotea nos regala unas vis­tas pre­ciosas de Tar­rag­o­na.

Torre del Pretorio Tarragona

 

Mural­las de Tar­ra­co

Tienen una gran impor­tan­cia históri­ca ya que se cree que fueron la primera obra romana de impor­tan­cia fuera de Italia, una demostración de fuerza del impe­rio, que quería dejar claro su dominio sobre His­pania. Aún se con­ser­va un kilómetro de mural­la de los cua­tro ini­ciales que tuvo en su día. Esta­mos por tan­to en la parte alta de la ciu­dad, jun­to al cam­po de Marte. Más conc­re­ta­mente en el Por­tal del Ros­er, que aunque es medieval, atraviesa las mural­las romanas.

Murallas Tarragona

 

Ram­bla Nova

La Ram­bla Nova es la aveni­da prin­ci­pal de Tar­rag­o­na, un largo paseo de un kilómetro de lon­gi­tud y casi 50 met­ros de anchu­ra. Aquí se encuen­tran algunos de los pun­tos más intere­santes de la ciu­dad, como la plaza Tar­ra­co (con­sid­er­a­da el kilómetro cero de la ciu­dad), dos de los teatros más impor­tantes (el Metropol y el de Tar­rag­o­na) o la Fuente del Cen­te­nario. Como imag­i­narás, es aquí donde se con­cen­tran los tar­ra­co­nens­es para cel­e­brar fes­tivi­dades como la Sem­ana San­ta o el Car­naval. En la Ram­bla Nova se encuen­tran edi­fi­cios tan boni­tos como la Cam­bra de Com­erç de Tar­rag­o­na, la Cámara de Com­er­cio.

Rambla Nova

Rambla Nova

Al final de la Ram­bla Nova se encuen­tra la estat­ua de Roger de Lau­ria, el almi­rante ital­iano de ori­gen nor­man­do que ayudó al rey Pedro III a exten­der el dominio de la Coro­na de Aragón por el Mediter­rá­neo. Está con­sid­er­a­do uno de los grandes estrate­gas de las batal­las marí­ti­mas y fue uno de los respon­s­ables de que con­sol­i­da­do el dominio sobre lugares clave como Nápoles, Sicil­ia o Mal­ta, el reino de Aragón se con­virtiera en uno de los más poderosos del sur de Europa.

Estatua Tarragona

El Bal­cón del Mediter­rá­neo

¿Sabes que una de las expre­siones más cono­ci­das en Tar­rag­o­na es “a tocar fer­ro” (tocar hier­ro)? La expli­cación es sen­cil­la: se cuen­ta que tocar la barandil­la del Bal­cón del Mediter­rá­neo da suerte. El Bal­cón, con­sid­er­a­do uno de los mejores miradores de nue­stro país, se encuen­tra a 40 met­ros de altura y ofrece unas mar­avil­losas vis­tas sobre el Mediter­rá­neo y la Playa del Mir­a­cle. Des­de aquí se divisa tam­bién la enorme pasarela acrista­l­a­da que sal­va el desniv­el entre el paseo marí­ti­mo y la parte alta de la ciu­dad.

Balcon Mediterraneo Tarragona

Mon­u­men­to a los Castellers

Una de las tradi­ciones más boni­tas de Cataluña es la de los castells, esas tor­res humanas de entre seis y nueve pisos de altura que en el año 2010 fueron declar­adas Pat­ri­mo­nio Inma­te­r­i­al de la Humanidad. Es en Tar­rag­o­na donde los castells alcan­zan su máx­i­ma expre­sión, pese a que estu­vieron a pun­to de desa­pare­cer a prin­ci­p­ios del siglo XX. Sin embar­go, gra­cias sobre todo a una reivin­di­cación de la iden­ti­dad cata­lana desa­pare­ci­do el fran­quis­mo y su pres­en­cia en la cer­e­mo­nia inau­gur­al de los Jue­gos Olímpi­cos de Barcelona 92, los castells han vivi­do una segun­da explosión de apoyo y pop­u­lar­i­dad.

Para la ciu­dad, los castells son ya un sím­bo­lo de iden­ti­dad. Una tradi­ción que pre­tenden acer­car al vis­i­tante medi­ante el proyec­to “Tar­rag­o­na, ciu­dad de castells”, con vis­i­tas guiadas a los locales donde los castellers ensayan. A nosotros el mon­u­men­to ded­i­ca­do a los castellers en las calles de Tar­rag­o­na nos pare­ció de largo uno de los rin­cones más boni­tos de la ciu­dad.

Monumento Castellers

 

Plaza Pal­lol

La Plaza Pal­lol nos pare­ció espec­tac­u­lar, pese a su pequeño tamaño. Es de esos lugares que pare­cen haberse queda­do detenidos en el tiem­po. Se con­ser­van ruinas romanas del siglo I, pertenecientes al foro provin­cial. Cer­ca se encuen­tra la Casa Museo Castel­lar­nau, una vivien­da del siglo XV que ha tenido invi­ta­dos tan ilus­tres como Car­los I y donde se encuen­tra el Museo de His­to­ria de Tar­rag­o­na. Y tam­bién la Maque­ta de la Ciu­dad Romana de Tar­ra­co, den­tro del edi­fi­cio de la Antigua Audi­en­cia (la visi­ta es gra­tui­ta, esta es la segun­da maque­ta romana más grande del mun­do, por detrás de la de la propia Roma). En la plaza desta­ca el pre­ciosísi­mo edi­fi­cio Vol­ta del Pal­lol, de ori­gen medieval.

Plaza Pallol Tarragona

Cat­e­dral de Tar­rag­o­na

La Cat­e­dral de Tar­rag­o­na, cono­ci­da como la Seu, es de lo más sin­gu­lar. Por un lado, en sus cimien­tos se hal­la la semi­l­la arqui­tec­tóni­ca de la igle­sia, un tem­p­lo romano ded­i­ca­do a Augus­to. Por el otro, sólo hay que echar un ojo a la fotografía: la cat­e­dral está inacaba­da. Esto se debió a que aunque la con­struc­ción se alargó durante más de dos sig­los, esta no pudo finalizarse ya que la peste negra se llevó por delante a bue­na parte de la población y Tar­rag­o­na quedó prác­ti­ca­mente arru­ina­da.

Catedral Tarragona

La Cat­e­dral es una de las grandes pro­tag­o­nistas de las fies­tas de la ciu­dad, las de San­ta Tecla, que se cel­e­bran a finales de Sep­tiem­bre, ya que frente a la igle­sia se lev­an­tan los famosos castells humanos. Las fies­tas de San­ta Tecla (que serían como los san­fer­mines tar­ra­co­nens­es) se cel­e­bran des­de el siglo XV y en ellas es impre­scindible com­er atún con cara­coles (los cara­coles son otro de los platos estrel­la en Cataluña), par­tic­i­par en los pasacalles del Corte­jo Pop­u­lar, asi­s­tir a las rep­re­senta­ciones de Dames i Vells (una especie de chirig­o­tas satíri­c­as) y pres­en­ciar los cor­refue­gos que se lle­van a cabo a lo largo de la Ram­bla Nova.

Murales de Tar­rag­o­na

Una de las cosas que más nos gustó de Tar­rag­o­na es que en cualquier rincón podías encon­trarte una estu­pen­da mues­tra de street art, lo que con­trasta­ba bas­tante con las ruinas romanas. Es el caso de la plaza del Sedas­sos, donde en 1995 el pin­tor Car­les Aro­la quiso retratar algunos de los ele­men­tos más car­ac­terís­ti­cos del folk­lore tar­ra­co­nense como los nanos (cabezu­dos).

Mural Tarragona

Mer­ca­do de Tar­rag­o­na

El Mer­ca­do Cen­tral de Tar­rag­o­na se encuen­tra en pleno cen­tro de la ciu­dad y sería para Tar­rag­o­na el equiv­a­lente a La Boquería de Barcelona. Es obra de uno de los arqui­tec­tos mod­ernistas más impor­tantes de Cataluña, Josep Maria Pujol de Bar­berà. Ocu­pa la plaza Corsi­ni, donde antigua­mente se ubi­ca­ba un descam­pa­do en el que los chavales juga­ban al fút­bol.

Tiene más de un siglo de vida y tras un largo peri­o­do de reha­bil­itación, se le dio un enfoque más dirigi­do al tur­is­mo (como le ha ocur­ri­do a tan­tos mer­ca­dos de toda la vida). En este caso, sin embar­go, la con­ver­sión parece haber sido para bien y en su inte­ri­or podrás encon­trar varias dece­nas de puestos ofre­cien­do algunos de los pro­duc­tos más típi­cos de Tar­rag­o­na. Por cier­to, si te gus­ta lo de “mer­cadear”, recuer­da que cada domin­go por la mañana, de 09:00 a 16:00, se cel­e­bra el mer­cadil­lo de Bonav­ista en el bar­rio del mis­mo nom­bre.

Mercado Tarragona

Plaza de la Font

Si hay un lugar que los viernes y sába­dos al caer la noche bulle de vida, esta es la Plaza de la Font, donde encon­tramos el Ayun­tamien­to y mul­ti­tud de ter­razas a su alrede­dor. Los pre­cios son bas­tante más acce­si­bles que los de los restau­rantes del puer­to y el Ser­ral­lo, por lo que en mi opinión es mejor com­er por esta zona. Además, algunos de estos restau­rantes han respeta­do los restos romanos encon­tra­dos en excava­ciones y los mues­tran en el inte­ri­or de los locales (no sólo en la plaza sino en otras partes de la ciu­dad, puedes encon­trar restos romanos en restau­rantes como Les Voltes o la pizzería Pul­v­inar, lla­ma­da así por la tri­buna prin­ci­pal del cir­co romano, los locales son súper boni­tos). Nosotros comi­mos en la Plaza de la Font en el restau­rante Cap­puc­ci­no dos de los platos más típi­cos de Tar­rag­o­na: el arroz con boga­vante y el bacalao con sal­sa romesco.

Plaza de la Font Tarragona

Bar­rio de El Ser­ral­lo

Uno de los lugares con más encan­to de Tar­rag­o­na es el Ser­ral­lo, el bar­rio marí­ti­mo que se extiende a las fal­das de la ciu­dad cata­lana. Des­de el siglo XIII los pescadores habían ido asen­tan­do sus chabo­las de madera en la cer­cana playa del Mir­a­cle y en la desem­bo­cadu­ra del río que atraviesa Tar­rag­o­na, el Fran­colí. Sería ya en el siglo XIX cuan­do los pescadores comen­zaran a ocu­par las casitas que con­for­man el Ser­ral­lo actu­al, agru­padas en calle­jones estre­chos, rode­an­do a la igle­sia de Sant Pere (patrón de los pescadores), por donde es una deli­cia pasear al atarde­cer.

Serrallo Tarragona

Serrallo Tarragona

El Ser­ral­lo es donde se alin­ean los restau­rantes espe­cial­iza­dos en marisco y pesca­do (Tar­rag­o­na cuen­ta con una Denom­i­nación de Ori­gen Pesca­do Azul de Tar­rag­o­na). Eso sí, ten en cuen­ta que estos restau­rantes son bas­tante caros. Nosotros cen­amos una de las noches en uno cer­ca del puer­to, L’An­co­ra del Port Esportiu, y aunque la comi­da esta­ba bue­na, nos pare­ció bas­tante escasa a niv­el can­ti­dad (la ración de nava­jas ape­nas traía una doce­na y el pulpo a la gal­le­ga es lo que en Madrid sería media ración). Eso sí, hacían una piña nat­ur­al cubier­ta por cre­ma cata­lana que quita­ba el sen­ti­do, jus­to es recono­cer­lo.

Serrallo Tarragona

Serrallo Tarragona

Tuvi­mos la suerte de que nue­stro via­je coin­ci­diera con la pres­en­cia en el puer­to del galeón Andalucía, la répli­ca de los bar­cos que en el siglo XVI cruz­a­ban el Atlán­ti­co rum­bo a Améri­ca. Se suponía que iba a estar en Tar­rag­o­na sólo unos días en Abril pero debieron alargar la estancia por motivos que descono­ce­mos. El galeón ha pasa­do por algunos de los puer­tos más impor­tantes del mun­do, como los de Hong Kong, Nue­va York, Mani­la, Shang­hai o Sin­ga­pur.

Galeon Andalucia

Des­de el paseo marí­ti­mo se accede a la parte alta por una enorme pasarela de 300 met­ros de cristal lla­ma­da el Moll de Cos­ta (tam­bién hay ascen­sores). La usaréis bas­tante para bajar a la playa y la zona del puer­to. Aquí se encuen­tran los tinglados, antigu­os almacenes de mer­cancías de los pescadores que aho­ra se han recon­ver­tido en cen­tros cul­tur­ales y de exposi­ciones, cuan­do nosotros estu­vi­mos había un cer­ta­men de bailes pop­u­lares. En algunos de estos tinglados se han insta­l­a­do las sedes del Museo del Puer­to y exposi­ciones arque­ológ­i­cas.

En la calle Trafal­gar, donde hay más restau­rantes y cafeterías, se puede admi­rar un boni­to con­jun­to escultóri­co de la artista Béa­trice Bizot.

Serrallo Tarragona

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Qué (y dónde) com­er en Tar­rag­o­na

Arroz

Nues­tra recomen­dación gas­tronómi­ca:

La Vora del Ebre

Siem­pre que via­jamos a algún sitio, lle­va­mos apun­ta­dos en la agen­da “restau­rantes que no nos podemos perder”. Nues­tra prin­ci­pal apues­ta en el via­je a Tar­rag­o­na era un lugar de lo más espe­cial, La Vora del Ebre, un restau­rante espe­cial­iza­do en la gas­tronomía del delta del Ebro. El delta es un humedal tar­ra­co­nense que se enorgul­lece de con­tar con mul­ti­tud de cul­tivos de arroz, no obstante tiene recono­ci­da la Denom­i­nación de Ori­gen de sus pro­duc­tos agrí­co­las. Y fuera de Tar­rag­o­na, no creáis que es tan fácil encon­trar platos tan car­ac­terís­ti­cos de la zona como algunos de los que probamos.

Men­ción espe­cial para el xapadil­lo de anguila que nos sirvieron en tosta­da y acom­paña­do con tomate. El xapadil­lo es un salazón que cura la anguila, deján­dola después secarse al sol con un poco de pimen­tón. Nosotros, que cada ver­a­no subi­mos unos días a Valen­cia a ver a los ami­gos, sole­mos com­er la anguila en el par­que de La Albufera, en un pla­to muy común de esas tier­ras que se lla­ma all i pebre. Pero lo cier­to es que en xapadil­lo nos gustó aún más, quizás porque su sabor no es tan agre­si­vo al pal­adar.

Anguila ahumada
El pro­duc­to estrel­la del delta del Ebro, como no, es el arroz. En La Vora del Ebre lo preparan de un mon­tón de for­mas difer­entes (arroz negro, cal­doso de Galera, con pato, con anguila, a ban­da…) Nosotros nos decanta­mos por el de bacalao y alca­chofas. Qué bue­na elec­ción.

Arroz con bacalao
El postre nos sor­prendió muchísi­mo (fre­sas calientes y picantes con pimien­ta y una bola de hela­do) y como cortesía de la casa, un licor de arroz típi­co de la zona. Si algu­na vez pasáis por Tar­rag­o­na, ya sabéis donde debéis com­er sí o sí (mejor reser­var, nosotros cogi­mos mesa casi de casu­al­i­dad).

Restau­rante la Vora del Ebre

Car­rer de Barcelona 7 (Tar­rag­o­na)

Telé­fono 977 25 16 45 . Cier­ra los lunes.

 

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No nos coin­cidió nue­stro via­je a Tar­rag­o­na con la tem­po­ra­da de calçots (que suele exten­der­se de Diciem­bre a Abril) pero si es tu caso, aprovecha para catar­los porque están riquísi­mos, a mí me chi­flan. Lo que no perdi­mos la ocasión de com­er fue un buen bacalao con sal­sa romesco, como comen­ta­mos ahí arri­ba. Y es que el romesco no sólo se usa para acom­pañar a los calçots sino tam­bién como base de un mon­tón de platos. El romesco nació del inge­nio de los pescadores de Tar­rag­o­na, que cogieron lo que tenían más a mano (ajo, pimien­to seco, pan, aceite, sal y vino) y crearon esta sal­sa para coci­nar el pesca­do que traían a diario en sus bar­cas de madera.

En la calle Trin­quet Vell, jun­to a las ruinas romanas que ves aquí aba­jo, se encuen­tra la cerve­cería arte­sanal Twins. Fuimos a picotear algo una de las noches, así que ya ves qué vis­tas tan fan­tás­ti­cas teníamos des­de la ter­raza donde cen­amos. Lo lle­van dos her­manas geme­las (de ahí el nom­bre), Nuria y Montse. El proyec­to nació de manos de Montse, que real­izó un mas­ter de cerveza arte­sana en Man­ches­ter y enseñó a su her­mana todos los secre­tos de esta téc­ni­ca de elab­o­ración.

Tarragona

Aunque sólo lle­van dos años en acti­vo, ya han con­segui­do colo­carse como la cerve­cería arte­sana de ref­er­en­cia en Tar­rag­o­na, con pro­duc­ción propia (como la Eclip­sis Twins o la In Solem Twins) y una amplia car­ta de cervezas inter­na­cionales. Además, la car­ta de comi­da merece mucho la pena: alu­ci­namos con los huevos rotos con tru­fa y las beren­je­nas con miel y soja.

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Recomen­dación indis­pens­able. Los hela­dos más leg­en­dar­ios de Tar­rag­o­na se elab­o­ran en Sir­vent des­de hace casi cien años. Todos a base de pro­duc­tos nat­u­rales. Os ase­guro que son adic­tivos. Tienes siete tien­das repar­tidas por Tar­rag­o­na, las más cén­tri­c­as en Ram­bla Vel­la y Plaça de la Font.

 

Tar­ra­co Viva

 

Des­de hace 22 años, se cel­e­bra el fes­ti­val Tar­ra­co Viva, que pre­tende acer­carnos a lo que era la Tar­rag­o­na Romana y el modo de vida de los habi­tantes de hace dos mile­nios. Deberás con­sul­tar anual­mente en qué fechas exac­tas se cel­e­bra la edi­ción cor­re­spon­di­ente para inten­tar reser­var alo­jamien­to con la may­or antelación posi­ble, ya que se acer­ca gente de toda España para dis­fru­tar de estas fes­tivi­dades tan curiosas.

La may­or parte de las activi­dades de estas entretenidas jor­nadas (que sue­len exten­der­se entre una y dos sem­anas) son gra­tu­itas, lo que suma atrac­ti­vo a la cita. Sue­len ser más de un cen­te­nar de actos que abar­can des­de concier­tos a obras de teatro, con­fer­en­cias, exposi­ciones, mer­cadil­los, des­files, lec­turas drama­ti­zadas, recrea­ciones históri­c­as… Los restau­rantes de la ciu­dad sue­len orga­ni­zar tam­bién jor­nadas gas­tronómi­cas, las Tar­ra­co a Taula, en las que se ofre­cen menús al esti­lo romano, base de nues­tra actu­al dieta mediter­ránea. Tar­rag­o­na se viste de gala durante su sem­ana grande, mostran­do al mun­do que 2000 años después es más romana que nun­ca.

 


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