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Así viajábamos de niños: blogueros recuerdan sus viajes de infancia

Hace unos meses publicamos un artículo que disfrutamos muchísimo escribiendo: Así viajábamos antes de que existiera internet. Los viajes, gracias a las nuevas tecnologías, han cambiado enormemente la forma en que ahora nos movemos por el mundo. Pero echar la vista atrás y recordar aquellos tiempos en que las vacaciones las organizaban nuestros padres y nosotros nos adaptábamos con gusto a cualquier destino propuesto nos llena de nostalgia. Por ello hemos querido confeccionar un artículo en el que recopiláramos aquellos imborrables recuerdos y desempolváramos fotografías cubiertas de polvo. Para ello hemos contado con el testimonio de un buen montón de amigos blogueros de viaje, que se han brindado a relatarnos con una sonrisa en los labios cómo viajaban de niños, en esa época en que la inquietud viajera ya comenzaba a dar muestras de que nos acompañaría de por vida.

Nuria – Muero Por Viajar

Recuerdo que durante toda mi infancia cada verano, Navidad y Semana Santa viajaba junto a mi familia de Barcelona a un pequeño pueblo de Albacete, mi padre nació allí y teníamos a toda la familia paterna. El viaje era duro, nos metían en el coche durante la madrugada, porque mi padre decía que así no había tráfico, y llegábamos al pueblo por la mañana… ¡pero casi que con jet lag! Pasábamos los días en bicicleta, en la piscina y jugando todos los primos, era muy divertido.

Un año, después de estar unos días en familia, hicimos una escapada a las Lagunas de Ruidera, un parque natural con unas 15 lagunas naturales que está repartido entre las provincias de Albacete y Ciudad Real. Recuerdo que fue muy divertido bañarse en las lagunas, ir en embarcaciones a pedales, pasear… dormimos en un apartamento que no tenia TV (el único entretenimiento de la época) ni llegaba la cobertura de la radio y cada día, después de pasar la mañana en las lagunas, visitábamos algún pueblo próximo por las tardes… ¡creo que aquí empezó mi amor por los road trips!

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Alex – Mochila Expres

Maletas, bañador, sombrilla, gafas de bucear y un sinfín de trastos que meter en el Renault 12. Mi hermano y yo asomábamos la cabeza para respirar durante las más de 10 horas que teníamos hasta Andalucía o Levante. Mis padres, cansados del lluvioso clima bilbaíno, nos llevaban en agosto a zonas de playa para cargarnos las pilas. Fueron mis primeros pasos con la casa a cuesta y guardo entrañables recuerdos.

Tuve la suerte de tener unos padres con ciertas inquietudes y me llevaron a conocer gran parte del patrimonio español. Uno de esos viajes me marcó para toda mi vida. Durante una estancia en Benidorm nos acercamos a visitar el Safari-Park Vergel, una reserva donde vivían animales salvajes en régimen de semilibertad. Por primera vez pude ver los animales de las películas de Tarzán que tanto me habían hecho soñar en mi infancia. Leones, jirafas, ñus y cebras se pavoneaban ante mis atónitos ojos. Lloré al ver a algunas de aquellas fieras. Fue un amor a primera vista y el comienzo del sueño hasta conseguir verlos en África.

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Tomás García – Viajero Crónico

La primera vez te marca y yo recuerdo mi primer viaje como si fuese ayer, aunque ya hace veinte años de aquello. Y eso que no he debido ser de los niños que más viajase con mis padres porque a los míos no es algo que les gustase especialmente, aunque ahora se han aficionado. Habíamos ido al Pirineo aragonés, a Alicante y sobre todo habíamos hecho muchas rutas por Cataluña, nuestra tierra. Pero un año decidieron  que el destino fuera Tenerife y esa iba a ser la primera vez que yo iba a coger un avión. ¡Qué ilusión! Recuerdo el vuelo, los nervios previos, el aterrizaje… Tengo mil imágenes de aquel primer vuelo en mi memoria, mil emociones que aún puedo sentir de nuevo cada vez que pienso en ello. Y recuerdo cuando vi por primera vez ante mí el Teide. Me pareció enorme, precioso. ¡Estaba ante el pico más alto del país!

Era un  preadolescente y recuerdo aquello como si fuera ayer y puede que fuese allí donde se forjasen las bases de quien ahora soy, una persona inquieta casi hasta la desesperación, siempre pensando en nuevos destinos, en descubrir cosas nuevas y en aprender todo lo posible del mundo que nos rodea. Viajar me ha enseñado a conocer, a aceptar, a tolerar y a contextualizar. Y fue en aquel viaje a Tenerife y frente al Teide cuando por primera vez me sentí diminuto ante el mundo que nos rodea y supe todo lo que podría aprender de él.

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Alejandra Castro – Viajar Cueste Lo Que Cueste

Cuando era niña siempre esperaba las vacaciones de verano y llegar al mar, a la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires, Argentina. Solo nos separaban cuatrocientos kilómetros de distancia, que hace más de cuarenta años atrás eso era lejísimos y se viajaba distinto. Pero uno de los viajes que marco mi niñez, casi adolescencia, fue llegar a las Cataratas del Iguazú, un viaje junto a mis padres, tíos y primos. Cuando las vi quede impresionada, cuanta fuerza tenía el agua, qué colores extraños (naranja) tenía la tierra y que comidas tan distintas a las mías, siendo un mismo país, escuchaba otros acentos y otras costumbres.

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Marta y Javi – Con Un Par De Maletas

Siendo sincero, mi infancia no fue muy viajera. Nuestras vacaciones de verano las pasábamos visitando a la familia del pueblo, de esos veranos guardo muy  buenos recuerdos, y todos los puentes enganchábamos la caravana al coche para ir de acampada al monte, en los años 80 se podía acampar libremente 😉

Durante mi infancia no puedo destacar ningún viaje en concreto pero en esa época se sembró una semilla que años más tarde ha brotado con fuerza. Durante mis vacaciones escolares me embarcaba en una aventura, la aventura de ser ayudante de camionero junto a mi padre.  Pasábamos 5 o 6 días llevando y trayendo mercancías por Europa… Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, incluso una vez tuvimos que ir hasta Suecia. Me encantaba ver cómo iba cambiando el paisaje, escuchar otros idiomas, probar comidas nuevas, bebidas extrañas, lo complicado que resultaba todo y lo satisfecho que me sentía cuando lo conseguía… Creo que en esos años me entró el llamado “virus viajero”.

Hemos empezado a viajar tarde, pero desde que empezamos no hemos parado y tampoco tenemos intención alguna de hacerlo. ¡Gracias , papá!

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Claudia – Janonautas

Durante la infancia pude, con mis padres, disfrutar de viajes y visitas culturales. Entre estos, el que más me marcó fue nuestro viaje a Egipto. Fue la primera gran aventura que viví, tenía entonces 7 años. Recuerdo que sentía gran interés por el país, su cultura y su historia. Por este motivo, disfrutarlo en primera persona fue una experiencia inolvidable. Además, era la primera vez que visitaba una sociedad tan distinta a la mía y me hizo darme cuenta de la gran diversidad cultural que hay en el mundo. Navegar por el Nilo, explorar los templos y finalmente encontrarme con las gigantescas pirámides de Giza significó, para el yo de aquel momento, descubrir el gusto y el sentimiento a viajar que me sigue acompañando todavía.

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Anselmo Herranz – Con La Mochila

Cuando éramos pequeños es hace ya mucho tiempo: 35 años. Por aquel entonces, los “grandes viajes” eran los que hacíamos en las quincenas de vacaciones que tenían nuestros padres y solían ser al Levante español. Aunque aún quedan recuerdos de esas playas y esos pueblos que visitábamos, lo que más me impresionaba (y aún me impresiona cuarenta años después) era la disposición de mis padres para viajar de la forma que fuese. Tenían mis padres por aquel entonces un Renault 12 ranchera, de esos que tienen el maletero comunicado con el resto del vehículo. El día previo a la salida del viaje quedaba todo preparado para que en el coche pudiese entrar la comida para las vacaciones, las maletas con la ropa, mis padres, mis dos hermanos y yo. Parece fácil ¿verdad? Las maletas y las provisiones al maletero y cada uno a su sitio… Pues no.

Yo, siendo el mayor, tengo el recuerdo grabado a fuego en la memoria. Hacíamos el viaje casi siempre de noche, para que fuésemos dormidos la mayor parte del tiempo, pero lo mejor era que hacíamos el viaje ¡metidos en el maletero! Tumbados, arropados con una manta, recorríamos la distancia que separa nuestro pueblo de los destinos en la costa levantina. Cuando nos despertábamos, si era antes de llegar, nos sentábamos y jugábamos en el amplio espacio que había en la parte trasera. Eran otros tiempos, otras normativas de circulación, pero, sobre todo, eran las ganas y la ilusión de irse de vacaciones. Hoy nos toca como padres vivir con ilusión nuestros viajes junto a nuestra peque.

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Patricia Rojas – La Cosmopolilla

Mi primer viaje “al extranjero” fue a Portugal. Tenía unos diez años y siempre recordaré la emoción de tener mi primer pasaporte en las manos, agregada a mi madre, claro. Cruzamos desde Galicia, por el río Miño, pisamos tierras lusas y cambiamos pesetas por escudos. Sí, era el siglo pasado, no existían los euros ni la Unión Europea. Entonces Portugal se me antojaba otra galaxia de pueblos en otro planeta donde se hablaba “raro” y se comía mucho bacalao. Recorrimos el norte en coche. Creo que ya me quedé “infectada” por el virus viajero porque pasé ese año contando mi aventura a mis compañeros de cole y soñando con volver. Debe ser que lo deseé con mucha fuerza porque ya son incontables las veces que he viajado al país vecino, del que me enamoran todos sus rincones y sobre todo, la gastronomía de Portugal.

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Ana y Sergio – Con Billete De Vuelta

Un viaje te puede cambiar la vida, y a veces, también abrirte la puerta de un mundo desconocido. El viaje del que hoy voy a hablaros no se puede considerar un “gran viaje”, ni mucho menos. Ahora bien, la experiencia de viajar solo por primera vez con mis amigos de toda la vida la recordaré siempre como algo grandioso.

Con motivo de final de curso viajamos a París y allí descubrimos una ciudad enorme y cosmopolita. Por primera vez, salíamos de nuestra querida Barcelona para visitar una de las capitales del mundo. Allí nos enamoramos de sus avenidas, de sus pastelerías, de su gente, de la Torre Eiffel, de su ambiente bohemio… y sobre todo, de los dos parques de atracciones que visitamos: Disneyland y Astérix. Un viaje que, sin duda, siempre recordaremos con mucho cariño por ser el primero.

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Rocío – Womanword

Me levanto por la mañana, el sol refleja las persianas de mi habitación en ondas que me recuerdan la arena del mar y con el primer café, leo un email que me invita a pensar en mis viajes de la infancia. Todos y cada uno de ellos marcaron el camino que recorro hoy: vivo de viaje. Recuerdo los comienzos del verano, tarde, al caer Septiembre con sus bellas luces y sus olores diferentes. Salir con el coche cargado de maletas hasta arriba, yo dormida en la parte de atrás, espatarrada todo lo largo que mi metro de altura me permitía, sin cinturón de seguridad y saboreando un sandwich de Nocilla con los carrillos llenos de chocolate y moviendo los pies descalzos a contra luz en la ventana jugando con las formas del cielo.

Salíamos de noche, la luna aún brillando, marcando el sendero, y mi padre, con su magia de cuentos de aventuras , convenciéndome de que ésta viajaba con nosotros: “Mira la luna, Rocío, ella siempre te acompaña, viene contigo al mar”. Era verdad y yo me lo creía y sonreía maravillada sintiéndome parte de un universo, agradecida por ese regalo que me hacían la luna y las estrellas y el cielo y el camino al mar. Viajábamos a Valencia con la música de Espinete y los Panchos a todo meter, reinventando las estrofas y subiendo el volumen con  “me voy pa’l pueblo” y “panadero soy”. Recuerdo llegar al mar y jugar con los gatos del garaje, correr hacia la playa, subirme a los brazos de mi madre y sentir el agua para bañarme en sus azules mirando al horizonte y mojarnos los pies entre risas. Esa calma de rutina que clama libertad permanecerá en mi corazón, por siempre.

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Gloria y Jose – El Viaje Me Hizo A Mi

Recuerdo que me marcó mucho la primera vez que fui a Marruecos con 13 o 14 años. Nunca había visto una cultura tan diferente a la nuestra y fue increíble descubrir que a tan sólo unas horas de mi casa (por aquel entonces vivía en Algeciras) había gente que vivía de un modo tan distinto. Sólo fuimos a Tánger y Tetuán y me llamó la atención la entrada a la medina de esta última ciudad. Había una gran plaza que estaba vacía, sólo había una decena de soldados, y en cambio el acceso a la medina se hacía por una estrecha calle en la parte derecha de la plaza, donde la gente se daba empujones totalmente hacinada. Esa desigualdad a tan sólo unos kilómetros de casa me impactó de tal forma que estuve hablando de ellos durante semanas al volver del viaje.

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Rocío Manzano – Meand Mr World

De las vacaciones de las que os quiero hablar se han repetido varios años durante mi infancia pero Almería marcó todos los veranos (y muchas navidades) de mi niñez. Si bien parece un lugar poco conocido y escondido, Almería es todo un paraíso por descubrir. Está lejos, muy lejos, sobretodo si viajas en coche con 80 maletas y toda tu familia desde el otro lado de la península. Pero pienso en Almería y siento el olor a crema solar pegajosa con arena, recuerdo postales en mi mente de playas increíbles y escucho al gentío en las calles de la ciudad al atardecer para tomar unas tapas, ¡y qué tapas!

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Todavía recuerdo claramente algunas cosas de uno de mis primeros viajes con mi familia. De hecho, al revisar algunas viejas fotos, me doy cuenta que apenas tenía cinco o seis años. Recuerdo nítidamente la imagen de Morella y su castillo en lo alto de la montaña. Muchos años después me sigue pareciendo el pueblo más bonito de la Comunidad Valenciana, arrinconado al norte, en el Maestrazgo, cerca de los límites con Teruel. Sus calles estrechas y empedradas, su imponente castillo, su catedral gótica y su bonito claustro de arcos apuntados. Aquí nos fotografiaron a mi hermano mayor y a mí, con esa “mirada de acero”. Quizá de allí venga mi fascinación por la Historia, las ciudades medievales y los castillos. Aunque quizá me acuerde tan bien de aquel viaje porque mi padre trabó amistad con un lugareño que nos contó que aquel lugar montañoso y reseco había sido un mar en época prehistórica y nos enseñó su espectacular colección de fósiles. Nos ofreció regalarnos uno a mi hermano y a mí. Y desde entonces tengo un precioso fósil de erizo de mar encontrado a 70 kilómetros de la costa.

 

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Loli y Mario – Viajando En Furgo

Lo que más nos marcó a los dos en nuestra vida viajera cuando éramos unos jovenzuelos no fue un viaje en sí sino más bien una circunstancia. El pertenecer a un grupo scout hizo que empezar a salir de casa fuera del ámbito familiar empezase a gustarnos. Hizo que los destinos donde la naturaleza es la protagonista sean nuestros favoritos. Allí, además, nos infundieron valores como el respeto y la empatía hacia el lugar donde viajamos. Y, por qué no, que seamos más apañados que MacGyver.

Uno de los primeros viajes que hicimos juntos y que tenemos especial cariño fue nuestro primer road trip a Pirineos. Cinco amigos apiñados en un coche enano, un Polo Bel-Air, con las cinco mochilas y una tienda de campaña en el maletero (todavía no me explico cómo cabía todo), con nuestras botas “Kamet Enduro” que pesaban una barbaridad  y con unas ganas enormes de disfrutar a tope. Fue la primera vez que hicimos descenso de barrancos, conocimos el Parque Nacional de Ordesa, pasamos a Francia… Dormíamos al raso la gran mayoría de las veces: debajo de un merendero, en un prado, incluso hacíamos “cuneting” (parar el coche en la cuneta de una carreterucha y dormir allí mismo). Ay… Aquellos maravillosos años…

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Naiara – Modo Traveller

Recuerdo mis viajes de infancia con mucho cariño. Solíamos ir de acampada a algún paraje natural. Antes no había tantas restricciones, se podía acampar con mayor libertad y no había masificaciones, lo que nos permitía tener un contacto con la naturaleza todavía más auténtico. Recuerdo especialmente la escapada a La Graya, una singular pedanía de Albacete donde un año celebramos mi sexto cumpleaños. ¡Fue el cumpleaños más especial! No teníamos tarta y yo quería soplar las velas, así que mi padre se fue al pueblo más cercano, Elche de la Sierra, y me trajo una tarta helada que se derretía mientras soplaba las velas. ¡Eso me hizo reír mucho!

Solíamos estar completamente solos, rodeados de los animales que habitaban allí. Nos gustaba levantarnos temprano para ir a buscar ciervos y por la noche nos íbamos con la linterna porque les brillaban los ojos y eran muy fáciles de localizar. Veíamos las ardillas corretear entre los árboles y yo me ponía nerviosa de la emoción.

Había un pequeño río y a mi hermana y a mí nos encantaba que mi padre nos ayudara a cruzarlo a hombros, ¡el agua estaba helada! Llegar al otro lado del río era todo un reto. El pobre pasaba descalzo entre las piedras del río y se congelaba los pies con nosotras dos a cuestas. ¡Hay que ver lo que hace un padre por sus hijas! Una vez, mi padre encontró una navaja e hizo una escoba con ramas secas para barrer la tienda de campaña. Al estar prácticamente inhabitada la zona, no teníamos muchos recursos, por lo que aprendíamos sobre supervivencia. En una ocasión, nos fuimos a dar un paseo por la montaña y encontramos la casita de un pastor. Nos llevó a su cortijo donde nos enseñó su ganado y nos dejó tocar algún cabritillo. ¡Nos encantaban los animales!

Eran escapadas que hoy en día es muy difícil vivir. La poca conciencia de las personas por el respeto al medio ambiente, las masificaciones… han hecho que haya cada vez más restricciones… Estos viajes me llenaban de alegría y creo que fueron los culpables de mi actual espíritu viajero y aventurero. De no saber exactamente dónde voy a dormir, qué me voy a encontrar… pero sobre todo, de tener el contacto más auténtico con la gente que encuentras por el camino y las maravillas que nos brinda la naturaleza.

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6 replies »

  1. ¡Qué maravilla de artículo! Gracias por dejarme formar parte. Han pasado muchos años y cambiado muchas cosas, pero está claro que seguimos teniendo la misma pasión y ganas de viajar que hace un par de decenas de años 😉

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