INDONESIA – Yogyakarta

Nuestro viaje por el sudeste asiático nos llevaba de Singapur hasta tierras indonesias,a la legendaria isla de Java,conocida como el Cinturón de Fuego del Pacífico por la gran cantidad de volcanes aquí acumulados,convirtiéndola en una de las zonas con mayor actividad sísmica de todo el planeta.Es la isla más poblada del mundo,con 124 millones de habitantes,y la decimotercera más grande del mundo.Debido precisamente a su enorme extensión,decidimos centrarnos en la parte este de la isla,la que nos parecía más interesante a nivel cultural,para iniciar nuestra aventura por Indonesia y que posteriormente nos llevaría a la otra isla más famosa del país:Bali.

Nuestro primer destino era Yogyakarta,la única provincia del país que aún hoy en día es un sultanato de la época precolonial.Muchísimo más cómoda de recorrer que Jakarta,la caótica capital, Yogykarta es conocida por concentrar en sus entrañas los cimientos del arte javanés y probablemente la urbe que mejor ha sabido conservar sus tradiciones.Conocida cariñosamente entre sus habitantes como Yogya y con una población que apenas sobrepasa las 400.000 personas,es además punto de entrada para dos de los monumentos más visitados del país, Borobudur y Prambanan.En definitiva,el corazón palpitante de Indonesia,la nación con más musulmanes de todo el planeta,con casi 240 millones de habitantes.

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El aeropuerto de Yogyakarta es tan pequeñito que aterrizas a pie de pista y te toca esperar a pleno sol los trámites aduaneros.La verdad que la aduana parecía un mercadillo,con locales y extranjeros pegándose por entrar en la minúscula terminal y escapar de un sol de justicia.A mí me recordaba un poco a esas escenas que salen en las películas,con aeródromos en repúblicas bananeras donde te sellan el pasaporte en una caseta de madera.El visado cuesta 25 dólares (se puede pagar en euros también y te devuelven el cambio en rupias pero no admiten tarjetas) y como os digo era todo muy de estar por casa,con las maletas amontonadas en un rincón y cada uno preocupándose de encontrar la suya.Por cierto,no perdais el papelito que os dan cuando os den el visado,que hay que presentarlo a la vuelta (y pagar una tasa de salida del país equivalente a unos diez euros).

En cuanto al tema dinero,la rupia está devaluadísima,lo que evidentemente beneficia al visitante (en el momento de nuestro viaje el cambio era de 1 euro=15.000 rupias,por lo que tenías que llevar siempre encima un fajo de billetes que te sentías Rockefeller y no había manera de cerrar la cartera).Indonesia es uno de los países más baratos donde he viajado nunca,hubo algunos días donde comer en un tugurio de carretera un refresco y un nasi goreng (el plato típico indonesio del que os hablaré después) salía por poco más de 50 céntimos de euro.

Nuestro bungalow estaba donde Cristo perdió el mechero y después de regatear con los taxistas,conseguimos sacar el viaje para los cuatro por unos 12 euros,por algo más de 30 kilómetros de recorrido.La cuestión es que pese a que Yogyakarta no tenga una población muy grande,al ser una zona sísmica casi todas las casas son de una planta y la ciudad se encuentra “desparramada” a lo ancho,amén de la locura de motos que sabíamos que constituía el centro de la ciudad,por lo que decidimos reservar el alojamiento a las afueras (y menudo acierto,la verdad,quedamos contentísimos).Teníamos el bungalow cerca de Bantul,el pueblo que en el 2006 se hizo mundialmente conocido cuando un terremoto de 6,3 grados en la escala Richter arrasó esta zona,dejó en pie sólo un 20% de las casas y se llevó por delante la vida de más de 6.000 personas,en uno de los seísmos más mortíferos de la historia de la Humanidad.

El caso es que el taxista se volvió un poco loco hasta que consiguió dar con nuestro resort (nos encontrábamos en plena selva,a medio camino entre Yogyakarta y las aguas del océano Índico),pero la verdad que cuando llegamos a nuestros bungalows,los Omah Tembi, retozábamos de alegría.Eran mucho mejor que cuando les vimos en internet y exactamente lo que buscábamos en Indonesia:un lugar perdido en medio de la nada,alejados de cualquier indicio de civilización y escondidos entre los arrozales.Una delicia.

Igual que en el blog de Singapur os comentaba que del hotel habíamos salido echando pestes,para los Omah nada más que tenemos buenas palabras.Sólo eran cuatro bungalows, por lo que los teníamos “monopolizados” entre nosotros,que íbamos dos parejas,y otra pareja de gays alemanes a los que apenas vimos el pelo.Eran preciosos,grandísimos (casi 50 metros cada bungalow),todos de madera,decorados “a la indonesia”,con una cama enormísima de dos metros de anchura, baño semiexterior de piedra (hasta se colaban las ranas cuando te estabas duchando),un porche enorme y el sonido de cientos de animales cada vez que te ibas a dormir.El personal de allí apenas chapurreaban inglés pero lo cierto es que amabilísimos,se desvivieron con nosotros.Y el precio,de risa.Con desayuno incluido (que,por supuesto,se tomaba al aire libre),nos salieron las 5 noches por 94 euros.Vamos,un auténtico chollo.

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Los arrozales con los que nos despertábamos cada mañana.Al lado teníamos un cementerio javanés (creo que es la primera vez que duermo al lado de un cementerio!) y una mezquita llena de lucecitas de colores que le daban el toque kitch a nuestra estancia selvática…Asia es así!!;)

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Como en nuestro bungalow la única pega es que el menú era algo escasillo (era un negocio familiar y la verdad que a las 9 la cocina ya estaba cerrada) fuimos a cenar varias noches a un resort cercano,el D’omah Yogyakarta,que tenía un restaurante de madera francamente espectacular,frente a una laguna donde cenabas escuchando a las ranas croando.Tanto la comida como el sitio eran de auténtico lujo y ya veis,salíamos cada noche,con bebidas,postres y entrante y plato principal por unos diez euros por persona.

Esto es un sabrosísimo tahu telor,uno de los platos más típicos de la gastronomía javanesa.Por cierto,el gurameh bakar,un pescado de agua dulce servido con salsa de lima,también sabrosísimo.Y no olvideis probar el pato:en Indonesia es uno de los platos nacionales y lo preparan incluso mejor que los chinos.

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El taxi hasta el centro de Yogyakarta suponía un trayecto de poco más de 20 minutos y la cantidad ridícula de cuatro euros (vamos,que movernos a la ciudad nos salía por un euro por cabeza).Eso sí,sí os quedais en los Omah avisad para que os los pidan por teléfono,que os recuerdo que aquello está perdido en medio de la nada.Lo de ver quinientos millones de motos circulando sin ningún tipo de orden ni norma de tráfico era algo de lo que ya estaba curada de espanto tras mi viaje por Vietnam pero aún así,las cosas como son,impresiona ver a familias enteras sin cascos metiéndose por cualquier recoveco (llegué a ver a madres dando el biberón a sus bebés).El caso es que la moto es el vehículo por excelencia y en Indonesia permiten que en cada una vayan hasta cuatro pasajeros.

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La verdad que Yogyakarta se ve con facilidad en uno o dos días,por lo que es recomendable que le añadais un par de días o tres a la visita para merodear luego por los alrededores,que son aún más interesantes que la propia ciudad.Nosotros aprovechamos para visitar también Borobudur y Prambanán,de los que os hablaré en otra entrada del blog.

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La arteria principal de Yogya es Jl Malioboro,bautizada así por el duque de Marlborough,y es una larguísima calle donde se amontonan los centros comerciales de corte occidental junto a mercadillos de cualquier índole y donde puedes encontrar unas gangas de órdago (nosotros nos trajimos camisetas chulísimas de grupos de rock a 4 euros).Es el eje principal de la ciudad y de un modo u otro acabarás siempre paseando por aquí, sorteando a motos,personas y becacks (vehículos de tres ruedas que son una mezcla entre los rickshaws indios y los tuctucs tailandeses).Por cierto,no pagues más de un euro y medio o dos por cualquier trayecto en taxi dentro de la ciudad.

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El edificio más importante de todo Yogyakarta es el Kraton o Palacio del Sultán.Este enormísimo recinto amurallado es como una pequeña ciudad dentro de Yogya.El complejo es tan sumamente enorme que en su interior viven aún hoy en día más de 25.000 personas,con su propio mercado,tiendas de artesanía y mezquitas.

La entrada al Kraton cuesta algo menos de 50 céntimos (7.000 rupias) y madruga para verlo porque cierra a las 14,00 horas.Dentro del espectacular complejo,aún sigue viviendo el actual sultán y aunque predomina el estilo javanés con el que se construyó en 1756, posteriormente,a principios del siglo XX, se añadieron estructuras de corte europeo que lo han convertido en una curiosa fusión entre Oriente y Occidente.Aquí se sigue manteniendo la tradición como en pocos lugares de Java y es habitual ver deambulando a diferentes mayordomos con la ropa javanesa como antiguamente.

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El Bangsal Kencana, el Pabellón Dorado, es la recepción oficial y centro de todo el Kraton:su techo está decorado minuciosamente y sostenido por robustas columnas de madera de teca.Gran parte del Kraton se utiliza como museo,donde se exponen regalos realizados por familias reales europeas,instrumentos tradicionales y exposiciones de fotografías de los distintos sultanes que han pasado por el palacio.En los alrededores,se encuentran los a´rboles sagrados,los banyan,junto a los que antiguamente (y pacientemente) hacían cola los que esperaban la audiencia del soberano.Si tienes suerte,puedes toparte con actuaciones de danza clásica (los domingos por la mañana) y de cantantes de música tradicional javanesa.

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Otra de las visitas que se pueden hacer en Yogyakarta es a las ruinas de Taman Sari,el antiguo Castillo de Agua.Es una pena que quede tan poquito de este antiguo palacio de recreo que hace siglos estaba plagado de preciosas piscinas para el sultán y su séquito.El complejo quedó destrozado por las guerras javanesas y el posterior terremoto de 1865.

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Si hay algo que ha dado fama mundial a Java esto es el batik,la técnica de aplicar cera e incluso pasta de arroz en los tejidos para fijar los estampados,Este arte centenario aún se sigue practicando a mano en muchísimos rincones de Indonesia pero es en la zona de Yogyakarta donde cobran mayor importancia.Nosotros aprovechamos para acercarnos a una galería de arte donde se enseñaba esta técnica única en el mundo a los estudiantes,donde nos mostraron cómo era el proceso y como la elaboración de un batik podía ocupar desde una semana a un mes,y aprovechamos para comprar algunos como regalo para amigos y familares.Si te traes alguno,recuerda que la mejor forma de lucirlos es enmarcándolos y colocando detrás una luz que resalte el dibujo.La galería donde los adquirimos es la Purnomo Art Gallery (Kemetiran Kidul GT II/4).

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Otro de los días lo gastamos en acercarnos a la playa de Parangtritis.Aunque es muy peligroso bañarse,ya que las olas pueden llegar a alcanzar los siete metros de altura y las corrientes son muy traicioneras,es un sitio ideal para irte a pasar unas horas a pasear y tomarte un zumo de coco mientras admiras el atardecer.A los javaneses les encanta venirse aquí a relajarse y es curioso ver como las mujeres (musulmanas,claro) se meten en el agua totalmente vestidas.En los chiringuitos que hay cerca de la playa nos comimos unos nasi goreng y unos nasi rames picantísimos por poco menos de un euro.El nasi goreng es el plato más típico de Java (arroz frito).Pero de la comida indonesia ya os hablaré con profundidad en el blog de Bali,que dí allí un cursillo de cocina indonesia y aprendí un montón de cosas…aparte de degustar nuestras propias creaciones!!;)

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Esta curiosa playa donde nadie va en traje de baño

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. David dice:

    Que os costaron los batiks ?

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    1. Muy baratos para la calidad que tenían, unos 15 euros cada uno.

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