Detroit: una ciudad apocalíptica

A veces una ima­gen dice más que mil pal­abras, caso de la fotografía que ilus­tra este artícu­lo. Hablam­os de la míti­ca Detroit, una ciu­dad que llegó a ser la cuar­ta más grande de Esta­dos Unidos, sólo super­a­da por Nue­va York, Los Ange­les y Chica­go y que a día de hoy es sólo una triste som­bra de lo que fue. Se ha evap­o­ra­do un 63% de la población, pasan­do de casi dos mil­lones de habi­tantes a poco más de 700.000, con­vir­tien­do este éxo­do humano en el úni­co equipara­ble en todo ter­ri­to­rio esta­dounidense al que sufrió Nue­va Orleans tras el paso del huracán Kat­ri­na. Bue­na cul­pa de ello la ha tenido la cri­sis económi­ca: es la may­or ciu­dad de USA que se ha declar­a­do ofi­cial­mente en ban­car­ro­ta. Las arcas del ayun­tamien­to están tan vacías que la may­oría de los bar­rios no pueden per­mi­tirse ten­er alum­bra­do públi­co o ser­vi­cio de recogi­da de basur­as, dan­do una ima­gen total­mente ter­cer­mundista.

Detroit fue durante muchos años, sobre todo en la déca­da de los 50, la gal­li­na de los huevos de oro de los yan­kees. Su indus­tria del automóvil, coman­da­da por la todo poderosa Gen­er­al Motors, con­sigu­ió que de cada cin­co coches que se vendían en el mun­do, cua­tro se habían fab­ri­ca­do en Detroit. Este boom indus­tri­al atra­jo a miles de per­sonas de todo el país, moti­vadas por el empleo seguro y buenos salarios. Sin embar­go, con el tiem­po se empezó a acabar la época de vacas gor­das: les comían ter­reno los coches impor­ta­dos de Japón y la Gen­er­al comen­z­a­ba a lev­an­tar plan­tas en otras ciu­dades. Se ini­cia­ba el triste oca­so de una ciu­dad que lo tuvo todo y todo lo perdió.

Suma­do a este declive económi­co, se añadió el hecho sig­ni­fica­ti­vo, e impor­tan­tísi­mo en el desar­rol­lo social de Detroit, de la lle­ga­da al poder de su primer alcalde negro, Cole­man Young, quien se hacía lla­mar a sí mis­mo “moth­er­fuck­er in charge” (el hijo de puta al car­go), dejan­do claro que si el racis­mo había oprim­i­do durante años a la población de col­or, aho­ra iban a cam­biarse las tor­nas. Sólo unos años antes los dis­tur­bios raciales habían deja­do dece­nas de cadáveres en las calles, lo que empu­jó a la aco­moda­da clase blan­ca a refu­gia­rse en los sub­ur­bios de las afueras y que la clase negra se apropi­ara del cen­tro de la ciu­dad. Si en 1950 un 84% de la población era blan­ca, hoy los datos son jus­to a la inver­sa. El racis­mo hacia los blan­cos sigue en auge:el actu­al alcalde, la ex estrel­la de la NBA Dave Bing, ha declar­a­do sin tapu­jos que por él “los blan­cos se pueden ir al carajo,no los nece­si­ta­mos para nada”.

En Detroit se acu­mu­lan las casas aban­don­adas, miles de ellas, se cal­cu­la que cer­ca de 80.000 inmue­bles. Su pre­cio se ha deval­u­a­do tan­to que muchas de ellas se venden a un pre­cio simbólico:un dólar. Los inquili­nos, al aban­donar sus casas, muchas de ellas inclu­so con el mobil­iario, ven como sus antiguas vivien­das son embar­gadas por el ayun­tamien­to al dejar de pagar impuestos, quien las pone en sub­as­ta a ese pre­cio sim­bóli­co y,aún así,no logra despo­jarse de ellas. Es difí­cil encon­trar com­prador, nadie quiere mudarse a un bar­rio donde sus calles hace años que no ven pasar un coche, donde no hay sum­in­istro de agua ni elec­t­ri­ci­dad y donde la policía tar­da una media de una hora en apare­cer ante una lla­ma­da de emer­gen­cia. Los incen­dios se suce­den uno detrás de otro en una urbe que actual­mente tiene el dudoso hon­or de ser la segun­da más peli­grosa de Esta­dos Unidos, sólo super­a­da por Flint, a cien kilómet­ros de Detroit.Y pese a haber miles de casas aban­don­adas, más de 19.000 per­sonas viv­en sin un techo donde guare­cerse. He ahí la parado­ja.

Vídeo de un dron sobrevolan­do Detroit cortesía de Fire­GroundIm­ages. Las imá­genes son escalofri­antes.

Aunque las cifras ofi­ciales hablan de un índice de paro del 20% (menos que en España), la real­i­dad es otra y la may­oría de los locales denun­cian que esta cifra en la prác­ti­ca se iría has­ta casi el 50%. Encon­trar empleo, y más bien remu­ner­a­do, no es tarea fácil, prin­ci­pal­mente porque ape­nas hay lugares donde poder tra­ba­jar. Hos­pi­tales, escue­las, teatros, hote­les, todos mueren aban­don­a­dos comi­dos por la mis­e­ria. Inclu­so la estación prin­ci­pal de tren, la Michi­gan Cen­tral Sta­tion, un colos­al edi­fi­cio de varias plan­tas que la con­vir­tió en la más grande del país, hoy yace bajo toneladas de escom­bros, esperan­do el acoso de los espec­u­ladores inmo­bil­iar­ios.

Las calles del cen­tro han per­di­do tan­tísi­ma población y hay tan­tos solares vacíos que se da un curioso fenó­meno: es fre­cuente encon­trar huer­tos impro­visa­dos en pleno cas­co urbano. Los pocos veci­nos que aún aguan­tan aquí al menos aprovechan la ven­ta­ja de tan­to ter­reno en desu­so para cul­ti­var sus propias hor­tal­izas. En una ciu­dad donde más del 35% de sus habi­tantes viv­en bajo el umbral de la pobreza, cualquier tru­co es váli­do para lle­gar a fin de mes con la tri­pa llena.

Detroit se ha con­ver­tido en muy pocos años en una ciu­dad apoc­alíp­ti­ca que parece extraí­da de algu­na pelícu­la futur­ista. Sus calles están tan desier­tas que los ani­males sal­va­jes de los bosques cer­canos han comen­za­do a apropi­arse de ellas en vista de que no parece haber humanos que ame­n­a­cen su super­viven­cia. Puedes andar varias horas por la ciu­dad sin cruzarte con ningu­na otra per­sona. Toneladas de basur­as acu­mu­ladas con el pos­te­ri­or ries­go de epi­demias, casas incen­di­adas, fábri­c­as que alo­jaron a miles de tra­ba­jadores en ries­go de der­rumbe. Bib­liote­cas aban­don­adas reple­tas de libros mien­tras en los bar­rios más pobres las escue­las no cuen­tan con el más mín­i­mo mate­r­i­al esco­lar.

Las medi­das que el gob­ier­no ha toma­do en los últi­mos años para reac­ti­var la economía local, reconozcá­moslo, no han servi­do abso­lu­ta­mente para nada. Hay que ser muy memo para pen­sar que la solu­ción al prob­le­ma, con afán de recau­dar impuestos, iba a ser lev­an­tar un mon­tón de casi­nos, en una ciu­dad donde la gente, lit­eral­mente, se está murien­do de ham­bre. El fra­ca­so, inevitable­mente, fue estrepi­toso. A esto debe­mos sumar­le la pun­til­la de la cor­rup­ción políti­ca, que arrasó con los pocos ahor­ros que qued­a­ban en las arcas del ayun­tamien­to (el alcalde Kwame Kil­patrick ingresa­ba en prisión acu­sa­do de 24 car­gos, entre ellos fraude, sobor­no y chan­ta­je).

Una ciu­dad que acu­mu­la más de 20.000 mil­lones de dólares de deu­da, donde sólo fun­ciona un ter­cio de las ambu­lan­cias, cada vez hay menos policía pese a que aquí las mafias y las pandil­las cam­pan a sus anchas (o pre­cisa­mente por ello), las comis­arías están cer­radas una media de 16 horas diarias y se sufre una tasa de 43 homi­cidios por cada 100.000 habi­tantes, es decir, ocho veces la media nacional de un país donde ya de por sí la pal­abra asesina­to está a la orden del día. La inse­guri­dad es tal que la propia policía advierte a los vis­i­tantes que entran en Detroit bajo su propia respon­s­abil­i­dad. Un 47% de la población es anal­fa­be­ta, unos índices que ya casi ni se ven en pueb­los per­di­dos de Africa, lo que dice mucho de la nula pre­ocu­pación de los gob­er­nantes por garan­ti­zar una edu­cación públi­ca a los niños (sólo en 2009 se cer­raron 29 cole­gios). El oca­so de un megaim­pe­rio donde se pasó de vivir en el paraí­so al más macabro de los infier­nos.


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo