Viaje a Ouarzazate y sur de Marruecos

Ait Ben Haddou

Ouarza­zate, cono­ci­da como la Puer­ta del Desier­to, era una de esas asig­nat­uras via­jeras que habíamos ido dejan­do pen­di­ente en nue­stros via­jes por Mar­rue­cos. El moti­vo no era otro que su situación y lo com­pli­ca­do que esta­ba lle­gar: volar has­ta Mar­rakech y des­de allí tomar un bus que durante cua­tro horas de via­je nos lle­varía por una de las car­reteras más peli­grosas de África. Aña­di­en­do a esto que cono­ce­mos de sobra cómo se las gas­tan los mar­ro­quíes detrás del volante, íbamos posponien­do una y otra vez la escapa­da a esta parte del país. Y os ase­gu­ramos que ganas no nos falta­ban. De hecho, ya habíamos ded­i­ca­do hace tiem­po un artícu­lo a la ciu­dad, Ouarza­zate: el Hol­ly­wood de Mar­rue­cos .

El misterio de las kasbahs de marruecos (1)

Imag­i­nad nues­tra cara de feli­ci­dad cuan­do hace ape­nas unos meses Ryanair anun­cia­ba por sor­pre­sa una nue­va ruta direc­ta Madrid-Ouarza­zate. Por fin una aerolínea se per­cata­ba de que había miles de via­jeros en nues­tra mis­ma situación y más sabi­en­do que Ouarza­zate es un pun­to turís­ti­co impre­scindible ya que des­de aquí se parte a algu­nas de las regiones más autén­ti­cas e intere­santes de Mar­rue­cos. Has­ta el momen­to, eran poquísi­mas las com­pañías aéreas que vola­ban a este aerop­uer­to minús­cu­lo, prin­ci­pal­mente Roy­al Air Maroc hacien­do vue­los inte­ri­ores.

Aprovechan­do que tenía una sem­ana de vaca­ciones en Enero, hablé con tres ami­gas y decidi­mos plan­ear el via­je. Las fechas eran ópti­mas ya que en ver­a­no las tem­per­at­uras son inso­porta­bles (se sobrepasan los 50 gra­dos) y pasadas las Navi­dades, tam­poco encon­traríamos demasi­a­do tur­is­mo, lo que nos daba ven­ta­ja en el rega­teo de las excur­siones que deseábamos hac­er. Ya que he men­ciona­do el tema del cli­ma, comen­tar que aunque sea el sur del país, no os con­fiéis y vengáis en man­ga cor­ta. Por el día el sol bril­l­a­ba (unos 17 gra­dos) pero por la noche las tem­per­at­uras caen muchísi­mo. Vamos, que es invier­no.

Tenien­do en cuen­ta que volábamos un martes, se redu­jo bas­tante el pre­cio del bil­lete: 56 euros ida y vuelta. Con equipa­je de cab­i­na y elec­ción de asien­to inclu­i­do, que ya sabéis que aho­ra Ryanair tam­bién lo cobra. Estu­vi­mos con la incer­tidum­bre de si volaríamos al final o no porque los trip­u­lantes de cab­i­na de la com­pañía con­vo­caron huel­ga jus­to el día que salíamos. Así que ahí nos teníais a las cua­tro oje­an­do todos los días los per­iódi­cos a ver cómo avan­z­a­ban las nego­cia­ciones. A últi­ma hora la huel­ga fue des­man­te­la­da, aunque de todos mod­os nos garan­ti­zaron que en cualquier caso volaríamos ya que los ser­vi­cios mín­i­mos cubrían el 57% de las rutas con menos de dos vue­los y el nue­stro era el úni­co a Ouarza­zate. Por cier­to, que no sé si es porque era entre sem­ana o porque aún muchos via­jeros se enfrenta­ban a la cues­ta de Enero pero qué sen­sación más extraña encon­trarse un vue­lo de Ryanair medio vacío.

Ya os lo hemos comen­ta­do en otros artícu­los que hemos ded­i­ca­do a Mar­rue­cos pero nun­ca está de más recor­dar que sí, para entrar en el país nece­si­tas pas­aporte y que este ten­ga una fecha de caduci­dad pos­te­ri­or a los tres meses tras tu lle­ga­da. Los trámites adu­aneros esta vez duraron un sus­piro ya que como os digo el aerop­uer­to de Ouarza­zate es minús­cu­lo: nue­stro avión era el úni­co de la pista. Tan pequeño como para que ni siquiera dispon­ga de cajero automáti­co, la primera vez que me encuen­tro con esta situación en un aerop­uer­to. Lo que sí hay es casa de cam­bio (¿y cajero no? sigo sin com­pren­der­lo), así que allí cam­bi­amos nue­stros primeros dirhams, que en dicho momen­to se cam­bi­a­ba a 1 euro = 11 dirhams. Como no hay tar­i­fas ofi­ciales de los taxis pero sabíamos que la ciu­dad esta­ba cerqui­ta, regateamos con un taxista y sacamos el via­je para las cua­tro por 100 dirhams.

Antes de con­tin­uar con el rela­to del via­je, debo hac­er un parón para hablar de un tema que en ese momen­to era des­gra­ci­ada­mente la noti­cia más comen­ta­da en el país: el asesina­to de dos tur­is­tas escan­di­navas (una dane­sa y una norue­ga) y que se saldó con el arresto de una vein­te­na de per­sonas, rela­cionadas con la red ter­ror­ista ISIS. Nos pre­gun­tábamos si se habría desa­ta­do una psi­co­sis colec­ti­va entre los tur­is­tas que desea­ban vis­i­tar Mar­rue­cos, que el año pasa­do recibió 11 mil­lones de vis­i­tantes y que cada vez que ve caer un 10% el tur­is­mo, el resul­ta­do es una caí­da sim­i­lar del 1% del pro­duc­to inte­ri­or bru­to. Sin embar­go, los mar­ro­quíes nos comenta­ban después que Mar­rue­cos seguía con­sid­erán­dose un país de lo más seguro y que la may­oría de la gente extran­jera era con­sciente de que ese tipo de inci­dentes ais­la­dos pueden ocur­rir en cualquier lugar del mun­do. A noso­tras no nos dio la impre­sión de que los tur­is­tas con los que nos cruzamos estu­vier­an ater­ror­iza­dos. Por eso, si estáis con algu­na sen­sación de temor, os ani­mo a que releeáis el artícu­lo Via­jar a Mar­rue­cos sien­do mujer: desmon­tan­do pre­juicios porque mi opinión con­tinúa estando igual de vigente.

En esta ocasión el hotel que elegi­mos fue el Ibis Ouarza­zate , que como bien podéis ver en las fotos, poco tiene que ver con los Ibis tradi­cionales y nos sor­prendió ver el buen gus­to que habían tenido al adap­tar su arqui­tec­tura al del resto de la ciu­dad, sim­u­lan­do ser una kas­bah. Un hotel pre­cioso con pisci­na (que no dis­fru­ta­mos por las bajas tem­per­at­uras pero sí de su ter­raza), salón con chime­nea, habita­ciones bas­tante amplias y un desayuno buf­fet real­mente com­ple­to. El pre­cio fue de 55 euros la doble.

Ibis Ouarzazate

Cuan­do he comen­ta­do lo de la arqui­tec­tura de Ouarza­zate es porque real­mente impre­siona ver la ciu­dad des­de las alturas cuan­do lle­gas en avión y tienes la suerte de que el cielo esté despe­ja­do. La arqui­tec­tura se basa en las for­ti­fi­ca­ciones de las kas­bahs, lo que hace de ella un lugar muy espe­cial. Todos sus edi­fi­cios, que ape­nas super­an las dos o tres plan­tas, lucen bajo el sol con ese col­or del adobe, dán­dote la impre­sión de que has lle­ga­do a uno de los lugares más mági­cos de África. Y de hecho lo es.

Ciu­dad rel­a­ti­va­mente pequeña, con poco más de 70.000 habi­tantes, hace hon­or al sig­nifi­ca­do de su nom­bre (ciu­dad tran­quila), que, por cier­to, se pro­nun­cia uarsasat. Puedes ir pase­an­do tran­quil­a­mente a todos los pun­tos de interés y aún así, si quieres tomar un taxi, el trayec­to no te costará más de uno o dos euros. Com­para­da con otras ciu­dades mar­ro­quíes, donde el caos, los gri­tos y el aje­treo es lo habit­u­al, Ouarza­zate se con­vierte en la excep­ción: esca­so trá­fi­co, med­i­nas cal­madas con vende­dores (pocos) que ape­nas se esfuerzan en atraer clien­tela y un rit­mo pau­sa­do que ayu­da a recor­dar lo cer­ca que se encuen­tra el desier­to de aquí.

Ouarzazate

Nosotros dedi­caríamos los primeros días a des­cubrir la ciu­dad y los dos últi­mos los gas­taríamos hacien­do excur­siones a los alrede­dores. Tuvi­mos la suerte de que nada más lle­gar al hotel conoci­mos a Allal, respon­s­able de la agen­cia Desert Dream , una de las mejores de la ciu­dad. Y como sabíamos que el rega­teo en Mar­rue­cos es casi una obligación, ahí nos pusi­mos con él mano a mano para ver en cuán­to se nos qued­a­ba el pre­cio. Antes de via­jar allí, ya había vis­to que en gen­er­al las excur­siones eran bas­tante caras, a una media de 100 euros por per­sona y día. Noso­tras al final sacamos las excur­siones por 60 euros diar­ios por per­sona y además Allal nos regaló una cena extra en una jaima pre­ciosa y el trasla­do al aerop­uer­to a la vuelta. Un encan­to de anfitrión, sólo ten­emos bue­nas pal­abras para él. De los pre­cios e itin­er­ar­ios os hablare­mos más ade­lante.

Buen ejem­p­lo de la tran­quil­i­dad urbana de la que os hablábamos es la Place al Mouahi­dine. Es aquí donde se cel­e­bra el mer­ca­do cen­tral de la ciu­dad pero no son más que unos cuan­tos puestos donde bus­can barati­jas las amas de casa. Que habrá alguno que vea esto como una desven­ta­ja pero por mi parte, tras tan­tos via­jes a Mar­rue­cos, casi agradez­co poder deam­bu­lar oje­an­do cosas sin ago­b­ios. Pre­cisa­mente en esta plaza aprovechamos para com­er en el restau­rante Galerie D’Art, muy mod­es­ti­to pero con una comi­da estu­pen­da (fab­u­loso el cous­cous). El pre­cio, de risa: 210 dirhams las cua­tro, a unos cin­co euros por cabeza.

Place al Mouahidine

Ouarzazate

Ouarzazate

Si algo nos había lle­va­do al sur de Mar­rue­cos, esto eran sus mag­ní­fi­cas kas­bahs. De ellas os hemos habla­do múlti­ples veces en otros via­jes mar­ro­quíes pero es aquí, al sur, donde estas alcan­zan su cen­it, tan­to en número como en cal­i­dad de con­ser­vación. De ahí la Ruta de las Mil Kas­bahs, una de las más pop­u­lares del país. Pero ¿qué son exac­ta­mente las kas­bahs? For­ti­fi­ca­ciones de leyen­da que se han con­ver­tido por dere­cho pro­pio en la ima­gen más car­ac­terís­ti­ca de nue­stro país veci­no.

Estas for­t­alezas de ori­gen bere­ber no sólo servían para pro­te­gerse de los ataques de ene­mi­gos e intru­sos (al prin­ci­pio las tribus bere­beres guer­re­a­ban entre sí y luego lo harían con­tra los france­ses) sino tam­bién del frío, el calor o las tor­men­tas de are­na. Con­stru­idas a par­tir de adobe (arcil­la, estiér­col y paja), es por dicho mate­r­i­al por el que con­ser­van su exte­ri­or tipi­ca­mente roji­zo, que las hace fundirse estéti­ca­mente con las ári­das tier­ras que las rodean. No debe­mos con­fundir las kas­bahs con los ksur, pueb­los amu­ral­la­dos mucho más antigu­os que las kas­bahs, pro­te­gi­dos por tor­res de vig­i­lan­cia y donde nun­ca fal­tan las plazas para las cel­e­bra­ciones y las mezquitas.

La primera kas­bah que veríamos en nue­stro via­je se encuen­tra pre­cisa­mente den­tro de Ouarza­zate: es la kas­bah de Taourirt. Aunque es de fácil acce­so y no exce­si­va­mente enrevesa­da, decidi­mos con­tratar un guía local para que nos la mostrara y que nos cobró 100 dirhams por un recor­ri­do de lo más didác­ti­co (hay que sumar los 20 dirhams por per­sona de entra­da ofi­cial). De la Kas­bah de Taourirt se dice que es una de las más boni­tas y mejor con­ser­vadas de Mar­rue­cos y, sin lugar a dudas, la con­struc­ción más impor­tante de Ouarza­zate. Damos fe de que así es y que su visi­ta es total­mente impre­scindible.

Kasbah Taourirt

Las kas­bahs, aparte de sus labores defen­si­vas, podían tam­bién desem­peñar tar­eas admin­is­tra­ti­vas y este es el caso. Aquí vivió Pasha Glaoui, cono­ci­do como Lord of the Atlas, uno de los hom­bres más ricos y poderosos de Mar­rue­cos, y esta era sólo una de sus res­i­den­cias. Con más de 300 habita­ciones, tenía capaci­dad para más de mil hués­pedes, entre los que se encon­tra­ban, aparte de su ejérci­to de cri­a­dos y sirvientes, sus cua­tro mujeres, sus veinte hijos legí­ti­mos (y sesen­ta bas­tar­dos) y sus catorce con­cu­bi­nas. La famil­ia Glaoui aumen­tó con­sid­er­able­mente su riqueza gra­cias a las ganan­cias que le aporta­ban las car­a­vanas de mer­cancías que cruz­a­ban el desier­to, de ahí que con­sigu­ier­an con­stru­ir estas for­t­alezas míti­cas.

Kasbah Taourirt

En el caso de Taourirt, fue con­stru­i­da en el siglo XIX pero se con­ser­va tan bien que cualquiera diría que tiene dos sig­los de vida. Y ello pese a que una parte de ella se encuen­tra en ruinas, lo que llevó a un pro­ce­so de restau­ración por parte de la UNESCO ya que la kas­bah es Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Lo curioso es que algu­nas famil­ias humildes viv­en en los pisos supe­ri­ores del ksar aledaño, al que se accede por un calle­jón lateral,y por 20 o 30 dirhams mues­tran sus hog­a­res, antaño res­i­den­cia de poderosos clanes, la ver­sión bere­ber de los ter­rate­nientes medievales que había en Europa.

Kasbah Taourirt

Den­tro de la kas­bah, podíamos encon­trar, además de las vivien­das, estab­los, salas para recep­ciones ofi­ciales y para el harén, coci­nas y escue­las para los niños. Es un laber­in­to mag­ní­fi­co al que se accede por una estrecha entra­da, lo que hace de esta estruc­tura un lugar que parece estar sólo abier­to a las mentes más curiosas. Las tejas de los techos fueron col­ore­adas arte­sanal­mente (azafrán para el amar­il­lo, hen­na para el rojo, men­ta para el verde, índi­go para el azul y kohl para el negro).

Kasbah Taourirt

Lla­ma la aten­ción el esca­so tamaño de las ven­tanas, las mushra­biyyas, para obser­var el exte­ri­or sin ser obser­va­do y preser­var los cuar­tos del calor exte­ri­or, que podía acer­carse a los 50º de tem­per­atu­ra. Todas las estancias están vacías, sin mue­bles, pero bel­la­mente dec­o­radas, con estu­cos pin­ta­dos y fal­sos techos de madera. En el exte­ri­or, la telaraña de calle­jones y escaleras que suben y bajan parece no ten­er fin.

Sal­imos de la kas­bah y nos dirigi­mos al cer­cano Museo del Cine. Porque efec­ti­va­mente, el cine es el otro reclamo que nos ha traí­do a estas lejanas tier­ras. El Musée du Cin­e­ma, inau­gu­ra­do en el año 2007, com­ple­men­ta de man­era estu­pen­da a los estu­dios Atlas, que vis­i­taríamos en días pos­te­ri­ores.

Museo Cine Ouarzazate

El Museo, cuya entra­da cues­ta 30 dirhams, se ubi­ca en el recin­to de un antiguo estu­dio de 6.000 met­ros cuadra­dos y las autori­dades locales lo con­struyeron con la inten­ción de preser­var mucho del mate­r­i­al uti­liza­do en los roda­jes de la infinidad de pelícu­las que se han graba­do aquí. Es ver­dad que el museo es un poco desas­tre y no hay mucha infor­ma­ción de las pelícu­las rodadas (bas­tantes de ellas pro­duc­ciones ale­m­anas de bajo pre­supuesto) pero nos pare­ció un lugar bas­tante curioso y, como digo, un buen pro­legó­meno para los estu­dios Atlas.

Museo Cine Ouarzazate

Museo Cine Ouarzazate

Museo Cine Ouarzazate

Museo Cine Ouarzazate

Los sigu­ientes días los dedi­caríamos a salir de Ouarza­zate y explo­rar este sur de Mar­rue­cos tan enig­máti­co. Lo haríamos con el coche / con­duc­tor que habían puesto a nues­tra dis­posi­ción en Desert Dream: ya os he comen­ta­do que la mejor for­ma de moverse en Mar­rue­cos es tenien­do a alguien que con­duz­ca por ti y más por estas car­reteras sin­u­osas que deam­bu­lan entre mon­tañas y dunas.

El primer lugar que vis­i­taríamos sería el Valle del Draa, que antigua­mente se conocía como el Valle de las Oli­vas.

Valle Draa

Comen­zábamos así a des­cubrir este cau­ti­vador sur de Mar­rue­cos a través de un oasis que nació rega­do por las riadas de agua que baja­ban de las mon­tañas cer­canas y del Draa, el río más largo de Mar­rue­cos, que nace en el Atlas y muere en el Atlán­ti­co. Así, durante los cer­ca de cien kilómet­ros que sep­a­ran Ouarza­zate de las puer­tas del desier­to, verás miles y miles de palmeras datil­eras, con­vir­tien­do a este palmer­al en el may­or de todo el con­ti­nente africano. Y tam­bién te irás encon­tran­do cien­tos de kas­bahs, algu­nas más grandes, otras más pequeñas y muchas de ellas aban­don­adas. Comén­tase que es este el camino más bel­lo de todo Mar­rue­cos. Y efec­ti­va­mente, a nosotros nos lo pare­ció, es real­mente espec­tac­u­lar.

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Valle Draa

Después de hac­er una breve para­da en el paso de Tizi-n-Tin­fi­fite, uno de los pasos de car­reteras más altos de África (1700 met­ros), atrav­es­amos el pequeño pueblo de Agdz, con la mon­taña Jebel Kissane a sus espal­das, que hace años vio el roda­je aquí de “El Cielo Pro­tec­tor” (mar­avil­loso film de Bertoluc­ci, quizás el que mejor ha sabido retratar la belleza de Mar­rue­cos) y donde en sus alrede­dores vive una impor­tante población de har­itines, descen­di­entes negros de emi­grantes de Mali. Agdz, que sig­nifi­ca “ciu­dad del des­can­so”, jus­ti­fi­ca su nom­bre al ser en la antigüedad para­da de las car­a­vanas que atrav­es­a­ban el desier­to del Sahara des­de Tombuc­tú. Estas car­a­vanas de drom­e­dar­ios (y no de camel­los) comen­zaron su andadu­ra en el siglo III y no dejaron de exi­s­tir has­ta medi­a­dos de 1900, durante los pro­tec­tora­dos español y francés. Los trenes de ani­males fueron durante sig­los el prin­ci­pal medio de trans­porte de mer­cancías y per­sonas entre los puer­tos marí­ti­mos del norte africano y el África sub­sa­har­i­ana, aunque tam­bién existían rutas de este-oeste y vicev­er­sa.

Valle Draa

¿Con qué se com­er­cia­ba en estas rutas? No sólo con mate­r­i­al valioso como oro, marfil, plumas de avestruz o con­chas sino, des­gra­ci­ada­mente, tam­bién con per­sonas, ya que fueron miles los esclavos que se llev­a­ban a Europa. Solían lid­er­ar las car­a­vanas bere­beres y touaregs que conocían el desier­to como la pal­ma de la mano: vivieron su época de may­or esplen­dor entre los sig­los VII y XVI, coin­ci­di­en­do con la época de vacas gor­das de los gob­er­nantes islámi­cos del Gran Magreb y Al-Andalus, que eran de los más ricos del mun­do. Tras desa­pare­cer, se man­tu­vieron los antigu­os caminos, por lo que lit­eral­mente podemos decir que cuan­do a bor­do de los todoter­renos se atraviesan estas tier­ras, lo hace­mos sobre las mis­mas antiguas vías que usa­ban aque­l­las car­a­vanas.

Desierto Marruecos

Hemos lle­ga­do a Zago­ra pre­cisa­mente a través de la car­retera N‑9. Zago­ra, primera “puer­ta del desier­to”, a la que es recomend­able venir en invier­no (noso­tras lo hici­mos en Enero), ya que en ver­a­no con facil­i­dad se pueden alcan­zar los 50 gra­dos de tem­per­atu­ra. Como en nue­stro via­je no haríamos noche en el desier­to ni lle­garíamos a las dunas de Erg Cheb­bi, que qued­a­ban bas­tante más lejos, aprovechamos la ocasión para vis­i­tar otras dunas más cer­canas, las Dunas de Tin­fou.

Desierto Marruecos

Después de esto, estu­vi­mos comien­do un sabrosísi­mo menú mar­ro­quí en una jaima… Riquísi­mo el cous­cos, el tajine y los pastelitos árabes.

Jaima Marruecos

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El día sigu­iente le comen­zaríamos acer­cán­donos a los Atlas Stu­dios (lla­ma­dos así en hom­e­na­je a las míti­cas mon­tañas de Mar­rue­cos), que a mí par­tic­u­lar­mente me encan­taron. Pero hag­amos algo de his­to­ria y remon­té­monos a 1962, año en que comen­zó la pro­duc­ción de una de las mejores pelícu­las de todos los tiem­pos, “Lawrence de Ara­bia”. Los pro­duc­tores nece­sita­ban recrear el exo­tismo de la penín­su­la arábi­ca en un lugar donde se facil­i­tara el roda­je. Y lo encon­traron en este lugar per­di­do de Mar­rue­cos. La luz era per­fec­ta, no se oía un rui­do en kilómet­ros a la redon­da y las autori­dades guber­na­men­tales lo ponían fácil.

Ellos fueron los pio­neros (y vieron su elec­ción rec­om­pen­sa­da al ganar la pelícu­la el Oscar a la Mejor Fotografía) pero detrás ven­drían muchas pelícu­las más. En 1983 un empre­sario, Mohamed Bel­gh­mi, vio el poten­cial cin­e­matográ­fi­co de la zona y con­struyó los estu­dios Atlas, se puso en con­tac­to con los grandes jefa­zos de Hol­ly­wood y les con­ven­ció de lo con­ve­niente que sería grabar sus pro­duc­ciones en Mar­rue­cos y el dinero que se ahor­rarían.

Atlas Studios

Atlas Studios

Atlas Studios

Con los años, los Atlas acabaron con­vir­tién­dose en los estu­dios más grandes del mun­do. Se lev­an­taron inmen­sos sets de roda­je que recre­a­ban las lejanas tier­ras de Jerusalén, el Tibet o Egip­to. Ningún set se destruye por lo que pueden ser uti­liza­dos para futur­os roda­jes y a los via­jeros se nos da la opor­tu­nidad de dis­fru­tar­los. Es una expe­ri­en­cia úni­ca. Eso sí, tenéis que ten­er en cuen­ta que sólo se pueden recor­rer los estu­dios medi­ante visi­ta guia­da (en inglés), siem­pre que no haya ningún roda­je en mar­cha y que la entra­da indi­vid­ual cues­ta 50 dirhams.

Atlas Studios

Des­de tem­p­los tibetanos uti­liza­dos para la grabación de “Kun­dun” de Mar­tin Scors­ese al set que se hizo para el “Glad­i­a­tor” de Rid­ley Scott y Rus­sell Crowe, el enorme tem­p­lo egip­cio que se con­struyó para “Cleopa­tra” (no la pelícu­la de Eliz­a­beth Tay­lor sino el film del año 1999 donde salía Tim­o­thy Dal­ton, quien ya había roda­do aquí antes una del famoso agente 007, “Alta Ten­sión”. La cuestión es quien más y quien menos en Ouarza­zate ha tra­ba­ja­do algu­na vez como extra y son muchas las famil­ias que viv­en de la fab­ri­cación de atrez­zo, dec­o­ra­dos y ves­tu­ar­ios.

Atlas Studios

Otro set que se inspiró en Egip­to fue el de la pelícu­la france­sa “Astérix y Obélix: Mis­ión Cleopa­tra”.

Atlas Studios

“El reino de los cie­los”, “La momia”, “Ale­jan­dro Mag­no”, “Babel”, “El Príncipe de Per­sia: Are­nas del desier­to”, “Juego de Tronos”… algunos de los títu­los más exi­tosos de los últi­mos tiem­pos han sido graba­dos en los Atlas Stu­dios.

Atlas Studios

Regre­so al coche para vis­i­tar otro de los lugares al que más ganas tenía en este via­je: el mag­níf­ic ksar de Ait Ben Had­dou. Que si no es el lugar más bel­lo de Mar­rue­cos, con per­miso de la mezqui­ta de Casablan­ca, poco le fal­ta. Por ese moti­vo, nos parece de lo más lógi­co que la serie “Juego de Tronos” esco­giera este bel­lísi­mo ksar en el año 2013, para la ter­cera tem­po­ra­da más conc­re­ta­mente, para rep­re­sen­tar las ciu­dades de Yunkai y Pen­tos, donde Daen­erys lib­er­a­ba a miles de esclavos que acabarían unién­dose a su causa. Entre todos los esce­nar­ios de “Juego de Tronos” a lo largo y ancho del mun­do, Ait Ben Had­dou es el segun­do más fotografi­a­do tras el Krka Nation­al Park de Croa­cia.

Ait Ben Haddou

Ait Ben Had­dou, situ­a­da en la rib­era del río Ouni­la, responde com­ple­ta­mente a esa idea idíli­ca que ten­emos de Mar­rue­cos y, ante todo, rep­re­sen­ta impeca­ble­mente lo deli­ciosa que es la arqui­tec­tura del sur mar­ro­quí. Des­de el año 1987 es Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO, el mis­mo año que se rodó aquí “The Liv­ing Day­lights”. Quizás la grabación de la serie es lo que le ha dado algo más de pop­u­lar­i­dad pero al ser tem­po­ra­da baja, tuvi­mos la suerte de que no hubiera ape­nas tur­is­tas, aunque sí muchos vende­dores a la entra­da del pueblo nue­vo. Pasear por esos calle­jones angos­tos, prac­ti­ca­mente solas, a los que a duras penas lle­ga­ba la luz del sol fue apa­sio­n­ante. Costa­ba creer estar en un lugar tan her­moso sin ten­er que pegarse con otras per­sonas para con­seguir una bue­na foto.

Ait Ben Haddou

Cuan­do te dejas perder en el corazón de Ait Ben Had­dou, tras haber atrav­es­a­do el puente, te das cuen­ta de que su grandeza rad­i­ca en que con­viv­en todo tipo de moradas, des­de casas humildes has­ta pequeños palacetes con techos rica­mente dec­o­ra­dos. Una agru­pación  de vivien­das com­pacta y sus­pendi­da que incluye zonas comu­nales como una plaza públi­ca, una mezqui­ta, tor­res for­ti­fi­cadas y una amplia azotea donde obtu­vi­mos fan­tás­ti­cas vis­tas del ter­reno pla­ga­do de palmeras que la pro­tege. Para subir has­ta arri­ba del todo, más que nece­sario lle­var calza­do cómo­do.

En los calle­jones artis­tas locales, prin­ci­pal­mente pin­tores, exponían sus cuadros, en los que el azul y el ocre eran los col­ores pre­dom­i­nantes. Cuán­ta paz se res­pira­ba allí, pese a que esta pau­sa­da activi­dad com­er­cial record­a­ba a los zocos de otros pueb­los de Mar­rue­cos. Pero aquí el silen­cio extendía su man­to suave­mente sobre las piedras rojizas. Sólo a ráfa­gas se escuch­a­ba a lo lejos el sonido de algún instru­men­to tradi­cional bere­ber. Mi recomen­dación es que acabes la visi­ta degu­s­tan­do un té a la men­ta en alguno de los restau­rantes con ter­raza con vis­tas a Ait Ben Had­dou. La ima­gen es de postal.

Ait Ben Haddou
Así lucía Ait Ben Had­dou en “Juego de Tronos”

Tras hac­er una para­da para com­er en un restau­rante al aire libre (qué gus­to tomar ese tajine al solecito rodeadas de mon­tañas), haríamos la últi­ma excur­sión del via­je a la boni­ta kas­bah de Telou­et, quizás la más atrac­ti­va en lo que a inte­ri­ores se refiere. Y es que si en el exte­ri­or pue­da pare­cer que la come el aban­dono, con una facha­da total­mente engañosa, nada te prepara para lo que encuen­tras al atrav­es­ar sus muros.

Kasbah Telouet

Lo cier­to es que es algo muy común en Mar­rue­cos: son muchos los mon­u­men­tos por los que parece no pre­ocu­parse nadie. En este caso, hay un guar­da que por un suel­do mísero la mues­tra a los esca­sos vis­i­tantes que has­ta aquí se acer­can (aún menos en invier­no). Cuan­do lleg­amos, se nota­ba el frío que provo­ca estar a 1600 met­ros de altura y daban aún más ganas de guare­cerse en esta alcaz­a­ba que mandó ampli­ar Tha­mi el Glaoui, el Señor del Atlas, ya que la kas­bah en sí tenía más de dos sig­los de vida y se encon­tra­ba en un esta­do ruinoso. Pero ahí esta­ba Glaoui y su for­tu­na, dis­puestos ambos a enrique­cer las habita­ciones de los pisos supe­ri­ores. Se dice que más de 300 tra­ba­jadores estu­vieron día y noche dec­o­ran­do techos y pare­des, con­vir­tien­do esos amplios dor­mi­to­rios en uno de los más boni­tos expo­nentes de dec­o­ración islámi­ca.

Kasbah Telouet

Kasbah Telouet

Para enten­der algo mejor la riqueza que se nece­sitó para con­ver­tir Telou­et en un edi­fi­cio mag­ní­fi­co para su época (pese a que no lo sea tan­to aho­ra), hay que enten­der el poder que ejer­cían entonces en el mazhzen (el sis­tema feu­dal mar­ro­quí ante­ri­or a 1957) los pashas, equiv­a­lentes a nue­stros duques. Ellos se encar­ga­ban de man­ten­er el orden pero tam­bién de llenarse los bol­sil­los recau­dan­do impuestos. Glaoui era uno de estos pashas, más conc­re­ta­mente el de Mar­rakech, y sus estre­chos vín­cu­los con el sultán le con­virtieron en uno de los hom­bres más impor­tantes del país. De hecho,se le sigue recor­dan­do como “el Gran Gast­by de Mar­rue­cos” y en su época eran famosas las fies­tas tan opu­len­tas que cel­e­bra­ba den­tro de la kas­bah.

Kasbah Telouet

Gra­cias a la estratég­i­ca ubi­cación de una de sus kas­bahs, esta de Telou­et, en la ruta de las car­a­vanas, la famil­ia Glaoui con­tro­la­ba el com­er­cio de aceitu­nas, sal y azafrán. Sin embar­go, al aliarse Glaoui con los france­ses para expul­sar a Mohammed V del poder, fue este con­sid­er­a­do un traidor, perdió toda su influ­en­cia y al igual que decayó su bonan­za, comen­zó a desmoronarse Telou­et. Por dicho moti­vo, por encon­trarse escon­di­da en las alturas, no recibir ape­nas vis­i­tantes y ser una joya morisca que sólo degus­tan unos pocos, Telou­et puede ser el broche de oro para un via­je en el que con­stan­te­mente se remem­o­ra, mien­tras sue­na la brisa del desier­to, la mag­nif­i­cen­cia de una época que ya no volverá pero que nos ha deja­do una heren­cia úni­ca en el mun­do.


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2 Comments

  1. Alberto Mrteh

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    Un repor­ta­je mag­ní­fi­co. Nece­si­to volver por allí. Aho­ra com­pren­do que me he deja­do muchas cosas por vis­i­tar.
    Alber­to Mrteh (El zoco del escri­ba)

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Gra­cias por tus pal­abras, Alber­to. Mar­rue­cos es un país mag­ní­fi­co al que siem­pre gus­ta regre­sar. Un plac­er ten­erte por aquí. Un abra­zo!

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