Es curioso que una ciudad como Casablanca aún a día de hoy siga siendo reconocida a nivel mundial por la fama que la dio la película del mismo nombre. Pese a que esta fue grabada en 1942, hace casi 80 años, y en realidad ni una sola de las escenas fue rodada en Casablanca. Para recrear los exóticos aires marroquíes los productores decidieron que mejor Arizona que el propio Marruecos, una decisión que nos cuesta entender. Pero así de retorcido es el mundo del cine. Lo aviso porque erróneamente mucha gente viaja a Casablanca creyendo que aquí podrán disfrutar de los escenarios de la película: nada más lejos de la realidad. Sin embargo, ello no ha impedido que el film protagonizado por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman continúe siendo el mejor reclamo turístico y que empuje a descubrir una de las ciudades de Marruecos que, injustamente, sigue pasando desapercibida para muchos de los que visitan el país.

Como pasábamos unos días en Rabat, aprovechamos la cercanía entre ambas ciudades (apenas las separan poco más de 80 kilómetros) para ir a gastar un día en Casablanca. Qué acertada fue nuestra elección. Aunque Casablanca no tenga tantos atractivos turísticos como la capital marroquí, os aseguro que merece mucho la pena una escapada. Además, es la ciudad más grande de Marruecos, con casi cinco millones de habitantes.

La mejor opción para ir a Casablanca desde Rabat es en tren. En Rabat hay dos estaciones de tren, la Rabat Agdal y la Rabat Ville. Nosotros partimos desde Rabat Ville, que se encuentra a solo unos minutos andando de la medina, donde estábamos alojados. Hay bastante frecuencia de trenes entre una ciudad y otra, como mínimo uno cada hora, por lo que no es necesario que compres los billetes con antelación. En la propia estación hay máquinas expendedoras de la ONCF (la equivalencia a RENFE en Marruecos) y taquillas. Compramos billetes de ida por 69 dírhams (7 euros) y comprobamos encantados lo mucho que están mejorando los trenes en Marruecos en los últimos tiempos. Aunque el tren va haciendo bastantes paradas, el trayecto entre las dos ciudades es de una hora.

Casablanca Medina

Casablanca también tiene dos estaciones. La principal es Casa Voyageurs (la mayor del país) pero si vienes de Rabat llegarás a Casa Port. Me sorprendió para bien lo moderna que es dicha estación, más propia de cualquier país occidental. Se nota mucho que Marruecos está invirtiendo una barbaridad en mejorar las infraestructuras ferroviarias, lo que va animar a muchos viajeros a moverse por el país en tren. Teniendo en cuenta que en Marruecos los autobuses no son muy allá (y las carreteras aún menos), la opción de viajar en tren cobra cada vez más fuerza. Además, los viajes en tren por Marruecos salen extremadamente baratos si lo comparas con los palos que RENFE nos da en España, que ya ni recuerdo la última vez que cogí en nuestro país un viaje en tren de larga distancia.

Cerca de la estación, a unos diez minutos andando, está el antiguo fuerte de la  Sqala, en el Almohades Boulevard. Fue construido en 1769 por el sultán Mohammed Ben Abdellah y aunque fue demolido en 1948, las autoridades decidieron reconstruirlo para convertir su interior en un acogedor restaurante. Desde allí iremos al primer lugar por el que puedes comenzar a tomarle el pulso a Casablanca. Es, lo has adivinado, su medina. Que en este caso se divide en dos áreas, la Medina Vieja y la Medina Nueva. Cada una de ellas tiene su encanto.

La Medina Vieja se vio seriamente afectada por un terremoto hace dos siglos, el cual destruyó buena parte de las murallas, aunque aún se conservan algunas de las puertas de entrada como la Bab Marrakesh. Antiguamente se encontraban aquí los barrios de los cónsules y el de los judíos, la Mellah. En este último aún continúan viviendo algunos judíos y podrás ver cómo han sobrevivido el cementerio, la sinagoga Beth-El y las carnicerías kosher. La medina no es tan grande como las medinas de Marrakech o la de Fez pero sigue manteniendo ese bullicio tan típico marroquí, con comercios ubicados en las plantas bajas de las casas. Sorprende el contraste entre muchas de estas viviendas, ya que algunas de ellas han gozado de meticulosas restauraciones pero sin embargo otras se encuentran en un estado de total abandono. Aún persisten muchas fuentes públicas, debido a la falta de agua corriente en la mayoría de las viviendas, donde las mujeres vienen a hacer la colada.

La Medina Vieja también cuenta con la ventaja de que pese a ser una zona comercial, apenas hay turistas, por lo que los pocos extranjeros que paseamos por estas angostas callejuelas no nos sentimos agobiados por los vendedores (que es algo que por ejemplo sí cansa bastante en Marrakech). Además hay un montón de minúsculos restaurantes para locales donde un couscous puede salir por apenas unos cuantos dirhams. Las calles están sucísimas y hay gente por un tubo pero a fin de cuentas ese es el encanto de las medinas marroquíes. Los productos que más abundan, aparte de las imitaciones “made in China”, son el cuero, las especias, las alfombras, el ghassoul (esa arcilla que se extrae en el valle de Moulouya que las marroquíes consideran indispensable para el cuidado del cuerpo) y el aceite de argán. Ya os hemos contado más veces que siempre que bajamos a Marruecos nos venimos cargados de productos de cosmética de aceite de argán, especialmente cremas faciales.

Casablanca Medina

La Medina Nueva se encuentra a una media hora caminando, al sur de la ciudad, en el barrio de Habous. Esta parte se construyó a principios del siglo XX y está más ordenada y limpia, que es lo que buscaban los franceses cuando la diseñaron en los años 30,  quienes la idearon con la intención de alojar a la población rural que llegaba a Casablanca buscando trabajo: mantener la esencia de las medinas árabes pero trayendo consigo el orden europeo. Lo cierto es que se consiguió y es una experiencia de lo más placentera dejarse perder por la kissaria (el mercado cubierto), entrar a alguna de sus encantadoras librerías o sentarse a tomar un té a la menta en algunos de sus cafés. También es interesante, para los que seáis aceituneros como yo, dejarse caer por el pequeño Zoco de las Aceitunas (Souq Zitoun). Nunca, ni siquiera en España, he logrado encontrar un país con aceitunas tan ricas como las de Marruecos, que tienen mil variantes y se suelen preparar muy especiadas. Siempre me traigo un par de bolsas en la maleta.

Aquí se encuentran dos de las mezquitas más importantes de la ciudad, la de El Youssoufi y la de Al Mohammadi: esta última puede acoger en su interior a más de 8.000 fieles. Cerca nos encontramos con el ayuntamiento, el Mahakma du Pacha, rodeado de mercados de aceites y especias. Nos pareció encantador el pequeño callejón de Haj Lamfadel, donde bajo los arcos trabajan los artesanos. Si te entra hambre, acércate hasta la mejor pastelería de Casablanca, la Patisserie Benis Habous: aunque está algo escondida, la divisarás enseguida porque siempre hay un montón de gente haciendo cola en la puerta. Sus cuernos de gacela están considerados entre los mejores del país. Somos muy fans de la repostería marroquí, en pocos países se confeccionan con tanto mimo los dulces, unos indispensables en cualquier reunión familiar. Aunque encontrarás miles de variedades, el ingrediente estrella es la almendra. Y la miel.

No queremos demorarnos más en mostraros el que, para mí, es el monumento más espectacular que jamás he visto en Marruecos: la Mezquita de Hassan II. Reconozco que antes de viajar a Casablanca, había visto en casa un montón de programas y documentales sobre ella. Pero hasta que no me vi a sus pies, no fui consciente de la magnitud de esta obra espectacular que ha costado al reino de Marruecos más de 600 millones de dólares y conllevó siete años de trabajo. Y aunque su fachada exterior dé la impresión de ser un monumento muy antiguo, la mezquita se construyó hace sólo unos años, en 1993, y cuenta con avances tecnológicos como calefacción subterránea o techos movibles, que se cierran automáticamente en caso de lluvia o fuertes vientos.

Casablanca Mezquita Hassan II_Easy-Resize.com

La Mezquita de Hassan II tiene un encanto aún más especial debido a su ubicación, sobre el océano Atlántico. Imaginad lo que es verse allí, ante ese minarete que es el más alto del mundo (más de 200 metros), rodeados por las olas rompiendo con fiereza en las orillas de Casablanca. Hassan II eligió este lugar, sobre las mismas aguas, porque se inspiró en un versículo del Corán que relataba que el trono de Alá se encontraba en el mar. Casablanca es una ciudad marítima cien por cien (su puerto es el más importante del norte de África) pero esta situación geográfica no le ha salido gratis a la mezquita, ya que el oleaje ha provocado una erosión continua que está haciendo sufrir seriamente la estructura arquitectónica del templo.

En la explanada que da acceso a la mezquita caben 80.000 personas y en el interior 25.000: suele llenarse en época de Ramadán, cuando los fieles se acercan aquí a rezar. La casualidad quiso que esta vez no nos coincidiera el Ramadán por sólo un día. Pero otras veces sí ha sido así. Y no tenéis que agobiaros por ello: ya os quitamos todos los miedos y dudas en el artículo Visitar países musulmanes en época de Ramadán .

Mezquita Hassan II Casablanca

Para haceros una idea de la grandeza de la mezquita, unos cuantos datos: se trajeron de Marrakech a más de 10.000 artesanos para decorar las puertas y fachadas, más de 200 personas se ocupan a diario de la limpieza y mantenimiento y el interior está recubierto por 300.000 azulejos. Cada noche un láser de luz verde apunta a La Meca: se puede divisar desde más de 30 kilómetros de distancia. La mezquita es un reclamo turístico tan importante para la ciudad que muchos hoteles promocionan sus habitaciones elogiando sus vistas a la mezquita. Y desde los aviones que se aproximan al aeropuerto, se distingue claramente su silueta a miles de metros de altura.

Desde la mezquita podéis ir dando un paseo hasta La Corniche, que supone para Casablanca lo mismo que el Malecón para La Habana. Este larguísimo paseo marítimo, desde el que se ven las playas de Ain Diab, donde abundan los surfistas y los que juegan al fútbol sobre la arena (pero apenas bañistas), es uno de los lugares favoritos de los locales para dar una vuelta cuando se retira el calor. Además, el boulevard está lleno de restaurantes y cafeterías, así como un gran centro comercial (Morocco Mall), es un área con mucha vidilla y también bastante occidentalizado. De hecho, aquí se encuentra el cine más grande de Marruecos, el Megarama, y está a un paso de Anfa, el barrio más rico de Casablanca y que toma su nombre de la antigua denominación de la ciudad: Casablanca comenzó a conocerse por su nombre actual gracias a los marineros portugueses, que cuando la divisaban desde sus barcos, exclamaban “¡casas blancas!”

La Corniche Casablanca

Al sudoeste de La Corniche, en una pequeña isla, se encuentra la tumba del santo sufí Sidi Abderrahman, que llegó a Marruecos desde Bagdad en el siglo XVIII, un lugar muy venerado por la población local. Junto a él se encuentra enterrado su fiel sirviente. Lo más curioso de esta isla es que allí se concentran muchos chouafates (videntes), que se ofrecen a leer las líneas de la mano de los visitantes.

Otro de los lugares por los que podéis ir a dar un paseo es la Plaza de Mohamed V, dedicada al que era padre de Hassan II. Ejerce como frontera entre la parte antigua y nueva de la ciudad y los edificios que alberga exponen una curiosa fusión entre arquitectura árabe y francesa, algo habitual en Marruecos tras tantos años de protectorado. El Palacio de Justicia, el Edificio de Correos, la Prefectura o el Consulado de Francia se encuentran aquí agrupados. Como veis, uno de los rincones donde podemos hallar algunas de las más importantes sedes administrativas. Si buscáis rincones que se salgan un poco de la típica arquitectura árabe-francesa, tenéis la Catedral del Sagrado Corazón, aunque debemos matizar que se encuentra algo abandonada. A cambio os permitirá subir a su campanario para observar Casablanca desde las alturas.

Casablanca Marruecos

Otro paseo muy agradable es por la avenida Moulay Youssef, con sus altísimas palmeras. Considerada una de las zonas más chic de Casablanca, aquí se acumulan las tiendas de las marcas más prestigiosas y los restaurantes más lujosos, en contraste con los animados mercados callejeros cercanos.

Uno de los lugares que más nos gustó, que te permite perderte entre el bullicio y los gritos de los marroquíes, es el barrio de Derb Sultan. Cientos de vendedores callejeros extienden sobre mantas sus productos, a unos precios irrisorios. Anticuallas de todos los colores y tamaños, mucha segunda mano y juguetes que datan de los años 70 (y que dan pavor, las muñecas parecían la niña de “El Exorcista”).

Medina Casablanca

Nos habían comentado que aquí se hallaba un pequeño mercado dedicado a la hechicería, parecido a los que existen en muchas ciudades sudamericanas (nosotros mismos estuvimos recorriendo uno en México DF) pero no logramos encontrarlo. Tal vez ahora los vendedores operen en la clandestinidad debido a que el gobierno marroquí ha establecido severas multas para los que practiquen la hechicería, considerada por el Corán un pecado capital. Algo que contrasta con las creencias de muchos marroquíes, que aún siguen fiándose de estos ritos y conjuros. Las chowafas (brujas que preparan hechizos) y los fkihs (curanderos que combaten el mal de ojo) son personajes que aún sobreviven dentro de la sociedad de Marruecos, aunque permanezcan escondidos entre las sombras.

Como os comentábamos al principio de nuestro relato, aunque la película “Casablanca” no fue rodada aquí, sí podemos encontrar el famoso Rick’s Cafe. No, no es el que aparecía en el film pero una diplomática americana, Kathy Kriger, decidió que sería buena idea convertir en una realidad aquel bar ficticio.

Ricks Cafe Casablanca

Kathy era una fan confesa de “Casablanca”, considerada una de las diez mejores películas de todos los tiempos, así que ¿qué mejor manera de desatar su pasión cinéfila? Dos palmeras dan la bienvenida al que por derecho propio se ha convertido en el local más visitado (y venerado) de toda la ciudad. Cinco salones ubicados en una antigua casa de la medina que se conserva igual que hace varios siglos, divididos en dos plantas y en los que no falta el piano, ese que toca varias veces a la semana Issam Chabaa mientras escucha a alguien gritar , era obvio, “¡tócala otra vez, Sam!”

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