Luna de miel en nuestro tercer viaje japonés

No habían pasa­do ni diez meses des­de nues­tra últi­ma aven­tu­ra japone­sa y ya estábamos de nue­vo con las male­tas preparadas para volver a nue­stro país favorito. Esta vez con todo el can­san­cio acu­mu­la­do de la boda, pues sólo tuvi­mos el domin­go por medio para recu­per­arnos de todo el tra­jín. Pero como siem­pre comen­to, sar­na con gus­to no pica y preparamos las male­tas con más ilusión que nun­ca. Tan­to mi mari­do como yo somos unos enam­ora­dos de la cul­tura japone­sa y no podíamos soñar mejor des­ti­no para nues­tra luna de miel.

Esta vez volábamos con Japan Air­lines, la com­pañía aérea nipona que a pun­to había esta­do de desa­pare­cer sólo unos meses antes por prob­le­mas económi­cos, y que sin­ce­ra­mente, nos sor­prendió para bien, una de las mejores aerolíneas con las que hemos vola­do jamás. Asien­tos anchos (lo que se agradece mucho en via­jes tan lar­gos), unas azafa­tas fran­ca­mente efi­cientes y el detalle de ofre­cer menús japone­ses. La escala la hacíamos esta vez en Helsin­ki. Des­de allí, diez horas de vue­lo y ya estábamos de nue­vo en el aerop­uer­to tokio­ta de Nari­ta. Nos reci­bieron unos sinie­stros carte­les avisan­do de que se realizarían exámenes san­i­tar­ios a todos los pasajeros proce­dentes de país­es con ries­go de ébo­la (no era nue­stro caso). A pasar los trámites de inmi­gración (esta vez, pese a las colas, no tar­damos más de quince min­u­tos) y a acer­carnos a las ofic­i­nas del Japan Rail del aerop­uer­to, ya que allí teníamos que val­i­dar nue­stro bono de tren para los 15 días (332 euros por el pase de 2 sem­anas). Sigo insistien­do en que si quieres recor­rer Japón, esta es la for­ma más económi­ca de hac­er­lo y además la más ráp­i­da. Acon­se­jo tam­bién que en los trenes hagáis reser­va de asien­tos el día pre­vio de cada via­je ya que en nue­stro caso nos encon­tramos muchos trenes real­mente llenos. Tar­das un momen­to en hac­er­lo y te evi­tas com­pli­ca­ciones.

Como Tokio lo dejaríamos para el final del via­je, cogi­mos los bil­letes para irnos direc­ta­mente des­de el aerop­uer­to a Kyoto, hacien­do tras­bor­do en la estación cen­tral de Tokio. Mi chico era la primera vez que iba a recor­rer Japón en tren, ya que en el via­je del año pasa­do estu­vi­mos sólo en Tokio, y no hacía más que repe­tirme lo efi­cientes y mod­ernísi­mos que son los trenes japone­ses, por no hablar de la ama­bil­i­dad de los revi­sores, que real­izan una rev­er­en­cia a los pasajeros cada vez que entran y salen del vagón. Tened siem­pre a mano el Japan Rail y vue­stro bil­lete cor­re­spon­di­ente ya que el 99% de las veces os lo pedirán para con­fir­mar que no sois “poli­zones” (lo de colarse en cualquier trans­porte públi­co es algo que no entra en la cabeza de ningún japonés, qué difer­en­cia con nue­stro país, es envidi­a­ble…)

KYOTO

Para ir de Tokio a Kyoto lo hici­mos en el famoso Shinkansen, el tren bala, en un trayec­to de aprox­i­mada­mente tres horas. Lo cier­to es que en este ter­cer via­je a Japón iba a vis­i­tar bas­tantes sitios que ya conocía de mi primer via­je a Japón en 2010 pero esta­ba encan­ta­da con repe­tir. Mi mari­do no conocía aún Kyoto y era uno de los lugares que más ganas tenía de enseñar­le, pues me había queda­do con la sen­sación de que era la ciu­dad más boni­ta de Japón con muchísi­ma difer­en­cia. Volver a recor­rer los rin­cones que tan­to me fasci­naron en aque­l­la primera ocasión pero esta vez con mi pare­ja fue una expe­ri­en­cia inolvid­able que no cam­biaría por nada del mun­do.

En mi primera vez en Kyoto, lo cier­to era que había queda­do tan con­tenta con el alo­jamien­to (y sobre todo con su dueña, Kaori ¡qué encan­to de mujer!) que decidi­mos repe­tir en el mis­mo sitio, el ryokan Chi­ta Guest Inn. Juan quería pro­bar la expe­ri­en­cia de dormir en una típi­ca habitación japone­sa, en futones sobre tatamis, y qué mejor ocasión que esta. Kaori se ale­gró muchísi­mo de volver a verme cua­tro años después (pero esta vez casa­da) e inclu­so has­ta nos vino a bus­car a mitad de camino, y eso que el ryokan está a sólo diez min­u­tos andan­do de la estación cen­tral de Kyoto. El Chi­ta seguía sien­do tan encan­ta­dor como antaño: habita­ciones bas­tante amplias para ser Japón y aunque baños y duchas son com­par­tidos, no tuvi­mos que esper­ar nun­ca para poder usar­los. Además, tienes un salón y coci­na a tu dis­posi­ción, por lo que com­prábamos algún bol­lo y así desayunábamos en el ryokan e inclu­so algu­na noche que lleg­amos reven­ta­dos y no nos apetecía salir a cenar nos tra­ji­mos un par de ban­de­jas de sushi. Muy con­tentos de haber­nos vuel­to a alo­jar allí. No ten­emos nada más que bue­nas pal­abras para ellos.

Empece­mos el recor­ri­do por la ciu­dad. Como en el blog del via­je a Japón en 2010 ya des­grané la ciu­dad a fon­do, esta vez no me exten­deré tan­to, a excep­ción de los lugares que la primera vez me quedaron pen­di­entes y que en esta ocasión sí que visi­ta­mos (caso de Arashiya­ma). Ya comen­té en el otro blog que en Kyoto lo que intere­sa es moverse en auto­bús, ya que dichas rutas son las que están más cer­canas a los tem­p­los. Recuer­da que se entra en ellos por la puer­ta trasera y pagas al salir por la delantera. Si vas a coger más de dos bus­es en el mis­mo día, intere­sa hac­erse con un Bus Pass de un día por sólo 500 yenes. Pueden com­prarse en la ofic­i­na que hay en el exte­ri­or de la estación cen­tral de tren y allí mis­mo te darán un mapa con las rutas de auto­bus­es por la ciu­dad.

El primer lugar al que fuimos fue el que más me gustó en mi ante­ri­or visi­ta: el amplio recin­to del tem­p­lo de Kiy­omizu-dera. Está en lo alto de una col­i­na y posi­ble­mente, jun­to al Tem­p­lo de Oro, sea el más vis­i­ta­do de la ciu­dad. Para lle­gar has­ta aquí, coge el bus en la JR Kyoto Sta­tion y bájate en la para­da de Gojoza­ka. La entra­da cues­ta 300 yenes y está abier­to has­ta las 18:00.

En la puer­ta de entra­da al tem­p­lo con unas japone­sas sim­pa­tiquísi­mas vesti­das con los tra­jes tradi­cionales

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Estos peques tam­bién quisieron posar para nosotros

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El cemente­rio que se encuen­tra a las fal­das del tem­p­lo

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El Yasa­ka Shrine, otro de nue­stros tem­p­los favoritos. Aquí inclu­so nos encon­tramos den­tro con una cer­e­mo­nia reli­giosa

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El Shorenin Tem­ple y sus jar­dines espec­tac­u­lares

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El Ryozen Kan­non es un memo­r­i­al que se con­truyó en hom­e­na­je a los japone­ses caí­dos en la Segun­da Guer­ra Mundi­al. Lo pre­side esta estat­ua de Buda de 24 met­ros de altura.

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Las boni­tas casas de época del dis­tri­to de Gion, donde tradi­cional­mente se for­man las pocas geishas que ya quedan.

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El Kinkaku­ji, el Tem­p­lo de Oro, prob­a­ble­mente la ima­gen más cono­ci­da de Kyoto. Te las verás y las desearás para poder hac­erte una foto sin un mon­tón de gente alrede­dor. Nosotros lo con­seguimos.

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Unas cuan­tas fotos más de Kyoto

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Una excur­sión que me quedé con las ganas de hac­er la primera vez fue al área de Arashiya­ma, a las afueras de Kyoto. Quisi­mos aprovechar además el buen tiem­po del que estábamos gozan­do (como veis, estábamos en man­ga cor­ta en pleno mes de Octubre) para irnos a pasar el día a una visi­ta que desta­ca por su exu­ber­ante nat­u­raleza. Para lle­gar has­ta aquí debes coger la JR Sagano Line, que te deja aquí en unos quince min­u­tos.

Arashiya­ma se encuen­tra en las mon­tañas del oeste de Kyoto, a las oril­las del río Oi. Vis­i­tar­la en otoño es ide­al ya que los col­ores son inde­scriptibles. Espe­cial­mente espec­tac­u­lar es pasear por los fron­dosos bosques de bam­bú. La visi­ta te va a lle­var fácil­mente toda la mañana ya que hay mucho que ver. Hay mul­ti­tud de tem­p­los (los más impor­tantes el Ten­ryu-ji, con unos jar­dines de quitar el habla, Daikaku­ji, Jokakko­ji, Gio­ji, el tem­p­lo Nisonin…) Además, puedes subir a las col­i­nas a ver a los monos o perderte entre los cien­tos de senderos que recor­ren la zona. Aunque sea muy turís­ti­ca, te ase­guro que merece mucho la pena.

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Los bosques de bam­bú

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OSAKA

Ya que con el Japan Rail te plan­tas en Osa­ka en poco menos de media hora (hay un mon­tón de trenes al cabo del día), otro de los días lo gas­ta­mos allí. En mi primer via­je a Osa­ka había queda­do tam­bién pen­di­ente la visi­ta al castil­lo, uno de los más famosos del país. Aunque por den­tro no se ha man­tenido el mobil­iario orig­i­nal, creo que merece la pena la visi­ta, ya que den­tro se encuen­tran varias exposi­ciones que te aden­tran en cómo era la vida de los samuráis. Y además, ten­drás unas vis­tas fab­u­losas del sky­line de Osa­ka.

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Como Osa­ka a niv­el cul­tur­al tam­poco es que ten­ga mucho más para ver, gas­ta­mos el resto del día en Nam­ba, que está llena de tien­das alu­ci­nantes y luces de neón, por no hablar de la can­ti­dad de gente que hay en sus calles, ya que esta es la zona com­er­cial más ani­ma­da de toda la ciu­dad. Aquí una foto con Kani Doraku, el famoso can­gre­jo que ya es un sím­bo­lo para la ciu­dad.

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La calle Doton­bori, muy cer­cana al canal, está pla­ga­da de restau­rantes típi­cos japone­ses. Este es uno de los grandes atrac­tivos de los que dis­fru­ta­mos, ya que queríamos ir a Osa­ka ya que pre­cisa­mente aquí es donde mejor se coci­na el takoy­a­ki, las bolas de pulpo. Están deli­ciosas.

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Las calles de Osa­ka. Todo un deleite para la vista.

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TAKAYAMA

En este ter­cer via­je a Japón, ya que estábamos tenien­do “sobre­do­sis” de ciu­dades grandes, decidi­mos incluir unos cuan­tos días en Takaya­ma. Se sitúa en la zona de Gifu, en lo que se conoce como los Alpes japone­ses. Des­de Kyoto, usan­do el JR Pass, debíamos ir has­ta Nagoya y allí hac­er un rapidísi­mo tras­bor­do: en total, entre cua­tro y cin­co horas de via­je. Pero qué queréis que os diga, el via­je en tren me pare­ció espec­tac­u­lar, sur­can­do mon­tañas y ríos. Como me ale­gré de haber incluí­do Takaya­ma en la ruta. Pre­ciosísi­mos los paisajes.

En cuan­to al alo­jamien­to, nos sal­ió bas­tante bien: habíamos reser­va­do en el hotel Super Hida (pre­cio 60 euros por habitación doble, desayuno japonés inclu­i­do). Las habita­ciones son bas­tante pequeñas, algo habit­u­al en los hote­les japone­ses, pero está muy cerqui­ta de la estación de tren y de los pun­tos turís­ti­cos más impor­tantes. Per­son­al muy amable y además te regalan un mon­tón de pro­duc­tos de belleza de esos que difí­cil­mente encuen­tras fuera de Japón.

Mucha gente aprovecha la visi­ta a esta zona para acer­carse a ver el pueblo tradi­cional de Shi­rakawa­go. Sin embar­go, vimos que la excur­sión de una mañana salía bas­tante cara (unos 30 euros por per­sona) y que además te llev­a­ban a mat­a­ca­bal­lo. Por ello decidi­mos ir mejor a ver Hida No Sato, a la que se puede ir cam­i­nan­do des­de el cen­tro de Takaya­ma (cam­i­na­ta de media hora larga pero el paisaje rur­al es bien boni­to) y no creo que ten­ga nada que envidiar a Shi­rakawa­go si lo que quieres es meterte de lleno en el modo de vida del Japón feu­dal. La entra­da es bas­tante bara­ta, 700 yenes.

Hida No Sato es una aldea tradi­cional con­ver­ti­da en un museo al aire libre, con más de 30 casas del peri­o­do Edo (1603–1867). En real­i­dad estas casas esta­ban en otro lugar pero se reubi­caron aquí todas jun­tas para que nos hiciéramos una idea de cómo se vivía en aque­l­la época. Nor­mal­mente en invier­no se encuen­tra com­ple­ta­mente neva­da (por ese moti­vo los teja­dos de las casas lle­gan has­ta el sue­lo, para que la nieve no los hun­da). La may­oría eran gran­jas y se pueden vis­i­tar por den­tro (descalzán­dote, claro). Hay has­ta un lago pre­cioso del que se nutrían las planta­ciones de arroz.

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El cen­tro históri­co de Takaya­ma es uno de los mejor con­ser­va­dos de todo el país. Está pla­ga­do de tien­decitas de sou­venirs donde aprovechamos para hac­er bas­tantes com­pras. Espe­cial­mente en la calle San­no­machi encon­trarás un mon­tón de casas de época, algu­nas recon­ver­tidas en tien­das y restau­rantes. Además, es uno de los lugares de Japón donde mejor se elab­o­ra el sake (a mi mari­do no le gus­ta mucho pero yo me con­sidero fan incondi­cional). Podrás vis­i­tar además galerías de arte, antigu­os mer­ca­dos y museos que expo­nen la his­to­ria de la ciu­dad.

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Ya que he men­ciona­do los restau­rantes, aparte de la de kobe, en Japón hay otra carne deli­ciosa que quizás no es tan cono­ci­da fuera de sus fron­teras pero que sin embar­go a los japone­ses les vuelve locos: la tern­era de Hida, muy típi­ca de esta región. Nosotros aprovechamos para catar­la en uno de los restau­rantes locales y quedamos encan­ta­dos. Además, el pre­cio de la comi­da no sal­ió caro, si tienes en cuen­ta que aquí está con­sid­er­a­da una comi­da de lujo: unos 18 euros por per­sona. La for­ma de com­er­la es muy curiosa: se sazona con difer­entes espe­cias y luego se rie­ga la carne con una sopa.

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Vis­tas de las mon­tañas des­de el puente Nakabashi. No es mala idea que des una vuelta por los alre­dores del puente para dis­fru­tar de los mer­ca­dos que se cel­e­bran a primera hora de la mañana.

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El tem­p­lo Kokubun­ji, uno de los más antigu­os de la ciu­dad, es uno de los más impac­tantes de Takaya­ma. Tiene la par­tic­u­lar­i­dad de las muñe­cas sarubobo, que en la antigüedad elab­ora­ban las abue­las para sus nietos.

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Algu­nas fotos más de Takaya­ma

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TOKIO

Volvíamos a Tokio (de nue­vo al hotel Saku­ra Ike­bukuro) pero lo cier­to es que como ya nos conocíamos la ciu­dad bas­tante bien debido a los ante­ri­ores via­jes (te remi­to a otras entradas en mi blog de los via­jes a Japón) estos días los dedicamos bási­ca­mente a hac­er com­pras (de nue­vo volvi­mos a arrasar en las tien­das de dis­cos de segun­da mano y en las tien­das de ropa de la Takeshi­ta Dori). Asi que la ver­dad que vis­i­tas cul­tur­ales hici­mos bas­tante pocas esta vez ( podéis sacar toda la info de Tokio en los otros dos via­jes que ten­emos pub­li­ca­dos en el blog, la entra­da más com­ple­ta es esta via­je a Tokio ). Eso sí, no perdí la opor­tu­nidad de volver a fotografi­arme por ter­cera vez con mi queri­do Hachiko.

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De nue­vo en las calles de Aki­habara, aunque esta vez tocó llu­via

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KAMAKURA

Como tam­poco queríamos quedarnos con la impre­sión de haber ded­i­ca­do estos últi­mos días nada más que a com­pras (la ver­dad es que Japón en ese sen­ti­do es un der­roche, hay tan­tas cosas y a tan buen pre­cio que nos tocó com­prar una bol­sa extra para traer­nos las com­pras), uno de los días lo dedicamos a vis­i­tar Kamaku­ra, una pequeña ciu­dad costera en la pre­fec­tura de Kana­gawa y que con­sti­tuye una de las vis­i­tas más boni­tas de todo Japón. El trayec­to des­de Tokio lle­va aprox­i­mada­mente una hora de via­je.

El Gran Buda de Kamaku­ra, el Kamaku­ra Daibut­su, es aca­so la ima­gen más cono­ci­da de la ciu­dad. Esta desco­mu­nal escul­tura de bronce, la más grande de Japón después de la de Nara, jus­ti­fi­ca por sí sola la visi­ta a la ciu­dad. Para lle­gar has­ta aquí recuer­da que tienes que bajarte en la Hase Sta­tion.

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Kamaku­ra está pla­ga­da de tem­p­los asi que reser­va un día entero si quieres vis­i­tar los más rel­e­vantes. Los más impor­tantes son el de Hase Dera, lleno de jizos (ya os hablé de los jizos en otro blog, son estat­uas que velan por las almas de los niños fal­l­e­ci­dos), el san­tu­ario sin­toís­ta de Tsu­ru­gao­ka Hachi­man­gu, el tem­p­lo Zeniarai den­tro de una cue­va (nos encan­tó!), Engaku­ji Tem­ple, el Ken­cho­ji, Tokei­ji (donde antigua­mente se acogía a mujeres mal­tratadas que si pasa­ban aquí tres años, podían divor­cia­rse), el tem­p­lo Myohon­ji… hay un mon­tón, ahí aba­jo os dejo las fotos. Además, después de las vis­i­tas puedes pasar un rato com­pran­do en la calle Komachi-dori, una larguísi­ma aveni­da pla­ga­da de tien­das de todo tipo.

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