Curiosidades que descubrí en mis viajes por Japón

Pocos país­es en el mun­do han sabido preser­var de un modo tan efi­ciente su cul­tura y cos­tum­bres como lo ha hecho Japón. El hecho de que su situación geográ­fi­ca (un mon­tón de islas a las que antigua­mente sólo se podía acced­er por vía marí­ti­ma y con un cli­ma dom­i­na­do por tifones que con­vertían en un infier­no las trav­es­ías de los bar­cos) les man­tu­viera ale­ja­dos de cualquier influ­en­cia exte­ri­or, pese a los inten­tos por estable­cer rela­ciones com­er­ciales por parte de Occi­dente, fue un fac­tor deter­mi­nante para el desar­rol­lo de la cul­tura japone­sa. Pero no el úni­co. Has­ta el siglo XIX, la sociedad nipona se regía por un sis­tema úni­co en el mun­do, un esque­ma feu­dal gob­er­na­do por los shogu­natos (la figu­ra del emper­ador era casi sim­bóli­ca), quienes com­partían su posi­ción de poder con los samu­rais, los señores de la guer­ra.

La obsesión por ais­larse del resto del mun­do alcanzó su clí­max a par­tir del siglo XVII, cuan­do el país impu­so leyes que pro­hibían la entra­da o sal­i­da de Japón de cualquier per­sona, ya fuera este japonés o extran­jero, enfren­tán­dose los que las incumpli­er­an a la pena de muerte. Los shogun querían de este modo evi­tar la lle­ga­da de los misioneros católi­cos, que ya habían “col­o­niza­do” lugares como Fil­ip­inas (ya ni hablam­os de Sudaméri­ca) y no sería has­ta medi­a­dos del siglo XIX (es decir, hace nada) cuan­do Japón se abrió al mun­do.

Cier­to es que des­de entonces la occi­den­tal­ización fue impa­ra­ble, aún más con la lle­ga­da de las nuevas tec­nologías, que con­virtieron a Japón en una super poten­cia a niv­el infor­máti­ca o robóti­ca. Hoy en día los jóvenes japone­ses siguen las modas que lle­gan de USA, se inspi­ran en sus pelícu­las y gru­pos musi­cales y emu­lan sus ves­ti­men­tas, pese a que al mis­mo tiem­po los japone­ses exporten sus propias cos­tum­bres y en Occi­dente tam­bién viva­mos una “japoniza­cion” que rinde cul­to al sashi­mi, las geishas y Muraka­mi. Pero, al mis­mo tiem­po, sor­prende com­pro­bar cuan­do via­jas a Japón, muchas cos­tum­bres se mantienen inal­ter­adas y eso hace de él un país fasci­nante. No hay un país en el mun­do que me provoque más sen­sa­ciones difer­entes cuan­do via­jo allí ni que deje de sor­pren­derme a la hora de pararte a obser­var su vida diaria.

Es un país del que te reen­amoras cada vez que lo pisas y que en muchos aspec­tos con­tin­ua deján­dote con la boca abier­ta en situa­ciones que, sin embar­go, para ellos son de lo más nor­males. Me digo a mí mis­ma muchas veces que mis tres via­jes por Japón me siguen sabi­en­do a poco, que es un país que quiero seguir oblig­án­dome a des­cubrir en los próx­i­mos años. Japón es un país en el que puedes encon­trar des­de mon­tañas nevadas en Sap­poro a islas par­a­disi­a­cas  en Oki­nawa que nada tienen que envidiar a las de la Poli­ne­sia, ciu­dades futur­is­tas como Tokio u Osa­ka y pueb­los minús­cu­los en los que la gente aún vive en cabañas de madera y sigue cul­ti­van­do el arroz con sus propias manos. Pero pese a vivir en lugares tan dis­tin­tos, todos los japone­ses se rigen por una cul­tura que ha sabido sobre­vivir a la lle­ga­da de los tiem­pos mod­er­nos. Y quizás entonces este lis­ta­do de curiosi­dades que os voy a ir con­tan­do se quede cor­to después de más via­jes allí, estoy segu­ra de ello.

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El sol es tan impor­tante en la cul­tura japone­sa que has­ta es rep­re­sen­ta­da en la ban­dera nacional medi­ante el hino maru, “dis­co solar”. De hecho, a Japón se le conoce como el País del Sol Naciente: ese nom­bre se lo pusieron en la antigüedad los chi­nos, quienes esta­ban con­ven­ci­dos de que el sol siem­pre salía por las tier­ras japone­sas. El sol desem­peña un papel impor­tan­tísi­mo en la prin­ci­pal religión del país, el sin­toís­mo, y una de las dei­dades más ven­er­adas es Amat­era­su (“la que bril­la en el cielo”). Se cree que el lina­je impe­r­i­al desciende direc­ta­mente de ella.

A Japón tam­bién se le conoce como el País del Cere­zo Flo­re­ciente. Entre Mar­zo y Mayo, mil­lones de cere­zos a lo largo y ancho del país se cubren de flo­res, momen­to que las famil­ias aprovechan para cel­e­brar el hana­mi, un pic­nic bajo los árboles que para ellos es igual de impor­tante que para muchas famil­ias occi­den­tales la Navi­dad o la cena de Acción de Gra­cias (aún así, cada vez más japone­ses cel­e­bran la Navidad…¿y sabéis donde les gus­ta hac­er­lo? ¡en el Ken­tucky Fried Chick­en!). En dicha época, Japón vive una autén­ti­ca “cerecitis”, con tien­das llenas de artícu­los inspi­ra­dos en las cerezas, des­de paraguas y kimonos a gal­letas y bom­bones.

La primera vez que fui a Japón me sor­prendió muchísi­mo que en un país tan avan­za­do casi nadie hablara inglés, ni siquiera en muchos hote­les. Esto es algo que he obser­va­do que ha cam­bi­a­do durante los últi­mos años y en mi últi­mo via­je ya encon­tramos a muchos japone­ses dese­an­do char­lar con nosotros en inglés para prac­ticar el idioma: inclu­so en más de una ocasión, vis­i­tan­do tem­p­los, se nos acer­có un pro­fe­sor que esta­ba de excur­sión con sus estu­di­antes a pedirnos si podíamos hablar un rati­to con los alum­nos, que entre risas y tapán­dose la boca (los japone­ses son muy tími­dos) nos pre­gunt­a­ban por las cos­tum­bres españo­las y ansi­a­ban saber qué era lo que más nos gusta­ba de su país.

Pero si das con un japonés que no habla inglés, no es tan fácil comu­ni­carse medi­ante gestos ya que los que ellos usan son muy difer­entes a los nue­stros: por pon­er un ejem­p­lo, si a un japonés le dices “vete” con la mano, lo más prob­a­ble es que se acerque ya que ellos lo entien­den como “ven aquí”. Colo­car dos dedos bajo la nar­iz sig­nifi­ca que alguien te gus­ta, gol­pear con el puño la pal­ma de la mano es estar de acuer­do con lo que alguien te pro­pone, enlazar tu dedo meñique con el de otra per­sona sig­nifi­ca hac­er una prome­sa (que, por supuesto, deberás cumplir)… Es bueno apren­der algunos gestos habit­uales antes de ir para no pasar situa­ciones embara­zosas, ni tú ni ellos. Y recuer­da que si en el resto del mun­do es de mala edu­cación señalar a alguien con el dedo, en Japón aún más.

Aunque por como­di­dad y efec­tos prác­ti­cos en Japón tam­bién cono­cen el cal­en­dario occi­den­tal, ese que dice que en el momen­to de escribir este artícu­lo esta­mos en el año 2017, ellos en real­i­dad tienen un cal­en­dario que se divide en eras (los nen­go) y que comien­zan con la lle­ga­da de un nue­vo emper­ador.

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Ten­emos la impre­sión de que a veces los japone­ses dan a la famil­ia de lado, obse­sion­a­dos como están con el tra­ba­jo (muchos padres sólo ven a sus hijos los fines de sem­ana) pero lo cier­to es que sí le dan impor­tan­cia a la famil­ia, mucho más de lo que creemos. Se tiene muchísi­mo respeto por los ancianos, has­ta el pun­to de que las empre­sas con­tin­u­a­mente están lan­zan­do nuevos inven­tos para hac­er su vida más fácil ¡como bas­tones con GPS incor­po­ra­do! Y los abueletes japone­ses son algo más lis­tos que los europeos: se desen­tien­den de sus nietos pues para ellos es más grat­i­f­i­cante dedi­carse a sus pro­pios hob­bies, como la ike­bakana (arte flo­ral), salir de via­je o irse de com­pras a la calle Jizo-dori, donde casi todas las tien­das están pen­sadas para ellos. En Japón viv­en más de 50.000 per­sonas con más de cien años.

A los japone­ses les pir­ran las máquinas expende­do­ras, las puedes encon­trar en los lugares más ines­per­a­dos: hay más de cin­co mil­lones repar­tidas por todo el país, aprox­i­mada­mente una por cada vein­titres habi­tantes. Y venden abso­lu­ta­mente de todo, no sólo bebidas frías o calientes: paraguas, bol­sas de arroz, bom­bil­las, papel higiéni­co, huevos, plá­tanos, gafas, ramos de flo­res… Por vender, han ven­di­do has­ta automóviles.

Los niños japone­ses en el cole­gio no sólo han de dedi­carse a sus asig­nat­uras: tam­bién se les enseña civis­mo, que a mi pare­cer es algo mucho más impor­tante. Por dicho moti­vo, son los encar­ga­dos de limpiar las aulas, los pasil­los, la bib­liote­ca y los baños, por lo que se lo pien­san muy mucho antes de ensu­ciar lo que después ten­drán que recoger.

El fugu, el pez globo, es con­sid­er­a­do un man­jar en Japón pero al mis­mo tiem­po es un pez venenoso que puede provo­car la muerte por asfix­ia. Sólo chefs preparadísi­mos, que han recibido cur­sos de for­ma­ción que duran tres años, están capac­i­ta­dos para servir­lo en sus restau­rantes tras haber elim­i­na­do del pesca­do los órganos peli­grosos. En España es imposi­ble encon­trar­lo: su con­sumo está pro­hibido. En Japón las leyes son tan estric­tas respec­to a su dis­tribu­ción y ven­ta que la propia famil­ia real tiene pro­hibido com­er­lo para evi­tar acci­dentes y que no cor­ra peli­gro la línea de suce­sión.

Al pasear por las calles de algu­nas ciu­dades, obser­varás que en muchas ven­tanas hay un trián­gu­lo rojo; de este modo, en caso de incen­dio, las famil­ias avisan a los bomberos sobre cuál es la habitación que está más despe­ja­da a la hora de acced­er a las vivien­das. Las casas japone­sas se con­struyen tenien­do en cuen­ta que los ter­re­mo­tos son el pan nue­stro de cada día (hay unos 1.500 anuales), por lo que las estruc­turas infe­ri­ores per­miten que se bam­boleen, como si fuer­an casas de goma, pero no se der­rum­ben. Por esta razón cuan­do hay ter­re­mo­tos ape­nas hay víc­ti­mas (aunque no se libran de otras catástro­fes que dejan miles de muer­tos, como el tsuna­mi del 2011). Y sí, la pal­abra tsuna­mi es japone­sa.

Mien­tras los occi­den­tales usamos la mahone­sa prin­ci­pal­mente para sand­wich­es o ensal­adas, los japone­ses se la añaden a los hela­dos, los bol­los e inclu­so los noo­dles. A nosotros nos parece extrañísi­mo pero a ellos les resul­ta igual de raro que uno de nue­stros postres favoritos sea el arroz con leche.

¿Has proba­do a quedarte dormi­do en el tra­ba­jo? Mejor no lo intentes o te arries­gas a ser des­pe­di­do. Pero en Japón lo de echarse un sueñecito en la ofic­i­na no sólo está bien vis­to sino que además es sín­toma de ago­tamien­to y, por lo tan­to, los jefes con­sid­er­an que el tra­ba­jador se esfuerza has­ta la exten­uación. Eso sí, has de dormirte en tu sil­la de tra­ba­jo frente al orde­nador, no tum­barte en cualquier sofá. Debido a sus larguísi­mas jor­nadas lab­o­rales, los japone­ses gozan de una facil­i­dad pas­mosa para echar una cabeza­di­ta en cualquier sitio: les he vis­to quedarse dormi­dos de pie en el metro. Tam­bién es habit­u­al ver a muchos hom­bres de nego­cios dur­mien­do en la calle en cualquier ban­co: suele ser porque han per­di­do el últi­mo tren que les lleve a casa.

Uno de los prob­le­mas más pre­ocu­pantes en Japón es el hikiko­mori: se cree que lo sufren tres mil­lones y medio de per­sonas, un ter­cio de ellas menores de 30 años. Esta enfer­medad social con­siste en ais­larse, quedarse encer­ra­do en casa y no ten­er ape­nas con­tac­to con otras per­sonas, inclu­so las de tu propia famil­ia. Los afec­ta­dos se recluyen en su habitación y pueden pasarse sem­anas enteras sin salir, excep­to para ir al baño: las sufridas madres son las que se encar­gan de dejar­les la ban­de­ja de comi­da en la puer­ta (esto me recuer­da enorme­mente a “La meta­mor­fo­s­is” de Kaf­ka). Algunos de ellos, los pertenecientes a lo que se conoce como “primera gen­eración”, lle­van con­fi­na­dos veinte años: ¿qué ocur­rirá cuan­do sus padres fall­ez­can y vean lo difí­cil que es rein­te­grarse en la sociedad, mien­tras asumen que nadie va a cuidar de ellos?

¿Sabes cuán­to dinero mueve al año el pachinko? 300.000.000.000 dólares (se pierde una con tan­tos ceros), es decir, cua­tro veces el dinero que se jue­ga anual­mente en todos los casi­nos del mun­do. En Japón estos recre­ativos los encon­trarás a patadas: lo cier­to es que yo den­tro sue­lo aguan­tar sólo unos min­u­tos porque la músi­ca está a un vol­u­men ensor­de­ce­dor. Pero los japone­ses se pueden tirar jugan­do horas y horas y, además, son tremen­da­mente super­sti­ciosos: no les gus­ta que se les mire mien­tras jue­gan y no expre­san ale­gría cuan­do ganan ni tris­teza cuan­do pier­den. Y si se les cae una bola al sue­lo, lla­man al encar­ga­do para que la reco­ja porque creen que si la tocan ellos mis­mos, atraerán a la mala suerte. Este lucra­ti­vo nego­cio da tra­ba­jo a más de 300.000 per­sonas.

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En la puer­ta de un pachinko, el juego más adic­ti­vo en Japón.

Si bus­cas alquilar piso en Japón, no esperes encon­trar las medi­das en met­ros sino en esteras (tatamis): “tal habitación mide tres tatamis y medio”. El tata­mi suele medir 1,80 de largo por 90 cen­tímet­ros de ancho. Los japone­ses hacen su vida sobre el tata­mi: duer­men en un futón, comen en esas mesas baji­tas, ven la tele­visión o se sien­tan a leer. Además, vienen bien para calen­tar el sue­lo ya que debido a los ter­re­mo­tos, en el país no es habit­u­al la exis­ten­cia de cale­fac­ción (las tuberías reven­tarían debido a los movimien­tos sís­mi­cos) y los hog­a­res sue­len tirar del aire acondi­ciona­do a alta tem­per­atu­ra, que, las cosas como son, no es lo mis­mo que un radi­ador calen­ti­to.

A los japone­ses, como a nosotros, les encan­ta cel­e­brar la lle­ga­da del año nue­vo, el oshogat­su. Se limpian a fon­do casas y ofic­i­nas, a la entra­da se colo­ca un kado­mat­su (un adorno de bam­bú) y se envían tar­je­tas de felic­itación a ami­gos y famil­iares. El 31 de Diciem­bre se cel­e­bra una cena tradi­cional, con caji­tas que guardan los platos de nochevie­ja como el puré de boni­a­to o los cala­mares, así como los pastelitos omochi.  Antes de las 12 de la noche, las cam­panas comien­zan a sonar en los tem­p­los: cuan­do toque la últi­ma (la 108) se inau­gu­ra ofi­cial­mente el año nue­vo.

Una de las cosas que más me gus­ta de Japón es que, jun­to a Islandia, es el país más seguro del mun­do: en el año 2015 sólo hubo un asesina­to por arma de fuego, tienes más posi­bil­i­dades de morir alcan­za­do por un rayo que por un dis­paro. Y no es que la crim­i­nal­i­dad haya desa­pare­ci­do porque la policía sea demasi­a­do rígi­da sino porque cul­tural­mente hablan­do el japonés con­sid­era que delin­quir es uno de los peo­res deshon­ores que puede sufrir él y en con­se­cuen­cia su famil­ia. Los policías nipones se abur­ren tan­to ante la fal­ta de acción que saltó a las noti­cias el caso de a una mujer que le robaron las zap­atil­las del tend­edero y rap­i­da­mente se pre­sen­taron cin­co agentes “para resolver tan peliagu­do caso”.

Si las mujeres japone­sas se dejan un din­er­al en pelu­quería, los chicos no les van detrás. Date un paseo por Shin­juku o Hara­juku y déjate sor­pren­der por los peina­dos mas­culi­nos. Lo curioso es que muchos de ellos pare­cen ir despeinadísi­mos cuan­do sin embar­go su look está cuida­do al milímetro.

En Japón hay trein­ta “car­reteras musi­cales”. Se han hecho una serie de pequeñas hen­diduras en el asfal­to para que cuan­do pasen los coches se emi­tan difer­entes melodías. Para escuchar bien la músi­ca lo recomend­able es via­jar con las ven­tanil­las cer­radas. Hablan­do de car­reteras, en Osa­ka hay un edi­fi­cio, el Gate Tow­er Build­ing, que está atrav­es­a­do por una autopista.

Aunque ofi­cial­mente la pros­ti­tu­ción no es legal en Japón, me llamó mucho la aten­ción ver en el bar­rio de Kabuchiko a muchos gigo­los por la calle: los recono­cerás por sus mele­nas rubias y sus tra­jes impeca­bles. Muchos de ellos ni siquiera venden sexo sino masajes y horas de com­pañía en even­tos o con­ver­sación. Y la may­oría no acep­tan dinero sino rega­los caros como relo­jes de lujo o inclu­so coches.

Aunque al prin­ci­pio parez­ca con­fu­so, al subir o bajar las escaleras mecáni­cas, recuer­da que en Tokio se hace por la izquier­da y en Osa­ka por la derecha.

En Japón hay un niv­el de alfa­bet­i­zación del 100%, lo cual dicho sea de paso es admirable. Japón tiene en su haber 18 pre­mios Nobel.

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Si pierdes algo en Japón, lo recomend­able es que vayas a pre­gun­tar a la comis­aría más cer­cana (Police Box) porque es muy prob­a­ble que quien lo haya encon­tra­do, lo haya deposi­ta­do allí. Los japone­ses son muy hon­estos. Y edu­ca­dos: tienen veinte man­eras difer­entes de pedir perdón.

En Japón, tomarse un baño con­ll­e­va todo un rit­u­al. Las famil­ias no sólo lo hacen en los onsen, los baños públi­cos, sino que en casa sue­len ten­er una bañera muy hon­da, en la que casi cabes de pie, y allí se baña toda la famil­ia ¡usan­do el mis­mo agua! Eso sí, no lo hacen, evi­den­te­mente, todos a la vez: primero va el padre, luego la madre y después los niños.

En Tokio te liarás un poco al lle­gar porque las calles no tienen nom­bres sino números. Así, si alguien te quiere indicar su direc­ción, te dirá “vivo en el bloque número 14” o “en la casa al lado de la tien­da de móviles”.

Muchas famil­ias, en vez de adop­tar niños, adop­tan adul­tos. Puede resul­tarnos chocante pero en la sociedad japone­sa es muy impor­tante man­ten­er el apel­li­do, que se trans­mite sólo por vía mas­culi­na (como en Occi­dente, podéis com­pro­bar que su sociedad es patri­ar­cal). Si una famil­ia es rica pero sólo tiene hijas, un hijo (aunque sea adop­ta­do) les ayu­dará a diri­gir sus exi­tosas empre­sas.

A los japone­ses les gus­tan tan­to los comics que gas­tan más papel en fab­ri­car­los que el que uti­lizan como papel higiéni­co. Se cal­cu­la que un 90% de los japone­ses han leí­do un com­ic algu­na vez en su vida: cada japonés se gas­ta en comics una media de 30 euros al año. Es común ver­les leyén­do­los en cualquier lugar, des­de el metro a los par­ques o cafeterías, aunque donde más les gus­ta hac­er­lo es en los man­ga cafés.

Hay tal niv­el de adic­ción a los telé­fonos móviles que el 90% de los aparatos son resistentes al agua. ¿Y por qué? Pues porque espe­cial­mente los jóvenes sue­len usar­los ¡has­ta en la ducha!

Los pocos vagabun­dos que hay en Tokio duer­men muchas veces en los cyber­cafes (a estos sin techo se les conoce como cyber-home­less). Algunos de estos establec­imien­tos tienen has­ta duchas y se per­mite dormir, com­er y beber y, por supuesto, hay acce­so a inter­net gra­tu­ito: cada noche de “alo­jamien­to” les sale por unos 15 euros, bas­tante más bara­to que cualquier hotel cáp­su­la.

La inmi­gración es prac­ti­ca­mente inex­is­tente: un 99% de la población es japone­sa. El otro 1% está for­ma­do prin­ci­pal­mente por core­anos, chi­nos y fil­ipinos. Y tam­bién hay algún europeo, como los camareros del But­ler’s Cafe de Tokio, que sólo con­tra­ta a occi­den­tales para que lla­men “prince­sas” a las clien­tas y se hagan fotos cogién­dolas en bra­zos. Ya sabéis, ese tipo de cosas que sólo se pueden ver en Japón.

Algu­nas latas de cerveza lle­van escrito en braille la pal­abra “alco­hol” para que los cie­gos no las beban acci­den­tal­mente si no lo desean.

En Japón existe una ter­apia lla­ma­da rui-kat­su en la que, para reducir el estrés, varias per­sonas se jun­tan para ver pelícu­las lacrimó­ge­nas, los dra­mones más tristes que puedan encon­trar, e hin­charse a llo­rar. Algo com­pren­si­ble si tienes en cuen­ta que en Japón lo de expre­sar las emo­ciones en públi­co no está muy bien vis­to.

Los trenes en Japón son tan pun­tuales que el retra­so máx­i­mo de media suele ser de sólo 18 segun­dos: si un tren se retrasa cin­co min­u­tos (que para ellos sería una catástrofe), el con­duc­tor lo avisa aver­gon­za­do y a los pasajeros se les entre­ga un “cer­ti­fi­ca­do de retra­so”, ase­gu­ran­do que no volverá a suced­er. Cuan­do un tren se ha retrasa­do más de una hora, la noti­cia ha lle­ga­do a apare­cer en los per­iódi­cos.

No he vis­to más tipos de Kit-Kat que en Japón ¡y todos están riquísi­mos! Los hay veg­anos, de wasabi, de pata­ta, de té matcha, de sirope, de judías rojas, de soja… Muchos extran­jeros se los lle­van de recuer­do ya que algunos son de edi­ción lim­i­ta­da.

Cuan­do pasees, no te sor­pren­da encon­trarte con gente que te regala kleenex gratis: en real­i­dad, estos pañue­los pub­lic­i­tan difer­entes empre­sas.

En las iza­kayas, verás que después de pedir la comi­da te sir­ven (no en todas) un pequeño plati­to para que te vayas entrete­nien­do: es el otooshi, el aper­i­ti­vo japonés. Hablan­do de aper­i­tivos, uno de los ten­tem­piés más curiosos que he proba­do en Japón es el tako tam­a­go, un pequeño pul­pi­to pin­cha­do en un pal­i­to de madera y cuya cabeza está rel­lena con un hue­vo de codor­niz.

Si vas a Japón, es casi oblig­a­to­rio que pruebes una puriku­ra, esa especie de fotomatón donde puedes retratarte y añadir un mon­tón de adhe­sivos y dec­o­ra­ciones a las fotos. Se hicieron muy pop­u­lares a par­tir de los años 90 y como prin­ci­pal­mente son usadas por chi­cas ado­les­centes, en muchos de estos establec­imien­tos no está per­mi­ti­da la entra­da de hom­bres.


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4 Comments

  1. Silvia

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    Total­mente de acuer­do !!!
    Japon es otro mun­do, via­jamos allí por primera vez en 2014 y nos enam­oro, esta­mos dese­an­do volver !!!
    Es un país increíble, con mucho que ofre­cer y del que ten­emos mucho que apren­der, des­ti­no super recomend­able 100% !!!

  2. Gra­cias por tus pal­abras, Sil­via! Efec­ti­va­mente, es un país mágico…¡no pier­das la ocasión de regre­sar algu­na vez!

  3. hola!! soy nue­va por aqui y he de decir que me encan­ta tu blog y sobreto­do tus entradas y la for­ma en la que nos cuen­tas tus expe­ri­en­cias!! me ha encan­ta­do!! nosotros aun no hemos ido pero es algo pen­di­ente !!

  4. Muchisi­mas gra­cias por tus pal­abras y por seguirme! no dejeis lo de Japón!!

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