Países peligrosos: percepción y realidad

Imagen conceptual sobre países peligrosos: calle latinoamericana colorida con sello rojo DANGER superpuesto

Via­jar impli­ca movimien­to. Y el miedo tam­bién via­ja. A veces inclu­so más rápi­do que nosotros. Un tit­u­lar alarmista, un vídeo viral, una noti­cia repeti­da durante sem­anas… y de pron­to un país entero que­da reduci­do a una eti­que­ta: peli­groso. Como si las fron­teras fuer­an muros homogé­neos donde todo sucede igual. Como si cada calle repi­tiera la mis­ma estadís­ti­ca.

Pero ¿qué sig­nifi­ca real­mente que un país sea peli­groso? ¿Hablam­os de crim­i­nal­i­dad estruc­tur­al? ¿De zonas conc­re­tas? ¿De per­cep­ción cul­tur­al? ¿De expe­ri­en­cias per­son­ales? ¿O sim­ple­mente de lo que nos han con­ta­do?

Méx­i­co, Argenti­na, Esta­dos Unidos, Mar­rue­cos y Alba­nia com­parten algo curioso: todos reciben mil­lones de tur­is­tas cada año y, al mis­mo tiem­po, todos car­gan con algún tipo de nar­ra­ti­va de inse­guri­dad. A veces basa­da en datos reales. A veces infla­da por el sen­sa­cional­is­mo. A veces mold­ea­da por pre­juicios. Hoy vamos a analizar­los sin drama­tismo pero sin ingenuidad.

¿Qué significa que un país sea “peligroso”?

Antes de señalar des­ti­nos, con­viene aclarar algo fun­da­men­tal: ningún país es homogé­neo. Decir “Méx­i­co es peli­groso” tiene el mis­mo sen­ti­do que decir “Europa es peli­grosa”. ¿Toda? ¿En todas sus ciu­dades? ¿A cualquier hora? Evi­den­te­mente no.

Cuan­do se habla de seguri­dad turís­ti­ca hay que dis­tin­guir:

  • Crim­i­nal­i­dad estruc­tur­al (lig­a­da a con­flic­tos inter­nos o desigual­dad).

  • Ries­go local­iza­do (bar­rios con­cre­tos o zonas fron­ter­i­zas).

  • Delin­cuen­cia común (hur­tos, car­ter­is­tas).

  • Per­cep­ción cul­tur­al (inco­mo­di­dad que no equiv­ale a vio­len­cia).

  • Ries­go real para el tur­ista medio.

Muchas veces los índices de vio­len­cia que apare­cen en rank­ings inter­na­cionales no afectan direc­ta­mente al via­jero que se mueve por zonas turís­ti­cas, duerme en bar­rios cén­tri­cos y uti­liza trans­porte habit­u­al. Eso no sig­nifi­ca negar prob­le­mas. Sig­nifi­ca enten­der­los con mat­ices.

Y aho­ra sí, vamos país por país.

🇲🇽 México: violencia real, turismo masivo

Méx­i­co es prob­a­ble­mente el país que más veces aparece cuan­do alguien pre­gun­ta si un des­ti­no es peli­groso. La pal­abra nar­cotrá­fi­co suele apare­cer en la mis­ma frase, segui­da de imá­genes de vio­len­cia que cir­cu­lan por tele­visión y redes sociales. Es innegable que Méx­i­co enfrenta un prob­le­ma serio de vio­len­cia vin­cu­la­da al crimen orga­ni­za­do en deter­mi­nadas regiones del país. Las cifras de homi­cidios exis­ten y no son inven­tadas. Pero el error habit­u­al está en con­ver­tir un prob­le­ma local­iza­do y com­ple­jo en una eti­que­ta uni­forme que cubre todo el ter­ri­to­rio mex­i­cano como si fuera una sola calle.

Méx­i­co es inmen­so. Tiene más de 120 mil­lones de habi­tantes, una diver­si­dad geográ­fi­ca bru­tal y real­i­dades com­ple­ta­mente dis­tin­tas entre esta­dos. La expe­ri­en­cia en Ciu­dad de Méx­i­co no tiene nada que ver con la de una zona fron­ter­i­za con­flic­ti­va, ni con la de un pueblo tran­qui­lo en Oax­a­ca, ni con la de la penín­su­la de Yucatán, que suele fig­u­rar entre las regiones más seguras del país. Sin embar­go, des­de fuera se habla de “Méx­i­co peli­groso” como si todo el país fun­cionara bajo la mis­ma dinámi­ca de ries­go per­ma­nente.

Lo primero que con­viene enten­der es que gran parte de la vio­len­cia grave en Méx­i­co está lig­a­da a dis­putas inter­nas entre gru­pos crim­i­nales. No está dirigi­da al tur­ista medio que visi­ta museos, recorre cen­tros históri­cos o se alo­ja en bar­rios turís­ti­cos. Las zonas con may­or inci­den­cia sue­len ser áreas muy conc­re­tas y, en muchos casos, ale­jadas de los cir­cuitos habit­uales de via­je. Esto no elim­i­na los ries­gos pero sí cam­bia la per­spec­ti­va.

El caso es que cuan­do he via­ja­do a Méx­i­co, fue pre­cisa­mente porque mi her­mana vivía allí y ella mis­ma esta­ba har­ta de recor­rer el país de arri­ba a aba­jo. ¿Que era bas­tante común que los policías cobraran “mor­di­das”? ¿Que había que ten­er cuida­do en cier­tas zonas poco recomend­ables? Ten­lo más que claro. Pero esto no es algo a lo que el tur­ista medio deba enfrentarse nor­mal­mente en el día a día. Nosotros nos movi­mos por libre sin prob­le­ma por mer­ca­dos, pueblecitos per­di­dos, grandes ciu­dades y ruinas mayas en mitad de la sel­va. Con cabeza y sen­ti­do común pero sin ningún prob­le­ma. Es más , los mex­i­canos me parecieron de la gente más acoge­do­ra y cál­i­da que he cono­ci­do en mis via­jes.

Maribel cartel Mexico

En tér­mi­nos turís­ti­cos, los inci­dentes más fre­cuentes que pueden afec­tar al vis­i­tante son sim­i­lares a los de muchas grandes ciu­dades del mun­do: hur­tos, des­cui­dos, pequeñas estafas. Ciu­dad de Méx­i­co, por ejem­p­lo, es una mega­lópo­lis vibrante, cul­tural­mente riquísi­ma y con bar­rios per­fec­ta­mente tran­sita­bles como Roma, Con­de­sa o Coyoacán, donde la pres­en­cia turís­ti­ca es con­stante. Oax­a­ca es uno de los des­ti­nos cul­tur­ales más fasci­nantes del con­ti­nente y mantiene un ambi­ente rela­ja­do. La penín­su­la de Yucatán, con Méri­da a la cabeza, suele destacar por su baja tasa de crim­i­nal­i­dad com­par­a­ti­va.

¿Sig­nifi­ca eso que Méx­i­co sea un país sin prob­le­mas? No. Sig­nifi­ca que el peli­gro no es homogé­neo. Y ese matiz es fun­da­men­tal.

Tam­bién influye mucho el tipo de via­je que se hace. No es lo mis­mo recor­rer el país en trans­porte públi­co noc­turno por zonas poco recomen­dadas que plan­i­ficar desplaza­mien­tos con infor­ma­ción actu­al­iza­da. No es lo mis­mo alo­jarse en bar­rios per­iféri­cos sin ref­er­en­cias que ele­gir zonas cén­tri­c­as con bue­nas val­o­raciones. La difer­en­cia entre una expe­ri­en­cia segu­ra y una expe­ri­en­cia com­pli­ca­da muchas veces rad­i­ca en la preparación pre­via.

Hay otro fac­tor que rara vez se men­ciona: la cober­tu­ra mediáti­ca. Un suce­so vio­len­to en Méx­i­co tiene reper­cusión inter­na­cional inmedi­a­ta. Sin embar­go, deli­tos graves en país­es con­sid­er­a­dos “seguros” no siem­pre gen­er­an la mis­ma nar­ra­ti­va glob­al. Esa difer­en­cia en la per­cep­ción tam­bién con­struye el miedo. Méx­i­co car­ga con una ima­gen que a veces igno­ra que mil­lones de per­sonas viv­en su vida diaria con nor­mal­i­dad y que mil­lones de tur­is­tas regre­san cada año con expe­ri­en­cias pos­i­ti­vas.

Además, existe un com­po­nente cul­tur­al. Méx­i­co es un país pro­fun­da­mente vivo, con calles acti­vas, mer­ca­dos bul­li­ciosos, trans­porte caóti­co en oca­siones y una energía que puede resul­tar inten­sa para quien no está acos­tum­bra­do. Esa inten­si­dad puede inter­pre­tarse como inse­guri­dad cuan­do en real­i­dad es sim­ple­mente dinamis­mo urbano. La sen­sación sub­je­ti­va no siem­pre coin­cide con el ries­go obje­ti­vo.

Via­jar a Méx­i­co exige sen­ti­do común, como via­jar a cualquier gran país del mun­do. Infor­marse sobre las regiones que se vis­i­tan, evi­tar ostentación innece­saria, no desplazarse de madru­ga­da por zonas descono­ci­das y man­ten­erse aten­to al entorno son medi­das bási­cas que reducen enorme­mente la prob­a­bil­i­dad de inci­dentes. No es una fór­mu­la exclu­si­va para Méx­i­co; es una acti­tud gen­er­al de via­je respon­s­able.

Al final, el caso mex­i­cano resume muy bien el prob­le­ma de las eti­que­tas sim­pli­fi­cado­ras. Sí, exis­ten prob­le­mas estruc­turales. Sí, hay zonas com­ple­jas. Pero tam­bién existe un país cul­tural­mente des­bor­dante, gas­tronómi­ca­mente excep­cional y turís­ti­ca­mente con­sol­i­da­do que no puede reducirse a un tit­u­lar.

🇦🇷 Argentina: crisis económica no es sinónimo de caos

Argenti­na suele apare­cer en con­ver­sa­ciones sobre inse­guri­dad más por su cri­sis económi­ca que por una nar­ra­ti­va de vio­len­cia estruc­tur­al extrema. Cuan­do un país atraviesa inflación descon­tro­la­da, deval­u­a­ciones con­stantes y ten­siones sociales vis­i­bles, el imag­i­nario colec­ti­vo tiende a aso­ciar automáti­ca­mente ese con­tex­to con peli­gro. Pero cri­sis económi­ca no es sinón­i­mo direc­to de ame­naza per­ma­nente para el tur­ista.

Argenti­na es un país enorme y diver­so. No es lo mis­mo moverse por bar­rios cén­tri­cos de Buenos Aires que por zonas per­iféri­c­as menos tran­si­tadas. No es lo mis­mo recor­rer la Patag­o­nia que cam­i­nar dis­traí­do por deter­mi­nadas áreas del conur­bano bonaerense. Sin embar­go, des­de fuera, muchas veces se sim­pli­fi­ca todo bajo una mis­ma eti­que­ta: “Argenti­na está muy mal”.

Es cier­to que la inesta­bil­i­dad económi­ca ha tenido con­se­cuen­cias sociales. La pér­di­da de poder adquis­i­ti­vo, el aumen­to de la desigual­dad y la ten­sión políti­ca gen­er­an esce­nar­ios com­ple­jos. En grandes ciu­dades como Buenos Aires exis­ten prob­le­mas de pequeña delin­cuen­cia, espe­cial­mente hur­tos y robos sin vio­len­cia dirigi­dos a móviles, bol­sos o mochi­las. Esto afec­ta tan­to a locales como a tur­is­tas. Pero esa real­i­dad no con­vierte automáti­ca­mente al país en un des­ti­no hos­til.

Buenos Aires es una ciu­dad vibrante, cul­tural­mente inten­sa, con bar­rios como Paler­mo, Reco­le­ta o San Tel­mo que reciben vis­i­tantes con­stan­te­mente. Cuan­do estuve en Argenti­na en el año ’98, es cier­to que había bar­rios más con­flic­tivos, espe­cial­mente en los sub­ur­bios, pero no son áreas por las que te vayas a mover ya no solo tú sino bue­na parte de los bonaerens­es. Salí sin prob­le­mas muchas noches, lle­gan­do a las seis o las siete de la madru­ga­da, toman­do las mis­mas pre­cau­ciones que tomaría en mi Madrid natal.

Men­doza sigue atrayen­do tur­is­mo enológi­co. Bar­iloche y la Patag­o­nia son des­ti­nos nat­u­rales con­sol­i­da­dos. Las Cataratas del Iguazú reciben via­jeros de todo el mun­do. El flu­jo turís­ti­co con­tinúa porque la expe­ri­en­cia habit­u­al del vis­i­tante no es la de una ame­naza con­stante, sino la de una ciu­dad grande con pre­cau­ciones nor­males.

Pareja bailando tango en un bar clásico de Buenos Aires con ambiente cálido y decoración tradicional
El tan­go sigue sien­do parte viva de la iden­ti­dad porteña

La clave en Argenti­na —como en muchas cap­i­tales lati­noamer­i­canas— está en enten­der el con­tex­to urbano. Los deli­tos más comunes son opor­tunistas: des­cui­dos, dis­trac­ciones, exposi­ción innece­saria de obje­tos de val­or. Cam­i­nar miran­do el móvil en una calle poco tran­si­ta­da o dejar una mochi­la abier­ta en una ter­raza con­cur­ri­da aumen­ta el ries­go, igual que ocur­riría en cualquier gran ciu­dad euro­pea.

Tam­bién es impor­tante difer­en­ciar entre man­i­festa­ciones políti­cas y vio­len­cia direc­ta. Argenti­na tiene una tradi­ción de protes­ta social muy vis­i­ble. Las mar­chas for­man parte del paisaje urbano, espe­cial­mente en Buenos Aires. Para quien no está acos­tum­bra­do, puede resul­tar impac­tante. Pero la may­oría de estas man­i­festa­ciones son orga­ni­zadas y no están dirigi­das con­tra el tur­ista. Son expre­sión de debate inter­no, no de hos­til­i­dad hacia el vis­i­tante.

Existe otro ele­men­to intere­sante en el caso argenti­no: la nar­ra­ti­va exter­na suele ampli­ficar los momen­tos más críti­cos y con­ge­lar­los en el tiem­po. Un pico de inesta­bil­i­dad puede quedar fija­do en la per­cep­ción inter­na­cional durante años, aunque la situación evolu­cione. La ima­gen tar­da más en actu­alizarse que la real­i­dad.

¿Hay que tomar pre­cau­ciones al via­jar a Argenti­na? Sí, como en cualquier des­ti­no urbano grande. Infor­marse sobre bar­rios recomen­da­dos, evi­tar desplaza­mien­tos innece­sar­ios de madru­ga­da por zonas descono­ci­das, no exhibir obje­tos cos­tosos y usar trans­porte seguro son medi­das bási­cas. No son pro­to­co­los extra­or­di­nar­ios; son hábitos de via­je respon­s­able.

Argenti­na no es un país exen­to de prob­le­mas. Pero tam­poco es un ter­ri­to­rio donde el peli­gro defi­na la expe­ri­en­cia turís­ti­ca prome­dio. Es un país con con­trastes, con ten­siones inter­nas y con una energía social muy vis­i­ble. Y quizá esa inten­si­dad es lo que a veces se inter­pre­ta como ame­naza des­de la dis­tan­cia. Reducir Argenti­na a una eti­que­ta de país peli­groso igno­ra la com­ple­ji­dad de su con­tex­to y la expe­ri­en­cia real de mil­lones de via­jeros que recor­ren sus calles cada año sin inci­dentes graves. El ries­go existe, como existe en cualquier sociedad desigual. Pero el miedo sim­pli­fi­cador rara vez ayu­da a enten­der.

🇺🇸 Estados Unidos: el mito de la seguridad automática

Esta­dos Unidos rara vez aparece en con­ver­sa­ciones cotid­i­anas como “país peli­groso”. Y sin embar­go, si uno anal­iza fría­mente algunos de sus indi­cadores, la eti­que­ta no sería tan desca­bel­la­da como parece a primera vista. El país reg­is­tra cada año cifras ele­vadas de vio­len­cia arma­da, tiro­teos masivos que ocu­pan por­tadas inter­na­cionales y desigual­dades sociales pro­fun­das que se tra­ducen en con­trastes extremos entre bar­rios den­tro de una mis­ma ciu­dad. Aun así, la nar­ra­ti­va glob­al tiende a con­sid­er­ar­lo automáti­ca­mente un des­ti­no seguro. Prue­ba de ello es que sigue sien­do el des­ti­no estrel­la de per­sonas de todo el mun­do.

Aquí entra en juego un fenó­meno intere­sante: el doble rasero en la per­cep­ción del ries­go.

Cuan­do ocurre un episo­dio vio­len­to en Méx­i­co o en Colom­bia, el país entero que­da mar­ca­do durante sem­anas en el imag­i­nario colec­ti­vo. Cuan­do ocurre en Esta­dos Unidos, la expli­cación suele ser más local­iza­da: “eso pasó en ese bar­rio”, “eso fue un caso ais­la­do”, “eso no afec­ta al tur­ista”. Y, en real­i­dad, esa expli­cación es bas­tante sim­i­lar a la que podría apli­carse a muchos otros país­es.

Esta­dos Unidos es enorme. Via­jar a Nue­va York no es lo mis­mo que via­jar a Detroit. No es lo mis­mo recor­rer zonas turís­ti­cas de Los Ánge­les que aden­trarse en bar­rios con alta crim­i­nal­i­dad. No es lo mis­mo vis­i­tar par­ques nacionales que moverse por deter­mi­nadas áreas urbanas con prob­le­mas estruc­turales.

Las grandes ciu­dades esta­dounidens­es tienen bar­rios muy difer­en­ci­a­dos. En cuestión de pocas calles se puede pasar de una zona per­fec­ta­mente segu­ra y patrul­la­da a otra con índices de vio­len­cia mucho más altos. La desigual­dad económi­ca, la seg­re­gación urbana y el acce­so masi­vo a armas gen­er­an real­i­dades com­ple­jas que no siem­pre se refle­jan en los fol­letos turís­ti­cos.

Sin embar­go, el tur­is­mo en Esta­dos Unidos fun­ciona de man­era muy estruc­tura­da. Las áreas más vis­i­tadas —cen­tros urbanos, dis­tri­tos financieros, par­ques nacionales, zonas históri­c­as— cuen­tan con infraestruc­tura sól­i­da, pres­en­cia poli­cial y ser­vi­cios prepara­dos para el vis­i­tante. El via­jero medio que recorre Man­hat­tan, el Nation­al Mall en Wash­ing­ton o el cen­tro de Boston no suele enfrentarse a situa­ciones de ries­go extra­or­di­nario más allá de pequeños deli­tos opor­tunistas, sim­i­lares a los de cualquier gran ciu­dad euro­pea.

Eso no sig­nifi­ca que el ries­go no exista. Sig­nifi­ca que está dis­tribui­do de for­ma desigual.

Otro ele­men­to que influye es la famil­iari­dad cul­tur­al. Para muchos via­jeros europeos, Esta­dos Unidos resul­ta cul­tural­mente más cer­cano que otros des­ti­nos. Se com­parte idioma glob­al, ref­er­en­cias audio­vi­suales, mar­cas cono­ci­das, códi­gos urbanos pare­ci­dos. Esta­dos Unidos es una poten­cia mediáti­ca y cul­tur­al. La ima­gen que proyec­ta hacia el exte­ri­or está cuida­dosa­mente con­stru­i­da a través de cine, series y pub­li­ci­dad. Esa nar­ra­ti­va influye en cómo percibi­mos el ries­go. Esa famil­iari­dad reduce la sen­sación de ame­naza. Pero la sen­sación sub­je­ti­va no siem­pre coin­cide con los datos obje­tivos.. La famil­iari­dad reduce el miedo, inclu­so cuan­do los datos no siem­pre son tran­quil­izadores.

En mi propia expe­ri­en­cia via­jan­do por Esta­dos Unidos —como puede verse en la ima­gen— la sen­sación de seguri­dad depende mucho más del entorno con­cre­to que del país en abstrac­to.

Pareja sentada en un diner tradicional estadounidense con decoración retro y ambiente típico americano
En un din­er tradi­cional esta­dounidense, una expe­ri­en­cia cotid­i­ana que con­trasta con la idea sim­pli­fi­ca­da de que un país entero pue­da con­sid­er­arse automáti­ca­mente seguro o peli­groso.

La vio­len­cia arma­da es un fenó­meno estruc­tur­al en Esta­dos Unidos que gen­era inqui­etud legí­ti­ma. Sin embar­go, la prob­a­bil­i­dad de que un tur­ista se vea afec­ta­do direc­ta­mente por un tiro­teo masi­vo es estadís­ti­ca­mente muy baja en com­para­ción con la mag­ni­tud total del país y su población. El ries­go existe pero no define la expe­ri­en­cia cotid­i­ana del via­jero prome­dio. Las recomen­da­ciones son sim­i­lares a las que apli­carías en cualquier gran ciu­dad del mun­do: infor­marte sobre los bar­rios donde te alo­jas, evi­tar zonas con­flic­ti­vas espe­cial­mente de noche, no exhibir obje­tos de val­or y moverte con plan­i­fi­cación.

Al final, Esta­dos Unidos no es un país com­ple­ta­mente seguro ni un ter­ri­to­rio inher­ente­mente peli­groso. Es un país diver­so, desigual y com­ple­jo donde con­viv­en zonas extremada­mente seguras con otras que requieren may­or pre­cau­ción. La difer­en­cia no está en negar los prob­le­mas, sino en enten­der su dis­tribu­ción.

🇲🇦 Marruecos: entre la incomodidad cultural y el peligro real

Mar­rue­cos ocu­pa un lugar pecu­liar en el imag­i­nario europeo cuan­do se habla de país­es “peli­grosos”. No suele apare­cer en rank­ings glob­ales de vio­len­cia extrema pero sí gen­era adver­ten­cias con­stantes del tipo “ten cuida­do”, “espe­cial­mente si eres mujer”, “allí es difer­ente”. Esa pal­abra —difer­ente— suele ser el pun­to de par­ti­da de muchos miedos. Yo mis­ma le dediqué a este tema el artícu­lo Via­jar a Mar­rue­cos sien­do mujer — desmon­tan­do pre­juicios. Muchas mujeres describen episo­dios de acoso ver­bal o miradas insis­tentes. Esto puede gener­ar sen­sación de vul­ner­a­bil­i­dad. Sin embar­go, es fun­da­men­tal dis­tin­guir entre com­por­tamien­tos molestos y ries­go físi­co real. El acoso calle­jero es un prob­le­ma cul­tur­al pre­sente en muchos lugares del mun­do, no exclu­si­vo de Mar­rue­cos, y su inten­si­dad varía según la ciu­dad y el con­tex­to.

He via­ja­do muchas veces a Mar­rue­cos  y espero seguir hacién­do­lo; de hecho, mien­tras escri­bo este artícu­lo estoy dan­do los últi­mos toques a una nue­va escapa­da allí este fin de sem­ana. Lo primero que con­viene aclarar es que Mar­rue­cos no pre­sen­ta, en tér­mi­nos gen­erales, índices de vio­len­cia con­tra tur­is­tas com­pa­ra­bles a país­es en con­flic­to o con crim­i­nal­i­dad estruc­tur­al descon­tro­la­da. El tur­is­mo es uno de los pilares de su economía y ciu­dades como Mar­rakech, Fez, Tánger o Essaouira reciben mil­lones de vis­i­tantes cada año. La pres­en­cia poli­cial en zonas turís­ti­cas es vis­i­ble y el Esta­do tiene interés direc­to en man­ten­er esta­bil­i­dad en esos entornos.

Entonces, ¿de dónde nace esa per­cep­ción de peli­gro? En parte, del choque cul­tur­al. Para muchos via­jeros europeos, espe­cial­mente mujeres, el primer con­tac­to con deter­mi­nadas med­i­nas puede resul­tar inten­so: com­er­ciantes insis­tentes, inten­tos de guía impro­visa­da, comen­tar­ios no solic­i­ta­dos, nego­ciación con­stante de pre­cios. Esa expe­ri­en­cia puede gener­ar inco­mo­di­dad y la inco­mo­di­dad a veces se inter­pre­ta como ame­naza. Pero inco­mo­di­dad cul­tur­al no es lo mis­mo que vio­len­cia estruc­tur­al.

Pareja en las calles azules de Chefchaouen durante un viaje a Marruecos
En Chefchaouen, uno de los pueb­los más boni­tos (y seguros) de Mar­rue­cos

Los deli­tos más fre­cuentes que pueden afec­tar al tur­ista en Mar­rue­cos sue­len ser de baja inten­si­dad: pequeños hur­tos, estafas rela­cionadas con pre­cios infla­dos o inten­tos de desviar al vis­i­tante hacia tien­das especí­fi­cas. Las agre­siones físi­cas graves con­tra tur­is­tas no for­man parte de la expe­ri­en­cia habit­u­al en los cir­cuitos turís­ti­cos. Eso no sig­nifi­ca que no exis­tan ries­gos. Exis­ten, como en cualquier país. Hay bar­rios per­iféri­cos en grandes ciu­dades que con­viene evi­tar de noche. Hay situa­ciones donde la pru­den­cia es nece­saria. Pero no se tra­ta de un entorno de peli­gro con­stante, sino de un con­tex­to donde la aten­ción y la infor­ma­ción mar­can la difer­en­cia.

Via­jar a Mar­rue­cos con seguri­dad impli­ca aplicar medi­das bási­cas: ele­gir alo­jamien­tos bien val­o­rados, evi­tar seguir a descono­ci­dos por calle­jones poco tran­si­ta­dos, moverse con deter­mi­nación en zonas con­cur­ri­das y nego­ciar pre­cios con cal­ma. Tam­bién ayu­da infor­marse pre­vi­a­mente sobre dinámi­cas locales para evi­tar malen­ten­di­dos.

Existe además un com­po­nente geopolíti­co en la con­struc­ción del miedo. Mar­rue­cos es percibido como cul­tural­mente dis­tin­to, may­ori­tari­a­mente musul­mán y geográ­fi­ca­mente cer­cano pero sim­bóli­ca­mente “otro”. Esa otredad influye en cómo se inter­pre­ta cualquier inci­dente. Lo que en otro país podría verse como picaresca turís­ti­ca aquí puede con­ver­tirse ráp­i­da­mente en prue­ba de inse­guri­dad estruc­tur­al en la nar­ra­ti­va exter­na. Sin embar­go, miles de via­jeros recor­ren cada día las calles de Tánger, pasean por los zocos de Mar­rakech o dis­fru­tan de la cos­ta atlán­ti­ca sin exper­i­men­tar más que situa­ciones ges­tion­ables con sen­ti­do común. El flu­jo con­stante de tur­is­mo no sería sostenible si el ries­go real fuera gen­er­al­iza­do.

Mar­rue­cos no es un des­ti­no per­fec­to ni un espa­cio libre de fric­ciones cul­tur­ales. Es un país con dinámi­cas propias, con con­trastes sociales y con una for­ma inten­sa de inter­ac­ción com­er­cial que puede resul­tar abru­mado­ra para quien no está acos­tum­bra­do. Pero reducir­lo a la eti­que­ta de país peli­groso sim­pli­fi­ca una real­i­dad mucho más com­ple­ja. Y quizá la pre­gun­ta no sea si Mar­rue­cos es peli­groso, sino si esta­mos prepara­dos para inter­pre­tar cor­rec­ta­mente lo que es difer­en­cia cul­tur­al y lo que es ame­naza real.

🇦🇱 Albania: la mala fama heredada

Alba­nia es uno de esos país­es que arras­tran una rep­utación que no siem­pre cor­re­sponde con su real­i­dad actu­al. Durante décadas estu­vo aso­ci­a­da en el imag­i­nario europeo a ais­lamien­to, rég­i­men comu­nista, mafias bal­cáni­cas y economía sumergi­da. Esa ima­gen quedó fija­da en los años noven­ta y, como suele ocur­rir, la per­cep­ción tar­da mucho más en cam­biar que los datos.

Hoy Alba­nia es uno de los des­ti­nos emer­gentes del sureste europeo. Hemos esta­do dos veces y ambas hemos regre­sa­do encan­tadísi­mos. Tirana es una cap­i­tal dinámi­ca, con cafés llenos, uni­ver­si­dades acti­vas y una vida urbana que sor­prende a quien lle­ga esperan­do un esce­nario gris y ten­so. La Riv­iera albane­sa recibe cada ver­a­no a miles de via­jeros atraí­dos por playas espec­tac­u­lares y pre­cios muy por deba­jo de otros des­ti­nos mediter­rá­neos. Ciu­dades como Berat y Gjirokastër, declar­adas Pat­ri­mo­nio de la Humanidad, mues­tran una arqui­tec­tura otomana per­fec­ta­mente con­ser­va­da y una hos­pi­tal­i­dad que muchos vis­i­tantes desta­can como uno de los pun­tos fuertes del país.

Entonces, ¿por qué sigue apare­cien­do Alba­nia en con­ver­sa­ciones sobre des­ti­nos “peli­grosos”? En parte, por iner­cia históri­ca. Tras la caí­da del rég­i­men comu­nista, el país vivió un peri­o­do de inesta­bil­i­dad económi­ca y social que gen­eró tit­u­lares duraderos. Tam­bién existieron redes crim­i­nales vin­cu­ladas a trá­fi­co ile­gal que reforzaron esa nar­ra­ti­va. Pero con­ver­tir ese pasa­do en descrip­ción per­ma­nente del pre­sente es una sim­pli­fi­cación.

En tér­mi­nos turís­ti­cos actuales, Alba­nia no pre­sen­ta nive­les de vio­len­cia con­tra vis­i­tantes supe­ri­ores a los de muchos país­es europeos. Los inci­dentes más comunes son pequeños hur­tos opor­tunistas o prob­le­mas deriva­dos de infraestruc­turas todavía en desar­rol­lo, como car­reteras mal señal­izadas o con­duc­ción algo caóti­ca en deter­mi­nadas zonas rurales. Es decir, incon­ve­nientes más rela­ciona­dos con el desar­rol­lo desigual que con crim­i­nal­i­dad dirigi­da al tur­ista.

Otro ele­men­to que influye en la per­cep­ción es la fal­ta de famil­iari­dad. Alba­nia no ha sido tradi­cional­mente un des­ti­no masi­vo para el tur­is­mo español o europeo occi­den­tal. Cuan­do un país no for­ma parte del cir­cuito habit­u­al, se llena fácil­mente de suposi­ciones. Lo descono­ci­do tiende a aso­cia­rse con ries­go. Sin embar­go, muchos via­jeros que recor­ren Alba­nia desta­can lo con­trario: una sen­sación de seguri­dad razon­able, pre­cios acce­si­bles y una población curiosa y hos­pi­ta­lar­ia. Tirana, por ejem­p­lo, no suele gener­ar la ten­sión que algunos imag­i­nan antes de lle­gar. El ambi­ente noc­turno es acti­vo, las ter­razas están llenas y la inter­ac­ción con extran­jeros es habit­u­al.

Eso no sig­nifi­ca que no haya que tomar pre­cau­ciones. Como en cualquier cap­i­tal euro­pea, con­viene vig­i­lar perte­nen­cias en zonas con­cur­ri­das, evi­tar calles poco ilu­mi­nadas de madru­ga­da y con­ducir con aten­ción si se alquila coche. Pero no se tra­ta de un entorno donde el ries­go estruc­tur­al mar­que la expe­ri­en­cia cotid­i­ana del via­jero. Reducir Alba­nia a un estereotipo igno­ra su evolu­ción reciente y su con­tex­to actu­al. Es un país con infraestruc­turas en crec­imien­to, con con­trastes vis­i­bles y con heri­das históri­c­as todavía pre­sentes pero no un des­ti­no donde el tur­ista prome­dio se enfrente a una ame­naza con­stante.

Hombre sentado en un restaurante del casco histórico de Berat, Albania, con platos tradicionales en la mesa
Las dos veces que hemos esta­do en Alba­nia nos ha pare­ci­do un país de lo más hos­pi­ta­lario

 

Después de analizar Méx­i­co, Esta­dos Unidos, Argenti­na, Mar­rue­cos y Alba­nia, hay algo que se repite con­stan­te­mente: ninguno de estos país­es puede reducirse a una pal­abra. No son paraí­sos per­fec­ta­mente seguros. Pero tam­poco son ter­ri­to­rios hos­tiles donde el ries­go define cada paso del via­jero.

En todos los casos apare­cen mat­ices:

Méx­i­co tiene regiones com­ple­jas, pero tam­bién ciu­dades vibrantes y zonas turís­ti­cas con­sol­i­dadas.
Esta­dos Unidos pre­sen­ta vio­len­cia arma­da estruc­tur­al, pero dis­tribuye el ries­go de for­ma desigual y con­cen­tra el tur­is­mo en áreas con­tro­ladas.
Argenti­na atraviesa cri­sis económi­cas, pero sigue sien­do un des­ti­no cul­tur­al y nat­ur­al acti­vo.
Mar­rue­cos puede gener­ar inco­mo­di­dad cul­tur­al, pero no vive una ame­naza gen­er­al­iza­da con­tra vis­i­tantes.
Alba­nia arras­tra una rep­utación antigua que no refle­ja su real­i­dad actu­al.

El prob­le­ma no es negar los ries­gos. El prob­le­ma es sim­pli­fi­car­los. Cuan­do dec­i­mos “país peli­groso” elim­i­namos con­tex­to, geografía, estadís­ti­cas, expe­ri­en­cia y com­por­tamien­to indi­vid­ual. Con­ver­ti­mos mil­lones de real­i­dades dis­tin­tas en una eti­que­ta cómo­da que nos ahor­ra pen­sar.

Via­jar nun­ca es un acto com­ple­ta­mente libre de ries­go. Tam­poco lo es quedarse en casa. La difer­en­cia está en la infor­ma­ción, la plan­i­fi­cación y la capaci­dad de enten­der dónde esta­mos. La may­oría de los inci­dentes que afectan a tur­is­tas en el mun­do son evita­bles con sen­ti­do común: ele­gir bien el alo­jamien­to, moverse por zonas recomen­dadas, no exhibir obje­tos de alto val­or, infor­marse sobre el con­tex­to local y escuchar recomen­da­ciones actu­al­izadas. El miedo, en cam­bio, suele ali­men­ta­rse de tit­u­lares ais­la­dos y nar­ra­ti­vas con­ge­ladas en el tiem­po. Quizá la pre­gun­ta no sea qué país­es son peli­grosos, sino cómo con­stru­imos nues­tra per­cep­ción del peli­gro. Y quizá la respues­ta más hon­es­ta sea esta: ningún país es com­ple­ta­mente seguro pero casi ninguno es com­ple­ta­mente peli­groso para quien via­ja infor­ma­do.

Via­jar no exige ingenuidad. Exige cri­te­rio. Y el cri­te­rio siem­pre, siem­pre es más útil que el miedo.


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