Gente repugnante a la que deberían negar subirse a un avión

Subirse a un avión es una expe­ri­en­cia úni­ca: estás atra­pa­do en un tubo de met­al a miles de met­ros de altura, com­par­tien­do oxígeno reci­cla­do con un grupo de descono­ci­dos que, estadís­ti­ca­mente, incluirán al menos a un espéci­men de la “fau­na aérea repug­nante”. Des­de el que con­vierte su asien­to en un spa impro­visa­do has­ta el que cree que la fila de embar­que es una cuestión de super­viven­cia, el avión se con­vierte en un zoológi­co donde la pacien­cia es el úni­co cin­turón de seguri­dad real. Así que ajus­ta el respal­do (si el de atrás te deja), res­pi­ra hon­do (si los olores lo per­miten) y prepárate para cono­cer a los per­son­ajes más irri­tantes de los cie­los.

El “tolosa” (tó-lo-sabe)

Des­gra­ci­ada­mente, el “tolosa” es un per­son­aje que no se limi­ta a estar en los aviones: puedes encon­trar­le en cualquier esce­nario de tu vida. Si hablas de infor­máti­ca, él le enseñó todo lo que sabía a Steve Jobs, si dices que te duele la cabeza, ahí está él con su botiquín y sus conocimien­tos de chamán de pueblo, si le comen­tas que has esta­do en tal país, te rebate cómo es todo aunque él no lo haya pisa­do (porque lo ha vis­to en un doc­u­men­tal en la tele, si si si)… El sabe­loto­do no responde pre­gun­tas: las desmon­ta, las rein­ter­pre­ta y te hace sen­tir como si hubieras vivi­do en la igno­ran­cia abso­lu­ta has­ta el momen­to en que él ilu­minó tu camino con su vasto—y muchas veces innecesario—conocimiento. En defin­i­ti­va, es esa criatu­ra míti­ca que ha leí­do un par de artícu­los en Wikipedia y aho­ra cree que tiene un doc­tor­a­do en abso­lu­ta­mente todo. Su frase de guer­ra es “téc­ni­ca­mente (y lo que siga)” y su super­poder es con­ver­tir cualquier con­ver­sación lig­era en una tediosa clase magis­tral sin pre­vio avi­so. Y además, sin pedirle nadie su opinión. Ojalá y no te toque uno en un vue­lo transoceáni­co. Y si te toca ¡que la fuerza te acom­pañe!

El que no respe­ta el espa­cio per­son­al

Ese ser que, a pesar de haber com­pra­do un solo asien­to, actúa como si tuviera acciones en la aerolínea y dere­cho a expandirse libre­mente. No impor­ta si el vue­lo dura una hora o doce, este indi­vid­uo hará de tu espa­cio vital su segun­da casa. Su codo invade el reposabra­zos con la autori­dad de un con­quis­ta­dor del siglo XV, colo­ca su cha­que­ta enci­ma tuya, se apoya en tu hom­bro si se duerme. Este per­son­aje mane­ja un códi­go pro­pio de eti­que­ta aérea: el reposabra­zos cen­tral no es un acuer­do de cus­to­dia com­par­ti­da sino su trono. Su mochi­la no va bajo el asien­to sino en tu espa­cio para las pier­nas. Y su idea de ajus­tarse el cin­turón es hundirse en su asien­to como si fuera el sofá de casa y tú un cojín mis­er­able. La joya de la coro­na es cuan­do decide hac­er esti­ramien­tos en pleno vue­lo. De repente una pier­na aparece en tu línea de visión, dobla­da en ángu­los imposi­bles, mien­tras el men­da sus­pi­ra sat­is­fe­cho como si estu­viera en una clase de yoga. Vamos, que no solo ocu­pa su espa­cio: ocu­pa el tuyo, el del asien­to de al lado y si se des­cui­da, has­ta el del pilo­to.

El rui­doso

Para él, un vue­lo no es un medio de trans­porte sino un fes­ti­val de sonido en el que todos, te guste o no, están invi­ta­dos a escuchar su reper­to­rio. Para empezar, ten­emos la ver­sión bási­ca: el que mas­ti­ca como si estu­viera resolvien­do un prob­le­ma filosó­fi­co en cada movimien­to de mandíbu­la. Luego está el fanáti­co de la tec­nología, el que ve videos sin cas­cos porque cree que todo el avión debería dis­fru­tar de su Tik­Tok de gatos o de su serie con explo­siones a todo vol­u­men. Y oji­to con que­jarte, que te mirará con cara de “¿no te encan­ta com­par­tir expe­ri­en­cias?”. No, ami­go. No nos encan­ta.  Y, por últi­mo, el rey del rui­do: el que ron­ca. Este mae­stro del sonido nasal puede hac­er vibrar el fuse­la­je del avión con cada inhalación. Y lo mejor es que, mien­tras todo el avión sufre, él duerme como un bebé. Para él es la vida.

El que no sabe com­er

Ni quiere apren­der. Un agente del caos gas­tronómi­co a 30.000 pies de altura. Des­de el momen­to en que le entre­gan la ban­de­ja, sabes que estás a pun­to de pres­en­ciar un espec­tácu­lo dig­no de un doc­u­men­tal sobre desas­tres nat­u­rales. Algo tan sim­ple como quitar el plás­ti­co de la comi­da se con­vierte en una batal­la épi­ca. El envolto­rio del panecil­lo sale volan­do, la man­te­qui­l­la ater­riza en su rodil­la y el cuchil­lo de plás­ti­co se dobla en un ángu­lo que desafía la físi­ca. Si hay yogur, prepárate para recibir una llu­via de lácteo invol­un­taria.

Luego viene la estrate­gia de ocu­pación ter­ri­to­r­i­al. En lugar de man­ten­er su comi­da en la ban­de­ja, este artista culi­nario expande su operación has­ta tu espa­cio. El ver­dadero show comien­za cuan­do inten­ta com­er algo con sal­sa, cuan­to más pringosa, mejor. Si hay pas­ta con tomate, ter­mi­nará con más en su camisa que en su boca. Si hay sopa, hará equi­lib­rio con el vasito como si fuera una prue­ba de la NASA has­ta que inevitable­mente se la tira sobre los vaque­ros. Pero nada se com­para con la lucha con­tra la tur­bu­len­cia. Porque, claro, jus­to cuan­do ha logra­do esta­bi­lizar su comi­da, el avión decide moverse un poco y a tomar por culo su ban­de­ja y, de paso, la tuya.

El que no sigue las instruc­ciones

El rebelde sin causa de los cie­los, el que ve a los aux­il­iares de vue­lo como meros sug­eri­dores de nor­mas en lugar de guardianes de la seguri­dad aérea. Des­de el primer momen­to ya está demostran­do su nat­u­raleza: mien­tras todos guardan sus male­tas en los com­par­ti­men­tos supe­ri­ores, él decide que su mochi­la merece un asien­to pro­pio. Cuan­do le piden que la aco­mode bajo el asien­to, te mira con cara de “¿de ver­dad es nece­sario?”. Sí, ami­go, es nece­sario.

Cuan­do la trip­u­lación da las instruc­ciones de seguri­dad, este notas tiene tres opciones: sacar su telé­fono y revis­ar memes como si el cin­turón de seguri­dad se abrochara solo, dormirse con la habil­i­dad de alguien que se ha entre­na­do en igno­rar respon­s­abil­i­dades toda su vida y mirar por la ven­tana como si estu­viera en un video­clip melancóli­co. 

El cagaprisas

El que se lev­an­ta cuan­do el avión ape­nas toca tier­ra. Porque claro, mien­tras la trip­u­lación dice “per­manez­can sen­ta­dos con el cin­turón abrocha­do”, él ya está de pie, esti­ran­do las pier­nas y sacan­do su male­ta como si fuera el ganador de una car­rera que nadie más sabía que esta­ba ocur­rien­do. Cuan­do final­mente las puer­tas se abren, este suje­to abofete­able entra en modo Fór­mu­la 1, esquivan­do a abue­las, padres con bebés y cualquier ser humano que no com­par­ta su urgen­cia de salir de esta prisión aérea lo antes posi­ble. Lo mejor es que, después de tan­ta prisa y urgen­cia, le ves atra­pa­do en la fila de inmi­gración o esperan­do su male­ta como todos los demás, con cara de “bueno, al menos lo inten­té!”. No le quieren ni en su casa.

El que lle­va exce­so de equipa­je

Mez­cla entre un por­ta­dor de equipa­je pro­fe­sion­al y un exper­to en logís­ti­ca impro­visa­da. Este aca­parador de val­i­jas no se con­for­ma con lo bási­co, para nada. Para él un via­je no es via­je sin una colec­ción de male­tas, mochi­las y bol­sas para “ase­gu­rarse de que tiene todo lo nece­sario”. Cuan­do lo ves acer­carse al avión, pien­sas que tal vez está mudán­dose a otra ciu­dad o que ha con­fun­di­do el vue­lo con una excur­sión al cam­po. Su primer inten­to es tratar de meter todo en los com­par­ti­men­tos supe­ri­ores como si estu­viera resolvien­do un rompecabezas tridi­men­sion­al. Pero claro, no todo cabe. Así que se con­vierte en un espec­tácu­lo de movimien­tos deses­per­a­dos, ponien­do a prue­ba la pacien­cia de todos los demás pasajeros.

Mien­tras él avan­za, sus male­tas hacen un des­file dig­no de un video­juego, gol­pe­an­do rodil­las aje­nas, masacran­do cabezas y con­vir­tién­dose en un tor­na­do de bol­sas de via­je. Y luego está el momen­to mági­co cuan­do ¡por fin! después de colo­car todas sus male­tas en el espa­cio del avión, decide que nece­si­ta algo más. ¡Una botel­la de agua!¡A sacar todo y reor­ga­ni­zar­lo! El pro­ce­so parece no ten­er fin, como una core­ografía impro­visa­da de alguien que pien­sa que el pasil­lo del avión es su propia tien­da de cam­paña per­son­al.

El que se descalza (y le hue­len los pies)

Mati­zo lo de “oler los pies” porque yo soy de las que se descalza, espe­cial­mente en los via­jes lar­gos, pero siem­pre lle­vo mis pies limpi­tos (y no sólo cuan­do subo a un avión). Pero hay muchos a los que lo de la higiene per­son­al no les viene de fábri­ca y lo de empa­ti­zar con otros, ya ni te cuen­to. Esa per­sona que, al descalzarse, lib­era una fuerza oscu­ra y potente que podría hac­er que has­ta los fil­tros de aire del avión pidier­an vaca­ciones. Su aro­ma no tiene fron­teras; desafía la alti­tud, la den­si­dad del aire y las fos­as nasales de los que nos hal­lam­os cer­ca.

El aro­ma a que­so de Cabrales comien­za a recor­rer todos los recov­ecos del avión mien­tras el ban­dar­ra que causó el inci­dente gen­eral­mente no tiene ni idea de lo que está pasan­do. Él sigue tran­qui­lo, como si nada, ajeno al caos olfa­ti­vo que ha desa­ta­do. Mien­tras los demás se miran entre sí, con la esper­an­za de que alguien más haya percibido lo mis­mo, él dis­fru­ta de su vue­lo como si estu­viera en un spa, rela­ja­do, despre­ocu­pa­do y tan-a-gus-ti-to.

El que desconoce la pal­abra “fila”

Pues sí, lo reconoz­co: soy de esas a las que se les lle­van los demo­ni­os al ver al típi­co lis­til­lo que se cuela, ese espa­bi­la­do que con una son­risa inocente en el ros­tro y una acti­tud de “yo no he sido”, avan­za en la fila y sólo le fal­ta sil­bar dis­im­u­lan­do, bus­can­do una brecha, un pun­to débil, el lugar exac­to donde la pacien­cia humana comien­za a flaque­ar. Con el sig­i­lo de un nin­ja, se desliza hacia ade­lante, siem­pre a una dis­tan­cia jus­ta para no lla­mar la aten­ción pero lo sufi­cien­te­mente cer­ca como para que, si alguien no lo está vig­i­lan­do, ya esté ganan­do ter­reno. Se detiene un segun­do, fin­ge que está miran­do algo en su telé­fono, y cuan­do menos te lo esperas ¡zaca!  ahí está el cabroneitor avan­za­do dos posi­ciones. Y todo para ahor­rarse un min­u­to de tiempo…¡si el asien­to está asig­na­do, hijo mío, no te lo van a quitar!

El que lle­va niños asal­va­ja­dos

Hace años tenía una camise­ta chulísi­ma en la que salía una chi­ca lleván­dose las manos a la cabeza y dicien­do en inglés “oh my God! se me olvidó ten­er niños!”. Es una pena que enve­jeciera y tuviera que tirar­la porque me ven­dría muy bien en esos vue­los en los que aparece una famil­ia con dos o tres niños que pare­cen escapa­dos de un cor­rec­cional de Hon­duras. Mien­tras los padres ojean una revista o jue­gan en el móvil al Can­dy Crush, sus vásta­gos patean los asien­tos delanteros, gri­tan, tiran la comi­da al sue­lo o se pegan entre ellos (tam­bién son capaces de hac­er todas estas acciones al mis­mo tiem­po). “Es que está cansa­do” argu­men­tan los padres. Y tú tam­bién, chi­ca, tú tam­bién.  Y total, que tú, que decidiste hace mil años no per­pet­u­arte, te ves ahí aguan­tan­do la descen­den­cia impues­ta de los demás. (Nota aclara­to­ria: Me encan­tan los niños. Pero sólo los que se por­tan bien. O a los que ponen en modo avión).

El que se que­ja con­tin­u­a­mente

El exper­to en “todo está mal” a 30,000 pies de altura. Es subir al avión y comen­zar el espec­tácu­lo: el asien­to es demasi­a­do estre­cho, la tem­per­atu­ra es un desas­tre (ni frío ni calor, nun­ca sabe lo que quiere), la comi­da parece haber sido dis­eña­da por un chef en su primer día de tra­ba­jo y si por algu­na razón el vue­lo tiene un pequeño retra­so, te espera un monól­o­go inter­minable sobre las “injus­ti­cias del sis­tema aéreo”. Lo mejor es cuan­do empieza a hablar con el per­son­al de vue­lo como si fuer­an respon­s­ables de todo lo que está mal en el mun­do, des­de la alin­eación plan­e­taria has­ta el hecho de que la tur­bu­len­cia no esté pro­gra­ma­da para otro día. Y no impor­ta si todo está fun­cio­nan­do per­fec­ta­mente porque este señor tiene la capaci­dad de encon­trar algo que se pue­da mejo­rar, inclu­i­do el col­or del aire acondi­ciona­do. Su frase más pop­u­lar es “¿es que nadie va a hac­er algo con esto?” segui­do de “es que ust­ed no sabe quien soy yo”. Y aunque todos sabe­mos que sí, que sabe­mos quién es (un per­fec­to gilipol­las), él sigue insistien­do como si tuviera la respues­ta a todas las pre­gun­tas.

El “tur­ista de pasil­lo”

Es toda una insti­tu­ción en el mun­do de los vue­los. Imagí­nate: estás ahí, cómoda­mente sen­ta­do, inten­tan­do ver una pelícu­la o echarte una sies­ta cuan­do, de repente ¡sientes su pres­en­cia! “Es que nece­si­to mover las pier­nas”, dice, como si estu­viera en un vue­lo de 72 horas y no de dos. Y así comien­za su odis­ea. No solo va al baño cuan­do lo nece­si­ta. No, no. Él va para “esti­rar las pier­nas”, “ver cómo está el tiem­po por la ven­tanil­la” o sim­ple­mente porque “le abur­ría sen­tarse”. Y, por supuesto, siem­pre elige el momen­to en que el car­ri­to de bebidas está blo­que­an­do el pasil­lo, cre­an­do un embotel­lamien­to dig­no de una hora pun­ta en ple­na Gran Vía madrileña. Cuan­do el avión empieza a descen­der y el capitán pide que todos se abrochen los cin­tur­ones, el “tur­ista del pasil­lo” está en ple­na expe­di­ción. Las azafa­tas tienen que perseguir­lo como si fuera un niño rebelde en un super­me­r­ca­do. ¡Señor, por favor, sién­tese!


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