Jack Destripador

Londres es una de las ciudades que mejor conozco de Europa. Llevo casi 25 años yendo a visitarla (de hecho fue uno de los primeros viajes que hice cuando era jovencita) y ya sea por turismo, para ver conciertos, musicales u obras de teatro o ir de compras, al final se ha convertido en un destino fijo en nuestras rutas europeas. Sin embargo, y como precisamente la conocemos tan bien, en cada nueva visita intentamos buscar lugares originales y propuestas diferentes que aviven nuestro interés por la capital británica.

Precisamente hace unos meses escribimos un par de artículos sobre estas actividades que se salían de la norma, Planes originales y sorprendentes para tu próxima escapada a LondresTours terroríficos por el Londres más misterioso . Y fue a raíz de este último reportaje cuando decidimos que en nuestro próximo viaje, que hemos hecho ahora en Noviembre, incluiríamos la Ruta de Jack el Destripador. Un personaje sin identidad que a día de hoy sigue levantando las mismas pasiones que antaño. Miles de libros, películas, obras de teatro y hasta video juegos inspirados en el asesino en serie más escurridizo de la Historia. Ese mismo que 130 años después continúa siendo un enigma insalvable para investigadores de todo el mundo y del que probablemente nunca llegaremos a saber cómo era su rostro.

Whitechapel

Debemos partir de la base de que a día de hoy ni siquiera tenemos la seguridad de que Jack el Destripador existiera como tal, ya que no hay pruebas evidentes que aseguren con rotundidad que los cinco crímenes que se le atribuyen fueran realizados por la misma persona. Y más sabiendo que dos de ellos ocurrieron la misma noche y con un corto espacio de tiempo entre ambos. En cualquier caso, como somos muy fans del mito, nosotros somos de los que decimos que sí, que Jack existió y su leyenda se agranda cada día que pasa.

En una época en que aún no se había inventado la televisión y las clases humildes tenían poco entretenimiento, a excepción de los juegos de azar, la prensa londinense vio la gallina de los huevos de oro en este asesino en serie. Se hincharon a vender periódicos (como buena parte de la población era analfabeta, eran más bien comics, con mucho dibujo y poco texto) y las andanzas del “monstruo de Whitechapel”, que es como se le conocía al principio, pasarían a ser un folletín por capítulos que tendría en jaque a millones de personas.

Si no hubiera sido por la publicidad que dio al caso la prensa amarillista de entonces, los asesinatos cometidos por Jack el Destripador habrían sido tan sólo unos más de los miles de casos sin resolver que se amontonaban en las comisarías. En su momento se llegó a pensar que el fenómeno de Jack el Destripador fue un invento de los directores de los diarios, que intentaban endosar a tan siniestro personaje la autoría de cada asesinato cometido en Whitechapel, aunque finalmente se le atribuyeron oficialmente las que pasaron a conocerse como “cinco víctimas canónicas”.

Los periódicos se alimentaban de los cientos de cartas que entre 1888 y 1896 envió Jack el Destripador, aunque se rumoreaba que muchas de ellas hubieran podido ser escritas por periodistas de la Central News Agency. Algunas de estas cartas, más de 200, están en archivos municipales de Londres; otras han sido tan codiciadas por los coleccionistas que se han pagado por ellas 25.000 euros. En ellas se jactaba de la incompetencia de las fuerzas policiales, a quienes consideraba unos “imbéciles”, su insulto favorito: para la historia ha quedado aquella famosa frase “atrápenme si pueden”. E incluso intentaba engañar a los agentes cometiendo adrede faltas de ortografía, haciéndose pasar por un obrero analfabeto, cayendo en el error de escribir esas mismas palabras con faltas diferentes, sin seguir pautas fonéticas, y olvidando que la mayoría de los habitantes de Whitechapel no sólo no sabían leer ni escribir sino que además muchos de ellos eran extranjeros y no hablaban inglés.

Y es que sí, hay que tener en mente que la policía de entonces, Scotland Yard, se encontraba sin apenas medios de ningún tipo para esclarecer las investigaciones. No existían entonces las pruebas de ADN ni las de huellas dactilares (pero sí la ayuda de perros-policía, los sabuesos, que pasaban de amaestrar porque era muy caro entrenarles). Para Scotland Yard, cuando se cometía un  delito era mucho más cómodo irse a los callejones más mugrientos, apresar a unos cuantos borrachos y echarles la culpa de lo que hubiera sucedido. Cuando las aguas se calmaban y el populacho se olvidaba del crimen en sí, les soltaban y vuelta a empezar.

Añadiremos que al estar Londres dividida en diferentes municipios, a Scotland Yard se le unió la City of London Police, es decir, dos cuerpos policiales a cual más inútil. A esto debemos sumar que la policía en general no contaba con las simpatías de la población: les consideraban los perros del Estado. Cuando quedó claro que la figura del Jack el Destripador les quedaba grande, los ciudadanos se mofaron hasta la saciedad de los agentes. Especialmente la gente humilde, harta de que esos policías de pacotilla abusaran de la autoridad continuamente y hicieran lo que les daba la gana, escondidos tras una porra y una placa.

Son varias las agencias que realizan el tour en Londres de Jack el Destripador (o Jack the Ripper como le conocen los ingleses). Nosotros optamos por hacerlo con Strawberry Tours : ya esa misma mañana habíamos hecho otro tour con ellos y te lo contaremos en un artículo posterior, ya que esto de los free tours nos pareció una opción de lo más interesante y didáctica. Nuestra guía, Ángeles, era una periodista que llevaba tres años viviendo en Londres y que estaba enamorada de los misterios que envuelven a la figura de Jack el Destripador. Logró trasmitirnos su entusiasmo mientras recorríamos esos callejones londinenses de noche y lloviendo a cántaros. Vamos, que mejor ambientación no podíamos tener. Curiosamente, hacíamos nuestro terrorífico tour justo el día que se cumplían 130 años desde el último asesinato oficial de Jack el Destripador.

Nuestro punto de partida sería en la estación de Tower Hill, desde donde saldríamos para recorrer el escenario de los crímenes, al lado justo de los restos de muralla que separaba en época romana a Londinium del resto de la ciudad. Hablamos del barrio de Whitechapel, cuya mala fama le llevó a adoptar el sobrenombre del “barrio del infierno” (se decía de él que era el barrio más peligroso de Europa). El mismo que en el siglo XIX era el vecindario más pobre de Londres, la que en su época llegó a ser la mayor ciudad del mundo, envidia de tantas urbes pero al mismo tiempo poseeedora de un lado oscurísimo. Los victorianos conocían a los infelices que allí vivían como “la gente del cubo de la basura”.

Ripper

Las duras condiciones de vida en el East End de Londres

Mientras en otras partes de Londres brillaban los teatros y los restaurantes de lujo, en Whitechapel se hacinaban miles de personas. Las más afortunadas tenían un techo bajo el que dormir (dos o tres familias podían amontonarse en habitaciones individuales, recostados unos sobre otros) pero otras se veían obligadas a dormir sobre el barro y los excrementos (no existía el alcantarillado ni los cuartos de baño), bajo la lluvia, rodeadas de ratas y a merced de los ladrones que apuñalaban a cualquier sospechoso de guardar en los bolsillos unos peniques.

Aunque debido a la revolución industrial en Londres no era difícil encontrar trabajo ya que abundaban las fábricas, los salarios eran míseros y rara vez lograban cubrir las necesidades más básicas. Casi nadie podía permitirse una vivienda propia y el 90% de la población malvivía en albergues. Lo más común eran habitaciones comunales con 80 camas: por cama entendemos caja de madera en plan ataúd en la que los cuerpos quedaban literalmente encajados. Estas habitaciones se dividían por sexo para que hombres y mujeres no durmieran juntos. Y los que ni siquiera podían permitirse estos dormitorios, pagaban dos peniques por  dormir de pie, apoyados en cuerdas. A los que allí llegaban se les obligaba a bañarse en una tina de agua parduzca (no se cambiaba el agua aunque la usaran cientos de personas) y se secaban con toallas comunitarias. Si no podían pagar los dos peniques correspondientes, se les obligaba a trabajar desbrozando cuerdas sólo para que tuvieran a cambio un techo bajo el que dormir.

Así se veía obligada a dormir la gente humilde…

Cuesta creerlo pero así de miserables eran las condiciones de vida en Whitechapel en el siglo XIX. Aún más para las mujeres, ya que si se quedaban viudas, se veían obligadas a aceptar los peores empleos. Muchas de ellas acababan ejerciendo la prostitución (muchas veces ni siquiera a cambio de dinero, vendían su cuerpo por un mendrugo de pan o una botella de ginebra). Pero contrariamente a lo que siempre se ha creído (y desmentido por recientes investigaciones), las cinco mujeres asesinadas por Jack el Destripador no eran al principio prostitutas (se las conocía como “desdichadas” en aquella época) sino que algunas de ellas trabajaron como lavanderas o sirvientas. Otra cosa es que después la vida se les torciera y no les quedó más remedio que traficar con lo único que tenían: su cuerpo.

Aún así, no podemos olvidar que otras sí lo fueron. A estas pobres mujeres no les quedaba más remedio que traficar con sus cuerpos envejecidos y deteriorados, ofreciéndose a posibles clientes en los pubs. Curiosamente, muchos de estos clientes eran hombres adinerados que venían al “Abismo” (como Jack London llamaba al East End) a obtener los favores sexuales que sus esposas les negaban. Eran los slummers, hombres que fantaseaban con el hecho de beber y copular en los bajos fondos.

Los coitos se realizaban a la intemperie, en callejones oscuros (las farolas de gas eran pocas y alumbraban las calles principales) y con mucho alcohol de por medio: la botella de ginebra costaba menos que la botella de agua. La prostituta de turno se limitaba a levantarse las faldas (muchas de ellas solían llevar encima toda la ropa que tenían en propiedad por miedo a que se la robaran) y a esperar que el mal momento pasara lo más rápido posible. La niebla que solía rodear estos encuentros fugaces tenía más que ver con la contaminación de la época que con esa visión romántica de Londres que nos han vendido las películas. De hecho, el olor en la ciudad era tan nauseabundo que se decía que se podía aspirar el “aroma de Londres” a kilómetros. La mayoría del tiempo los londinenses debían taparse la nariz con pañuelos o trozos de tela cuando se atrevían a salir a la calle.

Comienzan los asesinatos más macabros de la Historia

La primera víctima, Mary Ann Nichols alias Polly, fue encontrada la noche del 31 de Agosto de 1888 en un callejón de Buck’s Row, lo que ahora es Durward Street. Cuesta imaginar el terror que debió sufrir esta pobre mujer que, sobrepasados los 40 años, se jactaba de poder seguir vendiendo su cuerpo a cambio de unos tragos de alcohol. Sin embargo, desgraciadamente, ella era un claro ejemplo del prototipo de prostituta de Whitechapel: desnutridas, con enfermedades venéreas, muchas de ellas con cirrosis, tuberculosis o tos ferina, alcoholizadas y marginadas socialmente. El caso de Polly era especialmente dramático porque estaba viuda, había perdido la custodia de sus hijos (uno de ellos había fallecido en un incendio) y tenía el hígado tan devorado por el alcohol que si no hubiera muerto asesinada, lo habría hecho sólo un par de meses después a causa de la enfermedad.

Esa noche Polly quedó con una amiga en la puerta de un albergue y le confesó lo feliz que se encontraba por haber podido comprarse un sombrero de segunda mano: tened en cuenta que hacerse con una prenda nueva en el vestuario era casi un milagro para estas mujeres. Había ganado 8 peniques en sólo una jornada pero se lo había gastado todo en ginebra. Salió a la caza de un último cliente… y jamás se le volvió a ver. A las tres de la madrugada descubrieron su cuerpo, con las piernas flexionadas, un corte brutal que le atravesaba la garganta (se dedujo que el asesino era zurdo) y lo peor de todo: estaba abierta en canal.

Esta primera vez Jack no se llevó los órganos internos por lo que se cree que estaba “practicando” lo que serían los siguientes asesinatos. La muerte de una prostituta habría pasado desapercibida ya que, desgraciadamente, lo habitual era que muchos clientes apuñalaran a las mujeres para evitar pagarlas. Pero los forenses se dieron cuenta de que en esta ocasión el crimen se salía de lo común y comenzaron a sospechar que pudiera haber sido obra de un médico o un barbero.

St Botolph
Iglesia de St. Botolph

Esta de aquí a la derecha es la iglesia de St. Botolph, conocida como la “iglesia de las prostitutas”. Las mujeres, hartas de que las detuviera la policía, no pudieran trabajar y debieran pasar la noche al raso ante la falta de dinero, comenzaron a congregarse en los alrededores de la iglesia para conseguir clientela. Los pubs quedaban descartados ya que las más pobres ni siquiera podían permitirse una cerveza. Sería aquí donde el asesino se encontraría con Annie Chapman, la segunda víctima, el 8 de Septiembre: apenas había pasado una semana desde el primer crimen.

Conocida como Annie la Morena, obesa, sin dientes y separada, la segunda víctima tenía dos hijos que no querían saber nada de ella, lo que agravó sus problemas de alcoholismo. No tenía contacto con su familia y se había pasado los cuatro meses previos a su muerte entrando y saliendo del hospital. Malvivía en pensiones cercanas a Spitafields, donde a menudo tenía discusiones con otros huéspedes.

Annie fue encontrada en un patio trasero de la calle Hanbury con las piernas flexionadas, un tajo en el cuello tan profundo que a duras penas la cabeza se mantenía unida al cuerpo, los intestinos sobre el hombro y el útero extirpado. A sus pies tenía sus escasas pertenencias (un pañuelo, un peine y un cacho de espejo), lo que confirmaba que el robo no era la excusa para la agresión. Con este segundo asesinato, forenses y policía ya comienzan a hablar de un asesino en serie. Más aún cuando días después se recibe una nota sin fecha ni firma en la que el asesino asegura tener los anillos de latón de la víctima y añadió “pobre Annie”.

Después del asesinato, volvió a quedar evidencia de lo vil que puede llegar a ser el ser humano cuando los vecinos comenzaron a cobrar un penique para que vieran el patio donde Annie había sido asesinada. Esta fue la tónica a partir de entonces: los escenarios de los crímenes pasaban a convertirse en atracciones de feria, con vendedores ambulantes y niños vendiendo periódicos sensacionalistas que contaban más mentiras que verdades sobre los asesinatos.

La prensa se volvió loca sabiendo la expectación que iba a generar este nuevo crimen. Erróneamente, muchos diarios consideraban que era el cuarto pues antes que Mary Ann Nichols y Annie, dos prostitutas habían sido asesinadas en Whitechapel y creían que el autor había sido Jack el Destripador. El caso es que los periodistas veían en el caso una mina de oro y más cuando llegó la primera carta firmada por Jack el Destripador: ya teníamos un autor confeso. Sin embargo, con el tiempo y gracias a un ripperólogo, que encontró un diario en el que se confesaba la pantomima, se ha comprobado que dicha carta fue escrita por un periodista para avivar el fuego del espectáculo macabro que presenciaban atónitos los vecinos de Whitechapel. Esto, no obstante, no resta credibilidad al resto de cartas que se recibieron después. Estas no sólo se enviaron desde el propio East End sino desde distintos lugares de Londres y otras ciudades de Gran Bretaña como Birmingham, Liverpool, Manchester o Leeds. Algunas hasta llegaron de Francia o Portugal. No se explica a estas alturas que la policía no investigara la procedencia de dichos matasellos.

En dicha carta se mencionaba “un delantal de cuero” (al lado del cadáver de Annie se encontró un pedazo de delantal). Y es entonces cuando surge el nombre de John Pizer, un zapatero judío que levantó las sospechas de la policía ya que no sólo vestía con este mandil sino que eran conocidas las abundantes discusiones que tenía con las rameras a la puerta de la iglesia. Se descartó su participación en los crímenes ya que cuando ocurrió el primero se encontraba fuera de Londres.

La paranoia se desató en Whitechapel y los propios vecinos organizaron patrullas nocturnas, conocidas como Comité de Vigilancia de Whitechapel, que se dedicaban a vigilar las calles para desenmascarar a posibles sospechosos. Esto, sin embargo, debió motivar aún más a Jack el Destripador, quien volvió a hacer acto de presencia la madrugada del 30 de Septiembre. Y esta vez por partida doble ya que se encontraron los cuerpos de dos víctimas. Esta noche pasó a conocerse como la del “doble evento”.

Elizabeth Stride
Elizabeth Stride

La primera de estas dos víctimas (tercera asesinada) era Elizabeth Stride, alias Liz la Larguirucha, una sueca que había llegado a Londres para trabajar como sirvienta pero que por diferentes problemas perdió el empleo. Viuda de un carpintero y sin familiares cercanos, no le quedó más remedio que echarse a las calles. Esa fatídica noche su cuerpo fue encontrado en Berner Street por un vendedor ambulante. De nuevo se repite el corte en el cuello pero no la carnicería que el Destripador había practicado en las anteriores desgraciadas. La aparición del vendedor le había obligado a huir precipitadamente. Una mujer declaró que vio desde la ventana a un hombre joven con un maletín de médico saliendo apresuradamente.

Pero aún quedaba por descubrir esa noche un cadáver más: el de Catherine Eddowes,  Otra mujer que intentó ganarse la vida de un modo decente (lo que no era tan fácil en aquella época) y que parece que no tuvo que recurrir a la prostitución, pese a que vivía en la miseria. Convivía en una pensión con un hombre llamado Kelly y al que consideraba su marido pese a no estar casados.

La noche del crimen había sido detenida por encontrarse en estado de embriaguez. Pasó en el calabozo unas cuantas horas hasta que los agentes vieron que podía mantenerse en pie y decidieron soltarla: más le valdría haberse quedado entre rejas. Se la vio por última vez hablando con un hombre con bigote y capa (probablemente su asesino) cerca de la Christ Church. Unos minutos más tarde su cuerpo era hallado completamente desfigurado en la plaza Mitre, una de las zonas más peligrosas del barrio. Una plaza con una sola farola, rodeada de almacenes y casas abandonadas. Una plaza que pese a lo mucho que ha cambiado desde entonces (hasta hace no mucho conservaba el suelo original del siglo XIX), aún produce escalofríos cuando te ves allí, especialmente si es una noche de lluvia, como cuando la visitamos nosotros.

Jack el Destripador, frustrado por no haber podido acabar su “trabajo” con Elizabeth Stride, se ensañó con fiereza con Catherine. Se la encontró con la falda subida, medio desnuda, con un profundo corte que iba desde la vagina al esternón. Le habían colocado los intestinos sobre el hombro, desgarrado la oreja, le habían extirpado un riñón y la cara estaba completamente desfigurada, debido a múltiples cortes en párpados y mejillas. A raíz de este cuarto asesinato,  ambas policías (la de City of London y la de Scotland Yard) ya tenían clarísimo que Jack el Destripador era un personaje de carne y hueso que, además, conocía inmejorablemente las calles de Whitechapel para asesinar a dos mujeres en un periodo de sólo 45 minutos.

La quinta víctima, Mary Kelly, sufrió la muerte más horrible de todas (si es que era posible superar lo anterior). Esta irlandesa de 25 años que anteriormente había sido una prostituta de lujo en el West End y ahora se veía obligada a vender favores sexuales en el peor barrio de Londres, vivía aterrorizada tras las noticias de los asesinatos. Pero el mes de Octubre trascurrió sin ninguna víctima más y se aventuró a salir a la captura de clientes.

La mañana del 9 de Noviembre, un empleado de su casero acudía a su habitación para cobrarle la mensualidad y se daba de bruces con el macabro escenario del crimen. Aquel pobre cuerpo era una masa sanguinolenta: le habían extirpado los pechos, la nariz, los genitales y varios órganos internos, entre ellos el corazón (que nunca se encontró). Los órganos fueron depositados alrededor del cuerpo, como si de un macabro altar se tratara, y parte de las entrañas se encontraban sobre la mesa. Se cree que el asesino tardó al menos tres horas en descuartizarla. Era imposible reconocerla.

Martha Tabram
Martha Tabram

Martha Tabram fue una de las víctimas “no oficiales” de Jack el Destripador. Su cuerpo fue encontrado en Gunthorpe Street y también pasamos por este oscuro callejón: pocas horas antes había sido vista por allí junto a un soldado.

Aquí es donde cobra fuerza la teoría de que Jack el Destripador fuera disfrazado de uniforme ya que era habitual que soldados y miembros de la guardia alternaran con meretrices. Y es común entre los asesinos en serie disfrazarse para cometer sus crímenes, pues esto les permite luego regresar al lugar de los hechos y pasar desapercibidos entre cientos de espectadores morbosos.

A Martha le habían asestado 39 puñaladas. Un ensañamiento poco común que lleva a preguntarse si el asesino conocía ya a la víctima, si la había acechado antes o si esta simplemente dijo algo inadecuado que desató la cólera del psicópata. Lo que está claro es que Jack se arriesgó mucho al cometer ese crimen en plena calle, pues lo más normal es que él mismo hubiera quedado cubierto de sangre. Por muy poca luz que hubiera en Whitechapel a esas horas, su aspecto habría llamado la atención de otros transeúntes. Además, un asesino inteligente como Jack hubiera evitado salpicarse con la sangre de alguien que portaba un montón de gérmenes y enfermedades. Por lo que tendemos a pensar que en este caso sucumbió ante la visceralidad y la pasión del momento.

Ese mismo año, 1888, otras cuatro mujeres murieron degolladas en el East End, todas en supuestos suicidios. Al principio se creyó que podían haber sido víctimas de Jack el Destripador pero luego se confirmó que aunque cueste creerlo, esta era una de las formas habituales de los pobres de quitarse la vida al no poseer armas de fuego. Además, se había descubierto un torso femenino en los cimientos del nuevo edificio de Scotland Yard pero tampoco se vinculó este cadáver con los asesinatos de Jack el Destripador. A lo largo de 1889, aparecieron restos de una mujer descuartizada y a mediados de Julio se descubría en Castle Alley el cadáver de Alice McKenzie. Pese a que su garganta estaba seccionada y sufría diversas mutilaciones en el abdomen, tampoco se ligó oficialmente su asesinato a Jack el Destripador. Después de aquello, se ignora si Jack siguió asesinando: sus cartas dejaron de recibirse en 1896.

Nuestra última parada sería en el mercado de Old Spitafields, frente al pub Ten Bells, donde tomaron sus últimas pintas dos de las víctimas de Jack el Destripador y cerca de Dorset Street, donde se encontró a Mary Kelly. Es allí donde se reúnen muchos de los fans del asesino en serie para discutir sus teorías. Algunas de estas teorías hablan de cómo hubiera podido estar inmiscuida en el caso la propia policía, ya que un alto mandatario había mandado borrar el graffitti que apareció en la calle Goulston (lugar que también visitamos y donde se conservan edificios de la época), donde se podía leer “the juwes are the men that will not blamed for nothing” (los judíos son los hombres a quienes no se culpará por nada). Se supone que el “juwes” querría decir “jews” (judíos), que eran los barberos del barrio. Pero no, la palabra es “juwes”, emparentada con la masonería. Al parecer, Charles Warren, jefe de policía, era masón y se hubiera podido considerar uno de los sospechosos. Se vio obligado a dimitir el 8 de Noviembre de 1888 al haber sido incapaz de atrapar al asesino y no haberse parado a pensar que de aquel graffitti se podía haber extraído un análisis grafológico.

Muy cerca de Goulston se había encontrado un retazo del delantal ensangrentado que emparentaría al Destripador con los asesinatos. Y George Lusk, líder del Comité de Vigilancia, un constructor miembro de la Junta Metropolitana de Obras Públicas, había recibido la carta más inquietante de todas, acompañada de una pequeña cajita que contenía medio riñón: el autor aseguraba que la otra mitad se la había comido. Aunque en esa época no se podían hacer pruebas de ADN, la policía consideró que pertenecía a Catherine Eddowes ya que tenía los mismos quistes que el otro riñón que se encontró en el cadáver.

¿Quiénes fueron los sospechosos?

Nada más y nada menos que 250. Con teorías que algunos consideran tan inverosímiles como que uno de ellos fuera Lewis Carroll y que “Alicia en el País de las Maravillas”escondiera códigos secretos referentes a los asesinatos o que fuera una mujer (Jill la Destripadora). Esta segunda teoría, la de que fuera una mujer, en realidad no es tan descabellada ya que en el engomado de una de las cartas enviadas por Jack aparece una huella dactilar femenina. De hecho, se habló de la esposa de uno de los sospechosos de los que hablamos aquí abajo, el doctor Gull. Según esta teoría, Lizzie, ante la incapacidad de ser madre, se volvió loca y se dedicó a arrancar los úteros que a otras sí les permitían tener descendencia. Y ahí habría entrado el factor de que ninguna de las víctimas fue agredida sexualmente. Como veis, de teorías vamos sobrados. No obstante, aquí nos haremos eco de algunos de los que contaban con más papeletas para ser culpables.

Walter
Walter Sickert

Comenzaremos por Walter Sickert, un pintor impresionista nacido en Alemania que vivió atormentado por su visceral carácter y sus malformaciones genitales; al mismo tiempo, le encantaba pasear por callejones tenebrosos después de asistir a obras de teatro. Hoy algunas de sus obras más importantes se exponen en prestigiosas galerías británicas e incluso en la Clarence House de la Reina Madre. Algunas de ellas, dedicadas a Jack el Destripador y en las que se retrata el homicidio de varias mujeres, lo que daría fe de su inagotable narcisismo. La más famosa de ellas, “El dormitorio de Jack el Destripador”, puede admirarse en la Manchester Art Galley. En otro de sus cuadros se pueden ver tres figuras que podrían ser Jack el Destripador (él mismo) y dos de las mujeres asesinadas.

Hay un libro bastante interesante de Patricia Cornwell que a mí me encantó, “Retrato de un asesino”, en el que la escritora realiza una profunda investigación sobre el tema: ella misma confesó haberse gastado 7 millones de dólares en el proceso. Años antes, Stephen Knight ya había sugerido en su libro “Jack the Ripper: The Final Solution” que Sickert hubiera podido cometer estos crímenes alentado por la familia real inglesa.

Esta teoría estaba también apoyada por la novela gráfica “From Hell” y que años después sería la semilla de la película del mismo nombre protagonizada por Johnny Depp. Se rumoreaba entonces que hasta la propia reina Victoria habría estado involucrada en semejante conspiración, al enterarse de que el príncipe Alberto habría tenido una hija bastarda y se hubiera encargado al médico de la realeza, William Gull, acabar con la vida de la prostituta con la que se había casado en secreto y las testigos de la boda, amigas de la madre de la futura heredera al trono. Los expertos, los ripperólogos, creen que esta teoría es de lo más descabellada por la ausencia de pruebas pero también por el hecho de que William Gull tenía 71 años en 1888 y había sufrido una apoplejía.

El último sospechoso, un inmigrante polaco llamado Aaron Kosminski, parece ser una de las opciones más verosímiles tras las investigaciones llevadas a cabo por el escritor Russell Edwards, quien logró hacerse con el chal de una de las víctimas. Tras el análisis genético de la prenda, se consiguió comparar el ADN con el de una descendiente de Kosminski y los resultados fueron concluyentes: los restos de semen encontrados en el chal pertenecían a Aaron. Éste ya había sido considerado sospechoso por Scotland Yard, basándose en su profesión de barbero (en aquella época los barberos tenían conocimientos de anatomía y realizaban amputaciones y extracciones de dientes), su afición a masturbarse en público y su odio enfermizo a las mujeres. Aaron murió internado en un psiquiátrico y se llevó a la tumba su gran secreto: desvelar si realmente  fue él Jack el Destripador.

6 comentarios

  1. Me ha encantado el artículo y me lo he leído enterito. Tomo nota para mi próximo viaje a Londres, aunque con niña me resultará difícil hacerlo…

  2. Author

    Muchas gracias, Emma! Anímate a llevar a la peque, seguro que le encanta jaja!

  3. ohhhhh, yo que estoy viendo fechas…..que guay ….es algo diferente ha lo que tengo leído y visto hasta ahora!!!

  4. Author

    Pues aprovecha y haz el tour, es super interesante y te dará una perspectiva diferente de Londres!

  5. Espectacular artículo al que no le falta nada por añadir. Enhorabuena.

    Y hablando en general, Londres tiene tanto que ver, que es dificil aburrirse, si uno no quiere. Y te lo decimos nosotros que vivimos aquí. 😄

    Saludos.

  6. Author

    Mil gracias por vuestro comentario, chicos, y más viniendo de vosotros que sois unos especialistas en la ciudad! Me alegro que os haya gustado!

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