La Ruta de Jack el Destripador en Londres

Lon­dres es una de las ciu­dades que mejor conoz­co de Europa. Lle­vo casi 25 años yen­do a vis­i­tar­la (de hecho fue uno de los primeros via­jes que hice cuan­do era jovenci­ta) y ya sea por tur­is­mo, para ver concier­tos, musi­cales u obras de teatro o ir de com­pras, al final se ha con­ver­tido en un des­ti­no fijo en nues­tras rutas euro­peas. Sin embar­go, y como pre­cisa­mente la cono­ce­mos tan bien, en cada nue­va visi­ta inten­ta­mos bus­car lugares orig­i­nales y prop­ues­tas difer­entes que aviv­en nue­stro interés por la cap­i­tal británi­ca.

Ruta

Pre­cisa­mente hace unos meses escribi­mos un par de artícu­los sobre estas activi­dades que se salían de la nor­ma, Planes orig­i­nales y sor­pren­dentes para tu próx­i­ma escapa­da a Lon­dresTours ter­rorí­fi­cos por el Lon­dres más mis­te­rioso . Y fue a raíz de este últi­mo repor­ta­je cuan­do decidi­mos que en nue­stro próx­i­mo via­je, que hemos hecho aho­ra en Noviem­bre, incluiríamos la Ruta de Jack el Destri­pador. Un per­son­aje sin iden­ti­dad que a día de hoy sigue lev­an­tan­do las mis­mas pasiones que antaño. Miles de libros, pelícu­las, obras de teatro y has­ta video jue­gos inspi­ra­dos en el asesino en serie más escur­ridi­zo de la His­to­ria. Ese mis­mo que 130 años después con­tinúa sien­do un enig­ma insalv­able para inves­ti­gadores de todo el mun­do y del que prob­a­ble­mente nun­ca lle­gare­mos a saber cómo era su ros­tro.

Whitechapel

Debe­mos par­tir de la base de que a día de hoy ni siquiera ten­emos la seguri­dad de que Jack el Destri­pador existiera como tal, ya que no hay prue­bas evi­dentes que ase­guren con rotun­di­dad que los cin­co crímenes que se le atribuyen fuer­an real­iza­dos por la mis­ma per­sona. Y más sabi­en­do que dos de ellos ocur­rieron la mis­ma noche y con un cor­to espa­cio de tiem­po entre ambos. En cualquier caso, como somos muy fans del mito, nosotros somos de los que dec­i­mos que sí, que Jack exis­tió y su leyen­da se agran­da cada día que pasa.

En una época en que aún no se había inven­ta­do la tele­visión y las clases humildes tenían poco entreten­imien­to, a excep­ción de los jue­gos de azar, la pren­sa londi­nense vio la gal­li­na de los huevos de oro en este asesino en serie. Se hin­charon a vender per­iódi­cos (como bue­na parte de la población era anal­fa­be­ta, eran más bien comics, con mucho dibu­jo y poco tex­to) y las andan­zas del “mon­struo de Whitechapel”, que es como se le conocía al prin­ci­pio, pasarían a ser un fol­letín por capí­tu­los que ten­dría en jaque a mil­lones de per­sonas.

Si no hubiera sido por la pub­li­ci­dad que dio al caso la pren­sa amar­il­lista de entonces, los asesinatos cometi­dos por Jack el Destri­pador habrían sido tan sólo unos más de los miles de casos sin resolver que se amon­ton­a­ban en las comis­arías. En su momen­to se llegó a pen­sar que el fenó­meno de Jack el Destri­pador fue un inven­to de los direc­tores de los diar­ios, que intenta­ban endosar a tan sinie­stro per­son­aje la autoría de cada asesina­to cometi­do en Whitechapel, aunque final­mente se le atribuyeron ofi­cial­mente las que pasaron a cono­cerse como “cin­co víc­ti­mas canóni­cas”.

Los per­iódi­cos se ali­menta­ban de los cien­tos de car­tas que entre 1888 y 1896 envió Jack el Destri­pador, aunque se rumore­a­ba que muchas de ellas hubier­an podi­do ser escritas por peri­odis­tas de la Cen­tral News Agency. Algu­nas de estas car­tas, más de 200, están en archivos munic­i­pales de Lon­dres; otras han sido tan cod­i­ci­adas por los colec­cionistas que se han paga­do por ellas 25.000 euros. En ellas se jacta­ba de la incom­pe­ten­cia de las fuerzas poli­ciales, a quienes con­sid­er­a­ba unos “imbé­ciles”, su insul­to favorito: para la his­to­ria ha queda­do aque­l­la famosa frase “atrápen­me si pueden”. E inclu­so intenta­ba engañar a los agentes come­tien­do adrede fal­tas de ortografía, hacién­dose pasar por un obrero anal­fa­beto, cayen­do en el error de escribir esas mis­mas pal­abras con fal­tas difer­entes, sin seguir pau­tas fonéti­cas, y olvi­dan­do que la may­oría de los habi­tantes de Whitechapel no sólo no sabían leer ni escribir sino que además muchos de ellos eran extran­jeros y no habla­ban inglés.

Y es que sí, hay que ten­er en mente que la policía de entonces, Scot­land Yard, se encon­tra­ba sin ape­nas medios de ningún tipo para esclare­cer las inves­ti­ga­ciones. No existían entonces las prue­bas de ADN ni las de huel­las dac­ti­lares (pero sí la ayu­da de per­ros-policía, los sabue­sos, que pasa­ban de amaes­trar porque era muy caro entre­narles). Para Scot­land Yard, cuan­do se cometía un  deli­to era mucho más cómo­do irse a los calle­jones más mugri­en­tos, apre­sar a unos cuan­tos bor­ra­chos y echarles la cul­pa de lo que hubiera suce­di­do. Cuan­do las aguas se calma­ban y el pop­u­la­cho se olvid­a­ba del crimen en sí, les solta­ban y vuelta a empezar.

Añadi­re­mos que al estar Lon­dres divi­di­da en difer­entes munici­p­ios, a Scot­land Yard se le unió la City of Lon­don Police, es decir, dos cuer­pos poli­ciales a cual más inútil. A esto debe­mos sumar que la policía en gen­er­al no con­ta­ba con las sim­patías de la población: les con­sid­er­a­ban los per­ros del Esta­do. Cuan­do quedó claro que la figu­ra del Jack el Destri­pador les qued­a­ba grande, los ciu­dadanos se mofaron has­ta la saciedad de los agentes. Espe­cial­mente la gente humilde, har­ta de que esos policías de pacotil­la abusaran de la autori­dad con­tin­u­a­mente y hicier­an lo que les daba la gana, escon­di­dos tras una por­ra y una pla­ca.

Son varias las agen­cias que real­izan el tour en Lon­dres de Jack el Destri­pador (o Jack the Rip­per como le cono­cen los ingle­ses). Nosotros opta­mos por hac­er­lo con Straw­ber­ry Tours : ya esa mis­ma mañana habíamos hecho otro tour con ellos y te lo con­tare­mos en un artícu­lo pos­te­ri­or, ya que esto de los free tours nos pare­ció una opción de lo más intere­sante y didác­ti­ca. Nues­tra guía, Ánge­les, era una peri­odista que llev­a­ba tres años vivien­do en Lon­dres y que esta­ba enam­ora­da de los mis­te­rios que envuel­ven a la figu­ra de Jack el Destri­pador. Logró trasmi­tirnos su entu­si­as­mo mien­tras recor­ríamos esos calle­jones londi­nens­es de noche y llovien­do a cán­taros. Vamos, que mejor ambi­entación no podíamos ten­er. Curiosa­mente, hacíamos nue­stro ter­rorí­fi­co tour jus­to el día que se cumplían 130 años des­de el últi­mo asesina­to ofi­cial de Jack el Destri­pador.

Nue­stro pun­to de par­ti­da sería en la estación de Tow­er Hill, des­de donde sal­dríamos para recor­rer el esce­nario de los crímenes, al lado jus­to de los restos de mural­la que sep­a­ra­ba en época romana a Lon­dini­um del resto de la ciu­dad. Hablam­os del bar­rio de Whitechapel, cuya mala fama le llevó a adop­tar el sobrenom­bre del “bar­rio del infier­no” (se decía de él que era el bar­rio más peli­groso de Europa). El mis­mo que en el siglo XIX era el vecin­dario más pobre de Lon­dres, la que en su época llegó a ser la may­or ciu­dad del mun­do, envidia de tan­tas urbes pero al mis­mo tiem­po poseee­do­ra de un lado oscurísi­mo. Los vic­to­ri­anos conocían a los infe­lices que allí vivían como “la gente del cubo de la basura”.

Ripper

Las duras condi­ciones de vida en el East End de Lon­dres

Mien­tras en otras partes de Lon­dres bril­l­a­ban los teatros y los restau­rantes de lujo, en Whitechapel se hacin­a­ban miles de per­sonas. Las más afor­tu­nadas tenían un techo bajo el que dormir (dos o tres famil­ias podían amon­tonarse en habita­ciones indi­vid­uales, recosta­dos unos sobre otros) pero otras se veían oblig­adas a dormir sobre el bar­ro y los excre­men­tos (no existía el alcan­tar­il­la­do ni los cuar­tos de baño), bajo la llu­via, rodeadas de ratas y a merced de los ladrones que apuñal­a­ban a cualquier sospe­choso de guardar en los bol­sil­los unos peniques.

Aunque debido a la rev­olu­ción indus­tri­al en Lon­dres no era difí­cil encon­trar tra­ba­jo ya que abund­a­ban las fábri­c­as, los salarios eran míseros y rara vez logra­ban cubrir las necesi­dades más bási­cas. Casi nadie podía per­mi­tirse una vivien­da propia y el 90% de la población mal­vivía en alber­gues. Lo más común eran habita­ciones comu­nales con 80 camas: por cama enten­demos caja de madera en plan ataúd en la que los cuer­pos qued­a­ban lit­eral­mente enca­ja­dos. Estas habita­ciones se dividían por sexo para que hom­bres y mujeres no dur­mier­an jun­tos. Y los que ni siquiera podían per­mi­tirse estos dor­mi­to­rios, paga­ban dos peniques por  dormir de pie, apoy­a­dos en cuer­das. A los que allí lle­ga­ban se les oblig­a­ba a bañarse en una tina de agua par­duz­ca (no se cam­bi­a­ba el agua aunque la usaran cien­tos de per­sonas) y se seca­ban con toal­las comu­ni­tarias. Si no podían pagar los dos peniques cor­re­spon­di­entes, se les oblig­a­ba a tra­ba­jar des­brozan­do cuer­das sólo para que tuvier­an a cam­bio un techo bajo el que dormir.

Así se veía oblig­a­da a dormir la gente humilde…

Cues­ta creer­lo pero así de mis­er­ables eran las condi­ciones de vida en Whitechapel en el siglo XIX. Aún más para las mujeres, ya que si se qued­a­ban viu­das, se veían oblig­adas a acep­tar los peo­res empleos. Muchas de ellas acaba­ban ejer­cien­do la pros­ti­tu­ción (muchas veces ni siquiera a cam­bio de dinero, vendían su cuer­po por un men­dru­go de pan o una botel­la de gine­bra). Pero con­trari­a­mente a lo que siem­pre se ha creí­do (y des­men­ti­do por recientes inves­ti­ga­ciones), las cin­co mujeres asesinadas por Jack el Destri­pador no eran al prin­ci­pio pros­ti­tu­tas (se las conocía como “des­dichadas” en aque­l­la época) sino que algu­nas de ellas tra­ba­jaron como lavan­deras o sirvien­tas. Otra cosa es que después la vida se les torciera y no les quedó más reme­dio que traficar con lo úni­co que tenían: su cuer­po.

Aún así, no podemos olvi­dar que otras sí lo fueron. A estas pobres mujeres no les qued­a­ba más reme­dio que traficar con sus cuer­pos enve­je­ci­dos y dete­ri­o­ra­dos, ofre­cién­dose a posi­bles clientes en los pubs. Curiosa­mente, muchos de estos clientes eran hom­bres adin­er­a­dos que venían al “Abis­mo” (como Jack Lon­don llam­a­ba al East End) a obten­er los favores sex­u­ales que sus esposas les nega­ban. Eran los slum­mers, hom­bres que fan­tasea­ban con el hecho de beber y cop­u­lar en los bajos fon­dos.

Los coitos se real­iz­a­ban a la intem­perie, en calle­jones oscuros (las faro­las de gas eran pocas y alum­bra­ban las calles prin­ci­pales) y con mucho alco­hol de por medio: la botel­la de gine­bra costa­ba menos que la botel­la de agua. La pros­ti­tu­ta de turno se lim­ita­ba a lev­an­tarse las fal­das (muchas de ellas solían lle­var enci­ma toda la ropa que tenían en propiedad por miedo a que se la robaran) y a esper­ar que el mal momen­to pasara lo más rápi­do posi­ble. La niebla que solía rodear estos encuen­tros fugaces tenía más que ver con la con­t­a­m­i­nación de la época que con esa visión román­ti­ca de Lon­dres que nos han ven­di­do las pelícu­las. De hecho, el olor en la ciu­dad era tan nau­se­abun­do que se decía que se podía aspi­rar el “aro­ma de Lon­dres” a kilómet­ros. La may­oría del tiem­po los londi­nens­es debían taparse la nar­iz con pañue­los o tro­zos de tela cuan­do se atrevían a salir a la calle.

Comien­zan los asesinatos más macabros de la His­to­ria

La primera víc­ti­ma, Mary Ann Nichols alias Pol­ly, fue encon­tra­da la noche del 31 de Agos­to de 1888 en un calle­jón de Buck­’s Row, lo que aho­ra es Dur­ward Street. Cues­ta imag­i­nar el ter­ror que debió sufrir esta pobre mujer que, sobrepasa­dos los 40 años, se jacta­ba de poder seguir ven­di­en­do su cuer­po a cam­bio de unos tra­gos de alco­hol. Sin embar­go, des­gra­ci­ada­mente, ella era un claro ejem­p­lo del pro­totipo de pros­ti­tu­ta de Whitechapel: desnu­tri­das, con enfer­medades venéreas, muchas de ellas con cir­ro­sis, tuber­cu­lo­sis o tos feri­na, alco­holizadas y mar­gin­adas social­mente. El caso de Pol­ly era espe­cial­mente dramáti­co porque esta­ba viu­da, había per­di­do la cus­to­dia de sus hijos (uno de ellos había fal­l­e­ci­do en un incen­dio) y tenía el híga­do tan devo­ra­do por el alco­hol que si no hubiera muer­to asesina­da, lo habría hecho sólo un par de meses después a causa de la enfer­medad.

Esa noche Pol­ly quedó con una ami­ga en la puer­ta de un alber­gue y le con­fesó lo feliz que se encon­tra­ba por haber podi­do com­prarse un som­brero de segun­da mano: tened en cuen­ta que hac­erse con una pren­da nue­va en el ves­tu­ario era casi un mila­gro para estas mujeres. Había gana­do 8 peniques en sólo una jor­na­da pero se lo había gas­ta­do todo en gine­bra. Sal­ió a la caza de un últi­mo cliente… y jamás se le volvió a ver. A las tres de la madru­ga­da des­cubrieron su cuer­po, con las pier­nas flex­ion­adas, un corte bru­tal que le atrav­es­a­ba la gar­gan­ta (se dedu­jo que el asesino era zur­do) y lo peor de todo: esta­ba abier­ta en canal.

Esta primera vez Jack no se llevó los órganos inter­nos por lo que se cree que esta­ba “prac­ti­can­do” lo que serían los sigu­ientes asesinatos. La muerte de una pros­ti­tu­ta habría pasa­do desapercibi­da ya que, des­gra­ci­ada­mente, lo habit­u­al era que muchos clientes apuñalaran a las mujeres para evi­tar pagar­las. Pero los forens­es se dieron cuen­ta de que en esta ocasión el crimen se salía de lo común y comen­zaron a sospechar que pudiera haber sido obra de un médi­co o un bar­bero.

St Botolph
Igle­sia de St. Botolph

Esta de aquí a la derecha es la igle­sia de St. Botolph, cono­ci­da como la “igle­sia de las pros­ti­tu­tas”. Las mujeres, har­tas de que las detu­viera la policía, no pudier­an tra­ba­jar y debier­an pasar la noche al raso ante la fal­ta de dinero, comen­zaron a con­gre­garse en los alrede­dores de la igle­sia para con­seguir clien­tela. Los pubs qued­a­ban descar­ta­dos ya que las más pobres ni siquiera podían per­mi­tirse una cerveza. Sería aquí donde el asesino se encon­traría con Annie Chap­man, la segun­da víc­ti­ma, el 8 de Sep­tiem­bre: ape­nas había pasa­do una sem­ana des­de el primer crimen.

Cono­ci­da como Annie la More­na, obe­sa, sin dientes y sep­a­ra­da, la segun­da víc­ti­ma tenía dos hijos que no querían saber nada de ella, lo que agravó sus prob­le­mas de alco­holis­mo. No tenía con­tac­to con su famil­ia y se había pasa­do los cua­tro meses pre­vios a su muerte entran­do y salien­do del hos­pi­tal. Mal­vivía en pen­siones cer­canas a Spitafields, donde a menudo tenía dis­cu­siones con otros hués­pedes.

Annie fue encon­tra­da en un patio trasero de la calle Han­bury con las pier­nas flex­ion­adas, un tajo en el cuel­lo tan pro­fun­do que a duras penas la cabeza se man­tenía uni­da al cuer­po, los intesti­nos sobre el hom­bro y el útero extir­pa­do. A sus pies tenía sus escasas perte­nen­cias (un pañue­lo, un peine y un cacho de espe­jo), lo que con­firma­ba que el robo no era la excusa para la agre­sión. Con este segun­do asesina­to, forens­es y policía ya comien­zan a hablar de un asesino en serie. Más aún cuan­do días después se recibe una nota sin fecha ni fir­ma en la que el asesino ase­gu­ra ten­er los anil­los de latón de la víc­ti­ma y añadió “pobre Annie”.

Después del asesina­to, volvió a quedar evi­den­cia de lo vil que puede lle­gar a ser el ser humano cuan­do los veci­nos comen­zaron a cobrar un penique para que vier­an el patio donde Annie había sido asesina­da. Esta fue la tóni­ca a par­tir de entonces: los esce­nar­ios de los crímenes pasa­ban a con­ver­tirse en atrac­ciones de feria, con vende­dores ambu­lantes y niños ven­di­en­do per­iódi­cos sen­sa­cional­is­tas que con­ta­ban más men­ti­ras que ver­dades sobre los asesinatos.

La pren­sa se volvió loca sabi­en­do la expectación que iba a gener­ar este nue­vo crimen. Errónea­mente, muchos diar­ios con­sid­er­a­ban que era el cuar­to pues antes que Mary Ann Nichols y Annie, dos pros­ti­tu­tas habían sido asesinadas en Whitechapel y creían que el autor había sido Jack el Destri­pador. El caso es que los peri­odis­tas veían en el caso una mina de oro y más cuan­do llegó la primera car­ta fir­ma­da por Jack el Destri­pador: ya teníamos un autor con­fe­so. Sin embar­go, con el tiem­po y gra­cias a un rip­peról­o­go, que encon­tró un diario en el que se con­fesa­ba la pan­tomi­ma, se ha com­pro­ba­do que dicha car­ta fue escri­ta por un peri­odista para avi­var el fuego del espec­tácu­lo macabro que pres­en­cia­ban atóni­tos los veci­nos de Whitechapel. Esto, no obstante, no res­ta cred­i­bil­i­dad al resto de car­tas que se reci­bieron después. Estas no sólo se enviaron des­de el pro­pio East End sino des­de dis­tin­tos lugares de Lon­dres y otras ciu­dades de Gran Bre­taña como Birm­ing­ham, Liv­er­pool, Man­ches­ter o Leeds. Algu­nas has­ta lle­garon de Fran­cia o Por­tu­gal. No se expli­ca a estas alturas que la policía no inves­ti­gara la proce­den­cia de dichos matasel­los.

En dicha car­ta se men­ciona­ba “un delan­tal de cuero” (al lado del cadáver de Annie se encon­tró un peda­zo de delan­tal). Y es entonces cuan­do surge el nom­bre de John Piz­er, un zap­a­tero judío que lev­an­tó las sospe­chas de la policía ya que no sólo vestía con este mandil sino que eran cono­ci­das las abun­dantes dis­cu­siones que tenía con las ram­eras a la puer­ta de la igle­sia. Se descartó su par­tic­i­pación en los crímenes ya que cuan­do ocur­rió el primero se encon­tra­ba fuera de Lon­dres.

La para­noia se desató en Whitechapel y los pro­pios veci­nos orga­ni­zaron patrul­las noc­tur­nas, cono­ci­das como Comité de Vig­i­lan­cia de Whitechapel, que se ded­i­ca­ban a vig­i­lar las calles para desen­mas­carar a posi­bles sospe­chosos. Esto, sin embar­go, debió moti­var aún más a Jack el Destri­pador, quien volvió a hac­er acto de pres­en­cia la madru­ga­da del 30 de Sep­tiem­bre. Y esta vez por par­ti­da doble ya que se encon­traron los cuer­pos de dos víc­ti­mas. Esta noche pasó a cono­cerse como la del “doble even­to”.

Elizabeth Stride
Eliz­a­beth Stride

La primera de estas dos víc­ti­mas (ter­cera asesina­da) era Eliz­a­beth Stride, alias Liz la Larguirucha, una sue­ca que había lle­ga­do a Lon­dres para tra­ba­jar como sirvien­ta pero que por difer­entes prob­le­mas perdió el empleo. Viu­da de un carpin­tero y sin famil­iares cer­canos, no le quedó más reme­dio que echarse a las calles. Esa fatídi­ca noche su cuer­po fue encon­tra­do en Bern­er Street por un vende­dor ambu­lante. De nue­vo se repite el corte en el cuel­lo pero no la car­nicería que el Destri­pador había prac­ti­ca­do en las ante­ri­ores des­gra­ci­adas. La apari­ción del vende­dor le había oblig­a­do a huir pre­cip­i­tada­mente. Una mujer declaró que vio des­de la ven­tana a un hom­bre joven con un maletín de médi­co salien­do apresurada­mente.

Pero aún qued­a­ba por des­cubrir esa noche un cadáver más: el de Cather­ine Eddowes,  Otra mujer que inten­tó ganarse la vida de un modo decente (lo que no era tan fácil en aque­l­la época) y que parece que no tuvo que recur­rir a la pros­ti­tu­ción, pese a que vivía en la mis­e­ria. Con­vivía en una pen­sión con un hom­bre lla­ma­do Kel­ly y al que con­sid­er­a­ba su mari­do pese a no estar casa­dos.

La noche del crimen había sido deteni­da por encon­trarse en esta­do de embriaguez. Pasó en el cal­abo­zo unas cuan­tas horas has­ta que los agentes vieron que podía man­ten­erse en pie y deci­dieron soltar­la: más le val­dría haberse queda­do entre rejas. Se la vio por últi­ma vez hablan­do con un hom­bre con big­ote y capa (prob­a­ble­mente su asesino) cer­ca de la Christ Church. Unos min­u­tos más tarde su cuer­po era hal­la­do com­ple­ta­mente des­fig­u­ra­do en la plaza Mitre, una de las zonas más peli­grosas del bar­rio. Una plaza con una sola faro­la, rodea­da de almacenes y casas aban­don­adas. Una plaza que pese a lo mucho que ha cam­bi­a­do des­de entonces (has­ta hace no mucho con­serv­a­ba el sue­lo orig­i­nal del siglo XIX), aún pro­duce escalofríos cuan­do te ves allí, espe­cial­mente si es una noche de llu­via, como cuan­do la visi­ta­mos nosotros.

Jack el Destri­pador, frustra­do por no haber podi­do acabar su “tra­ba­jo” con Eliz­a­beth Stride, se ensañó con fiereza con Cather­ine. Se la encon­tró con la fal­da subi­da, medio desnu­da, con un pro­fun­do corte que iba des­de la vagi­na al esternón. Le habían colo­ca­do los intesti­nos sobre el hom­bro, des­gar­ra­do la ore­ja, le habían extir­pa­do un riñón y la cara esta­ba com­ple­ta­mente des­fig­u­ra­da, debido a múlti­ples cortes en pár­pa­dos y mejil­las. A raíz de este cuar­to asesina­to,  ambas policías (la de City of Lon­don y la de Scot­land Yard) ya tenían clarísi­mo que Jack el Destri­pador era un per­son­aje de carne y hue­so que, además, conocía inmejorable­mente las calles de Whitechapel para asesinar a dos mujeres en un peri­o­do de sólo 45 min­u­tos.

La quin­ta víc­ti­ma, Mary Kel­ly, sufrió la muerte más hor­ri­ble de todas (si es que era posi­ble super­ar lo ante­ri­or). Esta irlan­desa de 25 años que ante­ri­or­mente había sido una pros­ti­tu­ta de lujo en el West End y aho­ra se veía oblig­a­da a vender favores sex­u­ales en el peor bar­rio de Lon­dres, vivía ater­ror­iza­da tras las noti­cias de los asesinatos. Pero el mes de Octubre trascur­rió sin ningu­na víc­ti­ma más y se aven­turó a salir a la cap­tura de clientes.

La mañana del 9 de Noviem­bre, un emplea­do de su casero acud­ía a su habitación para cobrar­le la men­su­al­i­dad y se daba de bruces con el macabro esce­nario del crimen. Aquel pobre cuer­po era una masa san­guino­len­ta: le habían extir­pa­do los pechos, la nar­iz, los gen­i­tales y var­ios órganos inter­nos, entre ellos el corazón (que nun­ca se encon­tró). Los órganos fueron deposi­ta­dos alrede­dor del cuer­po, como si de un macabro altar se tratara, y parte de las entrañas se encon­tra­ban sobre la mesa. Se cree que el asesino tardó al menos tres horas en des­cuar­ti­zarla. Era imposi­ble recono­cer­la.

Martha Tabram
Martha Tabram

Martha Tabram fue una de las víc­ti­mas “no ofi­ciales” de Jack el Destri­pador. Su cuer­po fue encon­tra­do en Gun­thor­pe Street y tam­bién pasamos por este oscuro calle­jón: pocas horas antes había sido vista por allí jun­to a un sol­da­do.

Aquí es donde cobra fuerza la teoría de que Jack el Destri­pador fuera dis­fraza­do de uni­forme ya que era habit­u­al que sol­da­dos y miem­bros de la guardia alternaran con mere­tri­ces. Y es común entre los asesinos en serie dis­frazarse para come­ter sus crímenes, pues esto les per­mite luego regre­sar al lugar de los hechos y pasar desapercibidos entre cien­tos de espec­ta­dores mor­bosos.

A Martha le habían ases­ta­do 39 puñal­adas. Un ensañamien­to poco común que lle­va a pre­gun­tarse si el asesino conocía ya a la víc­ti­ma, si la había acecha­do antes o si esta sim­ple­mente dijo algo inade­cua­do que desató la cólera del psicó­pa­ta. Lo que está claro es que Jack se arries­gó mucho al come­ter ese crimen en ple­na calle, pues lo más nor­mal es que él mis­mo hubiera queda­do cubier­to de san­gre. Por muy poca luz que hubiera en Whitechapel a esas horas, su aspec­to habría lla­ma­do la aten­ción de otros transeúntes. Además, un asesino inteligente como Jack hubiera evi­ta­do salpi­carse con la san­gre de alguien que porta­ba un mon­tón de gérmenes y enfer­medades. Por lo que ten­demos a pen­sar que en este caso sucumbió ante la vis­cer­al­i­dad y la pasión del momen­to.

Ese mis­mo año, 1888, otras cua­tro mujeres murieron degol­ladas en el East End, todas en supuestos sui­cidios. Al prin­ci­pio se creyó que podían haber sido víc­ti­mas de Jack el Destri­pador pero luego se con­fir­mó que aunque cueste creer­lo, esta era una de las for­mas habit­uales de los pobres de quitarse la vida al no poseer armas de fuego. Además, se había des­cu­bier­to un tor­so femeni­no en los cimien­tos del nue­vo edi­fi­cio de Scot­land Yard pero tam­poco se vin­culó este cadáver con los asesinatos de Jack el Destri­pador. A lo largo de 1889, aparecieron restos de una mujer des­cuar­ti­za­da y a medi­a­dos de Julio se des­cubría en Cas­tle Alley el cadáver de Alice McKen­zie. Pese a que su gar­gan­ta esta­ba sec­ciona­da y sufría diver­sas muti­la­ciones en el abdomen, tam­poco se ligó ofi­cial­mente su asesina­to a Jack el Destri­pador. Después de aque­l­lo, se igno­ra si Jack sigu­ió asesinan­do: sus car­tas dejaron de recibirse en 1896.

Nues­tra últi­ma para­da sería en el mer­ca­do de Old Spitafields, frente al pub Ten Bells, donde tomaron sus últi­mas pin­tas dos de las víc­ti­mas de Jack el Destri­pador y cer­ca de Dorset Street, donde se encon­tró a Mary Kel­ly. Es allí donde se reú­nen muchos de los fans del asesino en serie para dis­cu­tir sus teorías. Algu­nas de estas teorías hablan de cómo hubiera podi­do estar inmis­cui­da en el caso la propia policía, ya que un alto man­datario había man­da­do bor­rar el graf­fit­ti que apare­ció en la calle Goul­ston (lugar que tam­bién visi­ta­mos y donde se con­ser­van edi­fi­cios de la época), donde se podía leer “the juwes are the men that will not blamed for noth­ing” (los judíos son los hom­bres a quienes no se cul­pará por nada). Se supone que el “juwes” quer­ría decir “jews” (judíos), que eran los bar­beros del bar­rio. Pero no, la pal­abra es “juwes”, emparenta­da con la mason­ería. Al pare­cer, Charles War­ren, jefe de policía, era masón y se hubiera podi­do con­sid­er­ar uno de los sospe­chosos. Se vio oblig­a­do a dim­i­tir el 8 de Noviem­bre de 1888 al haber sido inca­paz de atra­par al asesino y no haberse para­do a pen­sar que de aquel graf­fit­ti se podía haber extraí­do un análi­sis grafológi­co.

Muy cer­ca de Goul­ston se había encon­tra­do un reta­zo del delan­tal ensan­grenta­do que emparentaría al Destri­pador con los asesinatos. Y George Lusk, líder del Comité de Vig­i­lan­cia, un con­struc­tor miem­bro de la Jun­ta Met­ro­pol­i­tana de Obras Públi­cas, había recibido la car­ta más inqui­etante de todas, acom­paña­da de una pequeña caji­ta que con­tenía medio riñón: el autor ase­gura­ba que la otra mitad se la había comi­do. Aunque en esa época no se podían hac­er prue­bas de ADN, la policía con­sid­eró que pertenecía a Cather­ine Eddowes ya que tenía los mis­mos quistes que el otro riñón que se encon­tró en el cadáver.

¿Quiénes fueron los sospe­chosos?

Nada más y nada menos que 250. Con teorías que algunos con­sid­er­an tan inverosímiles como que uno de ellos fuera Lewis Car­roll y que “Ali­cia en el País de las Maravillas“escondiera códi­gos secre­tos ref­er­entes a los asesinatos o que fuera una mujer (Jill la Destri­pado­ra). Esta segun­da teoría, la de que fuera una mujer, en real­i­dad no es tan desca­bel­la­da ya que en el engo­ma­do de una de las car­tas envi­adas por Jack aparece una huel­la dac­ti­lar femeni­na. De hecho, se habló de la esposa de uno de los sospe­chosos de los que hablam­os aquí aba­jo, el doc­tor Gull. Según esta teoría, Lizzie, ante la inca­paci­dad de ser madre, se volvió loca y se dedicó a arran­car los úteros que a otras sí les per­mitían ten­er descen­den­cia. Y ahí habría entra­do el fac­tor de que ningu­na de las víc­ti­mas fue agre­di­da sex­ual­mente. Como veis, de teorías vamos sobra­dos. No obstante, aquí nos hare­mos eco de algunos de los que con­ta­ban con más papele­tas para ser cul­pa­bles.

Walter
Wal­ter Sick­ert

Comen­zare­mos por Wal­ter Sick­ert, un pin­tor impre­sion­ista naci­do en Ale­ma­nia que vivió ator­men­ta­do por su vis­cer­al carác­ter y sus mal­for­ma­ciones gen­i­tales; al mis­mo tiem­po, le encanta­ba pasear por calle­jones tene­brosos después de asi­s­tir a obras de teatro. Hoy algu­nas de sus obras más impor­tantes se expo­nen en pres­ti­giosas galerías británi­cas e inclu­so en la Clarence House de la Reina Madre. Algu­nas de ellas, ded­i­cadas a Jack el Destri­pador y en las que se retra­ta el homi­cidio de varias mujeres, lo que daría fe de su inagotable nar­ci­sis­mo. La más famosa de ellas, “El dor­mi­to­rio de Jack el Destri­pador”, puede admi­rarse en la Man­ches­ter Art Gal­ley. En otro de sus cuadros se pueden ver tres fig­uras que podrían ser Jack el Destri­pador (él mis­mo) y dos de las mujeres asesinadas.

Hay un libro bas­tante intere­sante de Patri­cia Corn­well que a mí me encan­tó, “Retra­to de un asesino”, en el que la escrito­ra real­iza una pro­fun­da inves­ti­gación sobre el tema: ella mis­ma con­fesó haberse gas­ta­do 7 mil­lones de dólares en el pro­ce­so. Años antes, Stephen Knight ya había sug­eri­do en su libro “Jack the Rip­per: The Final Solu­tion” que Sick­ert hubiera podi­do come­ter estos crímenes alen­ta­do por la famil­ia real ingle­sa.

Esta teoría esta­ba tam­bién apoy­a­da por la nov­ela grá­fi­ca “From Hell” y que años después sería la semi­l­la de la pelícu­la del mis­mo nom­bre pro­tag­on­i­za­da por John­ny Depp. Se rumore­a­ba entonces que has­ta la propia reina Vic­to­ria habría esta­do involu­cra­da en seme­jante con­spir­ación, al enter­arse de que el príncipe Alber­to habría tenido una hija bas­tar­da y se hubiera encar­ga­do al médi­co de la realeza, William Gull, acabar con la vida de la pros­ti­tu­ta con la que se había casa­do en secre­to y las tes­ti­gos de la boda, ami­gas de la madre de la futu­ra hered­era al trono. Los exper­tos, los rip­peról­o­gos, creen que esta teoría es de lo más desca­bel­la­da por la ausen­cia de prue­bas pero tam­bién por el hecho de que William Gull tenía 71 años en 1888 y había sufri­do una apople­jía.

El últi­mo sospe­choso, un inmi­grante pola­co lla­ma­do Aaron Kos­min­s­ki, parece ser una de las opciones más verosímiles tras las inves­ti­ga­ciones lle­vadas a cabo por el escritor Rus­sell Edwards, quien logró hac­erse con el chal de una de las víc­ti­mas. Tras el análi­sis genéti­co de la pren­da, se con­sigu­ió com­parar el ADN con el de una descen­di­ente de Kos­min­s­ki y los resul­ta­dos fueron con­cluyentes: los restos de semen encon­tra­dos en el chal pertenecían a Aaron. Éste ya había sido con­sid­er­a­do sospe­choso por Scot­land Yard, basán­dose en su pro­fe­sión de bar­bero (en aque­l­la época los bar­beros tenían conocimien­tos de anatomía y real­iz­a­ban amputa­ciones y extrac­ciones de dientes), su afi­ción a mas­tur­barse en públi­co y su odio enfer­mi­zo a las mujeres. Aaron murió inter­na­do en un psiquiátri­co y se llevó a la tum­ba su gran secre­to: desve­lar si real­mente  fue él Jack el Destri­pador.


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8 Comments

  1. Me ha encan­ta­do el artícu­lo y me lo he leí­do enter­i­to. Tomo nota para mi próx­i­mo via­je a Lon­dres, aunque con niña me resul­tará difí­cil hac­er­lo…

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Muchas gra­cias, Emma! Aní­mate a lle­var a la peque, seguro que le encan­ta jaja!

  3. ohh­h­hh, yo que estoy vien­do fechas.….que guay ….es algo difer­ente ha lo que ten­go leí­do y vis­to has­ta aho­ra!!!

  4. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Pues aprovecha y haz el tour, es super intere­sante y te dará una per­spec­ti­va difer­ente de Lon­dres!

  5. Espec­tac­u­lar artícu­lo al que no le fal­ta nada por añadir. Enhorabue­na.

    Y hablan­do en gen­er­al, Lon­dres tiene tan­to que ver, que es difi­cil abur­rirse, si uno no quiere. Y te lo dec­i­mos nosotros que vivi­mos aquí. 😄

    Salu­dos.

  6. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Mil gra­cias por vue­stro comen­tario, chicos, y más vinien­do de vosotros que sois unos espe­cial­is­tas en la ciu­dad! Me ale­gro que os haya gus­ta­do!

  7. Me encan­ta tu artic­u­lo, cuaern­do via­je a Lon­dres no pude hac­er­lo pero me has dado muchas ganas de volver

  8. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Me ale­gro que te haya inspi­ra­do, un abra­zo!

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