Crucero por las Mil Islas y viaje a Montreal

La segun­da eta­pa de este via­je por la Cos­ta Este cana­di­ense, tras unos inten­sos días pate­an­do Toron­to , nos pon­dría en con­tac­to con la apab­ul­lante nat­u­raleza de este país, que a fin de cuen­tas era lo que más nos había atraí­do para volar tan­tos kilómet­ros. Y es que aunque las ciu­dades cana­di­ens­es son espec­tac­u­lares, nada com­pa­ra­ble a sus lagos, mon­tañas y fron­dosos bosques. Los paisajes que irás encon­tran­do son tan boni­tos que a veces pare­cen dec­o­ra­dos y cues­ta creer que sean de ver­dad.

Crucero Mil Islas Canada

Como entre Toron­to y la sigu­iente ciu­dad que vis­i­taríamos, Mon­tre­al, la dis­tan­cia se iba has­ta los 540 kilómet­ros y las cin­co horas y media de via­je, teníamos la ocasión ide­al para realizar una para­da en un lugar al que le teníamos can­ti­dad de ganas: Las Mil Islas (en Canadá cono­ci­das como las Thou­sand Islands). Este es sin lugar a dudas uno de los paisajes más exu­ber­antes de Canadá y tam­bién de los más vis­i­ta­dos por los cana­di­ens­es, ya que se encuen­tra a sólo tres horas de Toron­to, tres de Mon­tre­al y dos de Ottawa. Son más de 1.800 islas, algu­nas tan pequeñas que den­tro de ellas sólo cabe una casa, como podréis ver en las fotografías. Se encuen­tran repar­tidas entre el río San Loren­zo y el lago Ontario, en la fron­tera nat­ur­al que divide Canadá y Esta­dos Unidos, por lo que algu­nas de ellas pertenecen a un país y otras a otro.

La may­or de ellas, Wolfe Island, es cana­di­ense. Cer­ca, en la isla de Car­leton, se encuen­tran las ruinas del Fuerte Haldimand con­stru­i­do en 1779 por los británi­cos. La isla más pequeña, curiosa­mente denom­i­na­da Just Room Enough Island (“la isla en la que sólo cabe una habitación”), es la isla habita­da más pequeña de Esta­dos Unidos, con super­fi­cie para una sola vivien­da. Otras islas como Deer Island pertenecen a la sociedad sec­re­ta Skull & Bones, fun­da­da en la Uni­ver­si­dad de Yale. Sus miem­bros, todos pertenecientes a famil­ias mul­ti­mil­lonar­ias, han logra­do for­mar parte de los ser­vi­cios secre­tos de la CIA: la pelícu­la “El buen pas­tor” de Robert De Niro rela­ta la vida de uno de sus miem­bros más influyentes, Edward Wil­son.

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Gananoque es el pueblo des­de donde parten muchos de los cruceros turís­ti­cos que recor­ren el par­que nat­ur­al. Estos son de difer­entes pre­cios y duración: nosotros opta­mos por el de una hora porque con­sid­er­amos que era tiem­po sufi­ciente para cono­cer lo más impor­tante y además después nos qued­a­ba un tre­cho de camino en coche has­ta Mon­tre­al. El pre­cio del crucero fueron 25 dólares por per­sona (dejar el coche en el park­ing públi­co fueron 3 dólares más). Obser­varás que prác­ti­ca­mente el pueblo entero vive del tur­is­mo que gen­era la sal­i­da de los bar­cos, con un mon­tón de restau­rantes, cafeterías y tien­das de sou­venirs.

Como en Gananoque los restau­rantes parecían estar bas­tante ori­en­ta­dos al tur­is­mo, decidi­mos evi­tarnos colas de espera y sor­pre­sas a la hora de traer­nos la cuen­ta, coger el coche y parar a com­er camino de Mon­tre­al. Elegi­mos el pueblo de Brockville (cono­ci­do antigua­mente como Eliz­a­beth­town) y comi­mos en un agrad­able restau­rante, el Bil­ly K’s, donde las espe­cial­i­dades eran las ham­bur­gue­sas de carne ahu­ma­da y ¡cómo no! la pou­tine.

Ya te hemos habla­do varias veces de este pla­to (una bom­ba de calorías) que tan­to apa­siona a los cana­di­ens­es. Pero debíamos volver a citar­lo ya que es en Mon­tre­al donde dicen que se preparan los mejores, aunque son dos los restau­rantes que andan a la greña, auto­proclamán­dose los inven­tores de la pou­tine (el Le Lutin Qui Rit de War­wick y el Le Roy Jucep de Drum­mondville). Si aún no lo cono­ces, te recor­damos que es un pla­to bas­tante sen­cil­lo: patatas fritas regadas con que­so en pol­vo y sal­sa de carne. Lo venden en todos sitios, des­de puestos calle­jeros a restau­rantes de lujo. Inclu­so podrás encon­trar en los super­me­r­ca­dos la sal­sa con la que lo elab­o­ran, yo me tra­je un par de sobres a casa para preparar­lo cuan­do regresáramos. En Mon­tre­al el restau­rante más famoso de pou­tine es La Ban­quise , con más de 30 var­iedades difer­entes.

Poutine Canada

 


 

Guía Montreal

Mon­tre­al, la segun­da ciu­dad más grande del país (con más de un mil­lón de habi­tantes) y la may­or de la provin­cia de Que­bec, se encuen­tra a una lat­i­tud tal que en invier­no lo nor­mal es que el ter­mómetro alcance los diez gra­dos bajo cero y son comunes las auro­ras bore­ales. De ahí que nues­tra recomen­dación (de nue­vo) sea venir en ver­a­no para dis­fru­tar de todo lo que se puede hac­er al aire libre.

Al lle­gar a Mon­tre­al, lo primero que hici­mos fue diri­girnos al aparta­men­to que habíamos alquila­do por medio de Book­ing, los Apparte­ments de la Belle Rive 2. Escogi­mos el aparta­men­to para 6 per­sonas con ter­raza, con dos dor­mi­to­rios grandísi­mos, y el pre­cio fueron 226 euros por dos noches (tenien­do en cuen­ta que íbamos dos pare­jas, bue­na opción). Aunque sabíamos que se encon­tra­ba a las afueras de la ciu­dad y algo ale­ja­do del cen­tro, como a unos diez kilómet­ros, nos gusta­ba la sen­sación de tran­quil­i­dad que daba estar en un bar­rio res­i­den­cial. Y además así no teníamos prob­le­mas de aparcamien­to, dejábamos el coche en la mis­ma puer­ta.

Como hemos men­ciona­do el trans­porte, deciros que en Mon­tre­al, como en casi todas las ciu­dades que estu­vi­mos, nos olvi­damos del coche y opta­mos por el trans­porte públi­co. Aparcábamos jus­to al lado de la para­da de metro que nos cogía más cer­cana, la de Hon­oré-Beau­grand, y nos movíamos por la ciu­dad en metro. Además algu­nas esta­ciones como las de Champs-de-Marts o Place-des-Arts son bas­tante espec­tac­u­lares al estar for­radas de murales y pin­turas. Mi recomen­dación es que os hagáis con un pase diario: cues­ta 10 CAD y en el momen­to que hagáis cua­tro via­jes ya lo habéis amor­ti­za­do ya que el bil­lete indi­vid­ual cues­ta más de 3 dólares. Además, tam­bién valen para los bus­es, que tam­bién acabamos usan­do.

Comence­mos con las vis­i­tas. Y lo hace­mos por la Vil­la Olímpi­ca, el lugar que más fama ha dado a Canadá a niv­el mundi­al. Para lle­gar has­ta aquí, lo tienes fácil: el metro has­ta la estación de Pio IX. En 1976 se cel­e­braron aquí los Jue­gos Olímpi­cos y des­de entonces, Canadá ha impul­sa­do entre sus ciu­dadanos la prác­ti­ca del deporte, tan­to el de ver­a­no como el de invier­no: los cana­di­ens­es se vana­glo­ri­an de ten­er miles de kilómet­ros de bosques donde poder hac­er deporte al aire libre.

Villa Olimpica Montreal

En la Vil­la Olímpi­ca se encuen­tra la torre incli­na­da más alta del mun­do (175 met­ros), con una incli­nación de 45º (la Torre de Pisa, por pon­er un ejem­p­lo, tiene una incli­nación de 5º). Abier­ta al públi­co des­de 1987, en lo alto cuen­ta con un mirador panorámi­co (la entra­da cues­ta 23 dólares). Cer­ca está el Esta­dio Olímpi­co: su con­struc­ción supu­so un desem­bol­so a la ciu­dad de casi 300 mil­lones de dólares (son muchos los que creen que aque­l­los Jue­gos Olímpi­cos fueron un despil­far­ro innece­sario). De hecho, a día de hoy dicho esta­dio ape­nas se uti­liza para sólo algunos even­tos (concier­tos más que nada) ya que los equipos locales de base­ball o hock­ey sobre hielo cuen­tan con sus pro­pios esta­dios.

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Una de las vis­i­tas que más nos gustó fue al Jardín Botáni­co de Mon­tre­al, uno de los más impor­tantes del mun­do. La entra­da cues­ta 20,50 dólares y da acce­so al Jardín y al Insec­tar­i­um (*Nota: acabamos de ver que por obras el Insec­tar­i­um estará cer­ra­do has­ta Junio de 2021). El Insec­tar­i­um fue lo primero que visi­ta­mos y nos encan­tó ver la can­ti­dad de niños que había con sus padres, apren­di­en­do de estos pequeños seres, los insec­tos, fun­da­men­tales para el cor­rec­to desar­rol­lo de la bio­di­ver­si­dad mundi­al.

Es recomend­able recor­rer el Jardín Botáni­co en pri­mav­era / ver­a­no para dis­fru­tar del paisaje en todo su esplen­dor…

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El Jardín Chi­no, inau­gu­ra­do en 1991, es el más espec­tac­u­lar del com­ple­jo, con una mon­taña arti­fi­cial de más de 3.000 toneladas. De hecho, fuera de Chi­na es el jardín del mun­do con más plan­tas ori­un­das del país asiáti­co (más de dos cen­tenares) y el may­or jardín chi­no en lo que a exten­sión se refiere. Para su con­struc­ción se tra­jeron toneladas de mate­r­i­al de la propia Shang­hai, ciu­dad que tam­bién donó una colec­ción de bon­sais chi­nos. En esta foto de aba­jo podéis obser­var la pago­da de 14 met­ros de altura con vis­tas al Lago de los Sueños.

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El Jardín Japonés, inau­gu­ra­do en 1988 y con­sid­er­a­do uno de los mejores del mun­do, alber­ga una exposi­ción per­ma­nente de tés de Ori­ente así como un lago pla­ga­do de carpas doradas, las koi japone­sas, y una boni­ta exposi­ción de bon­sais. Tam­bién hay un Pabel­lón Japonés basa­do arqui­tec­tóni­ca­mente en las casas de té tradi­cionales y donde se acer­ca al vis­i­tante a la cul­tura nipona. Puedes vis­i­tar el Stone Gar­den, un “jardín seco” donde piedras sobre are­na blan­ca sim­u­lan flotar sobre el mar o admi­rar la Cam­pana de la Paz don­a­da por la ciu­dad de Hiroshi­ma, con la que está her­mana­da, donde cada 6 de Agos­to se rinde hom­e­na­je a las víc­ti­mas del bom­bardeo.

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La Basíli­ca de Notre-Dame es, con razón, el sím­bo­lo más recono­ci­ble de Mon­tre­al y uno de sus rin­cones más cono­ci­dos, con un mil­lón de vis­i­tantes al año. Se dice de ella que se con­struyó inspi­ra­da en su her­mana parisi­na y fue durante muchos años la igle­sia más grande de toda Améri­ca. Este impre­sio­n­ante tem­p­lo del siglo XIX (donde se casaron Celine Dion y René Angelil) acoge cada año los fes­te­jos con­mem­o­ra­tivos de la fun­dación de la ciu­dad, así como numerosos concier­tos (entre otros ha actu­a­do aquí Luciano Pavarot­ti). En el exte­ri­or se alzan majes­tu­osas sus tor­res geme­las de casi 70 met­ros de altura, La Pér­se­vérance y La Tém­per­ance, tes­ti­gos cada noche (de martes a sába­do) del espec­tácu­lo de luces “Et la lumière fut”.

Basilica Notre Dame Montreal

Tar­i­fas

Acce­so a la basíli­ca + visi­ta guia­da de 20 min­u­tos:

  • Tick­et de adul­tos: 5 CAD
  • Tick­et de niños (entre 7 y 17 años): 4 CAD.

Espec­tácu­lo « El la lumière fut »

  • Tick­et de adul­tos: 10 CAD.
  • Tick­et de niños: 5 CAD.

Es recomend­able reser­var el tour con antelación ya que en tem­po­ra­da alta te puedes quedar sin entradas. Tienes toda la infor­ma­ción en la web Basilique Notre Dame .

Horar­ios

La igle­sia está abier­ta gra­tuita­mente para vis­i­tantes:

  • Lunes a Viernes de 8:00 a 16:30
  • Sába­dos: 8:00 a 16:00
  • Domin­gos de 12:30 a 16:00

 

Si hubo un bar­rio que nos pare­ció real­mente pre­cioso este fue Plateau Mont Roy­al, situ­a­do pre­cisa­mente en el monte que da nom­bre a la ciu­dad. Se encuen­tra al norte del cen­tro históri­co y es una deli­cia pasear entre estas coque­tas calles jus­to a la hora de com­er, cuan­do muchas de ellas se encuen­tran casi desier­tas. En mi opinión, las más fotogéni­cas son Dro­let, Hen­ri-Julien y Laval Avenue. Las casas son espec­tac­u­lares, con esas fachadas col­ori­das que bril­lan al sol.

Montreal Canada

Y no menos lla­ma­tivos son los murales que des­de hace seis años elab­o­ran artis­tas locales en el Mur­al Fes­ti­val. El bar­rio es cono­ci­do pre­cisa­mente por la can­ti­dad de fes­ti­vales que aquí se cel­e­bran: el Marché des Pos­si­bles (con food trucks y concier­tos gra­tu­itos), el Pianos Publics (con pianos al aire libre) o el POP Mon­tre­al, con artis­tas under­ground. Además, aquí se con­cen­tra un buen puña­do de salas de espec­tácu­los como la Sala Rossa o el Rial­to The­atre.

A la hora de com­er, aparte de catar la pou­tine, hay una expe­ri­en­cia en Mon­tre­al que no debes ni puedes perderte: vis­i­tar Schwartz’s. Se encuen­tra en el 3895 del Boule­vard Saint Lau­rent pero no te pre­ocu­pes, no tiene pér­di­da: las colas frente a sus puer­tas son incon­fundibles. Este restau­rante, abier­to des­de 1928, es toda una insti­tu­ción en la ciu­dad. Lo fundó un inmi­grante judío que llegó des­de Rumanía y des­de entonces se ha con­ver­tido en uno de los restau­rantes favoritos no sólo de los mon­trealens­es sino tam­bién de infinidad de via­jeros.

¿Su secre­to? La riquísi­ma carne ahu­ma­da, base de sus deli­ciosos bocadil­los, que se elab­o­ra durante diez días y se adereza con espe­cias. Aunque es difí­cil con­seguir mesa (y a menudo debes com­par­tir­la), merece la pena venir a com­er aquí. No nos extraña que sus dueños actuales se hayan nega­do a abrir fran­qui­cias pese a la can­ti­dad de ofer­tas recibidas, todo por man­ten­er la aut­en­ti­ci­dad de un establec­imien­to fran­ca­mente espe­cial.

Schwartz's Montreal
Las colas para tomar un sand­wich en Schwartz’s
Schwartz's Montreal
¡Mere­ció la pena esper­ar para pro­bar esta hebrew del­i­catessen!

Saint-Lau­rent es una larguísi­ma calle de once kilómet­ros que no sólo ejerce como fron­tera imag­i­nar­ia entre el área francó­fona y angló­fona (aunque aquí lo que pre­dom­i­na es el francés) sino tam­bién una de las prin­ci­pales arte­rias com­er­ciales de la ciu­dad. Una aveni­da entretenidísi­ma para los que gustéis ir de com­pras que va atrav­es­an­do difer­entes bar­rios étni­cos como Lit­tle Por­tu­gal (donde hay has­ta un Parc du Por­tu­gal que hom­e­na­jea a los 45.000 descen­di­entes de por­tugue­ses que viv­en en la ciu­dad) o Lit­tle Italy, donde desta­ca la Igle­sia de la Madon­na del­la Dife­sa. Además, a lo largo de Saint Lau­rent se amon­to­nan las galerías de arte, las casas de exposi­ciones y los cines: fue aquí en el Edi­fice Robil­lard, donde en 1896 se proyec­taron por primera vez en Norteaméri­ca las pelícu­las mudas que serían el ger­men de la his­to­ria del cine.

Otra de las deli­cias típi­cas de Mon­tre­al son los bagels. Y es que aunque estos bol­los pola­cos alcan­zaron su máx­i­mo niv­el de pop­u­lar­i­dad en Nue­va York (que sí, que os ase­guro que allí tam­bién están muy ricos), en mi opinión los de Mon­tre­al jus­ti­f­i­can tam­bién su mere­ci­da fama porque son mucho más tier­nos y jugosos. Su fama es tal que has­ta hay tours como el Beyond the Bagel: Mon­tre­al Jew­ish Food en el que durante más de tres horas te hacen una visi­ta guia­da por los establec­imien­tos más rel­e­vantes (aunque para mi gus­to el pre­cio está infla­do, casi 70 euros la bro­ma; mejor haz­lo por tu cuen­ta).

Nosotros fuimos adrede a pro­bar­los a  St. Via­teur , donde se con­sid­era que de un modo com­ple­ta­mente arte­sanal, se elab­o­ran los mejores bagels de la ciu­dad (aunque otros muchos se decen­tan por otro local próx­i­mo, Far­mount). La doce­na de bagels  cues­ta 10 CAD y los tienes de varias var­iedades (canela, semi­l­las de amap­o­la, multi­gra­no…) aunque para mí los más ricos son los de sésamo. Y enci­ma te los llevas calen­ti­tos para poder ir comién­do­los por la calle. Una deli­cia.

Bagels Montreal
Los bagels se preparan en hornos tradi­cionales

Tan­to la carne ahu­ma­da como los bagels lle­garon a Mon­tre­al de mano de la comu­nidad judía. A día de hoy es una de sus minorías étni­cas más impor­tantes (un 7% de la población) y bue­na parte de estas famil­ias hebreas viv­en en el coque­to bar­rio de Mile End. Cuan­do paseamos por allí, nos cruzamos con un mon­tón de judíos orto­dox­os, con sus tirabu­zones saltarines y sus numerosas famil­ias vesti­das de negro, herederos de aque­l­los inmi­grantes que durante las dos guer­ras mundi­ales huían de Europa. Una comu­nidad que antaño con­tribuyó acti­va­mente para obten­er muchos dere­chos lab­o­rales: se dice que gra­cias a su pre­sión se con­sigu­ió en Canadá la jor­na­da lab­o­ral de 40 horas sem­anales. El judío más famoso de Mon­tre­al era Leonard Cohen, quien llegó a grabar un dis­co con el coro de una sin­a­goga y cuyos tex­tos se inspira­ban en la litur­gia hebrea.

Mon­tre­al es una ciu­dad uni­ver­si­taria (de hecho, la que más estu­di­antes por habi­tante tiene en Améri­ca del Norte), con cua­tro uni­ver­si­dades (dos francó­fonas y dos angló­fonas), lo que da a sus calles un aire muy juve­nil. La may­oría de estos estu­di­antes sue­len con­cen­trarse en St. Cather­ine Street, una de las arte­rias com­er­ciales de la ciu­dad, donde en ver­a­no se orga­ni­zan muchos mer­cadil­los. En esta zona tam­bién se encuen­tra Burough Ville-Marie, el Vil­lage, el bar­rio gay, donde cada ver­a­no se cel­e­bra el Gay Parade y con algunos de los bares más ani­ma­dos de Mon­tre­al (hay más de 80 para ele­gir). Aunque antigua­mente era un bar­rio bas­tante deprim­i­do, a par­tir de 1970 comen­zó a ocu­par­lo la comu­nidad homo­sex­u­al, dan­do un giro total para bien al vecin­dario. Puedes com­bi­nar la visi­ta recor­rien­do el Bar­rio Lati­no, que está al lado.

Otra recomen­dación para cuan­do hagáis un des­can­so entre tan­ta visi­ta: la cerve­cería Dieu du Ciel. Fun­da­da hace más de 20 años, es un clási­co entre los cerve­ceros (y entre los no cerve­ceros). No es la pio­nera en la ciu­dad (ese hon­or le cor­re­sponde a Cheval Blanc, abier­ta des­de el año 1987) pero sí ha vis­to recono­ci­da su valía sien­do elegi­da entre las cien mejores micro­cerve­cerías del mun­do. Ubi­ca­da en un antiguo restau­rante ruso, creó la primera cerveza de Que­bec adereza­da con cáñamo. Quizás entonces ya se olían venir eso de que la legal­ización de la maría sería cuestión de tiem­po: cuan­do visi­ta­mos Canadá, sólo falta­ban dos meses para que el proyec­to comen­zara a fun­cionar.

El Chi­na­town de Mon­tre­al es mucho más pequeño que el de Toron­to, que habíamos recor­ri­do unos días antes, pero no obstante se merece una visi­ta. Lo más lla­ma­ti­vo son sus cua­tro paifangs, las puer­tas orna­men­tadas que dan entra­da al bar­rio. Chi­na­town ha ido men­guan­do con los años debido a la reestruc­turación urbanís­ti­ca prop­ues­ta por el ayun­tamien­to, que fue reducien­do el espa­cio del vecin­dario para cedérse­lo, por pon­er un ejem­p­lo, al nue­vo Pala­cio de Con­gre­sos. Aún así, aquí se encuen­tra la may­or escuela chi­na del país, donde dan clase más de 1.500 estu­di­antes, es sede del Mon­tre­al Chi­nese Hos­pi­tal y agru­pa un mon­tón de restau­rantes asiáti­cos donde podrás degus­tar las deli­cias gas­tronómi­cas de los locales. Como curiosi­dad, comen­tarte que no es el úni­co bar­rio étni­co (pero sí el más impor­tante) ya que tam­bién hay bar­rios grie­gos e ital­ianos.

Chinatown Montreal

La Grande Roue: la noria más grande de Canadá. Ahí la podéis ver al fon­do. Aunque el paseo sólo dura 15 min­u­tos, la entra­da cues­ta 20CAD. Eso sí, ten­drás vis­tas de Mon­tre­al a 60 met­ros de altura. Este es el puer­to de Mon­tre­al, uno de los sitios de la ciu­dad más agrad­ables para darse una cam­i­na­ta. Ha mejo­ra­do muchísi­mo respec­to a los años 80, cuan­do éste era un puer­to de mer­cancías y un lugar poco recomend­able para merodear al anochecer. Pero actual­mente, con­ver­tido en un puer­to deporti­vo de donde parten muchos cruceros, la zona, además de acoger un mon­tón de restau­rantes, cafeterías, tien­das y mer­cadil­los de comi­da y has­ta una pista de pati­na­je que se abre en invier­no, aquí se encuen­tra el Sci­ence Cen­tre (un museo inter­ac­ti­vo que lo mis­mo cen­tra sus exposi­ciones en la evolu­ción humana como en la saga de Star Wars), la Torre del Reloj o los silos, heren­cia de la rev­olu­ción indus­tri­al, que en su día lle­garon a ser los edi­fi­cios más altos de la ciu­dad.

Puerto Montreal

En este área tienes la siem­pre ani­ma­da Place Jacques Carti­er (lla­ma­da así por uno de los “des­cubri­dores” de Canadá), con sus restau­rantes carísi­mos y sus heladerías, un lugar en el que a las pare­jas de novios les encan­ta venir para hac­erse las fotos de boda. Cer­ca la colum­na con la estat­ua del almi­rante Nel­son. Des­de allí puedes acer­carte a echar un vis­ta­zo al Bon­sec­ours Mar­ket, un gigan­tesco mer­ca­do de 160 met­ros de facha­da que lle­va en fun­cionamien­to siglo y medio, sien­do el más antiguo de Mon­tre­al. Aunque antigua­mente era el mer­ca­do más impor­tante de la ciu­dad, hoy en su inte­ri­or podemos encon­trar galerías de arte, bou­tiques de dis­eñadores, cafeterías, salas de exposi­ciones y boni­tas tien­das de arte­sanía.

Este es el bar­rio del Viejo Mon­tre­al (Vieux Mon­tre­al), donde podrás empa­parte del mar­ca­do carác­ter francés que inun­da sus calles, con sus igle­sias católi­cas (todo ello pese a que los mon­trealens­es en la prác­ti­ca no son demasi­a­do prac­ti­cantes). El bar­rio pre­tende man­ten­er tan intac­ta esta atmós­fera antiquísi­ma que son muchos los establec­imien­tos que no admiten el pago con tar­je­tas de crédi­to.

Place d’Armes Montreal
Place d’Armes con la estat­ua del fun­dador de Mon­tre­al, Sieur Paul Chomedey de Maison­neuve

 

💥Curiosi­dades de Mon­tre­al 💥

🔴Escucharás a más de un local “I’m just going to get some wine at the dep”. ¿Y qué es un dep? Como los mon­trealens­es cono­cen a los dépan­neur, pequeñas tien­decitas a la vuelta de la esquina en las que puedes encon­trar des­de vino a leche, cig­a­r­ril­los o choco­lati­nas.

🔴En las puer­tas de muchos bares verás el car­tel con la leyen­da “5‑à-7”. O lo que es lo mis­mo: la hap­py hour.

🔴Después de París, Mon­tre­al es la ciu­dad con más fran­co-par­lantes del mun­do. Más de la mitad de la población, el 60%, hablan con la mis­ma flu­idez francés e inglés.

🔴Suele nevar una media de 60 días al año.

🔴Ningún edi­fi­cio de la ciu­dad puede ser más alto que la Croix du Mont-Roy­al.

🔴El famoso video juego Assas­in­s’s Creed fue crea­do en Mon­tre­al, así como el Cir­co del Sol.

🔴Existe una Mon­tre­al sub­ter­ránea: kilómet­ros de túne­les con tien­das y cen­tros com­er­ciales donde la gente se refu­gia en invier­no escapan­do de la nieve y las bajas tem­per­at­uras. En 1976 se reg­istró la tem­per­atu­ra más baja de la his­to­ria de la ciu­dad: 49 gra­dos bajo cero.

🔴Mon­tre­al cuen­ta con el Miska­ton­ic Insti­tute of Hor­ror Stud­ies, una escuela de cine de ter­ror donde por sólo 45 dólares al semes­tre, te enseñarán a crear tu pelícu­la de zom­bies ama­teur.

🔴En los años 60 la CIA real­izó aquí un mon­tón de exper­i­men­tos secre­tos (lava­dos de cere­bro inclu­i­dos) con la inten­ción de crear al “sol­da­do per­fec­to”.

🔴El tema de John Lennon “Give Peace a Chance” fue com­puesto en el hotel Queen Eliz­a­beth en 1969.

🔴Mon­tre­al con­struyó en los años 70 uno de los aerop­uer­tos más grandes del mun­do y aho­ra éste se encuen­tra prac­ti­ca­mente aban­don­a­do.

🔴En Mon­tre­al nación Jean Bap­tiste Le Moyne, fun­dador de Nue­va Orleans.

 


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