Viaje a Rumania (Primera Parte)

Cin­co años atrás habíamos real­iza­do nue­stro primer via­je a Rumanía, más conc­re­ta­mente a la región de Tran­sil­va­nia ‚atraí­dos por los mis­te­rios que han rodea­do siem­pre a uno de los país­es más boni­tos de Europa. En aque­l­la ocasión nos limi­ta­mos a la Tran­sil­va­nia, que como podéis leer en la otra entra­da de blog que hici­mos con el via­je del 2012, nos dejó un sabor de boca mag­ní­fi­co. Tan­to como para que nada más acabar­lo ya tuviéramos en mente volver en un futuro. Y aquí estábamos un lus­tro después, dan­do los últi­mos prepar­a­tivos a lo que sería nues­tra segun­da aven­tu­ra rumana.

Esta vez tam­bién preparamos el via­je a con­cien­cia ya que si la primera vez nos movi­mos en trans­porte públi­co, lo que quizás nos condi­cionó un poco a la hora de lle­gar a cier­tos sitios (es lo que tiene el trans­porte en Rumanía, que va por libre pero al mis­mo tiem­po nos per­mi­tió com­pro­bar con la res­i­gnación y pacien­cia que se lo toman los rumanos), esta vez alquilaríamos coche, lo que nos daría muchísi­ma más lib­er­tad de movimien­tos. Si en el 2012 via­jamos Juan y yo solos (fue además el primer via­je que hici­mos jun­tos, por lo que guardábamos un recuer­do muy espe­cial de aque­l­la escapa­da tran­sil­vana), esta vez nos acom­pañarían Móni­ca y Car­los, una pare­ja ami­ga nues­tra. Ellos no conocían Tran­sil­va­nia: no nos importa­ba repe­tir algunos de los des­ti­nos que visi­ta­mos aque­l­la vez porque nos encan­taron pero a cam­bio añadiríamos unos cuan­tos más que nos habían queda­do pen­di­entes, sobre todo en la región de Mara­mures, una de las más rurales del país, ya lin­dan­do con la fron­tera con Ucra­nia. Móni­ca y yo estu­vi­mos var­ios meses preparan­do la ruta, con­sul­tan­do guías y blogs y, sobre todo, tenien­do en cuen­ta que las car­reteras rumanas son pési­mas y eso ralen­ti­zaría los trayec­tos y obligaría a una may­or orga­ni­zación. Aho­ra, acaba­do el via­je, puedo decir que los nueve días estu­vieron repar­tidos de una for­ma impeca­ble y no hubiéramos aña­di­do ni quita­do nada.

Rumania

Antes de comen­zar a des­gra­nar el recor­ri­do, vayamos con algunos datos prác­ti­cos. Des­de el año 2007, los españoles sólo nece­si­ta­mos el DNI para via­jar a Rumanía; aún así, a nosotros siem­pre nos gus­ta lle­var el pas­aporte por lo que pue­da pasar (dos doc­u­men­tos siem­pre son mejor que uno). Hay que ten­er en cuen­ta el cli­ma extremo del país a la hora de escoger fechas: en nue­stro primer via­je fuimos en Sep­tiem­bre, esta vez elegi­mos Mayo. Aca­so pri­mav­era y otoño sean las esta­ciones más idóneas: aún así, a primeros de Mayo hubo días en los que lleg­amos a rozar los 30 gra­dos y qui­tan­do un par de noches que tiramos de cazado­ras, la may­or parte del via­je estu­vi­mos en man­ga cor­ta (que no os engañe lo de que Rumanía esté pegan­do a Ucra­nia: en cuan­to aso­ma el ver­a­no hace muchísi­mo calor).

Respec­to a los vue­los, hace años úni­ca­mente podías lle­gar a Bucarest a través de TAROM, la com­pañía aérea rumana, y los bil­letes solían ron­dar los 250–300 euros. En nue­stro ante­ri­or via­je volam­os des­de Budapest con la com­pañía hún­gara Wiz­zair; en esta ocasión, fuimos vía direc­ta Madrid-Bucarest con Ryanair y el bil­lete de ida y vuelta ape­nas costó 100 euros. Tenien­do en cuen­ta que son casi 4 horas de via­je y que los horar­ios eran ide­ales (salíamos un viernes por la tarde y volvíamos un domin­go por la tarde nueve días después), un chol­lo. El vue­lo nos coin­cidía con un ini­cio de puente en España y el avión iba peta­do de españoles cuya prin­ci­pal inten­ción era vis­i­tar el Castil­lo de Bran, pop­u­lar­iza­do por su vin­cu­lación al per­son­aje del Conde Drácu­la: algunos has­ta llev­a­ban en plan coña capas y colmil­los de plás­ti­co. Imag­i­naos nues­tra cara de desconcier­to. Está claro que esto de via­jar puede verse de muy difer­entes for­mas…

Mien­tras esperábamos a despe­gar, un par de chi­cas nos reconocieron y se acer­caron a salu­darnos y comen­tarnos que eran muy fans del blog: no nos lo esperábamos (¡vaya casu­al­i­dad!) y nos hizo una ilusión tremen­da. Ya nos ha ocur­ri­do varias veces lo de que nos reconoz­cais estando por ahí de via­je (aún recuer­do una pare­ja con la que coin­cidí en Hanoi (Viet­nam) que me dieron las gra­cias por haber­les quita­do el miedo a via­jar a Asia); a veces no somos con­scientes del seguimien­to que tiene el blog pese a que teng­amos miles de vis­i­tas men­su­ales has­ta que nos ocur­ren este tipo de anéc­do­tas y reconoz­co que nos llenan de feli­ci­dad pues es el agradec­imien­to más sin­cero que puede obten­er nue­stro tra­ba­jo desin­tere­sa­do. Así que de veras ¡mil gra­cias por seguir leyén­donos!

Aunque Rumanía pertenez­ca a la Unión Euro­pea y os sir­va la Tar­je­ta de la Seguri­dad Social Euro­pea (podéis solic­i­tar­la gra­tuita­mente por inter­net, tiene una validez de dos años y luego debéis volver a pedirla), el prob­le­ma de los hos­pi­tales rumanos es que tienen muchas caren­cias y en mul­ti­tud de oca­siones te derivan a clíni­cas pri­vadas en las que sí has de pagar las fac­turas. Por dicho moti­vo, decidi­mos curarnos en salud (nun­ca mejor dicho) e ir con nue­stro seguro médi­co: lo con­trata­mos, como siem­pre, con Inter­Mundi­al y nos costó poco más de 20 euros por per­sona.

En cuan­to al tema idioma, el romaní es muy pare­ci­do al castel­lano: es la úni­ca lengua esla­va cuyo orí­gen tam­bién reside en el latín y veréis que muchas pal­abras son pare­ci­das a las nues­tras. En las grandes ciu­dades es más fácil encon­trar gente que cha­purree algo de inglés: en los pueb­los olví­date. Nada que no se arregle con sim­patía, inge­nio y un poco de mími­ca. Las car­tas de los restau­rantes, muchas veces escritas sólo en rumano, solíamos descifrar­las echán­dole imag­i­nación. Aún así, tam­bién dimos con bas­tantes per­sonas que habla­ban español, algunos por haber tra­ba­ja­do en nue­stro país y otros por ten­er famil­ia en España. De todos mod­os, nun­ca está de más echar algu­na guía que incluya el vocab­u­lario más bási­co o echar mano del tra­duc­tor de Google, que tam­bién hace un apaño.

A Bucarest llegábamos sobre las 12 de la noche. Ni siquiera nos acer­caríamos a la cap­i­tal ya que la dejaríamos para el final del via­je y además a la mañana sigu­iente debíamos ir a por el coche de alquil­er a uno de los stands del aerop­uer­to. Por lo tan­to, habíamos reser­va­do un hotel cer­cano al aerop­uer­to de Otopeni. Sacamos dinero en un cajero (el cam­bio está a 1 euro= 4,50 leis, los leis apare­cen tam­bién en muchos sitios como RON); el trayec­to en taxi has­ta el hotel ape­nas nos costó al cam­bio 3 euros, los taxis son muy, muy baratos en Rumanía. Tened en cuen­ta si cogéis taxi en el aerop­uer­to que antes debéis solic­i­tar­lo en unas máquinas que hay a la sal­i­da de la ter­mi­nal; te sale un tick­et con la com­pañía y el número de matrícu­la del vehícu­lo que os recogerá (no sue­len tar­dar más de cin­co min­u­tos).

El hotel que habíamos reser­va­do era el Denisa (30 euros por habitación/noche). No incluía desayuno pero sí el trans­porte gra­tu­ito el día sigu­iente al aerop­uer­to. Hotel bas­tante nor­mal­i­to (algo antic­ua­do) pero total, lo íbamos a usar sólo para dormir y ducharnos.

El coche lo alquil­am­os con la com­pañía Alamo: se pueden encon­trar coches más baratos (nos sal­ió unos 300 euros por 9 días) pero queríamos un coche grande con maletero amplio y además le añadi­mos el seguro extra por si había algún per­cance: aún así 80 euros por per­sona nos pare­ció muy bien de pre­cio. Cogi­mos un Renault Cap­tur nuevecito. La gasoli­na está de pre­cio muy sim­i­lar al español: en la región de Mara­mures tened en cuen­ta que es bas­tante difí­cil encon­trar gaso­lin­eras en algunos tramos por lo que es preferi­ble que vayáis con el depósi­to medi­ana­mente lleno. Qui­tan­do en Bucarest, que dejamos el coche en la puer­ta del hotel y nos movi­mos en taxi por propia como­di­dad nues­tra, en el resto de las ciu­dades no suele haber prob­le­mas para aparcar inclu­so en pleno cen­tro y si tenéis que pagar par­químetro, es muchísi­mo más bara­to que en España.

Aho­ra vamos al tema car­reteras porque prob­a­ble­mente Rumanía sea el país de Europa donde más com­pli­ca­da es la con­duc­ción. Esto no sólo obe­dece al esta­do de las vías, que muchas veces ser­pen­tean entre mon­tañas y están en muy mal esta­do, con bach­es, obras y socavones. A ello hay que añadirle que los rumanos con­ducen como autén­ti­cos sui­ci­das: no señal­izan, hacen ade­lan­tamien­tos peli­grosísi­mos, fre­nan cuan­do les da la gana y hacen caso omiso de las señales de trá­fi­co. Pero aún hay más: en las car­reteras secun­darias igual puedes encon­trarte vacas que un rebaño de ove­jas, gal­li­nas, per­ros, niños que jue­gan al fút­bol o seño­ras que char­lan tan cam­pantes jun­to a sus bol­sas de la com­pra. Y la pro­hibi­ción de la cir­cu­lación de car­ro­matos por las car­reteras es otra utopía: vimos cien­tos. Así que mucho oji­to y toda la aten­ción del mun­do porque el niv­el de estrés que vas a lle­var al volante es para ten­er­lo en cuen­ta. Además, aunque veais el dis­tin­ti­vo DN (Drum Nation­al, Car­retera Nacional) muchas de ellas pare­cen más caminos rurales que car­reteras propi­a­mente dichas. Para con­ducir en Rumanía, por cier­to, no se nece­si­ta el car­net inter­na­cional, sirve con el español; cuan­do paréis en las gaso­lin­eras, recor­dad que gasoil es “moto­ri­na”. Nosotros lle­va­mos, como siem­pre, nue­stro pro­pio GPS: el mapa de car­reteras rumano le bajamos direc­ta­mente de inter­net.

Estas eran las imá­genes más habit­uales que podías encon­trarte en las car­reteras rumanas: vacas y Cristos.

Rumania carreteras

Rumania

A lo largo del rela­to os iré apor­tan­do algunos otros datos de util­i­dad para plan­i­ficar vue­stro via­je a Rumanía. Mien­tras tan­to, vamos a ir comen­zan­do con la ruta que hici­mos. Nues­tra primera para­da sería un des­ti­no de primer orden den­tro del tur­is­mo rumano y que, des­gra­ci­ada­mente, nos había queda­do pen­di­ente en el primer via­je por fal­ta de tiem­po y por la difi­cul­tad aña­di­da para acced­er en trans­porte públi­co. Esta vez, al dispon­er de coche y ser el primer pun­to que nos cogía más cer­ca de Bucarest, a poco más de una hora, sería el primer lugar que vis­i­taríamos: Sina­ia.

Sinaia

Sina­ia, uno de los pueb­los más boni­tos del país, se encuen­tra en los límites del Valle del Pra­ho­va. Aunque ter­ri­to­rial­mente pertenece a la región de Valaquia, cul­tural­mente sus habi­tantes se encuen­tran más lig­a­dos a Tran­sil­va­nia. Es uno de los des­ti­nos preferi­dos por los bucaresti­nos para sus vaca­ciones tan­to inver­nales como veran­ie­gas: su cer­canía a la cap­i­tal, poco más de 120 kilómet­ros, y el pre­cioso entorno nat­ur­al que le rodea, coman­da­do por los montes Buce­gi, le han con­ver­tido en un des­ti­no turís­ti­co indis­pens­able tan­to para rumanos como extran­jeros.

Es Sina­ia un pueblo de mon­taña encan­ta­dor, con un cier­to aire res­i­den­cial, que sor­prende nada más pon­er los pies en él por el boni­to monas­te­rio, obra de Mihai Can­tacuzi­no, com­puesto por difer­entes edi­fi­cios entre los que desta­ca la Bis­er­i­ca Mare y el museo que guar­da la primera Bib­lia que se tradu­jo al rumano y que data del 1688. Den­tro del monas­te­rio se encuen­tra tam­bién un hotel antiquísi­mo, el Econo­mat, que no es exce­si­va­mente caro y puede supon­er una bue­na opción de alo­jamien­to para los que pre­tendáis pasar uno o dos días en esta bel­lísi­ma local­i­dad.

Pero lo que real­mente atrae cada año a miles de tur­is­tas es ese par de mar­avil­losos pala­cios, Peles y Pelisor, que por sí mis­mos con­sti­tuyen unas de las más per­fec­tas obras arqui­tec­tóni­cas del Este de Europa. Nosotros el primero que visi­ta­mos fue el más pequeño (no por ello menos boni­to), el Castelul Pelisor, con­struí­do a prin­ci­p­ios del siglo XIX bajo las órdenes del rey Fer­di­nand I, quien lo con­vir­tió en su res­i­den­cia de ver­a­no. Si su facha­da es espec­tac­u­lar, no lo es menos el inte­ri­or, com­puesto por casi un cen­te­nar de habita­ciones.

Castelul Pelisor

Castelul Pelisor Rumania

Para recor­rerlo (pre­vio pago de una entra­da de unos 4 euros, te cobran 6 euros más si deseas hac­er fotos) has de colo­carte unas bol­si­tas en los pies que te dan al entrar, para evi­tar que se ensu­cien sue­los y alfom­bras (son muchos los vis­i­tantes que pasan por aquí a diario). El pala­cio se con­struyó sigu­ien­do los capri­chos de la reina María, esposa de Fer­di­nand; de orí­gen escocés, hizo dec­o­rar las pare­des con lirios que le recor­daran a su año­ra­da Edim­bur­go. La relación entre los monar­cas dio lugar a múlti­ples habladurías: pese a que tuvieron seis hijos, se rumore­a­ba que la reina goz­a­ba de diver­sos amantes y al final los reyes parecían dis­fru­tar más de una duradera amis­tad que de un mat­ri­mo­nio en toda regla. María fue una reina muy queri­da por los rumanos, ya que después de la Primera Guer­ra Mundi­al luchó con uñas y dientes por los dere­chos de su país adop­ti­vo: su corazón, tras vagar por Bul­gar­ia, el Castil­lo de Bran y Bucarest, se guar­da des­de hace dos años den­tro de una urna en el Castil­lo de Pelisor, lo que ha con­ver­tido a la res­i­den­cia en des­ti­no de pere­gri­nación para muchos rumanos, que con­tinúan vien­do a la reina como una autén­ti­ca heroí­na.

Castelul Pelisor Rumania

La reina, una enam­ora­da del arte que gra­cias a su posi­ción social pudo darse el capri­cho de dis­eñar jun­to  al arqui­tec­to Bern­hard Lud­wig uno de los castil­los más román­ti­cos del mun­do, super­visó las obras en todo momen­to. Prevale­cien­do el esti­lo art nou­veau pero dan­do tam­bién cabi­da al arte bizan­ti­no e inclu­so ines­per­adas influ­en­cias celtas, se suce­den las difer­entes salas, dec­o­radas con un gus­to exquis­i­to: mue­bles viene­ses y del­i­cadas pin­turas orna­men­tan algu­nas de las salas prin­ci­pales, como el Hall de Hon­or, las ofic­i­nas pri­vadas de los reyes, la capil­la de la reina o la Habitación de Oro, prob­a­ble­mente la estancia más deslum­brante del recin­to.

Y la gran joya de la coro­na es el Castil­lo de Peles, mucho más grande que el Pelisor (este tiene 160 habita­ciones). Después del de Bran, es el segun­do lugar más vis­i­ta­do de Rumanía. Y no nos extraña porque si en fotos impre­siona, lo hace el doble cuan­do te ves a sus pies. Al ser sába­do, nos encon­tramos a un mon­tón de vis­i­tantes pase­an­do por los jar­dines aledaños, grandísi­mos y clara­mente inspi­ra­dos en los par­ques vic­to­ri­anos.

Pala­cio de Peles

Palacio Peles Rumania

Como curiosi­dad, comen­tar que el de Peles fue un edi­fi­cio “ade­lan­ta­do” para su época. Hablam­os de finales del siglo XIX: fue el primer castil­lo de Europa en con­tar con elec­t­ri­ci­dad y tam­bién uno de los primeros en ten­er cale­fac­ción. Sin embar­go, su exte­ri­or pre­tendía ale­jarse de esas nuevas con­struc­ciones de ladrillo que comen­z­a­ban a impon­erse den­tro de la arqui­tec­tura glob­al y se pre­tendió emu­lar (pero a lo grande) esas boni­tas casas bávaras que nosotros mis­mos habíamos dis­fru­ta­do en Ale­ma­nia en pasa­dos via­jes. Entre el cen­te­nar y medio de estancias se puede encon­trar un teatro (que decoró Gus­tav Klimt, no esca­ti­maron en gas­tos), una bib­liote­ca que llegó a guardar más de 10.000 ejem­plares, una inmen­sa sala de armas, el lujoso Salón Flo­renti­no o la Sala Vene­ciana con su colec­ción de espe­jos. Demostración del poder de la realeza hace siglo y medio, el Castil­lo de Peles fue man­da­do con­stru­ir por el rey Car­ol I; a medi­a­dos del siglo XX, tras la creación de la Repúbli­ca Pop­u­lar de Rumanía, pasó a manos del Esta­do, aunque durante 15 años, entre 1975 y 1990, fue cer­ra­do al públi­co ya que el dic­ta­dor Ceauces­cu lo uti­liz­a­ba para reuniones pro­to­co­lar­ias.

Así de boni­to es Sina­ia

Sinaia Rumania

Sibiu

Nues­tra segun­da noche en Rumanía la pasaríamos en la ciu­dad de Sibiu. Ya comen­zábamos a sufrir los estra­gos de los caminos de cabras que son las car­reteras rumanas. Aún así, el camino es real­mente pre­cioso, ya que se sitúa cer­ca de las Mon­tañas Fagaras, que brin­da algunos de los paisajes más espec­tac­u­lares de Rumanía. Y por los pueb­los que pasábamos podías encon­trarte con igle­sias tan boni­tas como esta, que tan­to record­a­ban a las orto­doxas rusas.

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Sibiu no sólo es una de las ciu­dades más impor­tantes de Rumanía (fue la primera del país que con­sigu­ió el títu­lo de Cap­i­tal Cul­tur­al Euro­pea en 2007, algo de lo que los locales se sien­ten muy orgul­losos) sino que además es uno de los mejores ejem­p­los de la influ­en­cia que tuvieron los sajones en estas tier­ras: mien­tras paseábamos por Sibiu, hubo muchos momen­tos en los que me parecía estar en una ciu­dad ale­m­ana. Hay que ten­er en cuen­ta que aquí comen­zaron a lle­gar los primeros sajones en torno al siglo XII y de hecho fueron ellos mis­mos los que fun­daron la ciu­dad, denom­inán­dola Her­mannstadt.

Los sajones, pese a haber vivi­do en Tran­sil­va­nia durante 800 años,  fue un pueblo fuerte­mente vapulea­do en la Segun­da Guer­ra Mundi­al ya que los soviéti­cos les acusaron de colab­o­rar con los nazis y se deportó a más de 60.000 per­sonas, lo que facil­itó a Stal­in la ocu­pación de esta región. Pos­te­ri­or­mente Ceauces­cu tam­bién les humil­ló y per­sigu­ió, por lo que muchos de ellos huyeron a Ale­ma­nia, pre­vio pago al Esta­do bajo cuer­da (se rumorea que has­ta 5.000 dólares por cabeza). Hoy en día, ape­nas quedan en el país 50.000 sajones (por ley tienen un escaño en el Par­la­men­to, al menos eso no se lo han arrebata­do); sin embar­go, inten­tan con­ser­var sus ances­trales cos­tum­bres y es pre­cisa­mente en Sibiu donde cada dos años se real­iza una mul­ti­tu­di­nar­ia con­cen­tración de los “ale­manes rumanos” (e inclu­so de muchos que lle­gan des­de Ale­ma­nia, a donde emi­graron) y aprovechan para exhibir sus tra­jes regionales y degus­tar la gas­tronomía autóc­tona.

Sibiu, como otras ciu­dades sajonas, es per­fec­to ejem­p­lo de ciu­dad for­ti­fi­ca­da ya que durante sig­los otros pueb­los como los otomanos (hoy tur­cos) cod­i­cia­ron los tesoros que gen­er­a­ban los difer­entes gremios. Las mural­las lle­garon a con­tar con casi cuarenta tor­res y difer­entes anil­los con­cén­tri­cos, finan­cia­da su con­struc­ción pre­cisa­mente por las guil­das (gremios), ya que su impor­tan­cia a niv­el económi­co era tan desco­mu­nal que se les encar­gó a ellos mis­mos las labores de defen­sa. Tam­bién ellos paga­ban los suel­dos de los sol­da­dos que les pro­tegían. Aún se con­ser­va parte de esas mural­las y ocho tor­res, pertenecientes al ter­cer anil­lo que se con­struyó en el siglo XVI: las más impor­tantes son la Tur­nul Archebuzier­ilor, la Tur­nul Gros (donde se encuen­tra el teatro más antiguo de Sibiu) y la Torre de los Carpin­teros.

Sibiu Rumania

El cen­tro históri­co de Sibiu es peaton­al, por lo que si como nosotros lo recor­res en fin de sem­ana lo encon­trarás lleno de gente pase­an­do. A mí par­tic­u­lar­mente fue de los cas­cos antigu­os que más me gustó en todo el via­je. Su corazón es la Pia­ta Mare, que aunque nació sien­do un mer­ca­do de tri­go en el siglo XV, con el paso de los años pasó a con­ver­tirse en el alma de la ciu­dad y aquí se real­iz­a­ban todas las cel­e­bra­ciones fes­ti­vas pero tam­bién las oscuras eje­cu­ciones públi­cas tan propias de la época. Cuan­do nosotros estu­vi­mos se cel­e­bra­ba un con­cur­ri­do mer­cadil­lo calle­jero de plan­tas y flo­res y raro era el que no iba car­ga­do con una mac­eta bajo el bra­zo. La plaza está rodea­da por vis­tosas casas de col­ores, prue­ba de la riqueza que poseían los com­er­ciantes de antaño: como veréis en las fotografías, una de las car­ac­terís­ti­cas más curiosas de dichas vivien­das son “los ojos de Sibiu”, esas gra­ciosas ven­tanas que se ubi­can en las buhardil­las y que dan la impre­sión de que los teja­dos te miraran mien­tras vas cam­i­nan­do.

Sibiu Rumania

El edi­fi­cio más impor­tante de la plaza es el Palat­ul Bruken­thal, que en su día perteneció al gob­er­nador de Tran­sil­va­nia, Samuel von Bruken­thal, y que en la actu­al­i­dad es uno de los museos más impor­tantes del país. A su lado, la que los locales cono­cen como la Casa Azul, un bel­lísi­mo edi­fi­cio de esti­lo rena­cen­tista. En otro de los lat­erales de la plaza se alza la igle­sia con­stru­i­da por los jesuitas en la que desta­ca la Torre del Reloj. Si te intere­sa la his­to­ria de la ciu­dad, a sólo un paso tienes el Muzeul de Isto­rie, en el edi­fi­cio que acogía al antiguo ayun­tamien­to. Des­de allí puedes ir cam­i­nan­do has­ta la acoge­do­ra Pia­ta Huet, con su impre­sio­n­ante igle­sia evangéli­ca ale­m­ana: esta fue la primera zona de la ciu­dad que se for­ti­ficó y aún se con­ser­van muchas de las casas góti­cas orig­i­nales. En su cen­tro se encuen­tra la escul­tura de Georg Daniel Teutsch, un antiguo obis­po que además fue uno de los his­to­ri­adores más impor­tantes de Rumanía. Aquí tam­bién se hal­la uno de los mon­u­men­tos más longevos de Sibiu, la Torre de las Escaleras.

Sibiu Rumania

La Pia­ta Mica (Plaza Pequeña, cono­ci­da en la antigüedad como Cir­cu­lus Parvus), con­ser­va aún mucho de su atmós­fera medieval, no obstante es donde vivían los arte­sanos y de hecho una pequeña escali­na­ta con­duce a la pequeñi­ta Plaza de los Orfebres. Está pro­te­gi­da por la Torre Stat­u­lui y en ella podemos encon­trar algunos de los edi­fi­cios más rel­e­vantes de Sibiu, como un antiquísi­mo monas­te­rio, el Cen­tro de Infor­ma­ción y Doc­u­mentación, el museo Franz Binder (que expone obje­tos traí­dos de expe­di­ciones a Africa y Asia en el siglo XIX) o el Museo de la Far­ma­cia, insta­l­a­do en el pala­cio que acogió a la primera far­ma­cia de Sibiu, El Oso Negro. Y muy cerqui­ta ten­emos uno de los rin­cones más encan­ta­dores de Sibiu, el Puente de los Men­tirosos, rodea­do de leyen­das en torno a su nom­bre. Unos dicen que se lla­ma así porque si decías una men­ti­ra al cruzar­lo, el puente se der­rum­baría, otros que es aquí donde se cita­ban las pare­jas de enam­ora­dos a hac­erse prome­sas que no siem­pre se cumplían. La tradi­ción recomien­da que si lo cruzas y quieres que se cum­plan tus deseos, digas jus­to lo con­trario de lo que te gus­taría con­seguir. A niv­el prác­ti­co, es el pun­to de unión entre la Ciu­dad Alta y la Ciu­dad Baja.

La calle Nico­lae Bal­ces­cu es la más ani­ma­da de la ciu­dad, llena de boni­tas tien­das, el hotel más antiguo de Sibiu (el Impara­t­ul Roma­li­nor), restau­rantes y algo que nos sor­prendió: muchas pastel­erías. A los rumanos la repostería se les da de lujo y ponen a tu dis­posi­ción unos dul­ces sabrosísi­mos y tira­dos de pre­cio: des­de plac­in­tas (hojal­dres gen­eral­mente rel­lenos de cal­abaza) a los cataif de orí­gen tur­co, los bol­los más famosos de Tran­sil­va­nia (los lan­gosi) y los krapfen con nata. Fijaos si se da en el país impor­tan­cia al azú­car que cuan­do lle­ga un invi­ta­do a casa, se le agasa­ja con la dul­cea­ta, un sur­tido de pastelil­los. Aunque mis favoritísi­mos (ya los des­cub­ri­mos en nue­stro primer via­je) son los papanasi, esos tiernísi­mos bol­los que se sir­ven calen­ti­tos con nata agria y mer­me­la­da de cerezas. Nos tiramos todo el via­je comién­do­los, qué deli­cia.

Los riquísi­mos papanasi

Papanasi Rumania

Hablan­do de comi­das, dos recomen­da­ciones: La Taifas y The Gallery, dos restau­rantes buenos, boni­tos (sobre todo el segun­do) y baratos. En cuan­to al alo­jamien­to, otro acier­to. Nos quedamos en la Pen­si­unea Maria Sibiu. Aunque esta­ba algo ale­ja­da del cen­tro, no nos importó al lle­var coche, ape­nas tard­abas diez min­u­tos. Se encuen­tra en una casa de cam­po súper acoge­do­ra: los gatos se te cola­ban en la habitación, así no echábamos tan­to de menos a los nue­stros. Cuar­tos muy amplios y aunque no entra­ba el desayuno, nos ofrecieron tomar café o té al lev­an­tarnos. Lo lle­van una famil­ia ama­bilísi­ma que hablan un inglés muy rudi­men­ta­rio pero que se des­vivieron con nosotros. No acep­tan tar­je­tas de crédi­to pero a cam­bio el pre­cio era irriso­rio: 22 euros la habitación. Muy recomend­able.

Alba Iulia

La sigu­iente eta­pa de nue­stro via­je nos lle­varía has­ta Alba Iulia. Y quien nos iba a decir a nosotros que íbamos a ten­er la inmen­sa suerte de que jus­to nos coin­ci­diera la sem­ana grande de la ciu­dad, cuan­do como cada año des­de el 2013 se cel­e­bra el mul­ti­tu­di­nario fes­ti­val Roman Apu­lum, en el que par­tic­i­pan prác­ti­ca­mente los 67.000 habi­tantes de Alba Iulia, unos como actores impro­visa­dos y otros como espec­ta­dores.

En la antigüedad, lo que es actual­mente Rumanía y Mol­davia era la provin­cia romana de Dacia. Al ejérci­to del Impe­rio Romano les costó miles de vidas doble­gar a los dacios, un pueblo guer­rero y beli­coso que esta­ba poco dis­puesto a dejarse some­ter. Su rey más impor­tante fue Decéba­lo, a quien los rumanos dedi­caron la estat­ua de roca más alta de Europa y que se encuen­tra cer­ca de Orso­va, en el sur del país. Los romanos conocían a la antigua Alba Iulia como Apu­lum y era esta una de las ciu­dades más impor­tantes, tan­to a niv­el económi­co como políti­co de la Dacia romana. Los habi­tantes actuales se sien­ten tremen­da­mente orgul­losos de su pasa­do y por dicho moti­vo cel­e­bran este fes­ti­val en el que no sólo se reviv­en las san­gri­en­tas batal­las que enfrentaron a dacios y romanos, tam­bién se hacen luchas de glad­i­adores, talleres, mer­cadil­los, bailes, com­peti­ciones de tiro con arco y se recre­an ferias de esclavos. A nosotros nos encan­tó encon­trarnos la ciu­dad tan ani­ma­da.

Alba Iulia Rumania

Alba Iulia Rumania

Tras aparcar el coche y dejar las male­tas en el ApartHo­tel Stey­na, en pleno cen­tro (32 euros la habitación), nos fuimos a recor­rer la Cetatea o Ciu­dadela, que como os comen­to esta­ba inm­er­sa en las fes­tivi­dades. La Ciu­dadela es un prodi­gio de la arqui­tec­tóni­ca, su traza­do es una estrel­la de siete pun­tas que tiene un perímetro de 12 kilómet­ros. Se con­struyó sobre un ante­ri­or cas­tro romano bajo la orden de los Hab­s­bur­go en el siglo XVIII y tiene seis puer­tas de entra­da. Den­tro desta­can la cat­e­dral orto­doxa de la Reunifi­cación y su bel­lísi­mo patio y la cat­e­dral católi­ca de san Miguel, que durante muchos sig­los acogió las tum­bas de las más ric­as famil­ias hún­garas. El pala­cio Real (Palat­ul Prin­ciar), el obelis­co de casi 30 met­ros de altura, las estat­uas de Car­los VI y Miguel el Bra­vo, el pala­cio Sala Unirii (donde en 1918 se decretó la unión de Tran­sil­va­nia a Rumanía), el Museo de la Unión (que en su plan­ta baja expone gran can­ti­dad de reliquias romanas), el pala­cio Apor (donde se hal­la la tum­ba de la reina Isabel) y el Pala­cio Epis­co­pal son los pun­tos a destacar den­tro de la ciu­dadela.

Alba Iluia Rumania

Alba Iluia Rumania

Alba Iluia Rumania

Bis­er­i­ca Mihai Viteazul

Biserica Mihai Viteazul Alba Iulia Rumania

Aparte de la ciu­dadela, en Alba Iulia no hay mucho más para vis­i­tar, de hecho los sub­ur­bios que atrav­es­amos cuan­do lleg­amos con el coche, con blo­ques gris­es de casas, respon­den total­mente a la idea que se tiene de la Rumanía comu­nista. Por lo tan­to, nos vino de fábu­la para des­cansar un poco de tan­tas horas en car­retera y aprovechar para pasar el resto de la tarde toman­do unos cock­tails. Para cenar escogi­mos el acoge­dor restau­rante Alloro (Bule­var­dul 1 Decem­brie 1918), donde recomen­damos sus riquísi­mas cior­bas. La cior­ba es la sopa rumana y sue­len hac­erse de ver­duras o carne: las más famosas son las de tri­pas (cior­ba de bur­ta) y la de albóndi­gas (cior­ba de periso­rae). Y a des­cansar, que al día sigu­iente nos esper­a­ba un largo trayec­to has­ta una de las regiones que más ganas teníamos de cono­cer: Mara­mures.


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6 Comments

  1. Aunque soy de Rumanía, nun­ca tuve la opor­tu­nidad de vis­i­tar mi país antes de venir a vivir a España, me ha gus­ta­do apren­der cosas de Rumanía en tu via­je.

  2. Pues tu país es total­mente mar­avil­loso! Me ale­gra que te haya gus­ta­do la entra­da y sobre todo que te ani­me a via­jar algu­na vez. Un abra­zo!

  3. eduardod82

    at

    siem­pre me ha lla­ma­do la aten­ción Ruma­nia, muy buen artícu­lo, te invi­to a mi blog http://www.mochilerofutbolero.com donde encon­trarás todo lo ref­er­ente a via­jes de fút­bol

  4. Gra­cias Eduar­do, me ale­gro que te haya gus­ta­do el artícu­lo. Echamos un ojo a tu blog!

  5. Leyen­do tus con­se­jos rumanos para mi próx­i­mo via­je por esas tier­ras, como siem­pre enhorabue­na por el blog

  6. Vas para Ruma­nia Fran? Vas a alu­ci­nar. Lo mejor la gente!

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