Viaje a Rumanía (Segunda Parte)

Maramures

Esta segun­da eta­pa del via­je la comen­zaríamos en Mara­mures, una de las regiones de Rumanía que mejor ha sabido con­ser­var sus tradi­ciones. Esto es gra­cias a lo ais­la­da que se mantiene de las grandes ciu­dades: el aerop­uer­to más cer­cano, el de Cluj-Napoca, se encuen­tra a cer­ca de 300 kilómet­ros. Y recor­rer Mara­mures en trans­porte públi­co es casi imposi­ble. Se hace indis­pens­able ten­er un coche para lle­gar has­ta los rin­cones más intere­santes de esta bel­lísi­ma región que lin­da al norte con Ucra­nia (de hecho, ojo con vue­stros móviles si lleváis acti­va­dos los datos porque cer­ca de la fron­tera el telé­fono se engan­cha a las com­pañías ucra­ni­anas, que al con­trario que las rumanas no ofre­cen roam­ing gra­tu­ito a los miem­bros de la Unión Euro­pea).

Se dice que los habi­tantes de Mara­mures tienen el hon­or de con­ser­var el ver­dadero espíritu rumano, enraiza­do en estas tier­ras, gra­cias no sólo a que son descen­dentes direc­tos de los dacios (aquí ape­nas ha habido mez­clas con otras etnias) sino porque tuvieron la suerte de que mien­tras duró la san­gri­en­ta dic­tadu­ra de Ceaces­cu, se les per­mi­tió man­ten­er intac­tas sus tradi­ciones y cos­tum­bres ya que el dic­ta­dor se encon­tra­ba pro­fun­da­mente enam­ora­do de Mara­mures y le parecía una región “de lo más pin­toresca”. Des­gra­ci­ada­mente, en el resto del país no ocur­ría lo mis­mo. Y es aho­ra cuan­do debe­mos hablar de cómo han sido las últi­mas décadas a niv­el políti­co en Rumanía, ya que la situación que durante años sufrieron sus habi­tantes les condi­cionó en el pasa­do, en el pre­sente y prob­a­ble­mente lo haga en el futuro.

Durante varias décadas, Rumanía estu­vo bajo un rég­i­men social­ista que, pese al nom­bre, era más bien comu­nista extremo. Tras la Segun­da Guer­ra Mundi­al, la Unión Soviéti­ca pre­sionó y apoyó para que el Par­tido Comu­nista acabara con la monar­quía y pasara a con­ver­tir el país en una repúbli­ca, lo que sirvió para que los rumanos vis­lum­braran un rayo de esper­an­za en su futuro tras tan­tos años de penurias. Pero nada más lejos de la real­i­dad. Como tan­tos otros país­es que se encon­tra­ban tras el Telón de Acero, las bue­na inten­ciones de la filosofía “todos somos iguales” se quedaron en nada. Par­tien­do de que el Par­tido Comu­nista se ocupó de hac­er desa­pare­cer a todos los par­tidos de la oposi­ción (y con el paso de los años, a los líderes opuestos que osaran rebe­larse los intern­a­ban en clíni­cas psiquiátri­c­as), la lle­ga­da de Ceauces­cu supu­so una dic­tadu­ra san­gri­en­ta y repre­si­va, en la que el ego­cen­tris­mo del líder supre­mo se dis­paró has­ta nive­les incon­ce­bibles y mien­tras él y sus jer­i­faltes vivían en man­siones rodea­d­os de lujos, el pueblo se moría de ham­bre.

Desa­parecieron los dere­chos humanos y la lib­er­tad de pren­sa, se pro­hibió el abor­to a las mujeres menores de 40 años y el uso de anti­con­cep­tivos (era el decre­to 770, que oblig­a­ba a las mujeres a ten­er el may­or número de hijos posi­ble, se cal­cu­la que más de 10.000 mujeres fal­l­ecieron por abor­tos clan­des­ti­nos), la Secu­ri­tate (la policía sec­re­ta rumana) se car­ac­ter­izó por su cru­el­dad y sus bru­tales méto­dos de tor­tu­ra, dejan­do tras de sí miles de asesina­dos que se oponían al rég­i­men. Ceauces­cu y su mujer, Ele­na, número 2 del par­tido e igual de san­guinar­ia que su mari­do, llenaron el país de fotografías suyas, para que a la población le quedara claro a quienes debían rendir cul­to. Mien­tras los cortes de luz y elec­t­ri­ci­dad eran con­tin­u­os, no había dinero para cale­fac­ción (en un país que sufre unos invier­nos durísi­mos), el ham­bre se ceba­ba con los más pobres, se daba orden en los hos­pi­tales de no aten­der a los may­ores de 60 años y la radio y la tele­visión esta­ban secuestradas por el gob­ier­no, Ceauces­cu desvi­a­ba mil­lones de dólares de las arcas del esta­do a cuen­tas par­tic­u­lares en otros país­es.

Has­ta que en 1989 una población har­ta de tan­tos abu­sos estal­ló en la ciu­dad de Timisoara, las revueltas ráp­i­da­mente se con­ta­gia­ron a otras pobla­ciones y tras un juicio express, se con­denó a muerte al mat­ri­mo­nio Ceauces­cu: se les fusiló con más de 100 balas y con orden a los sol­da­dos de no apun­tar a las cabezas para que los cadáveres pudier­an ser mostra­dos a la población. Parecía que Rumanía res­pira­ba tran­quila al recu­per­ar sus habi­tantes sus tan ansi­adas lib­er­tades. Sin embar­go, lo curioso de todo esto es que casi 30 años después, se han hecho dis­tin­tas encues­tas en el país y casi un 60% de los rumanos con­sid­er­an que vivían mejor con Ceauces­cu: Rumanía es el país más pobre de la Unión Euro­pea y el segun­do del mun­do con may­or ries­go de pobreza, con el que con­vive el 25% de la población (el salario mín­i­mo es de 270 euros), más de tres mil­lones de rumanos viv­en fuera de su país y las man­i­festa­ciones son con­tin­uas debido a lo cor­rup­to del gob­ier­no actu­al, que inclu­so llegó a despe­nalizar los deli­tos de sobor­no y fraude donde la can­ti­dad estafa­da fuera infe­ri­or a 44.000 euros. La lle­ga­da de la democ­ra­cia parece no implicar que se cam­bie el mod­e­lo jerárquico: los más ricos con­tinúan abu­san­do de los más pobres.

Cuan­do hablábamos antes de que la región de Mara­mures fue de las pocas que durante la época comu­nista con­sigu­ió man­ten­er intac­tas sus tradi­ciones, nos refe­r­i­mos a la bru­tal refor­ma social que llevó a cabo Ceauces­cu en con­tra de los prin­ci­p­ios más bási­cos. El dic­ta­dor, tras haber vis­i­ta­do Corea del Norte en 1971, regresó a su país fasci­na­do por el férreo con­trol que Kim II-sung ejer­cía sobre sus gob­er­na­dos y decidió que él quería lo mis­mo para los suyos. Se pre­tendía con­ver­tir a Rumanía en un país alta­mente indus­tri­al­iza­do, por lo que se destruyeron miles de pueb­los y aldeas y se obligó a la gente que vivía en el cam­po a mudarse a las ciu­dades, en cuyos sub­ur­bios se encon­trarían las fábri­c­as. Por ello, las pobla­ciones con menos de 1.000 habi­tantes se con­sid­er­a­ban per­fec­ta­mente pre­scindibles y se llevó a cabo la evac­uación for­zosa de sus habi­tantes. Esto incluía demol­er sin ningún tipo de escrúpu­lo igle­sias y monas­te­rios históri­cos, arrasan­do con el pat­ri­mo­nio cul­tur­al de un país antiquísimo.Comenzaron a desa­pare­cer las pequeñas parce­las de los campesinos, lo que provocó ham­brunas atro­ces, y se reubicó a la población en mas­todón­ti­cos edi­fi­cios donde, de paso, se podía ten­er más con­tro­la­dos a los insur­gentes. Los veci­nos se mira­ban con descon­fi­an­za unos a otros: cualquiera era sospe­choso de ir en con­tra del todopoderoso rég­i­men.

Baia Mare

De las bar­bari­dades urbanís­ti­cas que se hicieron en la cap­i­tal ya hablare­mos cuan­do llegue­mos a Bucarest. De momen­to, con­tin­u­amos por nue­stro recor­ri­do por Mara­mures, que comen­zó en la ciu­dad de Baia Mare, la cap­i­tal de la región. Nue­stro alo­jamien­to fue esta vez en la Pen­si­unea Casa Rusu: prob­a­ble­mente la habitación más boni­ta de todo el via­je y además en pleno cen­tro, cer­ca del Teatro Munic­i­pal. El pre­cio fue de 31 euros por noche. Como veis, en dormir nos gas­ta­mos poquísi­mo en los 9 días que estu­vi­mos, aprox­i­mada­mente unos 150 euros por per­sona. Es lo que tiene que todo esté a la mitad de pre­cio que en España.

A niv­el turís­ti­co Baia Mare no ofrecía tan­to como otras ciu­dades rumanas, por lo que en una tarde puedes ver lo más impor­tante. Todo gira en torno a la plaza prin­ci­pal, la Pia­ta Lib­er­tatii, que ha logra­do con­ser­var var­ios edi­fi­cios del siglo XVII y cuyos alrede­dores son calles peatonales por las que es un plac­er pasear, vis­to el buen tiem­po que nos esta­ba hacien­do (las cha­que­tas comen­z­a­ban a coger pol­vo den­tro de las male­tas). En la plaza desta­ca la Casa Elis­a­be­ta, donde vivió el príncipe de Hun­gría Ian­cu Hune­doara, y la Torre de Ste­fan, lo úni­co que sobre­vivió de la igle­sia del siglo XV que se destruyó en un incen­dio 300 años después de su con­struc­ción. Al lado ten­emos la Cat­e­dral de la San­tísi­ma Trinidad, lev­an­ta­da por los jesuitas.

Baia Mare Rumania

En la Plaza Izvoaraele se encuen­tra el Bastión de los Car­niceros, los restos que sobre­vivieron de la mural­la que con­struyó dicho gremio. Son tam­bién impor­tantes sus museos, espe­cial­mente el Museo del Min­er­al: Baia Mare (que sig­nifi­ca “mina grande”) aún a día de hoy con­tin­ua vivien­do de los yacimien­tos de oro y pla­ta, aunque en menor medi­da que en la época comu­nista. Otro museo recomend­able es el Museo de His­to­ria, que abre de martes a domin­go. En los alrede­dores de la ciu­dad tam­bién se encuen­tra el Muzeul Sat­u­lui, con varias casas al aire libre que pre­tenden mostrar la arqui­tec­tura de la región, aunque no nos acer­camos a ver­lo porque a fin de cuen­tas ya dis­fru­taríamos de los pueb­los “de ver­dad” durante los próx­i­mos días. Por lo tan­to, vis­to que ya no había mucho más para ver, decidi­mos irnos a meren­dar-cenar en uno de los restau­rantes donde mejor comi­mos en todo el via­je, el Lumiere.

Cementerio Alegre de Sapanta

Al día sigu­iente comen­zaríamos nues­tra ruta yen­do a vis­i­tar uno de los lugares que más ganas tenía de cono­cer en Mara­mures: el Cemente­rio Ale­gre de Sapan­ta. Se hal­la a 20 kilómet­ros de Sighetu Mar­matiei y es un rincón úni­co en el mun­do.

Sapan­ta se creó en los años 30 por ini­cia­ti­va de un artista local, Stan Ioan Patras, un pin­tor, escul­tor y poeta que durante medio siglo se dedicó a tal­lar y pin­tar estas orig­i­nales cruces de madera, total­mente per­son­al­izadas, que pre­tenden ser un recorda­to­rio de la vida del difun­to y que inclu­so en algunos casos escenif­i­can la propia muerte de la per­sona (a nosotros nos llamó mucho la aten­ción una pin­tu­ra en la que se veía a una niña pequeña a pun­to de ser atro­pel­la­da). A prin­ci­p­ios de los 70 Patras recibió la visi­ta del mat­ri­mo­nio Ceauces­cu, que le encar­gó unos retratos y dio fama a un curioso cemente­rio que has­ta ese momen­to prác­ti­ca­mente sólo conocían las pobla­ciones veci­nas. Tras el fal­l­ec­imien­to de Patras, sus dis­cípu­los han con­tin­u­a­do su tra­ba­jo fiel­mente a la idea orig­i­nal.

Cementerio Alegre Sapanta Rumania

Cada láp­i­da sigue un patrón definido: en la parte alta se colo­can los dibu­jos que hacen ref­er­en­cia a la vida/muerte del fal­l­e­ci­do y a su alrede­dor se pin­tan flo­res y dibu­jos geométri­cos; casi siem­pre pre­dom­i­na el lla­ma­do “azul sapan­ta” pero otros col­ores tam­bién con­ser­van su sig­nifi­ca­do: el negro la muerte, el verde la vida, el rojo el amor y el amar­il­lo la fer­til­i­dad, todo a base de pig­men­tos nat­u­rales. Tam­bién se añade un breve poe­ma. Se cree que esta tradi­ción, la de ver la muerte con un espíritu fes­ti­vo y no como un pro­ce­so traumáti­co, es heren­cia de los antigu­os dacios, quienes creían en la vida en el Más Allá. Hay un total de más de 800 cruces y la lista de espera para ser enter­ra­do aquí es larguísi­ma. En el cemente­rio tam­bién se encuen­tra una de las igle­sias más espec­tac­u­lares que vimos en nue­stro via­je a Rumanía.

Sapanta Rumania

En el exte­ri­or del cemente­rio hay un mon­tón de puestos de sou­venirs baratísi­mos y bas­tante hort­eras: vamos, que nos fuimos car­ga­dos. A mí es que siem­pre me ha hecho mucha gra­cia en Rumanía lo feísi­mos que son los imanes, tazas, camise­tas y demás parafer­na­lia que flo­rece en torno al tur­is­mo y que paradóji­ca­mente, da aún más ganas de com­prar­la.

Valle de Iza

Vis­i­ta­da Sapan­ta, el día con­tin­uaría en el Valle de Iza, una bel­lísi­ma pro­lon­gación de los Cár­patos, salpic­a­da de pequeñas aldeas a cual más curiosa. Y es que Mara­mures es una región que vive por y para la madera y rara es la casa, por muy mod­es­ta que esta sea, cuya puer­ta de entra­da no esté min­u­ciosa­mente tal­la­da en tan noble mate­r­i­al. En un lugar donde aún se mantienen vivas las más ances­trales tradi­ciones, las puer­tas sim­bolizan el paso del seguro mun­do inte­ri­or al peli­groso mun­do exte­ri­or. Son extra­or­di­nar­ias obras de arte pla­gadas de sím­bo­los como el sol y la cuer­da (que sig­nif­i­can vida y con­tinuidad). Eran tan­tas y tan boni­tas las que nos íbamos encon­tran­do que nos paramos un mon­tón de veces a lo largo del camino para fotografi­ar­las.

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En muchas casas tam­bién se puede pres­en­ciar col­ga­dos en los jar­dines mul­ti­tud de cachar­ros: es señal de que en el inte­ri­or vive una joven casadera (suponemos que es una for­ma de atraer con el ajuar a los pre­ten­di­entes). Y por las car­reteras te encon­trarás a mul­ti­tud de hom­bres y mujeres paseán­dose con los tra­jes típi­cos de la región.

Mien­tras íbamos atrav­es­an­do pueblecitos, llam­a­ba la aten­ción la can­ti­dad de casas a medio con­stru­ir que podías encon­trarte, parece que el nego­cio de la con­struc­ción vuelve a estar en alza en el país y son muchos los rumanos que han regre­sa­do a su país de orí­gen ya que aunque los suel­dos sigan sien­do bajísi­mos, por lo menos están al lado de sus famil­ias. Otra curiosi­dad de muchas de las casas (que, por cier­to, no siguen un cri­te­rio arqui­tec­tóni­co, están hechas a capri­cho del dueño y las hay de todas for­mas y col­ores) es que algu­nas de ellas son real­mente seño­ri­ales y sin embar­go no se han pre­ocu­pa­do ni de ado­quinar el ter­reno que las rodea y que en muchos casos era un lodazal o un tras­tero al aire libre donde se amon­ton­a­ban cien­tos de cachivach­es.

Monasterio de Barsana

En Mara­mures el prin­ci­pal atrac­ti­vo son sus pre­ciosísi­mas igle­sias de madera, en mi opinión unas de las más boni­tas de Europa. Aunque sólo sobre­viv­en 42 (un ter­cio de las que había hace dos sig­los) merece la pena un via­je por este área para ver­las: su impor­tan­cia es tal que ocho son Pat­ri­mo­nio de la Humanidad (es el lugar del mun­do con más Pat­ri­mo­nios de la Humanidad por metro cuadra­do). Aclaro que inclu­so las que no osten­tan este títu­lo, igle­sias en pueb­los dimin­u­tos, son tam­bién fran­ca­mente espec­tac­u­lares.

Aunque en la Edad Media era habit­u­al que en Europa las igle­sias fuer­an de madera, tam­bién estas eran más ende­bles, ya que en muchas oca­siones las devor­a­ba el fuego, por lo que comen­zaron a con­stru­irse de piedra. Sin embar­go, en Mara­mures dicha arqui­tec­tura logró man­ten­erse, debido a que el Impe­rio Aus­tro-Hún­garo pro­hibió las igle­sias de piedra, y sobre todo en los sig­los XVII y XVIII, se con­struyeron cien­tos de igle­sias con car­ac­terís­ti­cas comunes: altísi­mas y estre­chas tor­res cam­pa­nario, inte­ri­ores rica­mente orna­men­ta­dos y con sep­a­ra­ciones para hom­bres y mujeres y su local­ización casi siem­pre en los cemente­rios locales. Durante esos sig­los hubo al menos dos escue­las de mae­stros carpin­teros.

Barsana Rumania

Uno de los con­jun­tos de igle­sias más impre­sio­n­antes de esta región es el Monas­te­rio de Barsana. Me quedé sin pal­abras cuan­do me vi a sus pies. Se lle­ga a él tras tran­si­tar por una car­retera secun­daria (lo veíamos en la lejanía pero tuvi­mos que dar varias vueltas has­ta que logramos encon­trar­lo) y está en lo alto de una col­i­na que según se cuen­ta, se usó en el pasa­do para enter­rar a los fal­l­e­ci­dos tras la epi­demia de peste. Como se enterra­ba a la gente deprisa y cor­rien­do y sin hac­er ningún ofi­cio reli­gioso, se decidió con­stru­ir al menos una igle­sia donde los famil­iares pudier­an orar a sus muer­tos. Y así, en 1720, se con­struyó Barsana, un monas­te­rio orto­doxo; sobre sus ruinas se lev­an­tó el actu­al, mucho más reciente pero no por ello menos bel­lo.

Den­tro del com­ple­jo del monas­te­rio, aparte de la igle­sia (cuyo inte­ri­or es real­mente oscuro, antigua­mente las igle­sias se ilu­mina­ban con velas pero esto favorecía los incen­dios), se encuen­tra la abadía, la Casa del Príncipe y la Casa del Artista, así como difer­entes talleres, el come­dor y el museo de los iconos. Es fasci­nante como los mae­stros arte­sanos han logra­do mime­ti­zar los edi­fi­cios de madera con la nat­u­raleza que los rodea de un modo magis­tral. Y todo ello sin uti­lizar un solo cla­vo.

Barsana Rumania

Barsana Rumania

Las otras siete igle­sias Pat­ri­mo­nio de la Humanidad son la de San Nicolás en Bud­esti, la de San­ta Paraske­va en Deses­ti, la de la Nativi­dad en Ieud, la de los San­tos Arcán­ge­les en Sis­es­ti, la de Poie­nile Izei, la de Rogoz y la de Sur­desti. Pero como digo, hay mul­ti­tud de igle­sias pre­ciosas dis­em­i­nadas por toda la región y las iréis encon­tran­do sin prob­le­ma ninguno.

El úni­co prob­le­ma que encon­tramos en esta jor­na­da fue la difi­cul­tad para encon­trar sitios para com­er. De hecho, nos pre­gun­tábamos a menudo en qué super­me­r­ca­dos harían las com­pras la gente de los pueb­los porque qui­tan­do algu­na far­ma­cia, ape­nas vimos establec­imien­tos. Al final logramos encon­trar un salón de bodas (sí, es sur­re­al­ista) en el que no había ningún cliente y que regenta­ba una seño­ra que sólo habla­ba rumano. Como pudo, la pobre mujer nos hizo enten­der que qui­tan­do un poco de sopa, una ensal­a­da de tomate y huevos con patatas no tenía mucho más para ofre­cer­nos. Tenien­do en cuen­ta que al final la comi­da nos sal­ió por cua­tro euros por cabeza y el amor con que preparó la comi­da la dueña, no sólo no teníamos motivos para que­jarnos sino que la dejamos de propina prac­ti­ca­mente lo que nos había costa­do la comi­da.

Viseu de Sus

Para dormir escogi­mos la región de Viseu de Sus, famosa por par­tir de aquí el tren de vapor Mocani­ta, que nosotros no lleg­amos a usar por ten­er coche pero que dicen es una boni­ta expe­ri­en­cia para los amantes de los trenes (si no tienes prisa ningu­na, claro). Con una lenti­tud pas­mosa de diez kilómet­ros por hora, este tren de casi un siglo de antigüedad va recor­rien­do el Valle de Vas­er, atrav­es­an­do bosques, gar­gan­tas de roca y riachue­los donde, si tienes suerte, podrás ver en la lejanía a osos y cier­vos. El tren parte cada mañana a las 08,30 y el trayec­to dura seis horas, por lo que es recomend­able que lleves tu propia comi­da.

Viseu de Sus Rumania

El hotel donde nos quedamos, el mejor del via­je, fue un pin­toresco hotel de mon­taña, el Mirage Resort, con unas vis­tas espec­tac­u­lares. Un fan­tás­ti­co establec­imien­to de cua­tro estrel­las que por sólo 37 euros la noche nos brind­a­ba una habitación chulísi­ma con su propia ter­raza y desayuno buf­fet incluí­do.  Como el restau­rante esta­ba a la altura del hotel y con el can­san­cio que acu­mulábamos, decidi­mos cenar allí mis­mo, en la ter­raza al aire libre. Yo aproveché para pedir sar­male, uno de los platos más típi­cos de Rumanía (son rol­li­tos de col rel­lenos de carne); me gustó tan­to cuan­do lo probé en mi primer via­je que de hecho lo he coci­na­do luego varias veces en casa. Es un autén­ti­co man­jar.

Cluj Napoca

Pese a que nue­stro sigu­iente des­ti­no, Cluj Napoca, sólo se encon­tra­ba a 165 kilómet­ros, las tres horas de camino no te las qui­ta nadie, por lo que decidi­mos madru­gar para así aprovechar bien el día. Este fue otro de los tramos más boni­tos del via­je ya que fuimos atrav­es­an­do mon­tañas y bosques rega­dos por ríos cau­dalosos (en esta zona llueve muchísi­mo aunque a nosotros, suer­tu­dos, nos bril­ló el sol). Nue­stro alo­jamien­to en Cluj Napoca, La Vil­la, esta­ba a las afueras de la ciu­dad, per­di­da en mitad del cam­po (el camino era para ver­lo) pero resultó ser un hotel de una úni­ca plan­ta super moder­ni­to y total­mente adap­ta­do al entorno. Además, tenía un jardín enorme donde fue una goza­da salir a tomar un té por la noche tras un día de cam­i­natas larguísi­mas y lo llev­a­ban dos chi­cas súper amables con las que estu­vi­mos char­lan­do acer­ca de cómo veían ellas mis­mas el panora­ma políti­co y social en Rumanía. Pre­cio estu­pen­do (35 euros con desayuno inclu­i­do). El úni­co pero es que las habita­ciones pre­tendían ser tan “inno­vado­ras” que el cuar­to de baño era total­mente trans­par­ente. Que a nosotros a fin de cuen­tas nos daba igual porque éramos pare­ja pero si via­jas con un amigo/a, lo de la intim­i­dad va a ser un prob­le­ma impor­tante.

En Cluj Napoca habíamos esta­do de rebote en nue­stro primer via­je por aque­l­la situación estram­bóti­ca en la que los de Wiz­zAir nos cam­biaron de aerop­uer­to y nos desviaron allí, por lo que en real­i­dad lo úni­co que conocíamos era la estación de auto­bus­es. Vamos, que llegábamos de nuevas. La ciu­dad fue en su momen­to la cap­i­tal hún­gara de Tran­sil­va­nia y a día de hoy con­tin­ua sien­do la ciu­dad más impor­tante de la región. Nos dimos cuen­ta nada más aparcar en el cen­tro: mucho más trá­fi­co, can­ti­dad de gente de allí para allá, locales recién inau­gu­ra­dos y dec­o­ra­dos con mucho gus­to y, sobre todo, mucho estu­di­ante: más de 90.000 según las cifras ofi­ciales, Cluj Napoca es una ciu­dad uni­ver­si­taria con mucho ambi­ente juve­nil y libr­erías cada dos pasos. Pero tam­bién una ciu­dad muy cos­mopoli­ta donde vive gente veni­da de diver­sos lugares del mun­do y donde es común escuchar en sus calles el hún­garo o el alemán, reduc­to de un pasa­do no tan lejano.

Muchas de las calles del cen­tro históri­co son peatonales por lo que aprovechamos para com­er en una de ellas, en la ter­raza del restau­rante Caro Vin­tage Club (riquísi­ma la pas­ta). Hecha la sobreme­sa, nos fuimos a recor­rer el cen­tro, que da bas­tante de sí. Puedes comen­zar por la Pia­ta Unirii, donde desta­ca la Bis­er­i­ca Sfan­tul Mihail, una pre­ciosísi­ma igle­sia de la que se dice es el más refi­na­do mon­u­men­to góti­co de Rumanía.

Biserica Sfantul Mihail Cluj Napoca

Frente a ella está la estat­ua ecuestre del rey Corvi­no, cuya casa natal se puede vis­i­tar en la calle Str. Matei Corvin. En la plaza tam­bién se encuen­tra el Museo Nacional de Arte, en el pala­cio Banffy, y el Museo de la Far­ma­cia. Otros museos cer­canos son el Museo de His­to­ria de Tran­sil­va­nia y el Museo Memo­r­i­al Emil Isac. Y además, a pocos pasos, el monas­te­rio fran­cis­cano, la Bis­er­i­ca Refor­ma­ta din Ora­sul de Jos y la igle­sia de San Pedro y San Pablo.

Ya en la calle Mem­o­ran­du­mu­lui nos damos de lleno con una de las avenidas más ani­madas de la ciu­dad, com­pues­ta por palacetes bar­ro­cos y algunos otros más recientes. Aquí se encuen­tra el Museo Etno­grá­fi­co. Ale­ján­donos un poco del cen­tro, por la calle Uni­ver­si­tatii, nos dare­mos de bruces con la Bis­er­i­ca Piaris­tilor. Al lado, la calle M. Kogal­cineanu, con el Con­vic­tus Nobil­i­um, que antigua­mente servía de alo­jamien­to para los estu­di­antes que eran hijos de las famil­ias adin­er­adas hún­garas. En esta mis­ma calle está la Bis­er­i­ca Refor­ma­ta, con un órgano del siglo XVIII, y en la calle trasera el Palat­ul Toldalaghi-Kor­da, donde ser cel­e­bran exposi­ciones  de pin­tu­ra. Al final de la Kogal­cineanu lleg­amos a la Pia­ta Baba Novac y su Bastión de los Sas­tres, una torre defen­si­va del siglo XIX que era una de las entradas de la ciu­dad en el siglo XIX.

Pero sin duda, el edi­fi­cio que más nos gustó en Cluj Napoca fue este de aquí aba­jo: la Cat­e­dral Orto­doxa de Nues­tra Seño­ra de la Asun­ción. Aunque no es muy antigua (aún no ha cumpli­do el siglo de vida) la ele­gan­cia de la que hace gala su cúpu­la bizan­ti­na es incom­pa­ra­ble. Sober­bia.

Catedral ortodoxa Cluj Napoca

Jus­to enfrente de la cat­e­dral ten­emos otro bel­lísi­mo edi­fi­cio, el Teatro Nacional.

Teatro Nacional Cluj Napoca

Palacetes gitanos: un fenómeno único

Antes de con­tin­uar con nues­tra sigu­iente eta­pa, hag­amos un alto para hablar de los palacetes gitanos, ya que te encon­trarás con más de uno a lo largo de tu via­je y son un fenó­meno úni­co. Rumanía es el país del mun­do con may­or población gitana: un 2,5% de la total. Errónea­mente, en otros muchos país­es de Europa se cree que son may­oría en Rumanía, otro de los mitos a dester­rar, cuan­do la real­i­dad es que son una minoría étni­ca que, por des­gra­cia para ellos, han sufri­do muchísi­mo la dis­crim­i­nación a lo largo de su his­to­ria, prác­ti­ca­mente des­de que lle­garon de Asia (los orí­genes de los gitanos están en la India). A medi­a­dos del siglo XIV ya había romá (su ver­dadero nom­bre) dis­tribui­dos por muchos lugares de Europa, prin­ci­pal­mente los país­es mediter­rá­neos.

La gitana es una comu­nidad fuerte­mente abraza­da a sus antiquísi­mas tradi­ciones, que no están escritas en ningún sitio, sino que se trans­miten de padres a hijos y han logra­do sobre­vivir a la lle­ga­da de la mod­ern­ización. Famil­ias numerosas que dan una impor­tan­cia supre­ma a la vir­ginidad en las mujeres y el respeto a los ancianos (siem­pre que estos hayan dado mues­tras de rec­ti­tud), así como un cul­to desmesura­do a la muerte, prob­a­ble­mente sea una de las etnias que con más fer­vor vive la músi­ca, pues es la mejor exposi­ción de lo que supone su cul­tura: en Rumanía es muy pop­u­lar el manele pero en otros lugares como en España, la músi­ca romaní, mez­cla­da con otros ele­men­tos como los moriscos, ha dado lugar a géneros que han logra­do el títu­lo de Pat­ri­mo­nio Cul­tur­al de la Humanidad como el fla­men­co. Pese a ser una etnia que cul­tural­mente han apor­ta­do mucho, en Rumanía (como en tan­tos otros país­es) sufren el des­pre­cio de muchos de sus seme­jantes, al con­sid­erárse­les un pueblo con­flic­ti­vo que no de adap­tan a las nor­mas sociales. Al con­trario que los judíos, vis­tos como unas víc­ti­mas del holo­caus­to, los gitanos, que tam­bién fueron dura­mente persegui­dos por los nazis durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al por su “infe­ri­or­i­dad racial” (se cal­cu­la que se asesinó a 220.000) no gozaron de la mis­ma sol­i­dari­dad glob­al. Tam­poco con­taron con las sim­patías de Ceauces­cu, quienes les veía como una pla­ga retrógra­da que impedían el avance de Rumanía, y él mis­mo fomen­tó el secue­stro de bebés gitanos para entre­gar­los a famil­ias payas, suce­so sim­i­lar al de la “gen­eración roba­da” con los aborí­genes aus­tralianos. trein­ta años después de la caí­da del dic­ta­dor, los gitanos con­tin­u­an sien­do unos mar­gin­a­dos en su pro­pio país, vivien­do en ghet­tos y con pocas posi­bil­i­dades de ser con­trata­dos para cualquier empleo: el gitano sigue des­per­tan­do sospe­chas y rece­los y no parece que su situación ten­ga muchas esper­an­zas de cam­biar en los próx­i­mos años.

Palacete gitano Rumania

Comen­ta­da esta breve intro­duc­ción de la vida romaní, es intere­sante dedicar unas líneas al fenó­meno de los pala­cios gitanos, cuya máx­i­ma expre­sión se alcan­za en el pueblo de Buzes­cu (a unos 100 kilómet­ros de Bucarest) pero del que, como digo, podrás encon­trar miles de mues­tras a lo largo de toda Rumanía y al mis­mo pie de la car­retera. Estos recar­gadísi­mos palacetes han prop­i­ci­a­do la curiosi­dad de arqui­tec­tos de todo el mun­do, que inclu­so han lle­ga­do aquí a realizar estu­dios sobre el tema. Aún no se sabe muy bien los motivos de esta sin­gu­lar cor­ri­ente arqui­tec­tóni­ca (quizás ir en con­tra de una sociedad más estereoti­pa­da) que desta­ca por pago­das imposi­bles, tor­re­tas medievales, bal­cones orna­men­tadísi­mos, teja­dos de col­or pla­ta y oro, már­mol, colum­nas romanas, adornos de mil y un tipos y, sobre todo, mucho col­or y mucho bril­lo: cuán­to más estrafalario sea el palacete, más orgul­loso se siente el dueño al mostrar­lo a los veci­nos. Dis­fru­tar­los en vivo y en direc­to sig­nifi­ca quedarte con la boca abier­ta: nun­ca habíamos pres­en­ci­a­do nada igual.

Sighisoara

Al día sigu­iente regresábamos al que fue des­ti­no prin­ci­pal de nue­stro primer via­je, Sighisoara, prob­a­ble­mente la ciu­dad más boni­ta de toda Rumanía. Y hog­ar de Vlad Tepes. Vlad Tepes, Vlad Drac­ulea, Vlad “El Empal­ador”. El rumano más cono­ci­do del mun­do. Héroe para uno, vil­lano para otros. La leyen­da que envuelve su vida, en la que tiende a mezclarse real­i­dad y mito, han hecho de él un per­son­aje úni­co, prob­a­ble­mente de los más estu­di­a­dos de Europa. La cru­el­dad extrema exhibi­da con los ene­mi­gos inspiró a Bram Stok­er para escribir su obra cum­bre, “Drácu­la”, y crear ese per­son­aje, conde-vam­piro, que pasó a con­ver­tirse en un clási­co de la lit­er­atu­ra de ter­ror y sobre el que pos­te­ri­or­mente se rodarían tan­tas y tan­tas pelícu­las.

Pero Vlad Tepes fue mucho más que eso: el papel que jugó en la his­to­ria de Rumanía como país, pese a fal­l­e­cer con sólo 45 años, es impor­tan­tísi­mo. Pese a su fama de hom­bre vio­len­to e implaca­ble, los rumanos le con­sid­er­an un patri­o­ta que defendió con fiereza los intere­ses de su pueblo. Y además, aho­ra, casi seis sig­los después de su nacimien­to, tienen aún más que agrade­cer­le: su figu­ra atrae a Rumanía cada año a miles y miles de tur­is­tas. Pregún­tale a cualquiera que vaya al país por primera vez qué es lo que más ganas tiene de ver: “el castil­lo del Conde Drácu­la”.

Casa Vlad dracul Sighisoara

El Príncipe de Valaquia se cree que dejó tras de sí más de 100.000 muer­tos, la may­or parte de ellos sol­da­dos de las tropas ene­mi­gas a los que asesinó empalán­do­los. Tal vez esto en la actu­al­i­dad nos parez­ca de una cru­el­dad extrema (y lo era) pero hay que pon­erse en el con­tex­to del siglo XV, una época en la que se veía el mun­do de una for­ma apoc­alíp­ti­ca y la gente vivía con el miedo con­stante de los cas­ti­gos del Infier­no. Por tan­to, no sólo basta­ba con hac­er pri­sioneros: había que tor­tu­rar­los y hac­er­les sufrir, como escarmien­to (Vlad Tepes podía dejar los cadáveres pudrién­dose durante meses como avi­so a los sol­da­dos que vinier­an después), pero tam­bién como dis­trac­ción de sus pro­pios súb­di­tos. Des­de época de los romanos, en la sociedad se ha vis­to de lo más nor­mal lo de las eje­cu­ciones públi­cas, a la vista de todo el mun­do, niños inclu­i­dos.

Estat­ua de Vlad Tepes

Estatua Vlad Tepes Sighisoara

El caso es que la figu­ra de Tepes ha hecho de Sighisoara, la ciu­dad que le vio nac­er, uno de los lugares más vis­i­ta­dos de Rumanía. Fue nue­stro des­ti­no estrel­la en nue­stro primer via­je y lo cier­to es que nos gustó tan­to que no nos importó repe­tir. La ciu­dad es pequeña (35.000 habi­tantes) y se recorre per­fec­ta­mente en una jor­na­da; aún así, nosotros haríamos noche por dos motivos, el primero es que al irse el sol Sighisoara nos parece aún mucho más sinies­tra, y el segun­do, que queríamos volver a dormir en el Vil­la Fran­ka, un pre­cioso hotel medieval en el que estu­vi­mos la otra vez, con unas habita­ciones de madera pre­ciosas y camas con dosel y velos. El pre­cio 41 euros por habitación.

Hotel Villa Franka Sighisoara

Como en el via­je de Rumanía del 2012 os especi­fi­co bas­tante bien el recor­ri­do por la ciu­dadela (que es Pat­ri­mo­nio de la Humanidad des­de 1999) en esta ocasión hare­mos un repa­so algo más breve para no repe­tirnos. Sighisoara fue una ciu­dad fuerte­mente mil­i­ta­riza­da por lo que han sobre­vivi­do has­ta la actu­al­i­dad mural­las, torre­ones y bas­tiones (algu­nas como la Torre Cos­i­toliror aún mues­tran los impactos de la guer­ra con los tur­cos). La ciu­dad se divide en dos partes, la ciu­dad baja y la ciu­dad alta, la más boni­ta es esta últi­ma. En la ciu­dadela desta­ca la Pia­ta Muzeu­lui con su pre­ciosa Torre del Reloj (que además de ser museo, ofrece unas vis­tas mar­avil­losas de Sighisoara) y muy cerqui­ta ten­emos la Bis­er­i­ca Man­a­s­tirei, igle­sia que se recon­struyó tras ser destroza­da por los mon­goles y en cuyo inte­ri­or desta­can las alfom­bras ori­en­tales. Des­de allí obten­drás unas vis­tas fran­ca­mente boni­tas de la igle­sia orto­doxa que se encuen­tra en la ciu­dad baja. Otras tor­res que se con­ser­van son la de los Her­reros, los Sas­tres, los Zap­a­teros, los Cordeleros y los Tin­toreros.

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El Ayun­tamien­to, de esti­lo neo­clási­co, y la Casa Vene­ciana son otros de los pun­tos claves de la ciu­dadela. En todo el cas­co históri­co se mantiene ese aire sajón de cuan­do la ciu­dad se llam­a­ba Schäss­burg, aunque lo cier­to es que a día de hoy ape­nas quedan ale­manes. Sí se con­ser­va, eso sí, la casa natal de Vlad Drac­ul, que acoge una exposi­ción de armas medievales y donde está el restau­rante Casa Vlad (nosotros la otra vez cen­amos allí pero esta vez habíamos queda­do tan llenos con la comi­da en La Per­la, cer­ca de nue­stro hotel, que para la cena nos tomamos una limon­a­da en una ter­raza en la Pia­ta Cetatii, la limon­a­da es muy pop­u­lar en Rumanía).

Hablan­do de la plaza Cetatii, la más impor­tante de la ciu­dadela, es real­mente boni­ta, flan­quea­da por palacetes rena­cen­tis­tas y bar­ro­cos (muchos de ellos recon­ver­tidos en hote­les y restau­rantes), entre los que desta­ca la Casa del Cier­vo. En esta plaza solían agru­parse los gremios más rel­e­vantes. Sighisoara ha sabido man­ten­er fiel­mente sus vín­cu­los con el pasa­do y el fes­ti­val medieval que se cel­e­bra anual­mente en el mes de Julio es uno de los que tienen mejor rep­utación en Europa del Este.

Sighisoara Rumania

Des­de aquí podemos ir andan­do has­ta la Scara Scol­ii (Escalera de la Escuela), un pasadi­zo de madera cubier­to (real­mente tene­broso) con más de 170 escalones que con­duce a la escuela Liceul J. Hal­trich. Cer­ca encon­tramos la Igle­sia de la Col­i­na, la Bis­er­i­ca din Deal, del siglo XIV, y el Cemente­rio Sajón. En la propia Pia­ta Cetatii y en la calle que va a la escalera, ten­emos un mon­tón de tien­das de sou­venirs en los que ¡como no! el pro­tag­o­nista es nue­stro esti­ma­do Vlad Tepes. Nosotros com­pramos tazas, imanes, un reloj, camise­tas… Cuan­do empezamos a desem­pa­que­tar cosas en Madrid, parecía que hubiéramos hecho un tour temáti­co drac­ule­sco. Que, a fin de cuen­tas, lo hici­mos.

Castillo de Bran

Nues­tra eta­pa al día sigu­iente, la últi­ma antes de lle­gar a Bucarest, nos lle­varía a otro de los lugares donde habíamos esta­do en nues­tra primera visi­ta. La ciu­dad nos había deja­do un buen sabor de boca y además, nos per­mi­tiría volver a ver el Castil­lo de Bran, que Móni­ca y Car­los esta­ban dese­an­do cono­cer. No obstante, es el mon­u­men­to más vis­i­ta­do del país pre­cisa­mente por lo que os con­tábamos antes, su aso­ciación a la figu­ra del Conde Drácu­la, ya que Bram Stok­er se inspiró en él para su nov­ela… aunque la real­i­dad es que Stok­er jamás estu­vo aquí y Vlad Tepes tam­poco vivió en el castil­lo. De hecho, la nov­ela no se pub­licó en Rumanía has­ta 1990, cuan­do ya había caí­do el comu­nis­mo, y cuan­do a muchos rumanos les pre­gunt­a­ban por el Conde Drácu­la no sabían muy bien qué decir. Además, a los locales eso de que hubier­an con­ver­tido a Vlad Tepes, el héroe nacional, en un vam­piro chu­pasan­gre tam­poco parecía hac­er­les mucha gra­cia y con razón. Pero en cuan­to comen­zaron a lle­gar miles de tur­is­tas atraí­dos por la leyen­da, se les olvi­daron los pre­juicios y hoy en día el rendimien­to mon­e­tario que se le saca a la figu­ra de Drácu­la es desco­mu­nal en todo el país. Pero es en Bran donde alcan­za dimen­siones ver­dadera­mente épi­cas y el úni­co lugar que nos encon­tramos con un mon­tón de auto­bus­es de tur­is­tas y gru­pos de japone­ses: has­ta entonces el tur­is­mo con el que nos habíamos codea­do era bási­ca­mente rumano.

Castillo Bran Transilvania Rumania

Si en nue­stro primer via­je a Bran nos había luci­do el sol, en este segun­do lleg­amos bajo un cielo plomi­zo que has­ta nos dejó una tor­men­ta de rega­lo. Así que esta vez el castil­lo sí que se encon­tra­ba mucho más acorde a la his­to­ria mis­te­riosa y sinies­tra que arras­tra tras él. Volvió a sor­pren­der­nos el inmen­so mer­cadil­lo que hay mon­ta­do a sus pies, otro buen mon­tón de sou­venirs de Vlad Tepes que nos lle­va­mos. Esta vez añadi­mos que­so rumano (bran­za, que es como lo cono­cen ellos): el más pop­u­lar es el de leche de ove­ja, más suave que el de vaca, y te lo venden ya envasa­do al vacío para que puedas echar­lo a la male­ta. Como el día se esta­ba ponien­do algo feo, hici­mos una comi­da tem­prana en uno de los restau­rantes de enfrente del castil­lo a base de cior­bas calen­ti­tas y piz­zas caseras y tiramos para Brasov a dejar las male­tas en el hotel y dar una vuelta por el cen­tro.

Brasov

El hotel de Brasov, la Pen­si­unea Lau­ra, era más bien una pen­sión que un hotel propi­a­mente dicho pero por 28 euros que nos costó la habitación tam­poco podíamos pedir mucho más. Las habita­ciones eran grandes y tenían ter­raza pero esta­ba todo viejísi­mo (este sí que parecía haber evolu­ciona­do poco des­de la época de Ceauces­cu) y parecía una res­i­den­cia de estu­di­antes. El per­son­al, eso sí, era ama­bilísi­mo y teníamos park­ing pri­va­do, dig­amos tam­bién las cosas bue­nas.

Como en el caso de Sighisoara, os vuel­vo a remi­tir a la entra­da del via­je a Rumanía del 2012 si queréis ampli­ar algo más la infor­ma­ción pero lo cier­to es que en estos cin­co años que habían tran­scur­ri­do entre una visi­ta y otra, nos sor­prendió para bien lo que había mejo­ra­do el cen­tro de la ciu­dad, donde han abier­to un mon­tón de locales chulísi­mos y al ser viernes, había un mon­tón de ambi­ente, con mucha gente joven toman­do copas. La Plaza del Ayun­tamien­to, la Pia­ta Sfat­u­lui, esta­ba has­ta arri­ba de paseantes y la más impor­tante calle peaton­al, la Repub­licii, pla­ga­da de ter­razas. El cas­co históri­co de Brasov es uno de los más boni­tos de Rumanía y en él bril­lan con luz propia la boni­ta cat­e­dral orto­doxa, la Torre del Trompetista, la Casa del Mer­cad­er o la Igle­sia Negra, el tem­p­lo rena­cen­tista más grande del país (su nom­bre viene porque hace sig­los un incen­dio tiznó sus muros).

Brasov Rumania

Brasov fue otra de las ciu­dades más cod­i­ci­adas por los tur­cos y aún se con­ser­va parte de la mural­la que la pro­tegía, con algunos balu­artes como las Tor­res Blan­ca y Negra o el Bastión de los Her­reros  y el de los Teje­dores, así como  las Puer­tas de Schei y la de San­ta Catali­na. La ciu­dadela se encuen­tra en lo alto de la ciu­dad y des­de allí se tienen las mejores vis­tas del Monte Tam­pa, a las fal­das del cuál se encuen­tra Brasov. Me volvió a impre­sion­ar muchísi­mo el pasear por el cen­tro y darte cuen­ta que estás a los pies de la mon­taña, como relaté en el ante­ri­or via­je, es habit­u­al que los osos bajen por la noche a rebus­car comi­da en los con­tene­dores de basura.

Brasov Rumania

Bucarest

Y llegábamos al final del via­je en la cap­i­tal del país, Bucarest. Teníamos nues­tras dudas acer­ca de lo que nos íbamos a encon­trar ya que el comen­tario que más habíamos escucha­do era “¿Bucarest? ¡es feísi­ma! ¡no merece la pena más que para estar unas horas!” Pues vaya, a veces casi es mejor ir con las expec­ta­ti­vas tan bajas para lle­varte una gra­ta impre­sión de un sitio. Porque a mí Bucarest me gustó mucho no ¡muchísi­mo! más de lo que esper­a­ba.

En Bucarest el alo­jamien­to es muchísi­mo más caro que en el resto del país, quizás porque mucha gente vuela aquí para hac­er nego­cios, pero aún así es más bajo que los están­dares de otras ciu­dades euro­peas. Nos quedamos en un cua­tro estrel­las, el Hotel Unique , bas­tante cén­tri­co, cer­ca de la Pia­ta Vic­to­riei (por la noche aprovechamos para cenar por la zona ya que había bas­tantes bares y restau­rantes). Habita­ciones mod­er­nas y muy acoge­do­ras (esa ducha de var­ios chor­ros al final del día fue lo mejor), desayuno buf­fet incluí­do y un per­son­al ama­bilísi­mo. No llevábamos reser­va pre­via pero al ir en Mayo no es prob­le­ma encon­trar alo­jamien­to: 60 euros por habitación. Al chico de recep­ción, que era un encan­to, le hacía mucha gra­cia lo de ver­nos con tan­tos tat­u­a­jes y los pelos de col­ores y cuan­do hici­mos el check-out no se resis­tió a hac­er­nos la pre­gun­ta que le debía estar ron­dan­do des­de el mis­mo momen­to que nos vió entrar “¿tocáis en un grupo o sois de una ban­da de moteros?”. Nosotros nos partíamos con la ocur­ren­cia.

Antes de comen­zar a des­gra­nar Bucarest, me gus­taría hac­er­la una pequeña limpieza de cara para los que aún no estén con­ven­ci­dos de vis­i­tar­la. Pese a su fama de ciu­dad inse­gu­ra, en real­i­dad sus índices de delin­cuen­cia son muchísi­mo más bajos que ciu­dades como Barcelona o Madrid. Esto no qui­ta para que como en todos los sitios haya que ser pru­dente ante hur­tos o estafas o evi­tar algunos bar­rios del sur, que pueden ser los más con­flic­tivos. Pero en gen­er­al me pare­ció una ciu­dad bas­tante segu­ra y con unos habi­tantes ama­bilísi­mos.

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Otro tema es el de los per­ros calle­jeros. Habréis vis­to en muchas guías, en los aparta­dos de “Adver­ten­cias y seguri­dad” que se comen­ta el tema de que hay muchas man­adas de per­ros vagabun­dos que pueden lle­gar a ser agre­sivos; en otras partes del país sí vimos alguno pero en Bucarest sin embar­go no. La his­to­ria es cómo el gob­ier­no ha solu­ciona­do este prob­le­ma: exter­mi­nan­do a la may­oría de ellos. Y no sólo el gob­ier­no sino patrul­las espon­táneas veci­nales que al pare­cer salían a la caza y cap­tura de estos pobres ani­males. Cien­tos de aso­cia­ciones ani­mal­is­tas han denun­ci­a­do los méto­dos bru­tales uti­liza­dos para acabar con el tema de las jau­rías: enten­demos que es un prob­le­ma san­i­tario el de miles de per­ros sin vac­u­nar vagan­do por las calles pero tam­bién se podía haber inten­ta­do acoger a estos per­ros en refu­gios e inten­tar bus­car­les famil­ias adop­tantes, inclu­so fuera del país. Pero claro, eso supone una inver­sión económi­ca impor­tante y a las autori­dades les parecía más fácil y más bara­to tomar una solu­ción drás­ti­ca pero cru­el e injus­ta.

Y un últi­mo pun­to: Bucarest es una gran ciu­dad, que ha sufri­do (y aún sufre) los estra­gos de la pobreza. Y eso, por des­gra­cia más para sus habi­tantes que para los que ven­i­mos de fuera, es algo que obvi­a­mente se sigue pal­pan­do cuan­do paseas por la cap­i­tal. Hay zonas muy dejadas donde la suciedad y el aban­dono cam­pan a sus anchas. Pero aún así, a mí se me quedó la gra­ta impre­sión de que los bucaresti­nos están real­izan­do un esfuer­zo sobre­hu­mano para ade­cen­tar su ciu­dad y creo que en pocos años puede lle­gar a con­ver­tirse en un des­ti­no real­mente atrac­ti­vo en Europa del Este. No obstante, a mí me pare­ció una para­da alta­mente intere­sante no sólo por el val­or históri­co que hay detrás de Bucarest sino para enten­der bas­tante mejor lo que supu­so el comu­nis­mo en Rumanía. Porque pese a los años tran­scur­ri­dos, casi trein­ta, en Bucarest la época comu­nista aún se res­pi­ra en muchos de sus rin­cones.

Edi­fi­cios pre­ciosos se encuen­tran aban­don­a­dos

Bucarest Rumania

Pese a su fama de ciu­dad hor­ri­ble (que, de veras, no logro enten­der) Bucarest fue en su día con­sid­er­a­da la “París del Este”, pre­cisa­mente porque muchas de sus avenidas record­a­ban a las de la cap­i­tal france­sa. Otra cosa es en lo que la acabó con­vir­tien­do Ceauces­cu, que la con­cibió como un exper­i­men­to para sus más esquizofréni­cos delirios urbanís­ti­cos. El ter­re­mo­to de 1977, en el que murieron 1.500 per­sonas y que destrozó un mil­lar de edi­fi­cios, le sirvió como excusa per­fec­ta para lle­var a cabo sus maquiavéli­cos planes arqui­tec­tóni­cos. Fue lo que los rumanos conocieron como Ceaushi­ma, en clara alusión a Hiroshi­ma. A Ceauces­cu lo del pat­ri­mo­nio históri­co se la traía al pairo y si en otros lugares del país había demoli­do igle­sias, monas­te­rios y mon­u­men­tos cen­te­nar­ios, por qué no iba a hac­er lo mis­mo en la cap­i­tal, que era su ven­tana al mun­do. A medi­a­dos de los 80 se llevó a cabo la demoli­ción más grande (y dañi­na) que había vis­to el mun­do occi­den­tal: ocho kilómet­ros cuadra­dos en el cen­tro históri­co fueron arrasa­dos, lleván­dose por delante hos­pi­tales, sin­a­gogas, igle­sias, teatros, monas­te­rios y has­ta un esta­dio. Casi 50.000 per­sonas fueron oblig­adas a mudarse de un día para otro (lit­er­al) y fueron der­rui­dos 10.000 edi­fi­cios del siglo XIX. Una autén­ti­ca hecatombe.

Anal­iza­da la curiosa (y triste) remod­elación que sufrió la ciu­dad, os recomien­do por ello que comencéis vue­stro recor­ri­do por el que prob­a­ble­mente sea el sím­bo­lo que mejor rep­re­sen­ta la locu­ra mega­ló­mana de Ceauces­cu: el Palat­ul Par­la­men­tu­lui o Pala­cio del Par­la­men­to. El que después del Pen­tá­gono es el edi­fi­cio guber­na­men­tal más grande del mun­do (64.000 met­ros cuadra­dos, 3.000 habita­ciones y 440 despa­chos) fue el sueño de un lunáti­co que quería demostrar al mun­do su poder ilim­i­ta­do; vamos, lo que les pasa a la may­oría de los dic­ta­dores, que aca­ban devo­ra­dos por sus delirios de grandeza.

Palatul Parlamentului bucarest

Para hac­er real­i­dad tan extra­or­di­nar­ia prop­ues­ta, Ceauces­cu con­tó con 400 arqui­tec­tos (igno­ramos cómo logró que se pusier­an todos de acuer­do para la plan­i­fi­cación, aunque vis­to el ter­ror que inspira­ba este hom­bre, tam­poco nos extraña) y 20.000 obreros. La idea era agru­par en un mis­mo edi­fi­cio todos los órganos de poder y así, de paso, se tenía con­tro­la­dos a los fun­cionar­ios que tra­ba­ja­ban para el Esta­do. Aunque debe­mos recono­cer que pese a lo desmesura­do de la obra, la grandeza que emana el pala­cio cuan­do te ves delante es sobrecoge­do­ra: eso es lo que se bus­ca­ba, ame­dran­tar a cualquiera que se viera a sus pies. A día de hoy el pala­cio lev­an­ta entre los bucaresti­nos sen­timien­tos encon­tra­dos: unos lo ven como la may­or atrac­ción turís­ti­ca (y, por lo tan­to, gen­er­ado­ra de ingre­sos para todos) pero a otros muchos les recuer­da que para su con­struc­ción se nece­sitó, ahí es nada, un ter­cio del pro­duc­to inte­ri­or bru­to del país. La que iba ser la Casa del Pueblo puede ten­er una apari­en­cia austera en su facha­da (como todos los edi­fi­cios comu­nistas) pero en su inte­ri­or se acu­mu­la­ban corti­nas bor­dadas en oro, lám­paras de araña, can­de­labros, buta­cones de madera y obras de arte: pese a que el pueblo se muri­era de ham­bre, cualquier lujo se le hacía poco a uno de los may­ores geno­ci­das de la His­to­ria.

Des­de la Plaza de la Con­sti­tu­ción, situ­a­da frente al pala­cio, sale el inmen­so Boule­vard Unirii (4 kilómet­ros de lon­gi­tud y más de 100 met­ros de anchu­ra), que pre­tendía emu­lar a los Cam­pos Elíseos de París, una gigan­tesca aveni­da que Ceauces­cu soña­ba ver llena de rumanos aclamán­dole como si fuera un dios, algo que no lograron ver sus ojos. Hoy lla­ma la aten­ción ver como una aveni­da dis­eña­da para la ensaltación del comu­nis­mo está reple­ta de tien­das de todo tipo, las vueltas que da la vida. Pla­ga­da de árboles, es uno de los lugares favoritos de los locales para ir a pasear en los días solea­d­os. Desem­bo­ca en la Pia­ta Unirii, la grandísi­ma plaza en la que los atas­cos de trá­fi­co y los boci­na­zos son los autén­ti­cos pro­tag­o­nistas.

Des­de aquí comen­zare­mos el paseo por el cas­co antiguo que, insis­to, a mí me pare­ció que tenía bas­tante que ofre­cer. Casi todo el cen­tro históri­co es peaton­al. Su calle prin­ci­pal es Lip­scani y jun­to a ella ten­emos las de los antigu­os gremios (no obstante, este era el bar­rio de los com­er­ciantes) como la de los som­br­ereros (Sep­cari), los guar­ni­cioneros (Selarii), los peleteros (Bla­nari) o los com­er­ciantes de Gabrov (Gabroveni). Es un área ide­al para dar un paseo ya que se suce­den las ter­razas, los mer­cadil­los, las tien­das y las heladerías. Aquí encon­traremos tam­bién las ruinas del Curtea Verche (Corte Vie­ja), el primer pala­cio real que tuvo Bucarest y que sucumbió víc­ti­ma de un ter­re­mo­to en el siglo XVIII (como véis, la cap­i­tal rumana se encuen­tra en una zona sís­mi­ca y más de 300 edi­fi­cios se hal­lan apun­ta­l­a­dos, cor­rien­do serio ries­go de der­rumbe). ¿Y quién mandó con­stru­ir la corte? Lo habéis adiv­ina­do: Vlad Tepes. Su bus­to por delante de las pocas colum­nas que sobre­vivieron da fe de quien es el per­son­aje más impor­tante de la his­to­ria rumana. Y tam­bién el más excén­tri­co: él mis­mo se encar­gó de destru­ir esta pequeña ciu­dadela, antes del ter­re­mo­to, cuan­do inten­tó recu­per­ar el trono.

Bucarest

En esta zona desta­ca el pre­cioso Ban­co Nacional, de esti­lo neo­clási­co francés, y la boni­ta igle­sia Sfan­tul Anton, a la que acu­d­en cada día muchísi­mos fieles.

Bis­er­i­ca Sfan­tul Anton

Biserica Sfantul Anton

Enfrente aprovechamos para com­er en un lugar míti­co, el Hanu Iui Manuc. Es una antigua posa­da de com­er­ciantes del siglo XVIII que me recordó muchísi­mo a las cor­ralas donde se rep­re­senta­ban en España las obras de teatro en época medieval. Lo encon­tramos de casu­al­i­dad pues no conocíamos su exis­ten­cia y fue un acier­to porque el restau­rante es pre­cioso y además con buen tiem­po puedes com­er al aire libre. Probamos (de nue­vo) la deli­ciosa carpa rumana y ape­nas sal­imos a 15 euros por cabeza, un autén­ti­co rega­lo si tienes en cuen­ta la expe­ri­en­cia que supone com­er en un lugar tan lin­do y tan impor­tante a niv­el históri­co.

Una de las igle­sias que más me gustó en el cen­tro fue la de San Nicolás (parecía que estabas en Moscú, de hecho los locales la cono­cen como la “igle­sia rusa”), aunque nos la encon­tramos en obras. Pero mirad qué bel­lísi­mas sus cúpu­las, no muy habit­uales en la arqui­tec­tura rumana.

Iglesia San Nicolas Bucarest

En una calle cer­cana se encuen­tra la Bib­liote­ca Nacional Rumana (cua­tro mil­lones de volúmenes) y la Igle­sia Búl­gara. Como veis, Bucarest está llena de tem­p­los reli­giosos. Otro de los más impor­tantes es el Monas­te­rio de Stavropoleos, que con­ser­va láp­i­das del siglo XVII. En la mis­ma calle que el monas­te­rio se encuen­tra otro de los locales gas­tronómi­cos leg­en­dar­ios en Bucarest, el Caru’ Cu Bere (Car­ro de Cerveza), una taber­na que data del año 1975 (mejor ir con tiem­po porque suele estar has­ta arri­ba de gente).

Un poco más ade­lante, ten­emos el Museo Nacional de His­to­ria, insta­l­a­do en un edi­fi­cio del siglo XIX que ante­ri­or­mente fue sede de Corre­os. Con más de 60 salas, desta­can en su inte­ri­or las Colum­nas de Tra­jano y el Tesoro Nacional Rumano, con piezas de orfebr­ería y joyas de los monar­cas des­de la Edad de Bronce has­ta el siglo XIX. Den­tro se encuen­tra tam­bién el Museo de la Filatelia.

La Calea Vic­to­riei es la gran aveni­da de Bucarest, lo equiv­a­lente a la Castel­lana madrileña. Es quizás la calle más “france­sa” de toda la cap­i­tal, con sus vis­tosos edi­fi­cios del siglo XIX que antigua­mente acogían las tien­das más lujosas de la ciu­dad. Esta es la mejor heren­cia de un pasa­do glo­rioso, ante­ri­or a las guer­ras mundi­ales y la eta­pa comu­nista, cuan­do el país vivía sus mejores momen­tos. Son rel­e­vantes en la aveni­da el edi­fi­cio de la Caja de Ahor­ros (Palat­ul Casei de Economii si Con­sem­ni­atiu­ni), el Teatro Odeon y el Museo Memo­r­i­al Ghe­o­rghe Tat­taras­cu; salien­do hacia la Stra­da Doam­nei ten­emos la igle­sia del mis­mo nom­bre, una de las más antiguas de la ciu­dad. Y aquí aba­jo la coque­ta igle­sia Kret­zules­cu.

iglesia Kretzulescu Bucarest

El Cer­cul Mil­i­tar Nation­al es otro de los edi­fi­cios más rel­e­vantes de Bucarest. Se con­struyó en 1912, pen­sa­do como un lugar de recreo para los sol­da­dos y los altos man­dos del ejérci­to. Esta zona tam­bién acoge muchos edi­fi­cios uni­ver­si­tar­ios y hay mucho ambi­ente estu­di­antil.

Cercul Militar National Bucarest

Si con­tin­u­amos por la Stra­da Sf. Vineri lle­gare­mos has­ta la Sin­a­goga Tem­p­lo Coral (en Bucarest antes de la Segun­da Guer­ra vivían más de 40.00 judíos). En ella se exhibe una exposi­ción en torno a los már­tires judíos. Aunque no es la sin­a­goga más antigua de la cap­i­tal, es la Esua Tova, con­stru­i­da en el año 1827.

Cer­ca de aquí podemos vis­i­tar la igle­sia de San Jorge y la Bis­er­i­ca Coltei, jun­to al primer hos­pi­tal que tuvo Bucarest, el Col­tea. Enfrente está el Museo de His­to­ria y Arte en el Pala­cio Sutu. Des­de allí nos diri­gire­mos a la Pia­ta Uni­ver­si­tatii, una de las más boni­tas de Bucarest y donde podremos admi­rar el Teatro Nacional y, entre otras, las estat­uas de Miguel el Bra­vo y el matemáti­co Spiru Haret. La plaza sal­ió en los tele­di­ar­ios de todo el mun­do cuan­do en 1990 el pres­i­dente Ili­es­cu, har­to de protes­tas estu­di­antiles que pedían una regen­eración guber­na­men­tal, se alió con los mineros para que estos reprim­ier­an vio­len­ta­mente las man­i­festa­ciones. Se dice que a la ciu­dad lle­garon más de 14.000 y que estos no sólo la tomaron con los uni­ver­si­tar­ios sino con cualquier transe­unte con el que se cruzaran. Aunque ofi­cial­mente se dijo que “sólo” hubo siete muer­tos (que ya son muchos) los per­iódi­cos de la oposi­ción denun­cia­ban que más de 40 cadáveres habían sido enter­ra­dos en la más abso­lu­ta clan­des­tinidad.

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Hacia el este, ten­emos la Pia­ta Ros­seti, con el Pala­cio del Min­is­te­rio de Agri­cul­tura y la igle­sia Arme­neas­ca, en cuyo lat­er­al se encuen­tra el museo del cris­tian­is­mo arme­nio; más ade­lante, en Calea Mosilor, la Igle­sia de Todos los San­tos.

Esta­mos ya en otro de los pun­tos claves en el corazón de Bucarest: la Plaza de la Rev­olu­ción. Y dec­i­mos corazón en el sen­ti­do lit­er­al ya que fue aquí donde en 1989 los rumanos dijeron ¡bas­ta! a más de dos décadas de tiranía, abu­sos y ter­ror. Mien­tras Ceauces­cu intenta­ba inutil­mente cal­mar los áni­mos de miles de per­sonas, que gri­ta­ban con el puño en alto “¡el pueblo somos nosotros!”, su esposa Ele­na, otra de las asesinas más despi­adadas de la his­to­ria euro­pea, le acon­se­ja­ba huir: poco después un helicóptero con el mat­ri­mo­nio sur­ca­ba los cie­los ante la ira de los man­i­fes­tantes. Tres días después, el de Navi­dad, Ceauces­cu y su mujer eran fusila­dos.

En la plaza lo primero que encon­tramos es el Pala­cio del Sena­do, antigua sede del Par­tido Comu­nista. Frente a él se encuen­tra este memo­r­i­al en recuer­do a los caí­dos de la Rev­olu­ción.

Memorial Bucarest

En el otro lado de la plaza encon­tramos el Palat­ul Regal (Pala­cio Real), que ha sido uti­liza­do, a excep­ción de los Ceauces­cu (menudos eran ellos) por todos los pres­i­dentes de Rumanía; actual­mente, y tras sufrir graves des­per­fec­tos durante la caí­da del rég­i­men comu­nista, acoge el Museo Nacional de Arte, con más de 100.000 obras entre las que desta­can las de artis­tas como Velázquez, El Gre­co, Muril­lo o Mon­et. Yen­do ya por la Calea Voc­to­riei lleg­amos a la Acad­e­mia Românâ (que se ded­i­ca al estu­dio de la lengua rumana), el Museo Nacional de Lit­er­atu­ra, la Casa Lens-Ver­nes­cu y el Pala­cio Can­tacuzi­no. Ya en la Pia­ta Vic­to­riei ten­emos el pala­cio de idén­ti­co nom­bre,  el Museo Taran­u­lui Roman y el Museo Nacional de Geología. Un poco más al norte nos encon­tramos con el Arco del Tri­un­fo en con­mem­o­ración de las víc­ti­mas de la Primera Guer­ra Mundi­al.

Arco Triunfo Bucarest Rumania

La últi­ma visi­ta que os voy a recomen­dar si estáis en Bucarest (y, sobre todo, si hacéis una visi­ta cor­ta de fin de sem­ana que no os per­mi­ta ir a otras partes del país) es la del Muzeul Sat­u­lui, que se encuen­tra en el par­que Herâstrâu. Nosotros no fuimos a ver­lo porque, como os comen­to, llevábamos nueve días vien­do la Rumanía rur­al de primera mano pero es una bue­na opción para des­cubrir cómo se vive en las aldeas. Es un museo al aire libre con casas tradi­cionales, moli­nos de agua, igle­sias de madera, ser­rerías y todo tipo de uten­sil­ios usa­dos en el cam­po; en ver­a­no se orga­ni­zan mer­cadil­los y espec­tácu­los folk­lóri­cos. Una boni­ta expe­ri­en­cia para des­cubrir, al mar­gen de la gran ciu­dad, la real­i­dad rur­al de un país que, una vez más, nos volvió a dejar fasci­na­dos y al que esper­amos volver una ter­cera vez… y una cuar­ta y una quin­ta. ¡Mar­avil­losa Rumanía!


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10 Comments

  1. Des­de luego que Tran­sil­vana es un lugar úni­co y que mucha gente aún desconoce.
    Para cono­cer más sobre esta región entra en http://www.viajarportransilvania.com

  2. Gra­cias! A ver si ten­emos un rati­to y nos ponemos con vue­stro cues­tionario!

  3. Mil gra­cias! Buenísi­mo vue­stro blog!

  4. ¡Que pasa­da es Tran­sil­va­nia! Me lo apun­to como próx­i­mo des­ti­no 😉

  5. Es una mar­avil­la… ¡parece deteni­da en el tiem­po!

  6. Antes estu­vis­teis en el Dantzari Egu­na de Lekeitio a la vez que yo y aho­ra resul­ta que habéis pasa­do por delante de mi casa en Bucarest XD ¡Vivía detrás del Palat­ul Regal cuan­do pasasteis por allí!
    El mun­do es un puñetero pañue­lo eeh jaja­ja

  7. Jaja­ja­ja­ja­ja­ja­ja no me lo puedo creer! al final va a haber que tomarse una cerveza-via­jera!!!!!

  8. Seguro que sí! Aho­ra mis­mo estoy de vuelta en Bil­bao, pero den­tro de unos meses, ¡¿quién sabe?!
    Tú bien sabes que es lo que tiene ser un culo inqui­eto jaja­ja
    Un fuerte abra­zo!! 😀

  9. Estás en una ciu­dad mar­avil­losa entonces ¡dis­frú­ta­la mucho! Y si, a ver si se coin­cide en nue­stros via­jes… otro abra­zo para ti!

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