Tuvalu: el país menos visitado del mundo

Pequeño avión aterrizando en la pista del aeropuerto de Funafuti en Tuvalu junto al mar turquesa

Tuvalu: el país menos visitado del mundo

Tuvalu no aparece en las lis­tas de des­ti­nos soña­dos. No tiene vue­los baratos cada sem­ana, ni influ­encers posan­do en sus playas, ni resorts infini­tos con pulseras “todo inclu­i­do”. De hecho, hay años en los que recibe menos vis­i­tantes que algunos museos de provin­cias en un solo fin de sem­ana. Y, sin embar­go, este dimin­u­to país per­di­do en el océano Pací­fi­co es uno de los lugares más intri­g­antes del plan­e­ta.

Porque via­jar a Tuvalu no es solo via­jar lejos. Es via­jar a uno de los esta­dos más ais­la­dos del mun­do, a una nación que vive con la ame­naza con­stante del aumen­to del niv­el del mar y que, paradóji­ca­mente, sigue man­te­nien­do una iden­ti­dad cul­tur­al fuerte y tran­quila, aje­na al tur­is­mo masi­vo.

En esta guía actu­al­iza­da a 2026 te cuen­to cómo es real­mente Tuvalu, por qué es el país menos vis­i­ta­do del mun­do, cuán­to cues­ta lle­gar has­ta allí, cómo se vive en estas islas y si merece la pena plantearse un via­je has­ta uno de los rin­cones más remo­tos del plan­e­ta.

¿Dónde está Tuvalu?

Seguro que después de leer­lo te entran ganas de bus­car­lo en el mapa: Tuvalu es ape­nas un con­jun­to de pun­tos dimin­u­tos en medio de una inmen­si­dad azul. Y ese ais­lamien­to geográ­fi­co lo condi­ciona todo. Le pasa algo muy pare­ci­do a las islas Van­u­atu.

Tuvalu está en el océano Pací­fi­co cen­tral, en una de las zonas más remo­tas del plan­e­ta. Se encuen­tra aprox­i­mada­mente a medio camino entre Aus­tralia y Hawái, al norte de Fiyi y al este de las Islas Salomón. 

Tuvalu pertenece a Oceanía y for­ma parte de la región cul­tur­al de la Poli­ne­sia. Está com­puesto por nueve islas corali­nas —cin­co atolones y cua­tro islas de arrecife— dis­tribuidas en una exten­sión marí­ti­ma enorme, aunque su super­fi­cie ter­restre total es de ape­nas unos 26 kilómet­ros cuadra­dos. Su cap­i­tal es Funa­fu­ti, una estrecha fran­ja de tier­ra donde vive la may­or parte de la población, que ape­nas lle­ga a las 11.000 per­sonas (para que te hagas una idea, las mis­mas que viv­en en El Hier­ro, la más pequeña de las islas Canarias).

Un país extremadamente aislado

Lo que real­mente define la ubi­cación de Tuvalu no es solo su posi­ción en el mapa, sino su ais­lamien­to. No está en una ruta aérea habit­u­al ni es paso hacia otro des­ti­no turís­ti­co. Para lle­gar hay que plan­i­fi­car­lo con inten­ción, nor­mal­mente a través de Fiyi. Esa lejanía geográ­fi­ca ha influ­i­do en su desar­rol­lo, en su economía y tam­bién en el hecho de que sea con­sid­er­a­do el país menos vis­i­ta­do del mun­do.

No es que no ten­ga playas par­adis­ía­cas. Las tiene. No es que no ten­ga cul­tura propia. La tiene. No es que no ten­ga his­to­ria. La tiene, y com­ple­ja. El prob­le­ma, si es que se puede lla­mar así, es que lle­gar has­ta allí no es sen­cil­lo. Mucha gente desecha la idea de ir a la Poli­ne­sia ya no por lo que vale el trayec­to, sino por lo lejos que está. Y eso que ya te con­té cómo es posi­ble via­jar allí sin dejarse un riñón.

Los últi­mos años, menos de 4000 tur­is­tas anuales pasaron por sus adu­a­nas, vamos, menos de los que vis­i­tan la torre Eif­fel a diario. Fijo que quieres ser uno de esos pocos priv­i­le­gia­dos. Y debes darte prisa ya que después de las Mal­divas, Tuvalu es el país del mun­do que se encuen­tra a menor alti­tud, ape­nas cin­co met­ros sobre el niv­el del mar, lo que unido al cam­bio climáti­co, está provo­can­do que el océano acabe ganan­do cada vez más ter­reno a la tier­ra firme e incre­men­tan­do el ries­go de que las nueve islas que for­man el archip­iéla­go acaben desa­pare­cien­do.

Tuvalu, que en el idioma indí­ge­na local sig­nifi­ca “ocho islas” y que curiosa­mente fue des­cu­bier­to por los españoles en el siglo XVI, es pequeñísi­mo (el cuar­to más pequeño del mun­do después del Vat­i­cano, Móna­co y Nau­ru), con una exten­sión de poco más de 25 kilómet­ros cuadra­dos (para que te hagas una idea, la comu­nidad de Madrid tiene un ter­ri­to­rio de 600 kilómet­ros cuadra­dos). Muchos bar­rios madrileños son may­ores que Tuvalu, en donde puedes ir a prác­ti­ca­mente todos los sitios cam­i­nan­do.

La historia de Tuvalu

La his­to­ria de Tuvalu no comien­za con la lle­ga­da de los europeos, sino muchos sig­los antes, cuan­do nave­g­antes poli­ne­sios sur­caron el océano Pací­fi­co guián­dose por las estrel­las, las cor­ri­entes y el com­por­tamien­to de las aves. Estos pueb­los desar­rol­laron uno de los sis­temas de nave­gación más sofisti­ca­dos del mun­do antiguo, capaz de recor­rer miles de kilómet­ros en canoas sin instru­men­tos mod­er­nos.

Se cree que los primeros habi­tantes lle­garon a las islas que hoy for­man Tuvalu hace más de mil años, prob­a­ble­mente des­de Samoa y Ton­ga. Establecieron comu­nidades orga­ni­zadas, con estruc­turas sociales basadas en clanes famil­iares y lid­er­az­go tradi­cional. La trans­misión del conocimien­to se hacía de for­ma oral: mitos, genealogías y relatos históri­cos pasa­ban de gen­eración en gen­eración. Pero seguían estando pro­fun­da­mente ais­la­dos: en algu­nas islas cer­canas, como las Fiyi, has­ta no hace tan­tos años se seguía prac­ti­can­do el cani­bal­is­mo.

En un entorno donde la tier­ra era escasa y el mar omnipresente, la vida esta­ba pro­fun­da­mente conec­ta­da con la nat­u­raleza. La pesca, la nave­gación y el respeto por el entorno mari­no eran pilares fun­da­men­tales de la super­viven­cia.

El contacto europeo y los cambios del siglo XIX

Durante sig­los, Tuvalu per­maneció rel­a­ti­va­mente ais­la­do del mun­do exte­ri­or. El con­tac­to europeo fue tardío y lim­i­ta­do al prin­ci­pio, ya que estas pequeñas islas no eran espe­cial­mente atrac­ti­vas para el com­er­cio colo­nial tem­pra­no. Sin embar­go, en el siglo XIX comen­zaron a inten­si­fi­carse las vis­i­tas de explo­radores, com­er­ciantes y misioneros. Como ocur­rió en muchas otras islas del Pací­fi­co, la lle­ga­da de poten­cias euro­peas tra­jo con­si­go cam­bios pro­fun­dos.

Uno de los fenó­menos más traumáti­cos fue el lla­ma­do black­bird­ing, una prác­ti­ca medi­ante la cual reclu­ta­dores forz­a­ban o engaña­ban a habi­tantes del Pací­fi­co para tra­ba­jar en planta­ciones en otras colo­nias. Aunque Tuvalu no fue uno de los ter­ri­to­rios más afec­ta­dos, este peri­o­do dejó una huel­la de descon­fi­an­za hacia el exte­ri­or.

La lle­ga­da de misioneros cris­tianos tam­bién trans­for­mó la estruc­tura social. El cris­tian­is­mo se con­solidó con rapi­dez y pasó a for­mar parte cen­tral de la iden­ti­dad colec­ti­va, influyen­do en nor­mas sociales, edu­cación y orga­ni­zación comu­ni­taria.

Cuadro antiguo estilo siglo XIX que representa la llegada de exploradores europeos a una isla del Pacífico frente a habitantes indígenas

Protectorado británico y administración colonial

En 1892, las islas Ellice —nom­bre colo­nial de Tuvalu— fueron declar­adas pro­tec­tora­do británi­co y pos­te­ri­or­mente integradas admin­is­tra­ti­va­mente jun­to a las islas Gilbert, en lo que se cono­ció como la colo­nia de las Islas Gilbert y Ellice. Des­de la per­spec­ti­va británi­ca, estas islas tenían más val­or estratégi­co que económi­co. No había grandes recur­sos nat­u­rales ni planta­ciones renta­bles pero en la lóg­i­ca impe­r­i­al cualquier pun­to del Pací­fi­co podía ten­er impor­tan­cia geopolíti­ca.

La admin­is­tración colo­nial fue rel­a­ti­va­mente lig­era en com­para­ción con otras colo­nias más explotadas. Sin embar­go, intro­du­jo estruc­turas admin­is­tra­ti­vas occi­den­tales, sis­temas legales británi­cos y un mod­e­lo de gob­ier­no que trans­for­mó la orga­ni­zación tradi­cional.

A pesar de ello, las comu­nidades locales man­tu­vieron muchas de sus prác­ti­cas cul­tur­ales y sociales. El ais­lamien­to jugó un papel impor­tante en esa con­tinuidad.

Segunda Guerra Mundial y presencia militar

Durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, algu­nas islas de Tuvalu adquirieron rel­e­van­cia estratég­i­ca en el con­flic­to del Pací­fi­co. Fuerzas ali­adas uti­lizaron cier­tas zonas como pun­tos logís­ti­cos y de apoyo.

Aunque la pres­en­cia mil­i­tar fue lim­i­ta­da, dejó infraestruc­turas y recuer­dos de un momen­to en el que estas islas remo­tas quedaron conec­tadas con un con­flic­to glob­al.

Tras la guer­ra, Tuvalu volvió a su rit­mo habit­u­al pero el mun­do ya no era el mis­mo. El pro­ce­so de des­col­o­nización esta­ba en mar­cha en muchas regiones.

El referéndum y la independencia

En la déca­da de 1970, las difer­en­cias cul­tur­ales entre las islas Ellice (poli­ne­sias) y las islas Gilbert (microne­sias) se hicieron más evi­dentes en el con­tex­to políti­co.

En 1974 se cele­bró un refer­én­dum en el que la población de las islas Ellice votó por sep­a­rarse de la admin­is­tración con­jun­ta. La decisión fue clara: querían un camino pro­pio.

En 1978, Tuvalu se con­vir­tió ofi­cial­mente en un esta­do inde­pen­di­ente den­tro de la Com­mon­wealth. Adop­tó el nom­bre actu­al, que sig­nifi­ca “ocho en pie”, en ref­er­en­cia a las ocho islas tradi­cional­mente habitadas.

Aunque inde­pen­di­ente, man­tu­vo vín­cu­los con el Reino Unido y estable­ció una monar­quía par­la­men­taria, con la reina británi­ca como jefa de Esta­do sim­bóli­ca.

Tuvalu en el siglo XXI

En el año 2000, Tuvalu se con­vir­tió en miem­bro de Naciones Unidas, lo que le dio una platafor­ma inter­na­cional mucho más vis­i­ble.

En el siglo XXI, su his­to­ria ha esta­do mar­ca­da por un desafío exis­ten­cial: el aumen­to del niv­el del mar. Su alti­tud media es extremada­mente baja, lo que lo con­vierte en uno de los país­es más vul­ner­a­bles al cam­bio climáti­co. Pero lejos de quedar en silen­cio, Tuvalu ha uti­liza­do su posi­ción para con­ver­tirse en una voz acti­va en foros inter­na­cionales. Sus líderes han inter­venido en cum­bres climáti­cas recor­dan­do que para ellos el calen­tamien­to glob­al no es un debate teóri­co, sino una cuestión de super­viven­cia nacional.

A la vez, el país ha explo­rado acuer­dos de migración con Aus­tralia y Nue­va Zelan­da y ha bus­ca­do fór­mu­las inno­vado­ras para garan­ti­zar su con­tinuidad como esta­do, inclu­so en esce­nar­ios extremos.

Vista aérea horizontal de la isla de Tuvalu con palmeras, casas junto a la costa y aguas turquesas del océano Pacífico.

¿Cómo es la vida en un país tan aislado?

Tuvalu está for­ma­do por nueve islas. La isla prin­ci­pal, Funa­fu­ti, es un atolón rodea­do de 30 islotes menores (los motu) y con una población de ape­nas 4.000 per­sonas. Funa­fu­ti no es una cap­i­tal al esti­lo occi­den­tal. No tiene ras­ca­cie­los, ni bar­rios difer­en­ci­a­dos, ni mon­u­men­tos icóni­cos. Es una fran­ja estrecha de tier­ra donde la vida tran­scurre con una cal­ma difí­cil de imag­i­nar des­de Europa.

A 500 kilómet­ros se encuen­tra Nanu­mea, ten­emos tam­bién Nanu­ma­ga (de ori­gen vol­cáni­co) y Nukufe­tau, que el ejérci­to esta­dounidense usó como base en la Segun­da Guer­ra Mundi­al. El resto de las islas son Niu­laki­ta, Niu­tao, Nui, Nuku­lae­lae y Vaitupu. Las islas están conec­tadas entre ellas por ser­vi­cios de fer­ry pero asume que estos se reducen a una fre­cuen­cia de sólo tres o cua­tro trayec­tos sem­anales. 

Pese a que Tuvalu ha esta­do col­o­niza­do por españoles y británi­cos, la heren­cia poli­ne­sia ha logra­do sobre­vivir a las influ­en­cias exte­ri­ores: a ello ha con­tribui­do además el tur­is­mo casi inex­is­tente y la escasa población, que ape­nas ha tenido opor­tu­nidad de mezclarse con otras etnias. Gra­cias a ello, ha lle­ga­do has­ta nue­stros días una tradi­ción tan boni­ta como el fatele, una músi­ca / dan­za inter­pre­ta­da por seis mujeres solteras y que ini­cia el hom­bre más anciano del pueblo: durante muchos años fue pro­hibi­da por los misioneros, que la aso­cia­ban con la magia y los ritos ani­mis­tas. Sin embar­go, hoy es la dan­za cer­e­mo­ni­al con la que se recibe a los man­datar­ios extran­jeros que vis­i­tan el país.

A niv­el social, más del 70% de los tuval­u­anos con­tinúan vivien­do en casas tradi­cionales, muchas de ellas con­stru­idas por ellos mis­mos. Debido a la escasa exten­sión del archip­iéla­go, el niv­el demográ­fi­co es uno de los más altos del Pací­fi­co: 400 per­sonas por kilómetro cuadra­do. Espe­cial­mente en las islas más pequeñas, la población prac­ti­ca una economía de sub­sis­ten­cia: pesca, agri­cul­tura a menor escala, cría de ani­males, ces­tería y teji­do de alfom­bras son las prin­ci­pales fuentes de empleo.

En el pasa­do, la estruc­tura social dependía de un jefe supre­mo, el ali­ki, que com­partía respon­s­abil­i­dad con dos jefes infe­ri­ores y que servía como líder políti­co y reli­gioso. Pese a la lle­ga­da de misioneros, que inten­taron erradicar estas cos­tum­bres, este tipo de jer­ar­quía ha sobre­vivi­do en bas­tantes aldeas. Las comu­nidades locales son las que sue­len ocu­parse de velar por el bien­es­tar social y es muy común ejercer vol­un­tari­a­do: los tuval­u­anos son muy sol­i­dar­ios. Tam­bién se ha avan­za­do mucho en lo que a igual­dad de género se refiere y se con­de­na la mar­ginación sex­ista, aunque las tuval­u­a­nas exi­gen ten­er may­or rep­re­sentación en el gob­ier­no de las islas. Tan­to hom­bres como mujeres dan mucha impor­tan­cia al mat­ri­mo­nio y son pocas las per­sonas adul­tas que no están casadas, ya que se con­sid­era que de este modo se legit­i­man los dere­chos de heren­cia y propiedad de ter­renos. La poligamia fue errad­i­ca­da hace sig­los (por suerte) y cada vez son más comunes los divor­cios y las segun­das nup­cias.

Se sigue dan­do impor­tan­cia extrema a la famil­ia y de hecho muchos tuval­u­anos depen­den del suel­do de los pari­entes que tra­ba­jan para el gob­ier­no. Has­ta prin­ci­p­ios del siglo XX los tuval­u­anos se enorgul­lecían de ser una de las sociedades más pací­fi­cas del mun­do; sin embar­go, en los últi­mos tiem­pos, se que­jan de que espe­cial­mente en la cap­i­tal han ascen­di­do los deli­tos y cul­pan de ello al con­tac­to con el mun­do exte­ri­or.

Qué ver y hacer en Tuvalu

Quien ven­ga a Tuvalu ha de ten­er claro que aquí no va a encon­trar arqui­tec­tura rel­e­vante. Pero a cam­bio va a dis­fru­tar de algu­nas de las playas más exóti­cas del mun­do y va a ten­er la opor­tu­nidad de bucear y hac­er snorkel en aguas en las que no verá a un solo bañista.

Al estar la may­or parte de los atolones en par­ques nat­u­rales pro­te­gi­dos, hay que reser­var las excur­siones con antelación en la Con­ser­va­tion Area Office, situ­a­da en el ayun­tamien­to de Funa­fu­ti. Los botes parten con sólo seis pasajeros: los fines de sem­ana suben los pre­cios y se cobra un extra por tomar fotografías. Las excur­siones sue­len par­tir a las 08:00 y regre­san siete horas después. En Funafala existe la posi­bil­i­dad de alo­jarse en una pequeña casita para sólo dos hués­pedes, donde podrás preparar tu propia comi­da al aire libre (eso sí, las vian­das cor­ren de tu cuen­ta). En Tepu­ka aún se con­ser­va un bunker de la Segun­da Guer­ra Mundi­al, tam­bién vis­itable.

Los lagos geme­los de Nanu­mea, a 460 kilómet­ros de Funa­fu­ti, tam­bién se mere­cen una escapa­da. Las dos pequeñas islas que hay en esta zona fueron las preferi­das por el ejérci­to de Esta­dos Unidos para atracar aquí sus bar­cos de guer­ra, por lo que obligaron a los poquísi­mos habi­tantes a mudarse a Lak­e­na Island (actual­mente viv­en aquí ape­nas 600 per­sonas). Ochen­ta años después, aún se obser­van en diver­sas partes de las islas restos de bom­barderos y maquinar­ia béli­ca. El edi­fi­cio más impor­tante es la igle­sia Lotolelei, con­stru­i­da en 1931 y cuya con­struc­ción fue costea­da por los pro­pios isleños. Curiosa­mente tiene una de las tor­res más altas del Pací­fi­co, algo sor­pren­dente en una isla tan pequeña.

Nui, que fue bau­ti­za­da como Isla de Jesús, fue la primera isla de Tuvalu a la que llegó el nave­g­ante leonés Alvaro de Men­daña en 1568 a bor­do de su navío “La Cap­i­tana”; fue él quien tam­bién des­cubrió las islas Salomón y las islas Mar­que­sas. Sus playas de are­nas blan­quísi­mas son las favoritas de los locales para tum­barse al sol. La población total ape­nas rebasa el medio mil­lar de per­sonas, que descien­den de sólo tres famil­ias: los Tekaubaon­ga, los Tekau­ni­mala y los Tekau­nibiti. En el 2015 un 40% de la población  debió ser evac­ua­da debido a la lle­ga­da del ciclón Pam, que causó graves daños en las vivien­das locales.

Niños jugando en la playa de Tuvalu con palmeras y aguas turquesas en el Pacífico

El mejor lugar para el avis­tamien­to de aves se encuen­tra en el atolón de Nukufe­tau. Se hal­la a poco más de cien kilómet­ros de la cap­i­tal y la may­or parte de la población local se agru­pa en la pequeña aldea de Savave. Se con­sid­era una de las islas menos explo­radas de Tuvalu, en con­traste con Viatupu, donde se encuen­tra la úni­ca escuela secun­daria de Tuvalu y a donde han de desplazarse todos los estu­di­antes de las islas cer­canas.

Respec­to a la gas­tronomía ¿qué nos podemos encon­trar? Los tuval­u­anos basan su dieta en los cocos y el pesca­do local pero curiosa­mente el pla­to nacional es el pula­ka, a base de taro, una plan­ta muy común en las islas del Pací­fi­co y rica en car­bo­hidratos. Otros platos típi­cos son el palusa­mi, el atún y los can­gre­jos: el cer­do, las aves sil­vestres y la tor­tu­ga sólo se sir­ven en oca­siones espe­ciales. Abun­dan las fru­tas, sobre todo las papayas, y el postre más con­sum­i­do es el plá­tano frito. Aunque muchos tuval­u­anos se que­jan de la can­ti­dad de comi­da proce­sa­da que lle­ga impor­ta­da, lo que ha dis­para­do los nive­les de dia­betes e hiperten­sión. Si quieres catar el licor local, el kao, avisamos que pro­duce al día sigu­iente impor­tantes resacas.

Un avi­so para los homo­sex­u­ales: las rela­ciones entre per­sonas del mis­mo sexo son ile­gales y acar­rean penas de has­ta 14 años de cár­cel. Cues­ta enten­der esta men­tal­i­dad tan retrógra­da, sobre todo tenien­do en cuen­ta que los poli­ne­sios eran muy lib­erales en el pasa­do (y luego lle­garon a estas tier­ras los cris­tianos y lo jodieron todo). Antes de la col­o­nización, la bisex­u­al­i­dad era algo tan común que muchos reyes tenían amantes tan­to mas­culi­nos como femeni­nos. Y tam­bién era habit­u­al la tran­sex­u­al­i­dad: los tran­sex­u­ales eran cono­ci­dos como pinap­inaaine y no sólo eran acep­ta­dos social­mente sino que se les con­cedía roles especí­fi­cos como la elab­o­ración de ces­tas o la preparación de las dan­zas cer­e­mo­ni­ales. Pese a que un 14% de los jóvenes reconoce en la intim­i­dad haber tenido rela­ciones homo­sex­u­ales, no lo pueden comen­tar abier­ta­mente si no quieren acabar entre rejas. Como veis, la men­tal­i­dad local ha ido para atrás en vez de hacia delante.

Tuvalu y el cambio climático 

Un país a apenas dos metros sobre el mar

Hablar de Tuvalu sin hablar de cam­bio climáti­co es imposi­ble.

La alti­tud media del país ron­da los dos met­ros sobre el niv­el del mar. En algu­nas zonas, inclu­so menos. Eso sig­nifi­ca que cualquier variación sig­ni­fica­ti­va en el niv­el oceáni­co tiene un impacto direc­to en la vida cotid­i­ana.

Cuan­do en otras partes del mun­do se habla de “subi­da del mar” como una proyec­ción a 2100, en Tuvalu se habla de mar­eas que ya inun­dan zonas bajas, de salin­idad que afec­ta a cul­tivos y de tor­men­tas que cada año pare­cen más agre­si­vas.

No es un esce­nario futur­ista. Es una real­i­dad que for­ma parte del pre­sente.

Erosión costera y pérdida de terreno

Uno de los prob­le­mas más vis­i­bles es la erosión.

Las islas corali­nas de Tuvalu no son blo­ques sóli­dos de roca. Son estruc­turas frágiles for­madas por are­na y coral. El aumen­to del niv­el del mar y la inten­si­dad de tor­men­tas acel­er­an la pér­di­da de cos­ta.

Hay áreas donde el mar avan­za lenta­mente, trans­for­man­do la geografía de for­ma casi imper­cep­ti­ble pero con­stante. En un país tan pequeño, perder met­ros de tier­ra no es anecdóti­co: es perder parte del ter­ri­to­rio nacional. Y cuan­do el ter­ri­to­rio es tu iden­ti­dad jurídi­ca como esta­do, la cuestión deja de ser paisajís­ti­ca para vol­verse políti­ca.

Agua potable y salinización del suelo

Otro efec­to menos vis­i­ble pero igual de grave es la salin­ización.

En muchos atolones, el agua dulce proviene de capas sub­ter­ráneas que flotan sobre el agua sal­a­da. Cuan­do el niv­el del mar aumen­ta o las tor­men­tas inun­dan el ter­reno, esa capa puede con­t­a­m­i­narse.

Eso afec­ta direc­ta­mente a:

  • el acce­so a agua potable

  • los cul­tivos locales

  • la auto­su­fi­cien­cia ali­men­ta­ria

En un país que ya depende en gran parte de pro­duc­tos impor­ta­dos, cualquier alteración en el equi­lib­rio hídri­co aumen­ta muchísi­mo la vul­ner­a­bil­i­dad.

Cómo llegar a Tuvalu

Los pocos via­jeros que aquí lle­gan sue­len aprovechar una trav­es­ía entre Aus­tralia y Hawaii para realizar una para­da en estas exóti­cas islas. Aclaramos que lle­gar tam­poco es fácil ya que sólo existe un aerop­uer­to, situ­a­do en la cap­i­tal, que está conec­ta­do con Suva en las islas Fiji: sólo hay vue­los los martes, jueves y sába­dos y los pilo­tos, brome­an­do, comen­tan que la isla es tan pequeña que les da la impre­sión que van a ater­rizar en mitad del océano. En Funa­fu­ti, la pista del aerop­uer­to se con­vierte en una plaza públi­ca cuan­do no hay vue­los. La gente jue­ga al fút­bol, mon­ta en bici­cle­ta o sim­ple­mente se reúne para char­lar. Es una de las imá­genes más curiosas de la vida en Tuvalu.

El vue­lo entre las Fiji y Tuvalu dura aprox­i­mada­mente dos horas. Pese a que Tuvalu goza de un agrad­able cli­ma trop­i­cal que te per­mi­tirá bañarte en cualquier época del año, recomen­damos que evites los meses com­pren­di­dos entre Noviem­bre y Mar­zo si no quieres que las llu­vias te estropeen las vaca­ciones.

✈️ Visa­do de tur­is­mo para Tuvalu

📌 Si tienes pas­aporte español (o de la UE):
No nece­si­tas trami­tar visa­do con antelación. Se te otor­ga un per­miso de tur­ista al lle­gar, nor­mal­mente por has­ta 30 días.

Asegúrate de que tu pas­aporte ten­ga al menos 6 meses de validez des­de la fecha de entra­da.

El tramo más cos­toso suele ser el vue­lo has­ta Nadi, en Fiyi. Des­de España, el pre­cio puede oscilar aprox­i­mada­mente entre 1.100 y 1.600 euros ida y vuelta, depen­di­en­do de la tem­po­ra­da, las escalas y la antelación con la que reserves.

Des­de Aus­tralia o Nue­va Zelan­da, en cam­bio, los pre­cios pueden ser bas­tante más bajos, lo que expli­ca por qué muchos vis­i­tantes de Tuvalu proce­den de esa zona del mun­do. Este primer tramo ya condi­ciona el pre­supuesto total.

El sigu­iente gas­to impor­tante es el vue­lo region­al entre Nadi y Funa­fu­ti. Al exi­s­tir muy poca fre­cuen­cia y casi nula com­pe­ten­cia, el pre­cio suele situ­arse entre 400 y 700 euros ida y vuelta. No hay grandes tru­cos para abaratar este tramo. Es una ruta con deman­da lim­i­ta­da y ofer­ta reduci­da.

Y aquí está una de las claves del pre­supuesto: no pagas lujo, pagas escasez.

 


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3 Comments

  1. Se ve muy boni­to y tran­qui­lo! Lo voy a googlear!!

  2. Guau­u­uu

  3. quiero irr!!! ;
    )

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