Travesía africana en Seat 600

Seat 600

Si el con­ti­nente africano, a estas alturas de siglo, cuan­do la gente ha via­ja­do tan­to, sigue sien­do “el gran descono­ci­do”, imag­i­nad lo que suponía en el año 1971 plantearse un reto como este: atrav­es­ar África, comen­zan­do por Mar­rue­cos y aca­ban­do en Sudáfrica, a bor­do de tres Seat 600. O como le conocíamos entonces, los Pelotil­las. Esos coches entrañables que nacieron a finales de los años 50 y que se con­virtieron en el sueño, aho­ra acce­si­ble, de muchas famil­ias humildes: ten­er coche Porque ¿qué famil­ia de entonces no ha tenido un Seat 600 y ha ido con él al pueblo y a las playas valen­cianas? Mi famil­ia, como tan­tas otras, tuvo uno y son muchos los recuer­dos mar­avil­losos que éste nos dejó. Os con­fieso que aho­ra que se ha con­ver­tido en un obje­to de colec­cionista (porque muchos de ellos con­tinúan fun­cio­nan­do), me encan­taría ten­er uno: como soy pequeñi­ta, de tamaño me viene ide­al y se aparca en cualquier parte. Y eso que este pequeña­jo sólo cuen­ta con 29 cabal­los de poten­cia pero suple sus caren­cias con una per­son­al­i­dad a prue­ba de bom­bas.

Volvien­do al pro­tag­o­nista de este artícu­lo, el libro “Trav­es­ía africana en Seat 600”, incidiré que ando siem­pre pen­di­ente de la actu­al­i­dad de la lit­er­atu­ra de via­jes, que tan­tas bue­nas nov­e­las nos brin­da cada año. Esper­a­ba con muchas ganas que Edi­ciones del Vien­to pusiera en cir­cu­lación este libro pues me podía la curiosi­dad: ¿cómo debió ser recor­rer 24.000 kilómet­ros en estos minús­cu­los coches en uno de los para­jes más com­pli­ca­dos del mun­do en lo que a con­duc­ción se refiere? Si hoy en día aún son muchos los país­es africanos que lid­i­an con una penosa cir­cun­stan­cia, la de que la may­or parte de su ter­ri­to­rio no cuente con car­reteras asfal­tadas, hace casi 50 años esto era lo más habit­u­al en el con­ti­nente negro: ni siquiera muchas cap­i­tales sabían lo que era una autovía o una autopista. De hecho, menos de un 25% de las car­reteras que recor­rieron estos intrépi­dos joven­zue­los se encon­tra­ban alquitranadas. Lo más común eran pis­tas de tier­ra. Y en muchos casos ni eso, ya que en el desier­to los caminos desa­parecían comi­dos por el pol­vo y la are­na y prác­ti­ca­mente se debía con­ducir a cie­gas. Como ellos mis­mos comenta­ban, has­ta los astro­nau­tas que fueron a la luna con­ta­ban con may­or apoyo logís­ti­co y esta­ban mejor comu­ni­ca­dos que lo estarían ellos.

Cuan­do Álvaro Cam­pos, mil­i­tar que ya conocía pre­vi­a­mente África por sus misiones allí, y sus cin­co com­pañeros anun­cia­ron a ami­gos y famil­iares lo que pre­tendían hac­er, les tomaron por locos. Lo mis­mo pen­saron de ellos muchas empre­sas a las que quisieron pedir patrocinio. Y has­ta el pro­pio Félix Rodríguez de la Fuente les dijo algo que se les quedaría clava­do de por vida: “es como inten­tar cor­rer el Grand Nation­al con un poni”. Pero cuan­to más pes­imis­tas se ponían los que les rode­a­ban, más ilusión les entra­ba a ellos. Así, la nov­ela aca­ba con una cita de Vir­gilio que resume a la per­fec­ción el opti­mis­mo que eman­a­ba de cada poro de su piel: “Pueden los que creen que pueden”. Y vaya si pudieron.

Travesia Africana Seat 600

En unos tiem­pos en que el uso del GPS era algo impens­able, la úni­ca ayu­da car­tográ­fi­ca con la que con­tarían sería la car­ta Miche­lin y, aún así, muchas zonas africanas eran con­sid­er­adas gigan­tescos agu­jeros negros donde sería un mila­gro ori­en­tarse. A ello debían añadir las lim­ita­ciones que sufrían los 600 de la época, con una autonomía máx­i­ma de 350 kilómet­ros y la pobre sus­pen­sión, que sería la prin­ci­pal cau­sante de que­braderos de cabeza durante toda la ruta: en aque­l­los ter­renos, imag­i­na cómo acabaron aque­l­los pobres amor­tiguadores. Para añadir más emo­ción al asun­to, los coches irían car­ga­dos has­ta los topes del equipo mecáni­co nece­sario para la expe­di­ción, pro­vi­siones y, ante todo, mucho agua. Bidones y bidones. Como veis, la empre­sa era de todo menos fácil.

Mien­tras en la Seat el 90% de los tra­ba­jadores estal­la­ban en car­ca­jadas cuan­do se enter­a­ban de lo que estos seis jóvenes pre­tendían lle­var a cabo, su pres­i­dente, Juan Sánchez-Cortés, creyó des­de el primer momen­to en el proyec­to. A fin de cuen­tas, el Seat 600 era su oji­to dere­cho, su hijo predilec­to, y sería una ocasión idónea para mostrar al mun­do de lo que era capaz este enani­to con alma de gigante. Seat finan­ció la expe­di­ción con 300.000 pese­tas de las de antes y obtu­vieron 100.000 más de la Direc­ción Gen­er­al de Deportes y de la fir­ma de gaseosas La Casera. El Corte Inglés aportó equipo de super­viven­cia, diver­sas empre­sas amor­tiguadores de recam­bio, neumáti­cos de repuesto, botiquines de emer­gen­cia y pelícu­las Super‑8 para fil­mar la aven­tu­ra y has­ta lograron que les insta­laran una emiso­ra de radio para bar­cos. Aque­l­los 600 cubier­tos por las pegati­nas de las empre­sas patroci­nado­ras ya esta­ban lis­tos para el gran via­je, amadri­na­dos por la que era entonces la prince­sa Sofía.

Ten­emos que ten­er en cuen­ta que el grupo no sólo se enfrenta­ba a las difi­cul­tades cli­ma­tológ­i­cas, geográ­fi­cas y cul­tur­ales. Había que sumar a ello las inesta­bles situa­ciones políti­cas que sufrían gran parte de los país­es que atrav­es­arían. En algunos de ellos existían zonas en las que ni siquiera se sabía cuál era la situación: tier­ra de nadie en la que los “señores de la guer­ra” cam­pa­ban a sus anchas y sem­bra­ban el caos abso­lu­to. Ter­renos inhóspi­tos, casi inex­plo­rados, donde si desa­parecías, nadie te ech­a­ba en fal­ta has­ta pasa­dos muchos meses.

Una de las cosas que más me ha gus­ta­do del libro, dejan­do aparte su incal­cu­la­ble val­or lit­er­ario, ha sido el aña­di­do de unas sim­páti­cas viñe­tas que van nar­ran­do en tono humorís­ti­co como des­de el prin­ci­pio estos seis valientes debieron enfrentarse a mil y una difi­cul­tades. El 18 de Mayo de 1971 estos tres Pelotil­las salían des­de Madrid rum­bo a Melil­la, donde comen­zaría el via­je. Mar­rue­cos sería un mero lugar de paso (una pena ya que con lo enam­ora­da que estoy del país, me hubiera encan­ta­do que le hubier­an ded­i­ca­do unas cuan­tas líneas). El Capi, El Profe, El Legia, El Limas, Víc­tor y el Majara ya iban direc­tos a Argelia.

Comen­zar esta larga trav­es­ía por el Sahara, el desier­to más grande del mun­do (que, además, sigue cre­cien­do una media de un 10% cada siglo), era uno de los may­ores retos. Nueve mil­lones de kilómet­ros cuadra­dos dom­i­na­dos por las dunas (las ergs) y las grandes lla­nuras, las hamadas. La acu­mu­lación de pol­vo es tal en el desier­to argeli­no que a menudo la vis­i­bil­i­dad no abar­ca más de 20 met­ros y los pasajeros han de cubrirse bocas y nar­iz para no fal­l­e­cer asfix­i­a­dos. Unamos a esto el peli­gro que sig­nifi­ca el cafard, esa locu­ra que se con­trae en el desier­to provo­ca­da por el calor y la soledad. No son pocos los legionar­ios que des­ti­na­dos en estas remo­tas tier­ras han per­di­do la cabeza y han acaba­do asesinan­do a sus com­pañeros, víc­ti­mas de ines­per­a­dos ataques de ira y vio­len­cia. Nue­stros intrépi­dos pro­tag­o­nistas sufrirán los delirios provo­ca­dos por lo que los france­ses cono­cen como “la locu­ra del desier­to”.

Será tam­bién en Argelia donde por primera vez estable­cerán con­tac­to con los tuaregs, ese pueblo nóma­da cuya seña de iden­ti­dad son los tur­bantes, que depen­di­en­do de su esta­tus social lucen de difer­entes col­ores (azul, bal­an­co o negro). Un pueblo bra­vo y guer­rero que, según cuen­ta la leyen­da, fundó Tin Inah, una prince­sa super­viviente de la extin­gui­da Atlán­ti­da que cabal­ga­ba sobre las dunas a lomos de una camel­la blan­ca.

Tuareg

Cuan­do el sex­te­to lle­ga a Níger, ago­ta­do físi­ca y psi­cológi­ca­mente tras esta durísi­ma primera eta­pa, aún no han asum­i­do que por delante les que­da la que está con­sid­er­a­da la peor pista de África. Los coches se hun­den en la are­na y parece imposi­ble con­tin­uar. No mejo­ra demasi­a­do el panora­ma cuan­do ante ellos aparece el Sahel, la zona de tran­si­ción entre el desier­to del Sahara y la sabana sudane­sa. Los prob­le­mas se agra­van al lle­gar a un pequeño pobla­do, Takukut, y que el jefe del pueblo se les encare de mala man­era. Toca salir deprisa y cor­rien­do para evi­tar un lin­chamien­to. Las mis­mas prisas para salir huyen­do cuan­do un día después una vende­do­ra de fru­ta les acusa de haber­le roba­do, tras un malen­ten­di­do que bien podría haberse evi­ta­do. En Kano, ya en Nige­ria, el grupo se dará de bruces con la cru­el real­i­dad africana. Ante ellos apare­cen unos extraños seres, los niños-araña, pequeños a los que sus padres defor­man rompién­doles bra­zos y pier­nas para que provo­quen com­pasión cuan­do mendi­gan. La moral de los seis se der­rum­ba al ver con sus pro­pios ojos has­ta qué pun­to lle­ga la mal­dad humana.

Nige­ria es uno de los país­es más com­pli­ca­dos del itin­er­ario debido a la epi­demia de cólera que está diez­man­do a la población. A la entra­da de los pobla­dos grandes carte­les mues­tran la ima­gen de un africano a cua­tro patas expul­san­do un líqui­do repug­nante por boca y ano. En un país donde el anal­fa­betismo está tan exten­di­do, una ima­gen vale más que mil pal­abras. A par­tir de aho­ra la dieta se lim­i­tará a agua min­er­al y latas de con­ser­va: nadie quiere cor­rer el ries­go de morir a mitad de trav­es­ía. En Lagos el sec­re­tario de la emba­ja­da españo­la les infor­ma de lo com­pli­ca­da que está la situación en la región de Biafra, que había sufri­do una guer­ra civ­il que dejó tras de sí miles de muer­tos y desplaza­dos a Camerún. Impues­ta la ley mar­cial, se pro­híbe la con­duc­ción en horas noc­tur­nas. En aque­l­la época, no sólo en Biafra sino en toda Nige­ria los fusil­amien­tos eran habit­uales y la gente iba a los esta­dios a ver los ajus­ti­ci­amien­tos como el que el domin­go coge el boca­ta y se va al fút­bol.

Camerún, país de hechiceros y bru­jos (la propia esposa del emba­jador español les con­fir­ma como ella mis­ma sufrió un djam­bé, un mal de ojo, y además pres­en­cian la deten­ción de dos estu­di­antes del Liceo Francés que habían asesina­do un niño y extraí­do su corazón para elab­o­rar un con­juro), les dejará como recuer­do un parabrisas destroza­do por el impacto de una rama en mitad de la sel­va. Es en este país donde debido a la imposi­bil­i­dad de lle­gar a un acuer­do sobre la ruta a seguir, el coche número 3 se sep­a­ra de sus com­pañeros y aho­ra sólo quedan dos Seat 600 en ruta.

Africa

En la Repúbli­ca Cen­troafricana les espera la dic­tadu­ra de Bokas­sa, uno de los peo­res tira­nos que ha vis­to África. Ese que dejó tras de sí miles de asesina­dos (prin­ci­pal­mente miem­bros de etnias que no fuera la suya), que a los pre­sos les arro­ja­ba vivos a las fauces de leones y coco­dri­los en Vil­la Kolon­go y que se jacta­ba de com­er carne humana. Y es que si África ha sufri­do en sus carnes dic­ta­dores bru­tales, con seguri­dad Bokas­sa fue el peor de todos. Un dese­qui­li­bra­do que se aprovechó de las riquezas que gen­er­a­ba el país, una inmen­sa can­tera de dia­mantes, para hundir aún más a la población en la mis­e­ria y la bar­barie.

Atrav­es­a­da la Repúbli­ca Cen­troafricana a duras penas, cruzan­do ríos que parecían insalv­ables, lle­gan a la Repúbli­ca Democráti­ca del Con­go, país del que ya te hablam­os en la reseña que hici­mos del libro “Cosas que no caben en una male­ta” . Aquí los ríos los atraviesan ¡a bor­do de piraguas! Sí, sí, un Seat 600 sobre una bar­ca enclen­cle en mitad de la sel­va africana ha de ser una ima­gen de las que no se olvi­da fácil­mente. La ruta les lle­vará por esas sel­vas, casi impen­e­tra­bles, donde habi­tan los pig­meos, esa tribu cuya pequeña estatu­ra se ha des­cu­bier­to recien­te­mente que tiene una expli­cación genéti­ca: los cuer­pos pequeños nece­si­tan menos ali­men­tos y aguan­tan mejor el calor. La ruta bor­dea el Par­que Virun­ga, ese en el que la doc­to­ra Dian Fos­sey fal­l­e­ció asesina­da por los furtivos, luchan­do por los dere­chos de los gori­las. En el Par­que Alber­to, el más antiguo de África, dis­fru­tarán de un paisaje sin igual com­ple­ta­mente solos, al no recibir este par­que vis­i­tantes debido a las ten­siones políti­cas.

En Ugan­da les espera otro rég­i­men dic­ta­to­r­i­al de esos que hacen son­ro­jarse a los libros de His­to­ria, el de Idi Amin Dada que tan bien retrató la pelícu­la “El últi­mo rey de Esco­cia”. Durante los ocho años que se man­tu­vo en el poder, asesinó a cer­ca de 500.000 per­sonas. El solo hecho de pertenecer a etnias como la acholi y la lan­go, rivales de la del pres­i­dente, ya con­ll­ev­a­ba la pena de muerte. Los cua­tro españoles esta­ban ater­ror­iza­dos ante los que pudiera ocur­rir­les en los 800 kilómet­ros de ruta que tran­scur­rían por tier­ras ugan­desas. Tienen suerte pues ape­nas se cruzan con agentes uni­for­ma­dos: como ellos mis­mos dicen, “tal vez Amin and­a­ba por el norte matan­do gente”.

Kenia es uno de los país­es que más dis­fru­tan del via­je; no obstante, es un autén­ti­co paraí­so para aquel que quiera ver de cer­ca a ani­males sal­va­jes en su habi­tat. Policías cor­rec­tos y bue­nas car­reteras si las com­para­mos con las que quedaron atrás. Con­tac­to con los masai, esa etnia de miem­bros estiliza­dos que viv­en en pobla­dos cir­cu­lares, los boma, y que se car­ac­ter­i­zan por dan­zar saltan­do, pues el que dé un salto más ele­va­do, con­seguirá la mujer más bara­ta (sí, ese tipo de cos­tum­bres siguen per­vivien­do en África, donde una mujer equiv­ale a una dece­na de vacas).

En Tan­za­nia se hal­la uno de los pun­tos clave del via­je, el cráter del  Ngoron­goro, cer­cano a Olduwai, cuna de la Humanidad ya que aquí se des­cubrieron los restos fósiles del primer aus­tralo­p­ithe­cus, el primer eslabón del ser humano. Aunque el acce­so al cráter resul­ta espe­cial­mente penoso, la rec­om­pen­sa jus­ti­fi­ca el esfuer­zo, al ser esta una de las mejores reser­vas nat­u­rales de África. Leones, búfa­los, rinocerontes y ele­fantes ses­tean bajo el calor de la tarde. Más de 25.000 ani­males con­viv­en en este para­je inigual­able.

Ya por fin, Zam­bia, Rhode­sia y Sudáfrica con­sti­tuyen el trámite de una trav­es­ía que ha con­segui­do el apel­a­ti­vo de “épi­ca”. Ape­nas unos pocos soñadores tenían la esper­an­za de que estos cua­tro aven­tureros lograran lo imposi­ble: atrav­es­ar un con­ti­nente entero, el más duro del mun­do, a bor­do de sus locos cachar­ros.

 


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

4 Comments

  1. Menu­da aven­tu­ra! Si me emo­ciona sola­mente el hecho de leer el libro… Estar en aque­l­la aven­tu­ra ten­dría que ser magia y cosquil­las por todo el cuer­po. Gra­cias por pre­sen­tar­lo.

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Fue una aven­tu­ra apa­sio­n­ante. No dejes pasar la ocasión de leer la nov­ela: te va a encan­tar. ¡Un abra­zo!

  3. Genial his­to­ria. Me apun­to el libro para leer­lo.

  4. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Ya me con­tarás!

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo