“Malditos viajes”: la cara oculta de viajar por el mundo

 

Debo recono­cer­lo: vaya hartón de car­ca­jadas que me ha pro­por­ciona­do este libro de Enric Bal­asch. Quizás sea porque, como él, soy una amante acér­ri­ma del humor negro y me ha encan­ta­do el sen­ti­do iróni­co que impreg­na toda su nar­ración. Y es que ante este tipo de incon­ve­nientes via­jeros que Bal­asch nos rela­ta, nada mejor que una dosis extra de pacien­cia y buen humor: hay cosas que, lam­en­ta­ble­mente, es difí­cil cam­biar cuan­do se encuen­tran tan pro­fun­da­mente arraigadas en la men­tal­i­dad pop­u­lar. Por lo tan­to, la solu­ción per­fec­ta ante tal cúmu­lo de despropósi­tos es sen­tarse… ¡y dis­fru­tar del espec­tácu­lo!

Hace unos meses escribí un artícu­lo acer­ca de por qué no nos gusta­ba Fitur y lo poco que nos atraía esta visión com­er­cial e imper­son­al que con­stan­te­mente impo­nen a sus clientes las agen­cias de via­jes. Y este libro, “¡Malditos via­jes!”, me ha traí­do varias veces a la cabeza dicho artícu­lo. En real­i­dad, no es que vaya a realizar una reseña a fon­do de esta nov­ela sino que me ha servi­do como excusa e inspiración para relatar yo tam­bién las anéc­do­tas que todos hemos vivi­do algu­na vez y que, nun­ca mejor dicho, servirían para escribir un libro.

Nos encan­ta via­jar, es nues­tra prin­ci­pal pasión en la vida. Salir tan a menudo de via­je nos supone muchos sac­ri­fi­cios económi­cos a lo largo del año que, sin embar­go, hace­mos con gus­to por una bue­na causa y nos repor­ta tal can­ti­dad de sat­is­fac­ciones que la may­or parte de las veces nos cues­ta enu­mer­ar­las. Sin embar­go ¿sig­nifi­ca esto que via­jar sea siem­pre idíli­co? Obvi­a­mente, no. Como todo en esta vida, cualquier asun­to que se pre­cie cuen­ta con sus pros y sus con­tras. Para nosotros via­jar cuen­ta con tan­tas ven­ta­jas que casi siem­pre se nos olvi­dan los incon­ve­nientes, inten­ta­mos quitar­les impor­tan­cia y dis­fru­tar de todo lo bueno que acar­rea echarse la mochi­la al hom­bro. Pero que intentes igno­rar las desven­ta­jas no sig­nifi­ca que estas no exis­tan. Y eso es lo que ha hecho Enric Bal­asch, recopi­lar todas esas cosas que no nos gus­tan cuan­do via­jamos y reirse de ellas, que es lo más sano.

El autor ini­cia el rela­to de la mejor man­era: real­izan­do una com­par­a­ti­va entre cómo se via­ja­ba antaño y cómo via­jamos aho­ra, En mi caso, han pasa­do más de 25 años des­de la primera vez que cogí un avión y sí, efec­ti­va­mente las cosas han cam­bi­a­do mucho, en algunos casos para bien y en otros para mal. En aquel entonces, ir a un aerop­uer­to era priv­i­le­gio de sólo unos pocos: un via­je entre Madrid y Mal­lor­ca podía supon­er 50.000 pese­tas de las de entonces, lo que implic­a­ba estar ahor­ran­do todo un año para gas­tar­lo en un vue­lo de ape­nas una hora de duración. Bue­na cul­pa de estos pre­cios des­or­bita­dos la tenía el monop­o­lio exis­tente de las aerolíneas para via­jar a algunos des­ti­nos: en muchos casos ni siquiera había un vue­lo diario a cier­tas ciu­dades (cuan­do aho­ra muchas com­pañías real­izan el trayec­to entre la ciu­dad A y la ciu­dad B varias veces al día). ¿Bil­lete elec­tróni­co? Eso eran inven­tos de pelícu­las de cien­cia-fic­ción. Nos entre­ga­ban en papel nue­stro bole­to aéreo y a guardar­lo como oro en paño en casa has­ta el día en que todo ilu­sion­a­dos cogiéramos nues­tra male­ta. Las azafa­tas, un empleo que por aquel entonces era el sueño de todas las niñas, eran la ama­bil­i­dad per­son­ifi­ca­da: hoy en día tienes que pres­en­ciar espec­tácu­los dan­tescos donde azafa­tas sin ape­nas preparación y mucho menos modales se per­miten echar la bron­ca a los pasajeros de muy malas man­eras, hablán­doles como si sufrier­an algún tipo de dis­capaci­dad int­elec­tu­al, para acto segui­do pasearse por el pasil­lo del avión ofre­cién­dote revis­tas del corazón tipo Cuore, relatán­dote las vaca­ciones en Mar­bel­la de Paquir­rín, y casi oblig­án­dote a com­prar alguno de los bole­tos de las rifas que se real­izan a bor­do: muchas veces te parece estar den­tro de aque­l­la míti­ca pelícu­la de Mar­i­ano Ozores, “Los bingueros”. Com­pañías como Ryanair han inten­ta­do lle­var tan a rajat­abla lo de los recortes en los gas­tos que muchas veces estos tam­bién pare­cen recor­tar en bue­na edu­cación. Se siente una muchas veces como en la escuela, esperan­do la regañi­na de la maes­tra si protes­tas porque tu asien­to está roto. Vamos, que parez­ca que los que te hagan el favor sean ellos por gas­tarte el dinero en sus bil­letes aére­os.

Obvi­a­mente, no todas las azafa­tas de las com­pañías low cost son unas ran­cias, no gen­er­al­ice­mos, tam­bién hemos vivi­do gratas expe­ri­en­cias con muchas de ellas y alabamos el empeño que ponen en su tra­ba­jo. Com­pren­demos tam­bién que la acti­tud de cier­tos pasajeros aca­ba con la pacien­cia de cualquiera: el que haya tra­ba­ja­do algu­na vez de cara al públi­co (y aunque afor­tu­nada­mente ya no,yo lo he hecho) sabe que hay que ten­er nervios de acero para no man­dar a cier­tas per­sonas al bar­rio más escon­di­do de Tegu­ci­gal­pa. Lleg­amos entonces a otro de los grandes prob­le­mas con que nos encon­tramos cuan­do pisamos un aerop­uer­to: los pro­pios pasajeros. Con esta novedad de que los bil­letes de avión sal­gan por 20 euros, volar por Europa es algo acce­si­ble para casi cualquiera. Lo que es una ven­ta­ja, claro que sí. Pero tam­bién por ello nos damos con suje­tos que no han vola­do en la vida y que creen que meterse en un avión es lo más pare­ci­do a cuan­do en el cole­gio te llev­a­ban de excur­sión a Aran­juez, can­ciones esco­lares incluí­das. Aunque ten­gan su asien­to asig­na­do, se plan­tan en la cola de la puer­ta de embar­que hora y media antes: me recuer­dan a muchos que en Nochevie­ja se acod­a­ban en la bar­ra des­de primera hora y pedían tres cubatas de golpe, no se fuera a acabar la bar­ra libre. Cuan­do lle­ga la hora de entrar, todo son car­reras y empujones…¡que el avión no se va a ir sin tí,hombre! Aunque me temo que ese ansia por ser el primero responde sobre todo al deseo de coger libre el com­par­ti­men­to supe­ri­or de tu asien­to para guardar el bol­so de via­je. Gra­cias a Enric, he des­cu­bier­to que si el tuyo se encuen­tra ocu­pa­do, tienes dere­cho a pedir a la azafa­ta que te lo vacíen: yo era lo que había pen­sa­do siem­pre pero como estos agonías,que no sólo monop­o­lizan los com­par­ti­men­tos con male­tas sino tam­bién con abri­gos, orde­nadores portátiles, tablets y bol­sas con botel­las de gine­bra, se encar­gan de ocu­par tu com­par­ti­men­to ya que con el suyo no les es sufi­ciente (abri­gos y demás enseres han de lle­varse en el asien­to pero parece que nadie lo cumple), esta­ba acos­tum­bra­da a que mi bol­sa de via­je tuviera que ubi­carse trein­ta filas más para atrás. Pues ya lo sé para el próx­i­mo vue­lo.

Que los aerop­uer­tos no son lo que eran es algo que, res­ig­nada­mente, tam­bién asum­i­mos. Aho­ra los duty free en real­i­dad sir­ven para poco: si com­paras los pre­cios de los artícu­los con las tien­das de fuera, casi siem­pre es sim­i­lar e inclu­so a veces en el aerop­uer­to es aún may­or. Con la excusa de la seguri­dad, que parece que andamos todos un poco para­noicos con el tema (dos horas que tar­damos en pasar el con­trol de Chica­go), aho­ra en muchos aerop­uer­tos te oblig­an a hac­erte un escán­er de cuer­po com­ple­to (aunque no te desvistas,te sacan la “radi­ografía” desnudo), te inspec­cio­nan has­ta el esófa­go, te pasan por las pal­mas de las manos unos papeli­tos que denun­cian si hay restos de explo­sivos y, por últi­mo, la medi­da más chor­ra de todas: no per­mi­tir que entres al embar­que recip­i­entes con más de 100 cen­til­itros de líqui­do (que digo yo que si metes diez botecitos de 90, ya casi tienes un litro entero). Todo esto a sabi­en­das que la may­or parte de los aten­ta­dos se han lle­va­do a cabo con la com­pli­ci­dad de tra­ba­jadores de los aerop­uer­tos y los arte­fac­tos se han cola­do por lugares que poco tienen que ver con los con­troles de entra­da de pasajeros. Entonces ¿para qué tan­ta his­te­ria? Y sobre todo ¿de qué sir­ven estos con­troles ruti­nar­ios si los mis­mos no se lle­van a cabo en auto­bus­es o vagones de metro, que muchas veces tienen más capaci­dad que algunos aviones?

Si el fenó­meno low cost ha lle­ga­do a los aerop­uer­tos, existía des­de mucho antes en el sec­tor hostele­ro. Con­trari­a­mente a lo que mucha gente cree (o al menos esa es mi opinión tras toda una vida via­jan­do) ser mochilero no ha de implicar dormir siem­pre en tugu­rios de mala muerte, com­par­tien­do habitación con descono­ci­dos a los que les hue­len los pies. Al menos yo nun­ca he tenido necesi­dad de com­par­tir habitación con nadie que no conociera por ahor­rarme cua­tro duros sino que, a cam­bio, he bus­ca­do alo­jamien­tos económi­cos con dos necesi­dades bási­cas (limpieza y agua caliente), pese a que las habita­ciones fuer­an total­mente espar­tanas, dato que afec­ta poco si en real­i­dad sólo vas a ducharte y dormir, que es lo que hago casi siem­pre. Además, en lugares con un niv­el de vida bas­tante más bajo que en Europa, vease el caso de Asia, África o Sudaméri­ca, per­fec­ta­mente se pueden encon­trar habita­ciones pri­vadas por unos 20 euros la noche: si por ahor­rarte cua­tro o cin­co euros (que luego te gas­tas en com­prar cualquier sou­venir o tomarte una cerveza) pre­fieres dormir con gente que no cono­ces… tú mis­mo.

Los hábitos de los tur­is­tas pueden lle­gar a ser a veces de lo más car­gantes. Entre ellos, uno de los más cansi­nos es ese que parece obligar­les a lle­varte a su casa y mostrarte, una por una, todas y cada una de las fotos del via­je, gen­eral­mente hiper-reto­cadas por Pho­to­shop, así has­ta lle­gar a las 2.500, que hay que ver la capaci­dad de alma­ce­na­je que tienen las cámaras dig­i­tales de aho­ra. Fotografían todo lo que se les cruce por delante, des­de una papel­era a una taza de café, sus pro­pios pies en el hor­i­zonte (este parece haberse con­ver­tido en un clási­co de las vaca­ciones) o a un señor cruzan­do un semá­foro. Que al buen hom­bre no le cono­cen de nada pero como el señor en cuestión es romano en vez de ori­un­do de Vil­la­cone­jos, le da un pun­ti­to exóti­co y se merece estar en el álbum. Huye de estos pesa­dos como de la peste: gen­eral­mente no te apor­tan ningún conocimien­to cul­tur­al rel­e­vante.

Lleg­amos aho­ra al mal enten­di­do “tur­is­mo de aven­tu­ra”. Aho­ra que está tan de moda lo del run­ning, el spin­ning, el trekking y cualquier activi­dad que acabe en ‑ing (a fin de cuen­tas es el gerun­dio anglosajón, vamos, que el mis­mo deporte sería eat­ing, drink­ing y fuck­ing), hac­erte fotos en el gim­na­sio y col­garte un aparati­to que con­tro­la la de kilómet­ros que cor­res, lleg­amos al más difí­cil todavía: el tur­is­mo para apren­dices de Indi­ana Jones. Lo que aho­ra lla­mamos raft­ing es lo que hacían (y siguen hacien­do en muchos país­es) los leñadores para trans­portar sus tron­cos por las fieras aguas de los ríos; acam­par en el desier­to tiene poco de “aven­tu­ra” si lo haces en una jaima con cocinero pro­pio y retrete portátil. ¿Sig­nifi­ca esto que debamos pri­varnos de estas activi­dades si real­mente nos apetece hac­er­las? Por supuesto que no. Lo equiv­o­ca­do es creerse Lawrence de Ara­bia cuan­do vis­i­tas Petra en un grupo orga­ni­za­do de cin­cuen­ta per­sonas. Como bien expli­ca Enric en el libro, para cier­tas per­sonas subirse en un avión ya supone de por sí una aven­tu­ra sim­i­lar a una expe­di­ción por el Antár­ti­co: no dudan por ello en dis­frazarse de explo­radores de los años 20, con sus botas de media caña, su brúju­la y sus chale­cos con cin­co mil bol­sil­los (curiosa­mente, casi todos vacíos). No suben un machete al avión porque no les dejan, no por fal­ta de ganas. Y en cuan­to lle­gan al país de des­ti­no en cuestión, lo primero que hacen es acer­carse al bazar más próx­i­mo para vestirse como los locales, lease dis­frazarse de keni­a­ta o cam­boy­ano, porque debe resul­tar­les moti­vo de vergüen­za usar sus ropas occi­den­tales en país­es “exóti­cos”: lo mis­mo se creen que un rubio de dos met­ros con una chi­l­a­ba pasa de lo más desapercibido en cualquier kas­bah de Mar­rue­cos, sobre todo cuan­do llevas col­ga­da al cuel­lo una cámara fotográ­fi­ca de nueve kilos de peso.

Enric rela­ta en otro de los pasajes del libro una anéc­do­ta bas­tante gra­ciosa acer­ca de un via­je orga­ni­za­do en el Ama­zonas en el que el guía local, día tras día, hacía a los excur­sion­istas la mis­ma bro­ma para que “sin­tier­an el ries­go en sus carnes”: hac­er­les creer que se habían per­di­do en mitad de la sel­va. Más espon­tanei­dad, imposi­ble. Este tipo de espec­tácu­los prepara­dos son los que den­i­gran aún más a las agen­cias de via­jes. Cuan­do te pierdes de ver­dad, como me ha ocur­ri­do a mí en Tai­lan­dia, en un para­je selváti­co sin cober­tu­ra en el móvil, con media botel­la de agua, rodea­da por el sonido de los rugi­dos de un mon­tón de ani­males, acribil­la­da por los mos­qui­tos y a pun­to de anochecer, creedme: la expe­ri­en­cia es cualquier cosa menos pla­cen­tera y no tiene nada de emo­cio­nante. Sin embar­go, las agen­cias se emper­ran en vender este tipo de via­jes como el no va más de la temeri­dad; en mi opinión, estas “aven­turas fic­ti­cias” poco méri­to tienen si hay un señor detrás cubrién­dote las espal­das. Luego están los descere­bra­dos que creen que la “aven­tu­ra” es tirarse bor­ra­cho des­de el bal­cón de un hotel de Ibiza, lo que comun­mente se conoce como bal­con­ing: como veis, otra modal­i­dad más de estos deportes-gerun­dio. El prob­le­ma no es que se mate él, que así hay más sitio para aparcar, sino que le caiga enci­ma a un pobre transe­unte que no tiene la cul­pa de este tipo de tur­is­mo de majaderos.

Nos vamos aho­ra al “tur­is­mo de guer­ra”: aunque a muchos nos parez­ca increíble, hay gente a la que el dinero le sale por las ore­jas y no ve may­or excen­t­ri­ci­dad que la de con­tratar un via­je (gen­eral­mente carísi­mo, de cer­ca de diez mil euros) para ir a “vivir el ries­go” a una zona de con­flic­to béli­co, ya sea Ucra­nia, Soma­lia o Afgan­istán. Par­tien­do de la base de que la acción en sí ya es una locu­ra y que los occi­den­tales son per­i­tas en dulce para los secuestradores locales (España ha gas­ta­do más de 9 mil­lones de euros en lib­er­ar secuestra­dos y eso sale de las arcas del Estado,no de empre­sas par­tic­u­lares), este tipo de “excur­siones” supo­nen una fal­ta de respeto bru­tal a las per­sonas, cien­tos de miles, que han per­di­do la vida, en el peor de los casos, y sus hog­a­res y sus tra­ba­jos, en los casos menos mal­os. Una guer­ra no es un juego, al con­trario, es una real­i­dad con miles de víc­ti­mas humanas, con niños huér­fanos, mujeres vio­ladas, cam­pos de refu­gia­dos, ciu­dades destru­idas y el miedo con­stante de que caiga un obús en una escuela, un hos­pi­tal o en mitad de tu salón. Hac­er de este tipo de trage­dias un espec­tácu­lo turís­ti­co demues­tra lo mis­er­able que puede lle­gar a ser el ser humano, si es que de humano le que­da algo.

Pero este no es el úni­co “tur­is­mo para inep­tos”. Aho­ra se ha puesto de moda tam­bién vivir penurias así porque sí, sin moti­vo alguno pero de man­era no-gra­tui­ta (porque enci­ma dichos “via­jes al infier­no” cues­tan una pas­ta, el eslo­gan debe ser “¡sea masoca!¡pague ust­ed por sufrir!”). Esta­mos hablan­do de esas “pla­cen­teras expe­ri­en­cias” que, por pon­er unos cuan­tos ejem­p­los, te ofrece la isla de Goli Otok (Croa­cia), donde pagas porque te trat­en como a un pre­so de la Segun­da Guer­ra Mundi­al, pican­do piedra y comien­do men­dru­gos de pan: en real­i­dad, esta es la ver­sión light de las penal­i­dades que sufrían aque­l­los pri­sioneros, que no sabían si al día sigu­iente serían eje­cu­ta­dos y recibían pal­izas con­tínuas. En Non­thaburi (Tai­lan­dia) van más allá todavía y te per­miten com­par­tir habitación con un pre­so (no sé qué pen­sarán de este tipo de tur­is­mo los extran­jeros con­de­na­dos a cade­na per­pet­ua en otras cárce­les tai­lan­desas por trá­fi­co de dro­gas). Y ya en el col­mo de la estu­pid­ez, una empre­sa en Hong Kong ofrece que te encar­ce­len de ver­dad: fir­mas un con­tra­to pre­vio, pasas con un artícu­lo ile­gal por la adu­a­na (gen­eral­mente estu­pe­fa­cientes), te encar­ce­lan, das el sobor­no de turno al policía y ay pobre de tí si este se nie­ga a acep­tar­lo o pierdes el con­tra­to de la agen­cia de via­jes expli­can­do este sin­gu­lar juego macabro porque te jue­gas pasar unos cuan­tos años a la som­bra. Esto no es tur­is­mo extremo: es más bien tur­is­mo para imbé­ciles.

Hay otro capí­tu­lo del libro con el que me he reí­do muchísi­mo, el del tur­is­mo reli­gioso, ahí ten­go que recono­cer que me ha podi­do mi condi­ción atea, que no deja de extrañarse ante la ingenuidad de muchos beat­os, que pagan autén­ti­cas bar­bari­dades por reliquias de plás­ti­co (en Roma podréis ver en los kioskos estampi­tas, rosar­ios y has­ta cal­en­dar­ios pro­tag­on­i­za­dos por curas y mon­aguil­los). En este sen­ti­do, ciu­dades como Jerusalén, Fáti­ma, Lour­des e inclu­so var­ios pueb­los del Camino de San­ti­a­go se lle­van la pal­ma sacán­dole los cuar­tos a los pobres pia­dosos. Hac­er el Camino de San­ti­a­go porque pasa por algu­nas de las pobla­ciones más boni­tas de España me parece una idea sen­sa­cional; hac­er dicha ruta creyén­dose que el apos­tol pasó hace dos mile­nios por estas tier­ras, cuan­do no hay ningu­na prue­ba históri­ca que lo ates­tigüe, es de ser un ilu­so.

Ten­emos ante nosotros otro tipo de tur­is­mo, el sex­u­al, que dice ya bas­tante de la pobreza de la condi­ción humana: de los 800 mil­lones de via­jes que se hacen al año por causas vaca­cionales, 160 mil­lones (casi una cuar­ta parte) están moti­va­dos porque los via­jeros que los lle­van a cabo en su país de orí­gen fol­lan menos que los Rop­per. Triste pero cierto.He cono­ci­do casos de gente que alarde­a­ba sin ningún tipo de pudor el haberse lle­va­do a la cama a una menor en la Repúbli­ca Domini­cana a cam­bio de per­mi­tir a la ado­les­cente subir a la habitación y darse un baño con sales y cham­pú. País­es como Cuba, Cam­boya, Brasil o Tai­lan­dia se han con­ver­tido en los des­ti­nos preferi­dos de los que quieren uti­lizar los ser­vi­cios de pros­ti­tu­tas y pros­ti­tu­tos por muy poco dinero, sin impor­tar­les la situación de penuria que viv­en estos esclavos sex­u­ales. Luego acallan sus con­cien­cias apadri­nan­do un niño en Guatemala por 20 euros al mes. En Tai­lan­dia me resulta­bA habit­u­al encon­trarme avi­sos en las habita­ciones para que denun­cies cualquier com­por­tamien­to sex­u­al que implique a menores, los más per­ju­di­ca­dos en estas redes: no mires hacia otro lado si ves a un jubi­la­do inglés bar­rigón lle­van­do a una niña de la mano.

Otro tur­is­mo que se ha puesto muy de moda en los últi­mos tiem­pos es el tur­is­mo rur­al, es decir, lo mis­mo que hacíamos en nues­tra infan­cia cuan­do nue­stros padres nos envi­a­ban con los abue­los al pueblo y el may­or diver­ti­men­to era entrar al cor­ral a dar­le de com­er a las vacas y ayu­dar al tío Nica­s­io a recoger oli­vas. Ojo, soy la primera que pien­sa que hay casas rurales encan­ta­do­ras y donde nos hemos sen­ti­do impeca­ble­mente trata­dos. Pero tam­bién hay otras muchas que lejos de estar cen­sadas como tales y mucho menos pagar impuestos, se aprovechan de esta locu­ra colec­ti­va por “volver al cam­po”, te cogen una casa heren­cia de los bis­abue­los que está que se cae a cachos y per­di­da en cualquier aldea, se lim­i­tan a acondi­cionarla col­gan­do de las pare­des dos ras­tril­los y una hoz para que parez­can más “autén­ti­cas” (nada de pon­er cale­fac­ción o remod­e­lar los baños) y a cobrarte un riñón por dejarte dormir en una “casa rur­al de pura cepa”. Vaya hoci­co que tienen algunos.

Y lleg­amos al últi­mo capí­tu­lo del libro pero no por ello el menos impor­tante: el de los via­jes orga­ni­za­dos. La pesadil­la más hor­ri­ble de cualquier buen via­jero. Eso de ten­er que ir has­ta al baño con cuarenta per­sonas, cada una de ellas con su palo-self­ie cor­re­spon­di­ente, que no cono­ces abso­lu­ta­mente de nada (muchas de ellas es la primera vez que salen de España y se pasan medio via­je que­ján­dose de todo y el otro medio echan­do de menos las cos­tum­bres españo­las y, por supuesto, com­parán­dolas con el país que vis­i­tan), hac­er caso a un guía que te dice donde com­er (en el restau­rante donde se lle­va comisión), donde com­prar  (en la tien­da donde se lle­va comisión) y donde tomarse una cerveza (gen­eral­mente se va tan apre­ta­do de tiem­po que no suele quedar hue­co para esta últi­ma activi­dad), en mi opinión es una de las peo­res expe­ri­en­cias que se le puede desear a un ser humano. Den­tro de estos via­jes orga­ni­za­dos, tam­bién son alta­mente pop­u­lares los que por un módi­co pre­cio, te meten en un vue­lo char­ter y te plan­tan en un resort todo incluí­do del que el tur­ista de turno gen­eral­mente ni se moles­ta en salir: ¿para qué si aquí ten­go buf­fet libre y bar­ra libre de cocktails?¿A quién le impor­tan los mon­u­men­tos de ahí fuera, rela­cionarse con la población local, com­er en un mer­cadil­lo? Aunque parez­ca increíble, hay gente que hace miles de kilómet­ros para encer­rarse en un hotel y no salir ni a la puer­ta de la calle. Por supuesto, este tipo de tur­ista es el que jamás se com­pro­m­e­terá social­mente con la real­i­dad del país que vis­i­tan porque basi­ca­mente no la ven (y si la vier­an, les daría igual porque volverían a España con su mis­ma men­tal­i­dad retrógra­da, hay mucha gente a la que via­jar a otros lugares les sirve de bien poco, aparte de para enseñar a la vuelta el repor­ta­je fotográ­fi­co a ami­gos y fami­lares). Como diría Iker Jiménez, este tipo de tur­is­tas “están ahí fuera… y son muy inqui­etantes”.


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