“Un verano chino:viaje a un país sin pasado” (Javier Reverte)

 

Si en España hay un autor que es el “escritor via­jero” por exce­len­cia, este es Javier Reverte. Un hom­bre que durante bue­na parte de su vida ejer­ció como peri­odista, tra­ba­jan­do como cor­re­spon­sal en var­ios país­es del mun­do, y que pos­te­ri­or­mente se vol­có en la lit­er­atu­ra de via­jes, acer­cán­donos como nadie a la real­i­dad social de tan­tas naciones remo­tas. Porque lo bueno de los libros de Reverte es que han con­segui­do dar una vuelta de tuer­ca al género: sus andan­zas y pos­te­ri­ores nar­ra­ciones no se lim­i­tan a un mero repa­so de los mon­u­men­tos a vis­i­tar sino que van un paso más allá, aden­trán­dose en los entre­si­jos sociales, reli­giosos y cul­tur­ales de cada país vis­i­ta­do, dejan­do a un lado las sutilezas y ale­ján­dose de lo políti­ca­mente cor­rec­to, ahon­dan­do en los motivos y los por qués que han for­ja­do la idios­in­cra­sia de cada des­ti­no recor­ri­do y, obvi­a­mente, los habi­tantes que allí res­i­den. Reverte es el primero que siente admiración por las vir­tudes de los pueb­los y sus gentes pero tam­poco le tiem­bla el pul­so a la hora de des­gra­nar los defec­tos y caren­cias que muchas sociedades arras­tran, fru­to a veces de sus propias cul­turas, otras tan­tas heren­cia de los país­es col­o­nizadores que las exprim­ieron.

Durante años, he segui­do incans­able la trayec­to­ria de Reverte, esperan­do como agua de Mayo que se pub­licara una nue­va nov­ela suya. Con sus Trilogía de África y Trilogía de Cen­troaméri­ca nos acer­có medi­ante seis libros mar­avil­losos a la his­to­ria pasa­da y real­i­dad pre­sente de país­es masacra­dos por las guer­ras y las desigual­dades sociales, ayudán­donos a com­pren­der el por qué de tan­tas injus­ti­cias en un mun­do en el que en la teoría pero no en la prác­ti­ca todos deberíamos ser iguales. Con­vir­tió a “La aven­tu­ra de via­jar” en uno de los ref­er­entes indis­pens­ables en la lit­er­atu­ra de via­jes en castel­lano, con “El río de la luz” y “En mares sal­va­jes” nos llevó a algunos de los para­jes más inhóspi­tos de nue­stro plan­e­ta (Alas­ka y el Árti­co), con “Col­i­nas que arden, lagos de fuego” regresó a su con­ti­nente favorito, el africano, dedicó pági­nas y pági­nas a Europa con “Un otoño romano”,“Canta Irlan­da” y “Corazón de Ulis­es” (este últi­mo un deli­cioso via­je por las cul­turas mile­nar­ias del Mediter­rá­neo) y navegó por el Ama­zonas y nos describió su odis­ea pos­te­ri­or­mente en “El río de la des­o­lación”. Y tenien­do como ref­er­ente perenne a los grandes ríos, cuyas cuen­cas ha persegui­do incans­able a lo largo de los años, se atreve por fin con la aven­tu­ra que sus lec­tores tan­to demandábamos: la de una primera inclusión lit­er­aria en mi con­ti­nente preferi­do, Asia. La excusa es seguir la estela del río Yang Tse, el cuar­to más largo del mun­do tras el Nilo, el Ama­zonas y el Mis­sis­sip­pi-Mis­souri y cuyas aguas sus­ten­tan a más del 40% de la población chi­na, que se dice pron­to.

Hay algo que me llamó mucho la aten­ción cuan­do acabé la nov­ela: la con­clusión final de Reverte de que si volviera algu­na a vez a Chi­na, su regre­so sólo estaría jus­ti­fi­ca­do para una nue­va visi­ta a Shang­hai. Es curioso porque si algo car­ac­ter­i­za a Reverte, alguien que con 72 años con­tinúa con la mochi­la al hom­bro y ha pasa­do por los des­ti­nos más deplorables, ale­ján­dose total­mente de esa ima­gen total­mente arti­fi­cial del tur­ista al que le gus­ta que se lo den todo hecho, es su capaci­dad camaleóni­ca de adap­tarse a lo que se le pon­ga por delante y gozar de una ampli­tud de miras y una pacien­cia a prue­ba de bom­bas fran­ca­mente admirables. Sin embar­go, Chi­na (al igual que el otro gran gigante asiáti­co, India) es un país con­tra­dic­to­rio para el via­jero occi­den­tal: mien­tras por un lado nos sen­ti­mos irre­sistible­mente atraí­dos por sus tem­p­los, por sus cul­tos mile­nar­ios y por sus paisajes exóti­cos, por el otro nos encon­tramos con una bar­rera cul­tur­al (y sobre todo social) que a veces cues­ta mucho fran­quear. Un país como Chi­na, con casi 1.400 mil­lones de habi­tantes, debería haberse vis­to oblig­a­do pre­cisa­mente por tal super población a una capaci­dad de orga­ni­zación colec­ti­va mucho más efi­caz. Nada más lejos de la real­i­dad. A día de hoy, los chi­nos siguen sin saber lo que sig­nifi­ca el hecho de guardar una cola (el pro­pio gob­ier­no emi­tió octavil­las para con­cien­ciar a la población con moti­vo de las Olimpiadas de Pekín aunque sirvió de poco, son habit­uales los aglom­era­ciones asfixi­antes en taquil­las de esta­ciones de tren y auto­bús y con­sigue un bil­lete quien le eche más cara al asun­to), es tarea imposi­ble erradicar esa sucia cos­tum­bre no sólo de escu­pir sino de hac­er com­peti­ciones para ver quién lan­za más lejos el esputo o la nor­mal­i­dad con que en los uri­nar­ios públi­cos muchos hom­bres se pasean con el pene en la mano has­ta que lle­gan a su des­ti­no. Dice Reverte que no es que en Chi­na sean male­d­u­ca­dos sino que, basi­ca­mente, care­cen de edu­cación o, al menos, de las nor­mas éti­cas que en Occi­dente enten­demos como fun­da­men­tales para una agrad­able con­viven­cia. Si repren­des a un chi­no por no guardar su sitio en una cola, es como cuan­do le recrim­i­nas a un gato su mal com­por­tamien­to: no entiende por qué le regañas porque tam­poco es con­sciente de que lo que haga esté mal. Y si está mal hecho, será en tu país pero no en el suyo. Y el que has de adap­tarte eres tú, no él. Y ahí no les quito la razón.

Javier Reverte, jun­to a su cama­ra­da Pere Boix, recor­rerá el país con la ayu­da de Xiao Yishuang, quien ejercerá de intér­prete y cicerone, y quien tam­bién des­de el primer momen­to les hablará de su condi­ción les­biana y lo com­pli­ca­do que es para las mujeres en sim­i­lar situación vivir en un país como Chi­na, tan ancla­do en sus tradi­ciones, suponien­do la homo­sex­u­al­i­dad un moti­vo de vergüen­za para las famil­ias pese a que en ciu­dades como Pekín (aho­ra Bei­jing) o Shang­hai nos demos con un hor­i­zonte pla­ga­do de ras­ca­cie­los y sien­do estas urbes pun­teras en avances tec­nológi­cos. Pero Chi­na, pese al éxo­do masi­vo de per­sonas del cam­po a las ciu­dades, con­tinúa sien­do un país rur­al, al que le cues­ta despren­der­se de sus pre­juicios de antaño. Nación pro­fun­da­mente nacional­ista (ya no sólo por su pro­pio carác­ter sino por las aber­ra­ciones béli­cas que han sufri­do a lo largo de los sig­los a manos de las poten­cias extran­jeras), la men­tal­i­dad chi­na parece haber cam­bi­a­do poco des­de hace mile­nios. Ese ais­lamien­to del que por vol­un­tad propia dis­fru­tan en el pro­pio país, se extiende como los ten­tácu­los de un pulpo cada vez que emi­gran y fun­dan sus Chi­na­towns en diver­sos lugares del mun­do: la comu­nidad chi­na tiende a no mezclarse con los autóctonos, en muchos casos sólo apren­den las pal­abras bási­cas para sobre­vivir en un país extran­jero y pese a estar a miles de kilómet­ros de su patria sue­len man­ten­er intac­tas sus cos­tum­bres. Por eso se aut­o­fab­ri­can unos bar­rios chi­nos tan autén­ti­cos que difieren poco de los que ten­drían en su país natal.

Uno de los fac­tores que más me ha gus­ta­do del libro es el hecho de que, excep­tuan­do Pekín y Shang­hai (me ha encan­ta­do sobre todo su paso por esta últi­ma, ciu­dad míti­ca de gang­sters, fumaderos de opio y cabarets), el itin­er­ario de Reverte ape­nas pasa por los rin­cones fijos de las rutas turís­ti­cas. De este modo, el autor suele hospedarse en ciu­dades donde ape­nas se ven occi­den­tales. ¿Son por ello más atrac­ti­vas? No. ¿Más autén­ti­cas? Sí. El denom­i­nador común suele ser una polu­ción asesina que ape­nas deja ver la luz del sol. Chi­na es un país que en un breve espa­cio de tiem­po ha vivi­do una rev­olu­ción indus­tri­al tan atroz y tan poco reg­u­lar­iza­da por los pro­to­co­los medioam­bi­en­tales que cada año se cal­cu­la que un mil­lón de per­sonas fal­l­e­cen a causas de los humos tóx­i­cos de las fábri­c­as. Todo sea por el pro­gre­so… y por el enriquec­imien­to de las empre­sas.

Aunque en Chi­na exis­ten los trenes de alta veloci­dad, Reverte y sus com­pañeros deci­den moverse en los viejos trenes chi­nos y además en segun­da clase, lo que les lle­va a sufrir todo tipo de haci­namien­tos.  Tam­bién harán uso de los fer­ries por el Yang Tse, encon­trán­dose uno de los ríos más con­t­a­m­i­na­dos del mun­do, un vert­edero acuáti­co que parece haber per­di­do el esplen­dor de antaño como sac­ri­fi­cio ante la lle­ga­da de las fábri­c­as y que ha acaba­do con su propia fau­na autóc­tona (de la especie del caimán chi­no, por pon­er un ejem­p­lo, sólo sobre­viv­en unas dece­nas de ejem­plares). Se mueven en coches destar­ta­l­a­dos por las sin­u­osas car­reteras chi­nas, que ser­pen­tean entre mon­tañas, para lle­gar has­ta Lijiang, el área donde viv­en los nax­is, etnia de orí­gen tibetano, famosos por su alto niv­el de sui­cidios (al igual que en Japón, la muerte elegi­da se con­sid­era una hon­rosa for­ma de decir adios al mun­do ter­re­nal). Será esta una breve para­da antes de arrib­ar en el míti­co Salto del Tigre, con algunos de los rápi­dos más peli­grosos del mun­do. Lo curioso es que en los alrede­dores se encuen­tra Shangri-La, una ciu­dad fic­ti­cia, al esti­lo de Jau­ja, que sal­ió de la imag­i­nación de James Hilton y su libro “Hor­i­zontes Per­di­dos” y que el gob­ier­no chi­no, vete tú a saber por qué, ubicó en Zhong­di­an, has­ta el pun­to de que cam­biaron el nom­bre de la ciu­dad por Shangri-La, inten­tan­do de este modo atraer el tur­is­mo. Cosas que sólo pueden suced­er en Chi­na.

Tras acced­er a uno de los lugares más cono­ci­dos de la cuen­ca del Yang Tse, las Tres Gar­gan­tas, Reverte se diri­girá al pueblo natal de Mao Tse Tung: este, al igual que Lour­des, Fáti­ma, Guadalupe o los san­tu­ar­ios donde reposan las momias de Stal­in o Ho Chi Minh, se ha con­ver­tido en pun­to de pere­gri­nación para mil­lones de chi­nos, que dde­sean saber cómo era el lugar natal de su líder fal­l­e­ci­do y al que, quier­an o no, han de rendir pleitesía y admiración. Aunque el Mao ante­ri­or a la Rev­olu­ción Cul­tur­al dió mues­tras de ser un líder con ideas pro­gre­sis­tas, cuan­do llegó al poder se le olvi­daron muchos de sus prin­ci­p­ios y encar­celó a todos los que se opusieron a su rég­i­men: su heren­cia aún per­vive y los medios de comu­ni­cación chi­nos son cualquier cosa menos obje­tivos. Alrede­dor de la figu­ra de Mao se ha crea­do un nego­cio de lo más lucra­ti­vo, con mul­ti­tud de ten­deretes ven­di­en­do sou­venirs ref­er­entes al gran líder. Iróni­ca for­ma de vener­ar a un hom­bre que quiso implan­tar el comu­nis­mo y que, pese a que el gob­ier­no actu­al se llame a sí mis­mo comu­nista, es uno de los más cap­i­tal­is­tas del mun­do.

Uno de los episo­dios más tristes de esta nov­ela es el que repasa los inci­dentes de Nanking. Durante décadas, se silen­ció al mun­do una masacre en la que durante sólo siete sem­anas, 350.000 chi­nos fueron asesina­dos a manos de los sol­da­dos japone­ses (en Hiroshi­ma perecieron 140.000 per­sonas, por estable­cer una macabra com­para­ción). Las mili­cias niponas, con­sid­er­adas unas de las más cru­eles del mun­do, se vieron respal­dadas por el emper­ador Hiro­hi­to, quien bajo cuer­da y aunque nun­ca lo recono­ció públi­ca­mente, ani­mó a las tropas a que igno­raran sis­temáti­ca­mente los trata­dos de dere­chos humanos sobre el tra­to a pri­sioneros de guer­ra: nadie debía salir vivo de ningu­na ciu­dad o mísera aldea por donde pasara el ejérci­to japonés. Fue Iris Chang, una peri­odista amer­i­cana hija de chi­nos exil­i­a­dos, quien decidió gas­tar var­ios años de su vida empleán­do­los en desem­polvar una his­to­ria que nadie quería resuci­tar: fue tan­to el dolor y sufrim­ien­to que encon­tró en sus inves­ti­ga­ciones que ella mis­ma acabó sui­cidán­dose de un tiro en la boca, inca­paz de asim­i­lar el sadis­mo que puede alcan­zar el ser humano. Actual­mente, en Nanking per­vive un museo que mues­tra los hor­rores de la guer­ra: fotografías de las calles llenas de cadáveres, niños atrav­es­a­dos con bay­o­ne­tas, mujeres vio­ladas por gru­pos de quince o veinte sol­da­dos, ríos teñi­dos de rojo por la muerte de tan­tos y tan­tos civiles. Nanking es el Auschwitz chi­no, aunque has­ta aho­ra nadie se haya pre­ocu­pa­do de pedir perdón ni de com­pen­sar a los herederos de aque­l­las 350.000 víc­ti­mas inocentes.


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