Literatura de viajes: “Sobre el caballito de madera”

 

Otro intere­san­tísi­mo libro de via­jes el que nos hacía lle­gar hace unas sem­anas la edi­to­r­i­al castel­lonense Ona­da. En esta ocasión, la auto­ra es la peri­odista costar­ri­cense Andrea Aguilar-Calderón, quien nos lle­va de via­je por la vie­ja Europa. Tras vivir un tiem­po en un pueblo per­di­do de Esta­dos Unidos, donde se dio cuen­ta que mal­gasta­ba su vida como tele­op­er­ado­ra en una com­pañía de apues­tas tele­fóni­cas, decidió embar­carse en una trav­es­ía por el viejo con­ti­nente con la excusa de la búsque­da de las raíces del dadaís­mo. Dicho movimien­to nació en Suiza a prin­ci­p­ios del siglo XX de mano de autores como Hugo Ball o Tris­tan Tzara, incon­formis­tas de su época que pre­tendían romper con todas las reglas tradi­cionales acer­ca de arte o lit­er­atu­ra. La excusa per­fec­ta para coger la mochi­la y pre­sen­tarse en Suiza, tras una breve para­da pre­via en la madre patria, España, que Andrea tocaría de pasa­da en Valen­cia y Ali­cante.

Con el dinero jus­to en los bol­sil­los y las ideas aún poco definidas, sin embar­go la escrito­ra sí tiene algo muy claro: su pre­supuesto es ajus­ta­do y la mejor for­ma de evi­tar gas­tos innece­sar­ios en alo­jamien­to tiene un nom­bre y este es couch­surf­ing. Para los que aún desconozcáis este hábito (algo raro ya que en los últi­mos años ha incre­men­ta­do notable­mente su pop­u­lar­i­dad entre los via­jeros de pocos recur­sos), el couch­surf­ing per­mite pon­er en con­tac­to a gente de todo el mun­do que no se conoce. Los anfitri­ones, de un modo total­mente altru­ista, ofre­cen su hog­ar a otros via­jeros, a veces un sofá, con más suerte una cama, las veces menos afor­tu­nadas el sue­lo para que ech­es tu saco de dormir, sin cobrarte nada a cam­bio e inclu­so en oca­siones ofre­cién­dose tam­bién como guías locales. Estos buenos samar­i­tanos serán los que irán dan­do cobi­jo a Andrea durante su via­je europeo, que para más inri se ini­cia en una de las ciu­dades más caras del mun­do, Zurich. La auto­ra, nada más pis­ar el país, se encuen­tra escan­dal­iza­da ante los pre­cios que pueden obser­varse en los escaparates: ¡todo es tan despro­por­ciona­do respec­to a su país de orí­gen, Cos­ta Rica! Por cier­to, que muy curiosa la for­ma de expre­sarse de esta “tica” de pura cepa, que con­tin­u­a­mente ha de irnos tra­ducien­do muchas de las expre­siones costar­ri­cens­es que se van colan­do entre las pági­nas.

Asus­ta­da por el altísi­mo niv­el de vida de Zurich, Andrea se escapará a los Alpes suizos para hac­er senderis­mo y cumplir un sueño de infan­cia. Pasan­do fugaz­mente por el dimin­u­to Liecht­en­stein, sus sigu­ientes paradas la con­ducirán a Inns­bruck en Aus­tria (otra mar­avil­la alpina), la bel­lísi­ma Budapest y los cam­pos de exter­minio pola­cos para de allí encam­i­narse a esa Europa del Este que aún sigue sien­do una descono­ci­da para muchos via­jeros. Las huel­las de la guer­ra aún pre­sentes en Ser­bia y Bosnia, su paso por la Tran­sil­va­nia rumana en bus­ca de las huel­las de Drácu­la (he de recono­cer que con este capí­tu­lo me reí muchísi­mo recor­dan­do nue­stro pro­pio via­je hace unos años), breves incur­siones por Bul­gar­ia, Alba­nia, Koso­vo y Mace­do­nia, para acabar en Italia este curioso perip­lo lleno de anéc­do­tas, nar­ra­do de un modo fres­co, espon­tá­neo y real­mente diver­tido. Un libro indis­pens­able para echar en la male­ta la próx­i­ma vez que cojas un avión.


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