Una novela para descubrir el Congo

Hace tres meses, publicábamos en nuestro blog un artículo acerca del libro “Los blancos estáis locos”, que relataba las vivencias de un diplomático español en Guinea Ecuatorial, antigua colonia de nuestro país. Y en esta ocasión nos topamos con un libro similar, en el que el diplomático Enrique Criado nos cuenta sus vivencias durante tres años en el Congo, pero donde por otro lado nos encontramos con diferencias abismales, ya que dos países que curiosamente se hallan bastante cerca geográficamente hablando, a nivel cultural han desarrollado identidades propias. Pero si hay algo que ambos conservan en común es la poca información en general que el español medio tiene de ellos. Porque a más de uno, si le hablan del Congo, no sabrá ni cuál es su capital (lo que, creedme, es bastante preocupante) y las únicas referencias que podrá poner como ejemplo es que es un país donde el conflicto bélico es el pan nuestro de cada día y los gorilas viven en las montañas (este último dato gracias a la popularidad de la película “Gorilas en la niebla”). Por ello, os animo a la lectura de “Cosas que no caben en una maleta”, pues no es sólo un libro francamente entretenido sino que además cumple impecablemente su función de acercarnos a un país que ha sufrido como pocos y que está profundamente necesitado de la solidaridad internacional para poner algo de orden, lo que no siempre se consigue pese a la presencia de cascos azules y enviados de la ONU.

Lo primero que tenemos que aclarar es que del país que hablamos en esta ocasión es de la República Democrática del Congo. Porque justo al lado tenemos otro país mucho más pequeño, la República del Congo (cuatro millones de habitantes frente a los ochenta y dos millones de la RDC) y que, curiosamente, son los dos países del mundo cuyas capitales se encuentran a menos distancia: a Kinshasa y Brazzaville apenas las separan diez kilómetros. Entre ellas, el poderoso río Congo, el más caudaloso de nuestro planeta después del Amazonas. Cada día, miles de personas van de una orilla a otra, intercambiando productos que en el país de enfrente son mucho más caros. Y como quien hizo la ley, hizo la trampa, son muchos los poliomelíticos (la polio es una enfermedad aún no erradicada en la región) que cargan sus sillas de ruedas con todo tipo de enseres mientras los policías de ambos bandos hacen la vista gorda. Cada uno se busca la vida como buenamente puede.

La RDC, después de Argelia, es el país más grande de África. Pero además es una nación riquísima en lo que a materias primas se refiere, comenzando por el coltán (un material imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles) y continuando con el cobalto, el cobre y los codiciadísimos diamantes, lo que ha provocado que todo quisqui, lease naciones vecinas, grupos rebeldes y empresas extranjeras sin escrúpulos, quieran su parte del pastel. Unido ello a que desgraciadamente el Congo sufre uno de los gobiernos más corruptos del mundo y que gracias a las comisiones ilegales se encarece considerablemente cualquier tipo de negocio que se quiera llevar a la práctica en el país, ya tenemos el escenario perfecto para que al final los grandes perjudicados sean los civiles. Como si la pobre población no hubiera quedado suficientemente escarmentada tras dos siglos de colonización belga (una de las más represivas y sangrientas que se han desarrollado en África) y la posterior dictadura de Mobutu, que dejó tras de sí miles de muertos y un país absolutamente expoliado.

Hablando de Mobutu, uno de los lugares más curiosos que se pueden visitar en el país es Nsele, la antigua residencia del dictador.  Recorrer este recinto nos ayudará a comprender lo que durante esta funesta etapa política supuso para el país la imposición de la zainirización, una revolución cultural en la que se pretendía recuperar los valores africanos. Por ello, el río Congo volvió a llamarse río Zaire (que es como se conocía al país antiguamente) y la capital dejó de llamarse Leopoldville, que a fin de cuentas era un homenaje al rey Leopoldo II de Bélgica. En Nsele aún se mantienen en pie las dos residencias de descanso de Mobutu, una de ellas realmente estrafalaria, con una pagoda china, canales con peces y decorada con colores a cual más chillón. Ya sabemos lo que les gusta a los dictadores africanos eso de hacerse notar. Lo más curioso del tema es que a raíz de la caída del mobutismo,  en 1991 y 1993 hubo una oleada de saqueos (provocados por el propio Mobutu, quien ante las quejas de los militares porque se les pagaba tarde y mal, les contestó que teniendo armas, idearan maneras de enriquecerse) y estos saqueos no sólo se cebaron con millones de casas de civiles sino también con el propio Nsele. Y aunque el recinto hoy en día se encuentra semiabandonado y el gobierno se ha desentendido de su mantenimiento (el propio Enrique Criado ha de visitarlo con un guía espontáneo), es interesante hacer un repaso por su historia, aún presente en muchas de las estancias, donde aún pueden leerse pintadas que dicen “habitación ocupada por”: Nsele pasó de ser la residencia más lujosa del país a convertirse en el paraíso de los okupas. En nuestra opinión, el gobierno debería preocuparse de apoyar el potencial turístico de un lugar que ha marcado como pocos la historia de la República Democrática del Congo y que debiera ser visita obligada para los colegiales del país.

La sociedad congoleña tiene unas reglas de identidad muy marcadas que comienzan, por poner un ejemplo, con las distintas indumentarias que uno puede encontrarse dando un paseo por las calles de Kinsasha, desde el abacost (un traje de chaqueta larga y cuello mao que Mobutu popularizó entre la población en un intento de ridiculizar el traje de corbata que utilizaba el mundele, que es como se conoce en el Congo al hombre blanco) a esa multitud de personajes que van vestidos en plan dandy, con bastón incluido, y que simbolizan la filosofía del “quiero y no puedo”: se les conoce como sapeurs. Pero además, a los locales, como a tantos africanos y quizás debido al calor, les encanta el ocio al aire libre, por lo que las terrazas a ritmo de rumba congoleña son una parte más del paisaje urbano: son las ngandas, una mezcla de terraza-pub-restaurante de exterior. Allí además se hinchan a cerveza local (la Bralima es la empresa más importante del Congo después de las mineras) y a gastronomía del Congo, en la que destacan las brochetas, las samosas, la cabra a la brasa, el pescado envuelto en hoja de plátano y, sobre todo, la yuca. Y si mientras se come y se bebe se retransmite un partido de fútbol de la liga española, mejor que mejor. El congoleño te recita las alineaciones de los equipos más importantes con los ojos cerrados.

Quizás la región más conocida del Congo más allá de sus fronteras es Kivu, que linda con Uganda, Ruanda y Burundi. Es aquí donde entre volcanes y tupida selva, en el Parque Nacional Kahuzi Biega y en el de Virunga, viven los últimos gorilas de montaña de nuestro planeta. Normalmente los extranjeros prefieren visitar Virunga por el lado de Ruanda, menos azotado por la violencia y los guerrilleros: una excursión que permitirá ver a los gorilas desde la distancia durante una hora puede ascender a los cuatrocientos dólares. Aún así, en el Congo, gracias a la cooperación internacional, se intenta proteger a estos primates tan amenazados por las intrusiones de cazadores furtivos. Dian Fossey, la famosa primatóloga a la que dio vida Sigourney Weaver en la película “Gorilas en la niebla”, consiguió gracias a su esfuerzo que las autoridades competentes se comprometieran a velar por la seguridad de estos simios a los que cazadores indeseables secuestran para vender a zoológicos o millonarios excéntricos. Su heroica lucha la llevó a morir brutalmente asesinada en su cabaña, se sospecha que a manos de esos cazadores.

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Otra de las partes más interesantes del libro es la que explora los complejos entresijos que en el Congo entrelazan los caminos de religión, conjuros y animismo. En el país es muy habitual lo que se conoce como grigri, una especie de encantamiento, o los asesinatos por envenenamiento.  Los grigris son llevados a cabo por feticheurs (hechiceros) que, previo pago, se hacen cargo de estos supuestos conjuros contra ex amantes, enemigos o personas que te quieran mal, añadiendo a los que vienen con problemas de impotencia o buscan suerte en el amor o el juego: los congoleños creen en ellos a pies juntillas. Este tipo de ritos conviven con la mayor naturalidad con la religión católica y con el kimbanguismo, un fenómeno religioso que instauró el presunto profeta Simon Kimbangu a principios del siglo XX y que cuenta con miles de adeptos. Reconocido el kimbanguismo como culto oficial desde 1958, a muchos congoleños les sorprende la rigidez moral con que los seguidores acatan férreas normas que prohíben el tabaco, el alcohol o vestir con ropa provocativa.

Tras ahondar con profundidad en la convulsa situación política que ha zarandeado al Congo en el pasado siglo, un complejo rompecabezas al que a veces cuesta seguir el ritmo por la cantidad de personajes implicados (aún así, muy recomendable esta parte del libro para entender cómo el país ha llegado a su situación actual), Enrique Criado nos relata las difíciles situaciones a las que hubo de enfrentarse durante sus tres años en el país, entre ellas el secuestro de un médico español por parte de los guerrilleros que le obligó a desplazarse a Mbandaka, donde se produjo el incidente y que, por fortuna, tuvo un final feliz (lo que no suele ser habitual en estos casos). Otro momento bastante complicado fue cuando la embajada española hubo de desmentir el patético montaje que el gobierno de Kabila intentó colar a la prensa local, anunciando que un dirigente del partido había muerto asesinado en Barcelona a mano de los combattants, congoleños que en el extranjero y opuestos al régimen se dedican a hostigar a políticos que viajan a Europa. Todo fue un burdo engaño con intención de recaudar votos para las elecciones generales que estaban a punto de celebrarse.

Criado describe de un modo fidedigno pero al mismo tiempo verdaderamente ameno situaciones inverosímiles en un país más inverosímil todavía (¿familiares que han de esperar tras un entierro a que se seque el cemento para que no roben el ataúd?¿DJs a los que si pagas incluyen tu nombre en sus canciones para elevar tu estatus social?¿policías que patrullan agarrados de la mano?). Aunque os aseguro que si hubo una anécdota que me dejó con los ojos como platos y que describe fielmente el mundo tan peculiar que es la República Democrática del Congo es la de ese avión que se estrelló al agruparse todos los pasajeros junto a la cabina, aterrorizados porque el cocodrilo que había pasado de incógnito en una bolsa uno de ellos se había escapado y amenazaba con arrancar a alguno el brazo de un mordisco. Ver para creer.

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mirapordónde dice:

    Madre mía, había oído hablar de los sapeurs… La verdad es que, al leer este artículo, uno se da cuenta de que es imposible imaginarse el revuelto cultural y étnico existente en esos países.
    Leer sobre el Congo a mí, que nunca he salido de Occidente, me hace pensar en lugares tan lejanos que me suenan a otro planeta. Por eso me encanta leer estos artículos: me hacen viajar con la mente a sitios que sin sus líneas sería incapaz de imaginar.
    Por cierto, para incapaces nuestros gobiernos que nunca dejan de dar la espalda a África… Parece que le han cogido gustillo y todo.
    Un saludo, Maribel!

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    1. Gracias por tu comentario! Me encanta que te haya gustado el artículo: el libro es súper interesante, te lo recomiendo, es una buena forma de acercarnos a la realidad de un país del que apenas se habla en ningún lado… ¡Un abrazo!

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