“Abuelita mochilera” (Kandy García Santos)

 

Hay libros que resul­tan extremada­mente espe­ciales, no por la cal­i­dad lit­er­aria que ofrez­can sino por la tremen­da ilusión con la que han sido crea­d­os. Este es uno de ellos. Una nov­ela que lle­ga de la mano de una escrito­ra abso­lu­ta­mente ama­teur. Tan ama­teur que son con­tínuas las inco­heren­cias gra­mat­i­cales, las más bási­cas nor­mas de pun­tuación e inclu­so has­ta ten­emos un buen puña­do de fal­tas de ortografía, espe­cial­mente en los nom­bres de muchos lugares vis­i­ta­dos. Con­fieso que puede hac­er chirri­ar algo los dientes cuan­do te lan­zas a las primeras pági­nas. Pero te ase­guro tam­bién que la sen­sación ensegui­da se pasa al darte cuen­ta de lo entrañable que es este libro autop­ub­li­ca­do, tal era la ilusión de Kandy Gar­cía San­tos por ver­lo en las libr­erías y que la gente supiera de las aven­turas de esta Super Abuela (sí, os ase­guro que he recor­da­do muy a menudo esa serie tan míti­ca de mi infan­cia mien­tras leía “Abueli­ta Mochilera”). Esta abo­ga­da se vió con 64 años jubi­la­da y en vez de dedi­carse a plan­tar geran­ios, decidió que aho­ra que tenía todo el tiem­po del mun­do ¿por qué no usar­lo en recor­rer el plan­e­ta aho­ra que las fuerzas todavía se lo per­mitían? Su primer plan fue, durante un año, dar una vuelta al mun­do. Después ya se vería. Al final le acabó gus­tan­do tan­to que 16 años después, ya octo­ge­nar­ia, sigue con su mochi­la al hom­bro sin parar de via­jar. Eso sí que es saber gas­tar los últi­mos años de tu vida en algo pro­duc­ti­vo, didác­ti­co y, sobre todo, grat­i­f­i­cante. Supon­go que a esas edades se viv­en los via­jes con mucha más inten­si­dad.

El libro está con­ce­bido de una for­ma tan sur­re­al­ista que pese a que la auto­ra tenía en un prin­ci­pio la inten­ción de relatar en su nov­ela esta primera vuelta al mun­do, en la prác­ti­ca se quedó con­tan­do con todo lujo de detalles su perip­lo por Sudaméri­ca, resum­ió de man­era rapidísi­ma su paso por Esta­dos Unidos, Aus­tralia y Nue­va Zelan­da… y de repente, cuan­do la sigu­iente eta­pa la lle­varía a Asia, reconoce que se ha cansa­do de escribir y que has­ta aquí hemos lle­ga­do; si la apetece en el futuro, escribirá una segun­da nov­ela. Y si no, tam­poco pasa nada. Reconoz­co que como lec­to­ra me quedé un poco des­colo­ca­da al toparme con tan atípi­co desen­lace pero no pude evi­tar son­reir al per­catarme que, de nue­vo, volvía a emerg­er ese espíritu que con mucha razón argu­men­ta “soy una jubi­la­da, mi libro me lo pago yo,no ten­go obligación ningu­na de estu­di­ar Téc­ni­cas Lit­er­arias y este libro está escrito más para mí que para nadie, asi que lo escri­bo como me apetez­ca”. Y claro, ante esos razon­amien­tos, poco que dis­cu­tir. En real­i­dad, si no hubiera ter­mi­na­do de un modo tan acorde al resto de la nar­ración has­ta me habría sen­ti­do un poquito defrau­da­da…

El títu­lo de “Abueli­ta Mochilera” es total­mente fiel a la real­i­dad. Y es que nues­tra entrañable Kandy ejerce de mochilera con todas las de la ley, dur­mien­do en los hostales más baratos, com­par­tien­do habitación con descono­ci­dos, acep­tan­do alo­jarse en domi­cil­ios par­tic­u­lares cuan­do lle­ga a pueblecitos donde ni siquiera exis­ten pen­siones y hacién­dose kilómet­ros y kilómet­ros en auto­bus­es del Pleis­to­ceno. Todo ello ante la admiración de los que va cono­cien­do durante su via­je, sor­pren­di­dos de que una seño­ra tan may­or con­serve tan­ta energía y se adapte a las cir­cun­stan­cias de la man­era en que ella lo hace (poca higiene, cli­ma adver­so, via­jes en autostop, rutas peli­grosas…) Cualquier otro en su situación, y con muchos años menos, se hubiera vuel­to a casa tras pasar por situa­ciones en Sudaméri­ca ver­dadera­mente ater­rado­ras como un inten­to de secue­stro en un bus en Colom­bia a pun­ta de pis­to­la o acabar jun­to a dos ingle­si­tas y un suizo en una choza de un psicó­pa­ta arma­do que les obligó a encer­rarse en una habitación durante toda una noche. Sin embar­go, la abueli­ta-todoter­reno parece acep­tar estos sins­a­bores con la may­or de las tem­plan­zas y los con­sid­era como un empu­jón más para seguir en el camino: ¿que pierde la VISA y se que­da sin dinero? Pues a echar las car­tas del tarot a los transe­untes y costearse de este modo la pen­sión y la comi­da. Admirable lo de esta mujer.

Como he comen­ta­do antes, aunque en teoría el libro nar­rara su vuelta al mun­do (me encan­taría que se ani­mara a escribir una segun­da parte), el rela­to se cen­tra prin­ci­pal­mente en su via­je por Sudaméri­ca, que comien­za en Argenti­na y ter­mi­na en Méx­i­co. Par­tien­do des­de Buenos Aires, Kandy Gar­cía San­tos recor­rerá la Patag­o­nia, tan­to la argenti­na como la chile­na, donde ella mis­ma deberá con­vencer a otras jubi­ladas con las que coin­cide de que nave­g­ar jun­to al glaciar Per­i­to Moreno es una de las mejores expe­ri­en­cias que ha vivi­do nun­ca. En el Salar de Uyu­ni, en Bolivia, sorteará como bue­na­mente puede sus prob­le­mas de hue­sos a cam­bio de obten­er como rec­om­pen­sa poder dormir en un hotel úni­co en el mun­do, fab­ri­ca­do por com­ple­to con sal, recor­rerá mer­ca­dos de bru­jos en La Paz  y nave­g­ará en el míti­co Lago Tit­i­ca­ca, ese donde los col­o­nizadores españoles creían que se escondía los tesoros incal­cu­la­bles de los incas. En Perú, debido al mal de altura, mas­ti­cará hojas de coca para poder cono­cer algu­nas de las grandes joyas del país como Cuz­co o Machu Pic­chu; lle­gará a tier­ras colom­bianas, aca­so el tramo más com­pli­ca­do de su via­je, donde vis­i­tará Bogotá y Zipaquirá, con su impac­tante cat­e­dral sali­na, e ini­cia­rá su trayec­to por Cen­troaméri­ca en Cos­ta Rica (¡qué pena que el capí­tu­lo ded­i­ca­do a este país sólo ocupe cua­tro pági­nas!). En Nicaragua visi­ta a una mon­ja ami­ga que le acer­cará a la triste real­i­dad de los más nece­si­ta­dos, colab­o­ran­do con las mision­eras en sus tra­ba­jos diar­ios, se decep­cionará en Hon­duras con la caóti­ca Tegu­ci­gal­pa pero a cam­bio vivirá momen­tos inolvid­ables en las ruinas de Copán (prob­a­ble­mente el reduc­to arque­ológi­co maya más impor­tante del mun­do). En Guatemala se cen­trará, pese a vis­i­tar pre­ciosas ciu­dades como Antigua, en pueb­los minús­cu­los per­di­dos en mitad de la sel­va, donde com­bi­na­rá unos días de des­can­so y relax con la visi­ta a Tikal, otro de los yacimien­tos mayas impre­scindibles en este área, para acabar en Méx­i­co, donde podrá cono­cer en Chi­a­pas de primera mano las reivin­di­ca­ciones de los indí­ge­nas y la devo­ción que se pal­pa en las calles al may­or rev­olu­cionario mex­i­cano de los últi­mos años: el sub­co­man­dante Mar­cos.

Si por algo me ha deja­do este libro tan buen sabor de boca es porque mien­tras gente muchísi­mo más joven que ella se ami­lana y no se atreve a via­jar por el mun­do por miedos que en muchos casos no tienen razón de ser, esta mujer, con enfer­medades y achaques tan pro­pios de su edad, se crece ante la adver­si­dad y a día de hoy, con los 80 años cumpli­dos, lle­va casi 70 país­es recor­ri­dos a sus espal­das. Es la prue­ba viviente de que la edad no es excusa ningu­na para quedarse en casa llorique­an­do si físi­ca­mente el cuer­po te per­mite seguir en ruta; además, al rela­cionarse con gente a la que saca 30 o 40 años, Kandy Gar­cía San­tos se siente revivir e inclu­so en muchos casos, es ella mis­ma la que debe arreglar los entuer­tos de sus jóvenes acom­pañantes. Todo un ejem­p­lo a seguir el de esta mujer, a quien no echó para atrás la llu­via tor­ren­cial, las horas de espera en decrépi­tas esta­ciones de auto­bus­es, las tarán­tu­las cor­rien­do por los sue­los de su cuar­to y las mil y una tra­bas que se encon­tró en el camino, quedán­dose con lo bueno, la moti­vación que supone cono­cer a gente que vive en la mis­e­ria más abso­lu­ta y que, aún así, te ofrece lo poco que tiene, cono­cer a otros via­jeros, dis­fru­tar de mar­avil­las arqui­tec­tóni­cas que la gente de su gen­eración sólo llegó a cono­cer a través de las pági­nas de los libros y, sobre todo, demostrar que nun­ca se es demasi­a­do viejo para echarse el petate al hom­bro.


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