Mil motivos para enamorarse de Lisboa

En el blog ten­emos ya ded­i­ca­da una exten­sa entra­da a Lis­boa, via­je a Lis­boa, Sin­tra, Cas­cais y Esto­ril , una de las cap­i­tales más intere­santes de Europa. Pero como es una ciu­dad a la que hemos via­ja­do muchas veces y con­stan­te­mente se está rein­ven­tan­do, hemos deci­di­do aprovechar nue­stro últi­mo via­je allí hace un par de meses para escribir otro artícu­lo que nos aden­tre en las fasci­nantes calles lis­boetas. Así podrás com­pag­i­narlo con la amplia guía que ya teníamos pub­li­ca­da y dis­fru­tarás con más inten­si­dad de una ciu­dad mar­avil­losa, incom­pa­ra­ble, autén­ti­ca, que pese a lo mucho que se ha mod­ern­iza­do en los últi­mos años, ha sabido con­ser­var intac­tas sus tradi­ciones mile­nar­ias. Porque Lis­boa con­tinúa enam­oran­do al via­jero cada vez que este, una vez más, se empeña en des­cubrir­la.

Antes de comen­zar a des­gra­nar, de nue­vo, Lis­boa, ten­go que hac­er un apunte de algo que me ha sor­pren­di­do bas­tante en este últi­mo via­je: lo mucho (muchísi­mo) que ha subido el pre­cio del alo­jamien­to para el tur­ista. En gen­er­al, Por­tu­gal sigue sien­do un país bas­tante más bara­to que España a la hora de bus­car hotel en cualquier otra parte del país y sobre todo en pobla­ciones pequeñas, no es raro encon­trar habita­ciones dobles en hote­les bas­tante decentes por 25–30 euros la noche. Sin embar­go, en los últi­mos tres años el pre­cio del alquil­er ha subido un 35% en la cap­i­tal, lo que obliga a las famil­ias lis­boetas a hac­er mal­abaris­mos económi­cos para lle­gar a fin de mes con la nev­era llena.

Des­de que en 1994 Lis­boa fuera Cap­i­tal Euro­pea de la Cul­tura, dis­tin­tos even­tos como la Exposi­ción Uni­ver­sal o la Euro­co­pa de fút­bol la han con­ver­tido en uno de los des­ti­nos turís­ti­cos más desea­d­os del Viejo Con­ti­nente. Le añadi­mos a ello sus bajos pre­cios para com­er, beber y salir de fies­ta, la hos­pi­tal­i­dad des­bor­dante de los por­tugue­ses, sus incon­ta­bles atrac­tivos históri­cos, el buen cli­ma, una fab­u­losa gas­tronomía y el bajón turís­ti­co que han sufri­do otros país­es cer­canos como Túnez o Egip­to debido al ter­ror­is­mo y ya ten­emos el cock­tail per­fec­to para que Lis­boa pase a con­ver­tirse en el des­ti­no de moda. ¿Con­clusión? Que los dueños de hote­les y pen­siones saben que en muchas oca­siones la deman­da supera a la ofer­ta (aún más des­de que vue­los de bajo coste conectan la ciu­dad con dece­nas de urbes euro­peas) y los pre­cios se dis­paran. En ple­na Sem­ana San­ta, el pre­cio medio de un hotel de dos estrel­las (y en Por­tu­gal dos estrel­las son más bien una) rond­a­ba los 80 euros la noche. Lejos qued­a­ba esa Lis­boa baratísi­ma que tan­to miti­fi­camos en el pasa­do. La solu­ción, ya que íbamos dos pare­jas, fue bus­car alo­jamien­to en Airbnb: encon­tramos un piso grandísi­mo, super moder­ni­to y con dos cuar­tos de baño por 100 euros la noche los cua­tro y en una zona fan­tás­ti­ca, a dos min­u­tos andan­do del Pan­teón Nacional y diez del pre­cioso bar­rio de Alfama.

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Gastronomía portuguesa: manjar de dioses

Afor­tu­nada­mente, el con­tra­pun­to lo encon­tramos a niv­el gas­tronómi­co ya que en Lis­boa, por suerte, aún se puede com­er muy, muy bien a un módi­co pre­cio. El tru­co es ale­jarse de los pun­tos más turís­ti­cos y perder­se por los calle­jones, bus­can­do esas mod­estas tas­cas en las que comen los locales, secre­tos escon­di­dos en los que la comi­da es casera-casera y nada más entrar huele a los guisa­dos de las abue­las. Bue­na ocasión para catar las sar­di­nas, el pla­to estrel­la de Lis­boa y autén­ti­co sím­bo­lo de la ciu­dad: veréis que son la inspiración para muchos sou­venirs (y ojo, que pese a que observéis que una de las cosas más típi­cas es com­prar una lata, recien­te­mente el gob­ier­no por­tugués ha pro­hibido que se saquen ali­men­tos enlata­dos del país y es muy prob­a­ble que te hagan dejar­las en tier­ra en el aerop­uer­to).

Muchos iréis bus­can­do locales más sofisti­ca­dos (que tam­bién exis­ten y de ellos hablare­mos) pero tras años via­jan­do a Lis­boa, mi con­se­jo es el mis­mo de siem­pre: los restau­rantes más autén­ti­cos y en los que se coci­na con más car­iño no entien­den de lujos. Siem­pre que visi­ta­mos la cap­i­tal lusa des­cub­ri­mos un buen puña­do de locales a ten­er en cuen­ta. Esta vez no fue la excep­ción, aquí os dejamos nues­tras recomen­da­ciones:

  • Restau­rante Os Unidos (Cam­po San­ta Clara 120): Le teníamos a un paso de nues­tra casa lis­boeta y le encon­tramos de casu­al­i­dad. Típi­co bar de bar­rio con un local bas­tante amplio y ter­raza, pese a la gente que había nos atendieron rapidísi­mo. Los platos son gigan­tescos, has­ta costa­ba acabarse una sim­ple ensal­a­da. Lo mejor el pulpo a la brasa (ped­i­mos un pla­to por per­sona pero hacedme caso, con uno coméis dos). Pre­cio final irriso­rio: ape­nas 10 euros por per­sona.
  • Restau­rante Cerqueira (Cal­ca­da de San­tana 49): A ape­nas cin­co min­u­tos andan­do de la Igle­sia de São Domin­gos, escon­di­do en una calle en pen­di­ente a la que cues­ta lle­gar la mis­ma vida, la rec­om­pen­sa la encuen­tras al darte con este minús­cu­lo restau­rante que regen­ta un por­tugués ama­bilísi­mo y cuyos platos estrel­la son el bacalao y la sepia a la brasa, además de los postres caseros. Además, nos invi­taron a un deli­cioso licor de gin­ja, la gin­jin­ha, ese sabroso licor de cerezas tan típi­co del cen­tro de Por­tu­gal y que puede supon­er un buen sou­venir para lle­var a ami­gos y famil­iares (viene en botel­las pequeñi­tas por lo que podrás via­jar con él en el bol­so de mano en el avión).
  • Restau­rante Grel­ha do Car­mo (Rua da Con­dessa 3A): Bas­tante cén­tri­co, otro de los preferi­dos entre los por­tugue­ses: bue­nas carnes, deli­ciosas alme­jas y, como no, el impre­scindible bacalao a la brasa. Suele estar bas­tante lleno (nos tocó esper­ar 15 min­u­tos toman­do una cerveza) pero merece mucho la pena por su ambi­ente ínti­mo y acoge­dor.
  • Restau­rante Gru­ta do Paraiso (Rua do Paraiso 62): La dec­o­ración es pre­ciosa, emu­lan­do a una cav­er­na (de ahí, obvi­a­mente, el nom­bre de Gru­ta). Otro buen lugar donde har­tarse de bacalao por ape­nas 15 euros por cabeza.
Bacalao Portugal
Bacalao por­tugués o tocar el cielo con las manos

Pasteles de Belem y la cultura del café bien cargado

Con­tin­uan­do con el tema culi­nario, aunque cada vez son más pop­u­lares y no es difí­cil encon­trar­los fuera de Por­tu­gal, como aquí no se hacen en ningún lado. Hablam­os, evi­den­te­mente, de los famosos paste­les de Belem, esas deli­cias de hojal­dre y cre­ma que lle­van elaborán­dose en estas tier­ras des­de medi­a­dos del siglo XIX. Los mejores, los orig­i­nales, se despachan en el Monas­te­rio de los Jerón­i­mos, que fue donde se inven­taron, pero por toda la ciu­dad encon­trarás cien­tos de con­fiterías donde los venden.

Con­sti­tuye el mejor acom­pañamien­to para el rey de la sobreme­sa por­tugue­sa: el café. Y es que los por­tugue­ses son muy cafeteros (se dice que cada por­tugués toma de media tres cafés diar­ios) debido a haber tenido colo­nias cafeteras como Ango­la o Brasil y han crea­do en torno al café un rit­u­al de lo más purista que poco tiene que ver con la for­ma de degus­tar­lo en España. Lo más habit­u­al es pedir una bica (que en el norte del país se conoce como cim­balin) y cuyo orí­gen al pare­cer es la frase “beba isto com açu­car”: es un expres­so inten­sísi­mo servi­do en una taza minús­cu­la que engaña al comen­sal por su pequeño tamaño ya que es una bru­tal inyec­ción de cafeí­na. Si eres de cor­ta­do, pide un pin­ga­do; el galao tiene café y leche a partes iguales.

En Lis­boa hay un mon­tón de buenísi­mas cafeterías como Bet­ti­na & Nic­co­lo, Choupana, Ver­sailles o la Con­feitaria Nacional. Pero mi favorita (y la de tan­tos lis­boetas) siem­pre será A Brasileira, con su encan­ta­dor aire art decó y la estat­ua de Fer­nan­do Pes­soa a sus puer­tas, ya que tan­to él como otros muchos int­elec­tuales lusos eran asid­u­os al local y aquí cel­e­bra­ban sus ter­tu­lias. Se cuen­ta que fue en A Brasileira donde pre­cisa­mente se inven­tó la bica. Y aunque actual­mente suele estar llena de tur­is­tas, no ha per­di­do ni un ápice de su encan­to.

A Brasileira Lisboa

Otro lugar que merece la pena pis­ar en Lis­boa (a nosotros nos lo recomendó un ami­go) es la Heladería San­ti­ni. Curiosa­mente, pese a la de veces que habíamos esta­do en Lis­boa, no la conocíamos y os ase­gu­ramos que los Gela­dos San­ti­ni hacen hon­or a su fama de ser de los mejores del mun­do ¡nada que envidiar a los ital­ianos! Lle­van abier­tos des­de 1949, sus hela­dos son total­mente arte­sanales y después de pro­bar­los, enten­demos que haya unas colas kilo­métri­c­as para entrar.

Cerveza artesanal ¡al rico lúpulo!

Y hablan­do de temas arte­sanales… si hay algo que nos gus­ta arte­sanal y sin químicos/gas aña­di­dos es la cerveza. Por eso nos ha sor­pren­di­do para bien ver la can­ti­dad de cerve­cerías arte­sanales que se han abier­to. Algu­nas las llevábamos ano­tadas de ante­mano pero otras las des­cub­ri­mos in situ y fueron una gratísi­ma sor­pre­sa: no sabíamos que habían abier­to una sucur­sal de Delir­i­um Tremens, la cono­cidísi­ma cerve­cería de Bruse­las, y al final como quien no quiere la cosa siem­pre acabábamos allí un rati­to cada tarde después de inten­sas jor­nadas de pateo (a ver si cunde el ejem­p­lo y nos abren tam­bién un local en Madrid).

La cerveza arte­sanal mejor rep­uta­da de Lis­boa es la Dois Cor­vos, que se fab­ri­ca a mano y siem­pre con ingre­di­entes nat­u­rales. Cuen­tan con difer­entes vari­antes como la Aveni­da o la Met­ro­pol­i­tan aunque a nosotros la que más nos gustó fue la Galáx­ia, una milk stout sabrosísi­ma. Algu­nas de las cerve­cerías que más nos gus­taron fueron la Duque Brew­pub (Calça­da do Duque 51), Lis­beer (Beco do Arco Escuro 1, está en un calle­jón algo com­pli­ca­do de encon­trar) y la Cervete­ca Lis­boa (Praça das Flo­res 62). Todas con depen­di­entes ama­bilísi­mos que te aseso­ran y te recomien­dan las últi­mas novedades. Además, en muchas te per­miten coger cervezas para lle­var y así podíamos traer­nos unas cuan­tas a casa para hac­er las catas y estar de char­la un ratín antes de dormir.

Hablan­do de locales (y ya que de lugares con encan­to va la cosa) me gus­taría tam­bién recomen­daros otros dos sitios muy espe­ciales. Uno de ellos es el Pavil­hão Chinês (Rua Dom Pedro V 89). Es un rincón real­mente pecu­liar; para entrar, hay que lla­mar al tim­bre y den­tro te espera un mun­do de lo más sin­gu­lar, cin­co salones recar­gadísi­mos con todo tipo de mobil­iario, parafer­na­lia, estat­uas y antigual­las que te harán sen­tir como en un café-bar de prin­ci­p­ios del siglo pasa­do o inclu­so en un ani­ma­do cabaret.

Pavilhão Chinês Lisboa
Pavil­hão Chinês

Por otro lado, tam­bién pase­an­do por la ciu­dad nos dimos con la Pen­são Amor, otro local de lo más gen­uino. Ubi­ca­do en lo que era un antiguo bur­del y tam­bién dis­tribui­do en difer­entes plan­tas y salones, este bar de lo más kitsch cuen­ta con una dec­o­ración asom­brosa que es una oda al sexo: bar­ras de baile, una bib­liote­ca de libros eróti­cos, un sex-shop, muros dec­o­ra­dos con retratos de mere­tri­ces lig­eras de ropa… ¡vamos, que nos encan­tó!

En cuan­to a lugares intere­santes para tomar algo, un últi­mo apunte: a niv­el rockero, muy recomend­able el pub WASP (Rua do Diario de Noti­cias 16), bas­tante cén­tri­co, pequeñi­to pero muy acoge­dor y con buenísi­mos pre­cios: estu­pen­da opción para beberte una cerveza mien­tras escuchas a Lynyrd Skynyrd.

Miradores

Lis­boa, ciu­dad pre­sum­i­da donde las haya, dis­fru­ta de ser obser­va­da (y admi­ra­da). En una ciu­dad donde las cues­tas son una con­stante, la mejor alter­na­ti­va para dis­fru­tar­la es bus­car un rincón donde divis­ar­la des­de las alturas. Lis­boa cuen­ta con mul­ti­tud de miradores que os pro­por­cionarán unas fotografías espec­tac­u­lares: des­de el de San Pedro de Alcán­tara (aunque es uno de los más con­cur­ri­dos) al de Gra­cia cer­ca del Castil­lo de San Jorge, el de San­ta Catali­na, el de Por­tas do Sol o el del Ele­vador de San­ta Jus­ta. Hablan­do del ele­vador, es uno de los grandes atrac­tivos de la cap­i­tal por­tugue­sa y sí, hay que coger­lo algu­na vez en la vida. Pero con una bas­ta, más tenien­do en cuen­ta que te cobran 5 euros por una subi­da que ape­nas dura 20 segun­dos (si lle­ga).

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Feira da Ladra

Lis­boa no es una ciu­dad famosa por sus com­pras (y aún así he de recono­cer que en los últi­mos años se han inau­gu­ra­do bas­tantes tien­das intere­santes; no olvidéis pasar por la libr­ería Bertrand, que pre­sume de ser la más antigua del mun­do). Pero aún así, es toda una expe­ri­en­cia darse una vuelta por el entretenido mer­cadil­lo de la Feira da Ladra (Mer­ca­do de la Ladrona), la ver­sión lis­boeta de nue­stro Ras­tro madrileño. Aunque mejor debería especi­ficar que como era nue­stro Ras­tro hace trein­ta años, cuan­do prin­ci­pal­mente lo que se vendía eran cachivach­es que a la gente le sobra­ban en casa; cualquiera lle­ga­ba con su sábana y extendía enci­ma el género de segun­da mano (des­gra­ci­ada­mente, nue­stro Ras­tro cada vez está más dirigi­do a tur­is­tas).

Por eso me encan­ta Ladra y en gen­er­al los mer­cadil­los por­tugue­ses, que he dis­fru­ta­do en muchas ciu­dades difer­entes: porque con­ser­va ese aire de mer­ca­do de toda la vida, de cosas vie­jas, de mue­bles des­gas­ta­dos (aho­ra que se lle­va tan­to lo vin­tage, siem­pre podrás car­gar el coche con algu­na mesil­la o cómo­da que restau­res cuan­do llegues a casa). Des­de ropa más antigua que las chan­clas de Cristo a libros amar­il­len­tos (ojo que se pueden encon­trar ver­daderas reliquias), juguetes de los años 70, elec­trodomés­ti­cos obso­le­tos que vete a saber si fun­cio­nan, dis­cos de vini­lo… lo excep­cional es encon­trar un puesto donde los artícu­los no hayan tenido unos cuan­tos dueños. Pero Ladra es un micro­mun­do, esen­cia de la mod­es­tia por­tugue­sa, no sólo por lo que expone sino por los que se expo­nen: per­son­ajes de toda índole y condi­ción que aquí lle­gan para bus­carse la vida. Cada martes y sába­do se con­cen­tra aquí lo más var­i­opin­to de la sociedad por­tugue­sa: no pier­das la opor­tu­nidad de perderte entre sus ten­deretes.

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Los lisboetas

Siem­pre que voy a Por­tu­gal, me ven­go con la mis­ma sen­sación: creo que en toda Europa no hay una población más amable, hos­pi­ta­lar­ia y entrañable que la por­tugue­sa. En otros país­es, la prox­im­i­dad de sus gentes parece degus­tarse mejor en los pueb­los pequeños: las prisas de las grandes ciu­dades, donde el anon­i­ma­to está a la orden del día, hace a veces difí­cil un con­tac­to estre­cho con los locales. No es el caso de Lis­boa, de las pocas cap­i­tales euro­peas que aún mantiene muy arraiga­da su condi­ción de “pueblo grande”. Es común pasear por la ciu­dad y que muchos lis­boetas te salu­den, espe­cial­mente cuan­do te cruces con ellos en estre­chos calle­jones: cualquier momen­to es bueno para ini­ciar una con­ver­sación. Des­de hace algo más de un año estoy estu­dian­do por­tugués y me parecía una bue­na ocasión para prac­ti­car­lo. Pero al final me veía aún muy verde con el idioma, tenien­do en cuen­ta que además en gen­er­al los lusi­tanos hablan bas­tante deprisa (el por­tugués es más difí­cil de lo que parece a primera vista y es muy común que ellos entien­dan mejor el castel­lano que nosotros a ellos) y al final siem­pre acabábamos hablan­do con los lis­boetas en español. Al final el idioma es lo de menos: lo impor­tante es que Lis­boa cuen­ta con una población mar­avil­losa y sim­pa­tiquísi­ma que recibe al via­jero con los bra­zos abier­tos. Y esa es la razón más impor­tante para que en cuan­to aban­donas la ciu­dad ya estés dese­an­do regre­sar.

El encanto de Alfama

Cuan­do pisé Alfama por primera vez hace muchos años, supe des­de el primer momen­to que sería de por vida mi bar­rio favorito en Lis­boa. Adoro per­derme en esas cal­lecitas emp­inadas de piedra, los becos y trav­es­sas, con la ropa ten­di­da en las ven­tanas, que a veces tan­to me recuer­dan a las med­i­nas de Mar­rue­cos: no obstante, el orí­gen del bar­rio es árabe (Al-hama, que sig­nifi­ca “el baño”, en recuer­do a los que había en Lago das Alcaçarias). En Alfama se encuen­tran algunos de los edi­fi­cios más boni­tos de Lis­boa, caso de la Casa dos Bicos, con su facha­da de pun­tas de dia­mante y sus ven­tanales irreg­u­lares, el Museo del Teatro Romano o la impre­sio­n­ante cat­e­dral que se con­struyó donde ante­ri­or­mente se ubi­ca­ba una mezqui­ta.

Aunque Alfama, poquito a poco, ha ido per­mi­tien­do abrir locales de lo más coque­tos, no ha per­di­do en ningún momen­to su alma marinera ni el col­or de sus bal­cones ates­ta­dos de flo­res. Además, no hay mejor lugar en Lis­boa para dejarse seducir por las melancóli­cas melodías del fado, ese género musi­cal que va irre­me­di­a­ble­mente unido al carác­ter por­tugués, una oda a la nos­tal­gia del amor per­di­do, a la año­ran­za, a la tier­ra que se aban­dona. En Alfama has­ta tienen un museo ded­i­ca­do al fado y son muchas las pequeñas taber­nas que al anochecer se dejan envolver por algu­na prodi­giosa voz que le can­ta a la tris­teza mien­tras el públi­co asis­tente con­tiene emo­ciona­do la res­piración.

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Convento do Carmo 

Después de Alfama, si tuviera que quedarme con un rincón de Lis­boa, este sería el Con­ven­to do Car­mo, del que me acordé tan­tísi­mo cuan­do via­jé por Esco­cia. La que fuera la obra más boni­ta del góti­co por­tugués sucumbió al poder del ter­re­mo­to de 1755, quedan­do medio der­rui­do pero a duras penas man­tenién­dose en pie algu­nas de sus fachadas. Con­tem­plar des­de den­tro estas bel­lísi­mas ruinas, con el cielo azul sirvién­dote de cúpu­la, con­tinúa sien­do una expe­ri­en­cia inolvid­able por muchas veces que la repi­tas. Además, el museo arque­ológi­co que acoge es intere­san­tísi­mo, con piezas de la Pre­his­to­ria, sar­cófa­gos romanos, la tum­ba del rey Fer­nan­do I (real­mente impac­tante) o las ater­rado­ras momias peru­a­nas que se expo­nen den­tro de vit­ri­nas de cristal.

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Castelo de São Jorge

Aunque esta vez desis­ti­mos de entrar (jamás he vis­to Lis­boa con tan­tísi­mos tur­is­tas como esta Sem­ana San­ta ¡qué bar­bari­dad!), es una visi­ta que recomien­do con ahín­co: el castil­lo es pre­cioso y ofrece unas vis­tas mag­ní­fi­cas de Lis­boa, espe­cial­mente des­de la Torre de Ulis­es. Ubi­ca­do en la cima de una col­i­na, ha resis­ti­do majes­tu­osa­mente el paso del tiem­po pese a los ter­re­mo­tos sufri­dos y que obligaron a pun­til­losos tra­ba­jos de restau­ración; aún se con­ser­van una dece­na de tor­res, el foso, los cal­abo­zos o las gar­i­tas de vig­i­lan­cia, aunque lo que más impre­siona son sus robus­tas mural­las.

Barrio Alto: la Lisboa más gamberra

El corazón de la vida noc­tur­na de la cap­i­tal, pla­ga­do has­ta la últi­ma esquina de bares, cafeterías y ter­razas (el buen cli­ma de Lis­boa invi­ta a hac­er vida en la calle). Quizás por ello se dis­frute de su ambi­ente más de noche que de día, cuan­do el bar­rio se llena de voces y músi­ca, pero es acon­se­jable tam­bién pasear por sus angostas calles antes de caer el sol porque algu­nas las encon­trarás, con un poco de suerte, casi desier­tas: además, en los últi­mos años se han abier­to can­ti­dad de tien­das la mar de curiosas y orig­i­nales. Tienes en aña­didu­ra, si quieres sumar un par de vis­i­tas cul­tur­ales, el Museo de San Roque y el Museo de His­to­ria Nat­ur­al. El crepús­cu­lo es el mejor momen­to para beber algo en el kiosko de la Praça do Príncipe Real, que es donde empiezan a tomarse la primera de la noche muchos jóvenes estu­di­antes.

Los tranvías

¡Cómo me gus­taría que algún día los tran­vías volvier­an a fun­cionar en Madrid! Y es que aunque en algu­nas partes de la ciu­dad con­ta­mos con el metro ligero, las cosas como son: no es lo mis­mo. En Lis­boa, sin embar­go, son el trans­porte públi­co por exce­len­cia y uno de sus más boni­tos sím­bo­los: es impens­able imag­i­nar la ciu­dad sin esos antiquísi­mos tran­vías amar­il­los recor­rien­do sus calles. Lle­van en fun­cionamien­to más de un siglo y no sólo son prác­ti­cos para los lis­boetas sino tam­bién para los tur­is­tas, que no quieren dejar la ciu­dad sin haber mon­ta­do en uno. Son varias las líneas a ele­gir pero la más emblemáti­ca es la del tran­vía 28, tam­bién de las más con­cur­ri­das: aten­ción a los car­ter­is­tas y espa­bi­la­dos, que en esta línea hacen su Agos­to.

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La concurrida Praça do Comercio

Ahí arri­ba la tenéis, la primera fotografía que ilus­tra este blog. Siem­pre llenísi­ma de transeúntes, tan­to de día como de noche. Y es que su ampli­tud así como sus espec­tac­u­lares vis­tas a la desem­bo­cadu­ra del río Tajo (Tejo para los por­tugue­ses) hacen de ella uno de los lugares favoritos para dis­fru­tar del sol pero tam­bién para cel­e­brar cada año la bien­veni­da al Año Nue­vo. En su cen­tro la estat­ua ecuestre de Juan I y en uno de sus lat­erales, el impo­nente Arco Tri­un­fal que da paso a la Rua Augus­ta, la aveni­da más impor­tante del bar­rio de Baixa, reple­ta de tien­das y restau­rantes.

Parque das Nações: el lado más modernista de Lisboa

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Aprovechan­do que íbamos al concier­to de Ghost en el esta­dio Meo Are­na, dimos una vuelta por el futur­ista Par­que de las Naciones (sí, se lla­ma como el de Madrid). Esta antigua zona indus­tri­al, que hace años se encon­tra­ba deja­da de la mano de dios, fue recu­per­a­da urbanís­ti­ca­mente con moti­vo de la Exposi­ción Uni­ver­sal de 1998. En su dis­eño par­tic­i­paron difer­entes arqui­tec­tos (entre ellos nue­stro abor­reci­do Cala­tra­va) y a día de hoy es una de las zonas de ocio preferi­das por los lis­boetas. La Estación de Ori­ente, el Pavil­hão Atlân­ti­co, el Oceanário, la Torre Vas­co de Gama o el Teatro Camões son sus pun­tos de may­or interés.

Belem: la Lisboa majestuosa

Al otro lado del río Tajo ten­emos la Lis­boa mon­u­men­tal. Aquí se encuen­tran la Torre de Belem, el Monas­te­rio de los Jerón­i­mos, con el que es prob­a­ble­mente el claus­tro más boni­to de todo Por­tu­gal y sus tum­bas reales, y el Mon­u­men­to a los Des­cubri­dores, cuya foto veis aquí aba­jo con el Puente 25 de Abril al fon­do que tan­to recuer­da al Gold­en Gate de San Fran­cis­co.

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Sintra: el refugio paradisíaco de la realeza

Ningu­na visi­ta a Lis­boa estaría com­ple­ta sin hac­er una escapa­da al esplén­di­do pueblo de Sin­tra, uno de los más boni­tos de Europa. He ido a ver­le muchas veces y tam­bién os avi­so que depen­di­en­do la época en que vayáis, vues­tra visi­ta va a ser bien difer­ente. Me expli­co: la penúl­ti­ma vez que estuve, en Enero de hace un par de años, estu­vi­mos prac­ti­ca­mente solos ya que era tem­po­ra­da baja y el frío parecía espan­tar a los tur­is­tas. Esta últi­ma Sem­ana San­ta sin embar­go el pueblo era un caos de la can­ti­dad de gente que había. En el tren íbamos todos como sar­di­nas en lata: no se podía ape­nas res­pi­rar. Y al lle­gar a Sin­tra era aún peor: las colas para entrar a la Quin­ta da Regaleira eran kilo­métri­c­as, casi una hora de espera. Por ello os recomien­do vis­i­tar Sin­tra en tem­po­ra­da baja: os la encon­traréis mucho más tran­quila y la dis­fru­taréis más.

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En Sin­tra, aparte de calle­jear por sus calles seño­ri­ales, hay tres vis­i­tas impre­scindibles. La primera es la del Pala­cio da Pena, uno de los castil­los más col­ori­dos del mun­do. Y es que pese a las veces que lo he tenido delante me sigue pare­cien­do espec­tac­u­lar. Com­bi­na impeca­ble­mente esti­los como el neois­lámi­co, rena­cen­tista o manueli­no, hacien­do de él un mon­u­men­to total­mente úni­co: no nos extraña que fuera durante décadas res­i­den­cia de la famil­ia real por­tugue­sa.

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El segun­do lugar, del que tam­bién os hablé largo y ten­di­do en la otra entra­da de Lis­boa que podéis encon­trar en nue­stro blog, es la tene­brosa Quin­ta da Regaleira. Rodea­da de mis­te­riosos jar­dines, túne­les, laber­in­tos y pasadi­zos, insis­to en que lo mejor es vis­i­tar­la fuera de tem­po­ra­da (y si es entre­se­m­ana mejor) ya que com­pren­derás bas­tante mejor este delirio arqui­tec­tóni­co que se inspiró en “La Div­ina Come­dia” de Dante.

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La ter­cera visi­ta es al curioso Pala­cio Nacional de Sin­tra con sus lla­ma­tivos teja­dos en for­ma de chime­nea

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Como os he comen­ta­do al prin­ci­pio del blog, este artícu­lo más que una guía es una actu­al­ización del exten­sísi­mo repor­ta­je que ten­emos pub­li­ca­do en el que anal­izamos Lis­boa con mucha más pro­fun­di­dad. Os ani­mamos a que cuan­do via­jéis allí tiréis de ambos artícu­los para ten­er una visión mucho más com­ple­ta de la ciu­dad. Lo que en cualquier caso os garan­ti­zamos es que la vais a dis­fru­tar muchísi­mo. Porque como reza el pro­pio títu­lo, Lis­boa tiene mil y un motivos para que te enam­ores de ella.

Aquí tienes los dos pro­gra­mas que dedicamos a Lis­boa


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  1. Mar­avil­losa Lis­boa!!

  2. Monty Peiró

    at

    ufff me ha entra­do una nos­tal­gia increíble… Volví en enero después de cua­tro meses vivien­do allí, volví a ir el mes pasa­do un finde, ya había ido ante­ri­or­mente y sin embar­go… ya me muero de ganas de volver

  3. No me extraña, Mon­ty, es que es una ciu­dad úni­ca… Yo creo que cuan­to más se la conoce, más se la quiere!

  4. Sí que lo es!

  5. Que recuer­dos! y que ganas de volver! sin duda Lis­boa es una de esas ciu­dades que dejan huel­la 🙂

  6. La ver­dad es que sí, Krys. Además ha cam­bi­a­do para bien en muchos aspec­tos en los últi­mos años, aho­ra está más cuida­da…

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