Para apreciar la revolución actual, conviene recordar cómo organizábamos los viajes no hace tanto, antes de la era de la IA (e incluso antes de internet tal como lo conocemos). Imaginemos la escena: guías de viaje de papel subrayadas, mapas desplegables ocupando la mesa del salón, llamadas telefónicas a hoteles para reservar habitación, visitas a una agencia de viajes del barrio para que un agente nos consiguiera “el mejor precio” en ese vuelo soñado. Hasta los años 90, la mayoría de las reservas se hacían en persona o por teléfono, con muy poca ayuda de algoritmos. De hecho, la llegada de internet ya supuso un cambio enorme: en 2009 alrededor de 105 millones de estadounidenses (un tercio de la población) usaban Internet para planificar sus viajes, confiando en buscadores y páginas web básicas. Aún así, esos primeros pasos digitales distaban de la sofisticación actual: la planificación seguía siendo bastante manual. Uno navegaba por sitios web estáticos, comparando precios “a ojo” y leyendo foros o opiniones genéricas. Nada de recomendaciones inteligentes en tiempo real; a lo sumo, listas de top 10 o el consejo de algún conocido.

En aquellos tiempos, sorpresa era una palabra frecuente en los viajes. Llegar a una ciudad prácticamente a ciegas, sin más guía que un libro o un mapa físico, podía resultar en hallazgos inesperados (un restaurante local descubierto por casualidad) o en fiascos que hoy serían evitables con una simple búsqueda en el móvil. Las decisiones se tomaban con información limitada: por ejemplo, elegir hotel confiando en una foto de catálogo y una breve descripción. Esto hacía que viajar tuviera un componente de aventura mayor, pero también más incertidumbre y esfuerzo logístico. Hoy, en cambio, muchas de esas incertidumbres han sido atenuadas por la tecnología. Para ponerlo en perspectiva, las ventas de viajes en línea representaron el 70% de los ingresos turísticos globales en 2024. Es decir, en pocas décadas pasamos de reservar con una llamada a que prácticamente todo se gestione por internet, con portales y apps que concentran vuelos, alojamientos y más.
Ese tránsito hacia lo digital supuso también el declive de la agencia de viajes tradicional de mostrador: en EE. UU., por ejemplo, el número de oficinas de agencia se redujo de 34.000 en los 90 a apenas 13.000 en 2016. Y si la irrupción de internet puso en jaque a los agentes humanos, la llegada de la inteligencia artificial lleva este cambio a otro nivel, automatizando muchas de las tareas que antes requerían intervención manual. Viajar en la era pre-IA implicaba planificar a mano, con herramientas limitadas y un gran papel de la experiencia humana (propia o de profesionales); viajar hoy, con IA por medio, significa acceder en segundos a análisis antes impensables. Veamos exactamente qué entendemos por IA en turismo y cómo funciona esta nueva aliada digital del viajero.
¿Qué es la IA aplicada al turismo?
Cuando hablamos de inteligencia artificial en el turismo, nos referimos al uso de sistemas informáticos capaces de aprender, razonar y tomar decisiones a partir de grandes volúmenes de datos relacionados con los viajes. Esto abarca desde algoritmos de aprendizaje automático (machine learning) que analizan nuestras preferencias para recomendarnos destinos u hoteles a medida, hasta chatbots con procesamiento de lenguaje natural que pueden atender consultas de viajeros en cualquier momento. La IA turística incluye también tecnologías como la visión por ordenador (por ejemplo, para reconocimiento facial en aeropuertos u hoteles) y la robótica en tareas de atención al cliente. En suma, es la aplicación de sistemas “inteligentes” en todas las etapas del viaje: antes, durante y después.
Un ejemplo claro es cómo funcionan hoy muchos portales de viajes. En el pasado, los sitios web mostraban opciones genéricas según origen, destino y fechas. Ahora, gracias a la IA, la experiencia es mucho más personalizada: los algoritmos analizan tu comportamiento en línea, tu historial de reservas e incluso interacciones en redes sociales, para ofrecerte recomendaciones adaptadas a tus gustos y presupuesto. Así, dos personas que entren a la misma web pueden ver ofertas distintas según si viajan con niños, si aman la aventura o si suelen gastar poco. La IA también se emplea para automatizar y agilizar procesos: reservas confirmadas al instante, notificaciones proactivas ante cambios de horario en vuelos o sugerencias de check-in más temprano según disponibilidad hotelera.
Otro campo importante son los sistemas predictivos: la IA puede cribar inmensas bases de datos de precios de vuelos o patrones meteorológicos para predecir cosas útiles al viajero. Por ejemplo, ciertas apps predicen si el precio de un billete de avión subirá o bajará en los próximos días, ayudándote a decidir cuándo comprar. Otras IA detectan probables retrasos de vuelo antes de que la aerolínea los anuncie, combinando datos históricos con condiciones actuales. También entran aquí los sistemas de traducción automática (¿quién no ha usado Google Translate o similares para comunicarse en otro idioma viajando?) y los motores de búsqueda optimizados que entienden preguntas complejas como “lugares tranquilos para ver el atardecer cerca de mi hotel”. Todo esto es IA aplicada al turismo.
En definitiva, la IA turística es un conjunto de tecnologías que permiten ofrecer servicios más inteligentes, rápidos y personalizados en el sector de viajes. Actualmente es raro el ámbito del turismo donde no haya algo de IA operando en segundo plano: desde ese recomendador que te sugiere un tour local basado en tus intereses hasta el algoritmo que ajusta el precio de una habitación en tiempo real según la demanda. A continuación, exploraremos con más detalle algunos de los usos más destacados de la IA en las distintas fases de un viaje, empezando por el principio: la planificación.
Planificación de viajes personalizada
Uno de los cambios más notables que ha traído la IA es la personalización de la planificación. Antes uno armaba su itinerario a mano o seguía paquetes estándar; hoy, en cambio, es posible tener un “plan de viaje a la carta” generado con ayuda de algoritmos que conocen nuestros gustos mejor que un agente de viajes tradicional. Plataformas de reserva como Expedia, Booking o Airbnb emplean IA para sugerirte alojamientos y actividades acorde a tu historial y perfil. Si siempre buscas hoteles boutique y restaurantes veganos, el sistema lo “aprende” y prioriza recomendaciones en esa línea. Si viajas en familia, te destacará opciones kid-friendly. Estas sugerencias inteligentes se basan en analizar montones de datos de usuarios con patrones similares al tuyo para adivinar qué te podría encantar a ti.
Pero quizás el salto más sorprendente en 2023–2024 ha sido la irrupción de los chatbots conversacionales tipo ChatGPT en la planificación viajera. Ahora, literalmente podemos charlar con una IA sobre nuestras vacaciones ideales. Por ejemplo, puedes pedirle a ChatGPT: “planifícame un viaje de 5 días por la Toscana en coche, evitando rutas muy turísticas y con actividades de vino y senderismo”. En cuestión de segundos, te propondrá un itinerario detallado, con pueblos pintorescos, bodegas locales y senderos panorámicos incluidos.

Y no es ciencia ficción: según encuestas recientes, más de una quinta parte (22%) de los viajeros a nivel mundial ya ha utilizado ChatGPT u otros chatbots de IA para planificar un viaje【. Imaginemos la escena: gente preguntando a un asistente virtual cuál es la mejor playa oculta en la isla de Madeira o qué itinerario seguir por Japón si te encanta el anime. De hecho, empresas como OpenAI han incorporado complementos de viaje en sus sistemas: con ChatGPT Plus puedes activar plugins de Kayak, Expedia, TripAdvisor, etc., para que la IA consulte información actualizada de vuelos, hoteles y restaurantes mientras conversa contigo. Es como tener un agente de viajes virtual 24/7 que bucea en internet sin que tú muevas un dedo.
Hay también aplicaciones especializadas que aprovechan esta tecnología. Startups como Tripnotes, Roam Around o Curiosio ofrecen interfaces donde le indicas tus preferencias y una IA (basada en GPT, generalmente) diseña un plan interactivo con mapas y rutas optimizadas. Otra iniciativa interesante es GuideGeek, un chat inteligente vía WhatsApp que te sugiere lugares y actividades en tiempo real cuando ya estás de viaje. Por ejemplo, vas paseando por París y le dices “recomiéndame un café con vista a la Torre Eiffel que no esté lleno de turistas ahora mismo” y te responde con alguna joya escondida a la vuelta de la esquina (en teoría). La promesa es una planificación ultradigital y dinámica, donde el viajero puede iterar sus ideas con la IA hasta dar con su itinerario soñado.
¿Funciona tan perfecto? Bueno, los expertos aconsejan tomar estas recomendaciones como un punto de partida, no como la verdad absoluta. Al fin y al cabo, la IA no deja de basarse en datos existentes: puede pasar por alto lugares nuevos, o no enterarse de que tal museo cerró la semana pasada. Aun así, la ventaja en tiempo y personalización es innegable.
Ya no nos satisfacen tanto las rutas genéricas; queremos el viaje hecho a nuestra medida. La IA está haciendo posible ofrecer, prácticamente, un plan distinto para cada viajero. Y a juzgar por las tendencias, a la gente le encanta: otro sondeo global halló que el 40% de los consumidores ya han usado IA de algún modo para planificar o durante un viaje. Quizá porque intuyen la comodidad de tener una “Alexa viajera” que sabe si preferimos montaña o playa o porque –seamos honestos– nos ahorra horas de búsqueda comparando blogs y reviews. La planificación de viajes se está convirtiendo en una experiencia conversacional y personalizada, donde tú cuentas tus sueños y una máquina te sugiere cómo cumplirlos.
Búsqueda y predicción de vuelos
Si hay algo que estresa (u obsesiona) a muchos es encontrar vuelos baratos y sin contratiempos. Aquí la IA también ha hecho de las suyas, cambiando cómo buscamos y reservamos pasajes de avión. ¿Quién no ha usado alguna vez una herramienta de alerta de precios o un comparador inteligente? Detrás de esos sistemas hay algoritmos aprendiendo de millones de datos históricos para predecir el comportamiento de las tarifas aéreas. Un caso famoso es la app Hopper, que presume de predecir con un 95% de precisión la evolución de los precios de vuelos y hoteles. Su algoritmo analiza 63 billones de puntos de precio acumulados a lo largo del tiempo (sí, billones, con b) y te aconseja si debes reservar ya o esperar porque quizá bajen las tarifas. Gracias a eso, dicen que el usuario promedio ahorra 65 dólares por viaje. Básicamente, Hopper y similares actúan como una bola de cristal digital: examinan patrones (temporada alta, fluctuaciones de demanda, ofertas pasadas) y sacan una predicción personalizada.
Los gigantes también se han sumado. Google Flights incorporó hace un tiempo un sistema de predicción de retrasos y de indicación de cuándo un precio es una “buena oferta” o si es probable que suba. Por ejemplo, puede mostrarte: “este vuelo suele costar 30% más, reserva ahora” o alertarte de que un vuelo podría retrasarse por ciertas condiciones. El objetivo: que viajemos más informados y evitemos sorpresas desagradables (o compremos más con ellos, según se mire).

Más allá del precio, la IA optimiza la búsqueda de vuelos en general. Los motores de búsqueda de las agencias en línea como Expedia o Kiwi.com utilizan algoritmos avanzados para combinar rutas y aerolíneas de formas ingeniosas que quizás un humano no pensaría. Por ejemplo, enlazar dos compañías low-cost distintas con un aeropuerto secundario en medio para abaratar un trayecto intercontinental. O proponer fechas alternativas cercanas más convenientes. Todo esto lo calculan en segundos, algo impensable sin IA.
Asimismo, las aerolíneas aplican modelos de inteligencia artificial para gestionar sus ingresos de forma dinámica, ajustando precios en tiempo real según la demanda o perfil del usuario. Esa es la razón por la que los precios parecen cambiar casi mágicamente cada vez que refrescamos la página; no es magia, son algoritmos afinando el máximo qué estamos dispuestos a pagar.
Un punto interesante son las predicciones de incidencias. Además de los retrasos, hay sistemas probando predecir cancelaciones o saturación en aeropuertos. Imagina recibir una alerta: “tu vuelo en 3 días podría cancelarse por huelga, mejor reacomodar”. Suena genial para el pasajero, aunque plantea retos a las compañías. No obstante, ya estamos viendo atisbos de esto: ciertas aseguradoras y apps de viaje utilizan IA para estimar riesgos (clima extremo, conflictos) y ofrecer seguros o cambios proactivos.
Gracias a la IA, buscar vuelos ahora es mucho más rápido y eficiente que hace 20 años. Antes uno tenía que fiarse de su instinto o del consejo del amigo “experto en gangas aéreas”. Ahora contamos con asistentes digitales que vigilan el mercado 24/7 y nos dicen cuándo apretar el gatillo de la reserva.
Con todo, la IA nos ha dado una ventaja clara: tomar decisiones de vuelo con mucha más información que antes. Y los viajeros lo aprovechan gustosamente, porque a nadie le viene mal ahorrar dinero ni evitar escalas eternas. Un dato que refleja esta confianza: dos de cada tres viajeros ya usan plataformas online para planear o investigar sus viajes–donde estas funciones inteligentes están integradas– en vez de métodos tradicionales. Al final, queremos el control y la previsión que nos da la IA, aunque el cielo siempre tenga su parte de impredecible.
Hoteles inteligentes
Si llegaras a la recepción de un hotel y te atendiera un dinosaurio robótico, pensarías que estás soñando o en una película de Spielberg. Pero eso es exactamente lo que les sucedía a los huéspedes del Henn-na Hotel en Nagasaki, Japón, famoso por ser el primer hotel del mundo atendido casi totalmente por robots (avalado por el libro Guinness). En este hotel futurista, inaugurado en 2015, un par de velocirraptores robóticos con sombrerito de portero daban la bienvenida en el mostrador. La idea era vanguardista, aunque un poco problemática: por muy simpáticos que fueran los autómatas políglotas, a menudo no entendían bien las peticiones de los clientes.
La situación llegó al punto que el hotel tuvo que despedir a la mitad de su plantilla robótica y reponer humanos, tras anécdotas delirantes como que un robot confundiera los ronquidos nocturnos de un huésped con una solicitud de asistencia urgente. ¡Imagina que te despierta a las tres de la mañana porque cree que estabas pidiendo servicio de habitaciones mientras roncabas! Este caso del Henn-na Hotel ilustra tanto los avances como las limitaciones de los hoteles robotizados. Aunque el experimento no fue perfecto, marcó tendencia.

Hoy en día, varios establecimientos están adoptando elementos de “hoteles inteligentes”, combinando IA, Internet de las Cosas (IoT) y robótica para ofrecer serviccios. En China, Alibaba abrió en 2019 el hotel FlyZoo en Hangzhou, donde prácticamente no hay personal humano: robots e IA gestionan desde la climatización hasta el registro de entrada, que se hace mediante reconocimiento facial en vez de llave. En la cadena española Barceló han probado espejos con asistente virtual incorporado; en algunos Hilton presentaron a “Connie”, un robot-conserje impulsado por IBM Watson que respondía preguntas de los huéspedes.
Los asistentes de voz en habitación son otra tendencia: Marriott instaló dispositivos Alexa en algunas de sus marcas y el grupo español Spring Hoteles incorporó Google Home en su hotel Vulcano (Tenerife) bajo el nombre de “Mr. Spring”, permitiendo al huésped pedir con la voz que reserven un spa o que pongan su canción favorita por los altavoces. En Beijing, InterContinental lanzó habitaciones inteligentes donde ya no hace falta ni dar órdenes exactas: con decir “tengo sueño” la habitación atenúa luces y baja las cortinas sola. Todo para que la interacción tecnológica sea lo más natural posible.
Más allá de los robots vistosos, la inteligencia en hoteles también se ve en sistemas menos visibles: sensores y IA que optimizan el consumo de energía (ajustando aire acondicionado o calefacción según detectan presencia, ahorrando luz cuando sales) y softwares que analizan datos de huéspedes para personalizar la estancia. Por ejemplo, si siempre pides almohada extra y desayuno sin gluten, la próxima vez podrían tenerlo listo sin que lo digas, porque su sistema te reconoce y aprende esas preferencias.

Algunos hoteles ofrecen apps propias que actúan como control central del huésped: abrir la puerta con el móvil, chatear con recepción, pedir servicio de habitaciones desde la pantalla… Un caso curioso es la cadena Virgin Hotels con su app “Lucy”, que aparte de controlar la habitación te conecta con otros huéspedes para socializar. Y en Lisboa, el hotel Pestana CR7 (propiedad de Cristiano Ronaldo) experimentó con una tablet en recepción dotada de reconocimiento facial que, según la emoción de tu rostro, te sugería lo que podrías necesitar: si te veía cara de cansado te mostraba la imagen de una cama, si detectaba ánimo fiestero te recomendaba el bar de copas. Un toque lúdico de IA emocional.
En síntesis, los hoteles inteligentes buscan automatizar tareas rutinarias, ahorrar costes y sorprender al cliente. Desde luego, ver robots por los pasillos es sorprendente (a veces inquietante, admitámoslo). Pero también hay ventajas prácticas: check-in más rápido, menos errores humanos en cuentas, atención 24 horas sin pagar horas extra…
Eso sí, muchos viajeros todavía valoran el contacto humano en la hospitalidad. Un robot dificilmente va a empatizar con tu queja por el ruido de la calle o a entender un chiste local. Por eso la mayoría de hoteles combinan ambas cosas, tecnología y personal humano, intentando lograr lo mejor de cada mundo. De hecho, los robots siguen en fase de aprendizaje en turismo: el propio caso Henn-na demostró que no pueden resolverlo todo. Aun así, la tendencia es imparable. Los hoteles del futuro (y del presente) son cada vez más smart, quizá no al nivel de Jetsons todavía pero se van acercando. Veremos hasta dónde llega esa automatización y si en algún momento echaremos de menos a aquel recepcionista de sonrisa cálida reemplazado por una cámara y una IA.
Asistentes virtuales
En plena ruta por un país desconocido, hoy día es común tener un asistente virtual literalmente en la palma de la mano. Hablamos de esas aplicaciones y herramientas impulsadas por IA que nos acompañan durante el viaje para hacer todo más fácil. Un ejemplo típico: vas conduciendo por una carretera y le dices a tu teléfono “oye Siri/Google, llévame al hotel más cercano” o “¿dónde puedo cenar comida local por aquí?”. En segundos, tu asistente de voz te da opciones, basadas en mapas inteligentes y recomendaciones personalizadas. Estas pequeñas ayudas se han vuelto indispensables para muchos viajeros modernos.
Pensemos en Google Maps: con su navegación inteligente nos guía por ciudades extrañas, evitando atascos gracias a IA que analiza el tráfico en tiempo real. O su modo “Explore”, que sugiere lugares de interés cercanos según la hora del día y nuestras preferencias (por ejemplo, a las 8 pm te propone restaurantes cenando, a las 10 am quizá museos). Incluso incorpora realidad aumentada en algunas ciudades: apuntas con la cámara y te sobreimpone flechas en la calle para no perderte. Detrás de todo ello hay algoritmos de visión artificial y aprendizaje continuo con datos de millones de usuarios.
Otro asistente virtual clave es el traductor inteligente. Con herramientas como Google Lens o iTranslate, apuntamos al cartel de un museo en japonés y zas, lo vemos traducido al español al instante en la pantalla, o hablamos al móvil en español y este reproduce en italiano para preguntar algo en Roma. Ya no hace falta cargar diccionarios ni hacer mímica desesperada: la IA lingüística derriba barreras idiomáticas en ruta. Esto no solo facilita la vida al viajero, sino que enriquece la experiencia al permitir más interacción con locales (aunque sea vía app).

También están los chatbots de las empresas de turismo: aerolíneas, hoteles, agencias online, todas tienen su bot en WhatsApp, Messenger o en la web, listo para responder preguntas frecuentes (“¿a qué hora es el check-out?”, “¿cuánto cuesta cambiar mi vuelo?”) a cualquier hora. Son asistentes virtuales diseñados para servicio al cliente, que agilizan consultas sencillas sin tener que llamar por teléfono y esperar en espera. Algunos son bastante avanzados y entienden lenguaje natural con bastante acierto.
KLM, por ejemplo, fue pionera en tener un chatbot que envía tu tarjeta de embarque, notifica cambios de puerta y responde dudas, todo en un mismo hilo de chat. En destinos turísticos, hay ciudades que han lanzado asistentes virtuales tipo “Ask Vienna” o “Hola Sevilla” que, mediante IA, contestan preguntas de visitantes sobre qué hacer, horarios de monumentos, transporte público y demás en múltiples idiomas.
Una faceta interesante es cuando combinamos estos asistentes con wearables o dispositivos específicos. Por ejemplo, algunos coches de alquiler vienen integrados con Alexa o Google Assistant, de modo que conduciendo puedas pedir indicaciones, cambiar música o llamar al hotel sin quitar las manos del volante. O los auriculares traductores en tiempo real (como los Pixel Buds de Google) que susurran la traducción en tu oído mientras alguien te habla en otro idioma. Todos son asistentes potenciados por IA que te ayudan “en contexto”.
No podemos olvidar las apps móviles de viaje con IA incorporada. Por ejemplo, aplicaciones tipo TripIt o App in the Air que actúan como un asistente de itinerario: conectas tu email de reservas y te consolidan en una agenda todos tus vuelos, hoteles y tickets, con avisos inteligentes (retrasos, cambios de puerta…). Incluso te recomiendan cuándo salir hacia el aeropuerto calculando tráfico o qué fila de seguridad suele ser más rápida –sí, hay IA analizando hasta eso en aeropuertos grandes-. Otras apps como Roadtrippers te sugieren paradas interesantes en tu ruta de carretera personal, en base a tus intereses y a lo que otros viajeros similares valoraron.

Durante el viaje, estos asistentes virtuales se convierten en el mejor amigo digital del viajero. A diferencia de cargar con guías impresas y planos, ahora llevamos todo en el smartphone. Y gracias a la IA, el smartphone entiende lo que necesitamos: si preguntas “¿dónde puedo ver un bonito atardecer por aquí?”, la IA compone una respuesta cruzando datos de geolocalización y orografía para proponerte ese mirador oculto que quizá no sale en las guías clásicas. Algunas IA incluso incorporan opiniones sentimentales: analizan millones de reseñas online para inferir si un sitio es tranquilo, animado, romántico… y así afinar la sugerencia según lo que buscas.
Como anécdota, recordemos la pandemia de 2020: muchos viajeros atrapados en países extranjeros dependieron de chatbots consulares y herramientas virtuales para recibir indicaciones de repatriación, cambios de normativas… Fue una prueba de fuego para estos asistentes, demostrando su utilidad en momentos críticos.
Eso sí, conviene señalar que aunque parecen muy listos, no son infalibles. Todos hemos sufrido a veces indicaciones GPS absurdas (la típica IA que te mete por una calle cortada) o traducciones cómicas que podrían meternos en un lío diplomático si las tomamos al pie de la letra. Por eso, el viajero sagaz combina la ayuda virtual con su criterio y, por qué no, preguntando a algún humano local cuando hace falta –que a veces es el mejor “asistente” para recomendaciones auténticas-. En cualquier caso, los asistentes virtuales dotados de IA ya son parte integral del equipaje intangible de viajar en el siglo XXI. Nos acompañan, nos asesoran y nos sacan de apuros, haciendo que explorar el mundo sea un poco menos desafiante en lo logístico y permitiéndonos centrarnos más en disfrutar.
Transporte automatizado
Moverse de un lugar a otro durante un viaje también está viviendo una transformación gracias a la IA y la automatización. Quizá el ejemplo más futurista sean los vehículos autónomos: coches, taxis y autobuses que se conducen solos. En algunas ciudades del mundo esto ya es una realidad palpable. San Francisco, Phoenix o Las Vegas han sido escenarios de pruebas avanzadas donde empresas como Waymo (de Google) o Cruise (de General Motors) ofrecen servicios de taxi sin conductor humano. De hecho, Waymo lanzó en 2022 el primer servicio comercial desde un aeropuerto (en Phoenix) y ya ha realizado decenas de miles de trayectos autónomos con pasajeros.

Más allá de estos taxis autónomos, la IA también se aplica en transportes tradicionales para hacerlos más eficientes. Por ejemplo, muchos coches actuales llevan sistemas de asistencia a la conducción inteligentes: control de crucero adaptativo que mantiene la distancia automáticamente, frenado de emergencia que detecta peatones, mantenimiento de carril con cámaras que “leen” las líneas en el pavimento… Son funciones autónomas parciales que hacen viajes por carretera más seguros y descansados. En ámbito de turismo, empresas de alquiler de coches premium ya ofrecen vehículos con estos asistentes de IA incorporados, lo que en un roadtrip largo se agradece mucho (el coche “ve” cosas antes que tú si estás distraído).
En el transporte público también asoma la automatización: líneas de metro sin conductor existen en varias ciudades desde hace años (París, Vancouver, Kuala Lumpur…), controladas por sistemas programados. Algunos aeropuertos tienen lanzaderas autónomas entre terminales. Incluso se han probado pequeños buses turísticos autónomos en parques temáticos y destinos turísticos delimitados: van a baja velocidad pero llevan a la gente por recorridos fijos sin chofer, usando sensores para frenar si alguien se cruza. Un caso interesante ocurrió en 2021 en un parque nacional de EE. UU. (Yellowstone), donde pusieron a prueba un shuttle eléctrico autónomo para mover visitantes en zonas sensibles, reduciendo ruido y emisiones. Los resultados fueron prometedores en cuanto a aceptación por parte de la gente.

Por supuesto, volviendo al mundo real actual, la gran mayoría de transporte en un viaje sigue requiriendo conductores o pilotos humanos. Sin embargo, la IA ya opera discretamente: los aviones comerciales, por ejemplo, llevan décadas con piloto automático avanzado (no es 100% IA porque sigue un plan predefinido pero cada vez incorporan más decisiones asistidas, como rutas ajustadas por la computadora de a bordo para evitar turbulencias fuertes). Y en aviación se está estudiando la introducción de IA para, a largo plazo, reducir tripulantes en cabina o gestionar drones-taxi en ciudades. Suena muy futurista pero compañías como Airbus y Boeing invierten en ello.
Otro área es el tren: algunos trenes bala en Japón tienen sistemas de conducción automática supervisada, y en Europa se hacen pruebas para trenes de carga autónomos. Para los viajeros, el impacto directo aún es bajo pero en el futuro podríamos ver trenes turísticos panorámicos que se conduzcan solos en ciertos tramos para optimizar energía o adherirse mejor al horario.
La IA también ayuda a la gestión del tráfico y la movilidad en destinos turísticos. Ciudades muy visitadas, como Barcelona o Singapur, emplean sistemas inteligentes para controlar semáforos adaptativamente, gestionar flotas de buses según demanda en tiempo real o guiar a los conductores hacia aparcamientos libres mediante apps. Todo esto hace el moverse más eficiente y menos caótico, algo que cualquier turista aprecia cuando alquila un coche en una urbe desconocida.
Por último, un tema candente: los vehículos eléctricos autónomos de alquiler. Imaginemos que en unos años llegas a una ciudad y en lugar de tomar un Uber, solicitas un coche autónomo compartido mediante app; el coche viene solo, te subes, te lleva al museo, luego se va a buscar a otro pasajero… Esto revolucionaría la movilidad turística, haciéndola más fluida y con menos necesidad de conocer el entorno o el idioma (el coche sabe a dónde ir). Empresas de car-sharing ya contemplan incorporar flotas autónomas en cuanto la regulación lo permita.
¿Estamos listos para un mundo de vehículos sin conductor? Hay entusiasmo pero también reticencia. Los accidentes de algunos prototipos autónomos (como un suceso en 2023 donde un robotaxi atropelló a una persona en San Francisco al no detectar una situación complicada) nos recuerdan que la tecnología debe pulirse. Además, mucha gente disfruta conducir en vacaciones –ese roadtrip por la costa con las ventanillas bajadas– y no querrá ceder todo el control. Lo más probable es que convivan opciones diferentes: quien busque autonomía total la tendrá, y quien prefiera volante, también. En cualquier caso, el transporte automatizado con IA promete viajes más seguros (los algoritmos no se cansan ni se distraen), optimizados energéticamente y potencialmente más baratos, al eliminar costes de conductor. Y en un escenario utópico, incluso podría reducir atascos al coordinar vehículos en tiempo real como un ballet sincronizado. Falta camino pero las primeras señales ya se ven en nuestras carreteras y cielos. La época del “¿dónde aparco el coche de alquiler?” o “¿entenderá el taxista a qué hotel voy?” podría quedar atrás más pronto que tarde gracias a estos choferes artificiales incansables.
El futuro de las agencias de viajes
Con tanta herramienta digital al alcance de cualquiera, es inevitable preguntarse: ¿qué pasará con las agencias de viajes tradicionales y los agentes humanos en esta era de IA? Durante años se ha pronosticado su extinción pero han demostrado resiliencia adaptándose a nichos específicos. Ahora, sin embargo, la inteligencia artificial replantea su rol de manera aún más radical.
Por un lado, muchas funciones clásicas del agente de viajes ya las realiza un algoritmo: buscar opciones de vuelo/hotel, comparar precios, personalizar recomendaciones… Un cliente puede entrar a una plataforma en línea y obtener en minutos varias propuestas de itinerario ajustadas a su gusto (sobre todo con las descripciones mejoradas por IA conversacional). Además, las generaciones jóvenes están muy acostumbradas al DIY travel (Do It Yourself), es decir, planificar por cuenta propia apoyándose en internet. Los datos lo confirman: el 86% de los viajeros consultan fuentes en línea antes de reservar y más de la mitad finaliza la reserva sin intervención humana directa. Esto reduce la demanda de servicios tradicionales de agencia. De hecho, en EE. UU. el empleo de agentes de viaje cayó ~70% entre 2000 y 2021, correlacionado con el auge de las plataformas online.

Sin embargo, las agencias no han desaparecido: se han reinventado. Muchas funcionan ahora como consultores de viajes personalizados de alto nivel, enfocándose en viajes de lujo, aventuras exóticas o viajeros que buscan un toque humano experto que la máquina no da. ¿Y cómo encaja la IA aquí? En lugar de verlo como enemiga, las agencias más innovadoras la están adoptando como aliada. Por ejemplo, agencias boutique emplean sistemas de IA para agilizar su trabajo interno: algoritmos que les preparan un borrador de itinerario optimizado que luego el agente humano revisa y ajusta con su conocimiento. Esto les ahorra horas de investigación. También usan herramientas de big data para analizar tendencias de sus clientes (fechas preferidas, estilos de hotel) y así anticiparse y proponerles viajes a medida antes siquiera de que lo pidan. En cierto modo, la IA permite al agente tener un “sexto sentido” basado en datos duros.
Imaginemos el “agente de viajes del futuro cercano”: quizás no se llame agente sino diseñador de experiencias. Se apoyará en potentes motores de IA que generen opciones y resuelvan la logística, mientras él/ella se centrará en añadir valor creativo: ese restaurante secreto que conoció en persona o coordinar pequeños detalles sorpresivos (flores en la habitación para un aniversario, un guía local carismático para un tour privado). La agencia de viajes podría volverse un híbrido humano-IA, donde la rutina la hace la máquina y la parte emocional la pone el humano. Esta sinergia puede dar resultados excelentes porque ni la IA tiene sensibilidad cultural ni el humano puede procesar tantísima información tan rápido.
De hecho, ya hay plataformas emergentes que funcionan como marketplaces donde el cliente chatea con una IA de viajes y esta, tras definir un plan, conecta con un agente humano para pulirlo y concretar reservas complejas. Es un modelo colaborativo. Otras agencias integran realidad virtual en sus servicios: te ponen un visor VR para “previsualizar” tu destino (un paseo virtual por ese resort en Maldivas antes de comprar, por ejemplo). Esto no es IA en sí pero complementa la innovación tecnológica ofreciendo algo que internet por sí solo no hacía.
Por otro lado, existen aún ciertas barreras donde la intervención humana resulta insustituible: viajes muy complejos con múltiples proveedores, destinos remotos con poca info en línea o simplemente viajeros mayores que prefieren tratar con una persona. Ahí las agencias tienen campo para seguir operando, apoyadas eso sí en la IA para no quedarse atrás. Incluso las grandes agencias online están incorporando toques humanos vía IA: por ejemplo, chatbots que escalan a un humano si la pregunta es muy específica, o servicios premium donde un agente revisa tu itinerario sugerido por IA.

En resumen, el futuro de las agencias de viajes será híbrido. La IA probablemente acelerará el declive de los agentes tradicionales “de mostrador” – ya en 2023 el CEO de Booking Holdings pronosticaba que la IA acelerará la desaparición de las agencias clásicas que no innoven – pero al mismo tiempo abre oportunidades para quienes la adopten creativamente. Veremos agencias más especializadas, convertidas en curadores de experiencias, donde la IA hace el trabajo pesado de datos y los humanos aportan la capa de inspiración, empatía y comprensión psicológica que las máquinas no tienen. Así, el viajero del futuro podrá obtener lo mejor de ambos mundos: la eficiencia algorítmica y el trato personal. Eso sí, es un equilibrio delicado. Las agencias que no encuentren su nicho de valor añadido podrían desaparecer, engullidas por plataformas automatizadas. Pero aquellas que logren combinar la tecnología con el toque humano seguirán acompañándonos en nuestros viajes, aunque sea de un modo muy distinto al de hace 20 años. La profesión no muere, evoluciona.
El turismo del algoritmo y la homogeneización de experiencia
Hagamos un experimento mental: abre Instagram o TikTok y mira los vídeos de viajes más populares. Verás atardeceres en Santorini, la Torre Eiffel iluminada, la misma cala secreta de Ibiza que ya no es tan secreta… Los algoritmos tienden a empujarnos a los mismos lugares “instagrameables”, generando una especie de efecto rebaño digital. A esto nos referimos con el “turismo del algoritmo”: cuando las plataformas y recomendaciones automatizadas orientan a millones de personas hacia experiencias similares, corriendo el riesgo de homogeneizar los viajes.
Antes, cada viajero quizá descubría joyas ocultas de forma más independiente o tenía itinerarios únicos según su guía de cabecera. Ahora, con la abundancia de información y recomendaciones en línea, muchos terminamos siguiendo rutas muy parecidas. Si Yelp, TripAdvisor y Google dicen que el mejor brunch de la ciudad es en tal cafetería, allí iremos todos en tropel. Si un blog rankea las “10 mejores playas de Tailandia”, es probable que la mayoría concentre su visita en esas diez, dejando el resto del litoral casi vacío. El algoritmo en este contexto son tanto los motores de búsqueda que priorizan ciertos destinos/negocios, como los sistemas de recomendación que, basados en popularidad, realimentan esa popularidad.
Hay ejemplos llamativos. En Islandia, la cascada Brúarfoss era desconocida para el turismo masivo hasta que unos pocos posts virales la convirtieron en “la cascada azul de Instagram”; al verano siguiente, decenas de miles de turistas la invadieron, erosionando el terreno. Ciudades como Barcelona o Venecia sufren overtourism en puntos concretos (Sagrada Familia, Plaza San Marcos) mientras otros barrios o museos menos conocidos quedan ignorados, en parte porque todo el mundo recibe las mismas sugerencias top en su móvil. Es la paradoja de la personalización algorítmica: supuestamente te recomienda según tus gustos pero si a todos nos gustan ciertas cosas, terminamos en los mismos sitios.

Un concepto relacionado es la “sabiduría de las masas” que utilizan las apps: si 95% de la gente califica cierto lugar con 5 estrellas, el algoritmo se lo mostrará a más usuarios nuevos, haciendo que casi todos vayan ahí primero. A la larga, esto puede disminuir la diversidad de nuestras experiencias viajeras. Dos personas de países opuestos que visiten Londres con Google Trips probablemente tendrán itinerarios muy parecidos porque las “mejores opciones” calculadas por IA convergen. Se pierde un poco la serendipia y el factor sorpresa. Incluso algunos viajeros se quejan de que muchas ciudades globalizadas ya “se parecen entre sí” en las rutas turísticas estándar, plagadas de los mismos Starbucks, los mismos miradores saturados de selfie sticks.
La homogeneización también alcanza a la cultura del recuerdo: miles de fotos iguales desde el mismo spot famoso. El viaje se convierte en checklist de lugares dictados por tendencias algorítmicas. Irónicamente, buscamos autenticidad pero terminamos todos en el mismo mercado “auténtico” recomendado por Tripadvisor.
¿Tiene remedio? Algunas plataformas están intentando variar las recomendaciones, introduciendo descubrimiento aleatorio o fomentando destinos menos conocidos. Por ejemplo, Airbnb promovió en su web rincones ocultos bajo el lema “Viaja como local” y ciertas guías algorítmicas tratan de incorporar opciones personalizadas de nicho para evitar que todo usuario reciba los mismos consejos. También está surgiendo una contra-corriente de viajeros que deliberadamente evitan lo que sale primero en Google para buscar experiencias diferentes. Podríamos llamarlos rebeldes del algoritmo, que se saltan las atracciones más reseñadas y vagan sin plan fijo para encontrar su propia aventura. Creo que nosotros intentamos formar parte de este último grupo.
La cuestión de fondo es que los algoritmos suelen optimizar por satisfacción promedio y eso nos dirige a lo que supuestamente gusta a casi todos. Si no prestamos atención, podríamos terminar en un mundo turístico algo uniformado, donde vayas donde vayas encuentras la versión “instagramable” del destino. Como viajeros conscientes, quizá convenga usar la guía digital sin dejar que nos encadene: aprovechar sus consejos pero también salir de la ruta marcada cuando nos apetezca explorar. Porque la magia de viajar incluye también lo inesperado y lo único. Y eso, de momento, no hay algoritmo que lo garantice.
Turismo personalizado vs. burbuja digital
Muy ligado al punto anterior está el debate entre la personalización extrema de las experiencias de viaje y el riesgo de quedar atrapados en una burbuja digital. ¿Qué significa esto? Por un lado, la IA nos permite personalizar el turismo como nunca: que cada viajero tenga un plan adaptado a sus intereses –ya lo vimos con las recomendaciones a medida–. Pero por otro lado, si esa personalización se basa en nuestros gustos previos y comportamiento en línea, existe el peligro de que nos encierre en más de lo mismo y nos prive de perspectivas nuevas.
Tomemos un caso concreto: supongamos que a Bárbara siempre le han gustado los viajes de playa y resort todo incluido y lo refleja en sus búsquedas. Las IA de las plataformas detectan ese patrón. Cuando ella quiera decidir sus próximas vacaciones, la burbuja digital hará que prácticamente solo vea opciones similares (playas, cruceros, hoteles con pulsera). Puede que haya destinos de montaña o culturales que le encantarían si los probase pero el filtro invisible de sus preferencias pasadas se los oculta, por asumir que “esto no es lo tuyo”. Así, la personalización mal entendida podría restringir nuestros horizontes en lugar de expandirlos. En vez de sorprendernos con algo diferente, la IA a veces peca de conservadora: te sigue dando variaciones de lo que ya conoce que te gustó, creando una cámara de eco turística.
Este fenómeno es análogo al de las redes sociales y las noticias: el famoso filtro burbuja donde solo te llegan contenidos acordes a tus ideas. Aplicado al turismo, la “dieta viajera” de cada persona podría volverse monótona sin que se dé cuenta. La IA dice: “te personalizo todo para tu perfil” pero tal vez tu perfil está incompleto o es sesgado. Después de varios viajes hiper-personalizados, ¿sabremos aún salir de nuestra zona de confort? Una de las bellezas de viajar es precisamente confrontar lo desconocido, a veces hacer algo que no habríamos elegido de antemano y descubrir que nos encanta.

Imaginemos a una viajera, María, que siempre ha hecho turismo gastronómico en ciudades europeas. De repente, una IA de nueva generación, en lugar de sugerirle otro tour de tapas, la saca de la burbuja y le propone un voluntariado ecológico en el Amazonas, argumentando que según su personalidad abierta podría ser una experiencia transformadora aunque nunca la consideró. Eso sería una IA que busca diversificar y enriquecer al usuario. Pero la mayoría de algoritmos actuales no funcionan así; más bien refuerzan patrones. María seguramente recibirá recomendaciones de más rutas gourmet similares a las que hizo. Así se pierde la ocasión de algo distinto.
Esto plantea un desafío interesante a diseñadores de sistemas turísticos: cómo equilibrar personalización con diversidad. Algunas plataformas tratan de introducir cierto “descubrimiento aleatorio controlado”. Por ejemplo, Spotify (en música) te mete alguna canción fuera de tu radar de vez en cuando para ver si te gusta, en medio de tus recomendaciones. Aplicado al turismo, una app podría decir: “El 80% de tu itinerario es seguro que te va a gustar porque encaja con tu perfil pero este 20% son sugerencias novedosas para ti”. Así te saca un poco de la burbuja sin dejar de ajustarse a tus intereses generales.
Desde la perspectiva del viajero, es importante ser consciente de esta dinámica. Podemos romper la burbuja manualmente tomando decisiones conscientes: incluir en cada viaje algo inesperado, fiarnos del consejo espontáneo de un local aunque no estuviera en TripAdvisor o simplemente apagar el GPS un rato y perdernos por la ciudad (metafórica y literalmente). En la era digital, esto puede sonar casi subversivo, pero resulta muy sano para no convertir nuestras travesías en un menú predecible.
En definitiva, turismo personalizado sí pero sin renunciar a la espontaneidad. La IA es una herramienta fantástica para darnos lo que nos gusta pero no sabe que a veces necesitamos que nos sorprendan con algo fuera de lo común. La clave estará en usar esa personalización como base y nosotros mismos (o con ayuda de algoritmos más avanzados en el futuro) asegurarnos de ventilar la burbuja para que entre aire fresco. Porque los mejores recuerdos de viaje muchas veces vienen de aquello que jamás planificamos ni habríamos buscado en Google. Mantengamos ese espacio para la improvisación y el descubrimiento genuino, incluso en plena era de la hiper-personalización.
Turismo virtual y realidad aumentada
¿Se puede viajar sin moverse físicamente? Con la realidad virtual y la realidad aumentada acercándose a la madurez, la respuesta es cada vez más sí. El turismo virtual ha ganado relevancia, sobre todo tras la pandemia, como una alternativa (o complemento) a los viajes tradicionales. Aquí la IA juega un papel tanto en la creación de estos mundos virtuales como en hacerlos más inmersivos e interactivos.

Imagina ponerte unas gafas de realidad virtual (VR) y en un instante aparecer en la cima del Monte Everest, contemplando el Himalaya en 360 grados, sintiendo (auditivamente) el viento helado. O recorrer las salas de la Capilla Sixtina a solas, pudiendo acercarte a los frescos de Miguel Ángel más de lo que ningún turista real podría. Todo esto es posible gracias a recreaciones virtuales de alta resolución. Durante los confinamientos, millones de personas realizaron tours virtuales de museos y sitios turísticos desde casa – por ejemplo, el Museo del Louvre y el Museo Británico ofrecieron recorridos online donde uno navega las salas con vista de 360° y muchos destinos aceleraron proyectos de realidad virtual para mantener el interés. Una encuesta de 2021 indicó que las visitas virtuales a museos aumentaron más de un 1000% durante la pandemia, evidenciando el potencial de este formato (en circunstancias excepcionales) para transportarnos mentalmente.
La IA se emplea en VR para cosas como crear guías virtuales inteligentes. Por ejemplo, te pones el visor y mientras caminas virtualmente por Machu Picchu, una guía virtual (un avatar) impulsada por IA te va contando la historia a tu ritmo, respondiendo si le haces preguntas verbales. Es básicamente un asistente virtual turístico dentro del mundo virtual. Además, la IA ayuda a convertir fotos planas en entornos 3D envolventes, usando técnicas de visión artificial para rellenar huecos y texturas. Empresas tech han reconstruido ciudades antiguas (Pompeya, la Atenas clásica) digitalmente, de modo que te puedes “pasear” por ellas con VR – aquí la IA generativa ha servido para recrear edificios enteros a partir de ruinas y referencias históricas.
Por otro lado, la realidad aumentada (AR) en turismo mezcla lo virtual con lo real. Consiste en superponer información o elementos digitales sobre la vista del mundo físico a través de la cámara del móvil o gafas especiales. Un caso sencillo: apuntas tu móvil a las ruinas del Foro Romano y en la pantalla ves, sobre las piedras actuales, una reconstrucción virtual de cómo eran los templos originales en la antigüedad. Esto enriquece enormemente la visita porque aumenta la realidad con datos visuales. Otro ejemplo: apps tipo “treasure hunt” en una ciudad, donde siguiendo pistas virtuales vas descubriendo rincones con la ayuda de tu cámara. La IA se usa para reconocer lo que estás mirando y colocar la capa virtual apropiada (por ejemplo, identificar la catedral y mostrarte un video histórico justo encima).
En museos ya es habitual: enfocas un cuadro con la app AR y esta identifica la obra con IA y te muestra al lado información adicional o incluso una animación. En destinos turísticos al aire libre, la AR puede señalarte en el horizonte el nombre de las montañas que ves a lo lejos o la distancia al siguiente refugio, calculado por GPS. Todo eso se hace mediante IA integrando datos de geolocalización, reconocimiento de imagen y gráficos 3D.
¿Reemplazará esto al turismo real? La mayoría coincide en que la realidad virtual complementa pero no sustituye la experiencia física. Puede servir para inspirar viajes (conocer virtualmente un lugar te puede dar más ganas de ir de verdad) o para acceder a sitios que por costos o lejanía quizás nunca verías en persona (el espacio, las profundidades marinas). También como recurso educativo accesible: escuelas haciendo visitas virtuales con alumnos que quizá nunca podrán costear un viaje a otro continente. En términos de sostenibilidad, algunos argumentan que una parte del turismo podría volverse virtual para reducir la huella de carbono (por ejemplo, conferencias internacionales en entornos VR en vez de volar miles de personas a un congreso). Sin embargo, el turismo de ocio físico difícilmente desaparecerá: nada reemplaza sentir en la piel el aire de otro lugar, probar la comida auténtica, interactuar con personas de otra cultura cara a cara.
Lo que sí veremos es cada vez más integración de VR/AR en el viaje real. Por ejemplo, antes de visitar un sitio, lo exploras en VR para planificar mejor qué ver. O durante el viaje, usas AR como guía interactiva. Incluso después, para recordar, puedes revivir tu viaje en VR con las fotos y videos que tomaste integrados en un entorno 360. Las líneas entre lo físico y digital se difuminan.
En conclusión, la IA junto con VR/AR nos abre una nueva dimensión de viajes: la del bit y el pixel. No reemplazará la del avión y la mochila pero la complementará de maneras creativas. Quizá en unos años, decir “estoy viajando” pueda significar también “estoy con mi visor explorando la Antártida virtualmente por un rato”. En todo caso, es una herramienta emocionante para enriquecer nuestra ansia de descubrimiento, dándonos más formas de saciarla cuando la realidad lo impida o simplemente para añadir otra capa de asombro a nuestros recorridos por el mundo.
Lo fascinante es que estamos viviendo un momento de cambio histórico en la forma de viajar. Probablemente dentro de otros 10 o 20 años, cuando miremos atrás, nos asombraremos de lo rápido que evolucionó todo. Quizá contemos a las nuevas generaciones cómo antes planificar un viaje requería semanas de trabajo que ahora una IA resuelve en minutos, o cómo teníamos que aprender frases en otro idioma cuando ahora un auricular traduce al instante. Del mismo modo, tendremos que explicarles que con la IA vino la responsabilidad de usarla sabiamente: que aprendimos a no depender ciegamente de ella, a mantener viva la curiosidad y el espíritu aventurero que definen al buen viajero.
En última instancia, viajar siempre ha tenido que ver con la conexión humana y el descubrimiento personal. La IA puede ser la linterna que ilumine el camino, la brújula que nos oriente entre mares de datos, incluso el compañero que nos cuente historias en una noche solitaria de hotel. Pero el viajero sigues siendo tú. Eres tú quien siente el asombro al ver un paisaje por primera vez, quien saborea un plato exótico, quien entabla conversación con un desconocido en un tren. La tecnología debe ser una herramienta para potenciar esos momentos, no para reemplazarlos.
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