Inteligencia artificial y viajes: ¿el futuro ya está aquí?

Viajes e inteligencia artificial

Para apre­ciar la rev­olu­ción actu­al, con­viene recor­dar cómo orga­nizábamos los via­jes no hace tan­to, antes de la era de la IA (e inclu­so antes de inter­net tal como lo cono­ce­mos). Imag­inemos la esce­na: guías de via­je de papel sub­rayadas, mapas desple­gables ocu­pan­do la mesa del salón, lla­madas tele­fóni­cas a hote­les para reser­var habitación, vis­i­tas a una agen­cia de via­jes del bar­rio para que un agente nos con­sigu­iera “el mejor pre­cio” en ese vue­lo soña­do. Has­ta los años 90, la may­oría de las reser­vas se hacían en per­sona o por telé­fono, con muy poca ayu­da de algo­rit­mos. De hecho, la lle­ga­da de inter­net ya supu­so un cam­bio enorme: en 2009 alrede­dor de 105 mil­lones de esta­dounidens­es (un ter­cio de la población) usa­ban Inter­net para plan­i­ficar sus via­jes, con­fian­do en bus­cadores y pági­nas web bási­cas. Aún así, esos primeros pasos dig­i­tales dis­ta­ban de la sofisti­cación actu­al: la plan­i­fi­cación seguía sien­do bas­tante man­u­al. Uno nave­g­a­ba por sitios web estáti­cos, com­para­n­do pre­cios “a ojo” y leyen­do foros o opin­iones genéri­c­as. Nada de recomen­da­ciones inteligentes en tiem­po real; a lo sumo, lis­tas de top 10 o el con­se­jo de algún cono­ci­do.

IA aplicada al turismo

En aque­l­los tiem­pos, sor­pre­sa era una pal­abra fre­cuente en los via­jes. Lle­gar a una ciu­dad prác­ti­ca­mente a cie­gas, sin más guía que un libro o un mapa físi­co, podía resul­tar en hal­laz­gos ines­per­a­dos (un restau­rante local des­cu­bier­to por casu­al­i­dad) o en fias­cos que hoy serían evita­bles con una sim­ple búsque­da en el móvil. Las deci­siones se toma­ban con infor­ma­ción lim­i­ta­da: por ejem­p­lo, ele­gir hotel con­fian­do en una foto de catál­o­go y una breve descrip­ción. Esto hacía que via­jar tuviera un com­po­nente de aven­tu­ra may­or, pero tam­bién más incer­tidum­bre y esfuer­zo logís­ti­co. Hoy, en cam­bio, muchas de esas incer­tidum­bres han sido aten­u­adas por la tec­nología. Para pon­er­lo en per­spec­ti­va, las ven­tas de via­jes en línea rep­re­sen­taron el 70% de los ingre­sos turís­ti­cos glob­ales en 2024. Es decir, en pocas décadas pasamos de reser­var con una lla­ma­da a que prác­ti­ca­mente todo se ges­tione por inter­net, con por­tales y apps que con­cen­tran vue­los, alo­jamien­tos y más.

Ese trán­si­to hacia lo dig­i­tal supu­so tam­bién el declive de la agen­cia de via­jes tradi­cional de mostrador: en EE. UU., por ejem­p­lo, el número de ofic­i­nas de agen­cia se redu­jo de 34.000 en los 90 a ape­nas 13.000 en 2016. Y si la irrup­ción de inter­net puso en jaque a los agentes humanos, la lle­ga­da de la inteligen­cia arti­fi­cial lle­va este cam­bio a otro niv­el, autom­a­ti­zan­do muchas de las tar­eas que antes requerían inter­ven­ción man­u­al. Via­jar en la era pre-IA implic­a­ba plan­i­ficar a mano, con her­ramien­tas lim­i­tadas y un gran papel de la expe­ri­en­cia humana (propia o de pro­fe­sion­ales); via­jar hoy, con IA por medio, sig­nifi­ca acced­er en segun­dos a análi­sis antes impens­ables. Veamos exac­ta­mente qué enten­demos por IA en tur­is­mo y cómo fun­ciona esta nue­va ali­a­da dig­i­tal del via­jero.

¿Qué es la IA aplicada al turismo?

Cuan­do hablam­os de inteligen­cia arti­fi­cial en el tur­is­mo, nos refe­r­i­mos al uso de sis­temas infor­máti­cos capaces de apren­der, razonar y tomar deci­siones a par­tir de grandes volúmenes de datos rela­ciona­dos con los via­jes. Esto abar­ca des­de algo­rit­mos de apren­diza­je automáti­co (machine learn­ing) que anal­izan nues­tras pref­er­en­cias para recomen­darnos des­ti­nos u hote­les a medi­da, has­ta chat­bots con proce­samien­to de lengua­je nat­ur­al que pueden aten­der con­sul­tas de via­jeros en cualquier momen­to. La IA turís­ti­ca incluye tam­bién tec­nologías como la visión por orde­nador (por ejem­p­lo, para reconocimien­to facial en aerop­uer­tos u hote­les) y la robóti­ca en tar­eas de aten­ción al cliente. En suma, es la apli­cación de sis­temas “inteligentes” en todas las eta­pas del via­je: antes, durante y después.

Un ejem­p­lo claro es cómo fun­cio­nan hoy muchos por­tales de via­jes. En el pasa­do, los sitios web mostra­ban opciones genéri­c­as según ori­gen, des­ti­no y fechas. Aho­ra, gra­cias a la IA, la expe­ri­en­cia es mucho más per­son­al­iza­da: los algo­rit­mos anal­izan tu com­por­tamien­to en línea, tu his­to­r­i­al de reser­vas e inclu­so inter­ac­ciones en redes sociales, para ofre­certe recomen­da­ciones adap­tadas a tus gus­tos y pre­supuesto. Así, dos per­sonas que entren a la mis­ma web pueden ver ofer­tas dis­tin­tas según si via­jan con niños, si aman la aven­tu­ra o si sue­len gas­tar poco. La IA tam­bién se emplea para autom­a­ti­zar y agilizar pro­ce­sos: reser­vas con­fir­madas al instante, noti­fi­ca­ciones proac­ti­vas ante cam­bios de horario en vue­los o sug­eren­cias de check-in más tem­pra­no según disponi­bil­i­dad hotel­era.

Otro cam­po impor­tante son los sis­temas pre­dic­tivos: la IA puede crib­ar inmen­sas bases de datos de pre­cios de vue­los o patrones mete­o­rológi­cos para pre­de­cir cosas útiles al via­jero. Por ejem­p­lo, cier­tas apps predi­cen si el pre­cio de un bil­lete de avión subirá o bajará en los próx­i­mos días, ayudán­dote a decidir cuán­do com­prar. Otras IA detectan prob­a­bles retra­sos de vue­lo antes de que la aerolínea los anun­cie, com­bi­nan­do datos históri­cos con condi­ciones actuales. Tam­bién entran aquí los sis­temas de tra­duc­ción automáti­ca (¿quién no ha usa­do Google Trans­late o sim­i­lares para comu­ni­carse en otro idioma via­jan­do?) y los motores de búsque­da opti­miza­dos que entien­den pre­gun­tas com­ple­jas como “lugares tran­qui­los para ver el atarde­cer cer­ca de mi hotel”. Todo esto es IA apli­ca­da al tur­is­mo.

En defin­i­ti­va, la IA turís­ti­ca es un con­jun­to de tec­nologías que per­miten ofre­cer ser­vi­cios más inteligentes, rápi­dos y per­son­al­iza­dos en el sec­tor de via­jes. Actual­mente es raro el ámbito del tur­is­mo donde no haya algo de IA operan­do en segun­do plano: des­de ese recomen­dador que te sug­iere un tour local basa­do en tus intere­ses has­ta el algo­rit­mo que ajus­ta el pre­cio de una habitación en tiem­po real según la deman­da. A con­tin­uación, explo­raremos con más detalle algunos de los usos más desta­ca­dos de la IA en las dis­tin­tas fas­es de un via­je, empezan­do por el prin­ci­pio: la plan­i­fi­cación.

Planificación de viajes personalizada

Uno de los cam­bios más nota­bles que ha traí­do la IA es la per­son­al­ización de la plan­i­fi­cación. Antes uno arma­ba su itin­er­ario a mano o seguía paque­tes están­dar; hoy, en cam­bio, es posi­ble ten­er un “plan de via­je a la car­ta” gen­er­a­do con ayu­da de algo­rit­mos que cono­cen nue­stros gus­tos mejor que un agente de via­jes tradi­cional. Platafor­mas de reser­va como Expe­dia, Book­ing o Airbnb emplean IA para sug­erirte alo­jamien­tos y activi­dades acorde a tu his­to­r­i­al y per­fil. Si siem­pre bus­cas hote­les bou­tique y restau­rantes veg­anos, el sis­tema lo “aprende” y pri­or­iza recomen­da­ciones en esa línea. Si via­jas en famil­ia, te destacará opciones kid-friend­ly. Estas sug­eren­cias inteligentes se basan en analizar mon­tones de datos de usuar­ios con patrones sim­i­lares al tuyo para adiv­inar qué te podría encan­tar a ti.

Pero quizás el salto más sor­pren­dente en 2023–2024 ha sido la irrup­ción de los chat­bots con­ver­sa­cionales tipo Chat­G­PT en la plan­i­fi­cación via­jera. Aho­ra, lit­eral­mente podemos char­lar con una IA sobre nues­tras vaca­ciones ide­ales. Por ejem­p­lo, puedes pedirle a Chat­G­PT: “plan­i­fí­came un via­je de 5 días por la Toscana en coche, evi­tan­do rutas muy turís­ti­cas y con activi­dades de vino y senderis­mo”. En cuestión de segun­dos, te pro­pon­drá un itin­er­ario detal­la­do, con pueb­los pin­torescos, bode­gas locales y senderos panorámi­cos inclu­i­dos.

IA turismo

Y no es cien­cia fic­ción: según encues­tas recientes, más de una quin­ta parte (22%) de los via­jeros a niv­el mundi­al ya ha uti­liza­do Chat­G­PT u otros chat­bots de IA para plan­i­ficar un via­je【. Imag­inemos la esce­na: gente pre­gun­tan­do a un asis­tente vir­tu­al cuál es la mejor playa ocul­ta en la isla de Madeira o qué itin­er­ario seguir por Japón si te encan­ta el ani­me. De hecho, empre­sas como Ope­nAI han incor­po­ra­do com­ple­men­tos de via­je en sus sis­temas: con Chat­G­PT Plus puedes acti­var plu­g­ins de Kayak, Expe­dia, Tri­pAd­vi­sor, etc., para que la IA con­sulte infor­ma­ción actu­al­iza­da de vue­los, hote­les y restau­rantes mien­tras con­ver­sa con­ti­go. Es como ten­er un agente de via­jes vir­tu­al 24/7 que bucea en inter­net sin que tú muevas un dedo.

Hay tam­bién apli­ca­ciones espe­cial­izadas que aprovechan esta tec­nología. Star­tups como Trip­notes, Roam Around o Curio­sio ofre­cen inter­faces donde le indi­cas tus pref­er­en­cias y una IA (basa­da en GPT, gen­eral­mente) dis­eña un plan inter­ac­ti­vo con mapas y rutas opti­mizadas. Otra ini­cia­ti­va intere­sante es GuideGeek, un chat inteligente vía What­sApp que te sug­iere lugares y activi­dades en tiem­po real cuan­do ya estás de via­je. Por ejem­p­lo, vas pase­an­do por París y le dices “recomién­dame un café con vista a la Torre Eif­fel que no esté lleno de tur­is­tas aho­ra mis­mo” y te responde con algu­na joya escon­di­da a la vuelta de la esquina (en teoría). La prome­sa es una plan­i­fi­cación ultr­a­dig­i­tal y dinámi­ca, donde el via­jero puede iter­ar sus ideas con la IA has­ta dar con su itin­er­ario soña­do.

¿Fun­ciona tan per­fec­to? Bueno, los exper­tos acon­se­jan tomar estas recomen­da­ciones como un pun­to de par­ti­da, no como la ver­dad abso­lu­ta. Al fin y al cabo, la IA no deja de basarse en datos exis­tentes: puede pasar por alto lugares nuevos, o no enter­arse de que tal museo cer­ró la sem­ana pasa­da. Aun así, la ven­ta­ja en tiem­po y per­son­al­ización es innegable.

Ya no nos sat­is­facen tan­to las rutas genéri­c­as; quer­e­mos el via­je hecho a nues­tra medi­da. La IA está hacien­do posi­ble ofre­cer, prác­ti­ca­mente, un plan dis­tin­to para cada via­jero. Y a juz­gar por las ten­den­cias, a la gente le encan­ta: otro son­deo glob­al hal­ló que el 40% de los con­sum­i­dores ya han usa­do IA de algún modo para plan­i­ficar o durante un via­je. Quizá porque intuyen la como­di­dad de ten­er una “Alexa via­jera” que sabe si prefe­r­i­mos mon­taña o playa o porque –seamos hon­estos– nos ahor­ra horas de búsque­da com­para­n­do blogs y reviews. La plan­i­fi­cación de via­jes se está con­vir­tien­do en una expe­ri­en­cia con­ver­sa­cional y per­son­al­iza­da, donde tú cuen­tas tus sueños y una máquina te sug­iere cómo cumplir­los.

Búsqueda y predicción de vuelos

Si hay algo que estre­sa (u obse­siona) a muchos​ es encon­trar vue­los baratos y sin con­tratiem­pos. Aquí la IA tam­bién ha hecho de las suyas, cam­bian­do cómo bus­camos y reser­va­mos pasajes de avión. ¿Quién no ha usa­do algu­na vez una her­ramien­ta de aler­ta de pre­cios o un com­para­dor inteligente? Detrás de esos sis­temas hay algo­rit­mos apren­di­en­do de mil­lones de datos históri­cos para pre­de­cir el com­por­tamien­to de las tar­i­fas aéreas. Un caso famoso es la app Hop­per, que pre­sume de pre­de­cir con un 95% de pre­cisión la evolu­ción de los pre­cios de vue­los y hote­les. Su algo­rit­mo anal­iza 63 bil­lones de pun­tos de pre­cio acu­mu­la­dos a lo largo del tiem­po (sí, bil­lones, con b) y te acon­se­ja si debes reser­var ya o esper­ar porque quizá bajen las tar­i­fas. Gra­cias a eso, dicen que el usuario prome­dio ahor­ra 65 dólares por via­je. Bási­ca­mente, Hop­per y sim­i­lares actúan como una bola de cristal dig­i­tal: exam­i­nan patrones (tem­po­ra­da alta, fluc­tua­ciones de deman­da, ofer­tas pasadas) y sacan una predic­ción per­son­al­iza­da.

Los gigantes tam­bién se han suma­do. Google Flights incor­poró hace un tiem­po un sis­tema de predic­ción de retra­sos y de indi­cación de cuán­do un pre­cio es una “bue­na ofer­ta” o si es prob­a­ble que suba. Por ejem­p­lo, puede mostrarte: “este vue­lo suele costar 30% más, reser­va aho­ra” o aler­tarte de que un vue­lo podría retrasarse por cier­tas condi­ciones. El obje­ti­vo: que via­je­mos más infor­ma­dos y evite­mos sor­pre­sas desagrad­ables (o com­pre­mos más con ellos, según se mire).

IA turismo

Más allá del pre­cio, la IA opti­miza la búsque­da de vue­los en gen­er­al. Los motores de búsque­da de las agen­cias en línea como Expe­dia o Kiwi.com uti­lizan algo­rit­mos avan­za­dos para com­bi­nar rutas y aerolíneas de for­mas inge­niosas que quizás un humano no pen­saría. Por ejem­p­lo, enlazar dos com­pañías low-cost dis­tin­tas con un aerop­uer­to secun­dario en medio para abaratar un trayec­to inter­con­ti­nen­tal. O pro­pon­er fechas alter­na­ti­vas cer­canas más con­ve­nientes. Todo esto lo cal­cu­lan en segun­dos, algo impens­able sin IA.

Asimis­mo, las aerolíneas apli­can mod­e­los de inteligen­cia arti­fi­cial para ges­tionar sus ingre­sos  de for­ma dinámi­ca, aju­s­tan­do pre­cios en tiem­po real según la deman­da o per­fil del usuario. Esa es la razón por la que los pre­cios pare­cen cam­biar casi mági­ca­mente cada vez que refres­camos la pági­na; no es magia, son algo­rit­mos afi­nan­do el máx­i­mo qué esta­mos dis­puestos a pagar.

Un pun­to intere­sante son las predic­ciones de inci­den­cias. Además de los retra­sos, hay sis­temas proban­do pre­de­cir can­cela­ciones o sat­u­ración en aerop­uer­tos. Imag­i­na recibir una aler­ta: “tu vue­lo en 3 días podría can­ce­larse por huel­ga, mejor rea­co­modar”. Sue­na genial para el pasajero, aunque plantea retos a las com­pañías. No obstante, ya esta­mos vien­do atis­bos de esto: cier­tas ase­gu­rado­ras y apps de via­je uti­lizan IA para esti­mar ries­gos (cli­ma extremo, con­flic­tos) y ofre­cer seguros o cam­bios proac­tivos.

Gra­cias a la IA, bus­car vue­los aho­ra es mucho más rápi­do y efi­ciente que hace 20 años. Antes uno tenía que fiarse de su instin­to o del con­se­jo del ami­go “exper­to en gan­gas aéreas”. Aho­ra con­ta­mos con asis­tentes dig­i­tales que vig­i­lan el mer­ca­do 24/7 y nos dicen cuán­do apre­tar el gatil­lo de la reser­va.

Con todo, la IA nos ha dado una ven­ta­ja clara: tomar deci­siones de vue­lo con mucha más infor­ma­ción que antes. Y los via­jeros lo aprovechan gus­tosa­mente, porque a nadie le viene mal ahor­rar dinero ni evi­tar escalas eter­nas. Un dato que refle­ja esta con­fi­an­za: dos de cada tres via­jeros ya usan platafor­mas online para plan­ear o inves­ti­gar sus via­jes–donde estas fun­ciones inteligentes están integradas– en vez de méto­dos tradi­cionales. Al final, quer­e­mos el con­trol y la pre­visión que nos da la IA, aunque el cielo siem­pre ten­ga su parte de impre­deci­ble.

Hoteles inteligentes

Si lle­garas a la recep­ción de un hotel y te atendiera un dinosaurio robóti­co, pen­sarías que estás soñan­do o en una pelícu­la de Spiel­berg. Pero eso es exac­ta­mente lo que les sucedía a los hués­pedes del Henn-na Hotel en Nagasa­ki, Japón, famoso por ser el primer hotel del mun­do aten­di­do casi total­mente por robots (aval­a­do por el libro Guin­ness). En este hotel futur­ista, inau­gu­ra­do en 2015, un par de velocir­rap­tores robóti­cos con som­breri­to de portero daban la bien­veni­da en el mostrador. La idea era van­guardista, aunque un poco prob­lemáti­ca: por muy sim­páti­cos que fuer­an los autó­matas polí­glotas, a menudo no entendían bien las peti­ciones de los clientes.

La situación llegó al pun­to que el hotel tuvo que des­pedir a la mitad de su plan­til­la robóti­ca y repon­er humanos, tras anéc­do­tas deli­rantes como que un robot con­fundiera los ron­qui­dos noc­turnos de un huésped con una solic­i­tud de asis­ten­cia urgente. ¡Imag­i­na que te despier­ta a las tres de la mañana porque cree que estabas pidi­en­do ser­vi­cio de habita­ciones mien­tras ron­cabas! Este caso del Henn-na Hotel ilus­tra tan­to los avances como las lim­ita­ciones de los hote­les robo­t­i­za­dos. Aunque el exper­i­men­to no fue per­fec­to, mar­có ten­den­cia.

Robot Hotel

Hoy en día, var­ios establec­imien­tos están adop­tan­do ele­men­tos de “hote­les inteligentes”, com­bi­nan­do IA, Inter­net de las Cosas (IoT) y robóti­ca para ofre­cer ser­vic­cios. En Chi­na, Aliba­ba abrió en 2019 el hotel Fly­Zoo en Hangzhou, donde prác­ti­ca­mente no hay per­son­al humano: robots e IA ges­tio­nan des­de la clima­ti­zación has­ta el reg­istro de entra­da, que se hace medi­ante reconocimien­to facial en vez de llave. En la cade­na españo­la Barceló han proba­do espe­jos con asis­tente vir­tu­al incor­po­ra­do; en algunos Hilton pre­sen­taron a “Con­nie”, un robot-con­ser­je impul­sa­do por IBM Wat­son que respondía pre­gun­tas de los hués­pedes. 

Los asis­tentes de voz en habitación son otra ten­den­cia: Mar­riott instaló dis­pos­i­tivos Alexa en algu­nas de sus mar­cas y el grupo español Spring Hote­les incor­poró Google Home en su hotel Vul­cano (Tener­ife) bajo el nom­bre de “Mr. Spring”, per­mi­tien­do al huésped pedir con la voz que reser­ven un spa o que pon­gan su can­ción favorita por los altav­o­ces. En Bei­jing, Inter­Con­ti­nen­tal lanzó habita­ciones inteligentes donde ya no hace fal­ta ni dar órdenes exac­tas: con decir “ten­go sueño” la habitación atenúa luces y baja las corti­nas sola. Todo para que la inter­ac­ción tec­nológ­i­ca sea lo más nat­ur­al posi­ble.

Más allá de los robots vis­tosos, la inteligen­cia en hote­les tam­bién se ve en sis­temas menos vis­i­bles: sen­sores y IA que opti­mizan el con­sumo de energía (aju­s­tan­do aire acondi­ciona­do o cale­fac­ción según detectan pres­en­cia, ahor­ran­do luz cuan­do sales) y soft­wares que anal­izan datos de hués­pedes para per­son­alizar la estancia. Por ejem­p­lo, si siem­pre pides almo­ha­da extra y desayuno sin gluten, la próx­i­ma vez podrían ten­er­lo lis­to sin que lo digas, porque su sis­tema te reconoce y aprende esas pref­er­en­cias.

Robot Hotel

Algunos hote­les ofre­cen apps propias que actúan como con­trol cen­tral del huésped: abrir la puer­ta con el móvil, chatear con recep­ción, pedir ser­vi­cio de habita­ciones des­de la pan­talla… Un caso curioso es la cade­na Vir­gin Hotels con su app “Lucy”, que aparte de con­tro­lar la habitación te conec­ta con otros hués­pedes para socializar. Y en Lis­boa, el hotel Pes­tana CR7 (propiedad de Cris­tiano Ronal­do) exper­i­men­tó con una tablet en recep­ción dota­da de reconocimien­to facial que, según la emo­ción de tu ros­tro, te sug­ería lo que podrías nece­si­tar: si te veía cara de cansa­do te mostra­ba la ima­gen de una cama, si detecta­ba áni­mo fies­tero te recomend­a­ba el bar de copas. Un toque lúdi­co de IA emo­cional.

En sín­te­sis, los hote­les inteligentes bus­can autom­a­ti­zar tar­eas ruti­nar­ias, ahor­rar costes y sor­pren­der al cliente. Des­de luego, ver robots por los pasil­los es sor­pren­dente (a veces inqui­etante, admitá­moslo). Pero tam­bién hay ven­ta­jas prác­ti­cas: check-in más rápi­do, menos errores humanos en cuen­tas, aten­ción 24 horas sin pagar horas extra…

Eso sí, muchos via­jeros todavía val­o­ran el con­tac­to humano en la hos­pi­tal­i­dad. Un robot difi­cil­mente va a empa­ti­zar con tu que­ja por el rui­do de la calle o a enten­der un chiste local. Por eso la may­oría de hote­les com­bi­nan ambas cosas, tec­nología y per­son­al humano, inten­tan­do lograr lo mejor de cada mun­do. De hecho, los robots siguen en fase de apren­diza­je en tur­is­mo: el pro­pio caso Henn-na demostró que no pueden resolver­lo todo. Aun así, la ten­den­cia es impa­ra­ble. Los hote­les del futuro (y del pre­sente) son cada vez más smart, quizá no al niv­el de Jet­sons todavía pero se van acer­can­do. Ver­e­mos has­ta dónde lle­ga esa autom­a­ti­zación y si en algún momen­to echare­mos de menos a aquel recep­cionista de son­risa cál­i­da reem­plaza­do por una cámara y una IA.

Asistentes virtuales

En ple­na ruta por un país descono­ci­do, hoy día es común ten­er un asis­tente vir­tu­al lit­eral­mente en la pal­ma de la mano. Hablam­os de esas apli­ca­ciones y her­ramien­tas impul­sadas por IA que nos acom­pañan durante el via­je para hac­er todo más fácil. Un ejem­p­lo típi­co: vas con­ducien­do por una car­retera y le dices a tu telé­fono “oye Siri/Google, llé­vame al hotel más cer­cano” o “¿dónde puedo cenar comi­da local por aquí?”. En segun­dos, tu asis­tente de voz te da opciones, basadas en mapas inteligentes y recomen­da­ciones per­son­al­izadas. Estas pequeñas ayu­das se han vuel­to indis­pens­ables para muchos via­jeros mod­er­nos.

Pense­mos en Google Maps: con su nave­gación inteligente nos guía por ciu­dades extrañas, evi­tan­do atas­cos gra­cias a IA que anal­iza el trá­fi­co en tiem­po real. O su modo “Explore”, que sug­iere lugares de interés cer­canos según la hora del día y nues­tras pref­er­en­cias (por ejem­p­lo, a las 8 pm te pro­pone restau­rantes cenan­do, a las 10 am quizá museos). Inclu­so incor­po­ra real­i­dad aumen­ta­da en algu­nas ciu­dades: apun­tas con la cámara y te sobreim­pone fle­chas en la calle para no perderte. Detrás de todo ello hay algo­rit­mos de visión arti­fi­cial y apren­diza­je con­tin­uo con datos de mil­lones de usuar­ios.

Otro asis­tente vir­tu­al clave es el tra­duc­tor inteligente. Con her­ramien­tas como Google Lens o iTrans­late, apun­ta­mos al car­tel de un museo en japonés y zas, lo vemos tra­duci­do al español al instante en la pan­talla, o hablam­os al móvil en español y este repro­duce en ital­iano para pre­gun­tar algo en Roma. Ya no hace fal­ta car­gar dic­cionar­ios ni hac­er mími­ca deses­per­a­da: la IA lingüís­ti­ca der­ri­ba bar­reras idiomáti­cas en ruta. Esto no solo facili­ta la vida al via­jero, sino que enriquece la expe­ri­en­cia al per­mi­tir más inter­ac­ción con locales (aunque sea vía app).

IA turismo

Tam­bién están los chat­bots de las empre­sas de tur­is­mo: aerolíneas, hote­les, agen­cias online, todas tienen su bot en What­sApp, Mes­sen­ger o en la web, lis­to para respon­der pre­gun­tas fre­cuentes (“¿a qué hora es el check-out?”, “¿cuán­to cues­ta cam­biar mi vue­lo?”) a cualquier hora. Son asis­tentes vir­tuales dis­eña­dos para ser­vi­cio al cliente, que agilizan con­sul­tas sen­cil­las sin ten­er que lla­mar por telé­fono y esper­ar en espera. Algunos son bas­tante avan­za­dos y entien­den lengua­je nat­ur­al con bas­tante acier­to.

KLM, por ejem­p­lo, fue pio­nera en ten­er un chat­bot que envía tu tar­je­ta de embar­que, noti­fi­ca cam­bios de puer­ta y responde dudas, todo en un mis­mo hilo de chat. En des­ti­nos turís­ti­cos, hay ciu­dades que han lan­za­do asis­tentes vir­tuales tipo “Ask Vien­na” o “Hola Sevil­la” que, medi­ante IA, con­tes­tan pre­gun­tas de vis­i­tantes sobre qué hac­er, horar­ios de mon­u­men­tos, trans­porte públi­co y demás en múlti­ples idiomas.

Una fac­eta intere­sante es cuan­do com­bi­namos estos asis­tentes con wear­ables o dis­pos­i­tivos especí­fi­cos. Por ejem­p­lo, algunos coches de alquil­er vienen inte­gra­dos con Alexa o Google Assis­tant, de modo que con­ducien­do puedas pedir indi­ca­ciones, cam­biar músi­ca o lla­mar al hotel sin quitar las manos del volante. O los auric­u­lares tra­duc­tores en tiem­po real (como los Pix­el Buds de Google) que susurran la tra­duc­ción en tu oído mien­tras alguien te habla en otro idioma. Todos son asis­tentes poten­ci­a­dos por IA que te ayu­dan “en con­tex­to”.

No podemos olvi­dar las apps móviles de via­je con IA incor­po­ra­da. Por ejem­p­lo, apli­ca­ciones tipo Trip­It o App in the Air que actúan como un asis­tente de itin­er­ario: conec­tas tu email de reser­vas y te con­sol­i­dan en una agen­da todos tus vue­los, hote­les y tick­ets, con avi­sos inteligentes (retra­sos, cam­bios de puer­ta…). Inclu­so te recomien­dan cuán­do salir hacia el aerop­uer­to cal­cu­lan­do trá­fi­co o qué fila de seguri­dad suele ser más ráp­i­da –sí, hay IA anal­izan­do has­ta eso en aerop­uer­tos grandes-. Otras apps como Road­trip­pers te sug­ieren paradas intere­santes en tu ruta de car­retera per­son­al, en base a tus intere­ses y a lo que otros via­jeros sim­i­lares val­o­raron.

IA turismo

Durante el via­je, estos asis­tentes vir­tuales se con­vierten en el mejor ami­go dig­i­tal del via­jero. A difer­en­cia de car­gar con guías impre­sas y planos, aho­ra lle­va­mos todo en el smart­phone. Y gra­cias a la IA, el smart­phone entiende lo que nece­si­ta­mos: si pre­gun­tas “¿dónde puedo ver un boni­to atarde­cer por aquí?”, la IA com­pone una respues­ta cruzan­do datos de geolo­cal­ización y oro­grafía para pro­pon­erte ese mirador ocul­to que quizá no sale en las guías clási­cas. Algu­nas IA inclu­so incor­po­ran opin­iones sen­ti­men­tales: anal­izan mil­lones de reseñas online para inferir si un sitio es tran­qui­lo, ani­ma­do, román­ti­co… y así afi­nar la sug­eren­cia según lo que bus­cas.

Como anéc­do­ta, recordemos la pan­demia de 2020: muchos via­jeros atra­pa­dos en país­es extran­jeros dependieron de chat­bots con­sulares y her­ramien­tas vir­tuales para recibir indi­ca­ciones de repa­triación, cam­bios de nor­ma­ti­vas… Fue una prue­ba de fuego para estos asis­tentes, demostran­do su util­i­dad en momen­tos críti­cos.

Eso sí, con­viene señalar que aunque pare­cen muy lis­tos, no son infal­i­bles. Todos hemos sufri­do a veces indi­ca­ciones GPS absur­das (la típi­ca IA que te mete por una calle cor­ta­da) o tra­duc­ciones cómi­cas que podrían meter­nos en un lío diplomáti­co si las tomamos al pie de la letra. Por eso, el via­jero sagaz com­bi­na la ayu­da vir­tu­al con su cri­te­rio y, por qué no, pre­gun­tan­do a algún humano local cuan­do hace fal­ta –que a veces es el mejor “asis­tente” para recomen­da­ciones autén­ti­cas-. En cualquier caso, los asis­tentes vir­tuales dota­dos de IA ya son parte inte­gral del equipa­je intan­gi­ble de via­jar en el siglo XXI. Nos acom­pañan, nos aseso­ran y nos sacan de apuros, hacien­do que explo­rar el mun­do sea un poco menos desafi­ante en lo logís­ti­co y per­mi­tién­donos cen­trarnos más en dis­fru­tar.

Transporte automatizado

Moverse de un lugar a otro durante un via­je tam­bién está vivien­do una trans­for­ma­ción gra­cias a la IA y la autom­a­ti­zación. Quizá el ejem­p­lo más futur­ista sean los vehícu­los autónomos: coches, taxis y auto­bus­es que se con­ducen solos. En algu­nas ciu­dades del mun­do esto ya es una real­i­dad pal­pa­ble. San Fran­cis­co, Phoenix o Las Vegas han sido esce­nar­ios de prue­bas avan­zadas donde empre­sas como Way­mo (de Google) o Cruise (de Gen­er­al Motors) ofre­cen ser­vi­cios de taxi sin con­duc­tor humano. De hecho, Way­mo lanzó en 2022 el primer ser­vi­cio com­er­cial des­de un aerop­uer­to (en Phoenix) y ya ha real­iza­do dece­nas de miles de trayec­tos autónomos con pasajeros. 

Taxi volador

Más allá de estos taxis autónomos, la IA tam­bién se apli­ca en trans­portes tradi­cionales para hac­er­los más efi­cientes. Por ejem­p­lo, muchos coches actuales lle­van sis­temas de asis­ten­cia a la con­duc­ción inteligentes: con­trol de crucero adap­ta­ti­vo que mantiene la dis­tan­cia automáti­ca­mente, fre­na­do de emer­gen­cia que detec­ta peatones, man­ten­imien­to de car­ril con cámaras que “leen” las líneas en el pavi­men­to… Son fun­ciones autóno­mas par­ciales que hacen via­jes por car­retera más seguros y des­cansa­dos. En ámbito de tur­is­mo, empre­sas de alquil­er de coches pre­mi­um ya ofre­cen vehícu­los con estos asis­tentes de IA incor­po­ra­dos, lo que en un road­trip largo se agradece mucho (el coche “ve” cosas antes que tú si estás dis­traí­do).

En el trans­porte públi­co tam­bién aso­ma la autom­a­ti­zación: líneas de metro sin con­duc­tor exis­ten en varias ciu­dades des­de hace años (París, Van­cou­ver, Kuala Lumpur…), con­tro­ladas por sis­temas pro­gra­ma­dos. Algunos aerop­uer­tos tienen lan­zaderas autóno­mas entre ter­mi­nales. Inclu­so se han proba­do pequeños bus­es turís­ti­cos autónomos en par­ques temáti­cos y des­ti­nos turís­ti­cos delim­i­ta­dos: van a baja veloci­dad pero lle­van a la gente por recor­ri­dos fijos sin chofer, usan­do sen­sores para fre­nar si alguien se cruza. Un caso intere­sante ocur­rió en 2021 en un par­que nacional de EE. UU. (Yel­low­stone), donde pusieron a prue­ba un shut­tle eléc­tri­co autónomo para mover vis­i­tantes en zonas sen­si­bles, reducien­do rui­do y emi­siones. Los resul­ta­dos fueron prom­ete­dores en cuan­to a aceptación por parte de la gente.

IA turismo

Por supuesto, volvien­do al mun­do real actu­al, la gran may­oría de trans­porte en un via­je sigue requirien­do con­duc­tores o pilo­tos humanos. Sin embar­go, la IA ya opera disc­re­ta­mente: los aviones com­er­ciales, por ejem­p­lo, lle­van décadas con pilo­to automáti­co avan­za­do (no es 100% IA porque sigue un plan pre­definido pero cada vez incor­po­ran más deci­siones asis­ti­das, como rutas ajus­tadas por la com­puta­do­ra de a bor­do para evi­tar tur­bu­len­cias fuertes). Y en aviación se está estu­dian­do la intro­duc­ción de IA para, a largo pla­zo, reducir trip­u­lantes en cab­i­na o ges­tionar drones-taxi en ciu­dades. Sue­na muy futur­ista pero com­pañías como Air­bus y Boe­ing invierten en ello.

Otro área es el tren: algunos trenes bala en Japón tienen sis­temas de con­duc­ción automáti­ca super­visa­da, y en Europa se hacen prue­bas para trenes de car­ga autónomos. Para los via­jeros, el impacto direc­to aún es bajo pero en el futuro podríamos ver trenes turís­ti­cos panorámi­cos que se con­duz­can solos en cier­tos tramos para opti­mizar energía o adherirse mejor al horario.

La IA tam­bién ayu­da a la gestión del trá­fi­co y la movil­i­dad en des­ti­nos turís­ti­cos. Ciu­dades muy vis­i­tadas, como Barcelona o Sin­ga­pur, emplean sis­temas inteligentes para con­tro­lar semá­foros adap­ta­ti­va­mente, ges­tionar flotas de bus­es según deman­da en tiem­po real o guiar a los con­duc­tores hacia aparcamien­tos libres medi­ante apps. Todo esto hace el moverse más efi­ciente y menos caóti­co, algo que cualquier tur­ista apre­cia cuan­do alquila un coche en una urbe descono­ci­da.

Por últi­mo, un tema can­dente: los vehícu­los eléc­tri­cos autónomos de alquil­er. Imag­inemos que en unos años lle­gas a una ciu­dad y en lugar de tomar un Uber, solic­i­tas un coche autónomo com­par­tido medi­ante app; el coche viene solo, te subes, te lle­va al museo, luego se va a bus­car a otro pasajero… Esto rev­olu­cionaría la movil­i­dad turís­ti­ca, hacién­dola más flu­i­da y con menos necesi­dad de cono­cer el entorno o el idioma (el coche sabe a dónde ir). Empre­sas de car-shar­ing ya con­tem­plan incor­po­rar flotas autóno­mas en cuan­to la reg­u­lación lo per­mi­ta.

¿Esta­mos lis­tos para un mun­do de vehícu­los sin con­duc­tor? Hay entu­si­as­mo pero tam­bién ret­i­cen­cia. Los acci­dentes de algunos pro­toti­pos autónomos (como un suce­so en 2023 donde un rob­o­t­axi atro­pel­ló a una per­sona en San Fran­cis­co al no detec­tar una situación com­pli­ca­da) nos recuer­dan que la tec­nología debe pulirse. Además, mucha gente dis­fru­ta con­ducir en vaca­ciones –ese road­trip por la cos­ta con las ven­tanil­las bajadas– y no quer­rá ced­er todo el con­trol. Lo más prob­a­ble es que con­vi­van opciones​ difer­entes: quien busque autonomía total la ten­drá, y quien pre­fiera volante, tam­bién. En cualquier caso, el trans­porte autom­a­ti­za­do con IA prom­ete via­jes más seguros (los algo­rit­mos no se cansan ni se dis­traen), opti­miza­dos energéti­ca­mente y poten­cial­mente más baratos, al elim­i­nar costes de con­duc­tor. Y en un esce­nario utópi­co, inclu­so podría reducir atas­cos al coor­di­nar vehícu­los en tiem­po real como un bal­let sin­croniza­do. Fal­ta camino pero las primeras señales ya se ven en nues­tras car­reteras y cie­los. La época del “¿dónde aparco el coche de alquil­er?” o “¿enten­derá el taxista a qué hotel voy?” podría quedar atrás más pron­to que tarde gra­cias a estos choferes arti­fi­ciales incans­ables.

El futuro de las agencias de viajes

Con tan­ta her­ramien­ta dig­i­tal al alcance de cualquiera, es inevitable pre­gun­tarse: ¿qué pasará con las agen­cias de via­jes tradi­cionales y los agentes humanos en esta era de IA? Durante años se ha pronos­ti­ca­do su extin­ción pero han demostra­do resilien­cia adap­tán­dose a nichos especí­fi­cos. Aho­ra, sin embar­go, la inteligen­cia arti­fi­cial replantea su rol de man­era aún más rad­i­cal.

Por un lado, muchas fun­ciones clási­cas del agente de via­jes ya las real­iza un algo­rit­mo: bus­car opciones de vuelo/hotel, com­parar pre­cios, per­son­alizar recomen­da­ciones… Un cliente puede entrar a una platafor­ma en línea y obten­er en min­u­tos varias prop­ues­tas de itin­er­ario ajus­tadas a su gus­to (sobre todo con las descrip­ciones mejo­radas por IA con­ver­sa­cional). Además, las gen­era­ciones jóvenes están muy acos­tum­bradas al DIY trav­el (Do It Your­self), es decir, plan­i­ficar por cuen­ta propia apoyán­dose en inter­net. Los datos lo con­fir­man: el 86% de los via­jeros con­sul­tan fuentes en línea antes de reser­var y más de la mitad final­iza la reser­va sin inter­ven­ción humana direc­ta. Esto reduce la deman­da de ser­vi­cios tradi­cionales de agen­cia. De hecho, en EE. UU. el empleo de agentes de via­je cayó ~70% entre 2000 y 2021, cor­rela­ciona­do con el auge de las platafor­mas online.

Agencia de viajes

Sin embar­go, las agen­cias no han desa­pare­ci­do: se han rein­ven­ta­do. Muchas fun­cio­nan aho­ra como con­sul­tores de via­jes per­son­al­iza­dos de alto niv­el, enfocán­dose en via­jes de lujo, aven­turas exóti­cas o via­jeros que bus­can un toque humano exper­to que la máquina no da. ¿Y cómo enca­ja la IA aquí? En lugar de ver­lo como ene­mi­ga, las agen­cias más inno­vado­ras la están adop­tan­do como ali­a­da. Por ejem­p­lo, agen­cias bou­tique emplean sis­temas de IA para agilizar su tra­ba­jo inter­no: algo­rit­mos que les preparan un bor­rador de itin­er­ario opti­miza­do que luego el agente humano revisa y ajus­ta con su conocimien­to. Esto les ahor­ra horas de inves­ti­gación. Tam­bién usan her­ramien­tas de big data para analizar ten­den­cias de sus clientes (fechas preferi­das, esti­los de hotel) y así antic­i­parse y pro­pon­er­les via­jes a medi­da antes siquiera de que lo pidan. En cier­to modo, la IA per­mite al agente ten­er un “sex­to sen­ti­do” basa­do en datos duros.

Imag­inemos el “agente de via­jes del futuro cer­cano”: quizás no se llame agente sino dis­eñador de expe­ri­en­cias. Se apo­yará en potentes motores de IA que generen opciones y resuel­van la logís­ti­ca, mien­tras él/ella se cen­trará en añadir val­or cre­ati­vo: ese restau­rante secre­to que cono­ció en per­sona o coor­di­nar pequeños detalles sor­pre­sivos (flo­res en la habitación para un aniver­sario, un guía local caris­máti­co para un tour pri­va­do). La agen­cia de via­jes podría vol­verse un híbri­do humano-IA, donde la ruti­na la hace la máquina y la parte emo­cional la pone el humano. Esta sin­er­gia puede dar resul­ta­dos exce­lentes porque ni la IA tiene sen­si­bil­i­dad cul­tur­al ni el humano puede proce­sar tan­tísi­ma infor­ma­ción tan rápi­do.

De hecho, ya hay platafor­mas emer­gentes que fun­cio­nan como mar­ket­places donde el cliente chatea con una IA de via­jes y esta, tras definir un plan, conec­ta con un agente humano para pulir­lo y conc­re­tar reser­vas com­ple­jas. Es un mod­e­lo colab­o­ra­ti­vo. Otras agen­cias inte­gran real­i­dad vir­tu­al en sus ser­vi­cios: te ponen un visor VR para “pre­vi­su­alizar” tu des­ti­no (un paseo vir­tu­al por ese resort en Mal­divas antes de com­prar, por ejem­p­lo). Esto no es IA en sí pero com­ple­men­ta la inno­vación tec­nológ­i­ca ofre­cien­do algo que inter­net por sí solo no hacía.

Por otro lado, exis­ten aún cier­tas bar­reras donde la inter­ven­ción humana resul­ta insusti­tu­ible: via­jes muy com­ple­jos con múlti­ples provee­dores, des­ti­nos remo­tos con poca info en línea o sim­ple­mente via­jeros may­ores que pre­fieren tratar con una per­sona. Ahí las agen­cias tienen cam­po para seguir operan­do, apoy­adas eso sí en la IA para no quedarse atrás. Inclu­so las grandes agen­cias online están incor­po­ran­do toques humanos vía IA: por ejem­p­lo, chat­bots que escalan a un humano si la pre­gun­ta es muy especí­fi­ca, o ser­vi­cios pre­mi­um donde un agente revisa tu itin­er­ario sug­eri­do por IA.

Pareja safari

En resumen, el futuro de las agen­cias de via­jes será híbri­do. La IA prob­a­ble­mente acel­er­ará el declive de los agentes tradi­cionales “de mostrador” – ya en 2023 el CEO de Book­ing Hold­ings pronos­ti­ca­ba que la IA acel­er­ará la desapari­ción de las agen­cias clási­cas que no innoven – pero al mis­mo tiem­po abre opor­tu­nidades para quienes la adopten cre­ati­va­mente. Ver­e­mos agen­cias más espe­cial­izadas, con­ver­tidas en curadores de expe­ri­en­cias, donde la IA hace el tra­ba­jo pesa­do de datos y los humanos apor­tan la capa de inspiración, empatía y com­pren­sión psi­cológ­i­ca que las máquinas no tienen. Así, el via­jero del futuro podrá obten­er lo mejor de ambos mun­dos: la efi­cien­cia algo­rít­mi­ca y el tra­to per­son­al. Eso sí, es un equi­lib­rio del­i­ca­do. Las agen­cias que no encuen­tren su nicho de val­or aña­di­do podrían desa­pare­cer, engul­l­i­das por platafor­mas autom­a­ti­zadas. Pero aque­l­las que logren com­bi­nar la tec­nología con el toque humano seguirán acom­pañán­donos en nue­stros via­jes, aunque sea de un modo muy dis­tin­to al de hace 20 años. La pro­fe­sión no muere, evolu­ciona.

El turismo del algoritmo y la homogeneización de experiencia

Hag­amos un exper­i­men­to men­tal: abre Insta­gram o Tik­Tok y mira los vídeos de via­jes más pop­u­lares. Verás atarde­ceres en San­tori­ni, la Torre Eif­fel ilu­mi­na­da, la mis­ma cala sec­re­ta de Ibiza que ya no es tan sec­re­ta… Los algo­rit­mos tien­den a empu­jarnos a los mis­mos lugares “insta­grame­ables”, generan­do una especie de efec­to rebaño dig­i­tal. A esto nos refe­r­i­mos con el “tur­is­mo del algo­rit­mo”: cuan­do las platafor­mas y recomen­da­ciones autom­a­ti­zadas ori­en­tan a mil­lones de per­sonas hacia expe­ri­en­cias sim­i­lares, cor­rien­do el ries­go de homo­geneizar los via­jes.

Antes, cada via­jero quizá des­cubría joyas ocul­tas de for­ma más inde­pen­di­ente o tenía itin­er­ar­ios úni­cos según su guía de cabecera. Aho­ra, con la abun­dan­cia de infor­ma­ción y recomen­da­ciones en línea, muchos ter­mi­namos sigu­ien­do rutas muy pare­ci­das. Si Yelp, Tri­pAd­vi­sor y Google dicen que el mejor brunch de la ciu­dad es en tal cafetería, allí ire­mos todos en tro­pel. Si un blog rankea las “10 mejores playas de Tai­lan­dia”, es prob­a­ble que la may­oría con­cen­tre su visi­ta en esas diez, dejan­do el resto del litoral casi vacío. El algo­rit­mo en este con­tex­to son tan­to los motores de búsque­da que pri­or­izan cier­tos destinos/negocios, como los sis­temas de recomen­dación que, basa­dos en pop­u­lar­i­dad, real­i­men­tan esa pop­u­lar­i­dad.

Hay ejem­p­los lla­ma­tivos. En Islandia, la cas­ca­da Brúar­foss era descono­ci­da para el tur­is­mo masi­vo has­ta que unos pocos posts virales la con­virtieron en “la cas­ca­da azul de Insta­gram”; al ver­a­no sigu­iente, dece­nas de miles de tur­is­tas la invadieron, ero­sio­n­an­do el ter­reno. Ciu­dades como Barcelona o Vene­cia sufren over­tourism en pun­tos con­cre­tos (Sagra­da Famil­ia, Plaza San Mar­cos) mien­tras otros bar­rios o museos menos cono­ci­dos quedan igno­ra­dos, en parte porque todo el mun­do recibe las mis­mas sug­eren­cias top en su móvil. Es la parado­ja de la per­son­al­ización algo­rít­mi­ca: supues­ta­mente te recomien­da según tus gus­tos pero si a todos nos gus­tan cier­tas cosas, ter­mi­namos en los mis­mos sitios.

Cascada Islandia

Un con­cep­to rela­ciona­do es la “sabiduría de las masas” que uti­lizan las apps: si 95% de la gente cal­i­fi­ca cier­to lugar con 5 estrel­las, el algo­rit­mo se lo mostrará a más usuar­ios nuevos, hacien­do que casi todos vayan ahí primero. A la larga, esto puede dis­minuir la diver­si­dad de nues­tras expe­ri­en­cias via­jeras. Dos per­sonas de país­es opuestos que vis­iten Lon­dres con Google Trips prob­a­ble­mente ten­drán itin­er­ar­ios muy pare­ci­dos porque las “mejores opciones” cal­cu­ladas por IA con­ver­gen. Se pierde un poco la serendip­ia y el fac­tor sor­pre­sa. Inclu­so algunos via­jeros se que­jan de que muchas ciu­dades glob­al­izadas ya “se pare­cen entre sí” en las rutas turís­ti­cas están­dar, pla­gadas de los mis­mos Star­bucks, los mis­mos miradores sat­u­ra­dos de self­ie sticks.

La homo­geneización tam­bién alcan­za a la cul­tura del recuer­do: miles de fotos iguales des­de el mis­mo spot famoso. El via­je se con­vierte en check­list de lugares dic­ta­dos por ten­den­cias algo­rít­mi­cas. Iróni­ca­mente, bus­camos aut­en­ti­ci­dad pero ter­mi­namos todos en el mis­mo mer­ca­do “autén­ti­co” recomen­da­do por Tri­pad­vi­sor.

¿Tiene reme­dio? Algu­nas platafor­mas están inten­tan­do vari­ar las recomen­da­ciones, intro­ducien­do des­cubrim­ien­to aleato­rio o fomen­tan­do des­ti­nos menos cono­ci­dos. Por ejem­p­lo, Airbnb pro­movió en su web rin­cones ocul­tos bajo el lema “Via­ja como local” y cier­tas guías algo­rít­mi­cas tratan de incor­po­rar opciones per­son­al­izadas de nicho para evi­tar que todo usuario reci­ba los mis­mos con­se­jos. Tam­bién está surgien­do una con­tra-cor­ri­ente de via­jeros que delib­er­ada­mente evi­tan lo que sale primero en Google para bus­car expe­ri­en­cias difer­entes. Podríamos lla­mar­los rebeldes del algo­rit­mo, que se saltan las atrac­ciones más reseñadas y vagan sin plan fijo para encon­trar su propia aven­tu­ra. Creo que nosotros inten­ta­mos for­mar parte de este últi­mo grupo.

La cuestión de fon­do es que los algo­rit­mos sue­len opti­mizar por sat­is­fac­ción prome­dio y eso nos dirige a lo que supues­ta­mente gus­ta a casi todos. Si no presta­mos aten­ción, podríamos ter­mi­nar en un mun­do turís­ti­co algo uni­for­ma­do, donde vayas donde vayas encuen­tras la ver­sión “insta­gram­able” del des­ti­no. Como via­jeros con­scientes, quizá con­ven­ga usar la guía dig­i­tal sin dejar que nos enca­dene: aprovechar sus con­se­jos pero tam­bién salir de la ruta mar­ca­da cuan­do nos apetez­ca explo­rar. Porque la magia de via­jar incluye tam­bién lo ines­per­a­do y lo úni­co. Y eso, de momen­to, no hay algo­rit­mo que lo garan­tice.

Turismo personalizado vs. burbuja digital

Muy lig­a­do al pun­to ante­ri­or está el debate entre la per­son­al­ización extrema de las expe­ri­en­cias de via­je y el ries­go de quedar atra­pa­dos en una bur­bu­ja dig­i­tal. ¿Qué sig­nifi­ca esto? Por un lado, la IA nos per­mite per­son­alizar el tur­is­mo como nun­ca: que cada via­jero ten­ga un plan adap­ta­do a sus intere­ses –ya lo vimos con las recomen­da­ciones a medi­da–. Pero por otro lado, si esa per­son­al­ización se basa en nue­stros gus­tos pre­vios y com­por­tamien­to en línea, existe el peli­gro de que nos encierre en más de lo mis­mo y nos prive de per­spec­ti­vas nuevas.

Tomem­os un caso con­cre­to: supong­amos que a Bár­bara siem­pre le han gus­ta­do los via­jes de playa y resort todo inclu­i­do y lo refle­ja en sus búsquedas. Las IA de las platafor­mas detectan ese patrón. Cuan­do ella quiera decidir sus próx­i­mas vaca­ciones, la bur­bu­ja dig­i­tal hará que prác­ti­ca­mente solo vea opciones sim­i­lares (playas, cruceros, hote­les con pulsera). Puede que haya des­ti­nos de mon­taña o cul­tur­ales que le encan­tarían si los probase pero el fil­tro invis­i­ble de sus pref­er­en­cias pasadas se los ocul­ta, por asumir que “esto no es lo tuyo”. Así, la per­son­al­ización mal enten­di­da podría restringir nue­stros hor­i­zontes en lugar de expandir­los. En vez de sor­pren­der­nos con algo difer­ente, la IA a veces peca de con­ser­vado­ra: te sigue dan­do varia­ciones de lo que ya conoce que te gustó, cre­an­do una cámara de eco turís­ti­ca.

Este fenó­meno es anál­o­go al de las redes sociales y las noti­cias: el famoso fil­tro bur­bu­ja donde solo te lle­gan con­tenidos acordes a tus ideas. Apli­ca­do al tur­is­mo, la “dieta via­jera” de cada per­sona podría vol­verse monó­tona sin que se dé cuen­ta. La IA dice: “te per­son­al­i­zo todo para tu per­fil” pero tal vez tu per­fil está incom­ple­to o es ses­ga­do. Después de var­ios via­jes hiper-per­son­al­iza­dos, ¿sabre­mos aún salir de nues­tra zona de con­fort? Una de las bellezas de via­jar es pre­cisa­mente con­frontar lo descono­ci­do, a veces hac­er algo que no habríamos elegi­do de ante­mano y des­cubrir que nos encan­ta.

Pareja Egipto

Imag­inemos a una via­jera, María, que siem­pre ha hecho tur­is­mo gas­tronómi­co en ciu­dades euro­peas. De repente, una IA de nue­va gen­eración, en lugar de sug­erir­le otro tour de tapas, la saca de la bur­bu­ja y le pro­pone un vol­un­tari­a­do ecológi­co en el Ama­zonas, argu­men­tan­do que según su per­son­al­i­dad abier­ta podría ser una expe­ri­en­cia trans­for­mado­ra aunque nun­ca la con­sid­eró. Eso sería una IA que bus­ca diver­si­ficar y enrique­cer al usuario. Pero la may­oría de algo­rit­mos actuales no fun­cio­nan así; más bien refuerzan patrones. María segu­ra­mente recibirá recomen­da­ciones de más rutas gourmet sim­i­lares a las que hizo. Así se pierde la ocasión de algo dis­tin­to.

Esto plantea un desafío intere­sante a dis­eñadores de sis­temas turís­ti­cos: cómo equi­li­brar per­son­al­ización con diver­si­dad. Algu­nas platafor­mas tratan de intro­ducir cier­to “des­cubrim­ien­to aleato­rio con­tro­la­do”. Por ejem­p­lo, Spo­ti­fy (en músi­ca) te mete algu­na can­ción fuera de tu radar de vez en cuan­do para ver si te gus­ta, en medio de tus recomen­da­ciones. Apli­ca­do al tur­is­mo, una app podría decir: “El 80% de tu itin­er­ario es seguro que te va a gus­tar porque enca­ja con tu per­fil pero este 20% son sug­eren­cias nove­dosas para ti”. Así te saca un poco de la bur­bu­ja sin dejar de ajus­tarse a tus intere­ses gen­erales.

Des­de la per­spec­ti­va del via­jero, es impor­tante ser con­sciente de esta dinámi­ca. Podemos romper la bur­bu­ja man­ual­mente toman­do deci­siones con­scientes: incluir en cada via­je algo ines­per­a­do, fiarnos del con­se­jo espon­tá­neo de un local aunque no estu­viera en Tri­pAd­vi­sor o sim­ple­mente apa­gar el GPS un rato y perder­nos por la ciu­dad (metafóri­ca y lit­eral­mente). En la era dig­i­tal, esto puede sonar casi sub­ver­si­vo, pero resul­ta muy sano para no con­ver­tir nues­tras trav­es­ías en un menú pre­deci­ble.

En defin­i­ti­va, tur­is­mo per­son­al­iza­do sí pero sin renun­ciar a la espon­tanei­dad. La IA es una her­ramien­ta fan­tás­ti­ca para darnos lo que nos gus­ta pero no sabe que a veces nece­si­ta­mos que nos sor­pren­dan con algo fuera de lo común. La clave estará en usar esa per­son­al­ización como base y nosotros mis­mos (o con ayu­da de algo­rit­mos más avan­za­dos en el futuro) ase­gu­rarnos de ven­ti­lar la bur­bu­ja para que entre aire fres­co. Porque los mejores recuer­dos de via­je muchas veces vienen de aque­l­lo que jamás plan­i­fi­camos ni habríamos bus­ca­do en Google. Man­teng­amos ese espa­cio para la impro­visación y el des­cubrim­ien­to gen­uino, inclu­so en ple­na era de la hiper-per­son­al­ización.

Turismo virtual y realidad aumentada

¿Se puede via­jar sin moverse físi­ca­mente? Con la real­i­dad vir­tu­al y la real­i­dad aumen­ta­da acer­cán­dose a la madurez, la respues­ta es cada vez más sí. El tur­is­mo vir­tu­al ha gana­do rel­e­van­cia, sobre todo tras la pan­demia, como una alter­na­ti­va (o com­ple­men­to) a los via­jes tradi­cionales. Aquí la IA jue­ga un papel tan­to en la creación de estos mun­dos vir­tuales como en hac­er­los más inmer­sivos e inter­ac­tivos.

Turismo virtual

Imag­i­na pon­erte unas gafas de real­i­dad vir­tu­al (VR) y en un instante apare­cer en la cima del Monte Ever­est, con­tem­p­lan­do el Himalaya en 360 gra­dos, sin­tien­do (audi­ti­va­mente) el vien­to hela­do. O recor­rer las salas de la Capil­la Six­ti­na a solas, pudi­en­do acer­carte a los fres­cos de Miguel Ángel más de lo que ningún tur­ista real podría. Todo esto es posi­ble gra­cias a recrea­ciones vir­tuales de alta res­olu­ción. Durante los con­fi­namien­tos, mil­lones de per­sonas realizaron tours vir­tuales de museos y sitios turís­ti­cos des­de casa – por ejem­p­lo, el Museo del Lou­vre y el Museo Británi­co ofrecieron recor­ri­dos online donde uno nave­ga las salas con vista de 360° y muchos des­ti­nos acel­er­aron proyec­tos de real­i­dad vir­tu­al para man­ten­er el interés. Una encues­ta de 2021 indicó que las vis­i­tas vir­tuales a museos aumen­taron más de un 1000% durante la pan­demia, evi­den­cian­do el poten­cial de este for­ma­to (en cir­cun­stan­cias excep­cionales) para trans­portarnos men­tal­mente.

La IA se emplea en VR para cosas como crear guías vir­tuales inteligentes. Por ejem­p­lo, te pones el visor y mien­tras cam­i­nas vir­tual­mente por Machu Pic­chu, una guía vir­tu­al (un avatar) impul­sa­da por IA te va con­tan­do la his­to­ria a tu rit­mo, respon­di­en­do si le haces pre­gun­tas ver­bales. Es bási­ca­mente un asis­tente vir­tu­al turís­ti­co den­tro del mun­do vir­tu­al. Además, la IA ayu­da a con­ver­tir fotos planas en entornos 3D envol­ventes, usan­do téc­ni­cas de visión arti­fi­cial para rel­lenar hue­cos y tex­turas. Empre­sas tech han recon­stru­i­do ciu­dades antiguas (Pom­peya, la Ate­nas clási­ca) dig­i­tal­mente, de modo que te puedes “pasear” por ellas con VR – aquí la IA gen­er­a­ti­va ha servi­do para recrear edi­fi­cios enteros a par­tir de ruinas y ref­er­en­cias históri­c­as.

Por otro lado, la real­i­dad aumen­ta­da (AR) en tur­is­mo mez­cla lo vir­tu­al con lo real. Con­siste en super­pon­er infor­ma­ción o ele­men­tos dig­i­tales sobre la vista del mun­do físi­co a través de la cámara del móvil o gafas espe­ciales. Un caso sen­cil­lo: apun­tas tu móvil a las ruinas del Foro Romano y en la pan­talla ves, sobre las piedras actuales, una recon­struc­ción vir­tu­al de cómo eran los tem­p­los orig­i­nales en la antigüedad. Esto enriquece enorme­mente la visi­ta porque aumen­ta la real­i­dad con datos visuales. Otro ejem­p­lo: apps tipo “trea­sure hunt” en una ciu­dad, donde sigu­ien­do pis­tas vir­tuales vas des­cubrien­do rin­cones con la ayu­da de tu cámara. La IA se usa para recono­cer lo que estás miran­do y colo­car la capa vir­tu­al apropi­a­da (por ejem­p­lo, iden­ti­ficar la cat­e­dral y mostrarte un video históri­co jus­to enci­ma).

En museos ya es habit­u­al: enfo­cas un cuadro con la app AR y esta iden­ti­fi­ca la obra con IA y te mues­tra al lado infor­ma­ción adi­cional o inclu­so una ani­mación. En des­ti­nos turís­ti­cos al aire libre, la AR puede señalarte en el hor­i­zonte el nom­bre de las mon­tañas que ves a lo lejos o la dis­tan­cia al sigu­iente refu­gio, cal­cu­la­do por GPS. Todo eso se hace medi­ante IA inte­gran­do datos de geolo­cal­ización, reconocimien­to de ima­gen y grá­fi­cos 3D.

¿Reem­plazará esto al tur­is­mo real? La may­oría coin­cide en que la real­i­dad vir­tu­al com­ple­men­ta pero no susti­tuye la expe­ri­en­cia físi­ca. Puede servir para inspi­rar via­jes (cono­cer vir­tual­mente un lugar te puede dar más ganas de ir de ver­dad) o para acced­er a sitios que por cos­tos o lejanía quizás nun­ca verías en per­sona (el espa­cio, las pro­fun­di­dades mari­nas). Tam­bién como recur­so educa­ti­vo acce­si­ble: escue­las hacien­do vis­i­tas vir­tuales con alum­nos que quizá nun­ca podrán costear un via­je a otro con­ti­nente. En tér­mi­nos de sosteni­bil­i­dad, algunos argu­men­tan que una parte del tur­is­mo podría vol­verse vir­tu­al para reducir la huel­la de car­bono (por ejem­p­lo, con­fer­en­cias inter­na­cionales en entornos VR en vez de volar miles de per­sonas a un con­gre­so). Sin embar­go, el tur­is­mo de ocio físi­co difí­cil­mente desa­pare­cerá: nada reem­plaza sen­tir en la piel el aire de otro lugar, pro­bar la comi­da autén­ti­ca, inter­ac­tu­ar con per­sonas de otra cul­tura cara a cara. 

Lo que sí ver­e­mos es cada vez más inte­gración de VR/AR en el via­je real. Por ejem­p­lo, antes de vis­i­tar un sitio, lo explo­ras en VR para plan­i­ficar mejor qué ver. O durante el via­je, usas AR como guía inter­ac­ti­va. Inclu­so después, para recor­dar, puedes revivir tu via­je en VR con las fotos y videos que tomaste inte­gra­dos en un entorno 360. Las líneas entre lo físi­co y dig­i­tal se difumi­nan.

En con­clusión, la IA jun­to con VR/AR nos abre una nue­va dimen­sión de via­jes: la del bit y el pix­el. No reem­plazará la del avión y la mochi­la pero la com­ple­men­tará de man­eras cre­ati­vas. Quizá en unos años, decir “estoy via­jan­do” pue­da sig­nificar tam­bién “estoy con mi visor explo­ran­do la Antár­ti­da vir­tual­mente por un rato”. En todo caso, es una her­ramien­ta emo­cio­nante para enrique­cer nues­tra ansia de des­cubrim­ien­to, dán­donos más for­mas de sacia­r­la cuan­do la real­i­dad lo imp­i­da o sim­ple­mente para añadir otra capa de asom­bro a nue­stros recor­ri­dos por el mun­do.

 

Lo fasci­nante es que esta­mos vivien­do un momen­to de cam­bio históri­co en la for­ma de via­jar. Prob­a­ble­mente den­tro de otros 10 o 20 años, cuan­do mire­mos atrás, nos asom­braremos de lo rápi­do que evolu­cionó todo. Quizá con­te­mos a las nuevas gen­era­ciones cómo antes plan­i­ficar un via­je requería sem­anas de tra­ba­jo que aho­ra una IA resuelve en min­u­tos, o cómo teníamos que apren­der fras­es en otro idioma cuan­do aho­ra un auric­u­lar tra­duce al instante. Del mis­mo modo, ten­dremos que expli­car­les que con la IA vino la respon­s­abil­i­dad de usar­la sabi­a­mente: que aprendi­mos a no depen­der cie­ga­mente de ella, a man­ten­er viva la curiosi­dad y el espíritu aven­turero que definen al buen via­jero.

En últi­ma instan­cia, via­jar siem­pre ha tenido que ver con la conex­ión humana y el des­cubrim­ien­to per­son­al. La IA puede ser la lin­ter­na que ilu­mine el camino, la brúju­la que nos ori­ente entre mares de datos, inclu­so el com­pañero que nos cuente his­to­rias en una noche soli­taria de hotel. Pero el via­jero sigues sien­do tú. Eres tú quien siente el asom­bro al ver un paisaje por primera vez, quien saborea un pla­to exóti­co, quien entabla con­ver­sación con un descono­ci­do en un tren. La tec­nología debe ser una her­ramien­ta para poten­ciar esos momen­tos, no para reem­plazar­los.


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