Esas cosas que tanto gustan a los turistas (y no a los viajeros)

Es algo en lo que incidi­mos mucho: no es lo mis­mo (por suerte!) un tur­ista que un via­jero. Mien­tras que el primero nece­si­ta de un grupo orga­ni­za­do has­ta para ir al baño, fotografía has­ta las papel­eras, suele ser bas­tante rui­doso e irre­spetu­oso con las cos­tum­bres locales, se que­ja de los pro­duc­tos de su país de ori­gen que no puede encon­trar en el des­ti­no elegi­do y evi­ta en lo posi­ble inter­ac­tu­ar con los locales, el via­jero es jus­to todo lo con­trario. Pero, además, hay otra serie de com­por­tamien­tos y acti­tudes que ter­mi­nan de iden­ti­fi­car­les…

- Aplau­den cuan­do ater­rizan los aviones. Igno­ramos si hacen lo mis­mo cuan­do via­jan en metro, en coche o en bici­cle­ta. En cualquier caso, es un acto inútil ya que los pilo­tos no pueden escucharles y a fin de cuen­tas se lim­i­tan a hac­er su tra­ba­jo, como todos los días.

- Si van a ver la Torre Eif­fel, nece­si­tan hac­erse la foto de rig­or sim­u­lan­do coger la torre, si van a Pisa, tres cuar­tas de lo mis­mo. La pal­abra orig­i­nal­i­dad parece no exi­s­tir en su vocab­u­lario.

- Por algu­na curiosa razón, la nue­va moda es hac­erse fotos saltan­do. Da igual si duras un microse­gun­do en el aire: obligarás a tus pacientes com­pañeros a que te fotografíen dece­nas de veces has­ta con­seguir la instan­tánea per­fec­ta, que de espon­tánea tiene poco. Cuan­do uno ha de sim­u­lar un momen­to de feli­ci­dad que debería salir solo, mal vamos.

- El via­je no tiene gra­cia si vuelves a casa sin fotos vesti­do como un nati­vo: si vas a Mar­rue­cos te pones una chi­l­a­ba, si vas a Méx­i­co un som­brero que pesa una tonela­da y si estás en Hawaii, es indu­men­taria indis­pens­able un par de cocos como biki­ni y una fal­da de flo­res. Todo sea por sen­tirse exóti­co por un día.

- Cuan­do no se vis­ten como los nativos, lo hacen como tur­is­tas, lease camisa y gor­ro de explo­rador (en su defec­to, camisa hawai­iana), bermu­das con mil bol­sil­los y san­dalias con cal­cetines. La riñon­era tam­bién es muy común en su indu­men­taria.

- Más de un ter­cio de los tur­is­tas británi­cos via­jan con sus cajas de té en la male­ta, aunque vayan a país­es como Sri Lan­ka o la India, donde el té es de infini­ta mejor cal­i­dad. Es como si los españoles fuéramos por el mun­do con un jamón bajo el bra­zo. Que seguro que alguno hay.

- Esper­an que en otros país­es todos los locales hablen su pro­pio idioma, en vez de pre­ocu­parse de apren­der las fras­es más bási­cas.

- Arrasan con cualquier artícu­lo que sea gratis, aunque luego no les sir­va para nada. En los buf­fets de los hote­les devo­ran como si se fuera a acabar el mun­do.

- Par­tic­i­pan en espec­tácu­los con ani­males, sin impor­tar­les el sufrim­ien­to que pres­en­cian. Lo impor­tante es volver a casa con una foto mon­ta­do en ele­fante. No se vayan a creer tus ami­gos que no has ido a recor­rer mun­do.

- Toman el sol como deses­per­a­dos. Lo del cáncer de piel no va con ellos. Da igual que por la noche no soportes ni el con­tac­to de las sábanas: que se enteren en tu ofic­i­na quién ha pasa­do una sem­ana en las islas Sey­chelles a lo crudo, sin pro­tec­tor solar ninguno.

- Van en gru­pos numerosos y se paran en mitad de la calle sin pre­vio avi­so: gen­eral­mente lle­van una guía con paraguas amar­il­lo que les orga­ni­za, la may­oría de las veces más mal que bien.

- Se recluyen en resorts: muy lógi­co y muy nor­mal volar 8 o 9 horas para ir al Caribe y no salir del hotel y pre­ocu­parse de cono­cer los país­es. Eso sí, vuel­ven con camise­tas con el lema “Yo estuve en Méx­i­co”. Aunque su recor­ri­do se haya lim­i­ta­do a ir del aerop­uer­to al hotel de cin­co estrel­las elegi­do.

Asi que si no te iden­ti­fi­cas con ninguno de estos feos hábitos, feli­ci­dades. ¡Tú sí que sabes lo que es via­jar en condi­ciones!

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