“El último paraíso”: la novela con la que soñarás viajar a Nueva Zelanda

Nueva Zelanda

Aotearoa, como la cono­cen los maoríes, Nue­va Zelan­da para el resto del mun­do. La últi­ma tier­ra en ser des­cu­bier­ta, el lugar más ale­ja­do de España (nues­tras antípo­das), un paraí­so con el que todos hemos fan­tasea­do algu­na vez. En los últi­mos años uno de los des­ti­nos estrel­la de muchos via­jeros gra­cias a la pop­u­lar­i­dad ines­per­a­da que le otorgó el neoze­landés con­tem­porá­neo más cono­ci­do, Peter Jack­son, con sus trilogías de “El Hob­bit” y “El Señor de los Anil­los”, ambas rodadas en su tier­ra natal. Pero Nue­va Zelan­da es mucho más que todo eso. Y qué mejor que una nov­ela y dos intrépi­dos aven­tureros para con­tarte con pelos y señales lo que vas a encon­trarte si decides orga­ni­zar un via­je por tu cuen­ta en lo que muy acer­tada­mente ellos mis­mos lla­man “el últi­mo paraí­so”.

Nue­va Zelan­da, jun­to a Aus­tralia, no es uno de mis via­jes soña­dos: es EL VIAJE con mayús­cu­las. Ha habido un par de veces que hemos esta­do a un salti­to de plan­i­ficar un via­je allí tras tan­tos años bara­ján­do­lo. Inclu­so nos lo planteamos como des­ti­no en nues­tra luna de miel (que, al final, acabó sien­do nue­stro ter­cer via­je a Japón). Pero al final el prin­ci­pal escol­lo, más que el dinero, es el tiem­po del que dispones. Porque irse a un país tan lejano, en el que sólo el trayec­to de ida te supone al menos y como mín­i­mo 24 horas de aviones (y al regre­so lo mis­mo), supone gas­tar prác­ti­ca­mente entero tu mes de vaca­ciones anu­al. Es cier­to que a lo largo del año luego tienes puentes (y en mi caso aparte otras dos sem­anas de vaca­ciones que me voy repar­tien­do) pero con lo saltim­ban­quis que somos nosotros, nos cues­ta dar ese paso de decir “ven­ga, este año lo sac­ri­fi­co por el via­je a Nue­va Zelan­da”. Que sé que algu­na vez lo hare­mos. Y fijo que será una de las mejores deci­siones que hayamos toma­do nun­ca.

Nueva Zelanda el ultimo paraiso

A Nue­va Zelan­da le dedicamos un artícu­lo bas­tante exten­so, “Nue­va Zelan­da: un país úni­co en el mun­do”, pero lo cier­to es que sien­to que ten­go la obligación moral de haber­le deja­do bas­tante más espa­cio en este blog. Me hubiera gus­ta­do hac­er­lo a través de la lit­er­atu­ra de via­jes , que me parece la excusa per­fec­ta para acer­carse a tan­tos país­es lejanos de los que tan­to nos que­da por apren­der. Pero en la prác­ti­ca tam­poco creáis que hay tan­tas nov­e­las ambi­en­tadas en Nue­va Zelan­da.

Eso sí, quiero recomen­daros esa mar­avil­la que es la trilogía de la auto­ra Sarah Lark, com­pues­ta por “El país de la nube blan­ca”, “La can­ción de los maoríes” y “El gri­to de la tier­ra”, que tan bien rela­ta como hace más de un siglo dos británi­cas se embar­caron en un largo via­je para casarse con el hijo de un mag­nate de la lana y un granjero que vivían en Nue­va Zelan­da. Esa tier­ra cer­cana al Polo Sur a la que se tard­a­ba var­ios meses en lle­gar a bor­do de un velero.

Jor­di Bosch y Susan­na Rodríguez, autores de este extra­or­di­nario “Nue­va Zelan­da — ¿El últi­mo paraí­so? Una ruta por las antípo­das”, lo tuvieron un poco más fácil para ater­rizar allí pero sus 30 horas de trayec­to en avión no se las quitó nadie. Esta pare­ja de cata­lanes, creadores del blog Com­pa­nys de Viatge (que os ani­mo a que leáis porque incluyen un mon­tón de datos prác­ti­cos para preparar el via­je), deci­dieron en 2012 plan­ear un via­je de 48 días por las dos islas neoze­landesas. Y lo harían a bor­do de una camper, esas fur­gone­tas que te per­miten dormir / com­er / vivir a lo largo del camino, sin pre­ocu­parte de bus­car alo­jamien­to ni pagar pre­cios des­or­bita­dos por una habitación de hotel.

Mozilla (FxEmojis v1.7.9)

Nue­va Zelan­da tiene grandes áreas despobladas donde es difí­cil encon­trar un alber­gue o un hostal y si tienes suerte de hal­lar uno, te pueden cobrar un ojo de la cara por un cuar­to de lo más sen­cil­lo. Sin embar­go, ambas islas están extra­or­di­nar­i­a­mente preparadas para los via­jes en fur­gone­ta o car­a­vana, con mul­ti­tud de camp­ings y zonas reser­vadas para aparcar con ser­vi­cios como duchas o coci­nas comu­nales.

El DOC (Depart­ment Of Con­ser­va­tion) es quien se encar­ga de la manu­ten­ción de estas áreas de acam­pa­da (más de doscien­tas por todo el país) y de los más de 12.000 kilómet­ros de senderos. Las áreas pueden dividirse en tres tipos: basic (baños y poco más pero oye ¡son gratis!), stan­dard (6 dólares por per­sona / noche y acce­so a bar­ba­coas o refu­gios) y ser­viced camp­sites (10 dólares por per­sona / noche y tienen agua caliente, coci­nas y mesas). Puedes encon­trar más infor­ma­ción guber­na­men­tal aquí

El mes elegi­do fue Diciem­bre para hac­er­lo coin­cidir con el ver­a­no neoze­landés: recor­dad que esta­mos en el hem­is­fe­rio sur y aquí todo va al revés. Pero ojo, via­jar en ver­a­no no te garan­ti­za en abso­lu­to el buen tiem­po. Si por algo se car­ac­ter­i­za Nue­va Zelan­da es por ten­er un cli­ma inestable, muy pare­ci­do al de Gran Bre­taña (por eso aquí eran tan felices los colonos británi­cos, que no ech­a­ban nada de menos las tor­men­tas de su país de ori­gen). Aunque en época veran­ie­ga la tem­per­atu­ra media sea de unos 22 gra­dos (y añadir que la isla norte es más cál­i­da que la isla sur), la llu­via puede con­ver­tirse en una con­stante, apare­cer en cualquier momen­to y descar­gar trom­bas de agua sin ningún tipo de piedad. Por ello es recomend­able lle­var chubas­quero y unas bue­nas botas de trekking que sean imper­me­ables. Jor­di y Susan­na pueden dar fe de lo que supu­so más de una jor­na­da quedarse encer­ra­dos en la camper porque no deja­ba de llover. Con razón entendieron per­fec­ta­mente ese dicho tan pop­u­lar en el archip­iéla­go que afir­ma que “en un mis­mo día puedes encon­trarte las cua­tro esta­ciones del año”.

La aven­tu­ra de esta pare­ja comien­za en Auck­land, la may­or ciu­dad del país y que muchos creen que es la cap­i­tal (no, es Welling­ton). Un poco como lo que pasa en Aus­tralia, cuan­do a bas­tante gente todavía hay que aclarar­le que la cap­i­tal es Can­ber­ra y no Syd­ney. De hecho, algo que les repatea bas­tante a los kiwis (que es como se conoce a los neoze­landeses) es que equiv­o­cada­mente se les con­fun­da con los aus­tralianos, cuan­do ambos país­es son tan difer­entes entre sí y las cos­tum­bres sociales tam­bién son muy dis­tin­tas (aunque hay algo en lo que sí coin­ci­den, aparte del idioma, el inglés, el alto niv­el de vida y su pasión por los deportes: que se vea nor­mal ir descal­zo por la calle, en el super­me­r­ca­do o en las escue­las). 

Pero por pon­er un ejem­p­lo grá­fi­co, mien­tras Aus­tralia es un país car­ac­ter­i­za­do por una de las nat­u­ralezas más agre­si­vas del mun­do y con un mon­tón de ani­males peli­grosísi­mos (des­de ser­pi­entes, coco­dri­los, medusas venenosas a tiburones enormes), Nue­va Zelan­da se enorgul­lece de gozar de unos paisajes espec­tac­u­lares que abar­can todo tipo de acci­dentes geográ­fi­cos. Fior­dos, playas de agua cristali­na, vol­canes, bosques, lagos turque­sa, glacia­res… un país extra­or­di­nario que se ha con­ver­tido en el des­ti­no número uno de los que quieren abrazar la nat­u­raleza más autén­ti­ca. Se dice de Nue­va Zelan­da que cuen­ta con uno de los aires más puros del mun­do, por lo que es com­pren­si­ble que a los kiwis les apa­sione tan­to eso de las activi­dades al aire libre.

Hablan­do de kiwis, a los neoze­landeses se les conoce por ese nom­bre debido al ani­mal más pop­u­lar del país: el kiwi. Antes de que lle­garan los europeos, Nue­va Zelan­da era una tier­ra excep­cional que al haberse sep­a­ra­do del super con­ti­nente aus­tral, desar­rol­ló una fau­na propia. Una fau­na en la que no existían mamífer­os (a excep­ción de dos especies de mur­ciéla­gos) y las aves, al no ten­er depredadores que las acecha­ran, se con­virtieron en las amas y seño­ras de las islas. Y además se dieron cuen­ta de que no nece­sita­ban las alas para salir huyen­do y su propia mor­fología les ani­mó a pre­scindir de ellas. Así, pro­lif­er­aron las aves no volado­ras, como los kiwis o el kakapo, el úni­co loro no volador del mun­do.

Kiwi Nueva Zelanda
El kiwi está con­sid­er­a­do el sím­bo­lo nacional de Nue­va Zelan­da

Los kiwis (que se lla­man así por la for­ma en que pían, algo así como “kii­i­wii!”) son unos pájaros de lo más par­tic­u­lar que, por des­gra­cia, se encuen­tran en peli­gro de extin­ción (hoy en día sólo que­da un 1% de la población orig­i­nal) y a los que es difí­cil ver en esta­do sal­va­je. Aunque afor­tu­nada­mente cada vez son más las casas-refu­gio para kiwis que se ocu­pan de su super­viven­cia y que se pueden vis­i­tar para obser­var su curiosa for­ma de vida. Jor­di y Susan­na tuvieron la opor­tu­nidad de inter­ac­tu­ar con ellos y apren­der algo más sobre sus sin­gu­lares cos­tum­bres: es una sociedad matri­ar­cal en la que el macho se ocu­pa de incubar los huevos y es la hem­bra la que lle­va la voz can­tante en la relación, los huevos son grandísi­mos en com­para­ción con su tamaño (cer­ca de un cuar­to de su masa cor­po­ral), son bas­tante agre­sivos y sus may­ores ene­mi­gos son per­ros y gatos. Se cree que sólo un 5% de los kiwis logran lle­gar a la edad adul­ta, por eso son tan impor­tantes estos proyec­tos de con­ser­vación y pro­tec­ción de la especie.

Otro de los grandes sím­bo­los de Nue­va Zelan­da, y por des­gra­cia extin­to hace 500 años, eran los moas. Unas aves gigantes que lle­ga­ban a alcan­zar los 250 kilos de peso, que tam­poco podían volar y que aniquilaron los maoríes debido a la caza indis­crim­i­na­da. Los maoríes los conocían como “pájaros rojos” y al ver­los tan man­sos, se dieron cuen­ta de que eran pre­sa fácil para cazar­los y pon­er­los en la cazuela y de paso usar sus plumas para con­fec­cionar abri­gos. Y así acabaron con una especie que llev­a­ba en el plan­e­ta más de dos mil­lones de años.

Ya que hemos men­ciona­do a los maoríes, es impre­scindible para com­pren­der la his­to­ria de Nue­va Zelan­da. Aunque en real­i­dad lle­garon a las islas hace casi mil años des­de otras islas de la Poli­ne­sia, se les con­sid­era los nativos de Nue­va Zelan­da y su cul­tura se las ha vis­to y desea­do para sobre­vivir ante la lle­ga­da de los europeos, no muchos sig­los después de que ellos mis­mos se hubier­an asen­ta­do en la región.

Maories

La cul­tura maorí es el corazón de Nue­va Zelan­da. En ella res­i­den los val­ores de los primeros humanos que habitaron estas islas y que han inten­ta­do preser­var pese al paso del tiem­po todas sus tradi­ciones intac­tas. Supo­nen un 15% de la población total (600.000 de los cin­co mil­lones de per­sonas que habi­tan Nue­va Zelan­da) y aunque viv­en ple­na­mente inte­gra­dos en ciu­dades y pueb­los, han con­ser­va­do su idioma (los niños maoríes dan clase en su lengua natal en las escue­las indí­ge­nas, las kohanga reo) y cuen­tan con medios de comu­ni­cación pro­pios como radios, canales de tele­visión o per­iódi­cos y par­tic­i­pan acti­va­mente con el gob­ier­no en proyec­tos para apo­yar su iden­ti­dad cul­tur­al.

Aunque Rotorua ten­ga fama de ser algo arti­fi­cial, está con­sid­er­a­do el may­or cen­tro turís­ti­co de pro­mo­ción de cul­tura maorí. Aquí se encuen­tra la Tama­ki Maori Vil­lage, donde Jorge y Susan­na pres­en­cia­rán una dan­za de bien­veni­da y se les mues­tran algu­nas de las tradi­ciones de este pueblo: la elab­o­ración de ces­tas con hojas de har­ereke, entre­namien­to guer­rero o relatos de leyen­das locales. Ten­drán tam­bién la ocasión de dis­fru­tar de una curiosa expe­ri­en­cia, la de des­cubrir el han­gi.

El han­gi es el modo arte­sanal de coci­nar de los maoríes, un horno bajo tier­ra que calien­ta los ali­men­tos con piedras vol­cáni­cas.  El pro­ce­so puede lle­var cua­tro o cin­co horas ya que la coc­ción es bas­tante lenta y en ella par­tic­i­pan todos los miem­bros de la comu­nidad, tenien­do hom­bres y mujeres tar­eas difer­en­ci­adas. Y es que el han­gi no es sólo un modo de coci­nar sino un rit­u­al en el que se fomen­ta el sen­timien­to de unión y com­pañeris­mo.

¿Sabías que…?

📫 A los neoze­landeses les encan­tan los buzones clási­cos, de exte­ri­or, esos que siem­pre vemos en las pelícu­las sobre una bar­ra de hier­ro a la puer­ta de las casas. Pero con lo que no con­ta­ban Jor­di y Susana es encon­trarse con la últi­ma moda en el país ¡uti­lizar microon­das como buzones!

Twemoji v13.0 Las “sand­flies” (que aquí lla­maríamos car­iñosa­mente “moscas cojon­eras”) son la gran pesadil­la a temer en un via­je por el país. Y no sólo por lo pesadas que son (mucho) sino porque las hem­bras pican todo lo que pueden y a no ser que te embadurnes de Relec, te van a dejar el cuer­po fino fil­ipino. 

🚘 Recuer­da que se con­duce por la izquier­da y todo (señal­iza­ciones, roton­das, semá­foros) está en el lado con­trario. La veloci­dad máx­i­ma es de 100 km / h y la policía es muy estric­ta si rebasas el límite. En cualquier caso, las car­reteras, bas­tante sin­u­osas, tam­poco per­miten muchas peripecias.

Google (Android 10.0) Las “hon­esty box” son una de las pecu­liari­dades neoze­landesas. Se tra­ta de unas cajas, más bien huchas, donde se deposi­ta el dinero por pagar por un pro­duc­to o ser­vi­cio. Donde más se usan es en los pueste­cil­los impro­visa­dos que encon­trarás en las lin­des de las car­reteras y donde se vende de todo: mer­me­ladas, fru­ta, panecil­los… has­ta estiér­col de cabal­lo (que allí es muy habit­u­al vender­lo). Nadie las vig­i­la y como los neoze­landeses son gente hon­es­ta, nadie mete la mano y se lle­va el dinero. En nue­stros via­jes a Japón hemos vis­to algo sim­i­lar en muchas tien­das y qué queréis que os diga, vaya ejem­p­lo de civis­mo. En muchos país­es occi­den­tales esto sería impens­able vista la pìcaresca.

Google (Android 10.0) A los neoze­landeses les encan­ta con­ducir (en un país con cin­co mil­lones de per­sonas hay dos mil­lones y medio de coches) pero aún más nave­g­ar: Auck­land es la ciu­dad del mun­do con más bar­cos per cápi­ta.

Google (Android 10.0) En Nue­va Zelan­da les encan­tan los lácteos debido a que si de algo están sobra­dos es de gran­jas y ove­jas. Cada neoze­landés toca a 65 kilos de que­so y 100 kilos de man­te­qui­l­la pro­duci­dos en el país, aunque evi­den­te­mente no se lo comen todo.

 Google (Android 10.0)Después de Samoa, geográ­fi­ca­mente hablan­do son el primer país que cada mañana ve el amanecer. Debido a la cur­vatu­ra de La Tier­ra, la ciu­dad de Gis­borne en la isla norte es la primera en ver salir el sol.

Google (Android 10.0) Una de las mieles más caras del mun­do se pro­duce aquí. Se lla­ma miel de manu­ka y se pagan unos 300 euros el kilo de las mejores recolec­tadas. Al pare­cer, tiene un mon­tón de propiedades ben­efi­ciosas, como la mejo­ra del sueño, reduce el coles­terol y se puede usar como anti-inflam­a­to­rio y anti­sép­ti­co. 

Twitter (Twemoji 13.0) Cuan­do via­jes a Nue­va Zelan­da, aprovecha para pro­bar algunos de sus platos y comi­das más típi­cas. Entre ellos la fei­joa (una fru­ta brasileña que los neoze­landeses han “adop­ta­do”), el hela­do de vainil­la Hokey Pokey (el más pop­u­lar del país), la kiwiburg­er (una ham­bur­gue­sa local adereza­da con remo­lacha), los biz­co­chos lam­ing­ton, los mejil­lones de labios verdes o el hoki con kumara (pesca­do con patatas dul­ces).

Quien esté intere­sa­do en el fenó­meno de “El Señor de los Anil­los” va a dis­fru­tar un mon­tón acom­pañan­do a Jorge y Susan­na a Hobit­ton. Su visi­ta coin­cidía además con el estreno en Nue­va Zelan­da de la pelícu­la “El Hob­bit”: ¡todo el país hacía cola frente a los cines para ver­la! Así que se fueron a Mata­ma­ta, donde hace años Peter Jack­son, volan­do en avione­ta bus­can­do local­iza­ciones para sus pelícu­las, encon­tró la gran­ja de los Alexan­der y decidió que aquí con­stru­iría el esce­nario fic­ti­cio de La Comar­ca. Has­ta entonces, la pequeña local­i­dad de 8.000 habi­tantes vivía de la agri­cul­tura y la ganadería. Todo cam­bió tras “El Señor de los Anil­los” y comen­zaron a lle­gar aquí fans de todo el mun­do.

Hobitton

La con­struc­ción del pueblo de Fro­do fue larga y labo­riosa. Ard­uas nego­cia­ciones con los dueños de la gran­ja, dos años con­struyen­do las casas (los inte­ri­ores se rodaron en un estu­dio pero los exte­ri­ores se man­tu­vieron intac­tos) y casi otro año más para esper­ar a que creciera la veg­etación. Un tra­ba­jo de chi­nos que, por for­tu­na, no fue des­man­te­la­do (al menos del todo) y per­manece abier­to al públi­co para deleite de los fans del cine y de los libros de Tolkien (que, curiosa­mente, no se inspi­raron en Nue­va Zelan­da).

A lo largo de las 250 pági­nas de la nov­ela des­cubrire­mos algunos de los lugares más espec­tac­u­lares de ambas islas (aunque es la sur la que gana por golea­da en lo que a paisajes fasci­nantes se refiere). Comien­zan en la isla norte, pasan­do por rin­cones como Koro­rareka (hoy cono­ci­do como Rus­sell), el primer asen­tamien­to per­ma­nente europeo del país, Cape Rein­ga (con­sid­er­a­do por los maoríes el cen­tro espir­i­tu­al de Nue­va Zelan­da), el fron­doso bosque de Waipoua, con sus kau­ris mile­nar­ios, o la ciu­dad de Opoti­ki, donde una maorí con el men­tón tat­u­a­do (las mujeres sue­len tat­u­arse la bar­bi­l­la mien­tras los hom­bres lo hacen en la cara pero tam­bién en el resto del cuer­po, aunque no es una regla inamovi­ble) les expli­ca la impor­tan­cia de los tat­u­a­jes (el moko) en la cul­tura maorí. Y es que estos no sólo detal­lan a la tribu que perteneces sino que además rela­tan viven­cias, rinden cul­to a los antepasa­dos y rep­re­sen­tan tér­mi­nos como la fer­til­i­dad, la pros­peri­dad o la bue­na suerte.

Será tam­bién en la isla norte donde pisen su primera marae, esas edi­fi­ca­ciones, gen­eral­mente de madera, donde los maoríes cel­e­bran sus even­tos más impor­tantes: reuniones, funerales, cel­e­bra­ciones varias… Y tam­bién se usan para alo­jar a invi­ta­dos de otras tribus. Es habit­u­al encon­trar a la puer­ta de entra­da las fig­uras de tekotekos, tal­la­dos en madera y gen­eral­mente en posi­ción de lucha.

Marae

Ton­gariro fue recono­ci­do en 1894 como el primer Par­que Nacional de Nue­va Zelan­da y el segun­do del mun­do tras Yel­low­stone. Es tam­bién con­sid­er­a­do Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO. Y no nos extraña porque como veis en la fotografía, los paisajes son de quitar el habla. Lagos de col­or esmer­al­da, vol­canes, fumaro­las, paisajes lunares… No nos extraña que su ruta de senderis­mo haya sido elegi­da como la mejor de Nue­va Zelan­da y una de las diez mejores del mun­do.

Tangariro

Otro de los lugares donde me encan­tó que pararan fue en Whangara ya que es donde se inspiró una de mis pelícu­las favoritas, “Whale Rid­er”. ¿Que no la cono­ces? ¡Es mar­avil­losa! Cuen­ta como Paikea (que sig­nifi­ca whale rid­er o jinete de bal­lenas), una niña maorí, se empeña en demostrar a su pueblo que es capaz de lle­var ade­lante el lid­er­az­go que su her­mano geme­lo fal­l­e­ci­do no podrá ejercer.  

Para lle­gar a la isla sur hay que cruzar en fer­ry el Estre­cho de Cook. Lleg­amos así a una de las islas más boni­tas del mun­do pero tam­bién de las más inesta­bles a niv­el climáti­co: niebla, llu­via, vien­to, grani­zo e inclu­so nieve si vienes en invier­no, que es cuan­do las tem­per­at­uras pueden bajar a los ‑10º. Aquí es donde se encuen­tra Abel Tas­man, el par­que nacional más pequeño del país pero uno de los más exu­ber­antes. Bahías de are­na dora­da, playas par­adis­ía­cas como la Apple Tree Bay y su primer encuen­tro con las wekas, las gal­li­nas endémi­cas que en cuan­to te des­cuidas te roban toda la comi­da que ten­gas en la tien­da de cam­paña.

En Gold­en Bay dis­fru­tarán del reduc­to más bohemio de Nue­va Zelan­da, lleno de tien­decitas de arte­sanos y galerías de arte; de allí via­jan a la West Coast, donde sus habi­tantes han de lidiar con el ais­lamien­to y el mal tiem­po: aquí se impone la filosofía do it your­self. A lo largo de este via­je por la isla sur sobrevolarán el par­que de Fiord­land, cono­cerán las impre­sio­n­antes playas y mon­tañas de Mil­ford Sound (donde llueve más de 200 días al año), vivirán de cer­ca el día a día de una gran­ja de ove­jas , admi­rarán el zigzagueante andar de los pingüi­nos, entre­vis­tarán al escritor Philip Tem­ple, lle­garán has­ta la mon­taña sagra­da (el Monte Cook) y acabarán estos 48 días de ruta en Christchurch, la ciu­dad que tras sufrir un fatídi­co ter­re­mo­to en 2011 aún intenta­ba a duras penas lev­an­tarse de sus cenizas.


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2 Comments

  1. Des­de que vimos el señor de los anil­los y mucho antes, enam­ora­da de esta her­mosa tier­ra. Algu­na vez espero poder vis­i­tar­la. 💋💋

  2. wow, que her­mosa es nue­va Zelan­da, me gus­taría cono­cer ese hemos pais, que paisajes tan mar­avil­loso y la cul­tura fan­tás­ti­ca.

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