Destinos donde los turistas se hacen fotos absurdas (y todos repiten las mismas)

Chica hippie morena posando en el famoso columpio de Bali sobre la selva tropical en una foto turística típica.

Via­jar antes sig­nifi­ca­ba des­cubrir. Cam­i­nar sin rum­bo por una ciu­dad descono­ci­da, perder­se en mer­ca­dos, sen­tarse en una plaza a obser­var a la gente o entrar en un museo sin haber vis­to antes ni una sola foto del lugar. Hoy, en cam­bio, muchos via­jes empiezan con una ima­gen conc­re­ta en la cabeza. No la ima­gen de un mon­u­men­to o de un paisaje, sino la fotografía que quieres hac­erte allí. El via­je ya no con­siste en cono­cer un sitio, sino en repro­ducir una esce­na.

Es fácil recono­cer­los. Lle­gan con el móvil en la mano, bus­can el ángu­lo exac­to que han vis­to en Insta­gram y repiten la mis­ma pose que han hecho miles de per­sonas antes. A veces esper­an una hora, dos o inclu­so más para hac­erse una foto que durará unos segun­dos. Después se marchan. No miran alrede­dor, no pre­gun­tan nada, no hablan con nadie. El lugar no impor­ta demasi­a­do. Lo impor­tante es demostrar que han esta­do allí.

Hay des­ti­nos que han ter­mi­na­do reduci­dos a eso: esce­nar­ios donde los tur­is­tas hacen cola para fotografi­arse. Lugares que antes tenían vida propia y que aho­ra fun­cio­nan como estu­dios impro­visa­dos. No es raro ver per­sonas cam­bián­dose de ropa en ple­na calle, pare­jas dis­cutien­do porque la foto no ha queda­do per­fec­ta o influ­encers acom­paña­dos de fotó­grafos pro­fe­sion­ales que con­vierten un rincón cualquiera en una sesión de moda.

Lo curioso es que muchas de esas fotos mues­tran una real­i­dad com­ple­ta­mente fal­sa. Los paisajes pare­cen vacíos cuan­do en real­i­dad están abar­ro­ta­dos. Los tem­p­los pare­cen mís­ti­cos cuan­do en real­i­dad hay vende­dores de sou­venirs y altav­o­ces con músi­ca. Los pueb­los pare­cen tran­qui­los cuan­do están sat­u­ra­dos de vis­i­tantes que han venido exac­ta­mente por lo mis­mo: con­seguir la mis­ma ima­gen que han vis­to antes en inter­net.

En algunos casos, los lugares ni siquiera eran espe­cial­mente famosos has­ta que se hicieron virales. Bastó una foto bien encuadra­da para con­ver­tir una esquina cualquiera en un icono turís­ti­co. A par­tir de ese momen­to comen­zaron a lle­gar vis­i­tantes de todo el mun­do bus­can­do exac­ta­mente la mis­ma instan­tánea. El des­ti­no dejó de ser un lugar para con­ver­tirse en un dec­o­ra­do.

Via­jar para hac­erse fotos no tiene nada de malo. Todos lo hace­mos. Las fotografías son recuer­dos y for­man parte del via­je des­de hace más de un siglo. Lo absur­do empieza cuan­do la fotografía se con­vierte en el moti­vo prin­ci­pal para via­jar, cuan­do el lugar se vuelve secun­dario y cuan­do el via­je se mide úni­ca­mente en imá­genes pub­li­cadas.

 

El columpio de Bali: espiritualidad con arnés

Me da mucha, mucha pena lo que ha cam­bi­a­do Bali en los últi­mos años. Tan­to que a mí par­tic­u­lar­mente se me han quita­do las ganas de volver, al menos mien­tras siga este panora­ma des­o­lador de des­ti­no con­ver­tido en par­que temáti­co. Y eso que cuan­do estuve allí en el ver­a­no de 2014 regresé com­ple­ta­mente enam­ora­da de la isla y sus gentes.

Bali ha cam­bi­a­do mucho en las últi­mas décadas pero lo más lla­ma­ti­vo no es que haya cam­bi­a­do —eso es inevitable en cualquier des­ti­no turís­ti­co— sino la veloci­dad y la direc­ción en la que lo ha hecho. Lo que antes era una isla aso­ci­a­da a la espir­i­tu­al­i­dad, los arroza­les silen­ciosos y los pueb­los tran­qui­los se ha trans­for­ma­do en un enorme esce­nario turís­ti­co donde muchas veces parece que la vida local es solo el dec­o­ra­do de fon­do.

Hubo un tiem­po en que via­jar a Bali sig­nifi­ca­ba perder­se entre tem­p­los cubier­tos de mus­go, escuchar el sonido del gamelán al atarde­cer o cam­i­nar entre ter­razas de arroz donde ape­nas se cruz­a­ban algunos campesinos. Hoy, en cam­bio, hay lugares donde resul­ta difí­cil encon­trar un solo momen­to de silen­cio. Ubud, que durante años fue el corazón cul­tur­al de la isla, se ha con­ver­tido en un embu­do de trá­fi­co per­ma­nente. Calles estre­chas dis­eñadas para motos y bici­cle­tas sopor­tan aho­ra un flu­jo con­stante de coches turís­ti­cos, taxis y repar­tidores. En algunos momen­tos del día, avan­zar unos cien­tos de met­ros puede lle­var más de media hora.

Pero el cam­bio más pro­fun­do quizá no sea el trá­fi­co ni los hote­les. Lo que más ha cam­bi­a­do Bali es la for­ma en que se con­sume el des­ti­no. La isla se ha con­ver­tido en uno de los may­ores esce­nar­ios del tur­is­mo visu­al, donde el obje­ti­vo ya no parece ser tan­to via­jar como pro­ducir imá­genes. Lugares como el tem­p­lo Lem­puyang o los colum­pios sobre la sel­va son ejem­p­los per­fec­tos: filas de tur­is­tas esperan­do durante horas para con­seguir una foto que, en muchos casos, ni siquiera refle­ja la real­i­dad del lugar. El famoso “refle­jo” de Lem­puyang, por ejem­p­lo, no es más que un tru­co con un espe­jo bajo el móvil del fotó­grafo pero miles de per­sonas siguen via­jan­do allí con­ven­ci­das de que verán un lago inex­is­tente.

Este tipo de tur­is­mo ha cam­bi­a­do la relación con el entorno. En vez de des­cubrir lugares, muchos via­jeros pare­cen lim­i­tarse a repe­tir una lista de esce­nar­ios pre­definidos. Bali se ha llena­do de pun­tos dis­eña­dos exclu­si­va­mente para la fotografía: nidos gigantes de bam­bú, colum­pios sobre el vacío, miradores arti­fi­ciales o cafeterías con­stru­idas para pare­cer tem­p­los. En algunos sitios, da la sen­sación de que el paisaje ya no impor­ta tan­to como el ángu­lo des­de el que se mira.

Si hubiera que ele­gir un sím­bo­lo del tur­is­mo fotográ­fi­co mod­er­no, prob­a­ble­mente sería el colum­pio de Bali. No se tra­ta de un mon­u­men­to históri­co ni de un lugar sagra­do ni siquiera de un paisaje espe­cial­mente sin­gu­lar. Es, sen­cil­la­mente, un colum­pio colo­ca­do sobre un valle trop­i­cal para que los tur­is­tas puedan hac­erse fotos espec­tac­u­lares. En las imá­genes que cir­cu­lan por inter­net parece una expe­ri­en­cia casi mís­ti­ca. Una per­sona vesti­da con ropa vaporosa se bal­ancea suave­mente sobre una sel­va infini­ta mien­tras la luz del atarde­cer lo envuelve todo. La esce­na trans­mite cal­ma, espir­i­tu­al­i­dad y una sen­sación de lib­er­tad casi cin­e­matográ­fi­ca.

La real­i­dad es bas­tante difer­ente.

Los com­ple­jos donde se encuen­tran estos colum­pios fun­cio­nan como autén­ti­cas fábri­c­as de fotografías. Al lle­gar hay que pagar la entra­da, esper­ar turno y colo­carse un arnés de seguri­dad que después será cuida­dosa­mente ocul­ta­do en la ima­gen final. A menudo hay var­ios colum­pios alin­ea­d­os, cada uno con su propia cola de tur­is­tas.

Chica hippie morena con vestido largo bohemio balanceándose en el famoso columpio de Bali sobre la selva tropical.

Los emplea­d­os se encar­gan de empu­jar el colum­pio con la fuerza sufi­ciente para que la foto parez­ca más espec­tac­u­lar. Algunos inclu­so indi­can la pos­tu­ra ade­cua­da: bra­zos abier­tos, mira­da al hor­i­zonte, pier­nas esti­radas. La esce­na está per­fec­ta­mente core­ografi­a­da. Lo más curioso es que muchas per­sonas pasan más tiem­po esperan­do que bal­anceán­dose. La expe­ri­en­cia com­ple­ta puede durar horas, mien­tras que la foto se obtiene en menos de un min­u­to. Una vez con­segui­da la ima­gen, la may­oría se mar­cha hacia el sigu­iente esce­nario fotográ­fi­co.

El colum­pio de Bali no es un lugar que existiera antes del tur­is­mo. Es un pro­duc­to crea­do especí­fi­ca­mente para tur­is­tas. Un dec­o­ra­do dis­eña­do para pro­ducir imá­genes que pare­cen espon­táneas pero que en real­i­dad están com­ple­ta­mente plan­i­fi­cadas. Y quizá por eso rep­re­sen­ta mejor que ningún otro sitio la trans­for­ma­ción del via­je en espec­tácu­lo.

Lo paradóji­co es que Bali sigue sien­do un lugar extra­or­di­nario. Sus tem­p­los siguen sien­do bel­lísi­mos, sus paisajes con­tinúan tenien­do una fuerza enorme y la cul­tura bali­ne­sa mantiene una vital­i­dad impre­sio­n­ante. Pero el via­jero tiene la sen­sación de que esa esen­cia con­vive con otra real­i­dad más arti­fi­cial, más acel­er­a­da y más dis­eña­da para el con­sumo turís­ti­co.

Tal vez lo más triste no sea que Bali haya cam­bi­a­do, sino que muchos vis­i­tantes ya no pare­cen via­jar para cono­cer la isla, sino para con­fir­mar una ima­gen pre­con­ce­bi­da de ella. Y en ese pro­ce­so, Bali corre el ries­go de con­ver­tirse en un des­ti­no que se mira más a través de la cámara que con los pro­pios ojos.

Santorini: los vestidos voladores y la ilusión de la isla perfecta

En las fotografías, San­tori­ni parece un lugar casi irre­al. Casas blan­cas que bril­lan bajo el sol, cúpu­las azules per­fec­ta­mente alin­eadas y un mar infini­to que se extiende has­ta el hor­i­zonte. Todo trans­mite una sen­sación de cal­ma y per­fec­ción que parece dis­eña­da para enam­orar a primera vista.

Durante años fue un des­ti­no rel­a­ti­va­mente tran­qui­lo pero con la lle­ga­da de Insta­gram la isla se trans­for­mó en uno de los esce­nar­ios fotográ­fi­cos más famosos del mun­do. Hoy en día hay rin­cones donde resul­ta casi imposi­ble cam­i­nar sin tropezar con trípodes, cámaras o per­sonas posan­do.

Uno de los fenó­menos más curiosos es el de los vesti­dos voladores de San­tori­ni. Empre­sas espe­cial­izadas alquilan vesti­dos de telas larguísi­mas y col­ores inten­sos —rojo, amar­il­lo, azul eléc­tri­co— que cre­an un efec­to espec­tac­u­lar cuan­do el vien­to los mueve. Las sesiones incluyen fotó­grafo pro­fe­sion­al y aseso­ramien­to sobre pos­es y local­iza­ciones. Algu­nas pare­jas pasan horas recor­rien­do la isla bus­can­do la ima­gen per­fec­ta.

El resul­ta­do final parece espon­tá­neo pero detrás hay toda una pro­duc­ción. A veces hay asis­tentes suje­tan­do la tela fuera de plano o fotó­grafos indi­can­do exac­ta­mente cómo colo­carse. En algunos miradores se pueden ver varias sesiones al mis­mo tiem­po, cada una inten­tan­do evi­tar que aparez­can los demás en la ima­gen.

Des­de lejos, San­tori­ni parece una postal tran­quila. Des­de cer­ca, algunos pun­tos se pare­cen más a un plató al aire libre. Hay calles donde los tur­is­tas avan­zan despa­cio porque varias per­sonas están posan­do y nadie quiere estro­pear la foto de los demás.

Chica morena con vestido vaporoso azul posando en un mirador de Santorini con las casas blancas y cúpulas azules al fondo.

Lo paradóji­co es que muchas de las imá­genes más famosas trans­miten una sen­sación de soledad que no existe. Las ter­razas apare­cen vacías, los calle­jones pare­cen silen­ciosos y los miradores pare­cen ínti­mos. Pero bas­ta lev­an­tar la vista del móvil para des­cubrir filas de vis­i­tantes esperan­do exac­ta­mente el mis­mo encuadre.

Hay tur­is­tas que pasan días enteros recor­rien­do los mis­mos miradores para con­seguir la foto per­fec­ta del atarde­cer. Otros lle­gan en crucero, se diri­gen direc­ta­mente a los pun­tos más famosos y regre­san al bar­co unas horas después con el recuer­do ase­gu­ra­do. Tal vez el ejem­p­lo más claro de esta trans­for­ma­ción sea que muchas per­sonas cono­cen exac­ta­mente qué foto quieren hac­erse en San­tori­ni antes inclu­so de pon­er un pie en la isla. El via­je empieza con la ima­gen y ter­mi­na cuan­do esa ima­gen se con­sigue.

El templo Lempuyang (Bali): el reflejo que no existe

Durante años una de las imá­genes más famosas de Bali ha sido la de la lla­ma­da Puer­ta del Cielo, en el tem­p­lo de Lem­puyang. En las fotografías aparece una gran puer­ta de piedra par­ti­da en dos mitades per­fec­ta­mente simétri­c­as. Entre ellas se ve el vol­cán Agung eleván­dose sobre un lago tran­qui­lo que refle­ja el cielo como si fuera un espe­jo. La ima­gen parece casi sobre­nat­ur­al. El agua parece inmóvil, el paisaje está per­fec­ta­mente equi­li­bra­do y la per­sona que posa en el cen­tro aparece rodea­da de una simetría casi per­fec­ta. Es una fotografía que trans­mite espir­i­tu­al­i­dad, silen­cio y una sen­sación de armonía que parece propia de otro mun­do.

Miles de via­jeros han lle­ga­do has­ta este tem­p­lo con esa ima­gen en la cabeza. Algunos recor­ren varias horas de car­retera des­de el sur de Bali para con­seguir la foto. Otros se lev­an­tan antes del amanecer para evi­tar las mul­ti­tudes. Todos bus­can exac­ta­mente la mis­ma esce­na. Cuan­do lle­gan des­cubren algo sor­pren­dente.

El lago no existe.

Chica con vestido vaporoso posando en el templo Lempuyang de Bali con el famoso reflejo artificial entre las Puertas del Cielo.

La famosa fotografía del refle­jo se con­sigue colo­can­do un pequeño espe­jo o una lámi­na de cristal bajo la cámara del móvil. Un emplea­do del tem­p­lo se encar­ga de hac­er­lo en cuestión de segun­dos mien­tras el vis­i­tante adop­ta la pos­tu­ra ade­cua­da. Después se hacen varias tomas: saltan­do, cam­i­nan­do o sim­ple­mente miran­do hacia el hor­i­zonte.

Des­de fuera la esce­na resul­ta casi cómi­ca. Un tur­ista posa con expre­sión solemne mien­tras un tra­ba­jador sostiene un tro­zo de cristal a pocos cen­tímet­ros del obje­ti­vo. Detrás hay dece­nas de per­sonas esperan­do su turno para repe­tir exac­ta­mente la mis­ma fotografía. La cola puede durar horas.

En las imá­genes que cir­cu­lan por inter­net nun­ca aparece la fila de vis­i­tantes ni el aparcamien­to lleno ni los vende­dores ambu­lantes que rodean la entra­da. Tam­poco se ve a los tur­is­tas ensayan­do pos­es o revisan­do una y otra vez el resul­ta­do en la pan­talla del móvil. La fotografía final trans­mite la sen­sación de haber des­cu­bier­to un lugar secre­to, cuan­do en real­i­dad se tra­ta de una de las esce­nas más repeti­das del tur­is­mo mod­er­no.

Quizá lo más curioso es que muchas per­sonas cono­cen per­fec­ta­mente el tru­co del espe­jo y aun así deci­den hac­er la cola igual­mente. La ilusión for­ma parte de la expe­ri­en­cia. No impor­ta demasi­a­do que el lago sea fal­so; lo impor­tante es que la ima­gen parez­ca real.

Trolltunga (Noruega): diez horas de caminata para treinta segundos de pose

En el suroeste de Norue­ga, sobre un fior­do pro­fun­do y silen­cioso, sobre­sale una lengua de roca hor­i­zon­tal cono­ci­da como Troll­tun­ga, la “lengua del troll”. Durante sig­los fue sim­ple­mente una for­ma­ción geológ­i­ca espec­tac­u­lar en medio de un paisaje sal­va­je. Hoy es uno de los esce­nar­ios fotográ­fi­cos más cod­i­ci­a­dos de Europa.

La ima­gen es incon­fundible. Una per­sona aparece de pie sobre la roca sus­pendi­da en el vacío, con el fior­do extendién­dose cien­tos de met­ros más aba­jo. La fotografía trans­mite aven­tu­ra, lib­er­tad y una sen­sación de con­quista per­son­al que parece casi hero­ica. Es la clase de ima­gen que con­vierte a cualquiera en explo­rador durante unos segun­dos.

Pero lle­gar has­ta Troll­tun­ga no es fácil. La cam­i­na­ta com­ple­ta puede super­ar los veinte kilómet­ros entre ida y vuelta y exige varias horas de esfuer­zo. Depen­di­en­do del rit­mo, el recor­ri­do puede durar entre ocho y diez horas. Hay tramos emp­ina­dos, cam­bios brus­cos de tiem­po y largas pen­di­entes que ponen a prue­ba inclu­so a per­sonas en bue­na for­ma físi­ca. Durante años, quien lle­ga­ba has­ta allí encon­tra­ba sobre todo silen­cio y nat­u­raleza. Hoy, en tem­po­ra­da alta, lo que se encuen­tra es una fila.

En los días de ver­a­no no es raro ver dece­nas de per­sonas esperan­do su turno para hac­erse la foto. Algunos des­cansan sen­ta­dos en las rocas, otros comen algo mien­tras avan­zan lenta­mente en la cola y muchos obser­van cómo posan los que tienen delante. La esce­na recuer­da más a la espera de una atrac­ción que a una excur­sión por la mon­taña.

Chica con vestido vaporoso azul sentada en la roca de Trolltunga sobre un fiordo noruego durante una sesión de fotos turística.

Cuan­do lle­ga el momen­to, todo ocurre deprisa. Hay que cam­i­nar has­ta el extremo de la roca, adop­tar una pos­tu­ra que parez­ca nat­ur­al y mirar hacia el hor­i­zonte mien­tras alguien toma varias fotos seguidas. Algunos lev­an­tan los bra­zos, otros saltan, otros se sien­tan en el bor­de inten­tan­do pare­cer tran­qui­los mien­tras cien­tos de met­ros de vacío se abren bajo sus pies. Después regre­san ráp­i­da­mente para dejar paso al sigu­iente.

La foto final trans­mite soledad y aven­tu­ra. Parece que la per­sona ha des­cu­bier­to un rincón remo­to del plan­e­ta donde nadie ha esta­do antes. Pero la real­i­dad suele incluir mochi­las amon­ton­adas, gente esperan­do turno y con­ver­sa­ciones en var­ios idiomas mez­clán­dose con el vien­to de la mon­taña. Lo más curioso es que muchas per­sonas lle­gan con la pose deci­di­da de ante­mano. Han vis­to tan­tas imá­genes de Troll­tun­ga que saben exac­ta­mente cómo colo­carse inclu­so antes de lle­gar.

Después de horas de cam­i­na­ta, el obje­ti­vo del via­je que­da reduci­do a unos pocos segun­dos sobre la roca. Al mar­charse, muchos revisan las fotos mien­tras todavía están en la mon­taña, com­pro­ban­do si la ima­gen ha queda­do como esper­a­ban. Si no es así, algunos inclu­so repiten. Porque para muchos via­jeros Troll­tun­ga no es tan­to un lugar como una fotografía pen­di­ente.

Las alas pintadas: viajar miles de kilómetros para fotografiarse delante de una pared

En muchas ciu­dades del mun­do hay murales pin­ta­dos en pare­des anón­i­mas que rep­re­sen­tan alas de ángel, mari­posas o fig­uras col­ori­das dis­eñadas para que una per­sona pue­da colo­carse en el cen­tro y pare­cer que tiene alas. No for­man parte de ningún mon­u­men­to ni sue­len ten­er una his­to­ria espe­cial­mente intere­sante. Son sim­ple­mente pin­turas urbanas que se han hecho famosas porque quedan bien en las fotografías.

En ciu­dades como Nashville, Los Ánge­les, Lis­boa o Lon­dres hay murales que reciben vis­i­tantes con­stan­te­mente. A veces se encuen­tran en calles nor­males, rodeadas de coches aparca­dos, con­tene­dores de basura o fachadas sin ningún interés espe­cial. Sin embar­go, bas­ta que alguien pinte unas alas bien pro­por­cionadas para que el lugar se con­vier­ta en un pequeño pun­to turís­ti­co. Las imá­genes sue­len mostrar a una per­sona son­ri­ente, per­fec­ta­mente cen­tra­da entre las alas, con el encuadre cuida­dosa­mente ajus­ta­do para que no se vea nada alrede­dor. El fon­do parece limpio y la esce­na trans­mite ligereza y espon­tanei­dad. Parece que alguien ha des­cu­bier­to un rincón secre­to de la ciu­dad.

Chica posando delante de un mural de alas de colores simulando que tiene alas en una típica foto turística para redes sociales.

Des­de cier­ta dis­tan­cia resul­ta curioso obser­var la esce­na. Los tur­is­tas lle­gan cam­i­nan­do con decisión, como si sigu­ier­an un mapa invis­i­ble, se colo­can frente a la pared durante unos min­u­tos y luego se marchan sin mirar el resto de la calle. Muchas veces ni siquiera saben en qué bar­rio están ni qué hay a pocos met­ros de allí. Lo intere­sante es que estos murales no existían como atrac­ción turís­ti­ca has­ta hace muy poco. Algunos fueron pin­ta­dos como sim­ples proyec­tos artís­ti­cos o ini­cia­ti­vas de bar­rio pero las redes sociales los trans­for­maron en algo dis­tin­to. La pared dejó de ser una obra urbana para con­ver­tirse en un dec­o­ra­do.

Via­jar para hac­erse una foto delante de un tem­p­lo antiguo o de una mon­taña espec­tac­u­lar puede enten­der­se fácil­mente. Lo sor­pren­dente es cuan­do el des­ti­no es, lit­eral­mente, una pared pin­ta­da. En ese momen­to el via­je parece haber dado un paso más hacia lo absur­do: desplazarse cien­tos o miles de kilómet­ros para demostrar que hemos esta­do en un sitio que podría estar en cualquier parte.

Cafés de Instagram en París y Londres: decoración perfecta, café mediocre

Hay ciu­dades que pare­cen hechas para la fotografía y pocas fun­cio­nan tan bien en las redes sociales como París y Lon­dres. Sus calles históri­c­as, sus fachadas ele­gantes y sus cafés tradi­cionales han sido durante décadas sím­bo­los de una for­ma de via­jar tran­quila y con­tem­pla­ti­va. Sen­tarse en una ter­raza parisi­na o tomar un té en un café londi­nense era, has­ta hace no tan­to, una expe­ri­en­cia sen­cil­la: obser­var la vida pasar mien­tras el tiem­po avan­z­a­ba despa­cio.

En los últi­mos años han apare­ci­do otro tipo de locales que respon­den a una lóg­i­ca com­ple­ta­mente dis­tin­ta. Son cafés dis­eña­dos des­de el prin­ci­pio para ser fotografi­a­dos. No se tra­ta de lugares que resul­ten boni­tos por casu­al­i­dad o por his­to­ria, sino de espa­cios con­ce­bidos como esce­nar­ios donde cada rincón está pen­sa­do para fun­cionar bien en una ima­gen.

En París abun­dan los locales con fachadas cubier­tas de flo­res arti­fi­ciales, col­ores pas­tel y carte­les cuida­dosa­mente ilu­mi­na­dos. Des­de fuera pare­cen saca­dos de una postal per­fec­ta. Las mesas están colo­cadas de for­ma que la foto resulte equi­li­bra­da y las tazas sue­len ten­er dis­eños lla­ma­tivos que desta­can sobre el fon­do. Algu­nas pastel­erías preparan dul­ces que pare­cen casi demasi­a­do per­fec­tos para ser reales, con col­ores suaves y for­mas simétri­c­as que fun­cio­nan mejor en una fotografía que en el pal­adar.

En Lon­dres el fenó­meno sigue una línea pare­ci­da. Cafeterías con pare­des llenas de neones, rin­cones dec­o­ra­dos con plan­tas cuida­dosa­mente colo­cadas y mesas donde cada obje­to parece elegi­do para apare­cer en la ima­gen. No es raro encon­trar fras­es lumi­nosas dis­eñadas explíci­ta­mente para con­ver­tirse en fon­do de self­ies.

Influencer con vestido rosa y pamela posando en un café parisino con decoración roja y ambiente típico de París.

Des­de lejos, estos cafés pare­cen espa­cios acoge­dores y llenos de per­son­al­i­dad. Des­de cer­ca, a menudo resul­tan sor­pren­den­te­mente imper­son­ales. Muchos clientes pasan más tiem­po movien­do la taza o aju­s­tan­do el encuadre que bebi­en­do el café. Hay mesas donde la bebi­da se enfría mien­tras se hacen diez o quince fotos des­de dis­tin­tos ángu­los. Lo paradóji­co es que muchos de estos locales ofre­cen una expe­ri­en­cia bas­tante mediocre fuera de la fotografía. El café suele ser cor­rec­to pero poco mem­o­rable, los pre­cios sue­len ser altos y la sen­sación gen­er­al puede resul­tar un poco arti­fi­cial. Lo que se vende no es tan­to la bebi­da como la ima­gen.

En cier­to modo, estos cafés rep­re­sen­tan una nue­va for­ma de tur­is­mo donde el recuer­do no es el sabor de un café ni la con­ver­sación en una mesa, sino la ima­gen que se obtiene antes de lev­an­tarse. Porque en algunos lugares ya no se entra a tomar algo. Se entra a hac­erse una foto y después, si que­da tiem­po, quizá a beber el café.

Las poses típicas del turista fotográfico

Si uno se que­da obser­van­do durante un rato en cualquier mirador famoso o calle turís­ti­ca, aca­ba des­cubrien­do que el reper­to­rio de pos­es es más amplio de lo que parece. Aunque la may­oría pre­tenden trans­mi­tir nat­u­ral­i­dad, en real­i­dad for­man un pequeño catál­o­go de gestos que se repiten una y otra vez en lugares com­ple­ta­mente dis­tin­tos del mun­do. Si los des­ti­nos para hac­erse fotos absur­das tienen algo en común, además del esce­nario, es la sor­pren­dente uni­formi­dad de las pos­es. Bas­ta obser­var durante unos min­u­tos cualquier pun­to turís­ti­co famoso para darse cuen­ta de que muchas per­sonas repiten exac­ta­mente los mis­mos gestos, como si existiera un man­u­al invis­i­ble que todos hubier­an leí­do antes de via­jar.

La foto con pamela en la playa: ele­gan­cia pre­fab­ri­ca­da frente al mar. Pocas imá­genes se repiten tan­to en los des­ti­nos de cos­ta como la clási­ca fotografía con pamela frente al mar. Es una esce­na que aparece con­stan­te­mente en playas de Gre­cia, Méx­i­co, Mar­rue­cos, Tai­lan­dia o las Islas Canarias: una mujer con som­brero de ala ancha, vesti­do ligero o pareo vaporoso, miran­do hacia el hor­i­zonte mien­tras el mar ocu­pa todo el fon­do de la ima­gen.

La fotografía pre­tende trans­mi­tir des­can­so, ele­gan­cia y una cier­ta idea de sofisti­cación veran­ie­ga. La pamela, casi siem­pre de paja clara, se ha con­ver­tido en un acce­so­rio uni­ver­sal del tur­is­mo fotográ­fi­co. Aparece en playas par­adis­ía­cas y tam­bién en are­nales urbanos, en calas soli­tarias y en zonas llenas de som­bril­las. El con­tex­to impor­ta poco: lo impor­tante es que el som­brero dibu­je una silue­ta recono­ci­ble con­tra el azul del mar.

Des­de fuera, sin embar­go, la esce­na suele ser menos poéti­ca. Es habit­u­al ver a alguien ajustán­dose el som­brero varias veces mien­tras otra per­sona bus­ca el ángu­lo cor­rec­to, inten­tan­do que no aparez­can bañis­tas ni toal­las en el encuadre. En oca­siones hay var­ios inten­tos segui­dos has­ta que la incli­nación de la cabeza parece la ade­cua­da o la luz resul­ta más favore­ce­do­ra. Lo curioso es que la pamela suele apare­cer solo en la fotografía. Después vuelve ráp­i­da­mente a la bol­sa de playa o al fon­do de la mochi­la. En algunos des­ti­nos turís­ti­cos inclu­so se pueden ver puestos que venden som­breros de este tipo pre­cisa­mente porque fun­cio­nan bien en las imá­genes, como si for­maran parte del equipo bási­co del via­jero mod­er­no jun­to al móvil y las gafas de sol.

Influencer con pamela de paja y vestido blanco posando en una playa tropical de aguas turquesa.

Una de las pos­turas más habit­uales es la de los bra­zos exten­di­dos hacia el hor­i­zonte, una especie de gesto uni­ver­sal que pre­tende trans­mi­tir lib­er­tad y emo­ción. Aparece en acan­ti­la­dos, tem­p­los, mon­tañas y playas por igual. La per­sona se colo­ca frente al paisaje, abre los bra­zos y lev­an­ta lig­era­mente la cabeza, como si estu­viera absorbi­en­do la grandeza del mun­do. Des­de cier­ta dis­tan­cia la esce­na tiene algo de teatral. A menudo quien adop­ta la pos­tu­ra ape­nas ha mira­do el paisaje unos segun­dos antes de empezar a posar.

Otra de las más habit­uales es la per­sona sen­ta­da al bor­de de algo, preferi­ble­mente con las pier­nas col­gan­do sobre el vacío o sobre el agua. Puede ser un acan­ti­la­do, un muelle, una roca o el bor­de de una mural­la. La pos­tu­ra pre­tende trans­mi­tir tran­quil­i­dad y con­tem­plación, como si el via­jero hubiera encon­tra­do un momen­to ínti­mo en medio del paisaje. Sin embar­go, quien obser­va la esce­na suele ver a alguien ajustán­dose mil veces la posi­ción mien­tras otra per­sona indi­ca si hay que girarse un poco más hacia la derecha o hacia la izquier­da.

Tam­bién es muy fre­cuente la pose cam­i­nan­do sin mirar a la cámara, que inten­ta dar la impre­sión de espon­tanei­dad. La per­sona avan­za lenta­mente mien­tras alguien toma varias fotos seguidas, como si el momen­to hubiera sido cap­tura­do por casu­al­i­dad. Lo que no aparece en la ima­gen es que nor­mal­mente ese pequeño paseo se repite varias veces has­ta que el resul­ta­do parece sufi­cien­te­mente nat­ur­al.

Otra pose omnipresente es la fotografía saltan­do, que parece haber con­ven­ci­do a medio plan­e­ta de que la ale­gría autén­ti­ca con­siste en despe­gar los pies del sue­lo durante una frac­ción de segun­do. En plazas históri­c­as, playas o miradores se repite el mis­mo rit­u­al: var­ios inten­tos fal­li­dos, risas algo forzadas y final­mente un salto que que­da con­ge­la­do en el aire. La ima­gen final parece espon­tánea pero quien obser­va el pro­ce­so ve una pequeña core­ografía ridícu­la repeti­da una y otra vez.

Chica con vestido rosa saltando delante de un templo exótico en una típica foto turística para redes sociales.

Pero quizá la pose más car­ac­terís­ti­ca del tur­is­mo mod­er­no sea la fotografía de espal­das agar­ran­do la mano de la pare­ja, una esce­na que se ha repeti­do miles de veces des­de que se hizo famosa en las redes sociales. La ima­gen suele mostrar a una mujer cam­i­nan­do hacia un paisaje espec­tac­u­lar mien­tras alguien la suje­ta des­de atrás. El encuadre está pen­sa­do para que parez­ca que el espec­ta­dor par­tic­i­pa en el via­je, como si avan­zara de la mano hacia el des­ti­no.

Vista en serie, esta pose tiene algo lig­era­mente inqui­etante. Dece­nas de per­sonas recor­rien­do los mis­mos lugares con el bra­zo esti­ra­do hacia atrás, repi­tien­do exac­ta­mente el mis­mo gesto. Lo que en una fotografía parece ínti­mo y espon­tá­neo se con­vierte, obser­va­do des­de fuera, en una esce­na sor­pren­den­te­mente mecáni­ca. Lo más curioso es que muchas per­sonas lle­gan a estos lugares con la pose ya deci­di­da. Han vis­to tan­tas imá­genes sim­i­lares que saben exac­ta­mente cómo colo­carse inclu­so antes de lle­gar. El via­je se con­vierte en la opor­tu­nidad de repro­ducir una esce­na que ya existe pre­vi­a­mente en su imag­i­nación.

Al final, los paisajes más dis­tin­tos ter­mi­nan pare­cién­dose entre sí porque las per­sonas adop­tan las mis­mas pos­turas delante de ellos. Mon­tañas, tem­p­los, playas o ciu­dades históri­c­as se con­vierten en sim­ples fon­dos para una serie lim­i­ta­da de gestos repeti­dos.

Quizá por eso muchas fotografías de via­jes mod­er­nos pare­cen inter­cam­bi­ables. Cam­bia el esce­nario, pero la pose sigue sien­do la mis­ma. Y quizá esa sea una de las car­ac­terís­ti­cas más curiosas del tur­is­mo fotográ­fi­co mod­er­no: via­jar miles de kilómet­ros para demostrar que esta­mos en lugares dis­tin­tos. Hacien­do exac­ta­mente las mis­mas fotos que todo el mun­do.

El viaje convertido en escenario

Quizá lo más lla­ma­ti­vo de todos estos lugares no sea la can­ti­dad de fotografías que se hacen, sino la man­era en que han cam­bi­a­do nues­tra for­ma de via­jar. En muchos des­ti­nos la expe­ri­en­cia se ha reduci­do a una secuen­cia bas­tante pre­vis­i­ble: lle­gar al pun­to exac­to que hemos vis­to en inter­net, esper­ar turno si hace fal­ta, adop­tar una pos­tu­ra recono­ci­ble y mar­charse después de com­pro­bar que la ima­gen ha queda­do bien.

No se tra­ta solo de tur­is­tas ais­la­dos repi­tien­do gestos pare­ci­dos. Lo que se ha crea­do es una especie de core­ografía glob­al en la que miles de per­sonas par­tic­i­pan sin cono­cerse. Las mis­mas pos­es apare­cen en país­es dis­tin­tos, los mis­mos encuadres se repiten en ciu­dades lejanas y los mis­mos rin­cones se con­vierten en esce­nar­ios donde todo el mun­do sabe instin­ti­va­mente qué tiene que hac­er.

Lo más curioso es que muchos de estos lugares siguen sien­do her­mosos o intere­santes por sí mis­mos. San­tori­ni con­tinúa sien­do una isla extra­or­di­nar­ia, Troll­tun­ga sigue sien­do un paisaje impre­sio­n­ante y algunos cafés de París o Lon­dres pueden resul­tar agrad­ables si se miran sin prisas. El prob­le­ma no es el des­ti­no, sino la man­era en que nos rela­cionamos con él.

Turista de espaldas agarrando la mano de su pareja en una pose típica de fotografía de viajes popularizada en redes sociales.

Cuan­do el obje­ti­vo prin­ci­pal del via­je se con­vierte en con­seguir una ima­gen conc­re­ta, el lugar deja de ser algo que des­cub­ri­mos y pasa a ser algo que con­fir­mamos. Ya no miramos para enten­der lo que ten­emos delante, sino para com­pro­bar si coin­cide con la fotografía que habíamos vis­to antes. La sor­pre­sa desa­parece porque todo resul­ta famil­iar inclu­so antes de lle­gar.

A veces bas­ta apartarse unos met­ros para darse cuen­ta de lo extraño que puede resul­tar el espec­tácu­lo. Per­sonas saltan­do varias veces seguidas delante de un mon­u­men­to, pare­jas ensayan­do pos­es mien­tras otros esper­an pacien­te­mente su turno o via­jeros cam­i­nan­do de espal­das con el bra­zo exten­di­do hacia alguien que no aparece en la foto. Esce­nas que pare­cen com­ple­ta­mente nor­males cuan­do las vemos en redes sociales y lig­era­mente absur­das cuan­do las obser­va­mos en direc­to.

Sin embar­go, sería injus­to pen­sar que todo esto sig­nifi­ca que via­jar ha per­di­do sen­ti­do. Las fotografías siem­pre han for­ma­do parte de los via­jes y seguirán for­man­do parte de ellos. No hay nada malo en quer­er recor­dar los lugares que visi­ta­mos o en com­par­tir­los con los demás. El prob­le­ma aparece cuan­do la ima­gen susti­tuye a la expe­ri­en­cia y cuan­do el recuer­do se vuelve más impor­tante que el momen­to vivi­do.

Quizá la difer­en­cia esté en el tiem­po que dedicamos a cada cosa. Hay via­jeros que lle­gan a un lugar, hacen una foto ráp­i­da y luego guardan el móvil para pasear sin rum­bo. Otros pasan horas bus­can­do el encuadre per­fec­to y se marchan sin haber mira­do real­mente el sitio donde están. Entre ambas for­mas de via­jar hay un abis­mo silen­cioso. Tal vez den­tro de unos años algu­nas de estas modas resul­ten tan extrañas como hoy nos pare­cen las fotografías rígi­das de prin­ci­p­ios del siglo XX. Puede que aparez­can nuevas for­mas de via­jar y nuevas man­eras de mostrar los des­ti­nos. O puede que sig­amos repi­tien­do las mis­mas imá­genes una y otra vez, cam­bian­do solo el esce­nario.

Mien­tras tan­to, en algún lugar del mun­do siem­pre habrá alguien esperan­do turno para hac­erse una foto con los bra­zos abier­tos frente a un paisaje espec­tac­u­lar, con­ven­ci­do de que ese momen­to resume todo su via­je. Y quizá lo más iróni­co de todo sea que, cuan­do esa fotografía aparez­ca en inter­net, pare­cerá que estu­vo com­ple­ta­mente solo.


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