Viajar antes significaba descubrir. Caminar sin rumbo por una ciudad desconocida, perderse en mercados, sentarse en una plaza a observar a la gente o entrar en un museo sin haber visto antes ni una sola foto del lugar. Hoy, en cambio, muchos viajes empiezan con una imagen concreta en la cabeza. No la imagen de un monumento o de un paisaje, sino la fotografía que quieres hacerte allí. El viaje ya no consiste en conocer un sitio, sino en reproducir una escena.
Es fácil reconocerlos. Llegan con el móvil en la mano, buscan el ángulo exacto que han visto en Instagram y repiten la misma pose que han hecho miles de personas antes. A veces esperan una hora, dos o incluso más para hacerse una foto que durará unos segundos. Después se marchan. No miran alrededor, no preguntan nada, no hablan con nadie. El lugar no importa demasiado. Lo importante es demostrar que han estado allí.
Hay destinos que han terminado reducidos a eso: escenarios donde los turistas hacen cola para fotografiarse. Lugares que antes tenían vida propia y que ahora funcionan como estudios improvisados. No es raro ver personas cambiándose de ropa en plena calle, parejas discutiendo porque la foto no ha quedado perfecta o influencers acompañados de fotógrafos profesionales que convierten un rincón cualquiera en una sesión de moda.
Lo curioso es que muchas de esas fotos muestran una realidad completamente falsa. Los paisajes parecen vacíos cuando en realidad están abarrotados. Los templos parecen místicos cuando en realidad hay vendedores de souvenirs y altavoces con música. Los pueblos parecen tranquilos cuando están saturados de visitantes que han venido exactamente por lo mismo: conseguir la misma imagen que han visto antes en internet.
En algunos casos, los lugares ni siquiera eran especialmente famosos hasta que se hicieron virales. Bastó una foto bien encuadrada para convertir una esquina cualquiera en un icono turístico. A partir de ese momento comenzaron a llegar visitantes de todo el mundo buscando exactamente la misma instantánea. El destino dejó de ser un lugar para convertirse en un decorado.
Viajar para hacerse fotos no tiene nada de malo. Todos lo hacemos. Las fotografías son recuerdos y forman parte del viaje desde hace más de un siglo. Lo absurdo empieza cuando la fotografía se convierte en el motivo principal para viajar, cuando el lugar se vuelve secundario y cuando el viaje se mide únicamente en imágenes publicadas.
El columpio de Bali: espiritualidad con arnés
Me da mucha, mucha pena lo que ha cambiado Bali en los últimos años. Tanto que a mí particularmente se me han quitado las ganas de volver, al menos mientras siga este panorama desolador de destino convertido en parque temático. Y eso que cuando estuve allí en el verano de 2014 regresé completamente enamorada de la isla y sus gentes.
Bali ha cambiado mucho en las últimas décadas pero lo más llamativo no es que haya cambiado —eso es inevitable en cualquier destino turístico— sino la velocidad y la dirección en la que lo ha hecho. Lo que antes era una isla asociada a la espiritualidad, los arrozales silenciosos y los pueblos tranquilos se ha transformado en un enorme escenario turístico donde muchas veces parece que la vida local es solo el decorado de fondo.
Hubo un tiempo en que viajar a Bali significaba perderse entre templos cubiertos de musgo, escuchar el sonido del gamelán al atardecer o caminar entre terrazas de arroz donde apenas se cruzaban algunos campesinos. Hoy, en cambio, hay lugares donde resulta difícil encontrar un solo momento de silencio. Ubud, que durante años fue el corazón cultural de la isla, se ha convertido en un embudo de tráfico permanente. Calles estrechas diseñadas para motos y bicicletas soportan ahora un flujo constante de coches turísticos, taxis y repartidores. En algunos momentos del día, avanzar unos cientos de metros puede llevar más de media hora.
Pero el cambio más profundo quizá no sea el tráfico ni los hoteles. Lo que más ha cambiado Bali es la forma en que se consume el destino. La isla se ha convertido en uno de los mayores escenarios del turismo visual, donde el objetivo ya no parece ser tanto viajar como producir imágenes. Lugares como el templo Lempuyang o los columpios sobre la selva son ejemplos perfectos: filas de turistas esperando durante horas para conseguir una foto que, en muchos casos, ni siquiera refleja la realidad del lugar. El famoso “reflejo” de Lempuyang, por ejemplo, no es más que un truco con un espejo bajo el móvil del fotógrafo pero miles de personas siguen viajando allí convencidas de que verán un lago inexistente.
Este tipo de turismo ha cambiado la relación con el entorno. En vez de descubrir lugares, muchos viajeros parecen limitarse a repetir una lista de escenarios predefinidos. Bali se ha llenado de puntos diseñados exclusivamente para la fotografía: nidos gigantes de bambú, columpios sobre el vacío, miradores artificiales o cafeterías construidas para parecer templos. En algunos sitios, da la sensación de que el paisaje ya no importa tanto como el ángulo desde el que se mira.
Si hubiera que elegir un símbolo del turismo fotográfico moderno, probablemente sería el columpio de Bali. No se trata de un monumento histórico ni de un lugar sagrado ni siquiera de un paisaje especialmente singular. Es, sencillamente, un columpio colocado sobre un valle tropical para que los turistas puedan hacerse fotos espectaculares. En las imágenes que circulan por internet parece una experiencia casi mística. Una persona vestida con ropa vaporosa se balancea suavemente sobre una selva infinita mientras la luz del atardecer lo envuelve todo. La escena transmite calma, espiritualidad y una sensación de libertad casi cinematográfica.
La realidad es bastante diferente.
Los complejos donde se encuentran estos columpios funcionan como auténticas fábricas de fotografías. Al llegar hay que pagar la entrada, esperar turno y colocarse un arnés de seguridad que después será cuidadosamente ocultado en la imagen final. A menudo hay varios columpios alineados, cada uno con su propia cola de turistas.

Los empleados se encargan de empujar el columpio con la fuerza suficiente para que la foto parezca más espectacular. Algunos incluso indican la postura adecuada: brazos abiertos, mirada al horizonte, piernas estiradas. La escena está perfectamente coreografiada. Lo más curioso es que muchas personas pasan más tiempo esperando que balanceándose. La experiencia completa puede durar horas, mientras que la foto se obtiene en menos de un minuto. Una vez conseguida la imagen, la mayoría se marcha hacia el siguiente escenario fotográfico.
El columpio de Bali no es un lugar que existiera antes del turismo. Es un producto creado específicamente para turistas. Un decorado diseñado para producir imágenes que parecen espontáneas pero que en realidad están completamente planificadas. Y quizá por eso representa mejor que ningún otro sitio la transformación del viaje en espectáculo.
Lo paradójico es que Bali sigue siendo un lugar extraordinario. Sus templos siguen siendo bellísimos, sus paisajes continúan teniendo una fuerza enorme y la cultura balinesa mantiene una vitalidad impresionante. Pero el viajero tiene la sensación de que esa esencia convive con otra realidad más artificial, más acelerada y más diseñada para el consumo turístico.
Tal vez lo más triste no sea que Bali haya cambiado, sino que muchos visitantes ya no parecen viajar para conocer la isla, sino para confirmar una imagen preconcebida de ella. Y en ese proceso, Bali corre el riesgo de convertirse en un destino que se mira más a través de la cámara que con los propios ojos.
Santorini: los vestidos voladores y la ilusión de la isla perfecta
En las fotografías, Santorini parece un lugar casi irreal. Casas blancas que brillan bajo el sol, cúpulas azules perfectamente alineadas y un mar infinito que se extiende hasta el horizonte. Todo transmite una sensación de calma y perfección que parece diseñada para enamorar a primera vista.
Durante años fue un destino relativamente tranquilo pero con la llegada de Instagram la isla se transformó en uno de los escenarios fotográficos más famosos del mundo. Hoy en día hay rincones donde resulta casi imposible caminar sin tropezar con trípodes, cámaras o personas posando.
Uno de los fenómenos más curiosos es el de los vestidos voladores de Santorini. Empresas especializadas alquilan vestidos de telas larguísimas y colores intensos —rojo, amarillo, azul eléctrico— que crean un efecto espectacular cuando el viento los mueve. Las sesiones incluyen fotógrafo profesional y asesoramiento sobre poses y localizaciones. Algunas parejas pasan horas recorriendo la isla buscando la imagen perfecta.
El resultado final parece espontáneo pero detrás hay toda una producción. A veces hay asistentes sujetando la tela fuera de plano o fotógrafos indicando exactamente cómo colocarse. En algunos miradores se pueden ver varias sesiones al mismo tiempo, cada una intentando evitar que aparezcan los demás en la imagen.
Desde lejos, Santorini parece una postal tranquila. Desde cerca, algunos puntos se parecen más a un plató al aire libre. Hay calles donde los turistas avanzan despacio porque varias personas están posando y nadie quiere estropear la foto de los demás.

Lo paradójico es que muchas de las imágenes más famosas transmiten una sensación de soledad que no existe. Las terrazas aparecen vacías, los callejones parecen silenciosos y los miradores parecen íntimos. Pero basta levantar la vista del móvil para descubrir filas de visitantes esperando exactamente el mismo encuadre.
Hay turistas que pasan días enteros recorriendo los mismos miradores para conseguir la foto perfecta del atardecer. Otros llegan en crucero, se dirigen directamente a los puntos más famosos y regresan al barco unas horas después con el recuerdo asegurado. Tal vez el ejemplo más claro de esta transformación sea que muchas personas conocen exactamente qué foto quieren hacerse en Santorini antes incluso de poner un pie en la isla. El viaje empieza con la imagen y termina cuando esa imagen se consigue.
El templo Lempuyang (Bali): el reflejo que no existe
Durante años una de las imágenes más famosas de Bali ha sido la de la llamada Puerta del Cielo, en el templo de Lempuyang. En las fotografías aparece una gran puerta de piedra partida en dos mitades perfectamente simétricas. Entre ellas se ve el volcán Agung elevándose sobre un lago tranquilo que refleja el cielo como si fuera un espejo. La imagen parece casi sobrenatural. El agua parece inmóvil, el paisaje está perfectamente equilibrado y la persona que posa en el centro aparece rodeada de una simetría casi perfecta. Es una fotografía que transmite espiritualidad, silencio y una sensación de armonía que parece propia de otro mundo.
Miles de viajeros han llegado hasta este templo con esa imagen en la cabeza. Algunos recorren varias horas de carretera desde el sur de Bali para conseguir la foto. Otros se levantan antes del amanecer para evitar las multitudes. Todos buscan exactamente la misma escena. Cuando llegan descubren algo sorprendente.
El lago no existe.

La famosa fotografía del reflejo se consigue colocando un pequeño espejo o una lámina de cristal bajo la cámara del móvil. Un empleado del templo se encarga de hacerlo en cuestión de segundos mientras el visitante adopta la postura adecuada. Después se hacen varias tomas: saltando, caminando o simplemente mirando hacia el horizonte.
Desde fuera la escena resulta casi cómica. Un turista posa con expresión solemne mientras un trabajador sostiene un trozo de cristal a pocos centímetros del objetivo. Detrás hay decenas de personas esperando su turno para repetir exactamente la misma fotografía. La cola puede durar horas.
En las imágenes que circulan por internet nunca aparece la fila de visitantes ni el aparcamiento lleno ni los vendedores ambulantes que rodean la entrada. Tampoco se ve a los turistas ensayando poses o revisando una y otra vez el resultado en la pantalla del móvil. La fotografía final transmite la sensación de haber descubierto un lugar secreto, cuando en realidad se trata de una de las escenas más repetidas del turismo moderno.
Quizá lo más curioso es que muchas personas conocen perfectamente el truco del espejo y aun así deciden hacer la cola igualmente. La ilusión forma parte de la experiencia. No importa demasiado que el lago sea falso; lo importante es que la imagen parezca real.
Trolltunga (Noruega): diez horas de caminata para treinta segundos de pose
En el suroeste de Noruega, sobre un fiordo profundo y silencioso, sobresale una lengua de roca horizontal conocida como Trolltunga, la “lengua del troll”. Durante siglos fue simplemente una formación geológica espectacular en medio de un paisaje salvaje. Hoy es uno de los escenarios fotográficos más codiciados de Europa.
La imagen es inconfundible. Una persona aparece de pie sobre la roca suspendida en el vacío, con el fiordo extendiéndose cientos de metros más abajo. La fotografía transmite aventura, libertad y una sensación de conquista personal que parece casi heroica. Es la clase de imagen que convierte a cualquiera en explorador durante unos segundos.
Pero llegar hasta Trolltunga no es fácil. La caminata completa puede superar los veinte kilómetros entre ida y vuelta y exige varias horas de esfuerzo. Dependiendo del ritmo, el recorrido puede durar entre ocho y diez horas. Hay tramos empinados, cambios bruscos de tiempo y largas pendientes que ponen a prueba incluso a personas en buena forma física. Durante años, quien llegaba hasta allí encontraba sobre todo silencio y naturaleza. Hoy, en temporada alta, lo que se encuentra es una fila.
En los días de verano no es raro ver decenas de personas esperando su turno para hacerse la foto. Algunos descansan sentados en las rocas, otros comen algo mientras avanzan lentamente en la cola y muchos observan cómo posan los que tienen delante. La escena recuerda más a la espera de una atracción que a una excursión por la montaña.

Cuando llega el momento, todo ocurre deprisa. Hay que caminar hasta el extremo de la roca, adoptar una postura que parezca natural y mirar hacia el horizonte mientras alguien toma varias fotos seguidas. Algunos levantan los brazos, otros saltan, otros se sientan en el borde intentando parecer tranquilos mientras cientos de metros de vacío se abren bajo sus pies. Después regresan rápidamente para dejar paso al siguiente.
La foto final transmite soledad y aventura. Parece que la persona ha descubierto un rincón remoto del planeta donde nadie ha estado antes. Pero la realidad suele incluir mochilas amontonadas, gente esperando turno y conversaciones en varios idiomas mezclándose con el viento de la montaña. Lo más curioso es que muchas personas llegan con la pose decidida de antemano. Han visto tantas imágenes de Trolltunga que saben exactamente cómo colocarse incluso antes de llegar.
Después de horas de caminata, el objetivo del viaje queda reducido a unos pocos segundos sobre la roca. Al marcharse, muchos revisan las fotos mientras todavía están en la montaña, comprobando si la imagen ha quedado como esperaban. Si no es así, algunos incluso repiten. Porque para muchos viajeros Trolltunga no es tanto un lugar como una fotografía pendiente.
Las alas pintadas: viajar miles de kilómetros para fotografiarse delante de una pared
En muchas ciudades del mundo hay murales pintados en paredes anónimas que representan alas de ángel, mariposas o figuras coloridas diseñadas para que una persona pueda colocarse en el centro y parecer que tiene alas. No forman parte de ningún monumento ni suelen tener una historia especialmente interesante. Son simplemente pinturas urbanas que se han hecho famosas porque quedan bien en las fotografías.
En ciudades como Nashville, Los Ángeles, Lisboa o Londres hay murales que reciben visitantes constantemente. A veces se encuentran en calles normales, rodeadas de coches aparcados, contenedores de basura o fachadas sin ningún interés especial. Sin embargo, basta que alguien pinte unas alas bien proporcionadas para que el lugar se convierta en un pequeño punto turístico. Las imágenes suelen mostrar a una persona sonriente, perfectamente centrada entre las alas, con el encuadre cuidadosamente ajustado para que no se vea nada alrededor. El fondo parece limpio y la escena transmite ligereza y espontaneidad. Parece que alguien ha descubierto un rincón secreto de la ciudad.

Desde cierta distancia resulta curioso observar la escena. Los turistas llegan caminando con decisión, como si siguieran un mapa invisible, se colocan frente a la pared durante unos minutos y luego se marchan sin mirar el resto de la calle. Muchas veces ni siquiera saben en qué barrio están ni qué hay a pocos metros de allí. Lo interesante es que estos murales no existían como atracción turística hasta hace muy poco. Algunos fueron pintados como simples proyectos artísticos o iniciativas de barrio pero las redes sociales los transformaron en algo distinto. La pared dejó de ser una obra urbana para convertirse en un decorado.
Viajar para hacerse una foto delante de un templo antiguo o de una montaña espectacular puede entenderse fácilmente. Lo sorprendente es cuando el destino es, literalmente, una pared pintada. En ese momento el viaje parece haber dado un paso más hacia lo absurdo: desplazarse cientos o miles de kilómetros para demostrar que hemos estado en un sitio que podría estar en cualquier parte.
Cafés de Instagram en París y Londres: decoración perfecta, café mediocre
Hay ciudades que parecen hechas para la fotografía y pocas funcionan tan bien en las redes sociales como París y Londres. Sus calles históricas, sus fachadas elegantes y sus cafés tradicionales han sido durante décadas símbolos de una forma de viajar tranquila y contemplativa. Sentarse en una terraza parisina o tomar un té en un café londinense era, hasta hace no tanto, una experiencia sencilla: observar la vida pasar mientras el tiempo avanzaba despacio.
En los últimos años han aparecido otro tipo de locales que responden a una lógica completamente distinta. Son cafés diseñados desde el principio para ser fotografiados. No se trata de lugares que resulten bonitos por casualidad o por historia, sino de espacios concebidos como escenarios donde cada rincón está pensado para funcionar bien en una imagen.
En París abundan los locales con fachadas cubiertas de flores artificiales, colores pastel y carteles cuidadosamente iluminados. Desde fuera parecen sacados de una postal perfecta. Las mesas están colocadas de forma que la foto resulte equilibrada y las tazas suelen tener diseños llamativos que destacan sobre el fondo. Algunas pastelerías preparan dulces que parecen casi demasiado perfectos para ser reales, con colores suaves y formas simétricas que funcionan mejor en una fotografía que en el paladar.
En Londres el fenómeno sigue una línea parecida. Cafeterías con paredes llenas de neones, rincones decorados con plantas cuidadosamente colocadas y mesas donde cada objeto parece elegido para aparecer en la imagen. No es raro encontrar frases luminosas diseñadas explícitamente para convertirse en fondo de selfies.

Desde lejos, estos cafés parecen espacios acogedores y llenos de personalidad. Desde cerca, a menudo resultan sorprendentemente impersonales. Muchos clientes pasan más tiempo moviendo la taza o ajustando el encuadre que bebiendo el café. Hay mesas donde la bebida se enfría mientras se hacen diez o quince fotos desde distintos ángulos. Lo paradójico es que muchos de estos locales ofrecen una experiencia bastante mediocre fuera de la fotografía. El café suele ser correcto pero poco memorable, los precios suelen ser altos y la sensación general puede resultar un poco artificial. Lo que se vende no es tanto la bebida como la imagen.
En cierto modo, estos cafés representan una nueva forma de turismo donde el recuerdo no es el sabor de un café ni la conversación en una mesa, sino la imagen que se obtiene antes de levantarse. Porque en algunos lugares ya no se entra a tomar algo. Se entra a hacerse una foto y después, si queda tiempo, quizá a beber el café.
El viaje convertido en escenario
Quizá lo más llamativo de todos estos lugares no sea la cantidad de fotografías que se hacen, sino la manera en que han cambiado nuestra forma de viajar. En muchos destinos la experiencia se ha reducido a una secuencia bastante previsible: llegar al punto exacto que hemos visto en internet, esperar turno si hace falta, adoptar una postura reconocible y marcharse después de comprobar que la imagen ha quedado bien.
No se trata solo de turistas aislados repitiendo gestos parecidos. Lo que se ha creado es una especie de coreografía global en la que miles de personas participan sin conocerse. Las mismas poses aparecen en países distintos, los mismos encuadres se repiten en ciudades lejanas y los mismos rincones se convierten en escenarios donde todo el mundo sabe instintivamente qué tiene que hacer.
Lo más curioso es que muchos de estos lugares siguen siendo hermosos o interesantes por sí mismos. Santorini continúa siendo una isla extraordinaria, Trolltunga sigue siendo un paisaje impresionante y algunos cafés de París o Londres pueden resultar agradables si se miran sin prisas. El problema no es el destino, sino la manera en que nos relacionamos con él.

Cuando el objetivo principal del viaje se convierte en conseguir una imagen concreta, el lugar deja de ser algo que descubrimos y pasa a ser algo que confirmamos. Ya no miramos para entender lo que tenemos delante, sino para comprobar si coincide con la fotografía que habíamos visto antes. La sorpresa desaparece porque todo resulta familiar incluso antes de llegar.
A veces basta apartarse unos metros para darse cuenta de lo extraño que puede resultar el espectáculo. Personas saltando varias veces seguidas delante de un monumento, parejas ensayando poses mientras otros esperan pacientemente su turno o viajeros caminando de espaldas con el brazo extendido hacia alguien que no aparece en la foto. Escenas que parecen completamente normales cuando las vemos en redes sociales y ligeramente absurdas cuando las observamos en directo.
Sin embargo, sería injusto pensar que todo esto significa que viajar ha perdido sentido. Las fotografías siempre han formado parte de los viajes y seguirán formando parte de ellos. No hay nada malo en querer recordar los lugares que visitamos o en compartirlos con los demás. El problema aparece cuando la imagen sustituye a la experiencia y cuando el recuerdo se vuelve más importante que el momento vivido.
Quizá la diferencia esté en el tiempo que dedicamos a cada cosa. Hay viajeros que llegan a un lugar, hacen una foto rápida y luego guardan el móvil para pasear sin rumbo. Otros pasan horas buscando el encuadre perfecto y se marchan sin haber mirado realmente el sitio donde están. Entre ambas formas de viajar hay un abismo silencioso. Tal vez dentro de unos años algunas de estas modas resulten tan extrañas como hoy nos parecen las fotografías rígidas de principios del siglo XX. Puede que aparezcan nuevas formas de viajar y nuevas maneras de mostrar los destinos. O puede que sigamos repitiendo las mismas imágenes una y otra vez, cambiando solo el escenario.
Mientras tanto, en algún lugar del mundo siempre habrá alguien esperando turno para hacerse una foto con los brazos abiertos frente a un paisaje espectacular, convencido de que ese momento resume todo su viaje. Y quizá lo más irónico de todo sea que, cuando esa fotografía aparezca en internet, parecerá que estuvo completamente solo.
Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



Deja un comentario