Cómo disfrutar los mercados asiáticos como si fueras un local

Algo que nos encan­ta de Asia es la inten­si­dad étni­ca que se sigue res­pi­ran­do en cualquiera de sus miles de mer­ca­dos calle­jeros. Aunque es cier­to que la occi­den­tal­ización, espe­cial­mente en las grandes ciu­dades, ha traí­do con­si­go la apari­ción de un mon­tón de cen­tros com­er­ciales donde a los asiáti­cos les encan­ta pasar los fines de sem­ana (como en Europa ¿en serio la gente no tiene nada mejor que hac­er un sába­do?), qué queréis que os diga: no hay col­or. Será que a mí los cen­tros com­er­ciales cada vez me gus­tan menos porque los veo tan imper­son­ales, llenos de fran­qui­cias y tien­das clon­adas… vis­to uno, vis­tos todos. Pero estos mer­ca­dos calle­jeros, con esos olores úni­cos, ese aje­treo de descar­ga de mer­cancías según está amanecien­do, ese barul­lo de gente yen­do y vinien­do, los gri­tos de vende­dores y clientes ¡ no los cam­bio por nada! Y eso que muchas veces deam­bu­lo por los mer­ca­dos uni­ca­mente por el mero plac­er de sen­tir­los en su apo­geo pero ni siquiera com­pro nada: en oca­siones los pro­duc­tos con los que se com­er­cia pueden resul­tarte poco atrayentes pero qué más da, son la excusa per­fec­ta para pasar una mañana inolvid­able. Una jor­na­da en oca­siones más intere­sante a niv­el social que ir a cualquier museo.

Cuan­do via­jo por Europa, siem­pre estoy a la caza y cap­tura de los mer­cadil­los (y si son de cosas de segun­da mano, mejor, que son aún más autén­ti­cos) pero, por des­gra­cia, cada vez quedan menos; la may­oría de las veces son los pueb­los los que se encar­gan de man­ten­er viva esta boni­ta tradi­ción de que llegue el jueves o el viernes y las mujeres sal­gan de casa car­gadas con sus bol­sas de la com­pra, dirigién­dose a los puestos ambu­lantes que en muchos casos lle­gan a ser rudi­men­ta­rias fur­gone­tas. Pero el cap­i­tal­is­mo, por des­gra­cia, les está empu­jan­do a la extin­ción. Por eso aplau­do a toda esa gente que sigue ven­di­en­do sus artícu­los hechos a mano con el may­or de los car­iños y pre­fiero dar­les a ellos mi dinero que a cualquier mar­ca mul­ti­mil­lonar­ia.

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Si en Europa estos mer­cadil­los de toda la vida cada vez lo tienen más difí­cil para sobre­vivir, en Asia aguan­tan con­tra vien­to y marea. Y es que son muchas las aldeas que viv­en ais­ladas de las grandes ciu­dades y lle­van una economía de sub­sis­ten­cia prac­ti­ca­mente autóno­ma, lle­gan­do en muchas oca­siones al pun­to del trueque puro y duro. Los locales saben de sobra cuáles son sus puestos favoritos y van direc­tos a ellos, sin perder el tiem­po: los extran­jeros sole­mos deam­bu­lar como pol­lo sin cabeza, con los ojos como platos, extasi­a­dos ante tal explosión de col­ores y aro­mas.

En Asia hay mer­ca­dos de muchos tipos: los que están al aire libre (los que más me gus­tan), los fijos bajo techo, los que se mon­tan en un momen­to en mitad de la calle y que aquí cono­ce­mos como el top man­ta, los noc­turnos e inclu­so marí­ti­mos como los mer­ca­dos flotantes que podrás encon­trar en muchos rin­cones de país­es como Tai­lan­dia o Viet­nam: ya os con­té en mi via­je por la bahía de Halong viet­na­mi­ta lo curioso que me resulta­ba que las vende­do­ras se acer­caran en sus bar­quitas a ofre­cer­nos cualquier pro­duc­to que te puedas imag­i­nar. Aquí aba­jo tenéis una de las fotos que las hice.

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Vende­do­ras en Viet­nam

En Asia uno tiene que ir a los mer­ca­dos con calza­do cómo­do, altas dosis de pacien­cia y con la inten­ción de madru­gar porque la may­oría de ellos comien­zan a fun­cionar bas­tante tem­pra­no: en país­es donde a las once de la mañana sudas más que un pavo en víspera de Acción de Gra­cias, lo mejor es lev­an­tarse con la fres­ca. Además de que podrás obser­var cómo los vende­dores comien­zan a colo­car su mer­cancía y sue­len estar con ganas de char­lar, por expe­ri­en­cia os digo que los primeros pro­duc­tos del día sue­len dejárte­los a mejor pre­cio. A esas horas pien­san que más vale pájaro en mano que cien­to volan­do. Y a primera hora todavía no ha empeza­do a lle­gar el grue­so de clien­tela, por lo que te ahor­rarás empu­jones, podrás ver las cosas con más tran­quil­i­dad y evi­tarás a los car­ter­is­tas, que aprovechan las mul­ti­tudes para man­gar a cualquier despis­ta­do.

El rega­teo es un arte y hay quien lo dis­fru­ta y quien detes­ta eso de estar dis­cutien­do pre­cios. Yo reconoz­co que pertenez­co al primer grupo: me paso la vida com­pran­do en Ebay, oje­an­do ofer­tas de todo tipo, par­tic­i­pan­do en sub­as­tas… así que ¿cómo no iba a dis­fru­tar del tira y aflo­ja con los vende­dores? No me creáis una ilusa: sé que como todos los com­pradores siem­pre lle­vo las de perder y aunque te vayas con la sen­sación de que te has hecho con una gan­ga, la may­oría de las veces (por no decir todas) el vende­dor son­ríe para sus aden­tros sabi­en­do que has paga­do tres o cua­tro veces el pre­cio orig­i­nal, si no más. Pero oye, esta­mos en Asia, donde los pre­cios de por sí ya son bas­tante ridícu­los si los com­para­mos con los que ten­emos en casa, así que así todos con­tentos. Eso sí, mi recomen­dación es que en primer lugar, te ale­jes de los puestos donde se con­cen­tran los tur­is­tas, que casi siem­pre son los de la entra­da y las esquinas: vete a los más aparta­dos y escon­di­dos, a los que les cues­ta más acer­carse a los clientes, porque las ven­tas serán menores y podrás con­seguir mejores pre­cios.

Si estás intere­sa­do en un artícu­lo en par­tic­u­lar, hay muchas tien­das donde lo venden a pre­cios fijos, así que ojéa­lo y en el mis­mo mer­ca­do, com­para en var­ios puestos antes de decidirte por uno. Obser­va si puedes cuán­to pagan los locales por lo que tú quieres com­prar, a ellos no hay quien les engañe. Y no te quedes con la idea de que si ofre­ces la mitad de lo que te piden has tri­un­fa­do: gen­eral­mente los vende­dores hin­chan el pre­cio cin­co o seis veces. Sobra decir que prac­tiques un tur­is­mo respon­s­able y no se te ocur­ra com­prar sou­venirs que ten­gan pin­ta de ser roba­dos (des­gra­ci­ada­mente, hay muchas reliquias de tem­p­los por ahí dan­zan­do) ni los que ten­gan como ori­gen el trá­fi­co de ani­males, léase marfil de ele­fantes, piel de coco­dri­lo, con­chas, capara­zones de tor­tu­ga o inclu­so esos reme­dios médi­cos que tan­to les gus­tan a los chi­nos a base de testícu­los de ani­males. De com­prar ani­males vivos ya ni hablam­os: los ani­males no se com­pran, se adop­tan, una vida jamás puede ten­er pre­cio ni con­sti­tuir ben­efi­cio económi­co para un humano.

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Si vas bus­can­do artícu­los hechos a mano, el con­se­jo es obvio: descon­fía del vende­dor que ten­ga muchos pro­duc­tos iguales, gen­eral­mente están fab­ri­ca­dos en Chi­na o Tai­wan, una sim­ple ojea­da te sacará de dudas. No te la juegues con las joyas: gen­eral­mente son fal­sas y si vas a gas­tarte el dinero, en este caso sí acon­se­jamos ir a una joy­ería “de las de ver­dad”. A mí como la bisutería me da aler­gia y sólo puedo usar pla­ta, no me com­pli­co la exis­ten­cia. Descon­fía de las antigüedades, casi siem­pre son fal­sas o robadas.

Muchos vende­dores tien­den a creer que el tur­ista es una bil­letera con patas e hin­chan exager­ada­mente los pre­cios: a veces es inclu­so común encon­trar cier­tas cosas más baratas en nue­stro pro­pio país de ori­gen. Así que cuan­do te digan el pre­cio ini­cial, sé teatrero y pon cara de sus­to. Nun­ca muestres demasi­a­do entu­si­as­mo o sabrán que quieres com­prar cueste lo que cueste; en estos casos, es bue­na tác­ti­ca decir­le a tu acom­pañante que comente que “a él esas botas no le pare­cen gran cosa” o que ten­ga prisa por irse al hotel para que el com­er­ciante vea que se arries­ga entonces a perder la ven­ta. Si te pre­gun­tan “¿cuán­to quieres pagar?”, no digas una can­ti­dad sino “lo menos posi­ble”. Es mejor demostrar­le a tu “con­trin­cante” que sabes de lo que hablas y que no estás pez en el artícu­lo en cuestión; a fin de cuen­tas, el rega­teo es una batal­la psi­cológ­i­ca que tiene mucho de juego, sigue sus pau­tas, ges­tic­u­la, haz que te mar­chas pero, sobre todo y lo más impor­tante, jamás pier­das la son­risa porque él tam­poco lo hará y se lo tomará con buen humor.

Regatear puede ser algo real­mente boni­to si las dos partes dis­fru­tan. Y parece una ton­tería (que no lo es) pero si sabes algu­nas pal­abras del idioma local, los vende­dores sue­len ser más flex­i­bles: para ellos dice mucho de alguien que se interese por su cul­tura y lugar de nacimien­to. Ten clarísi­mo que una cosa es regatear y otra ser irre­spetu­oso: nadie tiene dere­cho a hac­er sen­tir insignif­i­cante a un vende­dor porque seas tú el que lle­va el dinero en el bol­sil­lo (de esto pecan muchos tur­is­tas pre­po­tentes), su tra­ba­jo es igual de dig­no que el tuyo. Ofrécele com­prar varias cosas y así obten­er un des­cuen­to final: tú te quedarás con­tento, él tam­bién (pese a que sieeeeem­pre te dirá que te ha hecho un favor y que él sale per­di­en­do, aunque muchas veces no pue­da evi­tar reírse mien­tras te suelta el ser­món) y la mejor des­pe­di­da que puedes dar­le es decir­le que recomen­darás su tien­da a otros ami­gos que via­jen al país.

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Ten pre­sente que los mer­cadil­los (su pro­pio nom­bre lo indi­ca, no son mer­ca­dos con todas las como­di­dades) sue­len ser muy bási­cos. Recuer­da que la may­oría de los puestos no te darán bol­sa así que echa algu­na en la mochi­la (si es de tela y no de plás­ti­co, mejor). Inten­ta lle­var calder­il­la ya que los pro­duc­tos sue­len ser baratos y muchos vende­dores no tienen cam­bio (aunque otros, pese a ser puestos calle­jeros, has­ta acep­tan tar­je­tas de crédi­to, qué con­tradic­ción). Si vas a com­prar ropa, no hay probadores, lo máx­i­mo que te podrán dejar es una sábana que suje­tarán tus acom­pañantes. Y a veces ni eso. En este caso, yo sue­lo ir siem­pre con el biki­ni deba­jo del pan­talón y así, si me ten­go que pro­bar una fal­da o una camise­ta, pues me la repamp­in­fla desnudarme. La may­oría de estos mer­ca­dos son itin­er­antes por lo que al día sigu­iente no tienes posi­bil­i­dad de cam­bio o devolu­ción si el artícu­lo está defec­tu­oso, así que asegúrate de estar con­tento con tu com­pra antes de irte.

Asume tam­bién que vas al paraí­so de las fal­si­fi­ca­ciones, si no te impor­ta pagar menos por artícu­los que no son autén­ti­cos, ade­lante, pero la may­oría de las veces, la cal­i­dad no es la mis­ma. Ojo, en otros casos sí: cier­tas mar­cas de ropa rock­era en Tai­lan­dia elab­o­ran sus pren­das en las mis­mas fábri­c­as donde se hacen las fal­si­fi­ca­ciones, aunque estas mis­mas mar­cas jamás lo recono­cerían. Otros pro­duc­tos can­tan muchísi­mo, como los Rolex a diez dólares. Una vez le com­pré uno a mi padre, sabi­en­do que era más fal­so que las peleas de los Pow­er Rangers, y le aguan­tó fun­cio­nan­do dos días exac­tos. Aho­ra, lo que nos reí­mos luego con la anéc­do­ta, no nos lo qui­ta nadie.

Los mer­cadil­los asiáti­cos, por lo gen­er­al, sue­len estar bas­tante sucios. Pero vamos, nada que no hayamos vis­to en los ser­vi­cios de muchos bares españoles, tam­poco vayamos a ir aho­ra de tiquis­miquis por la vida. Sí es recomend­able que vayas al baño en el hotel antes de salir porque nor­mal­mente los ser­vi­cios públi­cos bril­lan por su ausen­cia. Y si llevas zap­a­to cer­ra­do, mejor que mejor. Porque es habit­u­al que se ven­da comi­da y los sue­los pecan de alber­gar todo tipo de resid­u­os. Muchas veces me he queda­do a com­er en estos mer­cadil­los calle­jeros y no he tenido prob­le­mas gas­troin­testi­nales (tocare­mos madera).

Con­trari­a­mente a lo que mucha gente cree, que un puesto de comi­da sea modesto no impli­ca que la comi­da esté en mal esta­do o no se pre­pare con cuida­do; es más, gen­eral­mente se pone más aten­ción pre­cisa­mente para evi­tar infec­ciones por bac­te­rias y se toman pre­cau­ciones como usar aceites espe­ciales o guardar los ali­men­tos en jar­ras de cristal. Lo impor­tante es que tan­to carne como ver­du­ra estén bien coci­na­dos (es mejor evi­tar ver­duras fres­cas, ensal­adas o fru­ta sin pelar porque gen­eral­mente se lavan con agua que puede ten­er gérmenes): si no estás seguro del pun­to de coc­ción, dí que te la vuel­van a pasar por la sarten. El agua, siem­pre lo repeti­mos, embotel­la­da, aunque en Asia es habit­u­al que te la rel­lenen como quien no quiere la cosa: en este caso, mejor com­prar­la en establec­imien­tos del tipo de 7‑Eleven. Y nada de hie­los, graniza­dos o hela­dos: te arries­gas a agar­rar una gas­tri­tis.

Come siem­pre donde coman los locales: nadie mejor que ellos para saber cuáles son los mejores establec­imien­tos. Cuan­to más larga sea la cola, más rica estará la comi­da. Además, siem­pre puedes pre­gun­tar­les cuál es el pla­to estrel­la del lugar, que en Asia una muchas veces se ve delante de comi­da que no tiene pajol­era idea de lo que es ni a qué sabe. Obser­va sus hábitos: si a una sopa le echan sal­sa de pesca­do o jen­gi­bre, por algo será. Mira tam­bién si se lavan los platos, aunque lo mejor es ir a establec­imien­tos donde sean de plás­ti­co, de usar y tirar, y cuenten con palil­los desech­ables. Siem­pre es bueno lle­var en el bol­so toal­li­tas san­i­tarias por si aca­so.

Pero pese a estos con­se­jos pre­vios, el mejor que te puedo dar al final es que no te empara­noies y te dejes lle­var: gen­eral­mente la comi­da de los puestos calle­jeros es mucho más sabrosa y autén­ti­ca que la de muchos restau­rantes de postín y enci­ma es más bara­ta. Y hablan­do de comi­da, si se te acer­ca un mendi­go a pedir dinero (en muchos casos son niños y dar limosna lo úni­co que fomen­ta es que no vayan a la escuela), jamás le des unas mon­edas: es mucho mejor que si tiene ham­bre, le com­pres un bocadil­lo o un pla­to de comi­da. Su estó­ma­go lo agrade­cerá mucho y tu con­cien­cia todavía más.


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