“Cerrado 24 horas”:crónica de un viaje a Corea del Norte” (Beatriz Pitarch)

 

Corea del Norte es prob­a­ble­mente el país más atípi­co del mun­do. Sus fron­teras per­manecen cer­radas a cal y can­to los 365 días del año: anual­mente, sólo 10.000 tur­is­tas tienen per­mi­ti­da la entra­da al país, eso sí, bajo unas sev­eras condi­ciones. El via­je, total­mente orga­ni­za­do y con­tro­la­do por las autori­dades core­anas, obliga a que los via­jeros se encuen­tren en todo momen­to acom­paña­dos de guías locales, lo que impli­ca que si a las tres de la mañana te desve­las y quieres salir a dar una vuelta por los alrede­dores del hotel, podrás hac­er­lo pero acom­paña­do. En ningún momen­to se deja al extran­jero deam­bu­lar a su aire: pre­vi­a­mente, deberás solic­i­tar un visa­do a la emba­ja­da (que decidirá si te lo con­cede o no). En el caso de que te den el sí, la primera nor­ma es que te colo­quen un precin­to en el móvil para que no puedas uti­lizar­lo durante todo el via­je. No se per­mite la entra­da al país de cámaras pro­fe­sion­ales e inclu­so si llevas una ama­teur, deberás pre­gun­tar en todo momen­to qué se puede fotografi­ar y qué no. El sur­re­al­is­mo lle­va­do al extremo.

Parece que si uno es de ide­ología de izquier­das, como es mi caso, y dice algo en con­tra del rég­i­men comu­nista de Corea del Norte, cae en con­tradic­ciones  y da la razón al gob­ier­no impe­ri­al­ista norteam­er­i­cano. Sin embar­go, ni una cosa ni otra. Y es que el tiem­po que he pasa­do embau­ca­da por las pági­nas de este entretenidísi­mo libro me ha recor­da­do una y otra vez al via­je que hice por Cuba hace unos años. Porque uno puede ser de izquier­das y al mis­mo tiem­po, no dejar de recono­cer que bajo la ban­dera comu­nista y rev­olu­cionar­ia se escon­den dic­taduras en las que, con la excusa de pro­te­ger al pro­le­tari­a­do, se real­iza un con­trol asfixi­ante y abu­si­vo sobre los habi­tantes de un país u otro.

En el caso de Cuba, es cier­to que el via­jero puede ir donde le plaz­ca sin dar cuen­tas a nadie (aún así, existe un deli­to cono­ci­do como “acoso al tur­ista” a través del cual el gob­ier­no coac­ciona y ame­naza a cualquier cubano que quiera man­ten­er una relación más estrecha con cualquier extran­jero). Si un cubano quiere moverse de una provin­cia a otra, ha de pedir un per­miso al Esta­do que rara­mente conce­den; has­ta hace no mucho tiem­po muchas playas del país esta­ban total­mente vedadas a los pro­pios cubanos. Si estás en con­tra del gob­ier­no y lo expre­sas, te encar­ce­lan; si se te con­vo­ca a una man­i­festación y no vas, al trul­lo. ¿Todas estas fal­tas de lib­er­tades son cul­pa tam­bién del blo­queo esta­dounidense? Lo dudo.

Corea del Norte

El caso de Corea del Norte, no obstante, es aún más extremo y más pre­ocu­pante. Es el úni­co país del mun­do regi­do y gob­er­na­do por una dinastía comu­nista hered­i­taria: el puesto pasa de padres a hijos, lo de que el suce­sor de turno sea un autén­ti­co zoquete es algo total­mente secun­dario. Tras la Segun­da Guer­ra Mundi­al, la penín­su­la de Corea, ante­ri­or­mente ocu­pa­da por los japone­ses, quedó seg­re­ga­da en dos mitades: Corea del Norte, cobi­ja­da bajo el man­to pro­tec­tor de la Unión Soviéti­ca, y Corea del Sur, bajo el amparo de la ONU. Des­de entonces, el país ha vivi­do bajo el férreo cetro de Kim Il Sung, quien durante 46 años (des­de 1948 has­ta su muerte en 1994) ais­ló al país por tier­ra, mar y aire. Los 22 mil­lones de core­anos que pueblan estas tier­ras se encuen­tran inco­mu­ni­ca­dos con el exte­ri­or. No es cier­to, sin embar­go, que en el país no exis­tan los móviles ni inter­net. En el caso de los telé­fonos, estos se rigen por una red nacional que imposi­bili­ta la comu­ni­cación con otros país­es. En cuan­to a inter­net, existe pero en los mis­mos tér­mi­nos: una red local de uso restringi­do a unos pocos y con acce­so úni­co a pági­nas nor­core­anas. Además, la veloci­dad de línea es irriso­ria: 6 kilo­bytes por segun­do (recor­dad que los primeros módems que tuvi­mos iban a 56 kilo­bytes y te podías ir a dar una vuelta antes de que se car­gara una pági­na). Si tienes en cuen­ta que enci­ma te cobran 6 euros el min­u­to y ni siquiera te podrás conec­tar a las pági­nas de tu país, no merece la pena ni inten­tar­lo.

El año próx­i­mo nue­stro des­ti­no de vaca­ciones será su país veci­no, Corea del Sur, todo lo opuesto a Corea del Norte (*Actu­al­ización: Puedes encon­trar todos los artícu­los que hici­mos sobre nue­stro via­je a Corea del Sur aquí ). Aún no ten­emos claro si nos acer­care­mos a la fron­tera (prob­a­ble­mente sí al encon­trarse a poco más de 50 kilómet­ros de Seúl), la que sep­a­ra ambos país­es por medio de un área desmil­i­ta­riza­da de cua­tro kilómet­ros de anchu­ra y más de 200 kilómet­ros de lon­gi­tud. Sol­da­dos de uno y otro ejérci­to sal­va­guardan la zona, en la que es con­sid­er­a­da una de las regiones más com­pli­cadas del mun­do, al niv­el de la fran­ja de Gaza pero aquí con la ame­naza per­ma­nente del uso de armas nuclear­es (porque Corea del Norte las tiene y bien que lo recuer­da a todas horas al resto del mun­do).

De hecho, en Seúl se pueden con­tratar excur­siones para acer­carse en un grupo orga­ni­za­do a vis­i­tar la DMZ (Zona Desmil­i­ta­riza­da), donde podrás vis­i­tar la estación fan­tas­ma de Dorasan y el Área de Seguri­dad Com­par­ti­da, donde se encuen­tran las salas donde se real­iz­a­ban las reuniones entre las Naciones Unidas y el gob­ier­no nor­core­ano (que pocos fru­tos han dado). Lo curioso es que des­de Corea del Sur sólo se puede divis­ar en la dis­tan­cia un pueblo nor­core­ano, Kijong­dong o Peace Vil­lage (el pueblo de la Paz) y al que los sur­core­anos cono­cen como el Pueblo de la Pro­pa­gan­da. El moti­vo es que en real­i­dad este es un pueblo de cartón piedra: los tele­sco­pios han demostra­do que los edi­fi­cios de hormigón care­cen de habita­ciones, están deshabita­dos y que las luces se encien­den y apa­gan medi­ante tem­po­rizadores. Inclu­so los habi­tantes que se ven por las calles son meros fig­u­rantes. Si todo es tan idíli­co en Corea del Norte ¿por qué la necesi­dad de inven­tarse un pueblo donde reina la feli­ci­dad y la armonía?

Corea del Norte

Una de las cosas que más me ha gus­ta­do de este libro es que su auto­ra, Beat­riz Pitarch, sea una via­jera total­mente apolíti­ca sin interés ninguno en defend­er (ni defen­es­trar) el rég­i­men nor­core­ano ni el de USA o Japón, a quien Corea del Norte con­sid­era sus ene­mi­gos más acér­ri­mos. Y eso es bueno porque Pitarch se limi­ta a describir lo poco que ve, oye y siente. Y digo poco porque su via­je, que com­parte con otros seis via­jeros, entre ellos su pare­ja, se encuen­tra mar­ca­do en todo momen­to por el con­trol asfixi­ante que real­izan sobre el grupo los dos guías que les tocan, un hom­bre y una mujer, Kim y Kang. Des­de el primer momen­to, se dan cuen­ta que tienen ante sí a dos robots que repiten como loros las doc­tri­nas del rég­i­men: a ojos de los core­anos, Kim Il Sung era un ser casi celes­tial, humilde como pocos (tan humilde que todo el país está pla­ga­do de estat­uas suyas de 30 met­ros de altura) que ha venido a sal­var a los nor­core­anos del impe­ri­al­is­mo yan­kee. Es oblig­a­to­rio que des­de la ado­les­cen­cia, cada ciu­dadano porte a todas horas un pin con la ima­gen de su líder. Y pobre del que lo pier­da porque eso supon­dría no ten­er respeto a la ima­gen del Líder Supre­mo (de hecho hay una exten­sa red de con­tra­ban­do de pins por dicho moti­vo).

Está pro­hibido doblar los per­iódi­cos para no arru­gar la ima­gen del líder: como en Cuba, donde el per­iódi­co local, el Gran­ma, es tan poco obje­ti­vo que parece una par­o­dia, los medios de comu­ni­cación han de ser afines al rég­i­men sí o sí, no se per­mite ningún tipo de pren­sa opos­i­to­ra. Las pági­nas de los per­iódi­cos locales giran en torno al gob­ier­no: Kim Il Sung inau­gu­ran­do una pre­sa, Kim Il Sung vis­i­tan­do una escuela, Kim Il Sung char­lan­do con unos agricul­tores, Kim Il Sung en una obra de teatro… parece men­ti­ra que un solo hom­bre pue­da hac­er tan­tas cosas a la vez en un solo día. Como para que los nor­core­anos no le con­sid­eren un super héroe. Por supuesto, la tele­visión no se que­da atrás: los pocos canales exis­tentes son estatales y la may­or parte del tiem­po se ded­i­can a emi­tir des­files mil­itares.

Hay algo que sí se le debe alabar a Corea del Norte: la gra­tu­idad de sus sis­temas educa­tivos y san­i­tar­ios. Pese al embar­go, los nor­core­anos, por detrás de los japone­ses, son el segun­do país del mun­do con más camas de hos­pi­tal por habi­tante, aunque pese a procla­mar a los cua­tro vien­tos su auto­su­fi­cien­cia, la may­or parte de su mate­r­i­al médi­co está fab­ri­ca­do en otros país­es. Sin embar­go, esto no ha evi­ta­do que dos mil­lones de core­anos (un 10% de la población) muri­er­an debido a la ham­bruna que azotó al país entre 1995 y 1999. Se podría echar la cul­pa de esto al embar­go pero lo cier­to es que el pro­pio gob­ier­no se negó a recono­cer públi­ca­mente esta trage­dia, dicien­do que eran inven­ciones impe­ri­al­is­tas e impi­di­en­do entrar los camiones con ayu­da human­i­taria. Como bien han declar­a­do los pocos nor­core­anos que han logra­do escapar del país, la may­oría de la población sub­siste a duras penas con sopas de gachas de maíz como úni­co sus­ten­to ali­men­ta­rio.

Corea del Norte

Volvien­do al tema de la edu­cación gra­tui­ta, una de las cosas que más impre­siona a Beat­riz y sus acom­pañantes es la visi­ta a una escuela donde todos los alum­nos son unos por­ten­tos. ¿Aca­so genéti­ca­mente los nor­core­anos tienen ten­den­cia a ser unos super dota­dos? El caso es que anual­mente, gra­cias a estos prodi­gios de la Nat­u­raleza, se cel­e­bra el Ari­rang, el fes­ti­val más mul­ti­tu­di­nario del mun­do, donde cer­ca de cien mil core­anos real­izan todo tipo de pirue­tas y acroba­cias y fab­ri­can con car­tuli­nas gigan­tescos murales que ensalzan las vir­tudes del pres­i­dente de turno. Porque hay que recor­dar que para los nor­core­anos tan­to Kim Il Sung como su hijo, Kim Jong Il, y su suce­sor, Kim Jong-Un, no son diri­gentes políti­cos sino semi­dios­es (a los core­anos se les inten­ta con­vencer de los poderes sobre­nat­u­rales de sus gob­er­nantes) a los que hay que vener­ar e idol­a­trar. Y si no lo haces, ya sabes lo que te espera: los cam­pos de reed­u­cación, un nom­bre demasi­a­do light para cam­pos de con­cen­tración donde sabes cuan­do entras pero no cuan­do sales.

Tras años y años negán­do­lo, al fin el gob­ier­no nor­core­ano ha admi­ti­do la exis­ten­cia de estos “cam­pos de tra­ba­jo” (como ellos los lla­man), que en real­i­dad son copias casi exac­tas de los antigu­os gulag soviéti­cos. De ellos han logra­do escapar pre­sos políti­cos e inclu­so mil­itares que durante décadas lle­varon a cabo las peo­res tor­turas imag­in­ables. A los pre­sos se les usa como cone­jil­los de Indias en exper­i­men­tos quími­cos, provo­can­do la muerte en la may­oría de los casos. Hay que ten­er en cuen­ta que los deli­tos de oposi­ción al rég­i­men se heredan has­ta la ter­cera gen­eración, por lo que cualquier niño que naz­ca den­tro de dichos cam­pos asume que pasará en ellos el resto de sus días.

Niños enter­ra­dos vivos, vio­la­ciones, exper­i­men­tos con bom­bas quími­cas en los que los cien­tí­fi­cos toman nota de la agonía de famil­ias enteras, desnu­tri­ción y ausen­cia de ser­vi­cios médi­cos a los pre­sos, per­ros ham­bri­en­tos devo­ran­do a los reclu­sos… Esta últi­ma prác­ti­ca fue la que se llevó por delante a Jang Song Thaek, tío de Kim Jong-Un, a quien se le con­sid­eró “traidor a la patria” y se le con­denó a morir, jun­to a cin­co ayu­dantes, despedaza­do por 120 per­ros que llev­a­ban cin­co días sin com­er. Son cien­tos y cien­tos de declara­ciones de ex pre­sos que han con­segui­do escapar (casi siem­pre a través de Chi­na, uno de los pocos país­es “ami­gos” de Corea del Norte), descri­bi­en­do los hor­rores de unos cam­pos que poco tienen que envidiar a los que con­struyeron los nazis. Ningún rég­i­men, sea de la ide­ología que sea, puede ampara­rse en sus prin­ci­p­ios políti­cos para saltarse de esta man­era los dere­chos humanos de sus habi­tantes.

En Corea del Norte, recono­ci­do por los guías de Beat­riz, no existe la homo­sex­u­al­i­dad, lo que con­sti­tuiría un caso úni­co e inex­plic­a­ble a niv­el mundi­al. Si te casas, no es por amor sino para con­tribuir jun­to a tu pare­ja en el buen desar­rol­lo de la patria madre. Y más vale que os llevéis bien porque el divor­cio está total­mente pro­hibido. Tam­poco están per­mi­ti­dos los pan­talones vaque­ros azules (sí los negros), que Corea del Norte aso­cia irre­me­di­a­ble­mente a Esta­dos Unidos. Se pro­híbe tam­bién el acce­so a cualquier canal de tele­visión extran­jero (diez per­sonas han sido eje­cu­tadas por dicha causa) ni la lib­er­tad de cre­do (800 per­sonas eje­cu­tadas por ten­er una bib­lia) y la pornografía. Eso es a lo que yo llamo democ­ra­cia y lib­er­tad de expre­sión en su máx­i­mo esplen­dor.

Si Corea del Norte no tiene nada que escon­der y tan orgul­losa se siente de su sis­tema social ¿por qué no se per­mite a los tur­is­tas com­pro­bar­lo por sí mis­mos, sin sen­tirse coac­ciona­dos por estos guías-guardianes? Durante todo el via­je, este grupo de siete via­jeros com­pro­bará como es prác­ti­ca­mente imposi­ble poder comu­ni­carse con ningún nor­core­ano, pese a que la may­oría de ellos hablan inglés ya que es una de las asig­nat­uras que se imparte en las escue­las (otra de las grandes con­tradic­ciones de este país, la de enseñar el idioma del “ene­mi­go”, así como la exis­ten­cia de cen­tros com­er­ciales donde se venden elec­trodomés­ti­cos fab­ri­ca­dos en USA y en Japón).

Beat­riz y sus acom­pañantes podrán com­pro­bar como la elec­t­ri­ci­dad es un lujo des­ti­na­do a sólo unos pocos (la cap­i­tal, Pyongyang, se encuen­tra com­ple­ta­mente a oscuras cuan­do cae el sol) y como los niños jue­gan en mitad de las car­reteras, autovías de seis car­riles desier­tas donde los úni­cos coches que cir­cu­lan son los vehícu­los ofi­ciales. El trans­porte públi­co es mín­i­mo y defici­tario: los nor­core­anos se las ven y se las desean para poder subir a un auto­bús y no morir asfix­i­a­dos en su inte­ri­or.

El vol­un­tari­a­do es prác­ti­ca­mente oblig­a­to­rio: son habit­uales las esce­nas en las que los locales bar­ren las aceras con una esco­ba. Inclu­so los niños están oblig­a­dos a colab­o­rar en un país donde el tra­ba­jo infan­til es una de sus grandes lacras. La comi­da es repar­ti­da medi­ante car­tillas de racionamien­to y pese a la pub­li­ci­dad que se le da a su “igual­i­tario sis­tema social­ista”, lo cier­to es que los úni­cos que comen bien son los ricos más afines al rég­i­men.

La may­oría de estos datos no provienen de pro­pa­gan­da exten­di­da por Esta­dos Unidos: son esce­nas habit­uales de la vida diaria ante las que Beat­riz no puede dejar de alar­marse y que ve con sus pro­pios ojos. Y todo ello pese a que los guías de una man­era u otra les impi­den acced­er a deter­mi­nadas calles con la excusa de “no cor­romper al pueblo nor­core­ano”. Pero si este gob­ier­no tan­to ama a sus ciu­dadanos ¿por qué no les da la lib­er­tad de elegir?¿Por qué no per­mi­tir irse al que no esté de acuer­do con esta dictadura?¿Por qué verse oblig­a­do a lle­var flo­res a las estat­uas del líder, a vis­i­tar su mau­soleo, a par­tic­i­par en man­i­festa­ciones pro-gob­ier­no, a poder votar sólo una vez cada cin­co años a un úni­co can­dida­to (el voto es oblig­a­to­rio), a vivir en un país donde sólo se per­miten una vein­te­na de peina­dos difer­entes, a no gozar de lib­er­tad de expre­sión ningu­na bajo pena de muerte? Ya no es una cuestión de ideas de izquier­das o de dere­chas: es una cuestión de dere­chos humanos, de la lib­er­tad del indi­vid­uo para ele­gir qué hac­er con su vida. De lev­an­tarse cada mañana sin ten­er el miedo de que te den un tiro en la cabeza. Porque por mucho que Corea del Norte se enorgullez­ca de “quer­er a sus ciu­dadanos”, la triste real­i­dad es que es la prisión más grande del mun­do, con 22 mil­lones de pre­sos que no saben si verán amanecer el día sigu­iente.


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo