Viaje a Vancouver (costa oeste de Canadá)

Como mi prin­ci­pal moti­vo para volver a cruzar el Atlán­ti­co esta vez era la visi­ta a una muy bue­na ami­ga que se ha muda­do hace unos años a vivir a Portland,opte por plan­i­ficar un trián­gu­lo de 15 días que incluy­era Van­cou­ver en Canadá y de ahí bajarnos a Port­land y Seattle,ya en USA,vista la rel­a­ti­va “cer­canía” de las tres ciudades.Y ten­go que admi­tir que después de haber esta­do en Nue­va York y California,es éste de los tres via­jes que he hecho a Esta­dos Unidos el que más me ha llena­do con diferencia.Quizás porque estas ciu­dades no sean tan exager­ada­mente turís­ti­cas como NYC, San Fran­cis­co o Las Vegas (aún menos en invier­no) y te per­mi­tan sen­tir de un modo mucho más cer­cano el autén­ti­co modo de vida yankee.De estos via­jes que te dejan muchas,muchas ganas de volver.No sabéis la rabia que da haber esta­do tan cer­ca de Alas­ka y no haber podi­do esti­rar el via­je allí pre­cisa­mente por las bajas temperaturas,lo que me ofrece la excusa per­fec­ta para inten­tar volver algu­na otra vez en ver­a­no.

Miran­do opciones para ver a qué ciu­dad volar primero,tiramos por Vancouver,que era la que ofrecía pre­cios más ase­quibles (ida y vuelta con Lufthansa, con escala en Frank­furt, 760 euros… por cierto,que a la vuelta ya fue el remate perfecto,ya que por over­book­ing nos ofrecían cam­biarnos de avión com­pen­sán­donos con 300 euros por cabeza ¡menudo ale­grón!) Asi que tras poco más de 10 horas de vue­lo des­de Ale­ma­nia (al volar cer­ca del polo no tienes que tra­garte ese pal­izón que es ir a Cal­i­for­nia hacien­do escala en la cos­ta Este y atrav­es­an­do USA entera!) nos pre­sen­ta­mos en el pre­cioso aerop­uer­to YVR de Vancouver,donde te reciben unos acuar­ios gigan­tescos y unos totems indios imponentes,para que te vaya quedan­do claro que en este país la Nat­u­raleza es respeta­da al máximo,ojalá otros tan­tos país­es sigu­ier­an el ejem­p­lo de Canadá…Pero la bien­veni­da fue calurosa sólo al principio.La policía cana­di­ense de adu­a­nas es casi más estric­ta que la propia esta­dounidense y a mi ami­ga a y a mí nos tuvieron cer­ca de una hora inter­rogán­donos y pre­gun­tán­donos las cosas más inverosímiles para ver si nos per­mitían la entra­da al país.A mí has­ta lle­garon a echarme en cara el haber via­ja­do a Viet­nam (recor­dad que son comunistas).Estábamos las dos que no dábamos crédito,esta gente tiene ver­dadero pavor a la inmi­gración ile­gal vis­to el celo con que guardan sus fronteras.Hasta cier­to punto,es comprensible.Su niv­el de vida es con­sid­er­a­do el quin­to más alto del mundo,su tasa de desem­pleo es de ape­nas el 4%,tienen sanidad gratuita,una esper­an­za de vida de 80 años y sus índices de delin­cuen­cia son bajísi­mos com­para­dos con muchos país­es occidentales.¿Quién no quer­ría vivir allí?!!!!

Al no lle­var nada reser­va­do de alo­jamien­to y ser todavía pronto,las 3 de la tarde,decidimos con­sul­tar en el stand de infor­ma­ción del pro­pio aeropuerto.La chi­ca que tra­ba­ja­ba allí nos advir­tió del alto pre­cio de los hote­les en Van­cou­ver (mentira!a la vuelta,que hacíamos la últi­ma noche en Van­cou­ver antes de volar, mi ami­ga reservó con Book­ing uno chulísi­mo por 70 dólares con baño privado,tele y wifi!que fue lo mis­mo que nos costó el hostal),asi que nos recomendó uno en la zona centro,que es donde queríamos estar.Desde el aerop­uer­to tienes un tren cada diez min­u­tos que por unos 6 dólares te plan­ta en media hora en la ciudad.Asi que nos bajamos en Van­cou­ver City Cen­tre Sta­tion y después de dar varias vueltas sin con­seguir dar con la dichosa calle Richards (y con un frío que pelaba),al final encon­tramos el St. Clair Hotel,que ya hay que ten­er cara para lla­mar hotel a ese tugu­rio.

La his­to­ria es que lo mío con los hostales desas­trosos ya es para escribir un libro y siem­pre aca­ba en un com­por­tamien­to masoquista,que es quedarme en el sitio en cuestión en vez de coger mi male­ta despues de la primera noche y bus­carme otra opción más agradable.Pues al final siem­pre me puede el can­san­cio del viaje,la pereza de ten­er que bus­car otro alo­jamien­to y,sobre todo,la cora­zon­a­da de que al final estos sitios tan cos­tras e inusuales siem­pre te aca­ban pro­por­cio­nan­do un mon­tón de anéc­do­tas que,pese a que en el momen­to son de lo mas ridículas,luego te regalan un mon­tón de car­ca­jadas al recor­dar­las en la como­di­dad de tu hog­ar dulce hogar.Además,esa noche tam­bién nos dió el buen recuer­do de pon­er­nos las dos has­ta arri­ba en un japonés por 7 dólares cada una.En Van­cou­ver la comi­da asiáti­ca está tiradísi­ma y hay cien­tos de restau­rantes donde elegir,era nue­stro pro­pio paraí­so!

A mí dormir en un hostal no me pre­ocu­pa en absoluto,llevo hacién­do­lo toda la vida y he esta­do en sitios muy humildes pero que esta­ban limpios y tenían agua caliente.Hasta ahora,creía que eso era lo úni­co impre­scindible y con ello me bastaba.Asi que me daba un poco igual que el baño estu­viera fuera,que las habita­ciones fuer­an muy mod­estas o que no hubiera tele.Pero claro,cuando te vas a ir a dormir y te das cuen­ta que jus­to en ese cuar­to la cale­fac­ción no fun­ciona y hace tan­to frío que te tienes que echar el abri­go sobre la colcha (os juro que lejos de enfadarme opté porque me entrara un ataque de risa porque era surrealista),te per­catas de que la tem­per­atu­ra es otro fac­tor impor­tante a la hora de dormir.A mitad de la noche has­ta estuve por lev­an­tarme y pon­erme las ore­jeras ¡si salía has­ta vaho cuan­do hablabas! Al día siguiente,nos cam­biaron a una triple ¡con radi­adores calen­ti­tos! y ahí pen­sé que acaba­ban nue­stros problemas.Pues no.En la habitación de al lado vivía (per­ma­nente) un engan­cha­do al crack de unos 70 años,ido total­mente de la cabeza,que salía al pasil­lo cada dos por tres medio en pelotas con unos calen­ta­dores azul eléc­tri­co y no veais las que monta­ba en los baños,se le escuch­a­ba en todo el edificio.Aparte de seme­jante sujeto,nos dimos cuen­ta que parecíamos ser las úni­cas hués­pedes “semi-normales”,ya que uni­ca­mente nos cruzábamos con bor­ra­chu­zos y pasa­dos de rosca que tam­bién parecían vivir allí.Y aun así,nosotras emper­radas en quedarnos.Aguantamos las cua­tro noches como unas campeonas.Menudo zulo.Ese fue el primer acer­camien­to al prob­le­ma inau­di­to y más grave de Vancouver:la can­ti­dad de gente dro­ga­dic­ta y sin techo vagan­do por sus calles.

Recuer­do que cuan­do fuí a Ate­nas hace años,tuve la mala suerte de lle­gar de noche y que mi hotel estu­viera en la plaza Omonia,que a esas horas es un des­file de zombies.O cuan­do en San Fran­cis­co ves todas las noches a miles de per­sonas arras­tran­do sus car­ri­tos y con la cabeza perdida.Pero el espec­tácu­lo humano que se pres­en­cia en las calles limítro­fes a Chi­na­town es de lo más triste que yo he vis­to jamás.Vancouver,debido a sus tem­per­at­uras rel­a­ti­va­mente “cál­i­das” en invier­no com­parán­dola con otras ciu­dades canadienses,se ha con­ver­tido en La Meca de cualquier dro­ga­dic­to o vagabun­do que no quiera morir con­ge­la­do en las calles.Y pese a que el gob­ier­no les paga un sub­sidio de 800 euros men­su­ales (que ya es mucho más que lo que cobran muchos en España), son miles los que siguen vagabun­de­an­do en pleno cen­tro de la ciudad,escondiéndose en los calle­jones para fumar crack.De hecho,la ciu­dad está tan con­cien­ci­a­da con este gravísi­mo prob­le­ma que se han crea­do cen­tros donde les sum­in­is­tran jeringuil­las ester­il­izadas y asis­ten­cia médi­ca para ellos.La ver­dad es que tam­poco pasé en ningún momen­to miedo porque no son agresivos,fue sobre todo lás­ti­ma por ver a tan­ta gente joven hun­di­da en la mis­e­ria vien­do el nive­la­zo de vida que se gas­tan el resto de los habi­tantes en Vancouver.Porque esta ciu­dad es de gente con mucha pas­ta y sobre todo,muy civilizados,como una especie de Escan­di­navia a la amer­i­cana.

Pese a que nue­stro hostal fuera tan cutre,tenemos que recono­cer que las vis­tas eran impre­sio­n­antes (aunque las de nues­tra ven­tana dier­an a un patio trasero,ejem!;)) Esto es lo que nos encon­trábamos nada más salir del St. Clair: la igle­sia de Holy Rosary, de esti­lo góti­co francés y con­stru­i­da a primeros de siglo.

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Lo primero que íbamos a hac­er esa mañana era ir a com­prar los bil­letes de tren para Port­land a la Van­cou­ver Pacif­ic Station.Nos moveríamos en metro,a razón de unos 2,50 dólares por viaje,y eso la zona más bara­ta (el metro se divide en var­ios pre­cios depen­di­en­do de donde viajes).El bil­lete de tren a Portland,relativamente barato:68 dólares (unos 50 euros),teniendo en cuen­ta que son unas 8 horas de viaje.Nos iríamos en el primero del día,el de las 06:40,asi que una cosa que ya teníamos solucionada.De ahí,empezaríamos la visi­ta a la ciu­dad por Stan­ley Park.

Por un lado,pese a que estaríamos a unos 4º y no veais cómo corta­ba la cara la más leve brisa,hacía un sol esplén­di­do y era domingo,día que las famil­ias cana­di­ens­es aprovechan para ir a pasar “un día de cam­po”. Porque en Van­cou­ver la ciu­dad está tan incrustra­da en ple­na Naturaleza,con el Pací­fi­co por un lado y las espec­tac­u­lares mon­tañas de la Cos­ta Norte por el otro,que sus par­ques no son pequeños par­ques como los de aquí,sino exten­siones de varias hec­táreas donde puedes estar horas pase­an­do. Mucha gente aprovecha el más mín­i­mo buen tiem­po para salir a hac­er senderis­mo o coger la bicicleta.Los cana­di­ens­es son gente muy deportista y con­cien­ci­a­da con el medio ambiente;pese a que Stan­ley Park es el par­que más grande de toda América,incluso más que Cen­tral Park en NY,está ter­mi­nan­te­mente pro­hibido fumar ni dar de com­er a los animales,ya que esto alter­aría grave­mente su pro­pio ecosistema.Para ellos,su fau­na ha de ser respetada:echad un ojo a la foto que hice des­de el bus,cuando una mamá pato decidió cruzar con sus pol­lue­los la carretera.Paró todo el trá­fi­co pero nadie se sen­tía un héroe:es,simplemente,lo logi­co que haría cualquiera con dos dedos de frente.Esos pobres patos hubier­an dura­do un sus­piro en una car­retera del cen­tro de Madrid,donde vivo.

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Si te alo­jas en el centro,la for­ma más fácil de ir has­ta Stan­ley Park es en auto­bús,te deja mejor que el metro.Otra mues­tra de la ama­bil­i­dad local:cuando subimos,no llevábamos cam­bio y el con­duc­tor nos dijo que hay que subir con el importe exac­to, 2.50 , para que ellos no mane­jen dinero y puedan atracarles.Aun así,nos dijo que subiéramos las dos y fuimos gratis.Esto me lle­va a comen­tar que tan­to en Seat­tle como en Port­land, el trans­porte públi­co en el cen­tro de ambas ciu­dades es total­mente gratuito.Y en mi ciudad,lucrándose el Ayun­tamien­to subi­en­do los pre­cios de metro y bus cada día más.Vaya cara que tienen algunos.

No me extraña que Stan­ley Park sea el autén­ti­co orgul­lo de Vancouver.Era uno de los sitios que más ansi­a­ba ver en este via­je y me quedé maravillada.400 hec­táreas nada menos!Obviamente,nosotras sólo vimos una parte,la que alber­ga­ba más sitios de interés,y aún así estu­vi­mos varias horas pateando.El par­que se ubi­ca en un ter­ri­to­rio donde antigua­mente vivían varias tribus indí­ge­nas,los más abun­dantes los Squamish,quienes se nutrían de la madera para fab­ricar sus canoas. Y,por supuesto,aquí enterra­ban a sus muertos,en la isla cono­ci­da macabra­mente como Dead­man’s Island. El par­que abrió al públi­co como tal en 1888 y fue lla­ma­do así en hon­or a Lord Stan­ley, Gob­er­nador de Canadá por entonces. Actualmente,es el may­or pul­món de la ciu­dad y recibe más de 8 mil­lones de vis­i­tantes al año,en parte por su famoso Acuario.

El lugar más vis­i­ta­do de toda la British Colum­bia se encuen­tra pre­cisa­mente aquí. Son los Totem Poles. Estos pre­ciosos mon­u­men­tos son un hom­e­na­je a las primeras tribus indias que hab­it­a­ban estas tierras,las lla­madas First Nations (denom­i­nación mod­er­na de pueb­los indí­ge­nas); los orig­i­nales se encuen­tran recluí­dos en los museos pero estas réplicas,hechas en 1920,siguen sien­do lo más fotografi­a­do de la región,precisamente por el dec­o­ra­do donde se encuen­tran. Cuan­do vayas al parque,recuerda que están situ­a­dos en Brock­ton Point y que estas tier­ras ya eran habitadas por el pueblo indio hace 9.000 años.La situación de estas minorías indí­ge­nas es en la actu­al­i­dad uno de los grandes prob­le­mas de Canadá,ya que muchos de ellos sufren prob­le­mas de anal­fa­bet­i­zación y alcoholismo,como ocurre con los aborí­genes australianos,ante la pre­sión de la lle­ga­da de la civ­i­lización mod­er­na.

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Los dos lagos más impor­tantes del Stan­ley son el lago Beaver y Lost Lagoon. Has­ta el año ’96,aquí se ubi­ca­ba tam­bién el zoológi­co pero los pro­pios ciu­dadanos votaron por su desaparición,que ocur­rió tras la muerte de un oso polar.Aun así,aquí es habit­u­al encon­trar todo tipo de fauna,más de 200 especies,que van des­de mapach­es a nutrias, ardil­las y delfines.Aquí aba­jo podéis ver las fotografías de una antigua jaula de osos,hoy en día aban­don­a­da, y el fes­tín que se esta­ban dan­do las nutrias a base de pesca­do…

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Inspi­ra­da en la estat­ua de La Sireni­ta de Copen­hage en Dina­mar­ca, la “Girl in Wet­suit” fue el capri­cho de un abo­ga­do canadiense,quien le encar­gó al escul­tor Elek Imredy una escul­tura de esas características.Era el año 1972.Convertida en uno de los iconos de Vancouver,cuando la marea es alta parece flotar sobre las aguas y rep­re­sen­ta la impor­tan­cia del mar para la economía de la ciudad.Se encuen­tra muy cerqui­ta de los Totem Poles.

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Vis­tas de Van­cou­ver des­de Stan­ley Park

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Den­tro del pro­pio parque,aprovechando las fechas navideñas,habían prepara­do un pequeño espec­tácu­lo para ir recor­rien­do con un tren.Pero fun­ciona­ba sólo por las tardes,que es cuan­do no había luz y lo iluminaban,aunque puedes entrar a hac­er fotos sin problema.La ver­dad es que se lo habían cur­ra­do un mon­tón.

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Cer­ca de nue­stro hostal se encon­tra­ba el Van­cou­ver Look­out,una torre de 177 metros,el edi­fi­cio Har­bour, que ofrece vis­tas de toda la ciudad.La ver­dad que nos tiramos todo el via­je dicien­do que íbamos a subir algu­na noche pero a la hora de la ver­dad llegábamos tan cansadas que sólo lo vimos des­de fuera.

En Canadá, en estas fechas inver­nales, a las cua­tro y pico de la tarde ya es de noche.Asi que lo mejor es lev­an­tarse pron­to para aprovechar la luz del día en cuan­to a Nat­u­raleza y dejar para las tardes los paseos por Granville Street, que es la prin­ci­pal arte­ria de Van­cou­ver, llena de cines, tien­das, dis­cote­cas y restaurantes.Y da igual el frío que haga. A la gente de Van­cou­ver eso no les tira para atrás y esta calle es siem­pre un hervidero de gente. Bueno,menos a primera hora de la mañana,que con el jet­lag los primeros días nos des­pertábamos como buhos a las 5 de la mañana y a las 8 no había narices de encon­trar cafeterías abiertas,por no hablar de que muchas tien­das no abren has­ta cer­ca de las 11.Los pre­cios en gen­er­al de Vancouver,para com­prar ropa,comer o tomarse una cerveza,pues a los nive­les europeos,aunque con el cam­bio al dólar cana­di­ense salías ganando.Aquí aproveché una tarde para com­erme una autén­ti­ca ham­bur­gue­sa canadiense:de búfalo.En un restau­rante donde todo el mun­do seguía aten­tísi­mo las noti­cias de hock­ey sobre hielo,el deporte estrel­la del país.

Aquí tam­bién tienen su par­tic­u­lar Paseo de la Fama,con artis­tas cana­di­ens­es…

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Esta inmen­sa avenida,que for­ma parte de la High­way 99, atraviesa el cen­tro de Van­cou­ver de norte a sur y aquí fue donde pil­lam­os pre­cisa­mente el hotel a la vuelta.La calle más famosa de la ciu­dad vive un resurgimien­to des­de el 2010,cuando se cel­e­braron en Canadá los Jue­gos Olímpi­cos de Invier­no.

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Desem­bo­ca pre­cisa­mente en Granville Island,que fue otro de los lugares que fuimos a vis­i­tar una de las mañanas.

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Esta pequeña isla alber­ga el Granville Island Pub­lic Mar­ket. Aparte de un mon­tón de tien­das de arte­sanía y muchas jugueterías, e inclu­so un taller de fab­ri­cación de totems,el mer­ca­do públi­co es la gran estrella,un lugar muy pintoresco,con autén­ti­cas del­i­catessen no tan caras como esper­a­ba (allí,por ejemplo,el salmón está baratísi­mo) y que es un lugar inmejorable para acer­carse a la vida cotid­i­ana de los canadienses.A noso­tras nos encan­tó gas­tar la mañana allí.Y hablan­do de comida,el mejor sou­venir que puedes lle­var a ami­gos y famil­ia es una bue­na caja de gal­letas de sirope cana­di­ense, lo más típi­co del país y exager­ada­mente ric­as!!;)

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Por la calle te puedes encon­trar cualquier sor­pre­sa…

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¡Inevitable acor­darse de los Simp­son!

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Este de aquí aba­jo es el Gas­town Steam Clock, el reloj de vapor más famoso de Canadá. Se encuen­tra en el vecin­dario de Gastown,un bar­rio cén­tri­co lleno de bou­tiques y pre­ciosas tien­das de rega­los…

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Jar­dines chi­nos del Dr. Sun Yat-Sen

 

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Vuel­vo a incidir en que la zona com­pren­di­da entre Gas­town y Chi­na­town es donde se encuen­tra el ghet­to de los junkies.Insisto tam­bién en que pese a ello,Vancouver me ha pare­ci­do una ciu­dad bas­tante más segu­ra que muchas euro­peas y si vas por esta zona a ple­na luz del día y no les das coba,no deberías ten­er problemas.Un Chi­na­town muy pare­ci­do al de San Francisco,con sus olores par­tic­u­lares y sus ten­deretes tan característicos…Tampoco com­pramos allí gran cosa.Una vez vis­to uno,has vis­to todos.Eso sí,este es de los más grandes del mundo,Vancouver cuen­ta con el may­or índice de población asiáti­ca de toda América,esta es una ciu­dad mul­ti­cul­tur­al como pocas!!

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Desgraciadamente,en parte por el frío y en parte porque estábamos todo el día vis­i­tan­do cosas sin parar, no cogi­mos la opción del fer­ry para vis­i­tar la isla de Van­cou­ver y ver Victoria.Quizás para una próx­i­ma ocasión pero la ver­dad es que llegábamos todas las noches al hostal reven­tadas de andar.


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