Comer insectos en Camboya: ¡nos atrevimos y nos encantó!

Era algo que habíamos pres­en­ci­a­do en muchos de nue­stros via­jes pero nun­ca nos habíamos atre­v­i­do a hac­er. Nos refe­r­i­mos a a la ento­mofa­gia, es decir, la cos­tum­bre de com­er insec­tos. Los fac­tores cul­tur­ales, por mucho que nos pese, son difí­ciles de desar­raigar de nue­stro sub­con­sciente en más oca­siones de las que quer­ríamos. Y es una lás­ti­ma porque ello a menudo nos impi­de dis­fru­tar de expe­ri­en­cias de las que podemos apren­der una bar­bari­dad. Pero para eso están los via­jes, para dejar atrás los pre­juicios y olvi­darnos de lo que en nue­stro país de ori­gen se con­sid­era incor­rec­to. Nos encon­tramos en otro lugar del mun­do, a miles de kilómet­ros de nues­tra casa, en una sociedad que se ha desar­rol­la­do condi­ciona­da por unos val­ores muy difer­entes a los nue­stros. Ni mejores ni peo­res, sim­ple­mente difer­entes. Y apren­der a com­pren­der­los y, sobre todo, respetar­los es el primer paso a la hora de coger una male­ta.

Antes de pre­juz­gar qué es lo que bajo nue­stro pris­ma está bien y lo que no, debe­mos pararnos a pen­sar qué cos­tum­bres de nue­stro país hacen lle­varse las manos a la cabeza a los de fuera. Cuan­do estuve en Argenti­na hace ya muchos años, me alo­jé en casa de un ami­go de Buenos Aires. Un día, mien­tras comíamos con su famil­ia, la madre de mi ami­go me comenta­ba que su abuela era vas­ca y que casi se cae del sus­to cuan­do la vio meter un pulpo en una olla. ¿En serio éramos capaces de con­sid­er­ar un man­jar a ese ani­mal del que los ten­tácu­los sobre­salían de la cazuela? Pues sí. Y para arreglar­lo, la con­té que otra de las cosas que nos encanta­ban eran los cara­coles y que yo mis­ma, de niña, había ido a recoger­los por el cam­po cubo en mano después de una tor­men­ta. La cara que se le quedó a aque­l­la bue­na mujer era para enmar­car­la.

Cuan­do via­jé por Viet­nam, una de las cosas que más me sor­prendió es ver en primera per­sona como ape­nas se veían per­ros por la calle. La may­oría iban en las jaulas de los motoris­tas de camino a algún restau­rante. Os con­fieso que me quedé pro­fun­da­mente hor­ror­iza­da ya que en la may­oría de los país­es del mun­do el per­ro está con­sid­er­a­do el mejor ami­go del hom­bre. Sin embar­go, en Chi­na, Viet­nam o Camerún com­er carne de per­ro es algo habit­u­al. Y en país­es como Canadá, Aus­tralia (a excep­ción de un esta­do) o Nue­va Zelan­da, aunque no es una prác­ti­ca común, es per­fec­ta­mente legar vender y con­sumir carne de per­ro mien­tras esta cumpla todas las leg­is­la­ciones san­i­tarias. Inclu­so en Japón o las islas de la Poli­ne­sia, hace unos sig­los, era algo nor­mal.

En el impe­rio azteca mex­i­cano o entre muchas tribus de indios de Norteaméri­ca la carne de per­ro era con­sid­er­a­da una del­i­cat­te­sen. Y en Corea del Sur, donde estu­vi­mos hace un par de años, la con­sume un 20% de la población, y quien lo hace con­fiesa que la sopa de carne de per­ro, la bosin­tang, es uno de sus platos favoritos. En mi caso, jamás com­ería carne de per­ro pero no me con­sidero con supe­ri­or­i­dad moral para cru­ci­ficar a quien sí lo haga. Como comenta­ba antes, los fac­tores cul­tur­ales nos lim­i­tan mucho a la hora de acos­tum­brarnos a cier­tas prác­ti­cas. Pero, al mis­mo tiem­po, debe­mos ten­er en cuen­ta que mien­tras en muchos país­es, España tam­bién, el cone­jo for­ma parte de nues­tra dieta (en Mal­ta, por pon­er otro ejem­p­lo, es con­sid­er­a­do el pla­to nacional), los esta­dounidens­es se hor­ror­izan ya que ellos lo con­sid­er­an un ani­mal de com­pañía y no se les pasa por la imag­i­nación coci­narlo con arroz.

Si nun­ca com­ería carne de per­ro, aún menos com­ería carne de gato. En casa con­vivi­mos con dos des­de hace seis lar­gos años y para nosotros sería lo equiv­a­lente a com­er­nos a uno de nue­stros hijos. Pero no quedan tan lejos aque­l­los tiem­pos de la Guer­ra Civ­il en que la gente se moría de ham­bre y mucha gente se ech­a­ba al buche cualquier cosa que se moviera: conoz­co más de un anciano que en aque­l­la época comió gato, eri­zo o lagar­to. El ham­bre y la deses­peración dis­para la imag­i­nación de la gente y les hace olvi­dar pre­juicios si estos con­ll­e­van el ries­go de irse al otro bar­rio porque no tienes nada que echarte a la boca. La carne de gato (y no por ham­brunas sino porque está bien vis­to) es con­sum­i­da en muchos lugares del sur de Chi­na, en otros tan­tos de Perú y en Japón com­er­lo era algo de lo más común has­ta el siglo XIX.

Bugs Cafe Siem Reap Camboya
Foto: Bugs Cafe

Regre­se­mos aho­ra a lo que nosotros comem­os y en otros lugares del mun­do no. Caso del que­so. Estáis ante una que­sera emped­erni­da: para mí es uno de los inven­tos más bril­lantes de la gas­tronomía. Preparar una comi­da a base de degustación de que­so rega­da con un buen vino con­sti­tuye uno de los may­ores plac­eres, al menos para mí. Juan no puede ver el que­so ni en pin­tu­ra por lo que cuan­do vienen ami­gos a casa es cuan­do aprove­cho para dar rien­da suelta a mis pasiones y com­par­to con ellos la com­pli­ci­dad que­sera. Además, vivi­mos en un país que elab­o­ra algunos de los mejores que­sos del mun­do (¿sabéis que en Canadá un buen que­so manchego puede lle­gar a costar casi doscien­tos euros?): aún recuer­do una vez que se quedaron en casa dos ami­gas que viv­en en Esta­dos Unidos y lo primero que hicieron fue pedirme que las lleváramos a un bar “de los de toda la vida” a com­er que­so. Se morían de gus­to sabi­en­do que un plata­zo de que­so español ape­nas costa­ba ocho euros (comían con tal ansia que creía que las iba a dar un cóli­co), cuan­do en su país las cobra­ban doce dólares por un par de tri­an­guli­tos.

Sin embar­go, por pon­er otro ejem­p­lo, en Chi­na es muy difí­cil encon­trar que­so en los super­me­r­ca­dos: has de bus­car­lo en las tien­das gourmet. Esto es debido a que el que­so no for­ma parte de su menú diario, debido prin­ci­pal­mente a que muchos chi­nos tienen intol­er­an­cia a la lac­tosa. Un ami­go me con­ta­ba diver­tido como una de las veces que via­jó a Chi­na, los locales le pre­gunt­a­ban asom­bra­dos cómo nos podía gus­tar tan­to el que­so, si a fin de cuen­tas es leche podri­da (y es cier­to que lo es). Los chi­nos no nece­si­tan el que­so para ten­er cubier­tas sus necesi­dades de cal­cio: lo obtienen de muchas ver­duras y legum­bres.

En Corea del Sur hemos vis­to como el san­nakji, esa cos­tum­bre de com­er pequeños pul­pos vivos, es algo común: a nosotros, debe­mos con­fe­sar­lo, nos parecía una aber­ración y un sufrim­ien­to innece­sario para el ani­mal (en Chi­na hacen algo pare­ci­do con lo que ellos lla­man “lan­gosti­nos bor­ra­chos”). En Japón hemos vis­to empa­que­ta­dos ojos de atún (que a los nipones les encan­tan, igual que las gal­letas de avis­pas), en Islandia se pir­ran por la carne de “tiburón podri­do”, que dejan fer­men­tar durante meses, en Alas­ka se entier­ran las cabezas de salmón para que tam­bién fer­menten, en Fran­cia hemos proba­do los escar­gots, esos cara­coles gigantes que son un clási­co de los restau­rantes galos, en Aus­tralia es habit­u­al com­er can­guro (nosotros lo hemos proba­do en un restau­rante aquí en España), en Sin­ga­pur les apa­siona la sopa de tor­tu­ga y en nue­stros via­jes por Esta­dos Unidos han sido varias las veces que hemos comi­do coco­dri­lo. Como podéis com­pro­bar, las cos­tum­bres culi­nar­ias a lo largo y ancho del mun­do son de una var­iedad de lo más amplia.

Volva­mos al tema de com­er insec­tos. Cuan­do via­jé por Méx­i­co, me sor­prendió com­pro­bar que eran muy pop­u­lares los escamoles (lar­vas de hormi­ga) y espe­cial­mente los cha­pu­lines, una especie de salta­montes. En las calles de Tai­lan­dia me he topa­do cien­tos de veces con puestos calle­jeros donde a modo de pin­cho se sir­ven escor­pi­ones y salta­montes. A los extran­jeros les sus­ci­ta tal curiosi­dad que los vende­dores han comen­za­do a cobrar diez baths a los que quier­an tomar fotografías. Y cuan­do lleg­amos a Cam­boya nos dimos cuen­ta de que ocur­ría lo mis­mo pero aún con más asiduidad. De hecho, hace un tiem­po dio la vuelta al mun­do esa fotografía de Angeli­na Jolie degu­s­tan­do tarán­tu­las en este mis­mo país.

A muchos aún puede pare­cer­le dan­tesca esta cos­tum­bre pero pongá­monos en el pelle­jo de esa gente que en los años seten­ta, durante el rég­i­men de los jemeres rojos, sufría ham­brunas atro­ces y que sabía que los insec­tos era una fuente impor­tante de pro­teí­nas y aminoá­ci­dos. La idea de com­er insec­tos puede pare­cer desca­bel­la­da pero tenien­do en cuen­ta que la población mundi­al crece a un rit­mo de 80 mil­lones de per­sonas al año, que los océanos se están quedan­do sin peces por la pesca sin con­trol y que la agri­cul­tura no da para ali­men­tar a tan­tas bocas, esta opción comien­za a cobrar cada vez más fuerza.

Tenien­do en cuen­ta que impe­rios como el romano o el griego habit­ual­mente con­sumían insec­tos, no deberíamos sen­tirnos como bichos raros (nun­ca mejor dicho) por plantearnos esta posi­bil­i­dad. Más de dos bil­lones de per­sonas en el mun­do comen insec­tos y casi 2.000 especies de estos no sólo son comestibles sino que apor­tan un mon­tón de cosas bue­nas a nue­stro organ­is­mo. Ape­nas engor­dan, nos apor­tan un mon­tón de vit­a­m­i­nas y min­erales, los ten­emos en abun­dan­cia, se pueden preparar de mil for­mas difer­entes y enci­ma (lo com­pro­bamos in situ) están buenísi­mos. Si aún así te sigue pro­ducien­do rec­ha­zo el tema, te infor­mamos que la may­oría de los zumos de fru­tas y muchas espe­cias tienen restos de insec­tos y no nos ha pasa­do abso­lu­ta­mente nada por ello.

Como os comen­to, eran muchas las veces que había tenido la ocasión de com­er insec­tos mien­tras via­ja­ba pero no me veía capaz. Y las cosas como son, me lam­en­ta­ba por mi fal­ta de valen­tía. Tam­poco ayud­a­ba que Juan me repi­tiera unas cuan­tas veces que él no pens­a­ba acom­pañarme en mi “exper­i­men­to”. Por eso, cuan­do lleg­amos a Cam­boya y mi ami­ga Mar­ta me dijo que ella sí se ani­ma­ba, dije “ya no lo retra­so más”. Para hac­er­lo, íbamos a ele­gir el día de mi cumpleaños: les invi­taría a cenar a ella y a Juan en el Bugs Cafe, un restau­rante espe­cial­iza­do en insec­tos. Os ase­guro que jamás había cel­e­bra­do mi cumpleaños de una man­era tan espe­cial.

bugscafe

Antes de ir, ped­i­mos en nue­stro hotel de Siem Reap que lla­ma­ran para hac­er­nos una reser­va ya que el Bugs Cafe es un lugar bas­tante pop­u­lar entre los extran­jeros que vis­i­tan la zona. Hay que ten­er en cuen­ta que no es lo mis­mo com­er insec­tos en la calle, donde las medi­das higiéni­cas son mín­i­mas, que en un local de lo más acoge­dor que cumple todas las nor­ma­ti­vas y donde tan­to la preparación como la pre­sentación están a años luz de los puestos calle­jeros. Os ase­guro que la for­ma en que te pre­sen­tan un pla­to influye muchísi­mo a la hora de hin­car­le el diente. El pre­cio es más caro que en la calle (y aún así, casi irriso­rio, 45 euros por cenar los tres) pero merece la pena.

El Bugs Cafe es un local escon­di­do en un calle­jón con una dec­o­ración muy moder­ni­ta que con­trasta fuerte­mente con los restau­rantes tan típi­ca­mente cam­boy­anos de los que se encuen­tra rodea­do. Se pro­mo­ciona con el eslo­gan “insects are deli­cious!”. Lo lle­va un señor francés que nos recibió nada más lle­gar y que nada más sen­tarnos nos explicó que el reparo para com­er insec­tos viene uni­ca­mente moti­va­do por un fac­tor cul­tur­al. Comen­ta­mos entre risas que, como en su país, los españoles éramos tam­bién unos fer­vientes amantes de los cara­coles, así que ya llevábamos la mitad del camino recor­ri­do.

Nos dijo que la may­oría de los comen­sales lle­ga­ban con el miedo de que la tex­tu­ra en el pal­adar resul­tara gelati­nosa o los insec­tos soltaran algún tipo de líqui­do al mas­ti­car­los. Nada de eso ocur­riría: da más impre­sión ver­los que degus­tar­los. Juan le explicó que él se sen­tía inca­paz de acom­pañarnos a Mar­ta y a mí en nues­tra expe­ri­en­cia culi­nar­ia, así que él optaría por el coco­dri­lo y la ser­pi­ente. El coco­dri­lo ya lo habíamos proba­do pero la ser­pi­ente era algo nue­vo para los tres. Y ten­go que decir que está riquísi­ma: sabe pare­ci­da a la tern­era. Lo bueno del Bugs Cafe es que tam­bién incluye una car­ta de platos “no tan arries­ga­dos” para los que no se atre­van a com­er insec­tos.

Nos tra­jeron la car­ta y se nos pusieron los ojos como platos. Rol­los de pri­mav­era con hormi­gas, bro­chetas de insec­tos, cup­cakes de gril­los, cre­ma de lar­vas de abe­ja, samosas de tarán­tu­la, ensal­a­da de papaya y escor­pi­ones… has­ta había unas ham­bur­gue­sas de carne de hormi­gas que muy inge­niosa­mente habían denom­i­na­do Bug Mac (bug sig­nifi­ca bicho en inglés). Mar­ta y yo no sabíamos muy bien por qué decidirnos. La camar­era nos sugir­ió muy acer­tada­mente que pidiéramos para com­par­tir las dos un pla­to de degustación, así pro­baríamos un poco de todo. Mien­tras esperábamos, nos dedicamos a obser­var la reac­ción del resto de los clientes. Mien­tras algunos comían con total nat­u­ral­i­dad, otros, como una pare­ja que teníamos cer­ca, se graba­ban en vídeo: la chi­ca intenta­ba lle­varse una tarán­tu­la a la boca mien­tras la caían los sudores de la muerte y decía “it’s soooooo creepy!”. Se moría de la risa cuan­do nos vio la cara.

Aquí lle­ga­ba nue­stro pla­to. Tarán­tu­la, gril­los, salta­montes, lar­vas de gusano, hormi­gas y un bicho de agua gigante (el de la izquier­da) pare­ci­do a una cucaracha. Todo ello adereza­do con ver­duras fres­cas, una deli­ciosa sal­sa y arroz de guar­ni­ción. Aho­ra sólo qued­a­ba ver quien de las dos se atrevía la primera. Le tocó a Mar­ta. Decidió comen­zar por las patas de la tarán­tu­la ya que, a fin de cuen­tas, tam­poco era tan difer­ente a com­er can­gre­jo. Ante su afir­ma­ción de “¡pues está rico!” decidí seguir­la. Comencé por los gril­los. Vaya, esta­ban cru­jientes y sabían pare­ci­dos a los camarones, que tam­bién se comen con piel. Creedme: una vez que te has intro­duci­do el primer insec­to en la boca y te das cuen­ta de que es un ali­men­to como otro cualquiera, se te qui­tan todos los pre­juicios. La tarán­tu­la esta­ba de lo más sabrosa, las hormi­gas tenían un leve sabor dulzón y las lar­vas, que quizás era lo que me pro­ducía más gri­ma al prin­ci­pio, resul­taron estar deli­ciosas y muy suaves al pal­adar. Aho­ra entendíamos por qué tan­ta gente en el mun­do con­sid­era a los insec­tos un man­jar.

Comer insectos Camboya

Juan seguía mano a mano con su coco­dri­lo y su ser­pi­ente y entre risas nos decía “chi­cas, vaya ovar­ios que tenéis”. Noso­tras, a las que la expe­ri­en­cia nos esta­ba pare­cien­do de lo más intere­sante, decidi­mos pedir para el postre una fon­due de insec­tos. Si me lo dicen hace unos meses, jamás pen­sé que diría esto. ¡Pero no podéis ni imag­i­nar lo deli­ciosa que está una lar­va de gusano baña­da en choco­late calen­ti­to!

Comer insectos


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3 Comments

  1. ¡claro que si, mente abier­ta! Nosotros probamos los gril­los en Tai­lan­dia y los escor­pi­ones en Chi­na. ¿no comem­os pesca­do crudo, leche podri­da y cara­coles? pues menos pre­juicios que los insec­tos son ricos en pro­teí­nas 😉

  2. Nosotros nos quedamos con las ganas de los escor­pi­ones jaja! os gus­taron?

  3. me gus­taron más que los gril­los… sabían a algo pare­ci­do a una pata­ta fri­ta 😛

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