Guía para visitar Angkor por tu cuenta — Preparativos

Angkor. Sólo escuchar su nom­bre y ya se pone la piel de gal­li­na. Pero ¿qué es lo que nos empu­ja a via­jar a lugares tan remo­tos? Las mar­avil­las con las que soñamos des­de niños. Esas que hemos vis­to mil veces en los libros (sí, cuan­do no existía inter­net, los libros eran el vehícu­lo idó­neo para dejar volar la imag­i­nación). Cuan­do iba al insti­tu­to, escogí la rama de Letras Puras, lo que no sólo me per­mi­tió estu­di­ar latín y griego antiguo (idiomas que no se usan en la actu­al­i­dad pero que tan­to nos sir­ven a los que amamos escribir) sino tam­bién para enam­orarme de la his­to­ria del arte, una de las asig­nat­uras que más me gusta­ba. Gra­cias a ella des­cubrí los secre­tos del Partenón, de los tem­p­los egip­cios, de las igle­sias románi­cas. Y tam­bién fue cuan­do por primera vez en mi vida escuché hablar a mi pro­fe­sor de los tem­p­los de Angkor. Aquel anciano caballero, con su pelo canoso y sus gafas de pas­ta, cerra­ba los ojos obnu­bi­la­do mien­tras nos narra­ba lo que Angkor había sig­nifi­ca­do no sólo para Asia sino para el mun­do entero. Aque­l­los tem­p­los mile­nar­ios, devo­ra­dos por la veg­etación en el corazón de la jungla, rep­re­senta­ban la meta máx­i­ma de cualquier via­jero amante de la arque­ología. Me prometí a mí mis­ma que no sabía cómo ni cuán­do pero acabaría vién­do­los algún día con mis pro­pios ojos. Y por fin lo he cumpli­do, casi un cuar­to de siglo después.

Pese a todo lo que he via­ja­do a Asia (este era ya mi noveno via­je allí), por un moti­vo u otro siem­pre acaba­ba retrasan­do mi visi­ta a Angkor. Hice un primer inten­to fal­li­do cuan­do via­jé con dos ami­gas a Viet­nam y nues­tra inten­ción ini­cial era incluir Angkor en la ruta. Pero surgió un fortísi­mo brote de dengue en la zona y para más inri la situación políti­ca no era la más apropi­a­da, con gru­pos de la insur­gen­cia dan­do que­braderos de cabeza al gob­ier­no de entonces, por lo que decidi­mos dejar­lo para más ade­lante. La opor­tu­nidad ¡por fin! lle­ga­ba aho­ra. Juan me había oído hablar tan­to y tan bien de mis ante­ri­ores via­jes a Tai­lan­dia que me con­ven­ció para ir allí por cuar­ta vez y él  así poder desvir­garse con el País de las Son­risas. Cuan­do comen­zamos a plan­ear el via­je, nues­tra ami­ga Mar­ta se unió a la expe­di­ción. Como siem­pre digo, son los ami­gos via­jeros los que muchas veces nos ani­man a empren­der aven­turas y ella había escucha­do mil veces de nues­tra boca lo enam­ora­dos que estábamos de Asia. Como ella mis­ma nos comenta­ba, quienes mejor que nosotros para ser sus guías.

Preparativos

Empezábamos a plan­i­ficar la ruta tai­lan­desa y mien­tras mira­ba el mapa pens­a­ba “¡qué cerqui­ta está Cam­boya!” Las condi­ciones climáti­cas eran ide­ales (en Diciem­bre hace un calor mucho más soportable que en ver­a­no) y como los tres éramos poco playeros, pre­gun­té a Mar­ta y a Juan qué les parecía sac­ri­ficar las islas de Tai­lan­dia para a cam­bio irnos a Cam­boya. Yo había esta­do ya tres veces en las islas y cada vez me las encon­tra­ba más llenas de tur­is­tas bus­can­do fies­ta (a excep­ción de Railay, que es un oasis per­di­do en el que dis­fruté muchísi­mo pre­cisa­mente por la poca gente que había), así que daba pal­mas con las ore­jas cuan­do mis com­p­is me dijeron que sí, que prefer­ían ir a tier­ras cam­boy­anas. ¡Por fin  iba a cono­cer Angkor!

Como el grue­so del via­je se iría a Tai­lan­dia, decidi­mos cen­trarnos sólo en Angkor y, quien sabe, quizás recor­rer el resto de Cam­boya en un futuro: son tan­tos los planes asiáti­cos que ten­emos en mente que nece­si­taríamos diez vidas para mate­ri­alizar todos. Para mí doc­u­men­tarse lit­er­ari­a­mente hablan­do antes de ir a cualquier lugar es fun­da­men­tal. En el pasa­do había leí­do var­ios libros sobre Cam­boya, uno de los mejores “The lost exe­cu­tion­er: A sto­ry of the Khmer Rouge” de Nic Dun­lop; esta vez añadí otra nov­ela durísi­ma que tam­bién os recomien­do, “El infier­no de los jemeres rojos” de Denise Affonço. Cam­boya es un país que ha sufri­do muchísi­mo (más ade­lante hablare­mos de la dic­tadu­ra jemer) y es bueno apren­der de lo que supu­so el rég­i­men de ter­ror de medi­a­dos de los seten­ta para com­pren­der sólo un poco mejor (imposi­ble pon­erse en su pelle­jo) cómo la his­to­ria ha for­ja­do el carác­ter de los cam­boy­anos.

Las vac­u­nas recomend­ables antes de ir a Cam­boya son las mis­mas que nos pusi­mos hace tiem­po: hepati­tis, tifus y tétanos. Estas sue­len ten­er una duración de diez años por lo que si ya te has vac­u­na­do antes como era nue­stro caso, vas servi­do. En la may­or parte del ter­ri­to­rio de Cam­boya existe ries­go de malar­ia pero no en Siem Reap ni en Angkor, que sería donde estaríamos: sin embar­go, sí con­tinúa existien­do el ries­go de dengue, enfer­medad igual­mente trans­mi­ti­da por los mos­qui­tos. Por ello, el uso de repe­lente es indis­pens­able, aunque yo os recomien­do que lo com­préis en el sud­este asiáti­co porque por propia expe­ri­en­cia os digo que los que venden allí sue­len ser más efec­tivos. A mí no me sue­len picar los mos­qui­tos y pese a embadurn­arme de repe­lente (debéis echar­lo tam­bién en el inte­ri­or de la ropa) me comieron viva: no he vis­to unos mos­qui­tos como los cam­boy­anos, te pegan unas pica­duras que ni las de los vam­piros.

¡Nos vamos a Camboya!

Para ir des­de Bangkok a Siem Reap volaríamos con Air Asia, com­pañía que he usa­do dece­nas de veces y que qui­tan­do un retra­so de cua­tro horas hace años en Chi­ang Mai, siem­pre me ha pare­ci­do una buenísi­ma aerolínea, de hecho ha sido escogi­da var­ios años la mejor low cost del mun­do. Pre­cios más que com­pet­i­tivos (los vue­los Bangkok-Siem Reap/ Siem Reap-Chi­ang Mai  nos salieron por unos 150 euros por per­sona), la posi­bil­i­dad de escoger menú asiáti­co por poco más de dos euros y un mon­tón de horar­ios para ele­gir. Nosotros íbamos sólo con male­ta de cab­i­na y aunque admiten sólo ocho kilos, a la vuelta a Tai­lan­dia decidi­mos fac­turar una porque la traíamos peta­da de cosas y sólo nos costó al cam­bio diez euros (no como los cuarenta o cin­cuen­ta que te cla­va Ryanair). La fac­turación de la male­ta la hici­mos direc­ta­mente online. Los vue­los de Air Asia a Cam­boya salen des­de el antiguo aerop­uer­to  de Don Mueang (el nue­vo es Suvarn­ab­hu­mi): un taxi des­de el hostal en Bangkok nos costó 15 euros pero es recomend­able que sal­gáis con tiem­po ya que en Bangkok los atas­cos de trá­fi­co son bru­tales. Nosotros tuvi­mos suerte porque volábamos muy tem­pra­no, por lo que no había muchos coches, y a las cin­co de la mañana ya estábamos camino de Don Mueang.

El vue­lo a Siem Reap dura poco más de una hora y es fab­u­loso aso­marse a la ven­tanil­la y divis­ar des­de las alturas lo verdísi­ma y pan­tanosa que es Cam­boya. El visa­do le hici­mos al lle­gar: cues­ta trein­ta dólares y recor­dad lle­var dos fotos de car­net. El aerop­uer­to, que era minús­cu­lo, y los tra­jea­d­os mil­itares que se ocu­pa­ban del tema del pas­aporte ya deja­ban claro que Cam­boya es un país muy difer­ente a Tai­lan­dia. En el pro­pio aerop­uer­to sacamos dinero. En Cam­boya la mon­e­da ofi­cial es el riel pero tenien­do en cuen­ta que un euro equiv­ale a cin­co mil rieles, es mucho mejor que uséis dólares porque los acep­tan en todos los sitios. Verás que muchas veces al pagar te dan los cam­bios en rieles por lo que es mejor que inten­téis dar el pre­cio exac­to o los aprovechéis para dejar­los de propina.

Al aerop­uer­to nos venía a bus­car Piseth con su tuk tuk. Piseth era el chófer del hotel donde nos quedaríamos, que incluía un ser­vi­cio gra­tu­ito de recogi­da en el aerop­uer­to. Un chaval encan­ta­dor, se lo pasó bom­ba con nosotros des­de el min­u­to uno, cuan­do nada más mon­tarnos sal­ió volan­do la male­ta de Mar­ta y allí ater­rizó la pobre, total­mente abol­la­da en mitad de la car­retera. Nos moríamos de la risa vien­do la bien­veni­da que habíamos tenido en el país. Por cier­to, un calor pega­joso en Cam­boya de los que dan pavor. Miedo me da pen­sar cómo puede ser aque­l­lo en Agos­to. En Cam­boya la tem­po­ra­da seca es la que va de Noviem­bre a Abril: os recomien­do que si podéis vengáis en dicha época y así os evitéis sumar la humedad al bochorno.

Nuestro hotel: un cinco estrellas llamado Spring Palace Resort

Cuan­do nos pusi­mos a bus­car hote­les, vimos que estos eran mucho más baratos en Cam­boya que en Tai­lan­dia (y eso que en Tai­lan­dia tienen unos pre­cios bajísi­mos). Así que diji­mos “¡pues a darse un hom­e­na­je!” y elegi­mos un cin­co estrel­las, el Spring Palace Resort. Tenien­do en cuen­ta que la habitación doble nos costa­ba por noche sólo 45 euros, era un chol­la­zo. Nos incluía el desayuno buf­fet (com­pletísi­mo, muchas mañanas has­ta había arroz frito, dumplings o noo­dles) y el hotel era una pasa­da de boni­to, muy coque­to (sólo dos plan­tas de altura) y con unas habita­ciones pre­ciosas, grandísi­mas y con un bal­cón que daba al jardín. Al no estar demasi­a­do sat­u­ra­do de hués­pedes, la may­oría de las tardes nos bañábamos solos en la pisci­na. El restau­rante del hotel merecía tam­bién mucho la pena: cen­amos allí algu­na noche y los pre­cios eran más que ase­quibles para ser un cin­co estrel­las: unos diez dólares por per­sona y hacían unos bati­dos de fru­ta riquísi­mos. Al lado del hotel hay un super­me­r­ca­do pequeñi­to donde puedes com­prar las cosas más bási­cas. El hotel está algo ale­ja­do del cen­tro, a unos quince min­u­tos cam­i­nan­do de Pub Street, pero tam­bién es gra­tu­ito que te lleven en tuk tuk. Como hacía tan­to calor y regresábamos todos los días con las camise­tas sudadísi­mas, aprovechamos tam­bién que había una lavan­dería cer­cana para lle­varnos luego a Tai­lan­dia la ropa limpia: te cobran por lavártela como un dólar el kilo.

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Nue­stro hotel Spring Palace Resort: un acier­to a niv­el alo­jamien­to

Nada más lle­gar, nos reci­bieron con una bebi­da fresqui­ta de bien­veni­da y hablam­os con Inn, el ama­bilísi­mo recep­cionista, para cer­rar el tema de las excur­siones. Angkor se puede vis­i­tar de muchas man­eras dis­tin­tas (en taxi, en bici­cle­ta, en tuk tuk…) pero tenien­do en cuen­ta que el área es enorme (hablam­os del com­ple­jo reli­gioso más grande del mun­do, cer­ca de doscien­tos kilómet­ros cuadra­dos) opta­mos por el tuk tuk. Además, Piseth nos había caí­do tan bien que decidi­mos con­tratar­le direc­ta­mente a él en vez de regatear con un tuk tuk de la calle (hay muchos prob­le­mas con los tuk tuk calle­jeros ya que algunos son muy infor­males y como les pagues por ade­lan­ta­do, cuan­do sal­gas de alguno de los tem­p­los, se han ido y no te han esper­a­do). Piseth, al tra­ba­jar para el hotel, nos daba más fia­bil­i­dad y además los pre­cios no eran mucho más altos: por día pag­amos una media de veinte dólares (veinte dólares entre los tres, aclaro). Como os comen­to, el área de Angkor es tan inmen­so que dis­tribuiríamos los días de den­tro a fuera, es decir, hacien­do primero el tour más pequeño, luego el más amplio y después el que englo­ba a los tem­p­los más ale­ja­dos.

La ciudad de Siem Reap

La ciu­dad de Siem Reap es fran­ca­mente caóti­ca, con motos y bici­cle­tas cir­cu­lan­do en cualquier direc­ción sin respetar las nor­mas más ele­men­tales de trá­fi­co: no te asustes si ves a alguien vinien­do en direc­ción con­traria, ya te esqui­vará de un modo u otro. Como es tan común en muchos lugares del sud­este asiáti­co, es habit­u­al que vayan var­ios ocu­pantes en una moto, sin acor­darse de lo que sig­nifi­ca la pal­abra cas­co. En Cam­boya verás muy pocos coches y cuan­do lo hagas, com­pro­barás que son de gama alta: pare­cen un lujo reser­va­do a las famil­ias más pudi­entes. Añádele a esta locu­ra de motos y bici­cle­tas que la may­oría de las car­reteras están sin asfal­tar para que tu via­je por la ciu­dad se con­vier­ta en una autén­ti­ca aven­tu­ra.

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En Asia, lo de ver a cua­tro per­sonas sobre una moto (sin cas­co) es de lo más común…

En Siem Reap la calle más impor­tante es Pub Street, aunque en real­i­dad su nom­bre ofi­cial es Street 8. Me record­a­ba un poco a la bul­li­ciosa Khaosan de Bangkok, llena de bares y restau­rantes. El ambi­ente es algo sór­di­do y muy dirigi­do al extran­jero, para qué engañarnos, pero no hay que olvi­dar que la economía cam­boy­ana tiene mucho que agrade­cer­le a los tem­p­los de Angkor, prin­ci­pal moti­vo de visi­ta de los que lle­gan al país, y que casi todo el mun­do en la ciu­dad vive del tur­is­mo. Pub Street está a rebosar a cualquier hora del día y sobre todo de la noche, ya que a par­tir de las cin­co se cier­ra al trá­fi­co. Es el mejor lugar para ir a com­er o beber una cerveza y aunque los cam­boy­anos creen que los pre­cios son en gen­er­al ele­va­dos para lo que ellos ganan (hay que ten­er en cuen­ta que en este área casi el 50% de la población vive en el umbral de la pobreza), para el de fuera son muy, muy baratos: puedes com­er por seis o siete dólares por per­sona. Y de las cervezas ya ni hablam­os, una Angkor fresqui­ta (la Angkor es la cerveza nacional por exce­len­cia y la más con­sum­i­da) cues­ta poco más de cin­cuen­ta cén­ti­mos.

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Pub Street: la calle más con­cur­ri­da de Siem Reap

En los alrede­dores de Pub Street se encuen­tran el Old Mar­ket y el Mer­ca­do Noc­turno. El Old Mar­ket, cono­ci­do por los locales como Phsar Chas, tiene ese encan­to de los mer­ca­dos locales asiáti­cos, con puestos que se alin­ean sin ningún tipo de orden y ati­bor­ra­dos de todo tipo de pro­duc­tos, des­de pesca­do vivo en tan­ques de agua a telas, sou­venirs, relo­jes, espe­cias (aquí les encan­ta el pra­hok, que es una pas­ta fer­men­ta­da de pesca­do), DVDs y Cds piratea­d­os y has­ta snacks de insec­tos, preferi­ble­mente tarán­tu­las y escor­pi­ones, aunque ya os comen­ta­mos en el artícu­lo Com­er insec­tos en Cam­boya: ¡nos atre­vi­mos y nos encan­tó! que nosotros en vez de pro­bar­los en la calle, prefe­r­i­mos com­er­los en el Bugs Cafe.

Un acercamiento a la gastronomía de Camboya

La gas­tronomía cam­boy­ana aca­so no sea tan cono­ci­da en el resto del mun­do como la tai­lan­desa o la hindú, de hecho, nosotros, pese a lo mucho que hemos via­ja­do, jamás nos habíamos topa­do con un restau­rante de comi­da de Cam­boya y por eso estábamos dese­an­do pro­bar­la. Como os digo, lo bueno es que com­er en Cam­boya resul­ta tremen­da­mente bara­to aunque en muchas oca­siones las condi­ciones higiéni­cas no sean las más deseables. Pero en dicho sen­ti­do esta­mos ya cura­dos de espan­to y ten­emos más que com­pro­ba­do que en muchos lugares de Asia en los chirin­gui­tos más cutres al final es donde mejor se come. Os recomien­do que en Siem Reap os sal­gáis un poco del meol­lo de Pub Street para perderos por las calles cer­canas y encon­traréis restau­rantes de comi­da khmer donde se zam­pa de fábu­la y raro es que sal­gáis a más de seis dólares por per­sona, con bebi­da y postre inclu­i­do.

Por pon­er un ejem­p­lo de lo que les gus­ta a los cam­boy­anos eso de sen­tarse delante de un buen menú, en uno de los chirin­gos donde comi­mos alu­ci­namos cuan­do nos tra­jeron la car­ta: si no había doscien­tos platos para ele­gir, no había ninguno ¡era de locos! ¡queríamos pro­bar­los todos! Fue jus­to aquí donde nos atre­vi­mos con las ranas, que a los cam­boy­anos les encan­tan. Nosotros en España ya habíamos comi­do ancas de rana pero nun­ca ranas enteras. Están sabrosísi­mas.

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Las ranas en Cam­boya están con­sid­er­adas un man­jar

La gas­tronomía cam­boy­ana, como tan­tas otras asiáti­cas, tira mucho del arroz: casi siem­pre viene como guar­ni­ción. Y tam­bién del pesca­do, gra­cias a que el larguísi­mo río Mekong es una bue­na fuente de abastec­imien­to. Como os comen­té antes, les encan­tan las pas­tas fer­men­tadas para aderezar los ali­men­tos, espe­cial­mente la pra­hok (pesca­do), la kapi (gam­bas), la teuk chon (ostras) y la teuk sean (soja). Y aunque los platos no son tan picantes como los tai­lan­deses, tam­bién tiran mucho de espe­cias, espe­cial­mente de pimien­ta negra, guindil­la de Kam­pot, galan­gal, lemon­grass, jen­gi­bre fres­co y car­damo­mo. Yo tan feliz porque adoro las espe­cias.

Camboya amok
Uno de nue­stros deli­ciosos menús cam­boy­anos

Aunque equiv­o­cada­mente se cree que el pla­to nacional es el amok, este no es un pla­to en sí sino una for­ma de coci­nar los ali­men­tos, un cur­ry que se prepara sobre hojas de plá­tano. Nosotros probamos el de pesca­do (que es el más pop­u­lar) y nos pare­ció un man­jar: ¡qué pena que no sabe­mos cuan­do volverá a caer en nues­tras fauces! Otro de los platos que más nos gustó fue el morn­ing glo­ry: este es un veg­e­tal muy exten­di­do en Cam­boya y que común­mente for­ma parte de la dieta diaria de los locales. Crece por sí solo y con tal asiduidad que gen­eral­mente no se cul­ti­va adrede sino que la gente lo recoge allá donde lo va encon­tran­do. Su sabor es pare­ci­do al de la espinaca y se suele coci­nar como base de sopas o adereza­do con difer­entes sal­sas. Otro de los platos que os recomen­damos es la ensal­a­da de man­go verde, muy pare­ci­da a la ensal­a­da tai­lan­desa de papaya pero esta con un sabor mucho más tiran­do a cítri­cos y menos picante. Las bro­chetas de pol­lo al esti­lo khmer es otro de los grandes clási­cos: jugosísi­mas, se mari­nan en una sal­sa, la kroueng, y están deli­ciosas. No olvides para los postres (o como bebi­da de acom­pañamien­to) los bati­dos de fru­tas: en un país trop­i­cal como este, donde la fru­ta prác­ti­ca­mente se cae de los árboles y hace tan­to calor, son el mejor de los refrige­rios.

Cómo son los camboyanos: la vida tras la dictadura jemer

Han pasa­do más de cuarenta años des­de el geno­cidio cam­boy­ano (sí, aunque los judíos insis­tan en que el suyo ha sido el úni­co geno­cidio de la his­to­ria, ha habido otros mucho más san­gri­en­tos y con un may­or número de víc­ti­mas, caso del cam­boy­ano o el arme­nio). Y aún así, se siguen percibi­en­do (y mucho) las malig­nas huel­las que dejó en la sociedad cam­boy­ana una de las peo­res catástro­fes human­i­tarias que ha vis­to nue­stro plan­e­ta y ante el que organ­is­mos como la ONU se lavaron las manos. Casi tres mil­lones de per­sonas, un ter­cio de la población, murieron asesinadas por uno de los regímenes más cru­eles que hayamos cono­ci­do. Hoy en día, un 65% de los cam­boy­anos tiene menos de trein­ta años y es muy difí­cil que te cruces con un anciano por la calle: si lo haces, com­pro­barás hor­ror­iza­do que la may­oría de ellos están lisi­a­dos y son muchos los que se mueven sobre un car­ri­to con ruedas al fal­tar­les las pier­nas. En Cam­boya más de 44.000 per­sonas sufrieron la amputación de bra­zos o pier­nas (o de ambos) ya que las minas no se dis­eñaron con la inten­ción de matar sino de lisiar: a estas per­sonas el úni­co recur­so que les que­da es vivir de la men­di­ci­dad. Jamás había esta­do en un país donde no existier­an los abue­los.

Los jemeres rojos lle­garon al poder jus­to el año que nací yo, 1975. El país pasó a lla­marse Kam­puchea Democráti­ca y por delante qued­a­ba una dic­tadu­ra atroz lid­er­a­da por Saloth Sar, alias Pol Pot (que poco tenía que envidiar­le a Adolf Hitler), cuya prin­ci­pal meta era que la población regre­sara a la vida en el cam­po y se dejara atrás cualquier avance, sobre todo a niv­el lib­er­tades, que hubiera con­segui­do la sociedad cam­boy­ana. Se bus­ca­ba escribir un nue­vo artícu­lo de la His­to­ria que comen­zaría en el Año Cero, a par­tir del cual lo pri­mor­dial era hac­er desa­pare­cer fábri­c­as y cualquier resid­uo de indus­tri­al­ización, pues estos eran el equiv­a­lente del colo­nial­is­mo occi­den­tal que había inva­di­do Cam­boya.

Cualquiera era sospe­choso de ser un ene­mi­go del par­tido: un hecho tan intrascen­dente como usar gafas te con­vertía de inmedi­a­to en int­elec­tu­al y los jemeres no querían a gente instru­i­da que pudiera rebatir sus leyes sino agricul­tores anal­fa­betos que dijer­an a todo que sí. Los primeros en caer fueron escritores, mae­stros, mon­jes, fun­cionar­ios y líderes reli­giosos pero luego ya daba igual la pro­fe­sión: casi un ter­cio de la población de un país entero murió a manos de estos fanáti­cos. Los cam­pos de exter­minio no daban abas­to para acoger a tan­tos pri­sioneros y las pri­siones pasaron a con­ver­tirse en cen­tros de tor­tu­ra. Las consignas que se les imponían a los ver­du­gos eran del tipo “más vale asesinar a un inocente por error que dejar con vida a un ene­mi­go”. Más de veinte mil­lones de minas antiper­sona se “sem­braron” en el país, prin­ci­pal­mente cer­ca de las fron­teras, para evi­tar el éxo­do de cam­boy­anos y la entra­da de extran­jeros. Muchas de estas minas, más de dos mil­lones, aún no han sido reti­radas de los 2.000 kilómet­ros cuadra­dos que se teme que aún estén con­t­a­m­i­na­dos.

Aunque el gob­ier­no de Pol Pot sólo estu­vo cua­tro años en el poder, des­de 1975 a 1979, fueron más que sufi­cientes para destrozar un país entero. No sólo a niv­el human­i­tario sino tam­bién cul­tur­al y social. Una men­tal­i­dad retrógra­da que crim­i­nal­izó la propiedad pri­va­da y que ni siquiera per­mitía la pos­esión de comi­da: las escuál­i­das raciones eran dis­tribuidas entre la población por la insti­tu­ción cor­re­spon­di­ente, el Angkar. Nadie podía ten­er libros en casa, espe­cial­mente si estos esta­ban escritos en otras lenguas, y se pro­cedió a un sis­tema impuesto de reed­u­cación, que dura­ba aprox­i­mada­mente un año y que era lo más pare­ci­do a un lava­do de cere­bro. Para­le­la­mente, las escue­las dejaron de fun­cionar (era pre­vis­i­ble, sin mae­stros que tra­ba­jaran en ellas), se suprim­ió el sis­tema san­i­tario y los campesinos (es decir, casi todos los ciu­dadanos) eran oblig­a­dos a lle­var a cabo exten­u­antes jor­nadas de tra­ba­jo en el cam­po de catorce horas. Cam­boya jamás había cono­ci­do tan­to sufrim­ien­to.

Pese a que la mitad de los cam­boy­anos han naci­do después de que se desplo­mara el gob­ier­no de los jemeres rojos, las secue­las psi­cológ­i­cas de una época tan funes­ta siguen pre­sentes en el sub­con­sciente de la población. Ape­nas existe un per­son­al espe­cial­iza­do en ningún área y las escue­las se las ven y se las desean para encon­trar pro­fe­sores cual­i­fi­ca­dos. Muchas per­sonas arras­tran serios prob­le­mas depre­sivos, lo que les impi­de desem­peñar cualquier tra­ba­jo. Muchos jóvenes, aunque no han vivi­do la dic­tadu­ra, tien­den a heredar de sus padres el pes­imis­mo y la descon­fi­an­za. A ello hay que sumar la cor­rup­ción, la fal­ta de infraestruc­turas, la altísi­ma tasa de mor­tal­i­dad infan­til y  que Cam­boya sea uno de los país­es más pobres del mun­do, pese a que antes de la lle­ga­da de los jemeres vivían años de bonan­za económi­ca. Hoy en día bue­na parte de la población depende de las ayu­das human­i­tarias. Verás que son muchos los niños que se te acer­can a venderte sou­venirs o pedir limosna. Ellos son la ima­gen de un país al que, des­gra­ci­ada­mente, todavía le que­da mucho por recor­rer para salir del pozo de mis­e­ria en que le hundió un atroz rég­i­men políti­co.


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3 Comments

  1. Me encan­ta !!!! ❤❤❤ Que pas­es un feliz día😘

  2. SILVIA

    at

    impre­sio­n­ante !!! me has puesto los dientes lar­gos … dos país­es que ten­go muchas ganas de cono­cer !! te impor­ta decirme cual fue vue­stro itin­er­ario y cuan­tos días en vue­stro ulti­mo via­je por estos lares ??? Gra­cias !!!

  3. Hola Sil­via! en breve ire­mos subi­en­do el resto de artícu­los del via­je y podrás ir vien­do cuán­tos días estu­vi­mos en cada uno y cómo los dis­tribuimos… La ruta fue Bangkok — Angkor — Chi­ang Mai — Chi­ang Rai — Bangkok. Un abra­zo!

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