CAMBOYA 2017

Comer insectos en Camboya: ¡nos atrevimos y nos encantó!

Era algo que habíamos presenciado en muchos de nuestros viajes pero nunca nos habíamos atrevido a hacer. Nos referimos a a la entomofagia, es decir, la costumbre de consumir insectos. Los factores culturales, por mucho que nos pese, son difíciles de desarraigar de nuestro subconsciente en más ocasiones de las que querríamos. Y es una lástima porque ello a menudo nos impide disfrutar de experiencias de las que podemos aprender una barbaridad. Pero para eso están los viajes, para dejar atrás los prejuicios y olvidarnos de lo que en nuestro país de origen se considera incorrecto. Nos encontramos en otro lugar del mundo, a miles de kilómetros de nuestra casa, en una sociedad que se ha desarrollado condicionada por unos valores muy diferentes a los nuestros. Ni mejores ni peores, simplemente diferentes. Y aprender a comprenderlos y, sobre todo, respetarlos es el primer paso a la hora de coger una maleta.

Antes de prejuzgar qué es lo que bajo nuestro prisma está bien y lo que no, debemos pararnos a pensar qué costumbres de nuestro país hacen llevarse las manos a la cabeza a los de fuera. Cuando estuve en Argentina hace ya muchos años, me alojé en casa de un amigo de Buenos Aires. Un día, mientras comíamos con su familia, la madre de mi amigo me comentaba que su abuela era vasca y que casi se cae del susto cuando la vio meter un pulpo en una olla. ¿En serio éramos capaces de considerar un manjar a ese animal del que los tentáculos sobresalían de la cazuela? Pues sí. Y para arreglarlo, la conté que otra de las cosas que nos encantaban eran los caracoles y que yo misma, de niña, había ido a recogerlos por el campo cubo en mano después de una tormenta. La cara que se le quedó a aquella buena mujer era para enmarcarla.

Cuando viajé por Vietnam, una de las cosas que más me sorprendió es ver en primera persona como apenas se veían perros por la calle. La mayoría iban en las jaulas de los motoristas de camino a algún restaurante. Os confieso que me quedé profundamente horrorizada ya que en la mayoría de los países del mundo el perro está considerado el mejor amigo del hombre. Sin embargo, en China, Vietnam o Camerún comer carne de perro es algo habitual. Y en países como Canadá, Australia (a excepción de un estado) o Nueva Zelanda, aunque no es una práctica común, es perfectamente legar vender y consumir carne de perro mientras esta cumpla todas las legislaciones sanitarias. Incluso en Japón o las islas de la Polinesia, hace unos siglos, era algo normal. En el imperio azteca mexicano o entre muchas tribus de indios de Norteamérica la carne de perro era considerada una delicattesen. Y en Corea del Sur, donde estuvimos hace un par de años, la consume un 20% de la población, y quien lo hace confiesa que la sopa de carne de perro, la bosintang, es uno de sus platos favoritos. En mi caso, jamás comería carne de perro pero no me considero con superioridad moral para crucificar a quien sí lo haga. Como comentaba antes, los factores culturales nos limitan mucho a la hora de acostumbrarnos a ciertas prácticas. Pero, al mismo tiempo, debemos tener en cuenta que mientras en muchos países, España también, el conejo forma parte de nuestra dieta (en Malta, por poner otro ejemplo, es considerado el plato nacional), los estadounidenses se horrorizan ya que ellos lo consideran un animal de compañía y no se les pasa por la imaginación cocinarlo con arroz.

Si nunca comería carne de perro, aún menos comería carne de gato. En casa convivimos con dos desde hace seis largos años y para nosotros sería lo equivalente a comernos a uno de nuestros hijos. Pero no quedan tan lejos aquellos tiempos de la Guerra Civil en que la gente se moría de hambre y mucha gente se echaba al buche cualquier cosa que se moviera: conozco más de un anciano que en aquella época comió gato, erizo o lagarto. El hambre y la desesperación dispara la imaginación de la gente y les hace olvidar prejuicios si estos conllevan el riesgo de irse al otro barrio porque no tienes nada que echarte a la boca. La carne de gato (y no por hambrunas sino porque está bien visto) es consumida en muchos lugares del sur de China, en otros tantos de Perú y en Japón comerlo era algo de lo más común hasta el siglo XIX.

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Foto: Bugs Cafe

Regresemos ahora a lo que nosotros comemos y en otros lugares del mundo no. Caso del queso. Estáis ante una quesera empedernida: para mí es uno de los inventos más brillantes de la gastronomía. Preparar una comida a base de degustación de queso regada con un buen vino constituye uno de los mayores placeres, al menos para mí. Juan no puede ver el queso ni en pintura por lo que cuando vienen amigos a casa es cuando aprovecho para dar rienda suelta a mis pasiones y comparto con ellos la complicidad quesera. Además, vivimos en un país que elabora algunos de los mejores quesos del mundo (¿sabéis que en Canadá un buen queso manchego puede llegar a costar casi doscientos euros?): aún recuerdo una vez que se quedaron en casa dos amigas que viven en Estados Unidos y lo primero que hicieron fue pedirme que las lleváramos a un bar “de los de toda la vida” a comer queso. Se morían de gusto sabiendo que un platazo de queso español apenas costaba ocho euros (comían con tal ansia que creía que las iba a dar un cólico), cuando en su país las cobraban doce dólares por un par de triangulitos. Sin embargo, por poner otro ejemplo, en China es muy difícil encontrar queso en los supermercados: has de buscarlo en las tiendas gourmet. Esto es debido a que el queso no forma parte de su menú diario, debido principalmente a que muchos chinos tienen intolerancia a la lactosa. Un amigo me contaba divertido como una de las veces que viajó a China, los locales le preguntaban asombrados cómo nos podía gustar tanto el queso, si a fin de cuentas es leche podrida (y es cierto que lo es). Los chinos no necesitan el queso para tener cubiertas sus necesidades de calcio: lo obtienen de muchas verduras y legumbres.

En Corea del Sur hemos visto como el sannakji, esa costumbre de comer pequeños pulpos vivos, es algo común: a nosotros, debemos confesarlo, nos parecía una aberración y un sufrimiento innecesario para el animal (en China hacen algo parecido con lo que ellos llaman “langostinos borrachos”). En Japón hemos visto empaquetados ojos de atún (que a los nipones les encantan, igual que las galletas de avispas), en Islandia se pirran por la carne de “tiburón podrido”, que dejan fermentar durante meses, en Alaska se entierran las cabezas de salmón para que también fermenten, en Francia hemos probado los escargots, esos caracoles gigantes que son un clásico de los restaurantes galos, en Australia es habitual comer canguro (nosotros lo hemos probado en un restaurante aquí en España), en Singapur les apasiona la sopa de tortuga y en nuestros viajes por Estados Unidos han sido varias las veces que hemos comido cocodrilo. Como podéis comprobar, las costumbres culinarias a lo largo y ancho del mundo son de una variedad de lo más amplia.

Volvamos al tema de comer insectos. Cuando viajé por México, me sorprendió comprobar que eran muy populares los escamoles (larvas de hormiga) y especialmente los chapulines, una especie de saltamontes. En las calles de Tailandia me he topado cientos de veces con puestos callejeros donde a modo de pincho se sirven escorpiones y saltamontes. A los extranjeros les suscita tal curiosidad que los vendedores han comenzado a cobrar diez baths a los que quieran tomar fotografías. Y cuando llegamos a Camboya nos dimos cuenta de que ocurría lo mismo pero aún con más asiduidad. De hecho, hace un tiempo dio la vuelta al mundo esa fotografía de Angelina Jolie degustando tarántulas en este mismo país. A muchos aún puede parecerle dantesca esta costumbre pero pongámonos en el pellejo de esa gente que en los años setenta, durante el régimen de los jemeres rojos, sufría hambrunas atroces y que sabía que los insectos era una fuente importante de proteínas y aminoácidos. La idea de comer insectos puede parecer descabellada pero teniendo en cuenta que la población mundial crece a un ritmo de 80 millones de personas al año, que los océanos se están quedando sin peces por la pesca sin control y que la agricultura no da para alimentar a tantas bocas, esta opción comienza a cobrar cada vez más fuerza. Teniendo en cuenta que imperios como el romano o el griego habitualmente consumían insectos, no deberíamos sentirnos como bichos raros (nunca mejor dicho) por plantearnos esta posibilidad. Más de dos billones de personas en el mundo comen insectos y casi 2.000 especies de estos no sólo son comestibles sino que aportan un montón de cosas buenas a nuestro organismo. Apenas engordan, nos aportan un montón de vitaminas y minerales, los tenemos en abundancia, se pueden preparar de mil formas diferentes y encima (lo comprobamos in situ) están buenísimos. Si aún así te sigue produciendo rechazo el tema, te informamos que la mayoría de los zumos de frutas y muchas especias tienen restos de insectos y no nos ha pasado absolutamente nada por ello.

Como os comento, eran muchas las veces que había tenido la ocasión de comer insectos mientras viajaba pero no me veía capaz. Y las cosas como son, me lamentaba por mi falta de valentía. Tampoco ayudaba que Juan me repitiera unas cuantas veces que él no pensaba acompañarme en mi “experimento”. Por eso, cuando llegamos a Camboya y mi amiga Marta me dijo que ella sí se animaba, dije “ya no lo retraso más”. Para hacerlo, íbamos a elegir el día de mi cumpleaños: les invitaría a cenar a ella y a Juan en el Bugs Cafe, un restaurante especializado en insectos. Os aseguro que jamás había celebrado mi cumpleaños de una manera tan especial.

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Antes de ir, pedimos en nuestro hotel de Siem Reap que llamaran para hacernos una reserva ya que el Bugs Cafe es un lugar bastante popular entre los extranjeros que visitan la zona. Hay que tener en cuenta que no es lo mismo comer insectos en la calle, donde las medidas higiénicas son mínimas, que en un local de lo más acogedor que cumple todas las normativas y donde tanto la preparación como la presentación están a años luz de los puestos callejeros. Os aseguro que la forma en que te presentan un plato influye muchísimo a la hora de hincarle el diente. El precio es más caro que en la calle (y aún así, casi irrisorio, 45 euros por cenar los tres) pero merece la pena.

El Bugs Cafe es un local escondido en un callejón con una decoración muy modernita que contrasta fuertemente con los restaurantes tan típicamente camboyanos de los que se encuentra rodeado. Se promociona con el eslogan “insects are delicious!”. Lo lleva un señor francés que nos recibió nada más llegar y que nada más sentarnos nos explicó que el reparo para comer insectos viene unicamente motivado por un factor cultural. Comentamos entre risas que, como en su país, los españoles éramos también unos fervientes amantes de los caracoles, así que ya llevábamos la mitad del camino recorrido. Nos dijo que la mayoría de los comensales llegaban con el miedo de que la textura en el paladar resultara gelatinosa o los insectos soltaran algún tipo de líquido al masticarlos. Nada de eso ocurriría: da más impresión verlos que degustarlos. Juan le explicó que él se sentía incapaz de acompañarnos a Marta y a mí en nuestra experiencia culinaria, así que él optaría por el cocodrilo y la serpiente. El cocodrilo ya lo habíamos probado pero la serpiente era algo nuevo para los tres. Y tengo que decir que está riquísima: sabe parecida a la ternera. Lo bueno del Bugs Cafe es que también incluye una carta de platos “no tan arriesgados” para los que no se atrevan a comer insectos.

Nos trajeron la carta y se nos pusieron los ojos como platos. Rollos de primavera con hormigas, brochetas de insectos, cupcakes de grillos, crema de larvas de abeja, samosas de tarántula, ensalada de papaya y escorpiones… hasta había unas hamburguesas de carne de hormigas que muy ingeniosamente habían denominado Bug Mac (bug significa bicho en inglés). Marta y yo no sabíamos muy bien por qué decidirnos. La camarera nos sugirió muy acertadamente que pidiéramos para compartir las dos un plato de degustación, así probaríamos un poco de todo. Mientras esperábamos, nos dedicamos a observar la reacción del resto de los clientes. Mientras algunos comían con total naturalidad, otros, como una pareja que teníamos cerca, se grababan en vídeo: la chica intentaba llevarse una tarántula a la boca mientras la caían los sudores de la muerte y decía “it’s soooooo creepy!”. Se moría de la risa cuando nos vio la cara.

Aquí llegaba nuestro plato. Tarántula, grillos, saltamontes, larvas de gusano, hormigas y un bicho de agua gigante (el de la izquierda) parecido a una cucaracha. Todo ello aderezado con verduras frescas, una deliciosa salsa y arroz de guarnición. Ahora sólo quedaba ver quien de las dos se atrevía la primera. Le tocó a Marta. Decidió comenzar por las patas de la tarántula ya que, a fin de cuentas, tampoco era tan diferente a comer cangrejo. Ante su afirmación de “¡pues está rico!” decidí seguirla. Comencé por los grillos. Vaya, estaban crujientes y sabían parecidos a los camarones, que también se comen con piel. Creedme: una vez que te has introducido el primer insecto en la boca y te das cuenta de que es un alimento como otro cualquiera, se te quitan todos los prejuicios. La tarántula estaba de lo más sabrosa, las hormigas tenían un leve sabor dulzón y las larvas, que quizás era lo que me producía más grima al principio, resultaron estar deliciosas y muy suaves al paladar. Ahora entendíamos por qué tanta gente en el mundo considera a los insectos un manjar.

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Juan seguía mano a mano con su cocodrilo y su serpiente y entre risas nos decía “chicas, vaya ovarios que tenéis”. Nosotras, a las que la experiencia nos estaba pareciendo de lo más interesante, decidimos pedir para el postre una fondue de insectos. Si me lo dicen hace unos meses, jamás pensé que diría esto. ¡Pero no podéis ni imaginar lo deliciosa que está una larva de gusano bañada en chocolate calentito!

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