Castilla-La Mancha suele resumirse, injustamente, en dos o tres tópicos: los molinos de viento, Don Quijote persiguiendo gigantes imposibles y las extensiones interminables de viñedos. Sin embargo, en el corazón de esta tierra seca y austera se alza un lugar que contradice la idea de que la Mancha es solo polvo, queso y vino. Ese lugar es Almagro, una villa donde el teatro se mezcla con las plazas porticadas, donde la historia se cuela en cada piedra y donde el viajero encuentra algo inesperado: un pueblo que parece un escenario entero.
Es curioso que siendo mi abuela de un pueblo pequeñito de la comarca de Calatrava (Caracuel) y habiendo pasado en mi infancia muchos veranos allí, bajo ese tórrido sol manchego que te derrite hasta el pensamiento, no haya visitado Almagro (que se encontraba a sólo 20 kilómetros) hasta ya bien entrada en la vida adulta. El caso es que era una gran asignatura pendiente y en uno de nuestros viajes de regreso en coche de Andalucía, decidimos hacer noche en este preciosísimo pueblo de Ciudad Real, probablemente el más bonito de toda Castilla-La Mancha (con perdón de los demás).

Lo primero que sorprende al llegar a Almagro es esa sensación de escenografía viviente. Sus calles estrechas, sus casas encaladas con dinteles oscuros, los balcones que parecen vigilar al visitante… Todo da la impresión de que en cualquier momento alguien va a abrir una puerta para anunciar el comienzo de una representación. Y en cierto modo, así es: en Almagro la cultura no está encerrada en un museo sino que se respira en el aire.
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Alojamiento Almagro está lleno de acogedores hotelitos con encanto. Si vas en verano, asegúrate de buscar un hotel con piscina; si vas en invierno, como era nuestro caso, mi recomendación es el Hotel Retiro del Teatro . Qué lugar tan encantador. Es un pequeño hotel con unas habitaciones lindísimas, impecablemente decoradas: echa un ojo a la web porque no sabrás con cual quedarte. Nosotros estuvimos en la Doble Deluxe, con su cama con dosel, una pequeña cocinita y su baño en plan antiguo, y salimos encantados. Pagamos 59 euros por la noche. No incluyen desayuno pero para eso tienes a un paso la plaza de Almagro, para tomarte en cualquiera de sus bares una buena tostada con jamón, tomate y aceite de oliva o un chocolate con churros. ![]() |
Para entender Almagro hay que mirar atrás, pero no con la rigidez de un manual de historia, sino como quien hojea un viejo álbum de fotos donde cada imagen tiene algo que contar.
El nombre ya nos da una pista: Almagro procede del árabe al-magra, que significa “tierra arcillosa roja”. Y basta con caminar un poco por los alrededores para comprobarlo: la tierra de esta comarca tiene ese tono rojizo intenso que lo tiñe todo, desde las huertas hasta las fachadas más humildes. Esa arcilla se convirtió en el material con el que se levantaron casas, iglesias y conventos. Es decir, la propia tierra dio forma al pueblo.

Tras la reconquista cristiana, la villa quedó bajo la influencia de la Orden de Calatrava, una de las órdenes militares más poderosas de la península. Los caballeros calatravos no solo defendían el territorio: también administraban tierras, cobraban impuestos y levantaban fortificaciones. Y Almagro se convirtió en uno de sus centros neurálgicos. Un pequeño pueblo manchego en el que convivían campesinos, artesanos y soldados con cruces negras en sus capas.
El verdadero auge de Almagro llegó en los siglos XV y XVI. Fue un tiempo de esplendor económico gracias al comercio de la lana, al cultivo del azafrán y al contacto con mercaderes extranjeros, especialmente flamencos. De hecho, la propia Plaza Mayor tiene un aire que recuerda a plazas del norte de Europa y no es casualidad: los flamencos influyeron en su diseño.
Pero más allá de la economía, lo que marcó para siempre la identidad de Almagro fue el teatro. En pleno Siglo de Oro, cuando Lope de Vega, Calderón de la Barca y Tirso de Molina llenaban los corrales de comedias en Madrid y Sevilla, en Almagro también florecieron compañías teatrales. La villa se convirtió en un escenario secundario, pero no menos importante, de esa eclosión cultural.
En el siglo XVII, Almagro llegó a tener varios corrales de comedias funcionando a la vez. Hoy solo queda uno, el famoso Corral de Comedias, pero en su momento había toda una vida teatral. Y no era solo ocio: el teatro servía para educar, para moralizar y, en ocasiones, para criticar con humor a los poderosos.
Con el paso de los siglos, llegó la decadencia. El comercio disminuyó, la nobleza perdió influencia y muchos edificios quedaron abandonados. El teatro, que había sido la joya de la villa, cayó en el olvido. Pero mientras otros lugares se resignaban a perder su historia, Almagro supo rescatar la suya. El hallazgo del Corral de Comedias en el siglo XX fue un punto de inflexión. Y desde entonces, la villa ha hecho del teatro su bandera, hasta el punto de convertirse en capital cultural cada verano con su Festival Internacional.
La Plaza Mayor: el corazón de Almagro
Está considerada una de las plazas más impresionantes de nuestro país. Y con razón. Si el alma de Almagro es el teatro, su corazón indiscutible es la Plaza Mayor. Todo gira en torno a ella, como si el pueblo entero hubiera sido diseñado para llegar de una forma u otra hasta ese espacio rectangular y único.
Lo primero que impacta son sus ventanales de madera pintados de verde. Ese color se ha convertido en emblema de la villa. No es un verde cualquiera: es un tono intenso, profundo, que contrasta con el blanco de las fachadas y con el azul del cielo manchego. Hay teorías sobre por qué se adoptó ese color. Una de ellas cuenta que se trataba de un pigmento barato y resistente, que además protegía la madera de insectos y humedad. Otra sugiere que se impuso por ordenanza municipal, como una manera de homogeneizar la estética del pueblo. Sea cual sea la verdad, lo cierto es que ese verde es hoy inseparable de la identidad de Almagro.

La plaza tiene una forma rectangular alargada, poco común en España, más propia de ciudades centroeuropeas. Como os comentaba antes, esto no era casualidad: se construyó con influencia de los comerciantes flamencos que llegaron a la zona en el siglo XVI, atraídos por el comercio de la lana y del azafrán. Sí, el azafrán, ese “oro rojo” manchego que hizo prosperar a muchas familias. De hecho, los ventanales en lo alto de la plaza servían a menudo como espacios de transacción comercial, auténticas oficinas medievales donde se cerraban tratos mirando el mercado desde arriba.
Durante siglos, la Plaza Mayor fue un hervidero de vida. Allí se celebraban ferias de ganado, mercados semanales, procesiones religiosas y hasta corridas de toros: vendedores pregonando, niños corriendo entre carros de madera, caballeros negociando con mercaderes extranjeros. Hoy la plaza conserva ese aire bullicioso, aunque en versión más tranquila, con terrazas repletas de turistas y vecinos tomando el aperitivo.
Uno de los momentos más especiales para disfrutar de la Plaza Mayor es al atardecer. Cuando el sol empieza a caer, los ventanales verdes se iluminan con un resplandor dorado y el empedrado refleja esa luz cálida que parece sacada de una escena teatral. Es entonces cuando entiendes por qué esta plaza no es solo un espacio público: es el escenario principal donde se representa la vida cotidiana de Almagro.
El Corral de Comedias: viaje al teatro del Siglo de Oro
Si la Plaza Mayor es el corazón, el Corral de Comedias es el alma de Almagro. Y no es una frase hecha: este edificio resume la identidad cultural de la villa.
Construido en 1628, el Corral de Comedias de Almagro es el único teatro de su época que se conserva intacto en el mundo. Esto lo convierte en una joya histórica sin comparación. Pero lo más fascinante es cómo se salvó del olvido. Durante siglos, el edificio tuvo otros usos: fue mesón, posada, almacén… Hasta que en 1954, al realizar unas obras, se descubrió la estructura original bajo capas de yeso y reformas. De repente, España recuperaba un teatro del Siglo de Oro tal y como era en el siglo XVII.
Entrar en el corral es como retroceder 400 años. El patio empedrado, las galerías de madera, el escenario sin telón… todo conserva la esencia original. Y aquí lo importante no es solo la arquitectura sino lo que representa: el teatro como experiencia colectiva, compartida y vibrante.
En los corrales de comedias, el público se distribuía por clases y géneros: los hombres de pie en el patio, las mujeres en la famosa “cazuela” situada en lo alto, los nobles y clérigos en los aposentos laterales. Cada espacio reflejaba la jerarquía social pero todos compartían el mismo gozo de la representación.
Aquí los actores están a apenas unos metros del público. Sus gestos, sus miradas, sus voces llenan el espacio sin necesidad de micrófonos. Es teatro en estado puro, como lo concebían los dramaturgos del Siglo de Oro. Y un detalle que siempre llama la atención: en estos corrales no había telón. La obra empezaba de forma directa, sin artificios. Y eso generaba una complicidad especial con el público, que debía poner de su parte imaginación y atención. Algo que, sinceramente, a veces echo de menos en el teatro moderno.

Hoy el Corral de Comedias es el epicentro del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, que cada julio convierte la villa en capital mundial del teatro barroco. Cada verano, Almagro se transforma en algo muy distinto a la tranquila villa manchega que conocemos el resto del año. Sus calles se llenan de actores, compañías teatrales de medio mundo, turistas apasionados por la cultura y curiosos que llegan atraídos por la fama del evento.
La primera edición se celebró en 1978, cuando España apenas despertaba de su largo letargo cultural tras la dictadura. Almagro, que ya contaba con el Corral de Comedias recuperado, se convirtió en el escenario perfecto para resucitar los versos del Siglo de Oro. Lo que empezó casi como una iniciativa valiente se transformó rápidamente en una tradición anual.
Durante el mes de julio, la villa entera es un teatro. No solo en el Corral: iglesias, conventos, patios y plazas se convierten en escenarios improvisados. Lo fascinante es esa sensación de que el pueblo entero se rinde al teatro: las tabernas sirven menús especiales para los días del festival, los vecinos alquilan habitaciones a los visitantes y hasta los niños se empapan del ambiente festivo.
Un consejo: si piensas visitar Almagro durante el Festival de Teatro, reserva con meses de antelación. El pueblo se llena hasta los topes, y no es raro que todo el alojamiento esté completo semanas antes.
Para más información sobre horarios, entradas, programación y visitas, entra en la página del Corral de Comedias de Almagro
Museos y patrimonio escondido
La Iglesia de San Agustín: un tesoro barroco olvidado
Entre conventos, casas solariegas y plazas, Almagro esconde una iglesia que suele pasar desapercibida en las guías pero que bien podría figurar entre las joyas barrocas de Castilla-La Mancha. Hablo de la Iglesia de San Agustín, levantada en el siglo XVIII por los agustinos calzados y que hoy, aunque ya no se utiliza como templo religioso, sigue deslumbrando por la magnitud de su arte.
Por fuera, no llama tanto la atención como otros templos. Su fachada, de líneas relativamente sobrias, no prepara al visitante para lo que encontrará en el interior. Y quizás ahí radica parte de su encanto: la sorpresa. Porque cuando cruzas el umbral, te envuelve un espectáculo de frescos barrocos que cubren muros, bóvedas y cúpulas con escenas vibrantes.
Los frescos fueron pintados en 1740 por Antonio de la Torre, discípulo de Antonio Palomino, uno de los grandes maestros de la pintura mural barroca en España. El resultado es sencillamente sobrecogedor. Cada rincón de la iglesia está cubierto de escenas que narran la vida de San Agustín, pasajes bíblicos y alegorías de virtudes cristianas.

La sensación al entrar es que las paredes se disuelven: la pintura crea perspectivas fingidas, columnas que parecen alzarse hacia el cielo, cielos abiertos donde vuelan ángeles, arquitecturas ilusorias que prolongan el espacio real. Es el barroco en estado puro, ese arte que no se conforma con adornar, sino que busca asombrar, emocionar y casi engañar al ojo del espectador.
Un detalle que fascina es la cúpula central, que representa una apoteosis celestial con San Agustín ascendiendo a la gloria, rodeado de santos y ángeles. El efecto de movimiento es tan dinámico que parece que las figuras se desprenden del techo para descender hacia el visitante.
Tras la desamortización del siglo XIX, la iglesia perdió su función religiosa y quedó en estado de semiabandono durante décadas. Hubo incluso riesgo de que los frescos se perdieran para siempre. Afortunadamente, en el siglo XX se iniciaron labores de restauración que permitieron recuperar gran parte de su esplendor.
Hoy, la Iglesia de San Agustín se utiliza como espacio cultural y expositivo. Y no hay mejor manera de darle vida: los frescos dialogan con las muestras de arte contemporáneo, los conciertos de música clásica se realzan con la acústica del templo y las visitas turísticas permiten que más gente conozca este tesoro.
El Convento de la Asunción de Calatrava
Si Almagro está íntimamente ligado a la Orden de Calatrava, este convento es una de sus huellas más visibles y, a la vez, más silenciosas. Se trata del Convento de la Asunción de Calatrava, también conocido como convento de las monjas calatravas, fundado a finales del siglo XVI. Y aunque hoy en día ha cambiado de función, todavía conserva su carácter solemne y ese aire de recogimiento propio de los lugares religiosos.
Es un convento singular en la Mancha. A diferencia de otros conventos manchegos más austeros, el de la Asunción tenía un carácter especial: era un convento femenino vinculado directamente a la poderosa Orden de Calatrava, que desde su fortaleza en Calatrava la Nueva ejercía influencia en toda la comarca. Aquí ingresaban mujeres nobles y de familias acomodadas, muchas veces sin vocación religiosa pero con el objetivo de mantener prestigio social o de asegurar el “honor” familiar. El edificio, de estilo renacentista, conserva todavía su claustro con arcos de medio punto y su estructura sobria pero elegante.

En el siglo XIX, como tantos otros conventos, el de la Asunción quedó abandonado. Durante años sufrió un grave deterioro pero en el siglo XX fue rehabilitado para darle un nuevo uso: hoy alberga la Universidad Popular de Almagro, un espacio cultural y educativo donde se imparten talleres, cursos y actividades comunitarias.
Es curioso pensar cómo un lugar que fue símbolo de clausura y silencio es ahora un espacio abierto al aprendizaje y la convivencia. En cierto modo, sigue cumpliendo una función social, aunque adaptada a los tiempos modernos.
Un consejo personal: no te limites a visitar los monumentos más señalados. Piérdete por las calles secundarias. A menudo, un portón entreabierto deja entrever un patio interior con columnas, una reja de forja o un azulejo antiguo. Ahí es donde se encuentra la verdadera esencia de Almagro.
El Parador de Almagro
En Almagro no hace falta irse muy lejos para sentir que se ha viajado en el tiempo. Basta con reservar una noche en el Parador de Turismo, instalado en el antiguo Convento de Santa Catalina de Siena, fundado en el siglo XVI. Y aquí es donde dormir deja de ser un simple trámite para convertirse en una parte esencial del viaje. Ya sabéis que somos muy fans de los Paradores, ya os lo contamos en el artículo que les dedicamos: Hoteles que son pura magia.
El edificio original fue un convento franciscano, con iglesia, celdas, refectorio y varios claustros. En el siglo XIX quedó en ruinas, como tantos otros espacios religiosos en España. Durante décadas estuvo prácticamente abandonado hasta que, en los años 70, se acometió una rehabilitación ambiciosa que lo convirtió en parador.

La intervención respetó la estructura original: trece claustros, patios empedrados, corredores de madera y gruesos muros de piedra que parecen seguir guardando secretos. Pasear por sus pasillos es como caminar por un monasterio que, en lugar de silencio y austeridad, ahora ofrece comodidades modernas. No es un hotel cualquiera. Aquí las habitaciones están distribuidas en lo que fueron antiguas celdas de monjes, aunque hoy cuentan con camas confortables, baños modernos y detalles cuidados. Lo fascinante es que, a pesar de las comodidades, aún se siente esa atmósfera de recogimiento.
El refectorio, donde antaño los frailes comían en silencio, es hoy un restaurante de techos altísimos donde se sirve lo mejor de la gastronomía manchega. Comer un pisto o unas migas en ese espacio es casi un ritual. Y el claustro principal, con su fuente y su jardín, invita a quedarse sentado durante horas, escuchando solo el murmullo del agua.
De noche, la experiencia se vuelve aún más especial. Los claustros, iluminados tenuemente, adquieren un aire casi fantasmal. No cuesta nada imaginar a los monjes deslizándose en silencio bajo los arcos, como si nunca hubieran abandonado el lugar. De hecho, no faltan huéspedes que aseguran haber sentido “presencias” o ruidos inexplicables. Será sugestión. O tal vez los muros de un convento guardan siempre un eco de quienes lo habitaron.
El Parador de Almagro representa muy bien la filosofía de la red de Paradores en España: rescatar edificios históricos y darles un nuevo uso turístico sin perder su esencia. Aquí no solo se duerme, se vive la historia. Y esa es una de las razones por las que alojarse en él merece la pena aunque suponga un gasto mayor que en otros hoteles o casas rurales.
Precios: A partir de 150 euros la noche
Los patios
Si Córdoba presume de sus patios andaluces, Almagro no se queda atrás con sus patios manchegos. Son distintos, sí, pero igual de encantadores. En Almagro, el patio era el centro de la vida doméstica. Rodeado de galerías de madera, con su pozo, su aljibe y a menudo un pequeño jardín, servía tanto para refrescar la casa en verano como para reunir a la familia en celebraciones. Muchos de estos patios pertenecían a casas nobles y conventos y todavía hoy se conservan con gran belleza.
Cada año, durante ciertas fechas, se organizan rutas de patios en las que los vecinos abren al público estos espacios privados. Es un privilegio poder recorrerlos porque muchos están en casas particulares. Pasear de patio en patio es como viajar por los siglos, descubriendo desde sobrios claustros renacentistas hasta patios barrocos llenos de azulejería. Los patios de Almagro, a diferencia de los cordobeses, no están pensados para exhibir flores en exceso. Son más sobrios, más manchegos, si se quiere. Pero precisamente esa austeridad les da un encanto especial. La madera oscura, el blanco de las paredes y el verde de las plantas crean un equilibrio casi perfecto.
Almagro gastronómico
He de reconocer que este viaje estuvo marcado por un factor sentimental. Entrar a cualquier tienda de Almagro y ver esos frascos de cristal hasta arriba de berenjenas, me recordó por qué ya nunca como las que venden en las verbenas ¡porque no me saben a nada! Y es que mis abuelos en aquella época no tenían coche (ninguno de los dos tuvo interés en sacarse el carnet de conducir) y los viajes de vuelta del pueblo los hacíamos en lo que entonces se conocía como “coche de línea” (los autocares de antaño). Y en esos autobuses destartalados volvíamos cargados con las tinajas llenas de berenjenas, que mi abuela preparaba en Caracuel, marinadas en vinagre, rellenas de pimiento morrón y atravesadas por una ramita de hinojo. No he vuelto a probar berenjenas como las que hacía mi abuela Neme. Cómo las echo de menos. A mi yaya y a las berenjenas.
Y si algo me enseñó mi abuela, es que en La Mancha, la cocina no entiende de artificios ni de platos de postureo. Aquí la gastronomía es sencilla, honesta y con sabor a tierra. Es comida pensada para campesinos, para jornaleros que trabajaban de sol a sol y necesitaban energía. Y ese espíritu se mantiene hoy en las mesas de Almagro: abundancia, sabor y tradición.
🥒 Las berenjenas de Almagro: el plato estrella
Si hay un producto que define la ciudad, son las berenjenas de Almagro, con denominación de origen protegida. Son pequeñas, se recolectan tiernas y se encurten en una mezcla de vinagre, comino, ajo y pimentón. El resultado es un bocado ácido, especiado y adictivo.
Lo curioso es que esta receta tiene raíces árabes. Se dice que los musulmanes ya preparaban berenjenas aliñadas en vinagre como método de conservación y en Almagro la tradición sobrevivió. Hoy no hay taberna ni restaurante en el que no te las ofrezcan como tapa.

🍞 Migas
Otro clásico son las migas, elaboradas con pan duro, ajo, panceta y a veces uvas o melón para contrastar los sabores. En Almagro las sirven generosas, como debe ser. Son un plato de origen pastoril: pan y lo que hubiera a mano en el campo. Pero lo que nació de la necesidad hoy es un manjar que llena de nostalgia a los manchegos.
🍲 Pisto manchego
El pisto es probablemente el plato más conocido de La Mancha. A base de tomate, pimiento, calabacín y cebolla, recuerda al ratatouille francés pero con un punto más intenso. En Almagro suele servirse con huevo frito encima, y créeme, no hay combinación más reconfortante después de recorrer el pueblo a pie.
🥩 Caldereta de cordero
La caldereta es un guiso de cordero con cebolla, ajo, laurel y vino blanco. Plato de fiestas, de bodas, de reuniones familiares. En las tabernas de Almagro lo preparan aún como antaño, cocinado a fuego lento hasta que la carne queda tierna y se deshace.
🌾 Gachas manchegas
Humildes y sabrosas, las gachas se hacían con harina de almorta, panceta y ajo. Era comida de jornaleros pobres pero se ha convertido en un plato identitario. Aún recuerdo a mi otra abuela, Andrea (también manchega pero toledana) preparándolas muchas noches y comiéndonoslas directamente de la sartén.

🥘 Duelos y quebrantos: el plato quijotesco por excelencia
Si hay un plato que se asocia a La Mancha en el imaginario colectivo, ese es sin duda los duelos y quebrantos. Se menciona en la primera página del Quijote, cuando Cervantes describe con detalle lo que comía “el hidalgo de los de lanza en astillero”“…duelos y quebrantos los sábados…” Y claro, con semejante inicio, el plato quedó inmortalizado.
La receta varía un poco según la zona y la familia pero en esencia consiste en un revuelto de huevos, chorizo y panceta (a veces tocino, otras jamón). Es un plato humilde, de aprovechamiento, que combina proteína barata con los productos que siempre había en las despensas manchegas.
¿El origen del nombre? Hay varias teorías:
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Algunos dicen que viene de los “duelos” de no poder comer carne en días de abstinencia religiosa, y los “quebrantos” de tener que conformarse con huevos y vísceras.
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Otros sugieren que se llamaba así porque se cocinaba con partes menos nobles del cerdo, lo que “quebrantaba” el ánimo de los más exquisitos.
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También se cree que el nombre refleja el dolor de estómago que podía causar si se abusaba del plato, dado lo contundente de sus ingredientes.
Sea cual sea el origen, lo cierto es que el nombre contribuyó a su fama. Aunque no es tan omnipresente en las cartas como las berenjenas de Almagro, sí se pueden encontrar en varios mesones y tabernas que apuestan por la cocina más tradicional. Nosotros los comimos y están de rechupete.
🍮Pan de Calatrava
Es una especie de pudin o flan hecho tradicionalmente con pan duro, bizcochos o magdalenas aprovechados del día anterior, que se mezcla con leche, huevos y azúcar. Todo ello se hornea al baño maría con caramelo en la base, dando como resultado un dulce suave, compacto y muy aromático. Lo curioso es que, a pesar de su nombre, no lleva pan como ingrediente principal en la mayoría de las recetas modernas, sino restos de bollería. El nombre se cree que viene de la Orden de Calatrava, ya que este tipo de repostería era frecuente en conventos y monasterios.
Restaurantes recomendados
| Nombre | Qué lo hace especial |
|---|---|
| Abrasador Almagro Los Arenales | Restaurante de estilo manchego, muy acogedor. Tiene dos ambientes: un comedor tradicional en madera y un gastrobar informal. Buen sitio para probar asados, carnes y platos regionales en un entorno agradable. |
| Parador de Almagro | Para algo más especial: ambiente histórico, buena carta, platos bien ejecutados. Ideal si buscas una comida con estilo tras recorrer la ciudad. |
| La Parrilla de San Agustín | Muy recomendada, tiene buena relación calidad-precio, especialidades en carnes y cocina regional. Para quienes quieren algo más “fuerte”. |
| La Tabernilla de Almagro | Buen lugar para tapas, ambiente popular, platos típicos en raciones. También destaca por algún toque especial como torreznos. |
| Casa Bolele | Cocina casera manchega con toques cervantinos y mediterráneos. Tiene un salón amplio y terraza. Ideal para quienes buscan buen sabor tradicional pero con cierta presentación. |
| La Muralla | Ofrece platos manchegos, menú a buen precio, experiencia tranquila. |
| La Posada de Almagro | Otra opción céntrica, con ambiente acogedor, buena cocina local. Para quienes no quieran alejarse mucho del centro después de visitar los monumentos. |
| Taberna Candilejas | Ideal para tapas y raciones si vas con ganas de probar varios bocados. Lugar pequeño con encanto. |
| Restaurante Asador Casa Patricio | Buen servicio, precios razonables, ambiente relajado. Asador, por lo que los platos de carne están bien tratados. |
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