Almagro: la villa manchega con aroma a teatro

Almagro

Castil­la-La Man­cha suele resumirse, injus­ta­mente, en dos o tres tópi­cos: los moli­nos de vien­to, Don Qui­jote per­sigu­ien­do gigantes imposi­bles y las exten­siones inter­minables de viñe­dos. Sin embar­go, en el corazón de esta tier­ra seca y austera se alza un lugar que con­tradice la idea de que la Man­cha es solo pol­vo, que­so y vino. Ese lugar es Alma­gro, una vil­la donde el teatro se mez­cla con las plazas por­ti­cadas, donde la his­to­ria se cuela en cada piedra y donde el via­jero encuen­tra algo ines­per­a­do: un pueblo que parece un esce­nario entero.

Es curioso que sien­do mi abuela de un pueblo pequeñi­to de la comar­ca de Cala­tra­va (Caracuel) y habi­en­do pasa­do en mi infan­cia muchos ver­a­nos allí, bajo ese tór­ri­do sol manchego que te der­rite has­ta el pen­samien­to, no haya vis­i­ta­do Alma­gro (que se encon­tra­ba a sólo 20 kilómet­ros) has­ta ya bien entra­da en la vida adul­ta. El caso es que era una gran asig­natu­ra pen­di­ente y en uno de nue­stros via­jes de regre­so en coche de Andalucía, decidi­mos hac­er noche en este pre­ciosísi­mo pueblo de Ciu­dad Real, prob­a­ble­mente el más boni­to de toda Castil­la-La Man­cha (con perdón de los demás).

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Lo primero que sor­prende al lle­gar a Alma­gro es esa sen­sación de escenografía viviente. Sus calles estre­chas, sus casas encal­adas con din­te­les oscuros, los bal­cones que pare­cen vig­i­lar al vis­i­tante… Todo da la impre­sión de que en cualquier momen­to alguien va a abrir una puer­ta para anun­ciar el comien­zo de una rep­re­sentación. Y en cier­to modo, así es: en Alma­gro la cul­tura no está encer­ra­da en un museo sino que se res­pi­ra en el aire.

Alo­jamien­to

Alma­gro está lleno de acoge­dores hotelitos con encan­to. Si vas en ver­a­no, asegúrate de bus­car un hotel con pisci­na; si vas en invier­no, como era nue­stro caso, mi recomen­dación es el Hotel Retiro del Teatro . Qué lugar tan encan­ta­dor. Es un pequeño hotel con unas habita­ciones lindísi­mas, impeca­ble­mente dec­o­radas: echa un ojo a la web porque no sabrás con cual quedarte.  Nosotros estu­vi­mos en la Doble Deluxe, con su cama con dosel, una pequeña cocini­ta y su baño en plan antiguo, y sal­imos encan­ta­dos. Pag­amos 59 euros por la noche. No incluyen desayuno pero para eso tienes a un paso la plaza de Alma­gro, para tomarte en cualquiera de sus bares una bue­na tosta­da con jamón, tomate y aceite de oli­va o un choco­late con chur­ros.

Hotel Retiro del Teatro Almagro
Entra­da al Hotel Retiro del Teatro Alma­gro

Para enten­der Alma­gro hay que mirar atrás, pero no con la rigidez de un man­u­al de his­to­ria, sino como quien hojea un viejo álbum de fotos donde cada ima­gen tiene algo que con­tar.

El nom­bre ya nos da una pista: Alma­gro pro­cede del árabe al-magra, que sig­nifi­ca “tier­ra arcil­losa roja”. Y bas­ta con cam­i­nar un poco por los alrede­dores para com­pro­bar­lo: la tier­ra de esta comar­ca tiene ese tono roji­zo inten­so que lo tiñe todo, des­de las huer­tas has­ta las fachadas más humildes. Esa arcil­la se con­vir­tió en el mate­r­i­al con el que se lev­an­taron casas, igle­sias y con­ven­tos. Es decir, la propia tier­ra dio for­ma al pueblo.

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Tras la recon­quista cris­tiana, la vil­la quedó bajo la influ­en­cia de la Orden de Cala­tra­va, una de las órdenes mil­itares más poderosas de la penín­su­la. Los caballeros cala­travos no solo defendían el ter­ri­to­rio: tam­bién admin­is­tra­ban tier­ras, cobra­ban impuestos y lev­anta­ban for­ti­fi­ca­ciones. Y Alma­gro se con­vir­tió en uno de sus cen­tros neurál­gi­cos. Un pequeño pueblo manchego en el que con­vivían campesinos, arte­sanos y sol­da­dos con cruces negras en sus capas.

El ver­dadero auge de Alma­gro llegó en los sig­los XV y XVI. Fue un tiem­po de esplen­dor económi­co gra­cias al com­er­cio de la lana, al cul­ti­vo del azafrán y al con­tac­to con mer­caderes extran­jeros, espe­cial­mente fla­men­cos. De hecho, la propia Plaza May­or tiene un aire que recuer­da a plazas del norte de Europa y no es casu­al­i­dad: los fla­men­cos influyeron en su dis­eño.

Pero más allá de la economía, lo que mar­có para siem­pre la iden­ti­dad de Alma­gro fue el teatro. En pleno Siglo de Oro, cuan­do Lope de Vega, Calderón de la Bar­ca y Tir­so de Moli­na llen­a­ban los cor­rales de come­dias en Madrid y Sevil­la, en Alma­gro tam­bién flo­recieron com­pañías teatrales. La vil­la se con­vir­tió en un esce­nario secun­dario, pero no menos impor­tante, de esa eclosión cul­tur­al.

En el siglo XVII, Alma­gro llegó a ten­er var­ios cor­rales de come­dias fun­cio­nan­do a la vez. Hoy solo que­da uno, el famoso Cor­ral de Come­dias, pero en su momen­to había toda una vida teatral. Y no era solo ocio: el teatro servía para edu­car, para mor­alizar y, en oca­siones, para criticar con humor a los poderosos.

Con el paso de los sig­los, llegó la deca­den­cia. El com­er­cio dis­min­uyó, la nobleza perdió influ­en­cia y muchos edi­fi­cios quedaron aban­don­a­dos. El teatro, que había sido la joya de la vil­la, cayó en el olvi­do. Pero mien­tras otros lugares se res­igna­ban a perder su his­to­ria, Alma­gro supo rescatar la suya. El hal­laz­go del Cor­ral de Come­dias en el siglo XX fue un pun­to de inflex­ión. Y des­de entonces, la vil­la ha hecho del teatro su ban­dera, has­ta el pun­to de con­ver­tirse en cap­i­tal cul­tur­al cada ver­a­no con su Fes­ti­val Inter­na­cional.

La Plaza May­or: el corazón de Alma­gro

Está con­sid­er­a­da una de las plazas más impre­sio­n­antes de nue­stro país. Y con razón. Si el alma de Alma­gro es el teatro, su corazón indis­cutible es la Plaza May­or. Todo gira en torno a ella, como si el pueblo entero hubiera sido dis­eña­do para lle­gar de una for­ma u otra has­ta ese espa­cio rec­tan­gu­lar y úni­co.

Lo primero que impacta son sus ven­tanales de madera pin­ta­dos de verde. Ese col­or se ha con­ver­tido en emble­ma de la vil­la. No es un verde cualquiera: es un tono inten­so, pro­fun­do, que con­trasta con el blan­co de las fachadas y con el azul del cielo manchego. Hay teorías sobre por qué se adop­tó ese col­or. Una de ellas cuen­ta que se trata­ba de un pig­men­to bara­to y resistente, que además pro­tegía la madera de insec­tos y humedad. Otra sug­iere que se impu­so por orde­nan­za munic­i­pal, como una man­era de homo­geneizar la estéti­ca del pueblo. Sea cual sea la ver­dad, lo cier­to es que ese verde es hoy insep­a­ra­ble de la iden­ti­dad de Alma­gro.

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La plaza tiene una for­ma rec­tan­gu­lar alarga­da, poco común en España, más propia de ciu­dades cen­troeu­ro­peas. Como os comenta­ba antes, esto no era casu­al­i­dad: se con­struyó con influ­en­cia de los com­er­ciantes fla­men­cos que lle­garon a la zona en el siglo XVI, atraí­dos por el com­er­cio de la lana y del azafrán. Sí, el azafrán, ese “oro rojo” manchego que hizo pros­per­ar a muchas famil­ias. De hecho, los ven­tanales en lo alto de la plaza servían a menudo como espa­cios de transac­ción com­er­cial, autén­ti­cas ofic­i­nas medievales donde se cerra­ban tratos miran­do el mer­ca­do des­de arri­ba.

Durante sig­los, la Plaza May­or fue un hervidero de vida. Allí se cel­e­bra­ban ferias de gana­do, mer­ca­dos sem­anales, pro­ce­siones reli­giosas y has­ta cor­ri­das de toros: vende­dores preg­o­nan­do, niños cor­rien­do entre car­ros de madera, caballeros nego­cian­do con mer­caderes extran­jeros. Hoy la plaza con­ser­va ese aire bul­li­cioso, aunque en ver­sión más tran­quila, con ter­razas reple­tas de tur­is­tas y veci­nos toman­do el aper­i­ti­vo.

Uno de los momen­tos más espe­ciales para dis­fru­tar de la Plaza May­or es al atarde­cer. Cuan­do el sol empieza a caer, los ven­tanales verdes se ilu­mi­nan con un res­p­lan­dor dora­do y el empe­dra­do refle­ja esa luz cál­i­da que parece saca­da de una esce­na teatral. Es entonces cuan­do entien­des por qué esta plaza no es solo un espa­cio públi­co: es el esce­nario prin­ci­pal donde se rep­re­sen­ta la vida cotid­i­ana de Alma­gro.

El Cor­ral de Come­dias: via­je al teatro del Siglo de Oro

Si la Plaza May­or es el corazón, el Cor­ral de Come­dias es el alma de Alma­gro. Y no es una frase hecha: este edi­fi­cio resume la iden­ti­dad cul­tur­al de la vil­la.

Con­stru­i­do en 1628, el Cor­ral de Come­dias de Alma­gro es el úni­co teatro de su época que se con­ser­va intac­to en el mun­do. Esto lo con­vierte en una joya históri­ca sin com­para­ción. Pero lo más fasci­nante es cómo se salvó del olvi­do. Durante sig­los, el edi­fi­cio tuvo otros usos: fue mesón, posa­da, almacén… Has­ta que en 1954, al realizar unas obras, se des­cubrió la estruc­tura orig­i­nal bajo capas de yeso y refor­mas. De repente, España recu­per­a­ba un teatro del Siglo de Oro tal y como era en el siglo XVII.

Entrar en el cor­ral es como retro­ced­er 400 años. El patio empe­dra­do, las galerías de madera, el esce­nario sin telón… todo con­ser­va la esen­cia orig­i­nal. Y aquí lo impor­tante no es solo la arqui­tec­tura sino lo que rep­re­sen­ta: el teatro como expe­ri­en­cia colec­ti­va, com­par­ti­da y vibrante.

En los cor­rales de come­dias, el públi­co se dis­tribuía por clases y géneros: los hom­bres de pie en el patio, las mujeres en la famosa “cazuela” situ­a­da en lo alto, los nobles y cléri­gos en los aposen­tos lat­erales. Cada espa­cio refle­ja­ba la jer­ar­quía social pero todos com­partían el mis­mo gozo de la rep­re­sentación.

Aquí los actores están a ape­nas unos met­ros del públi­co. Sus gestos, sus miradas, sus voces llenan el espa­cio sin necesi­dad de micró­fonos. Es teatro en esta­do puro, como lo con­ce­bían los dra­matur­gos del Siglo de Oro. Y un detalle que siem­pre lla­ma la aten­ción: en estos cor­rales no había telón. La obra empez­a­ba de for­ma direc­ta, sin arti­fi­cios. Y eso gen­er­a­ba una com­pli­ci­dad espe­cial con el públi­co, que debía pon­er de su parte imag­i­nación y aten­ción. Algo que, sin­ce­ra­mente, a veces echo de menos en el teatro mod­er­no.

Corral de Comedias Almagro

Hoy el Cor­ral de Come­dias es el epi­cen­tro del Fes­ti­val Inter­na­cional de Teatro Clási­co de Alma­gro, que cada julio con­vierte la vil­la en cap­i­tal mundi­al del teatro bar­ro­co. Cada ver­a­no, Alma­gro se trans­for­ma en algo muy dis­tin­to a la tran­quila vil­la manchega que cono­ce­mos el resto del año. Sus calles se llenan de actores, com­pañías teatrales de medio mun­do, tur­is­tas apa­sion­a­dos por la cul­tura y curiosos que lle­gan atraí­dos por la fama del even­to. 

La primera edi­ción se cele­bró en 1978, cuan­do España ape­nas des­perta­ba de su largo letar­go cul­tur­al tras la dic­tadu­ra. Alma­gro, que ya con­ta­ba con el Cor­ral de Come­dias recu­per­a­do, se con­vir­tió en el esce­nario per­fec­to para resuci­tar los ver­sos del Siglo de Oro. Lo que empezó casi como una ini­cia­ti­va valiente se trans­for­mó ráp­i­da­mente en una tradi­ción anu­al.

Durante el mes de julio, la vil­la entera es un teatro. No solo en el Cor­ral: igle­sias, con­ven­tos, patios y plazas se con­vierten en esce­nar­ios impro­visa­dos. Lo fasci­nante es esa sen­sación de que el pueblo entero se rinde al teatro: las taber­nas sir­ven menús espe­ciales para los días del fes­ti­val, los veci­nos alquilan habita­ciones a los vis­i­tantes y has­ta los niños se empa­pan del ambi­ente fes­ti­vo.

Un con­se­jo: si pien­sas vis­i­tar Alma­gro durante el Fes­ti­val de Teatro, reser­va con meses de antelación. El pueblo se llena has­ta los topes, y no es raro que todo el alo­jamien­to esté com­ple­to sem­anas antes.

Para más infor­ma­ción sobre horar­ios, entradas, pro­gra­mación y vis­i­tas, entra en la pági­na del Cor­ral de Come­dias de Alma­gro

Museos y pat­ri­mo­nio escon­di­do 

La Igle­sia de San Agustín: un tesoro bar­ro­co olvi­da­do

Entre con­ven­tos, casas solar­ie­gas y plazas, Alma­gro esconde una igle­sia que suele pasar desapercibi­da en las guías pero que bien podría fig­u­rar entre las joyas bar­ro­cas de Castil­la-La Man­cha. Hablo de la Igle­sia de San Agustín, lev­an­ta­da en el siglo XVIII por los agusti­nos calza­dos y que hoy, aunque ya no se uti­liza como tem­p­lo reli­gioso, sigue deslum­bran­do por la mag­ni­tud de su arte.

Por fuera, no lla­ma tan­to la aten­ción como otros tem­p­los. Su facha­da, de líneas rel­a­ti­va­mente sobrias, no prepara al vis­i­tante para lo que encon­trará en el inte­ri­or. Y quizás ahí rad­i­ca parte de su encan­to: la sor­pre­sa. Porque cuan­do cruzas el umbral, te envuelve un espec­tácu­lo de fres­cos bar­ro­cos que cubren muros, bóvedas y cúpu­las con esce­nas vibrantes.

Los fres­cos fueron pin­ta­dos en 1740 por Anto­nio de la Torre, dis­cípu­lo de Anto­nio Palomi­no, uno de los grandes mae­stros de la pin­tu­ra mur­al bar­ro­ca en España. El resul­ta­do es sen­cil­la­mente sobrecoge­dor. Cada rincón de la igle­sia está cubier­to de esce­nas que nar­ran la vida de San Agustín, pasajes bíbli­cos y ale­gorías de vir­tudes cris­tianas.

Iglesia de San Agustin Almagro

La sen­sación al entrar es que las pare­des se dis­uel­ven: la pin­tu­ra crea per­spec­ti­vas fin­gi­das, colum­nas que pare­cen alzarse hacia el cielo, cie­los abier­tos donde vue­lan ánge­les, arqui­tec­turas ilu­so­rias que pro­lon­gan el espa­cio real. Es el bar­ro­co en esta­do puro, ese arte que no se con­for­ma con adornar, sino que bus­ca asom­brar, emo­cionar y casi engañar al ojo del espec­ta­dor.

Un detalle que fasci­na es la cúpu­la cen­tral, que rep­re­sen­ta una apo­teo­sis celes­tial con San Agustín ascen­di­en­do a la glo­ria, rodea­do de san­tos y ánge­les. El efec­to de movimien­to es tan dinámi­co que parece que las fig­uras se despren­den del techo para descen­der hacia el vis­i­tante.

Tras la desamor­ti­zación del siglo XIX, la igle­sia perdió su fun­ción reli­giosa y quedó en esta­do de semi­a­ban­dono durante décadas. Hubo inclu­so ries­go de que los fres­cos se perdier­an para siem­pre. Afor­tu­nada­mente, en el siglo XX se ini­cia­ron labores de restau­ración que per­mi­tieron recu­per­ar gran parte de su esplen­dor.

Hoy, la Igle­sia de San Agustín se uti­liza como espa­cio cul­tur­al y expos­i­ti­vo. Y no hay mejor man­era de dar­le vida: los fres­cos dialo­gan con las mues­tras de arte con­tem­porá­neo, los concier­tos de músi­ca clási­ca se realzan con la acús­ti­ca del tem­p­lo y las vis­i­tas turís­ti­cas per­miten que más gente conoz­ca este tesoro.

El Con­ven­to de la Asun­ción de Cala­tra­va

Si Alma­gro está ínti­ma­mente lig­a­do a la Orden de Cala­tra­va, este con­ven­to es una de sus huel­las más vis­i­bles y, a la vez, más silen­ciosas. Se tra­ta del Con­ven­to de la Asun­ción de Cala­tra­va, tam­bién cono­ci­do como con­ven­to de las mon­jas cala­travas, fun­da­do a finales del siglo XVI. Y aunque hoy en día ha cam­bi­a­do de fun­ción, todavía con­ser­va su carác­ter solemne y ese aire de recogimien­to pro­pio de los lugares reli­giosos.

Es un con­ven­to sin­gu­lar en la Man­cha. A difer­en­cia de otros con­ven­tos manche­gos más aus­teros, el de la Asun­ción tenía un carác­ter espe­cial: era un con­ven­to femeni­no vin­cu­la­do direc­ta­mente a la poderosa Orden de Cala­tra­va, que des­de su for­t­aleza en Cala­tra­va la Nue­va ejer­cía influ­en­cia en toda la comar­ca. Aquí ingresa­ban mujeres nobles y de famil­ias aco­modadas, muchas veces sin vocación reli­giosa pero con el obje­ti­vo de man­ten­er pres­ti­gio social o de ase­gu­rar el “hon­or” famil­iar. El edi­fi­cio, de esti­lo rena­cen­tista, con­ser­va todavía su claus­tro con arcos de medio pun­to y su estruc­tura sobria pero ele­gante. 

Convento Asuncion de Calatrava

En el siglo XIX, como tan­tos otros con­ven­tos, el de la Asun­ción quedó aban­don­a­do. Durante años sufrió un grave dete­ri­oro pero en el siglo XX fue reha­bil­i­ta­do para dar­le un nue­vo uso: hoy alber­ga la Uni­ver­si­dad Pop­u­lar de Alma­gro, un espa­cio cul­tur­al y educa­ti­vo donde se imparten talleres, cur­sos y activi­dades comu­ni­tarias.

Es curioso pen­sar cómo un lugar que fue sím­bo­lo de clausura y silen­cio es aho­ra un espa­cio abier­to al apren­diza­je y la con­viven­cia. En cier­to modo, sigue cumplien­do una fun­ción social, aunque adap­ta­da a los tiem­pos mod­er­nos.

Un con­se­jo per­son­al: no te lim­ites a vis­i­tar los mon­u­men­tos más señal­a­dos. Piérdete por las calles secun­darias. A menudo, un portón entre­abier­to deja entr­ev­er un patio inte­ri­or con colum­nas, una reja de for­ja o un azule­jo antiguo. Ahí es donde se encuen­tra la ver­dadera esen­cia de Alma­gro.

El Parador de Alma­gro

En Alma­gro no hace fal­ta irse muy lejos para sen­tir que se ha via­ja­do en el tiem­po. Bas­ta con reser­var una noche en el Parador de Tur­is­mo, insta­l­a­do en el antiguo Con­ven­to de San­ta Catali­na de Siena, fun­da­do en el siglo XVI. Y aquí es donde dormir deja de ser un sim­ple trámite para con­ver­tirse en una parte esen­cial del via­je. Ya sabéis que somos muy fans de los Paradores, ya os lo con­ta­mos en el artícu­lo que les dedicamos: Hote­les que son pura magia.

El edi­fi­cio orig­i­nal fue un con­ven­to fran­cis­cano, con igle­sia, cel­das, refec­to­rio y var­ios claus­tros. En el siglo XIX quedó en ruinas, como tan­tos otros espa­cios reli­giosos en España. Durante décadas estu­vo prác­ti­ca­mente aban­don­a­do has­ta que, en los años 70, se acometió una reha­bil­itación ambi­ciosa que lo con­vir­tió en parador.

Parador de Almagro

La inter­ven­ción respetó la estruc­tura orig­i­nal: trece claus­tros, patios empe­dra­dos, corre­dores de madera y grue­sos muros de piedra que pare­cen seguir guardan­do secre­tos. Pasear por sus pasil­los es como cam­i­nar por un monas­te­rio que, en lugar de silen­cio y aus­teri­dad, aho­ra ofrece como­di­dades mod­er­nas. No es un hotel cualquiera. Aquí las habita­ciones están dis­tribuidas en lo que fueron antiguas cel­das de mon­jes, aunque hoy cuen­tan con camas con­fort­a­bles, baños mod­er­nos y detalles cuida­dos. Lo fasci­nante es que, a pesar de las como­di­dades, aún se siente esa atmós­fera de recogimien­to.

El refec­to­rio, donde antaño los frailes comían en silen­cio, es hoy un restau­rante de techos altísi­mos donde se sirve lo mejor de la gas­tronomía manchega. Com­er un pis­to o unas migas en ese espa­cio es casi un rit­u­al. Y el claus­tro prin­ci­pal, con su fuente y su jardín, invi­ta a quedarse sen­ta­do durante horas, escuchan­do solo el mur­mul­lo del agua.

De noche, la expe­ri­en­cia se vuelve aún más espe­cial. Los claus­tros, ilu­mi­na­dos tenue­mente, adquieren un aire casi fan­tas­mal. No cues­ta nada imag­i­nar a los mon­jes deslizán­dose en silen­cio bajo los arcos, como si nun­ca hubier­an aban­don­a­do el lugar. De hecho, no fal­tan hués­pedes que ase­gu­ran haber sen­ti­do “pres­en­cias” o rui­dos inex­plic­a­bles. Será sug­estión. O  tal vez los muros de un con­ven­to guardan siem­pre un eco de quienes lo habitaron.

El Parador de Alma­gro rep­re­sen­ta muy bien la filosofía de la red de Paradores en España: rescatar edi­fi­cios históri­cos y dar­les un nue­vo uso turís­ti­co sin perder su esen­cia. Aquí no solo se duerme, se vive la his­to­ria. Y esa es una de las razones por las que alo­jarse en él merece la pena aunque supon­ga un gas­to may­or que en otros hote­les o casas rurales.

Pre­cios: A par­tir de 150 euros la noche

Los patios

Si Cór­do­ba pre­sume de sus patios andaluces, Alma­gro no se que­da atrás con sus patios manche­gos. Son dis­tin­tos, sí, pero igual de encan­ta­dores. En Alma­gro, el patio era el cen­tro de la vida domés­ti­ca. Rodea­do de galerías de madera, con su pozo, su aljibe y a menudo un pequeño jardín, servía tan­to para refres­car la casa en ver­a­no como para reunir a la famil­ia en cel­e­bra­ciones. Muchos de estos patios pertenecían a casas nobles y con­ven­tos y todavía hoy se con­ser­van con gran belleza.

Cada año, durante cier­tas fechas, se orga­ni­zan rutas de patios en las que los veci­nos abren al públi­co estos espa­cios pri­va­dos. Es un priv­i­le­gio poder recor­rer­los porque muchos están en casas par­tic­u­lares. Pasear de patio en patio es como via­jar por los sig­los, des­cubrien­do des­de sobrios claus­tros rena­cen­tis­tas has­ta patios bar­ro­cos llenos de azule­jería. Los patios de Alma­gro, a difer­en­cia de los cor­dobe­ses, no están pen­sa­dos para exhibir flo­res en exce­so. Son más sobrios, más manche­gos, si se quiere. Pero pre­cisa­mente esa aus­teri­dad les da un encan­to espe­cial. La madera oscu­ra, el blan­co de las pare­des y el verde de las plan­tas cre­an un equi­lib­rio casi per­fec­to.

Alma­gro gas­tronómi­co

He de recono­cer que este via­je estu­vo mar­ca­do por un fac­tor sen­ti­men­tal. Entrar a cualquier tien­da de Alma­gro y ver esos fras­cos de cristal has­ta arri­ba de beren­je­nas, me recordó por qué ya nun­ca como las que venden en las ver­be­nas ¡porque no me saben a nada! Y es que mis abue­los en aque­l­la época no tenían coche (ninguno de los dos tuvo interés en sacarse el car­net de con­ducir) y los via­jes de vuelta del pueblo los hacíamos en lo que entonces se conocía como “coche de línea” (los auto­cares de antaño). Y en esos auto­bus­es destar­ta­l­a­dos volvíamos car­ga­dos con las tina­jas llenas de beren­je­nas, que mi abuela prepara­ba en Caracuel, mari­nadas en vina­gre, rel­lenas de pimien­to mor­rón y atrav­es­adas por una rami­ta de hino­jo. No he vuel­to a pro­bar beren­je­nas como las que hacía mi abuela Neme. Cómo las echo de menos. A mi yaya y a las beren­je­nas.

Y si algo me enseñó mi abuela, es que en La Man­cha, la coci­na no entiende de arti­fi­cios ni de platos de pos­tureo. Aquí la gas­tronomía es sen­cil­la, hon­es­ta y con sabor a tier­ra. Es comi­da pen­sa­da para campesinos, para jor­naleros que tra­ba­ja­ban de sol a sol y nece­sita­ban energía. Y ese espíritu se mantiene hoy en las mesas de Alma­gro: abun­dan­cia, sabor y tradi­ción.

🥒 Las beren­je­nas de Alma­gro: el pla­to estrel­la

Si hay un pro­duc­to que define la ciu­dad, son las beren­je­nas de Alma­gro, con denom­i­nación de ori­gen pro­te­gi­da. Son pequeñas, se recolectan tier­nas y se encurten en una mez­cla de vina­gre, comi­no, ajo y pimen­tón. El resul­ta­do es un boca­do áci­do, espe­ci­a­do y adic­ti­vo.

Lo curioso es que esta rec­eta tiene raíces árabes. Se dice que los musul­manes ya prepara­ban beren­je­nas aliñadas en vina­gre como méto­do de con­ser­vación y en Alma­gro la tradi­ción sobre­vivió. Hoy no hay taber­na ni restau­rante en el que no te las ofrez­can como tapa.

Berenjenas Almagro

🍞 Migas

Otro clási­co son las migas, elab­o­radas con pan duro, ajo, panc­eta y a veces uvas o melón para con­trastar los sabores. En Alma­gro las sir­ven gen­erosas, como debe ser. Son un pla­to de ori­gen pas­to­ril: pan y lo que hubiera a mano en el cam­po. Pero lo que nació de la necesi­dad hoy es un man­jar que llena de nos­tal­gia a los manche­gos.

🍲 Pis­to manchego

El pis­to es prob­a­ble­mente el pla­to más cono­ci­do de La Man­cha. A base de tomate, pimien­to, cal­abacín y cebol­la, recuer­da al rata­touille francés pero con un pun­to más inten­so. En Alma­gro suele servirse con hue­vo frito enci­ma, y créeme, no hay com­bi­nación más recon­for­t­ante después de recor­rer el pueblo a pie.

🥩 Caldere­ta de cordero

La caldere­ta es un guiso de cordero con cebol­la, ajo, lau­rel y vino blan­co. Pla­to de fies­tas, de bodas, de reuniones famil­iares. En las taber­nas de Alma­gro lo preparan aún como antaño, coci­na­do a fuego lento has­ta que la carne que­da tier­na y se deshace.

🌾 Gachas manchegas

Humildes y sabrosas, las gachas se hacían con hari­na de almor­ta, panc­eta y ajo. Era comi­da de jor­naleros pobres pero se ha con­ver­tido en un pla­to iden­ti­tario. Aún recuer­do a mi otra abuela, Andrea (tam­bién manchega pero toledana) preparán­dolas muchas noches y comién­donoslas direc­ta­mente de la sartén.

Gachas Manchegas

🥘 Due­los y que­bran­tos: el pla­to qui­jotesco por exce­len­cia

Si hay un pla­to que se aso­cia a La Man­cha en el imag­i­nario colec­ti­vo, ese es sin duda los due­los y que­bran­tos. Se men­ciona en la primera pági­na del Qui­jote, cuan­do Cer­vantes describe con detalle lo que comía “el hidal­go de los de lan­za en astillero”…due­los y que­bran­tos los sába­dos…Y claro, con seme­jante ini­cio, el pla­to quedó inmor­tal­iza­do.

La rec­eta varía un poco según la zona y la famil­ia pero en esen­cia con­siste en un revuel­to de huevos, chori­zo y panc­eta (a veces toci­no, otras jamón). Es un pla­to humilde, de aprovechamien­to, que com­bi­na pro­teí­na bara­ta con los pro­duc­tos que siem­pre había en las despen­sas manchegas.

¿El ori­gen del nom­bre? Hay varias teorías:

  • Algunos dicen que viene de los “due­los” de no poder com­er carne en días de absti­nen­cia reli­giosa, y los “que­bran­tos” de ten­er que con­for­marse con huevos y vísceras.

  • Otros sug­ieren que se llam­a­ba así porque se cocin­a­ba con partes menos nobles del cer­do, lo que “que­branta­ba” el áni­mo de los más exquis­i­tos.

  • Tam­bién se cree que el nom­bre refle­ja el dolor de estó­ma­go que podía causar si se abus­a­ba del pla­to, dado lo con­tun­dente de sus ingre­di­entes.

Sea cual sea el ori­gen, lo cier­to es que el nom­bre con­tribuyó a su fama. Aunque no es tan omnipresente en las car­tas como las beren­je­nas de Alma­gro, sí se pueden encon­trar en var­ios mesones y taber­nas que apues­tan por la coci­na más tradi­cional. Nosotros los comi­mos y están de rechu­pete.

🍮Pan de Cala­tra­va

Es una especie de pudin o flan hecho tradi­cional­mente con pan duro, biz­co­chos o mag­dale­nas aprovecha­dos del día ante­ri­or, que se mez­cla con leche, huevos y azú­car. Todo ello se hornea al baño maría con carame­lo en la base, dan­do como resul­ta­do un dulce suave, com­pacto y muy aromáti­co. Lo curioso es que, a pesar de su nom­bre, no lle­va pan como ingre­di­ente prin­ci­pal en la may­oría de las rec­etas mod­er­nas, sino restos de bollería. El nom­bre se cree que viene de la Orden de Cala­tra­va, ya que este tipo de repostería era fre­cuente en con­ven­tos y monas­te­rios.

 

Restau­rantes recomen­da­dos

Nom­bre Qué lo hace espe­cial 
Abrasador Alma­gro Los Are­nales Restau­rante de esti­lo manchego, muy acoge­dor. Tiene dos ambi­entes: un come­dor tradi­cional en madera y un gas­tro­bar infor­mal. Buen sitio para pro­bar asa­dos, carnes y platos regionales en un entorno agrad­able. 
Parador de Alma­gro Para algo más espe­cial: ambi­ente históri­co, bue­na car­ta, platos bien eje­cu­ta­dos. Ide­al si bus­cas una comi­da con esti­lo tras recor­rer la ciu­dad.
La Par­ril­la de San Agustín Muy recomen­da­da, tiene bue­na relación cal­i­dad-pre­cio, espe­cial­i­dades en carnes y coci­na region­al. Para quienes quieren algo más “fuerte”. 
La Tabernil­la de Alma­gro Buen lugar para tapas, ambi­ente pop­u­lar, platos típi­cos en raciones. Tam­bién desta­ca por algún toque espe­cial como tor­reznos. 
Casa Bolele Coci­na casera manchega con toques cer­van­ti­nos y mediter­rá­neos. Tiene un salón amplio y ter­raza. Ide­al para quienes bus­can buen sabor tradi­cional pero con cier­ta pre­sentación.
La Mural­la  Ofrece platos manche­gos, menú a buen pre­cio, expe­ri­en­cia tran­quila. 
La Posa­da de Alma­gro Otra opción cén­tri­ca, con ambi­ente acoge­dor, bue­na coci­na local. Para quienes no quier­an ale­jarse mucho del cen­tro después de vis­i­tar los mon­u­men­tos.
Taber­na Can­dile­jas Ide­al para tapas y raciones si vas con ganas de pro­bar var­ios boca­dos. Lugar pequeño con encan­to. 
Restau­rante Asador Casa Patri­cio Buen ser­vi­cio, pre­cios razon­ables, ambi­ente rela­ja­do. Asador, por lo que los platos de carne están bien trata­dos.

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