La fabulosa Ruta de las Caras en Buendía

A poco más de hora y media de Madrid en coche (a 70 kilómet­ros de Guadala­jara y 100 de Cuen­ca)  se encuen­tra uno de los lugares más sor­pren­dentes de nue­stro país: la Ruta de las Caras de Buendía. Debo recono­cer que lo des­cubrí un día por casu­al­i­dad, nave­gan­do por inter­net. Se acer­ca­ba el buen tiem­po y nos planteábamos hac­er algu­nas excur­siones de un día por las provin­cias limítro­fes a la cap­i­tal. Una de ellas era Cuen­ca, a la que parecía ten­er algo olvi­da­da en los últi­mos años (¡cuán­to tiem­po hace que no voy a la Ciu­dad Encan­ta­da! deberé plan­ear algo en breve…) El caso es que de repente y sin pre­vio avi­so aparecieron en la pan­talla del orde­nador unas gigan­tescas caras de piedra. ¿Qué mar­avil­la era aquella?¿Quién había tenido tan genial idea al crear estas esculturas?¿Esa exposi­ción al aire libre esta­ba tan cer­ca de Madrid y yo aún no había ido a cono­cer­la? ¡Había que pon­er reme­dio a seme­jante lap­sus!

Jun­to a una pare­ja de ami­gos, plan­i­fi­camos com­bi­nar el recor­ri­do en la Ruta de las Caras en Buendía con una visi­ta a la propia ciu­dad de Cuen­ca (a la que dedi­care­mos otro artícu­lo en pro­fun­di­dad, que bien lo merece).

Cómo lle­gar

Para ir en coche des­de Madrid, ten­emos dos opciones:

Por Guadala­jara. Hay que salir por la N‑320 pasan­do por Tendil­la y Sacedón. Des­de Madrid por la N‑II lle­gare­mos a Guadala­jara, y alli se puede coger la N‑320.

Por Tarancón. Para ir por la N‑III des­de Madrid se puede lle­gar has­ta Tarancón y des­de alli entrar en la N‑400 has­ta Car­ras­cosa del Cam­po. Una vez alli se puede tomar la CM-310 pasan­do por Huete des­de donde se va has­ta Buendía.

El día era fan­tás­ti­co, con un sol res­p­lan­de­ciente, ide­al para hac­er senderis­mo por un para­je tan pecu­liar. Lleg­amos al pequeño pueblo de Buendía y des­de allí ensegui­da encon­tramos las indi­ca­ciones que nos envi­a­ban a la Ruta de las Caras, a ape­nas cua­tro kilómet­ros del pueblo por el sendero PR46 (tran­qui­los que no tiene pér­di­da). Sin prob­le­ma ninguno para aparcar, ya que la Ruta de las Caras se ubi­ca en un bosque­cil­lo, a cuya entra­da se encuen­tra una explana­da donde podrás dejar el coche.

La Ruta de las Caras está situ­a­da cer­ca de la Sier­ra de Altomi­ra y con unas vis­tas espec­tac­u­lares del cer­cano Pan­tano de Buendía, de 8.000 hec­táreas acuáti­cas, por lo que se le conoce como el Mar de Castil­la. Esa mañana sólo divisamos a lo lejos a un par de bañis­tas, dis­fru­tan­do com­ple­ta­mente solos del embalse.

Embalse Buendia

Esta es una ruta ase­quible para todo tipo de gente, inclu­so niños, y que no requiere ningún tipo de preparación físi­ca pre­via y todo el recor­ri­do está señal­iza­do. De hecho yo es una ruta que recomien­do para dis­fru­tar en famil­ia porque los más pequeños van a dis­fru­tar un mon­tón de verse ante estos gigantes de piedra.La ruta no es demasi­a­do larga (un kilómetro y medio) pero fácil­mente la visi­ta se puede demor­ar más de una hora por lo intere­santes que son las escul­turas (y tan difer­entes entre sí). Jus­to a la entra­da hay un car­tel infor­ma­ti­vo con el recor­ri­do, por lo que es bue­na idea que le hagas una foto con el móvil y así te vas guian­do durante todo el camino. Apun­ta­mos que el acce­so es total­mente gra­tu­ito.

Las rocas con que se han tal­la­do las escul­turas se pres­ta bien a este tipo de tra­ba­jos ya que hace un mile­nio cier­tos frailes ya con­struyeron un monas­te­rio com­ple­to, el de Mon­salud. Llegó este a con­ver­tirse en uno de los cen­tros de pere­gri­nación más impor­tantes de la España medieval de antaño, reci­bi­en­do a miles de devo­tos, entre los que se encon­tra­ba más de uno que se creía ende­mo­ni­a­do y aquí acud­ía bus­can­do exor­cis­mos o el pro­pio rey Alfon­so VIII, que encon­tró cobi­jo tras fero­ces cam­pañas béli­cas con­tra los musul­manes.

Ruta Caras Buendía
Jorge Mal­don­a­do con una de las escul­turas

Quiso la casu­al­i­dad que nada más comen­zar el itin­er­ario, nos encon­tramos con Jorge Mal­don­a­do, uno de los dos escul­tores que han dado for­ma a este mar­avil­loso proyec­to y que se había acer­ca­do con su hija para dis­fru­tar de su propia obra y, de paso, ojear el ter­reno con vis­tas a seguir hacien­do escul­turas, ya que el proyec­to con­tinúa en mar­cha.

Así pudi­mos saber de primera mano, por lo que él mis­mo nos relató, que él mis­mo y su ami­go des­de la infan­cia, el tam­bién escul­tor Eulo­gio Reguil­lo, solían venir aquí muchos fines de sem­ana a dis­fru­tar de la nat­u­raleza y el embalse.

Y un buen día, allá por 1992, se les ilu­minó la bom­bil­la y vieron que este pinar podía ser el esce­nario per­fec­to para la ini­cia­ti­va que iba poco a poco for­mán­dose en su mente. Sin sub­ven­ción ni apoyo económi­co ninguno (que digo yo que el Ayun­tamien­to de Buendía bien podría haber echa­do una mani­ta vien­do la de tur­is­mo que está atrayen­do la Ruta de las Caras, aunque es cier­to que recien­te­mente han mejo­ra­do el camino de acce­so) comen­zaron la obra, cada uno por su lado ya que ambos tenían for­mas difer­entes de tra­ba­jar (por ejem­p­lo, Jorge siem­pre “fir­ma” sus obras” pero sí un ras­go común: todo sería arte­sanal, con mar­til­los y cince­les, como en los viejos tiem­pos.

La idea de plas­mar ros­tros en piedra vino del hecho de que “es lo primero que vemos en una per­sona”. Todo con una base reli­giosa detrás, con la inten­ción de empu­jar a la med­itación en estos para­jes que invi­tan a la cal­ma. Muchas de ellas inspi­radas en el mist­i­cis­mo ori­en­tal, recuer­dos que se tra­jo Elo­gio de sus via­jes por la India. Algu­nas de las escul­turas, diecio­cho en total, lle­gan a super­ar los seis met­ros de altura y dan fe del inmen­so y con­cien­zu­do tra­ba­jo que hay detrás de cada una de ellas.

La Muerte. Nues­tra escul­tura favorita. “Algo tiene que morir para que naz­ca lo nue­vo”. Al pare­cer, los autores encon­traron los restos óseos de una mujer y se inspi­raron en la calav­era para crear dicha escul­tura.

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Maitreya y Arju­na. Ambas escul­turas tar­daron en hac­erse ocho años. Maitreya es un Buda que apare­cerá den­tro de mil­lones de años y se dice de él que no ven­drá como un líder reli­gioso sino como un instruc­tor social que con­ver­tirá a la Humanidad en una gran famil­ia. Por su parte, Arju­na es uno de los héroes épi­cos del poe­ma hindú Mahab­hara­ta. Hijo del dios Indra, era un ejem­p­lo de salud físi­ca y men­tal y estu­vo casa­do en cua­tro oca­siones. Se le conoce tam­bién como Yis­nú o Kir­i­ti.

Maitreya y Arju­na han sido las últi­mas escul­turas final­izadas.

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La Mon­e­da de la Vida. Escul­tura alegóri­ca, el con­torno esféri­co sim­boliza el uni­ver­so, los hue­sos, la estruc­tura físi­ca o soporte y el cír­cu­lo con­cén­tri­co, el claus­tro donde se ges­ta la vida.

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Krish­na, el gran dios hindú, lle­va en su toca­do plumas de pavo real. Se le conoce con más de cien nom­bres difer­entes y se le rep­re­sen­ta a menudo con piel negra o azu­la­da. De su cul­to proviene el grupo reli­gioso de los Hare Krish­na, veg­e­tar­i­anos estric­tos.

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Chemary. Este per­son­aje de fábu­la, habi­tante del bosque sim­i­lar a un gno­mo, fue de los que más nos gustó.

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Espi­ral del Bru­jo. Su movimien­to rompe el tiem­po y el espa­cio para con­ducir­lo a lo infini­to.

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La Mon­ja fue la primera escul­tura de la Ruta de las Caras, real­iza­da de for­ma con­jun­ta por ambos escul­tores. Su mira­da se pierde en la lejanía. Recibe el nom­bre de mon­ja por la roca que cubre el ros­tro, seme­jante a un hábito.

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Estas escul­turas, denom­i­nadas Los Duen­des, fueron hechas por difer­entes autores y son las más pequeñas del com­ple­jo, poco menos de un metro de altura. Tienen nom­bres tan curiosos como El extrater­restre, Las Caras de Cristi­na, El Duende de la Gri­eta, El Pale­to, El Duende Indio y Los Extraños.

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Vir­gen de la Flor de Lis. Está inacaba­da y se inspiró en la patrona de Madrid, la Vir­gen de la Almu­de­na.

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Beethoven. Sor­pren­dente retra­to del céle­bre autor, con su mele­na onde­an­do al vien­to.

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El Chamán, el Guardián del Bosque. Fue una de las escul­turas más com­ple­jas de realizar debido a las gri­etas y fisuras que pre­senta­ba la roca.

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1 Comment

  1. wow, un lugar úni­co y sor­pren­dente.

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