Cleopatra: la excusa para visitar Egipto

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Si existe un personaje histórico al que el paso del tiempo no ha hecho justicia y cuya imagen ha sido vilipendiada hasta la saciedad, principalmente por culpa de la visión que ofrecieron de ella los romanos, que nunca llegaron a aceptar su inteligencia y sagacidad, esta es Cleopatra VII, la última reina de Egipto. La imagen de la mejor estratega de todos los tiempos ha quedado deslucida por injurias de todo tipo, muchas de ellas de mano de Cicerón, junto a Herodes su más acérrimo enemigo, quien desde el mismo momento en que la conoció, comenzó una campaña de difamación contra ella, consciente de la amenaza que suponía su poder para la hegemonía bélica del Imperio Romano. Durante los siglos posteriores, miles de escritores y biógrafos se ocuparon de continuar denigrando el mito, obviando sus capacidades para reinar a una nación que en aquel entonces, hace más de 2.000 años, contaba con siete millones de habitantes, lo que suponía un reto para cualquier monarca de la época. En vez de ensalzar que Cleopatra fue una de las soberanas más cultas de su tiempo, que hablaba con soltura casi una decena de lenguas y que siendo una adolescente, se enfrentó a la ardua tarea de intentar mantener la paz de Egipto no sólo con los romanos sino con otros muchos pueblos invasores, los que han intentado aclarar los aspectos más oscuros de su vida se han centrado sobre todo en destacar sus artes seductoras, presentándola como una manipuladora sin corazón que no dudaba en vender a su propia familia para conseguir sus propósitos. Conociendo las intrigas palaciegas de antaño, es cierto que algo hubo. Pero al mismo tiempo, es la mayor de las injusticias asociar el mito de Cleopatra al de una simple devoradora de hombres cuando en realidad ha sido una de las políticas más inteligentes que ha conocido la Historia de la Humanidad.

El reportaje sobre Cleopatra de hoy llega originado por dos motivos. El primero es la exposición que se está llevando a cabo en Madrid “Cleopatra y la fascinación de Egipto”, con piezas de valor incalculable cedidas por más de 80 museos y fundaciones privadas. Estuvimos viéndola ayer (el recorrido no te lleva menos de dos horas, es completísima) y salimos impresionados del buen estado en el que se encontraban la mayor parte de las piezas expuestas, con un catálogo que abarca desde bustos, grabados, joyas y figuras a vasijas y herramientas de la época, acercándonos a una de las eras de mayor esplendor del imperio egipcio. Además, hay una exposición extra acerca de lo que ha supuesto para el mundo del cine el personaje de Cleopatra, tantas veces llevado a la gran pantalla, acaso su versión más famosa la película que dirigió Cecil B. Miller y protagonizó Elizabeth Taylor. De este modo, podrás encontrar en la exposición no sólo muchos de los trajes que se utilizaron en dichas películas sino también retratos de las protagonistas, plantillas de los decorados y hasta una cuádriga.

La segunda razón de ser de este artículo es que justo hace unos días he acabado de leer la que está considerada la biografía más completa de Cleopatra, la escrita por la autora estadounidense y ganadora del premio Pulitzer Stacy Schiff. En este apasionante viaje literario por la vida de la faraona, que gobernó Egipto durante 22 años (desde los 18 hasta los 39) descubriremos como Cleopatra, que en realidad era más griega que egipcia (descendía de los ptolomeos), se las ingenió desde bien jovencita para ocupar el trono, llegando al punto de acceder a las estancias privadas de César envuelta en una alfombra para presentarle las exigencias que la colocaban como la nueva reina de Egipto. Para conseguir el poder, aceptó casarse con su hermano Ptolomeo, sabiendo que en la práctica éste no tendría ni voz ni voto y todas las tomas de decisiones caerían en sus manos. Las relaciones con otros miembros de su familia nunca fueron buenas, hasta el punto de que consiguió que desde Roma condenaran a muerte a su hermana Arsinoe, y no le tembló el pulso a la hora de desterrar a sus hermanas o acusar a otros familiares de conspiraciones contra el trono.

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Aunque Cleopatra nunca fue vista con buenos ojos desde Roma, ya que se asociaba su imagen a la de Alejandría, la ciudad más fascinante del mundo en su época y envidia de Roma, ya que era una urbe mucho menos rígida en lo que a parámetros sociales se refiere, la reina intentó siempre mantener buenas relaciones con el pueblo romano, hasta el punto de que inició una relación de varios años con César y tuvo un hijo con este, Cesarión, que acabaría asesinado por razones políticas. César se enamoró perdidamente de Cleopatra y, en consecuencia, de Alejandría, pasando allí largos periodos y descuidando el gobierno en Roma, lo que le valió las críticas de sus múltiples adversarios. Tras la muerte de César, también asesinado, Cleopatra se unió sentimentalmente a otro de los mandamases romanos, Marco Antonio, quien estuvo a su lado hasta el final de su vida (murieron con pocos días de diferencia). Marco Antonio la dió tres hijos y, probablemente, los mejores años de su existencia.

Una de las leyendas que con más fuerza se ha creado alrededor del mito de Cleopatra es el hecho de que era una mujer bellísima, quizás para reafirmar aún más la idea de que se aprovechaba de su atractivo para manipular a sus enemigos. Nada más lejos de la realidad. Los historiadores consideran que,pese a existir varios bustos y efigies de la soberana, los retratos más fieles fueron los que aparecían acuñados en las monedas que se usaron durante su reinado y estos nos presentan un rostro nada agraciado, marcado por una prominente nariz aguileña, lo que confirma que si Cleopatra fue considerada la mujer más seductora de su época, fue por su inteligencia, su cultura, sus refinados modales y su arte de la oratoria, cualidades mucho más importantes y efectivas que la belleza efímera que se pierde cuando se acaba la juventud. Cleopatra siempre supo que su mejor baza era el análisis psicológico de sus contrincantes y se aprovechó de ello para conseguir sus objetivos.

Gobernar en la época en que ella lo hizo, un siglo antes de Cristo, en un mundo dominado por hombres, fue una labor casi imposible. A sus pies tenía uno de los imperios más vastos del mundo, de diez mil años de antigüedad, con súbditos que al principio de su reinado la veían como a una extranjera usurpadora del trono. Egipto era, al mismo tiempo, uno de los reinos más ricos y principal despensa de Roma pero a la vez lidiaba con desastres naturales como sequías o inundaciones, ambas provocadas por el río Nilo, que a su antojo otorgaba opulencia al país para sumirlo en la más horrible de las hambrunas sólo unos meses más tarde. Sin embargo, Cleopatra sabía que debía mantenerse firme y hacer ostentación de su poder, por lo que no dudó en viajar a Roma y pasearse por la ciudad, pese a saber lo poco que se la quería en aquellas tierras. Mujer valiente como pocas, incluso en los meses finales de sus embarazos, comandó batallas, apaciguó disturbios y navegó cientos de kilómetros para estar junto a sus tropas. Nadie podría echarla jamás en cara su falta de coraje.

Cleopatra convirtió Alejandría en la capital del mundo. Su biblioteca, que años después desapareció comida por las llamas, era la mayor del planeta, aquí se formaron los más grandes eruditos y era el punto de partida de las modas de todo tipo (los romanos estaban fascinados por lo que Egipto representaba; en la exposición de la que os hablaba antes se mostraban mosaicos traídos de Pompeya con paisajes egipcios en los que se podían admirar hipopótamos y cocodrilos). Alejandría contaba con el faro más alto del mundo, que maravilló a César la primera vez que lo divisó a lo lejos desde sus naves, pero no era la única ciudad a tener en cuenta: Tebas (lo que hoy es Luxor) contaba con monumentos y construcciones que harían enrojecer a las de Roma y las pirámides ya tenían varios siglos de antigüedad cuando los romanos comenzaron a construir el Coliseo. Egipto, pese a la cantidad de impuestos que pagaban como tributo a los romanos, seguía negándose a convertirse en una provincia más del Imperio y defendieron su autonomía e independencia con uñas y dientes, comandados por una reina que les servía de ejemplo y guía espiritual: no hay que olvidar que Cleopatra era sabedora de lo importante que era la religión para el pueblo egipcio y no dudó en equipararse durante todo su reinado con la diosa Isis.

Aunque la Historia haya pecado de amarillista al describirnos a Cleopatra, pintándola como una reina caprichosa que se bañaba en leche de burra o estaba más pendiente de sus ungüentos cosméticos que de sus labores como reina, nada más lejos de la realidad. No fue en absoluto una mujer frívola, buena prueba de ello es que en épocas de crisis no dudó ni un momento en rebajar los impuestos a sus súbditos o luchar fieramente contra la corrupción (ya podían tomar ejemplo muchos políticos de los que nos gobiernan), demostrando que era una reina preocupada por su pueblo y que fomentó el apoyo económico al estudio de la aritmética, la gramática o la farmacología, consiguiendo avances impensables para otras civilizaciones coetáneas. Cleopatra representaba el civismo y la buena educación frente a la brutalidad de Roma, tal vez por ello llegó a ser tan odiada. Para los romanos, era mucho más fácil calificarla de “furcia egipcia” que admitir la envidia que les provocaba la grandeza de su reino.

Sin embargo, pese a lo mucho que luchó por la independencia de Egipto, Cleopatra tuvo el honor de ser la última gran reina de un Egipto libre. Su relación con Marco Antonio multiplicó por cien el odio que la tenían los romanos: estos lucharon contra ella y Marco Antonio en la batalla de Accio, que supuso la anexión de Egipto al imperio romano. Desesperados ambos, el primero en morir fue Marco Antonio, quien se clavó su propia espada creyendo equivocadamente que su amada ya estaba muerta. Poco tiempo después, Cleopatra se suicidaba envenenándose junto a dos de sus más fieles esclavas (y aunque la leyenda, una vez más, nos mienta hablándonos de la picadura de un áspid, la realidad es que la reina era una gran conocedora de la alquimia y las pociones y probablemente consiguió hacerse con un frasquito de veneno para su paso al más allá). Su tumba, a día de hoy, continúa siendo el Santo Grial de los exploradores y supone un misterio su ubicación, aunque en los últimos tiempos se ha barajado la idea de que esta se encontrara en las ruinas del templo Taposiris Magna, cerca del lago Mariut. Pero yazcan allí sus restos o no, lo cierto es que en vida nadie pudo (ni podrá) acercarse mínimamente a la grandeza,elegancia,inteligencia e ingenio del que hizo gala Cleopatra. Reina entre las reinas.

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