Viaje por el Alentejo portugués

Pared cubierta con cráneos y huesos humanos en la Capela dos Ossos de Évora, Portugal

Pese a que he ido dece­nas de veces a Portugal,una de las asig­nat­uras que tenía aún pen­di­ente era la zona del Alen­te­jo (en por­tugués sig­nifi­ca “más allá del Tejo”, como cono­cen ellos al río Tajo). Esta región que limi­ta con Extremadu­ra es una de las más ric­as a niv­el cul­tur­al de todo el país luso y está salpic­a­da de pobla­ciones con sig­los y sig­los de Historia,por lo que inten­tar abar­car­lo todo en sólo unos pocos días resul­ta una utopía abso­lu­ta. Por ello, decidi­mos aprovechar la Sem­ana San­ta para dedi­carnos de lleno a la mitad supe­ri­or ‚lo que se conoce como Alto Alen­te­jo, y ya volveríamos en otra ocasión a recor­rer el Bajo Alen­te­jo, que hay tiem­po (y ganas) para todo.

Capela dos Ossos Evora

Tuvi­mos la mala suerte de que, como ocur­rió en España, nos acom­pañara el mal tiem­po (¡ay la Sem­ana San­ta y su puñetero cli­ma!) y que nos lloviera a cán­taros dos días de los cua­tro que estu­vi­mos. Pero ton­tería era lamen­tarse por esas nimiedades, así que con paraguas y chubas­queros estu­vi­mos pate­an­do todo lo que pudi­mos.

Esta vez nos jun­ta­mos ocho ami­gos para via­jar des­de España,repartidos en dos coches, por lo que al final el gas­to en gasoli­na y pea­jes fue mín­i­mo, ni llegó a los 30 euros. Lle­var allí el coche es un acier­to: des­de nue­stro país, si no toca atas­cos, te plan­tas en cin­co horas en el Alen­te­jo y además gozas de un mon­tón de movil­i­dad para poder abar­car bas­tantes vis­i­tas. Por cier­to, y hablan­do de pea­jes, supon­go que ya sabréis que el gob­ier­no por­tugués se está for­ran­do a cos­ta de los con­duc­tores y hay bas­tantes zonas donde tienes que hac­er un pago pre­vio por inter­net para cir­cu­lar por las prin­ci­pales autovías (un coñazo,vamos) pero en este caso lo bueno es que todos los pea­jes por los que pasamos eran man­uales y eso nos evitó un mon­tón de que­braderos de cabeza. Por otro lado, las dis­tan­cias entre unos pueb­los y otros se pueden recor­rer sin prob­le­ma ninguno por medio de car­reteras comar­cales, que fue lo que hici­mos nosotros varias veces,y ahí tam­bién te evi­tas pagar. Y un con­se­jo más: llena el depósi­to antes de pasar a Por­tu­gal. En el país veci­no la gasoli­na lle­ga a costar un 20% más que en España.

El primer día dormiríamos en la pre­ciosa Évo­ra pero de camino decidi­mos parar a com­er en un restau­rante que le habían recomen­da­do a uno de nue­stros ami­gos, el Var­cho­tel, que se encuen­tra en la Estra­da Nacional 4, a las afueras de Elvas. La ver­dad que comi­mos de lujo (riquísi­mo el bacalao,como en cualquier sitio de Por­tu­gal) pero trai­go a la palestra la anéc­do­ta de los aper­i­tivos porque es una manía muy fea que tienen en los restau­rantes por­tugue­ses, la de pon­erte aper­i­tivos en plan pan con man­te­qui­l­la, aceitu­nas y paté de sar­di­nas sin haber­lo pedi­do y claro, los españoles,acostumbrados a que las tapas sean gratis, nos los zam­pamos gus­tosos y luego se nos que­da cara de pok­er cuan­do vemos que nos los cobran en la cuen­ta. Yo, como os digo, al ser una asid­ua de Por­tu­gal ya me conoz­co el cotar­ro y siem­pre pido que se los lleven (que no es por no gas­tar, es que me fas­tidia pagar por una tapa que ni siquiera eli­jo) pero esta vez, pese a decir­les que no los queríamos, nos ench­u­faron en la cuen­ta dos platos de jamón ser­ra­no que no habíamos pedi­do ni comi­do, vamos, que nos querían cobrar 14 euros de más por toda la cara. Luego sí, todo son dis­cul­pas y lo sien­to, pero si te la pueden clavar, te la cla­van. Así que pese a que la comi­da fuera bue­na y esté con­sid­er­a­do uno de los mejores restau­rantes de la zona, por ese moti­vo, por inten­tar timar al cliente, os recomien­do que no paréis aquí y comáis en otro sitio donde sean más hon­estos.

Évora

En cuan­to al tema del alo­jamien­to en Évo­ra, opta­mos por el hotel Ibis, muy bien de pre­cio (44 euros la doble sin desayuno). Las habita­ciones algo pequeñas pero muy bien ubi­ca­do, jus­to a las afueras de las mural­las y a diez min­u­tos andan­do de pleno cen­tro, super tran­qui­lo por la noche. Tienen park­ing gra­tu­ito, para que os despre­ocupéis del coche. No merece la pena que paguéis los seis euros adi­cionales del desayuno cuan­do teneis bien cerqui­ta el Café Arca­da, que pese a lo insalu­bre de su nom­bre , es una de las mejores pastel­erías de Por­tu­gal. Nosotros íbamos allí a desayu­nar cada mañana y menudo des­cubrim­ien­to. Se encuen­tra en la plaza más impor­tante de Evo­ra, la Pra­ca do Giral­do, y aunque no tienen ser­vi­cio de mesas, el local es grandísi­mo y tienes cien­tos de dul­ces difer­entes para escoger. Ya sabéis que los lusi­tanos son famosos por lo exquis­i­to de su repostería: los cono­cidísi­mos paste­les de Belem, las natas, las mil­fol­las, ovos moles, bar­ri­gas de freigas, el pao de rala (típi­co de Evora,por cier­to…) ¡Tienes un mon­tón de opciones para ele­gir!

Evora Portugal

Évo­ra es una ciu­dad antiquísi­ma, de hecho fue fun­da­da por los romanos, que la lla­maron Ebo­ra Lib­er­al­i­tas Iulia (aún quedan algu­nas ruinas, de las que os hablaré luego) y ha tenido un papel fun­da­men­tal en la his­to­ria de Por­tu­gal debido a su situación estratég­i­ca, cer­cana a Lis­boa y a la fron­tera con España, y su rol como pun­to impre­scindible en varias rutas com­er­ciales. Aquí han fija­do su res­i­den­cia muchos reyes lusos, sobre todo en la época colo­nial, y son tan­tas las reliquias arqui­tec­tóni­cas que con­ser­va en su seno que fue declar­a­da Pat­ri­mo­nio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1986.

Podemos empezar el recor­ri­do por sus calle­jones moriscos y medievales a par­tir de la antes men­ciona­da Pra­ca do Giral­do, la más impor­tante de la ciu­dad, donde antigua­mente se eje­cuta­ba en públi­co a los con­de­na­dos por la Inquisi­ción y donde hoy en día se con­cen­tran los locales, los vis­i­tantes, los vende­dores, los artis­tas calle­jeros y pun­to de par­ti­da a alguno de los mon­u­men­tos más reseñables. Los ele­gantes sopor­tales y los bal­cones de hier­ro for­ja­do que la rodean alber­gan infinidad de tien­das y restau­rantes, por lo que es un gus­ta­zo pasear por aquí tan­to de día como de noche.

Aquí puedes encon­trar tam­bién la Ofic­i­na de Tur­is­mo, nosotros nos acer­camos a por mapas y fol­letos y nos atendieron de mar­avil­la; además, ante nues­tra pre­gun­ta por locales de fados, nos recomen­daron un estu­pen­do local del que tam­bién os hablaré más ade­lante. Toda esta inmen­sa zona peaton­al está dom­i­na­da por pre­ciosa Fonte Enriquin­ha y la Igle­sia de San­to Antao, del siglo XVI y erigi­da sobre una antigua igle­sia tem­plar­ia y donde mucho más atrás en el tiem­po se lev­anta­ba un Arco del Tri­un­fo romano. Como curiosi­dad, reseñar que la plaza se lla­ma así por Giral­do sin Miedo, cabecil­la de los fora­ji­dos que en el siglo XII arrebataron esta plaza a los musul­manes y a quienes el rey Alfon­so Enríquez, en agradec­imien­to, per­donó sus deu­das.

Praca do Giraldo Evora

Una de las cosas que te lla­mará la aten­ción al deam­bu­lar por las calles de Évo­ra es que están pla­gadas de tien­das que ofre­cen infinidad de pro­duc­tos fab­ri­ca­dos con cor­cho, des­de gor­ras has­ta bol­sos. Por­tu­gal, aunque cueste creer­lo, es el país del mun­do que más cor­cho expor­ta y el Alen­te­jo está has­ta arri­ba de alcornoques ‚el árbol de donde se extrae dicha mate­ria prima.P or ello, si quieres lle­var un rega­lo orig­i­nal, ya sabes por donde tirar. Los artícu­los son algo caros pero tam­bién hay que ten­er en cuen­ta que son total­mente arte­sanales y eso, obvi­a­mente, se paga. El may­or número de com­er­cios ded­i­ca­do a este tipo de arte­sanía se encuen­tra en los calle­jones emp­ina­dos que lle­gan a la Cat­e­dral, espe­cial­mente en la Rua de Out­ubro.

Como os comen­té antes, Évo­ra fue una de las más impor­tantes ciu­dades de Lusi­ta­nia en época de los romanos y el ves­ti­gio que mejor lo ates­tigua es el Tem­p­lo de Diana, la diosa de la luna, la caza y la casti­dad. Aunque, en real­i­dad, no hay ningu­na prue­ba arque­ológ­i­ca que aso­cie al tem­p­lo con la cita­da diosa (más bien proviene de una leyen­da exten­di­da por un sac­er­dote por­tugués) y lo más prob­a­ble es que real­mente fuera con­stru­i­do en hon­or de César Augus­to en el siglo I A.C. Durante las inva­siones bár­baras en el siglo V, todos los restos romanos fueron arrasa­dos y éste es uno de los pocos que aún per­manece. Lo curioso es que en la Edad Media se cometiera la aber­ración de uti­lizar parte de sus piedras para la con­struc­ción del castil­lo de Évo­ra y que pos­te­ri­or­mente, durante cin­co sig­los nada menos, se uti­lizara como ¡car­nicería! Sin embar­go, gra­cias a este curioso uso, hoy en día aún se mantienen en pie catorce de sus colum­nas orig­i­nales. Tam­bién se pueden encon­trar algunos restos romanos, colum­nas cor­in­tias prin­ci­pal­mente y unas ter­mas romanas, en la Plaza de Sar­to­rio.

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Muy cerqui­ta del tem­p­lo y en lo que antigua­mente era cono­ci­do como el foro romano se ubi­ca el edi­fi­cio reli­gioso más impor­tante de la ciu­dad, la Cat­e­dral o Basíli­ca Sé Cat­e­dral de Nos­sa Sen­ho­ra de Assun­cao, la más grande de Por­tu­gal. El primer día que nos acer­camos no pudi­mos entrar porque jus­to esta­ban a mitad de una misa (hay que ver qué reli­giosos son los por­tugue­ses) pero el segun­do día ya la pil­lam­os abier­ta y la ver­dad que merece mucho la pena la visi­ta al inte­ri­or. No subi­mos a lo alto de la torre porque cobra­ban entra­da y yo eso de dar­le dinero a los curas, pues como que no.

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Nos vamos aho­ra a la que fue mi visi­ta preferi­da en todo el via­je, la Capil­la de los Hue­sos, un lugar que llev­a­ba años que­rien­do cono­cer. Para ello, hay que acer­carse a la Igle­sia de San Fran­cis­co. En este antiguo monas­te­rio fran­cis­cano se encuen­tra un lugar sinie­stro como pocos en el mun­do. Ubi­ca­da en el claus­tro, donde años atrás se encon­tra­ban los dor­mi­to­rios de los mon­jes, nos topamos con la pequeñi­ta pero espec­tac­u­lar Capela dos Ossos.

Ya a la entra­da te recibe una inscrip­ción en la que se puede leer Nos ossos que aquí esta­mos pelo vos­sos esper­amos (Nosotros los hue­sos que aquí esta­mos por los vue­stros esper­amos).Y es que no hay mejor resumen para con­statar la ver­dadera inten­ción de con­stru­ir una capil­la tan atípi­ca, que no es otra que evi­den­ciar lo efímero de nue­stro paso por el mun­do de los vivos y lo poco impor­tante que es nues­tra exis­ten­cia.

La Capela dos Ossos está con­struí­da ínte­gra­mente con los restos oseos de más de 5.000 cadáveres. Da pavor sólo leer­lo ¿ver­dad? Tib­ias, fémures y calav­eras invaden techos y fachadas e inclu­so se uti­lizaron las osa­men­tas para mezclar­las con arga­masa y así poder reve­stir los muros. La con­struc­ción se llevó a cabo en el siglo XVI por un mon­je que pre­tendía con­ver­tir el tem­p­lo en un lugar de med­itación y vaya si lo con­sigu­ió. Para ello, y aprovechan­do el “exce­dente” de cadáveres en los cam­posan­tos de los pueb­los veci­nos, se los tra­jo todos para acá y con ellos se lev­an­tó este curioso edi­fi­cio. Hoy en día, unas cristaleras pro­te­gen las fachadas del van­dal­is­mo de los vis­i­tantes (ante­ri­or­mente, a muchos estúpi­dos no se les ocur­ría otra cosa que grafit­tear las calav­eras o inclu­so llevárse­las a casa), todo sea por el bien de la capil­la. La entra­da cues­ta 1,50 euros y tienes que pagar un euro más si quieres sacar fotografías, aunque con nosotros la chi­ca de la entra­da se enr­rol­ló y nos dijo que sólo pagáramos uno pero que hiciéramos fotos los ocho si nos apetecía .¡Muchas gra­cias, sig­no­ri­na!

 

Capela dos Ossos Evora

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En la fotografía se pueden ver col­gadas las momias de un padre y un hijo (¡esto sí que pone los pelos de pun­ta!) Cuen­ta la leyen­da que la esposa/madre de ambos les maldijo por los mal­os tratos que la dieron en vida y cuan­do murieron, el sue­lo se volvió duro como el már­mol para que no se les enter­rara y aquí se les col­gó por toda la eternidad. La ver­dad es que vis­i­tar esta capil­la en un día de llu­via y vien­to como nosotros lo hici­mos le daba aún mucho más mis­te­rio al tema. Un lugar espeluz­nante como pocos he vis­to en la vida. No es la úni­ca en el mun­do, hay otras en Por­tu­gal, Italia o la Repúbli­ca Checa, pero lo cier­to es que esta es absolutamente…¡escalofriante!

 

Évo­ra es una de las pocas ciu­dades por­tugue­sas que con­ser­va prác­ti­ca­mente intac­tas sus mural­las (te acon­se­jo que cuan­do vis­ites la ciu­dad, dejes el coche extra­muros, el aparcamien­to está com­pli­cadil­lo). Son tres y las lev­an­taron primero los romanos en el siglo III (aún quedan cua­tro puer­tas de dicha época, la más impor­tante la de San­ta Isabel), ya después seguirían erigién­dolas visigo­dos, moros y los pro­pios por­tugue­ses. A día de hoy, es un gus­ta­zo recor­rer su exten­so perímetro, admirán­dose de su robustez y sus alme­nas, acce­di­en­do al cas­co viejo por algu­na de sus impo­nentes puer­tas.

 

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Escul­tura al Maestre André de Resende, uno de los hijos céle­bres de Évo­ra y uno de los human­istas más impor­tantes del siglo XVI. Fue un gran ami­go de Eras­mo de Rot­ter­dam, ejer­ció de mece­nas de infantes y nobles y sus restos mor­tales yacen en la Cat­e­dral de la ciu­dad.

 

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La rena­cen­tista Igle­sia de Gra­cia, con sus curiosos “atlantes” en la parte supe­ri­or. Los veci­nos de Évo­ra cono­cen a estas curiosas escul­turas como “os pobres meni­nos” y sim­bolizan los cua­tro ele­men­tos del mun­do cono­ci­do en aquel entonces (tier­ra, agua, fuego y aire). A no mucha dis­tan­cia se hal­la el Jardim Pub­li­co y el Pala­cio de Don Manuel, donde Vas­co de Gama fue nom­bra­do coman­dante de la arma­da que par­tiría por mar en bus­ca de nuevas rutas com­er­ciales por el mun­do.

 

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Yén­donos al tema gas­tronómi­co, voy a recomen­daros unos cuan­tos restau­rantes de los que más nos gus­taron. El primero es O Antao, en la Rua Joao de Jesús 5 (es jus­to una de las calles que sale de la Plaza de Giral­do, muy cén­tri­co), pre­mi­a­do en varias oca­siones por los jura­dos gas­tronómi­cos por­tugue­ses y cuyo pla­to estrel­la es el arroz con marisco, les sale fran­ca­mente espec­tac­u­lar. El segun­do se lla­ma Évo­ra, se encuen­tra en Rua Ser­pa Pin­to 98 y aunque el local es mod­es­ti­to, hacen unas migas a la alen­te­jana que qui­tan el sen­ti­do, aunque mejor para la comi­da, que a nosotros nos pudo la gula y las ped­i­mos para cenar. El ter­cero es la casa de fados María Sev­era en Largo de San­ta Cata­ri­na 25. Como sabéis, el fado es el cante típi­co por­tugués, tan triste y melancóli­co como nue­stro fla­men­co. Varias de las veces que he via­ja­do a Por­tu­gal me he acer­ca­do a locales de fado a dis­fru­tar­los y me sigue pare­cien­do una expe­ri­en­cia emo­cio­nante, sobre todo si la vives cenan­do a la luz de las velas. Ten en cuen­ta que en Por­tu­gal se cena bas­tante pron­to y el espec­tácu­lo comien­za sobre las 20,30. La car­ta es bas­tante cor­ti­ta pero espec­tac­u­lares su bacalao y las bro­chetas de pavo con piña.

 

Arroz de marisco a la por­tugue­sa

 

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Bacalao a la nata

 

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Espec­tácu­lo de fados en el restau­rante María Sev­era

 

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Évora Monte

Seguimos recor­rien­do el Alen­te­jo yén­donos esta vez a la pequeña aldea de Évo­ra Monte, al noroeste de Evo­ra. El pueblecito es dimin­u­to; para acced­er a su gran atrac­ción, el castil­lo, situ­a­do en lo alto de una colina,lo harás por un camino casi de tier­ra y por el que íbamos rezan­do para que no nos viniera otro coche de frente. La mala suerte es que nos tocó día de niebla espe­sa, lo que nos privó de las fan­tás­ti­cas vis­tas que des­de allí se tienen, y que el castil­lo cer­rase jus­to el últi­mo fin de sem­ana de cada mes,que era el que nos coin­cidía. Tam­poco daba la impre­sión de que den­tro hubiera mucho que ver pero por fuera es impo­nente.

Castillo Evora Monte

 

Cromlech dos Almendres

Hay otro lugar al que, por suerte, muy poca gente se acer­ca y que sin embar­go a mí me pare­ció de los más intere­santes de todo el via­je. Este es el Crom­lech dos Almen­dres, uno de los con­jun­tos mega­líti­cos más antigu­os del mun­do (se cal­cu­la que los hom­bres pre­históri­cos lo lev­an­taron 6.000 años antes de Cristo). Este con­jun­to funer­ario-reli­gioso con­s­ta de 95 men­hires, algunos con graba­dos sim­bóli­cos, y aunque deja a un lugar como Stone­henge a la altura del betún, curiosa­mente ape­nas es vis­i­ta­do ni siquiera por los pro­pios por­tugue­ses. Sólo os comen­to que no hay seguri­dad ningu­na que los vig­ile. Esto he per­mi­ti­do que, afor­tu­nada­mente, uno de los mon­u­men­tos más viejos de la His­to­ria de la Humanidad se con­serve prác­ti­ca­mente intac­to.

 

Cromlech dos Almendres

 

Así se encon­tra­ban los alrede­dores del Crom­lech dos Almen­dres

 

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Unos dos kilómet­ros antes del Crom­lech se lev­an­ta el Men­hir dos Almen­dres, una piedra soli­taria de cua­tro met­ros de altura, que lo con­vierten en uno de los men­hires más grandes del mun­do. Aunque la mañana que fuimos nos lució el sol has­ta el pun­to de quedarnos en man­ga cor­ta (insis­to, las locuras del cli­ma de Sem­ana San­ta), los aguaceros del día ante­ri­or habían deja­do el acce­so al men­hir con­ver­tido en un camino de cabras donde te lle­ga­ba el bar­ro has­ta el tobil­lo, vaya odis­ea para lle­gar. ¡Pero mere­ció la pena!

 

Menhir dos Almendres

 

Estremoz

Otro pueblo al que os acon­se­jo que os acerquéis es a Estremoz. Se encuen­tra a unos 50 kilómet­ros de Évo­ra (puedes ir por la autovía, con pea­je, o por la nacional, sin pea­je) y jun­to a Bor­ba y Vila Vicosa con­for­ma el trío de los “pueb­los del már­mol”, aquí el uso de este mate­r­i­al es tan abun­dante que inclu­so lle­ga a rivalizar con el már­mol ital­iano de Car­rara. Estremoz ha vivi­do des­de tiem­pos antiquísi­mos de las can­teras, cuan­do en época de los romanos ya empezaron a expor­tar el már­mol a otras regiones (¿con qué os creeis que se con­struyó el Cir­co Máx­i­mo de Méri­da o la Torre de Belem de Lis­boa?) Estremoz está hecho de már­mol prác­ti­ca­mente de arri­ba aba­jo y de aquí sale el 85% del már­mol por­tugués (Por­tu­gal es el segun­do expor­ta­dor, después de Italia, a niv­el mundi­al).

 

Mural­las de Estremoz

 

Estremoz Portugal

 

Aunque Estremoz es una vil­la muy antigua y ha vis­to en sus entrañas vio­len­tas batal­las entre por­tugue­ses y castel­lanos, a la hora de la ver­dad no es muy grande y se puede recor­rer en una tarde. La parte más antigua es lo que se conoce como “Pueblo Alto”. Rodea­da por unas pre­ciosas mural­las del siglo XVII, influ­en­ci­adas por la arqui­tec­tura morisca, esta zona es fran­ca­mente espec­tac­u­lar, calle­jones empe­dra­dos que ser­pen­tean entre típi­cas casas por­tugue­sas pin­tadas de amar­il­lo y añil. Desem­bo­carás en el antiguo Pala­cio de Dom Dinis, quien con­struyó el castil­lo en el siglo XIII para su mujer Isabel de Aragón, pero que desa­pare­ció casi por com­ple­to tras una explosión de pólvo­ra en el siglo XVII. Aún así,actualmente aún se mantiene en pie la Torre de Menagem,de casi 30 met­ros de altura, y es aquí donde se ubi­ca la bel­lísi­ma Pou­sa­da Rain­ha San­ta Isabel (si quieres ver­la por den­tro, con­tac­ta en recep­ción, está con­sid­er­a­da una de las más boni­tas del país).Desde este área se obtienen además unas for­mi­da­bles vis­tas de la vil­la.

 

Estremoz

 

Elvas

Vamos a ir aca­ban­do este recor­ri­do alen­te­jano en la ciu­dad de Elvas, ya muy cerqui­ta de la fron­tera con España, a sólo ocho kilómet­ros del río Gua­di­ana, que es el que en real­i­dad ejerce de “sep­a­rador” entre un país y otro. Aunque Elvas no llegue a los 25.000 habi­tantes, es una de las ciu­dades más impor­tantes a niv­el históri­co y pat­ri­mo­ni­al de todo Por­tu­gal. Cuen­ta con el may­or con­jun­to de for­ti­fi­ca­ciones balu­arte del mun­do, con­sid­er­adas Pat­ri­mo­nio de la Humanidad por la UNESCO y uno de los lugares más estreme­ce­dores que he vis­i­ta­do jamás.

 

Elvas Fuerte de gracia

 

Como comen­to, Elvas cuen­ta con dos enor­mísi­mos recin­tos for­ti­fi­ca­dos, el de San­ta Luzia y el Fuerte de Gra­cia (tam­bién lla­ma­do Fuerte del Conde de Lippe).Para acced­er a este últi­mo, puedes subir con el coche al cer­ro donde se ubi­ca, hay un pequeño park­ing de tier­ra a la entra­da. Y primera sor­pre­sa al lle­gar: el fuerte se encuen­tra com­ple­ta­mente abandonado…¡pese a ten­er un perímetro de casi 20 kilómet­ros! Uni­ca­mente verás a la entra­da un car­tel ruinoso que nos recuer­da que el edi­fi­cio es propiedad del Min­is­te­rio de Defen­sa pero en vista del esta­do en que se encuen­tra, como si no tuviera dueño. Tam­bién os digo que yo preferí ver­lo en estas condi­ciones porque ape­nas hay tur­is­tas (lo estu­vi­mos recor­rien­do prác­ti­ca­mente solos) y como enci­ma fuimos sólo un par de horas antes de que anocheciera, nos tocó vis­i­tar­lo con las lin­ter­nas en mano ¡no veáis qué impre­sión! Era como encon­trarse den­tro del dec­o­ra­do de una pelícu­la de miedo, os lo ase­guro.

 

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Fuerte de Gracia Elvas

 

Después de ser un fuerte, éste pasó a con­ver­tirse en una cár­cel para pri­sioneros de guer­ra y no veais el yuyu que da entrar a las antiguas cel­das. Tam­bién se mantienen intac­tas las coci­nas, los salones con chime­neas, los cuar­tos de baño de azule­jo blan­co, los antigu­os despa­chos de los jer­i­faltes, algunos aún con pin­turas en las pare­des…Pasadi­zos y pasil­los se con­fun­den en un enrevesa­do laber­in­to de cien­tos de habita­ciones,con escaleras de piedra y madera que se caen a cachos (literalmente,ojito al apo­yar los pies en cier­tos lugares). Antigua­mente más de 1200 sol­da­dos se ocu­pa­ban aquí de las tar­eas de vig­i­lan­cia, lo que hizo del recin­to un lugar inex­pugnable que jamás fue toma­do por manos ene­mi­gas.

 

El Fuerte está divi­di­do en tres líneas con­cén­tri­c­as. En el cen­tro, el Redu­to, con la antigua igle­sia, los come­dores y la Casa del Gob­er­nador; sep­a­ra­do de este por un foso muy pro­fun­do, la Magis­tral (con­struc­ción en for­ma estrel­la­da ‚y después, el recin­to exte­ri­or, los Rev­el­lines. Sin embar­go, pese a lo grandísi­mo que es el fuerte, sólo hay una entra­da de acce­so, la Puer­ta del Dragón, que da paso a un puente levadi­zo. Insis­to en que la visi­ta la ten­drás que hac­er por tu cuen­ta pero ese es el may­or encan­to de este lugar tan suma­mente sinie­stro.

 

La otra gran for­ti­fi­cación de Elvas es el Fuerte de San­ta Luzia pero resultó que cuan­do nos acer­camos a ver­lo el domin­go por la mañana esta­ba cer­ra­do y sólo lo pudi­mos ver des­de fuera, al igual que el Castil­lo. No entien­do muy bien cuál es la filosofía que se gas­ta la Ofic­i­na de Tur­is­mo si cier­ran los mon­u­men­tos más impor­tantes los fines de sem­ana, que es pre­cisa­mente cuan­do la gente puede acer­carse a vis­i­tar­los, y no creo yo que estén las arcas por­tugue­sas como para perder dinero. En cualquier caso, aquí os dejo algu­nas fotografías de ambos sitios.

 

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El Acue­duc­to de Amoeira (¡grandioso!nada que envidiar al de Segovia!) es lo primero que te encuen­tras al lle­gar a Elvas. Aunque fue con­stru­i­do entre los sig­los XV y XVII, lo cier­to es que su esti­lo arqui­tec­tóni­co es total­mente romano. 843 arcos de 31 met­ros de altura,ahí tienes las impre­sio­n­antes cifras. Ocu­pa una exten­sión total de más de ocho kilómet­ros y a día de hoy, aunque parez­ca men­ti­ra, aún sigue abaste­cien­do de agua a la ciu­dad.

 

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En cuan­to a tema alo­jamien­to, os comen­to. Nos repar­ti­mos en dos de los mejores hote­les de la ciu­dad a pre­cio super asequible,teniendo en cuen­ta que era Sem­ana Santa.Uno de ellos, el hotel Dom Luis (50 euros doble con desayuno), muy mod­er­no, al esti­lo de los NH. El otro,con un encan­to aún más espe­cial, Hotel Con­ven­to Sao Joao de Jesus (60 doble con desayuno), un con­ven­to del siglo XVIII con jacuzzi en algu­nas de las habita­ciones.

En cuan­to a com­er, pues un apunte: se nos ocur­rió acer­carnos, sigu­ien­do las recomen­da­ciones de la Lone­ly Plan­et, al Flor de Jardim, con­sid­er­a­do el mejor restau­rante de Elvas, en parte por sus pre­ciosos jar­dines. Cuan­do lleg­amos, nos dijeron que teníamos que esper­ar como mín­i­mo una hora, así que decidi­mos tomar unas cervezas hacien­do tiempo,y después de un buen rato (las 14,30 de la tarde, lo que en Por­tu­gal es tarde para com­er), nos vuel­ven a decir que com­pli­ca­do coger mesa y que por qué no nos vamos al otro restau­rante que tienen en el hotel Jardim, que es más grande. Coche para allá y otras dos cervezas esperan­do mesa. Nos tar­daron un mon­tón en servir porque tenían tres camareros que iban con la lengua fuera para abar­car un local tan enorme (comi­mos cer­ca de las 16,30) y los platos carísi­mos (tan­to para lo que ofrecían como para los pre­cios por­tugue­ses). Otro restau­rante que debéis tachar de la lista. Sin embar­go, por la noche cen­amos en un bar súper mod­es­ti­to deba­jo del hotel por cua­tro duros y con mucho mejor sabor de boca.

 

Lo dicho: otro des­ti­no super espe­cial aña­di­do a mis escapadas por­tugue­sas. Un país cuyo pat­ri­mo­nio parece no acabarse nunca.Y nosotros los españoli­tos, con la inmen­sa suerte de ten­er­lo aquí al lado. ¡No lo desaprovech­es!


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