Mafra: el palacio de los murciélagos guardianes de libros

Palacio de Mafra Portugal

Por­tu­gal siem­pre me ha sor­pren­di­do por su capaci­dad de escon­der tesoros a la vuelta de cada esquina. Crees que lo has vis­to todo en Lis­boa, te dejas seducir por Sin­tra y sus pala­cios de col­ores, y de pron­to aparece Mafra, silen­ciosa y mon­u­men­tal, con un edi­fi­cio que parece haber surgi­do de un capri­cho divi­no o de un sueño mega­ló­mano (o de las dos cosas). El Pala­cio Nacional de Mafra no se con­for­ma con ser un pala­cio: es con­ven­to, es basíli­ca, es bib­liote­ca, es res­i­den­cia real, es hos­pi­tal y es tam­bién un recorda­to­rio de has­ta dónde puede lle­gar la ambi­ción humana cuan­do se mez­cla con la fe y el poder. Entrar en Mafra es perder­se entre miles de puer­tas y ven­tanas, es escuchar el eco de cam­panas gigantes y, sobre todo, es dejarse fasci­nar por un ejérci­to ines­per­a­do de guardianes ala­dos: mur­ciéla­gos que velan por la memo­ria de sus libros.

Hablar de Mafra es hablar de Juan V de Por­tu­gal, un rey joven que heredó un país pequeño pero rico como pocos en el siglo XVIII. Mien­tras otras cortes euro­peas se empo­brecían por guer­ras inter­minables, Por­tu­gal recibía cada año toneladas de oro y dia­mantes de Brasil. Esa riqueza que en aquel momen­to parecía inacabable, se con­vir­tió en la gasoli­na de los sueños del monar­ca.

Juan V era pro­fun­da­mente devo­to y tam­bién ter­ri­ble­mente orgul­loso. Admira­ba a Luis XIV, el Rey Sol, y envidi­a­ba el lega­do arqui­tec­tóni­co de otros sober­a­nos. Si Felipe II había lev­an­ta­do El Esco­r­i­al, Juan V lev­an­taría algo que lo igualara o inclu­so lo super­ara.

Mafra

La opor­tu­nidad se pre­sen­tó con un hecho especí­fi­co: su esposa, María Ana de Aus­tria, le dio descen­den­cia tras años de inten­tos fal­li­dos (la hija que motivó la con­struc­ción de Mafra, María Bár­bara de Bra­gan­za, se casó años después con Fer­nan­do VI de España: fue una reina cul­ta y amante de la músi­ca, pro­tec­to­ra del com­pos­i­tor Domeni­co Scar­lat­ti). El rey había prometi­do a Dios con­stru­ir un con­ven­to si obtenía un heredero y cumplió su pal­abra… aunque a su man­era. Lo que iba a ser un con­ven­to para trece frailes ter­minó con­ver­tido en un com­ple­jo mon­u­men­tal de más de 1.200 estancias, 4.700 puer­tas y ven­tanas y 29 patios inte­ri­ores. Mafra es el ejem­p­lo per­fec­to de cómo una prome­sa pia­dosa puede con­ver­tirse en un delirio de grandeza.

Para enten­der Mafra hay que mirar a Brasil, como he comen­ta­do antes. A prin­ci­p­ios del siglo XVIII se des­cubrían enormes yacimien­tos de oro y dia­mantes en Minas Gerais. La colo­nia por­tugue­sa empezó a enviar lin­gotes y piedras pre­ciosas a la metrópoli a un rit­mo ver­tig­i­noso. Se cal­cu­la que entre 1700 y 1750 lle­garon a Por­tu­gal unas mil toneladas de oro. Lis­boa se con­vir­tió en un puer­to de riqueza des­bor­dante y Juan V decidió canalizar ese dinero hacia la con­struc­ción de pala­cios, igle­sias y, sobre todo, su gran sueño: el pala­cio de Mafra.

El pueblo por­tugués, sin embar­go, no veía casi nada de esa riqueza. Mien­tras en Lis­boa flo­recían con­ven­tos y pala­cios, en las aldeas rein­a­ba la pobreza. Mafra es el espe­jo per­fec­to de una época en que el poder se rode­a­ba de már­mol mien­tras la gente moría de ham­bre.

El 17 de noviem­bre de 1717 se colocó la primera piedra de Mafra. Fue un acto solemne, con pro­ce­siones, misas y dis­cur­sos. Aquel día empezó a cre­cer lo que pron­to sería el may­or proyec­to arqui­tec­tóni­co de Por­tu­gal. El arqui­tec­to des­ig­na­do fue Johann Friedrich Lud­wig, un alemán cono­ci­do en el país como Ludovice. Había pasa­do años en Roma, donde se enam­oró del bar­ro­co ital­iano, y supo trasladar esa grandiosi­dad a Por­tu­gal.

Mafra

Al prin­ci­pio los planos eran modestos pero el rey fue aña­di­en­do req­ui­si­tos: una igle­sia may­or, un con­ven­to más grande, un pala­cio para la famil­ia real. Cada nue­va exi­gen­cia mul­ti­plic­a­ba el tamaño del proyec­to. Se con­struyó con piedra traí­da de más de 40 can­teras difer­entes. Lo que debía ser un con­ven­to acabó sien­do una ciu­dad den­tro de un edi­fi­cio.

En los años de may­or activi­dad, tra­ba­ja­ban en Mafra más de 45.000 obreros a la vez. Era una autén­ti­ca ciu­dad de tra­ba­jadores: albañiles, carpin­teros, escul­tores, can­teros, sol­da­dos recon­ver­tidos en peones. La mag­ni­tud era tal que muchas aldeas quedaron despobladas: se oblig­a­ba a los hom­bres a trasladarse a Mafra para par­tic­i­par en la obra. La mor­tal­i­dad era alta, tan­to por acci­dentes como por enfer­medades. Mafra se con­struyó a base de sudor y san­gre. En el sen­ti­do más estric­to de la pal­abra.

El esfuer­zo dio sus fru­tos en tiem­po récord. En ape­nas 13 años se lev­an­tó la may­or con­struc­ción de Por­tu­gal, algo casi impens­able para la época. El con­jun­to es tan desco­mu­nal que inspiró obras lit­er­arias como Memo­r­i­al do Con­ven­to de José Sara­m­a­go. El his­to­ri­ador Ken­neth Maxwell cal­cu­la que el gas­to de Mafra fue tan des­or­bita­do que habría bas­ta­do para fun­dar varias ciu­dades enteras en Brasil.

Mafra es puro bar­ro­co ital­iano traslada­do a tier­ras por­tugue­sas. La facha­da prin­ci­pal mide 220 met­ros y está coro­n­a­da por dos tor­res cam­pa­nario que cus­to­di­an la basíli­ca cen­tral. La simetría es per­fec­ta: la igle­sia en el cen­tro, el con­ven­to y el pala­cio a los lados y los patios inte­ri­ores orga­ni­za­dos como si fuer­an piezas de aje­drez. La piedra uti­liza­da pro­cede de can­teras por­tugue­sas, con már­moles blan­cos, rosa­dos y gris­es que se com­bi­nan en patrones geométri­cos.

1.200 habita­ciones. 4.700 puer­tas y ven­tanas. 156 escaleras. 29 patios inte­ri­ores. Una bib­liote­ca de 36.000 volúmenes. Dos cam­pa­narios con más de 100 cam­panas en total, el may­or car­ril­lón del mun­do. Seis órganos con­stru­i­dos para sonar jun­tos. Uno de los pasil­los palac­i­e­gos más lar­gos del mun­do: 232 met­ros. Son números que mare­an pero que cobran sen­ti­do cuan­do se cam­i­na por sus pasil­los inter­minables. Mafra no se mide en met­ros, se mide en asom­bro.

Lo más fasci­nante del con­ven­to de Mafra es el con­traste. Mien­tras en los salones del pala­cio los reyes se rode­a­ban de már­moles, fres­cos y fas­tos, en el área con­ven­tu­al los mon­jes hab­it­a­ban cel­das austeras, con pare­des desnudas y mobil­iario mín­i­mo. Un recorda­to­rio de que, aunque com­partían techo, los mun­dos del rey y los frailes esta­ban a años luz de dis­tan­cia.

Los claus­tros, amplios pero sobrios, eran el corazón de la vida monás­ti­ca. Allí se pasea­ba en silen­cio, se med­ita­ba y se rez­a­ba. El refec­to­rio, donde los frailes com­partían las comi­das en silen­cio mien­tras escuch­a­ban lec­turas reli­giosas, sigue trans­mi­tien­do esa atmós­fera de dis­ci­plina fran­cis­cana.

El con­ven­to no era solo un lugar de oración. Tam­bién fun­ciona­ba como un espa­cio de asis­ten­cia social, con su propia enfer­mería, bot­i­ca y espa­cios ded­i­ca­dos a la enseñan­za. Los fran­cis­canos eran cono­ci­dos por su labor cer­cana al pueblo, y en Mafra no fue difer­ente: aunque vivían bajo la som­bra del poder real, seguían cumplien­do con la mis­ión de ser­vi­cio.

Con el paso del tiem­po, las órdenes reli­giosas fueron per­di­en­do pres­en­cia pero los muros del con­ven­to han con­ser­va­do esa sen­sación de recogimien­to. Cam­i­nar por sus pasil­los lar­gos y fríos, en con­traste con la opu­len­cia de la basíli­ca, es un via­je direc­to a otra época.

 

La basíli­ca

El cen­tro neurál­gi­co es la basíli­ca, inau­gu­ra­da en 1730. Su cúpu­la alcan­za 65 met­ros de altura, vis­i­ble a kilómet­ros de dis­tan­cia. Al entrar, lo primero que deslum­bra son los már­moles poli­cro­ma­dos, traí­dos de dis­tin­tas can­teras por­tugue­sas. Es como si cada piedra quisiera con­tar una his­to­ria: rojos inten­sos, negros pro­fun­dos, verdes jas­pea­d­os. Un fes­ti­val de col­ores, nada que ver con las igle­sias sobrias a las que esta­mos acos­tum­bra­dos.

En la basíli­ca se con­ser­van reliquias de san­tos en can­ti­dades indus­tri­ales. El rey mandó traer­las de Roma, ni más ni menos que reliquias de más de 300 san­tos, porque claro, cuan­do se hace una colec­ción, se hace a lo grande.

Mafra

Pero si hay algo que con­vierte a la basíli­ca de Mafra en úni­ca son sus seis órganos mon­u­men­tales, tal­la­dos en maderas pre­ciosas y con una sonori­dad que todavía hoy deja boquia­bier­to al vis­i­tante. Se con­struyeron para sonar jun­tos, en un efec­to envol­vente que en su época debió de pare­cer celes­tial. Ningu­na otra igle­sia del mun­do tiene seis órganos con­stru­i­dos para tocar al uní­sono. El resul­ta­do debía ser un estru­en­do colos­al, pen­sa­do para sobrecoger a los fieles y mostrar el poder divi­no y real al mis­mo tiem­po.

Y no olvidemos el car­il­lón de 98 cam­panas, fab­ri­ca­do en Holan­da, que es uno de los may­ores del mun­do. 57 cam­panas en la torre norte y 49 en la sur. Durante la invasión napoleóni­ca, parte del con­jun­to cam­pa­nario fue fun­di­do para fab­ricar cañones. Fun­di­das en Amberes, pesan toneladas y su sonido podía escucharse a dece­nas de kilómet­ros. 

 

La bib­liote­ca

Pocas bib­liote­cas en el mun­do despier­tan tan­ta fasci­nación como la de Mafra. Y no lo digo solo por su impo­nente belleza bar­ro­ca, que ya de por sí la colo­ca entre las más her­mosas de Europa, sino porque en ella con­viv­en estanterías de roble car­gadas de incun­ables con guardianes muy poco habit­uales: mur­ciéla­gos que, des­de hace sig­los, patrul­lan por las noches para pro­te­ger los libros del ene­mi­go más temi­do, los insec­tos.

La primera impre­sión al entrar en la bib­liote­ca es abru­mado­ra. Sus 83 met­ros de lon­gi­tud, con sue­lo de már­mol en blan­co y rosa for­man­do un damero, pare­cen una alfom­bra infini­ta que guía la mira­da hacia el fon­do de la sala. A los lados, dos hileras de estanterías de madera de roble, de más de doscien­tos años, se ele­van en var­ios nive­les, coro­n­adas por una pasarela que recorre todo el perímetro.

Biblioteca Mafra

La luz entra suave­mente por grandes ven­tanales, ilu­mi­nan­do la bóve­da de cañón dec­o­ra­da con sen­cillez rococó. No es una bib­liote­ca oscu­ra y solemne sino un espa­cio lumi­noso, casi fes­ti­vo, donde uno se imag­i­na a los mon­jes, reyes y eru­di­tos recor­rien­do los pasil­los en bus­ca de algún tomo pro­hibido.

La colec­ción supera los 36.000 volúmenes, entre los que hay autén­ti­cos tesoros, como la Cróni­ca de Núrem­berg de 1493, trata­dos de anatomía ilustra­dos de Vesalio y obras de astronomía real­mente raras. 36.000 libros ya sería de por sí una cifra respetable pero lo que real­mente la hace úni­ca es la cal­i­dad de sus obras. Aquí des­cansan incun­ables del siglo XV, trata­dos de med­i­c­i­na y botáni­ca que en su tiem­po rep­re­senta­ban el conocimien­to más avan­za­do, mapas antigu­os que aún con­ser­van la magia de lo descono­ci­do y primeras edi­ciones de clási­cos de la lit­er­atu­ra y la filosofía.

Lo más curioso es que Mafra guar­da tam­bién una sec­ción de “libros pro­hibidos”, aque­l­los que la Inquisi­ción veta­ba por con­trade­cir la orto­dox­ia reli­giosa (de ellos ya os hablé en el artícu­lo El lado más oscuro del Monas­te­rio del Esco­r­i­al). Sin embar­go, João V con­sigu­ió una bula papal que autor­iz­a­ba a con­ser­var­los. Así, en las estanterías de Mafra sobre­vivieron obras de Rousseau, Voltaire y otros ilustra­dos que, paradóji­ca­mente, eran leí­das en secre­to den­tro de un monas­te­rio.

Malleus Malefi­carum: el libro que con­denó a miles de mujeres

Entre todos los man­uales sinie­stros que ha pro­duci­do la his­to­ria, hay uno que se lle­va la pal­ma: el Malleus Malefi­carum. Pub­li­ca­do en 1487, este trata­do se con­vir­tió en el man­u­al por exce­len­cia de cazadores de bru­jas durante más de dos sig­los. Y aunque hoy pue­da pare­cer­nos un cúmu­lo de dis­parates, en su época fue toma­do muy en serio: legit­imó tor­turas, pro­ce­sos y, en últi­ma instan­cia, la hoguera para miles de per­sonas, sobre todo mujeres.

El Malleus Malefi­carum fue escrito por dos domini­cos ale­manes, Hein­rich Kramer y Jakob Sprenger. Ambos esta­ban obse­sion­a­dos con la bru­jería y con­ven­ci­dos de que era el may­or ene­mi­go de la cris­tian­dad. Para dar fuerza a su obra, con­sigu­ieron (de for­ma poco clara) la aprobación papal de la bula Sum­mis desider­antes affectibus, emi­ti­da por el papa Inocen­cio VIII en 1484.

Con ese respal­do, el libro se pre­sen­tó como si fuera casi un tex­to ofi­cial de la Igle­sia, aunque en real­i­dad muchos teól­o­gos y juris­tas lo con­sid­er­aron exce­si­vo inclu­so en su tiem­po.

Malleus Maleficarum

El trata­do esta­ba divi­di­do en tres partes:

La exis­ten­cia de las bru­jas: aquí se defendía, con argu­men­tos que hoy pare­cen saca­dos de un cómic, que las bru­jas eran reales y que sus poderes provenían de un pacto con el dia­blo.

Los crímenes de las bru­jas: des­de provo­car tor­men­tas y ester­il­i­dad has­ta arru­inar cose­chas o causar impo­ten­cia en los hom­bres. Según el libro, prác­ti­ca­mente cualquier des­gra­cia podía achacarse a la bru­jería.

Cómo juz­gar y cas­ti­gar a las bru­jas: la parte más ater­rado­ra. Se detal­la­ban pro­ced­imien­tos judi­ciales, méto­dos de inter­roga­to­rio (léase tor­tu­ra) y sen­ten­cias.

Lo más per­tur­bador es que el Malleus rezu­ma mis­oginia por todas partes. Sus autores con­sid­er­a­ban a las mujeres espe­cial­mente débiles, fáciles de seducir por el demo­nio y pro­clives al mal. Fras­es como “toda bru­jería proviene de la lujuria car­nal, que en las mujeres es insa­cia­ble” refle­jan has­ta qué pun­to el libro jus­ti­fi­ca­ba la per­se­cu­ción femeni­na. De hecho, aunque hubo hom­bres acu­sa­dos de bru­jería, la gran may­oría de víc­ti­mas fueron mujeres.

Curiosi­dades oscuras

Un “best sell­er” macabro: el Malleus Malefi­carum fue reim­pre­so más de 30 veces entre los sig­los XV y XVII. Para su época, eso lo con­vertía en un super­ven­tas.

Más allá de la Igle­sia: aunque muchos cléri­gos lo rec­haz­aron, los tri­bunales sec­u­lares lo adop­taron como ref­er­en­cia. Fue en estos juicios civiles donde el man­u­al se usó con más fre­cuen­cia.

El miedo como her­ramien­ta de con­trol: el libro no solo bus­ca­ba cazar bru­jas sino man­ten­er un con­trol social. El miedo era un arma muy efi­caz para man­ten­er a raya a quienes se salían de la nor­ma.

El “man­u­al de tor­tu­ra”: incluía instruc­ciones explíc­i­tas sobre cómo inter­rog­ar a una sospe­chosa, recomen­dan­do la tor­tu­ra como vía legí­ti­ma para obten­er con­fe­siones.

Pero si hay un detalle que con­vierte a la Bib­liote­ca de Mafra en un lugar leg­en­dario, ese es su sis­tema de con­ser­vación. Aquí no encon­trarás sofisti­cadas máquinas de clima­ti­zación ni pro­duc­tos quími­cos para espan­tar insec­tos: encon­trarás mur­ciéla­gos. Pequeños, dis­cre­tos, invis­i­bles durante el día, pero que al caer la noche salen a volar entre las estanterías. ¿Su mis­ión? devo­rar polil­las, cucarachas y cualquier otro bicho que ose acer­carse al papel. Gra­cias a ellos, durante sig­los los libros se han man­tenido en un esta­do de con­ser­vación envidi­a­ble. Los cuidadores colo­can cubier­tas en los mue­bles cada noche para evi­tar que el guano manche la madera y por la mañana reco­gen el tes­ti­mo­nio de que los “guardianes noc­turnos” han hecho su tra­ba­jo.

Un hos­pi­tal den­tro del con­ven­to

El con­ven­to de Mafra fue con­ce­bido para acoger a 300 frailes fran­cis­canos. Y claro, con tan­ta comu­nidad reli­giosa, era nece­sario un espa­cio des­ti­na­do al cuida­do de los enfer­mos. Así nació la enfer­mería, orga­ni­za­da de man­era fun­cional pero sigu­ien­do tam­bién un aire mon­u­men­tal, porque en Mafra todo tenía que impre­sion­ar, inclu­so la enfer­medad.

La sala es amplia, con camas alin­eadas y sep­a­radas por corti­nas, al esti­lo de un hos­pi­tal antiguo. Todo dis­puesto con una mez­cla de aus­teri­dad fran­cis­cana y orden casi mil­i­tar.

Además de las salas de reposo, con­ta­ba con una capil­la propia, situ­a­da de man­era que los enfer­mos pudier­an asi­s­tir a misa des­de la cama. De hecho, la dis­posi­ción arqui­tec­tóni­ca per­mitía ver el altar des­de cualquier pun­to de la enfer­mería, para que nadie quedara pri­va­do del con­sue­lo espir­i­tu­al. Este detalle nos habla de la men­tal­i­dad de la época: la salud del cuer­po era impor­tante pero más aún la del alma.

Los tratamien­tos se basa­ban en hier­bas med­i­c­i­nales, san­grías y reme­dios tradi­cionales. La cien­cia médi­ca ape­nas había avan­za­do y la may­oría de cuida­dos eran palia­tivos. La enfer­mería servía tam­bién para sep­a­rar a los frailes enfer­mos del resto de la comu­nidad, evi­tan­do con­ta­gios. Algo que hoy lla­maríamos “cuar­ente­na”.

 

La Sala de Diana

Si el Pala­cio de Mafra es un exce­so bar­ro­co, la Sala de Diana es la prue­ba de que Juan V y sus suce­sores no tenían mesura a la hora de dec­o­rar. Es una de las salas más boni­tas del pala­cio, uti­liza­da para recep­ciones, bailes y cer­e­mo­nias, y debe su nom­bre a la diosa Diana, la diosa romana de la caza, rodea­da de sus nin­fas. La sala tam­bién se conoce como Salón de Caza, ya que era aquí donde se orga­ni­z­a­ban recep­ciones rela­cionadas con este tema. 

Nada más entrar, el vis­i­tante siente que se encuen­tra en un teatro de már­moles y fres­cos. Las pro­por­ciones son grandiosas, el espa­cio es lumi­noso y las pare­des pare­cen quer­er con­tar his­to­rias por todas partes. En el cen­tro, la dec­o­ración gira en torno a la figu­ra de Diana como sím­bo­lo de la caza y la nat­u­raleza, algo que conecta­ba con la fun­ción del pala­cio: recordemos que Mafra esta­ba rodea­do de un vas­to coto real de caza, donde reyes y nobles prac­ti­ca­ban una de sus diver­siones favoritas.

La pres­en­cia de Diana no es casu­al. La diosa era pro­tec­to­ra de los bosques, la luna y la fer­til­i­dad, y en cier­to modo, servía como ale­goría del poder regio: igual que ella dom­ina­ba la caza, el rey dom­ina­ba sus ter­ri­to­rios. Cada detalle de la sala –des­de los estu­cos has­ta las pin­turas murales– esta­ba pen­sa­do para ensalzar esa idea de grandeza.

Fíjate bien en la foto de aba­jo. Al fon­do podrás ver un detalle de lo más curioso: una pin­tu­ra que sim­u­la una puer­ta entre­abier­ta rep­re­sen­ta una esce­na inte­ri­or con Selene, diosa de la Luna, y su ama­do, el pas­tor Endim­ión.

Palacio Mafra

Diana rep­re­senta­ba la inde­pen­den­cia y la fuerza pero tam­bién la fer­til­i­dad y la pro­tec­ción. Para los reyes, invo­car su figu­ra era casi un ejer­ci­cio de pro­pa­gan­da: si Diana dom­ina­ba la nat­u­raleza, el monar­ca debía dom­i­nar su reino con la mis­ma autori­dad. Así, la sala no solo era un espa­cio para cel­e­brar ban­quetes; era un man­i­fiesto visu­al. Cada fres­co, cada escul­tura y cada detalle dec­o­ra­ti­vo envi­a­ban un men­saje claro: la caza era poder y el rey era el cazador supre­mo.

 

La Sala de Caza

La de Diana no era la úni­ca sala inspi­ra­da en la caza. En la Sala de la Caza no hay tapices refi­na­dos ni lám­paras de cristal de Mura­no. Lo que hay es cuer­nos. Muchos cuer­nos. Cuer­nos con­ver­tidos en arte, en mue­bles y has­ta en lám­paras. Un hom­e­na­je a la afi­ción cinegéti­ca de los monar­cas por­tugue­ses que hoy resul­ta, como mín­i­mo, curioso.

Palacio Mafra

Lo que hace úni­ca a esta sala es su mobil­iario insól­i­to: sil­las con respal­do y bra­zos con­stru­i­dos con astas de cier­vo, que pare­cen más bien escul­turas que obje­tos prác­ti­cos. Sen­tarse en ellas debía de ser una mez­cla entre sen­tirse poderoso y arries­garse a salir con un araña­zo. Tam­bién hay lám­paras de araña hechas con cor­na­men­tas, que cuel­gan del techo como si fuer­an tro­feos en exhibi­ción. Más que ilu­mi­nar, pare­cen recor­dar­le al vis­i­tante quién man­da en el bosque.

Este tipo de dec­o­ración, tan lla­ma­ti­va, era habit­u­al en algunos pala­cios europeos del siglo XVIII y XIX, donde se bus­ca­ba mostrar la riqueza cinegéti­ca de la corte. En Mafra, sin embar­go, el con­traste con los salones refi­na­dos del resto del pala­cio hace que la sala sor­pren­da todavía más.

 

La Sala de Músi­ca

La Sala de Músi­ca era el lugar des­ti­na­do a concier­tos pri­va­dos y veladas musi­cales en el pala­cio. No debe­mos imag­i­narla como un audi­to­rio mod­er­no: era un espa­cio recogi­do, pen­sa­do para la intim­i­dad de la corte y los invi­ta­dos reales.

En este ambi­ente se inter­preta­ban piezas de cámara, se prob­a­ban nuevas com­posi­ciones y, en defin­i­ti­va, se dis­fruta­ba de la músi­ca como parte de la vida palac­i­e­ga. Recordemos que en el siglo XVIII la músi­ca no era un lujo oca­sion­al: era una her­ramien­ta fun­da­men­tal de pres­ti­gio y edu­cación.

Sala Musica Mafra

La sala con­ser­va un mobil­iario ele­gante y, sobre todo, instru­men­tos musi­cales históri­cos que hoy sor­pren­den al vis­i­tante. Entre ellos desta­can:

Clav­icém­ba­los de exquisi­ta fac­tura, pin­ta­dos y dora­dos, que eran la joya de cualquier salón aris­tocráti­co.

Pianos de época, tes­ti­gos de cómo la músi­ca fue evolu­cio­nan­do y con­qui­s­tan­do salones en toda Europa.

Instru­men­tos de cuer­da y vien­to que forma­ban parte de pequeñas orques­tas corte­sanas.

Todo el con­jun­to trans­mite esa mez­cla de lujo y del­i­cadeza que tenía la músi­ca en la corte: no era solo entreten­imien­to, era tam­bién una for­ma de pro­pa­gan­da cul­tur­al.

Curiosi­dades de la Sala de Músi­ca

  • El rey meló­mano: Juan V, aunque más famoso por su mega­lo­manía arqui­tec­tóni­ca, tam­bién fue un gran mece­nas musi­cal. De hecho, envió músi­cos por­tugue­ses a estu­di­ar a Italia para impor­tar lo mejor de la ópera y de la músi­ca sacra.

  • Una corte con ban­da sono­ra: no olvidemos que Mafra no era solo con­ven­to; tam­bién era res­i­den­cia real. Y la músi­ca esta­ba pre­sente tan­to en las misas de la basíli­ca (con sus seis órganos mon­u­men­tales) como en las veladas más ínti­mas de esta sala.

  • Instru­men­tos úni­cos: algunos de los que se exhiben en Mafra son piezas rarísi­mas, fab­ri­cadas por lutieres famosos de Europa, lo que añade aún más val­or al con­jun­to.

  • De esce­nario corte­sano a museo: hoy la sala fun­ciona como un espa­cio museís­ti­co, donde se mues­tran los instru­men­tos en vit­ri­nas, casi como si fuer­an joyas.

 

El Salón de los Ban­quetes

Cuan­do uno pien­sa en un pala­cio bar­ro­co, se imag­i­na tronos, fres­cos mitológi­cos y bib­liote­cas infini­tas. Pero los reyes y nobles, además de posar y gob­ernar, tam­bién tenían que com­er. Y para eso esta­ba la Sala de Jan­tar (lit­eral­mente, “sala de com­er”) del Pala­cio de Mafra. Este espa­cio nos abre una ven­tana muy difer­ente al uni­ver­so corte­sano: el momen­to de la mesa, donde la eti­que­ta, la abun­dan­cia y la teatral­i­dad se servían en el mis­mo pla­to.

La Sala de Jan­tar era el lugar donde se cel­e­bra­ban las comi­das ofi­ciales de la famil­ia real y de la corte. No hablam­os de un come­dor ínti­mo sino de un salón amplio, pen­sa­do para impre­sion­ar a los invi­ta­dos.

Las mesas se llen­a­ban de man­jares, vajil­las de pla­ta y copas de cristal. Com­er aquí era un espec­tácu­lo tan­to como una necesi­dad. Los ban­quetes eran actos políti­cos: servían para mostrar poder, riqueza y hos­pi­tal­i­dad.

Curiosi­dades 

  • Com­er con públi­co: en muchas cortes euro­peas, los ban­quetes reales eran semi­públi­cos. Los invi­ta­dos y has­ta cier­tos corte­sanos de menor ran­go podían obser­var cómo comía el rey, como si fuera un rit­u­al. Mafra no fue excep­ción.

  • El pro­to­co­lo del tene­dor: la eti­que­ta era estric­ta. Cada pla­to tenía su cubier­to y los sirvientes debían coor­di­narse para que todo saliera a la per­fec­ción. Un fal­lo en el ser­vi­cio podía ser tan grave como un error en el con­se­jo real.

  • Ban­quetes inter­minables: se servían has­ta 8 o 10 platos en una sola comi­da, sin con­tar postres, vinos y licores. La abun­dan­cia era clave para dejar claro que en la mesa del rey nun­ca falta­ba nada.

  • El con­traste con los frailes: mien­tras la corte se daba fes­tines en la Sala de Jan­tar, los fran­cis­canos comían en silen­cio en su refec­to­rio, sigu­ien­do una dieta mucho más mod­es­ta. Otra de esas parado­jas que hacen tan fasci­nante a Mafra.

Sala de Jantar

Un pala­cio para no habitar

Curiosa­mente, a pesar de su tamaño colos­al, el Pala­cio de Mafra ape­nas fue usa­do como res­i­den­cia real. Juan V pasó tem­po­radas en él pero nun­ca lo con­vir­tió en su hog­ar prin­ci­pal. Sus suce­sores lo vis­i­taron esporádica­mente y, poco a poco, el edi­fi­cio fue cayen­do en un extraño aban­dono: demasi­a­do grande para llenarse, demasi­a­do cos­toso de man­ten­er. Algu­nas salas fueron dis­eñadas solo para man­ten­er la simetría arqui­tec­tóni­ca, sin ningún uso real. El pala­cio tiene más de 4.700 puer­tas y ven­tanas pero muchas de ellas eran dec­o­ra­ti­vas y nun­ca se usaron.

Muchas salas per­manecieron cer­radas durante sig­los, sin un uso claro. Algu­nas estancias fueron uti­lizadas para alma­ce­namien­to, otras para alo­jar tropas y en oca­siones se con­virtieron en hos­pi­tal impro­visa­do. Mafra fue más un escaparate que un hog­ar.

El Esco­r­i­al en España fue la ref­er­en­cia con­stante. Felipe II lo había con­ce­bido como monas­te­rio, pala­cio y pan­teón real. Juan V quiso hac­er lo mis­mo en Por­tu­gal pero con un esti­lo bar­ro­co mucho más exu­ber­ante. Mien­tras que El Esco­r­i­al es severo y aus­tero, Mafra es orna­men­tal y lumi­noso. El primero refle­ja el espíritu con­trar­reformista de España; el segun­do, la exu­ber­an­cia del bar­ro­co ital­iano apli­ca­do a la Por­tu­gal colo­nial. Si El Esco­r­i­al es recogimien­to, Mafra es ostentación.

En el siglo XIX, Mafra se con­vir­tió en des­ti­no de via­jeros román­ti­cos. Algunos lo describían como una mar­avil­la, otros como una ruina vacía. El escritor francés Alexan­dre Her­cu­lano lo llamó “un gigante dormi­do en un pueblo pequeño”. El con­traste entre la mag­ni­tud del pala­cio y la mod­es­tia del pueblo seguía generan­do asom­bro. Muchos coin­cidían en que era un edi­fi­cio fuera de escala, casi absur­do en su ubi­cación.

Juan V murió en 1750 sin ver del todo con­clu­i­da su obra. Su suce­sor, José I, heredó un pala­cio que era tan­to orgul­lo como car­ga. Con el tiem­po, Mafra se con­vir­tió en sím­bo­lo de una época de esplen­dor colo­nial que pron­to se desmoronaría. La riqueza brasileña comen­zó a ago­tarse y Por­tu­gal entró en un declive del que tar­daría sig­los en recu­per­arse.

 

Salón del Trono

El Salón del Trono no era un espa­cio cualquiera. Aquí se recibía a emba­jadores, se orga­ni­z­a­ban audi­en­cias y se cel­e­bra­ban cer­e­mo­nias ofi­ciales. No importa­ba lo que se dijera en esas reuniones: lo impor­tante era el esce­nario, pen­sa­do para dejar claro que quien ocu­pa­ba el trono esta­ba a años luz del resto de los mor­tales.

La sala está pre­si­di­da, cómo no, por el trono real, situ­a­do estratégi­ca­mente para dom­i­nar la estancia. Frente a él, un espa­cio amplio donde se situ­a­ban corte­sanos y vis­i­tantes, que debían man­ten­er las dis­tan­cias físi­cas y sim­bóli­cas con el monar­ca.

Todo en la sala esta­ba cal­cu­la­do para trans­mi­tir autori­dad. Los már­moles poli­cro­ma­dos, los fres­cos con ale­gorías clási­cas y los tapices no eran meros adornos: eran un man­u­al visu­al de pro­pa­gan­da. En las pare­des y techos se desple­ga­ban esce­nas de vir­tudes, batal­las y sím­bo­los de la monar­quía. Era como un libro bar­ro­co: cada figu­ra tenía un men­saje que reforz­a­ba la idea de un rey jus­to, sabio y todopoderoso.

Palacio Mafra

Curiosi­dades

  • El pro­to­co­lo del silen­cio: cualquiera no podía hablar al rey en esta sala. Los vis­i­tantes debían esper­ar a ser inter­pela­dos y a veces la audi­en­cia con­sistía más en esper­ar que en hablar.

  • Dis­tan­cias cal­cu­ladas: el trono esta­ba ele­va­do para que el monar­ca pareciera físi­ca­mente más alto. No es casu­al­i­dad: el espa­cio esta­ba dis­eña­do para que inclu­so el vis­i­tante más alti­vo se sin­tiera empe­queñe­ci­do.

  • Un salón de teatro real: más que un espa­cio políti­co, era casi un esce­nario teatral. El rey en su trono era el actor prin­ci­pal; el resto, sim­ples fig­u­rantes.

 

Los jar­dines

Cuan­do uno ter­mi­na de recor­rer los inter­minables pasil­los del Pala­cio de Mafra y sale al exte­ri­or, el cuer­po pide aire. Y ahí están los jar­dines reales, un con­trape­so verde a tan­ta mole de piedra.

No se tra­ta de unos jar­dines inmen­sos como los de Ver­salles, pero sí de un espa­cio cuida­do al detalle, pen­sa­do para com­bi­nar plac­er y util­i­dad. Eran el lugar de paseo de la corte pero tam­bién fun­ciona­ban como huer­tos y espa­cios de exper­i­mentación botáni­ca.

Los jar­dines se dis­tribuyen en ter­razas y parter­res geométri­cos, sigu­ien­do la moda bar­ro­ca de los sig­los XVII y XVIII. Cam­i­nan­do por ellos uno se encuen­tra con setos recor­ta­dos, estanques y estat­uas que recuer­dan más a Italia que a Por­tu­gal. La idea era clara: inclu­so fuera del edi­fi­cio, Mafra debía ser una rep­re­sentación del orden y el poder.

En pri­mav­era, los jar­dines se llenan de col­or, y es fácil imag­i­nar a las damas de la corte pase­an­do con sus vesti­dos volu­mi­nosos mien­tras los músi­cos toca­ban en pequeños quioscos. El con­traste entre la sev­eri­dad del pala­cio y la ale­gría de los jar­dines es uno de esos detalles que hacen espe­cial a Mafra.

Pero si hay un ele­men­to exte­ri­or que com­ple­ta la expe­ri­en­cia de Mafra, ese es la Tapa­da Nacional de Mafra. Se tra­ta de un enorme coto de caza crea­do en 1747, que se extiende por más de 800 hec­táreas de bosques, praderas y col­i­nas. La Tapa­da fue con­ce­bi­da como lugar de recreo para la famil­ia real. Aquí caz­a­ban cier­vos, jabalíes y cone­jos, sigu­ien­do la tradi­ción de la aris­toc­ra­cia euro­pea. Tam­bién se usa­ba como espa­cio de exper­i­mentación agrí­co­la y fore­stal: se plan­taron especies nuevas, se intro­du­jeron ani­males y se dis­eñaron senderos para paseos a cabal­lo.

Mafra

Hoy la Tapa­da se ha recon­ver­tido en par­que nat­ur­al. Los vis­i­tantes pueden recor­rerla a pie, en bici­cle­ta o en tren turís­ti­co. La fau­na sigue sien­do abun­dante: cier­vos, gamos, muflones, jabalíes y zor­ros habi­tan entre rob­les, alcornoques y pinos. Tam­bién es un paraí­so para obser­vadores de aves, con más de 120 especies reg­istradas. Cam­i­nar por la Tapa­da es como via­jar en el tiem­po: uno siente que pisa el mis­mo bosque que vieron los reyes pero aho­ra abier­to a todos.

Pocos mon­u­men­tos han esta­do tan mar­ca­dos por un libro como el Pala­cio de Mafra. En 1982, José Sara­m­a­go pub­licó Memo­r­i­al del con­ven­to, una nov­ela que recrea la con­struc­ción del pala­cio des­de la per­spec­ti­va del pueblo.

Sara­m­a­go no nar­ra la his­to­ria des­de los ojos del rey sino des­de los obreros, sol­da­dos y mujeres que sufrieron para lev­an­tar­lo. Intro­duce per­son­ajes fic­ti­cios como Bal­tasar y Blimun­da, que sir­ven de hilo con­duc­tor para mostrar el con­traste entre la grandeza de la obra y la mis­e­ria de quienes la hicieron posi­ble.

La nov­ela con­vir­tió a Mafra en sím­bo­lo de la mega­lo­manía real y el sac­ri­fi­cio pop­u­lar. Dejó de ser solo un edi­fi­cio mon­u­men­tal para con­ver­tirse en metá­fo­ra de Por­tu­gal: un país capaz de lev­an­tar mar­avil­las pero a cos­ta de su gente.

Leer a Sara­m­a­go antes o después de vis­i­tar Mafra cam­bia por com­ple­to la expe­ri­en­cia. Cuan­do cam­i­nas por los pasil­los y recuer­das sus pal­abras, el eco de los obreros parece seguir pre­sente.

Aunque Memo­r­i­al del con­ven­to es la obra más famosa, Mafra tam­bién ha inspi­ra­do a otros artis­tas. Pin­tores por­tugue­ses del siglo XIX lo plas­maron en lien­zos como ejem­p­lo de orgul­lo nacional. Via­jeros román­ti­cos lo descri­bieron en cróni­cas que oscil­a­ban entre la fasci­nación y el sar­cas­mo.

En tiem­pos recientes, el pala­cio ha servi­do como esce­nario de pelícu­las y doc­u­men­tales. Su tamaño y su esta­do de con­ser­vación lo con­vierten en un plató nat­ur­al per­fec­to. Una de las pro­duc­ciones más son­adas fue Las her­manas de la Mag­dale­na, que aprovechó su atmós­fera solemne.

 

Vis­i­tar Mafra hoy: guía prác­ti­ca para el via­jero

El Pala­cio Nacional de Mafra es hoy uno de los mon­u­men­tos más impor­tantes de Por­tu­gal y Pat­ri­mo­nio Mundi­al de la UNESCO des­de 2019. A difer­en­cia de otros lugares más sat­u­ra­dos como Sin­tra, aquí aún se puede dis­fru­tar de cier­ta tran­quil­i­dad, sobre todo si se elige bien la fecha de la visi­ta.

Horar­ios y entradas

  • 📍 Ubi­cación: Mafra, a 40 km de Lis­boa.

  • Horario: abier­to de martes a domin­go, de 9:30 a 17:30. Cier­ra los lunes, como muchos museos por­tugue­ses.

  • 🎟️ Entra­da: 6 € la tar­i­fa gen­er­al, con des­cuen­tos para jóvenes, estu­di­antes, famil­ias y may­ores. Los menores de 12 años entran gratis.

  • Duración recomen­da­da: mín­i­mo 3 horas para recor­rer pala­cio, basíli­ca y bib­liote­ca. Si se añade la Tapa­da, con­viene reser­var medio día extra.

Cómo lle­gar des­de Lis­boa

  • 🚗 En coche: unos 40 min­u­tos por la autopista A8/A21. Es la opción más flex­i­ble, sobre todo si se quiere com­bi­nar con Eri­ceira u Óbidos.

  • 🚌 En auto­bús: la empre­sa Mafrense conec­ta Lis­boa (Cam­po Grande) con Mafra en unos 45–50 min­u­tos. Es cómo­do y bara­to.

  • 🚆 En tren: no hay conex­ión direc­ta, lo que limi­ta esta opción.

Con­se­jo per­son­al: si via­jas sin coche, el auto­bús es la mejor alter­na­ti­va. Si tienes coche, com­bi­na Mafra con la cos­ta de Eri­ceira para un día per­fec­to de cul­tura y mar. Eri­ceira es uno de nue­stros pueb­los favoritos en Por­tu­gal, una mar­avil­la de casitas blan­cas que miran al Atlán­ti­co.

 

📷 Fotografía: está per­mi­ti­da en la may­oría de las salas, sal­vo en áreas especí­fi­cas. Con­viene pre­gun­tar antes.

🎧 Vis­i­tas guiadas: disponibles en var­ios idiomas. Recomend­able para enten­der mejor la his­to­ria.

👟 Calza­do cómo­do: el pala­cio es enorme, prepárate para cam­i­nar mucho.

🕰️ Evi­ta las prisas: Mafra no se dis­fru­ta cor­rien­do sino perdién­dose entre pasil­los.

 

Vis­i­tar Mafra es una expe­ri­en­cia ambiva­lente. Por un lado, resul­ta imposi­ble no mar­avil­larse ante su escala, su simetría, la belleza de su basíli­ca y la magia de su bib­liote­ca. Por otro, uno no puede olvi­dar que todo aque­l­lo se lev­an­tó con el sudor —y la vida— de miles de hom­bres arran­ca­dos de sus pueb­los. Mafra impre­siona pero tam­bién inco­mo­da.

Es un recorda­to­rio de lo que la ambi­ción humana puede con­seguir cuan­do hay recur­sos ilim­i­ta­dos pero tam­bién de lo que cues­ta cada piedra cuan­do detrás hay desigual­dad y sac­ri­fi­cio. Al salir, uno se pre­gun­ta: ¿es legí­ti­mo admi­rar tan­to esplen­dor cuan­do sabe­mos el pre­cio que tuvo? La respues­ta no es sen­cil­la. Quizá por eso Mafra fasci­na: porque nos obliga a reflex­ionar sobre el poder, la fe y la vanidad.

El Pala­cio Nacional de Mafra no es un mon­u­men­to más. Es una lec­ción de his­to­ria, arqui­tec­tura y lit­er­atu­ra con­den­sa­da en piedra. Si vis­i­tas Por­tu­gal, ded­i­ca al menos un día a Mafra. Te prome­to que sal­drás con la mis­ma sen­sación que tuve yo: la de haber entra­do en un lugar que no debería exi­s­tir… y sin embar­go ahí está, desafi­ante y eter­no.


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo