Tomar: la ciudad de los templarios en Portugal

Tomar Portugal

Con­sid­er­a­dos, con toda la razón, tres de los más bel­los monas­te­rios del mun­do, Batal­ha, Tomar y Alcobaça son el gran orgul­lo arqui­tec­tóni­co de Por­tu­gal. Dis­tin­gui­dos los tres con el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad, se con­vierten en para­da indis­pens­able para aque­l­los que busquen remem­o­rar ese pasa­do de Por­tu­gal en el que era este país una de las grandes poten­cias mundi­ales. Nosotros decidi­mos incluir las tres vis­i­tas en nue­stro itin­er­ario del via­je que real­izamos en coche por el cen­tro de Por­tu­gal y os puedo ase­gu­rar que ha sido de lo más boni­to que hemos vis­to en Europa en toda nues­tra vida via­jera.

Comen­zamos nues­tra andadu­ra en el extra­or­di­nario Con­ven­to de Cristo de Tomar, prob­a­ble­mente, jun­to al Castil­lo de Pon­fer­ra­da, la mejor heren­cia que nos han deja­do los tem­plar­ios en la penín­su­la ibéri­ca. Pocos lugares en el mun­do logran trans­mi­tir con tal sin­ceri­dad el pasa­do glo­rioso y a la vez con­vul­so del que gozaron / sufrieron sus con­struc­tores y moradores. Porque para com­pren­der Tomar y asim­i­lar su impor­tan­cia en la his­to­ria del pro­pio Por­tu­gal, hay que enten­der antes cómo se for­jó y desar­rol­ló la his­to­ria mis­ma de la enig­máti­ca, mis­te­riosa y vilipen­di­a­da Orden del Tem­ple. 

Los tem­plar­ios nacieron a prin­ci­p­ios del siglo XII de una man­era disc­re­ta en Jerusalén, sin grandes aspavien­tos pero con una mis­ión clara: defend­er en Tier­ra San­ta los ter­ri­to­rios sagra­dos frente a los infieles. Su cometi­do prin­ci­pal era pro­te­ger a los miles de pere­gri­nos que cada año se desplaz­a­ban a Jerusalén. Frente a ellos se encon­tra­ba una sociedad con­for­ma­da por una población mix­ta en la que tenían cabi­da musul­manes, judíos, cris­tianos, grie­gos, suníes y chiíes… un gal­i­matías social en el que el Tem­ple intenta­ba pon­er orden imponien­do su religión, la cris­tiana, a las bravas.

Templarios

De paso, se enriquecían arrasan­do pueb­los y aldeas y fun­dan­do en con­se­cuen­cia pala­cios, con­ven­tos y monas­te­rios por difer­entes lugares de Europa. Por otro lado, disponían de las grandes for­tu­nas que traían muchos de los nobles que entra­ban en la Orden, aparte de la can­ti­dad de heren­cias y dona­tivos que recibían de parte de muchos fieles. Sería en Gran Bre­taña, Fran­cia, España y Por­tu­gal donde con­tarían con pos­e­siones de may­or impor­tan­cia. Sólo cien años después, a prin­ci­p­ios del siglo XIII, ya se habían con­ver­tido en la prin­ci­pal poten­cia económi­ca de Europa, lo que comen­zó a lev­an­tar ampol­las entre bue­na parte de los poderosos de la época, reyes inclu­i­dos. 

Estos rece­los y envidias desem­bo­caron en una de las per­se­cu­ciones más san­gri­en­tas de la His­to­ria. Fue Felipe IV, jun­to a la Inquisi­ción france­sa y el Papa Clemente, el prin­ci­pal insti­gador de este acoso. Inca­paz de sal­dar la deu­da económi­ca que tenía con el Tem­ple, decidió acabar con la Orden fuese como fuese. Les acusó de blas­femos, de prac­ticar la sodomía y ado­rar a fal­sos ído­los, de rene­gar de Cristo y de juguetear con la magia. Así, más de 15.000 tem­plar­ios fueron arresta­dos de la noche a la mañana. Se les tor­turó con fiereza y muchos de ellos acabaron que­ma­dos en hogueras, a la vista de ese pueblo llano que pocos años antes les con­sid­er­a­ba sus héroes y sal­vadores y les vitore­a­ba cuan­do regresa­ban tri­un­fantes de las cam­pañas mil­itares. Entre ellos se encon­tra­ba el Gran Maestre Jacques de Molay, quien maldijo al rey y al Papa antes de morir que­ma­do vivo frente a la Cat­e­dral de Notre Dame. El Papa fal­l­ecía ape­nas 30 días después y Felipe IV sólo siete meses más tarde.

Lo curioso es que hace no mucho tiem­po, los archivos secre­tos del Vat­i­cano desve­laron un secre­to a voces: los doc­u­men­tos ofi­ciales con­firma­ban que la Orden del Tem­ple no había cometi­do here­jía. Felipe el Her­moso, al bor­de de la ban­car­ro­ta, había manip­u­la­do de un modo vil el desar­rol­lo de la His­to­ria y, abu­san­do de su poder, se adueñó de las incon­ta­bles riquezas ate­so­radas por los tem­plar­ios durante dos sig­los. Aunque dichos doc­u­men­tos recono­cen que la Orden se rela­jó en sus buenos hábitos y comen­z­a­ba a aso­mar el indi­cio de la cor­rup­ción, la degen­eración no era tal como para caer víc­ti­ma de seme­jantes acusa­ciones y aún menos de morir tan­tos tem­plar­ios en la hoguera.

Pese a que la Orden del Tem­ple ape­nas sobre­vivió dos sig­los, su huel­la fue muy amplia en tier­ras por­tugue­sas. Bajo la pro­tec­ción de los sober­a­nos lusos, que los aco­gieron agrade­cien­do su ayu­da en la Recon­quista, expul­san­do a los árabes del país, fueron los úni­cos tem­plar­ios europeos que con­sigu­ieron sal­varse de la caza de bru­jas. Lo hicieron gra­cias a la benev­o­len­cia del rey Dom Dinis, quien pese a que dis­olvió la orden en 1314, per­mi­tió que se recon­virtiera en la Ordo Mil­i­tae Jesu Christi u Ordem Mil­i­tar de Nos­so Sen­hor Jesus Cristo, más cono­ci­da como la Orden de los Caballeros de Cristo. Esta Orden tuvo un papel fun­da­men­tal en la aven­tu­ra col­o­nizado­ra de Por­tu­gal en África, Améri­ca y Asia, finan­cian­do infinidad de expe­di­ciones, la may­or parte de ellas al Nue­vo Mun­do. 

Aprovechamos este dato para ahon­dar en esa leyen­da, que mucho puede ten­er de real­i­dad y a la que se ha ded­i­ca­do más de un libro, que habla del rumor de que Cristóbal Colón no fuera el primer occi­den­tal en lle­gar a Améri­ca. Ya os hablam­os en su día de que ese rol, el de los des­cubri­dores de un nue­vo con­ti­nente, hubiera podi­do haber caí­do ante­ri­or­mente en vikin­gos o chi­nos. Pero tam­bién en los tem­plar­ios, quienes durante décadas con­tro­laron miles de kilómet­ros de costas euro­peas y con­ta­ban en su haber con unas de las flotas más impor­tantes del mun­do. Cuan­do en 1307, el 13 de Octubre más conc­re­ta­mente, se les acusó de here­jía y se les apresó, se cree que unos cuan­tos tem­plar­ios con­sigu­ieron lle­gar has­ta el puer­to de La Rochelle en Fran­cia, car­ga­dos con sus tesoros, y partieron en una quin­ce­na de bar­cos. Nun­ca más se supo de ellos pero diver­sas teorías podrían ver­i­ficar que su des­ti­no era Améri­ca, ese Nue­vo Con­ti­nente que Colón no des­cubriría has­ta casi dos sig­los después. Se dice que cuan­do las tropas de Colón desem­bar­caron en Méx­i­co, los nativos dijeron “que otros hom­bres blan­cos habían esta­do allí mucho antes que ellos”. Y esos mis­mos tem­plar­ios, los her­manos que se habían queda­do en Europa, deci­dieron que sería en la ciu­dad de Tomar, en la región de Santarem, donde con­stru­irían su cuar­tel gen­er­al.

Praça da Repúbli­ca, en el cen­tro de Tomar, con su car­ac­terís­ti­co sue­lo de mosaicos blan­cos y negros. En ella se encuen­tra el Ayun­tamien­to, la igle­sia de São João Bap­tista y la estat­ua del per­son­aje más ilus­tre de Tomar y su fun­dador: el Gran Maestre Gualdim Pais.

Tomar Portugal

Una ciu­dad, baña­da por el río Nabão, que nació bajo los pre­fec­tos de la Orden del Tem­ple, con cua­tro mon­u­men­tos reli­giosos en cada extremo dan­do for­ma a una cruz per­fec­ta. De ellos, desta­ca el Con­ven­to de Cristo, sin duda algu­na la may­or y mejor con­struc­ción tem­plar­ia de todo Por­tu­gal.

El monas­te­rio se fundó en 1162 por el Gran Maestre del Tem­ple en Por­tu­gal, Gualdim Pais, en un área de casi 50 hec­táreas. Sólo tres años antes se había don­a­do el área de la ciu­dad de Tomar a los tem­plar­ios, gra­cias a la cesión real­iza­da por el rey de entonces, Dom Alfon­so I, tras arrebatar a los musul­manes el reino taifa de Bada­joz.

Lo primero que encon­traremos nada más lle­gar son las mural­las que forma­ban parte de la línea defen­si­va que pro­tegía a la que por aquel entonces era la cap­i­tal de Por­tu­gal, la ciu­dad de Coim­bra. Jun­to a ellas, el Castil­lo de Tomar, que como comen­ta­mos era pieza clave de esta serie de castil­los-for­t­alezas, la Línea del Tajo, que defendían los ter­ri­to­rios arrebata­dos a Al-Andalus por parte de los por­tugue­ses. Un castil­lo que en su época con­sti­tuyó una rev­olu­ción arqui­tec­tóni­ca, al incor­po­rar novedades impor­tadas de Ori­ente como los refuer­zos en la base de la mural­la para man­ten­er ale­jadas las máquinas de ase­dio, téc­ni­cas que los tem­plar­ios aprendieron de los musul­manes en sus batal­las en Tier­ra San­ta. A la derecha aún se con­ser­van la alcaz­a­ba y la Torre del Hom­e­na­je de ori­gen románi­co.

Convento Tomar

La primera estancia que atrav­es­amos es la Plaza de Armas

Convento Tomar

El infante Dom Hen­rique, gob­er­nador de la Orden a medi­a­dos del siglo XV, ordenó con­ver­tir la antigua casa mil­i­tar en un pala­cio, el Paço do Infante, hoy en ruinas. 

Convento Tomar

Al cruzar los jar­dines, lo que antigua­mente con­sti­tuían el patio del pro­pio castil­lo, lleg­amos al impre­sio­n­ante Con­ven­to de Cristo, cuya facha­da ya deja sin pal­abras. En ella desta­ca la figu­ra de la Vir­gen y el Niño rodea­d­os de pro­fe­tas.

Convento Tomar

A medi­a­dos del siglo XII se lev­an­tó este con­ven­to, emplaza­do en lo alto de una col­i­na (la Mata dos Sete Montes) y rodea­do de bosques, lo que le rodea de más mis­te­rio aún si cabe. De hecho, se cuen­ta que el gran maestre se ayudó del eso­ter­is­mo para encon­trar el enclave jus­to donde se lev­an­taría el con­ven­to. Que no era otro que el lugar donde yacían las ruinas de la antigua ciu­dad romana de Sel­l­i­um y por donde pasa­ba la prin­ci­pal calza­da romana de Lusi­ta­nia.

Los tem­plar­ios no deja­ban nada al azar. Se cree, de hecho, que en la penín­su­la se ubi­caron var­ios de sus castil­los y con­ven­tos for­man­do una gigan­tesca cruz tem­plar­ia que ten­dría su cen­tro en Ucero (Soria), ya que éste se encuen­tra en el pun­to exac­to que divide a la penín­su­la ibéri­ca en dos mitades iguales. Des­de allí sal­drían líneas para­le­las en las que se fueron con­struyen­do enclaves como Cul­la, la Torre de los Tem­plar­ios de Car­ava­ca o el Castil­lo de Pon­fer­ra­da. Y, por supuesto, la ciu­dad de Tomar.

Lo primero que nos encon­tramos es el Claus­tro da Lavagem, de dos plan­tas: en la infe­ri­or se encon­tra­ban los almacenes, las coci­nas y los cuar­tos de los cri­a­dos. La plan­ta infe­ri­or acogía las habita­ciones de los mon­jes y se for­ró de azule­jos en el siglo XVI.

A con­tin­uación ten­emos el Claus­tro do Cemitério, este de una sola plan­ta, con arcos apun­ta­dos y cuya prin­ci­pal fun­ción era de pan­teón. Así, aquí encon­tramos las tum­bas de Don Dio­go de Gama (her­mano del con­quis­ta­dor Vas­co de Gama) y el diplomáti­co Bal­tazar de Faria. En la esquina podemos encon­trar la Capela de Sao Jorge y algo más allá la Sac­ristía Nue­va, con cruces de la Orden sobre un fon­do oscuro. Como podéis obser­var en las fotos, el con­ven­to se con­ser­va en tan buen esta­do y su plan­ta es tan cin­e­matográ­fi­ca que en varias oca­siones el grupo teatral Fatias de Cá ha hecho rep­re­senta­ciones de “El nom­bre de la rosa”, remem­o­ran­do aquí la famosa nov­ela de Umber­to Eco que pos­te­ri­or­mente pro­tag­o­nizó en la gran pan­talla Sean Con­nery.

Claustro do Cemitério

Aquí aba­jo la Capela dos Por­to­car­reiros, capil­la funer­aria para la famil­ia de dicho apel­li­do, dec­o­ra­da con los típi­cos azule­jos lusi­tanos y escenif­i­can­do pasajes de la Pasión de Cristo.

Capela dos Portocarreiros

La igle­sia, cono­ci­da como La Charo­la u Orá­to­rio dos Tem­plários, a mí par­tic­u­lar­mente fue lo que más me gustó de todo el con­ven­to. Me pare­ció impre­sio­n­ante. Esta igle­sia, que comen­zó con­struyén­dose en esti­lo románi­co y final­izán­dose en góti­co, es la joya de la coro­na del monas­te­rio. En su inte­ri­or está dec­o­ra­da con todo detalle, con fres­cos de Domin­go Vieira y Simão de Abreu.

Charola Tomar

La igle­sia, con una plan­ta de dieciséis lados, imi­ta a la del San­to Sepul­cro de Jerusalén (y tam­bién a la mezqui­ta de Omar) y tiene una clara influ­en­cia bizan­ti­na. Hay que ten­er en cuen­ta que el Con­ven­to de Cristo no dejó de ampli­arse durante al menos 500 años, por lo que las pin­turas que podemos admi­rar datan del siglo XVI. Estas rep­re­sen­tan difer­entes pasajes de la Bib­lia. Se dice que los caballeros tem­plar­ios lle­ga­ban a misa a cabal­lo. 

La Charo­la, jun­to al pro­pio castil­lo, es el ele­men­to más antiguo de todo el recin­to y por eso es un lugar más espe­cial si cabe. Aunque después se con­struy­era la igle­sia manueli­na, a la que está uni­da por una arca­da, este es el autén­ti­co corazón de Tomar. 

Charola Tomar

Claus­tro prin­ci­pal del Con­ven­to de Tomar. Pre­si­di­do por una curiosa fuente con la for­ma de la cruz grie­ga, la de la Orden de Cristo, se con­vir­tió en la edi­fi­cación prin­ci­pal durante la refor­ma de la Orden de Cristo del año 1929, dirigi­da por Frei António de Lis­boa. Este claus­tro vino a ocu­par el espa­cio de uno ante­ri­or, no demoli­do, por lo que ambos con­viv­en en las dos plan­tas de vivien­das. En 1619, poco antes de la visi­ta de Felipe II de Por­tu­gal, se conec­tó la fuente con el cer­cano Acue­duc­to dos Pegões. El claus­tro, inspi­ra­do en los dis­eños del arqui­tec­to Sebas­tiano Ser­lio, es un hom­e­na­je a la escuela ital­iana y está remata­do en sus esquinas con sin­u­osas escaleras de cara­col.

Claustro Tomar

Corre­dores inte­ri­ores del con­ven­to

Convento Tomar

Una de las imá­genes más pecu­liares del Con­ven­to de Cristo está en el Claus­tro de San­ta Bár­bara, el de la Janela da Sala do Capí­tu­lo, la extra­or­di­nar­ia ven­tana que podéis con­tem­plar a mi espal­da. La enmar­ca una sin­gu­lar mez­cla de adornos de piedra con motivos mari­nos y nat­u­rales como algas, maro­mas, ramas y cade­nas, en hon­or a ese océano del que los tem­plar­ios se sen­tían dueños. En la parte baja de la ven­tana se puede obser­var la figu­ra de un anciano del que sur­gen las raíces de un árbol.

Janela da Sala do Capítulo

Aquí aba­jo ten­emos el Refec­to­rio, la inmen­sa sala que los mon­jes usa­ban como come­dor y que esta­ba comu­ni­ca­do con la coci­na por una antecá­mara. Durante las comi­das no se per­mitía con­ver­sar ya que des­de los púl­pi­tos se leían capí­tu­los de la Bib­lia.

Refectorio Tomar

Ten­emos aquí un grandísi­mo horno de pan donde los mon­jes prepara­ban los panes que pos­te­ri­or­mente repartían entre los más nece­si­ta­dos. 

Convento Tomar

Claus­tro da Micha, donde aparte del horno, se encon­tra­ban los almacenes, las ofic­i­nas, las coci­nas y un acce­so a la cis­ter­na sub­ter­ránea donde desem­bo­ca­ban los con­duc­tos san­i­tar­ios. Al oeste del claus­tro se hal­la el Corre­dor del Novi­ci­a­do y la Capela dos Reis Magos, donde ora­ban los novi­cios. Al sur, el Claus­tro dos Cor­vos, donde esta­ban el Scrip­to­ri­um y la Sala dos Estu­dos, donde estu­di­a­ban los frailes.

Claustro Micha Tomar

Después de recor­rer el Con­ven­to de Tomar, la pre­gun­ta que flota­ba en el aire era ¿siguen existien­do los tem­plar­ios? Ofi­cial­mente, en el caso de Por­tu­gal, la Orden de Cristo dejó de “ejercer” en el siglo XIX pero son muchas las teorías que afir­man que no sólo ellos sino los miles de tem­plar­ios que vivían en Fran­cia, España o Inglater­ra habrían deja­do de heren­cia la con­tin­uación de su estirpe bajo la capa de una orga­ni­zación clan­des­ti­na. Esta heren­cia no sería físi­ca, al cumplir los tem­plar­ios antigu­os el voto de casti­dad y no poder ten­er hijos, sino espir­i­tu­al: se heredan las creen­cias. De hecho, son bas­tantes las aso­cia­ciones a lo largo y ancho del mun­do que cla­man con­tin­uar su lega­do, como la Orden Mil­i­tar y Sober­ana del Tem­p­lo de Jerusalén o la Mili­cia del Tem­ple.

Se cree que dis­tribui­dos por difer­entes país­es exis­ten más de 50.000 per­sonas que se auto­de­nom­i­nan “tem­plar­ios”, pertenecientes a unas 400 aso­cia­ciones difer­entes, y que se nie­gan a verse como una sec­ta, sino como una orga­ni­zación enorme que vela por la seguri­dad de la comu­nidad cris­tiana. Son caballeros que obe­de­cen a una jer­ar­quía, ya que son una orden mil­i­tar, cuya máx­i­ma es dar más a quien menos tiene. Sean herederos reales o no, el caso es que parece quedar lejos, muy lejos, aque­l­la época en que lucha­ban con espadas y se les acus­a­ba de ado­rar a dios­es malig­nos como Baphomet en oscuras cat­acum­bas.

Vis­i­tas

Precio de la entrada

Entra­da indi­vid­ual: 6€.
Entra­da de con­jun­to (Rota do Património Mundi­al — Alcobaça, Batal­ha, Con­ven­to de Cristo): 15€.
Exis­ten des­cuen­tos para may­ores de 65 años, famil­ias numerosas, menores de edad, y posee­dores del car­net joven.
La entra­da es gratis el primer domin­go de cada mes para gru­pos infe­ri­ores a 12 per­sonas

Horario

De octubre a mayo de 9:00 a 17:30 (últi­ma entra­da a las 17:00).
De junio a sep­tiem­bre de 9:00 a 18:30 (últi­ma entra­da a las 18:00).
Cer­ra­do el 1 de Enero, Domin­go de Pas­cuas, 1 de Mayo y 25 de Diciem­bre


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