Viaje a Memphis, hogar de Elvis Presley

La sigu­iente eta­pa de nue­stro via­je nos lle­varía a Mem­phis, tam­bién en el esta­do de Ten­nessee y a unas cua­tro horas en coche de Nashville. Como sólo íbamos a pasar una noche allí, decidi­mos lev­an­tarnos bas­tante pron­to ya que queríamos poder vis­i­tar Grace­land, la casa de Elvis Pres­ley, antes de com­er, así que desayu­namos tem­pra­no aprovechan­do que en el motel de Nashville sí nos incluían el desayuno, cogi­mos el coche y a tirar mil­las. A mitad de camino paramos en un área de ser­vi­cio donde pudi­mos coger unos fol­letos turís­ti­cos bas­tante jugosos de Mem­phis y sus alrede­dores. La ver­dad que en ese aspec­to los amer­i­canos ayu­dan al via­jero que da gus­to. Quien se pier­da lugares para vis­i­tar será por fal­ta de tiem­po o interés pero no de infor­ma­ción.

Cuan­do lleg­amos a Mem­phis, nos fuimos direc­ta­mente a Grace­land, el hog­ar de Elvis Pres­ley, la segun­da casa más vis­i­ta­da de Esta­dos Unidos tras la Casa Blan­ca (recibe cer­ca de 600.000 vis­i­tantes al año) y con­sid­er­a­da Mon­u­men­to Nacional. Está situ­a­da a poco más de 14 kilómet­ros de Mem­phis. Nada más lle­gar y aparcar el coche en el park­ing inmen­so de las inmedia­ciones, nos comen­zamos a per­catar del rendimien­to económi­co que se le saca a la figu­ra de Elvis: cua­tro restau­rantes (Rock­a­bil­ly’s Burg­er Shop, Shake, Split & Dip, Chrome Grille y el Rock N’ Roll Cafe), un hotel (el Heart­break Hotel), un mon­tón de tien­das de sou­venirs… Sin embar­go, tuvi­mos la suerte de que al ser un miér­coles no nos encon­tramos las avalan­chas de tur­is­tas que debe haber los fines de sem­ana y eso que aún así, había bas­tante gente. En la puer­ta de entra­da un hom­bre de unos 60 años, como yo con su cor­re­spon­di­ente camise­ta de Elvis, me pidió hac­er­le una foto de recuer­do y me pre­gun­tó de donde veníamos. Al con­tes­tar­le que de España, me dijo “un largo via­je eh? yo aún ven­go des­de más lejos, soy aus­traliano”. Coin­cidi­mos ambos, al lado de la pla­ca de entra­da de Grace­land, que estar por fin allí era un sueño hecho real­i­dad. En pocos lugares del mun­do he sen­ti­do tan­ta emo­ción al verme ahí tras tan­tos años de espera.

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En cuan­to a los tick­ets, si vas a vis­i­tar la casa un sába­do o un domin­go, yo sí acon­se­jaría sacar­los pre­vi­a­mente por su pági­na web Graceland.com , primero para ahor­rarte colas y segun­do, para ase­gu­rarte que no te quedas sin ellos. Nosotros los com­pramos direc­ta­mente allí, cogi­mos uno de los más caros, el Plat­inum Tour, pero tam­bién de los más com­ple­tos. Nos incluía la visi­ta a la man­sión, el museo de los coches, la entra­da a los dos aviones, la exposi­ción de tro­feos y mem­o­ra­bil­ia, la entra­da a los estu­dios, las tum­bas y la exhibi­ción del doc­u­men­tal. El pre­cio, ya con tasas, fue de 49 dólares. A pri­ori nos pare­ció un poco caro pero cuan­do acabamos el tour casi cua­tro horas después, nos dimos cuen­ta que no lo era tan­to si lo com­parábamos con el pre­cio de otros museos y el tiem­po que nos había lle­va­do la visi­ta. Además, como decía mi mari­do, ya que estás aquí, no sabes si volverás algu­na vez en la vida, asi que ya que vienes, que la visi­ta merez­ca la pena y no se te quede nada en el tin­tero.

Antes de comen­zar a des­gra­nar Grace­land, comen­to que bas­tante gente com­bi­na esta visi­ta con Tupe­lo, en el esta­do de Mis­sis­sip­pi, el pueblo donde nació Elvis Pres­ley (aún se con­ser­va su casa natal), a una hora y media en coche de Mem­phis. A nosotros eso nos supon­dría sac­ri­ficar la visi­ta a la propia ciu­dad de Mem­phis asi que decidi­mos quedarnos con Grace­land. En cualquier caso, creo que cualquier fan de Elvis se puede sen­tir más que sat­is­fe­cho vis­i­tan­do Grace­land ya que repasa con­cien­zu­da­mente la may­or parte de su vida.

 

Aunque como comenta­ba antes Elvis nació en Tupe­lo, la may­or parte de su exis­ten­cia estu­vo lig­a­da a Mem­phis ya que se mudó aquí con su famil­ia cuan­do tenía 13 años. Además, en Mem­phis comen­zó su impa­ra­ble car­rera discográ­fi­ca cuan­do ape­nas cumpl­i­da la vein­te­na, fue des­cu­bier­to por Sam Philips, el dueño de Sun Records. Aquí vivió sus primeros sueños y la explosión del blues, su estrel­la­to, su mat­ri­mo­nio con Priscil­la, el nacimien­to de su úni­ca hija Lisa Marie, has­ta que con sólo 42 años fal­l­e­ció por un ataque al corazón en su cuar­to de baño en Grace­land. Si hay una ciu­dad que debe todo a Elvis (y a la que Elvis debe todo) esta es Mem­phis, una urbe de may­oría negra cuyo mejor emba­jador fue, curiosa­mente, un blan­co.

 

Comence­mos con el tour. Nada más lle­gar, has de esper­ar al bus que te acer­cará a la man­sión y donde te harán entre­ga de una audio­guía (un Ipad, aquí no reparan en gas­tos). Está en var­ios idiomas, asi que selec­cionad el castel­lano y según vayáis recor­rien­do las difer­entes estancias, os vais enteran­do de todo con deten­imien­to. Grace­land me sor­prendió para bien porque pese a ser una man­sión bas­tante amplia, no es el típi­co capri­cho de mul­ti­mil­lonario endiosa­do, al con­trario. Elvis podía ser muy excén­tri­co en otras fac­etas de su vida pero no en su vivien­da. Sí, es grande, 1.600 met­ros cuadra­dos, pero en abso­lu­to me pare­ció pom­posa o recar­ga­da. Advier­to, eso sí, que abier­to al públi­co sólo está el primer piso y el sótano, la plan­ta supe­ri­or es de uso pri­va­do de Priscil­la y Lisa Marie Pres­ley.

 

Como os digo, la casa no es extrav­a­gante en abso­lu­to (al menos a mí no me lo pare­ció) y está dec­o­ra­da con mucho gus­to. Un salón con un sofá blan­co de casi cin­co met­ros, una coci­na donde Elvis solía colo­car una lista con los pro­duc­tos que nun­ca podían fal­tar en ella (des­de man­te­qui­l­la de cac­ahuete a pud­ding de plá­tano) y una habitación de mat­ri­mo­nio para los padres del can­tante, aunque cuan­do Gladys, su madre, fal­l­e­ció en 1958, su padre Ver­mon la con­tin­uó usan­do con Dee Stan­ley, su segun­da esposa (has­ta que Elvis se can­só y les echó a la calle, las rela­ciones entre Elvis y su madras­tra nun­ca fueron bue­nas).

Aunque a mí lo que más me gustó de este piso, sin dudar­lo, fue la Jun­gle Room. Elvis se enam­oró de Hawaii des­de lo que vis­itó por primera vez en 1957, allí filmó  tres pelícu­las ( “Blue Hawaii”, “Girls,girls,girls” y “Par­adise, Hawai­ian Style”) y grabó una de sus actua­ciones más mem­o­rables “Alo­ha from Hawaii”, que sigu­ieron por tele­visión 1.500 mil­lones de per­sonas. Por dicho moti­vo, recreó en su propia casa, aprovechan­do un patio que había detrás de la coci­na para con­stru­ir una habitación, una sala dec­o­ra­da con temáti­ca tiki que le hicier­an sen­tir más cer­ca sus año­radas islas. En un prin­ci­pio, con la inten­ción de que fuera un área de des­can­so, aunque con el tiem­po se acabó con­vir­tien­do en un estu­dio de grabación. Dec­o­ra­da con plan­tas exóti­cas y motivos hawai­ianos, cuen­ta con la curiosi­dad de con­ser­var el “telé­fono portable” del artista: Elvis fue una de las primeras per­sonas en con­tar con uno de los pre­cur­sores de nue­stros telé­fonos móviles.

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La Jun­gle Room
 
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En el sótano podemos encon­trar dos salas (se baja por una escalera muy estrecha), la de tele­visión, donde Elvis con­ta­ba con tres tele­vi­sores (todo un lujo en aque­l­la época) y la sala de bil­lar.

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Jardín trasero de Grace­land
 

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La pisci­na
 

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Ady­a­cente a la man­sión, se encuen­tra otra casa más pequeña que Elvis usa­ba como ofic­i­na y para sus prác­ti­cas de tiro.

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Elvis Pres­ley, después de los Bea­t­les, es el artista que más dis­cos ha ven­di­do en toda la his­to­ria de la músi­ca: 600 mil­lones de copias. 72 pre­mios a lo largo de su car­rera y una for­tu­na per­son­al de 300 mil­lones de dólares que se incre­men­ta cada año en otros 50 mil­lones gra­cias a las ganan­cias de Grace­land y la ven­ta de mer­chan­dise.

 

Algu­nas fotos de la exposi­ción que puedes admi­rar en Grace­land

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Tum­ba de Elvis, que cada año recibe miles de flo­res y coro­nas. Tiene la par­tic­u­lar­i­dad de, inex­plic­a­ble­mente, ten­er impre­so mal el segun­do nom­bre del can­tante (era Aron, no Aaron). Se encuen­tra en el Med­i­ta­tion Gar­den. El funer­al de Elvis fue uno de los más mul­ti­tu­di­nar­ios que se recuer­dan. A finales de Agos­to de 1977, su cuer­po recor­rió las calles de Mem­phis por últi­ma vez en un coche fúne­bre, acom­paña­do de 49 lim­ou­si­nas blan­cas. Más de 100.000 per­sonas salieron a la calle a decir­le adiós.

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Maque­ta a escala de la casa natal de Elvis en Tupe­lo
 

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En Grace­land tam­bién se expone la colec­ción de coches de Elvis. Pres­ley era un fan abso­lu­to de los automóviles y era habit­u­al ver­le pase­an­do por Mem­phis en alguno de sus impre­sio­n­antes Cadil­lac. El primero que com­pró fue uno rosa en 1955.

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Con el Plat­inum Tour nos entra­ba tam­bién el acce­so a los dos aviones pri­va­dos de Elvis, el Hound Dog II y el Lisa Marie. Aunque a prin­ci­p­ios de este año se rumoreó que después de más de 30 años expuestos, se pens­a­ba reti­rar­los de Grace­land, la hija de Elvis, Lisa Marie, lo ha des­men­ti­do. Con ellos Elvis vola­ba de concier­to a concier­to y son casa con alas, sobre todo el Lisa Marie, que con­ta­ba con sala de reuniones, cameri­no, cuar­to de baño com­ple­to, salón, habita­ciones para que Elvis y sus acom­pañantes des­cansaran… Parece men­ti­ra lo que puede caber den­tro de un avión si te deshaces de los asien­tos.

 
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Aña­di­do a esto, pudi­mos ver la exposi­ción con mate­r­i­al rarísi­mo propiedad de Elvis, des­de zap­atos, ropa y artícu­los per­son­ales de todo tipo a dis­cos descat­a­lo­ga­dos, mate­r­i­al que han don­a­do los fans como entradas a concier­tos suyos y después vimos en una sala de cine un doc­u­men­tal. Para el final dejamos lo de ojear las tien­das de sou­venirs, que Lo dicho, que sí, 49 dólares, pero qué bien amor­ti­za­dos. Superó mis expec­ta­ti­vas como fan al cien por cien. Para mí un sueño cumpli­do!

 

Dejamos Grace­land atrás y nos fuimos a cono­cer Mem­phis. Y el primer sitio que nos acer­camos a ver el restau­rante Arcade, el más antiguo de Mem­phis (data de 1919, direc­ción 540 South Main Street) y donde Elvis iba a menudo a desayu­nar antes de con­ver­tirse en una estrel­la mediáti­ca. Es boni­to-boni­to!!! Su dec­o­ración prac­ti­ca­mente no ha cam­bi­a­do nada des­de hace décadas y es uno de los lugares más autén­ti­cos de la ciu­dad.

 
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Hay que recono­cer que Mem­phis no es una ciu­dad boni­ta (pasamos por bas­tantes bar­rios muy deprim­i­dos, donde se pal­pa en el aire la pobreza y la dejadez) y lidia con un prob­le­ma gravísi­mo: el de la inse­guri­dad. Con­sid­er­a­da la ter­cera ciu­dad más peli­grosa del país, por detrás de Detroit (Michi­gan) y Oak­land (Cal­i­for­nia), mi con­se­jo es que si sales por la noche, sea en los aledaños de Beale Street porque hay bar­rios cier­ta­mente com­pli­ca­dos. Inclu­so nue­stro motel, el Motel 6 Down­town, resultó ser el peor del via­je con difer­en­cia. La habitación bas­tante cutre, un pes­ta­zo a por­ro que tira­ba para atrás, wifi de pago y ni un café para desayu­nar, aparte de encon­trarse en una zona bas­tante sór­di­da.

 
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Indud­able­mente, Beale Street es el alma de Mem­phis. Con­sid­er­a­da como “la calle más emblemáti­ca de todo Esta­dos Unidos” (y lo apoy­amos total­mente porque es cier­to) en sus casi tres kilómet­ros de lon­gi­tud se agol­pan los clubs y restau­rantes más rep­re­sen­ta­tivos de la ciu­dad. Si hay un lugar en USA donde el blues lo sea todo, es éste. Y eso que a medi­a­dos de los años 70 estu­vo a pun­to de desa­pare­cer por la inse­guri­dad que azota­ba el área y los gra­dos de decrepi­tud que arrasa­ban el vecin­dario. Sin embar­go, con el esfuer­zo local se con­sigu­ió reci­clar­la y hoy es el prin­ci­pal atrac­ti­vo turís­ti­co de Mem­phis. A mí fue uno de los lugares que más me gustó de todo el via­je.

 
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Cuan­do lleg­amos a Beale Street, comen­z­a­ba una tor­men­ta tan bru­tal que nos lle­garon avi­sos al telé­fono del ser­vi­cio mete­o­rológi­co aler­tan­do de posi­bles tor­na­dos e inun­da­ciones. Aprovechamos que era mediodía para res­guardarnos de la llu­via y así com­er en el club más míti­co de la ciu­dad, el del gui­tar­rista, recien­te­mente fal­l­e­ci­do, B.B. King , cuyo des­file fúne­bre recor­rió pre­cisa­mente esta calle. El local es alu­ci­nante, las cosas como son, y enci­ma con músi­ca en direc­to… aunque caro (pagas donde estás): unos 35 dólares por cabeza tenien­do en cuen­ta que por per­sona sólo cae un pla­to y una cerveza. Uno de los que ped­i­mos fueron los típi­cos tomates verdes fritos, una de las estrel­las de la gas­tronomía sureña, que, por cier­to, esta­ban deli­ciosos.

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El Hard Rock Cafe es otro de los bares míti­cos de Mem­phis
 
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Después de com­er, quedamos con una pare­ja de Valen­cia ami­ga nues­tra, Nikk y Vio­le­ta, que pre­cisa­mente se acaba­ban de mudar a Mem­phis sólo un mes antes. Aprovechan­do que había deja­do de llover, nos lle­varon a tomar una cerveza al Bar Coy­ote, que tan­to pop­u­lar­izó la pelícu­la…

 
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El Daisy no sólo es el teatro más impor­tante de Mem­phis. Con­struí­do en 1902, tam­bién es de los más boni­tos. Cer­ca tam­bién se encuen­tra el New Daisy, otro clási­co.

 
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Según va cayen­do la noche, Beale Street comien­za a ani­marse ya en serio: lle­gan un mon­tón de moteros con sus Harley David­son, los músi­cos calle­jeros inun­dan de blues y rock el ambi­ente, la gente entra y sale de los bares y  en prac­ti­ca­mente todos los locales hay un grupo tocan­do en direc­to. Nues­tra noche en el Blues City Cafe, uno de los impre­scindibles de Mem­phis, fue fran­ca­mente fab­u­losa.

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En Mem­phis tam­bién se encuen­tra la fábri­ca de gui­tar­ras de Gib­son

 
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En la acera tam­bién puedes encon­trar un Walk of Fame con músi­cos cono­cidísi­mos…

 
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Aquí te dejamos el pro­gra­ma de radio que dedicamos a Mem­phis en nue­stro pro­gra­ma La Ruta 61 de Radio Via­jera…

 
 

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