Liérganes (Cantabria): el pueblo del hombre-pez

Uno de los pueb­los más boni­tos de Cantabria es Liér­ganes: se sitúa en el corazón verde de la comu­nidad, en el valle del río Miera, a ape­nas 25 kilómet­ros de San­tander pero a años de dis­tan­cia emo­cional del tur­is­mo de masas. Nosotros le incluimos en una de nues­tras rutas por la ter­ru­ca y nos dejó com­ple­ta­mente enam­ora­dos, y eso que es muy, muy chiq­ui­ti­to.

Hablar de Liér­ganes es hablar de un lugar donde la his­to­ria no se exhibe, se intuye. No es un pueblo que grite su pasa­do des­de grandes mon­u­men­tos ni pla­cas con­mem­o­ra­ti­vas; lo hace des­de la piedra des­gas­ta­da de sus casas, des­de la geometría de sus puentes, des­de el cur­so lento del río Miera, que ha sido durante sig­los tes­ti­go y pro­tag­o­nista de todo lo que aquí ha ocur­ri­do. La his­to­ria de Liér­ganes no puede enten­der­se sin su geografía ni sin su relación casi sim­bióti­ca con el agua, el ais­lamien­to y el tra­ba­jo humano.

Los primeros asen­tamien­tos en el entorno de Liér­ganes se remon­tan a tiem­pos pre­rro­manos. Cantabria, mucho antes de ser una región admin­is­tra­ti­va, ya era un ter­ri­to­rio habita­do por pueb­los que conocían bien el ter­reno, los ríos y los pasos nat­u­rales entre valles. El valle del Miera ofrecía algo fun­da­men­tal para la super­viven­cia: agua con­stante, tier­ras fér­tiles y una posi­ción estratég­i­ca entre la cos­ta y el inte­ri­or. Aunque no se con­ser­van grandes restos arque­ológi­cos den­tro del núcleo urbano actu­al, la con­tinuidad de poblamien­to en la zona está ampli­a­mente doc­u­men­ta­da, lo que indi­ca que este valle nun­ca fue un lugar mar­gin­al, sino un espa­cio vivi­do y tra­ba­ja­do des­de muy tem­pra­no.

Durante la época romana, Cantabria no fue una región espe­cial­mente urban­iza­da pero sí tran­si­ta­da. Las calzadas, los caminos secun­dar­ios y las rutas com­er­ciales aprovecharon los valles nat­u­rales para conec­tar la cos­ta con el inte­ri­or de la penín­su­la. Liér­ganes, o mejor dicho su entorno, quedó inte­gra­do en esa red de comu­ni­ca­ciones disc­re­tas pero esen­ciales. No fue una ciu­dad romana pero tam­poco un ter­ri­to­rio ajeno al mun­do romano. El paso del tiem­po aquí no se pro­du­jo a base de rup­turas sino de super­posi­ciones.

La Edad Media mar­ca el ver­dadero nacimien­to del Liér­ganes que hoy cono­ce­mos. Es en este peri­o­do cuan­do el pueblo empieza a estruc­turarse como núcleo estable, artic­u­la­do en torno al río y a una economía fun­da­men­tal­mente agrí­co­la y ganadera. Las casas se lev­an­tan sigu­ien­do patrones fun­cionales, pen­sadas para resi­s­tir la humedad, el frío y el paso del tiem­po. La piedra se con­vierte en el mate­r­i­al dom­i­nante, no por estéti­ca sino por necesi­dad. Muchas de las con­struc­ciones que hoy admi­ramos tienen su ori­gen en esta época o beben direc­ta­mente de sus for­mas y solu­ciones arqui­tec­tóni­cas.

Durante sig­los, Liér­ganes fue un pueblo rel­a­ti­va­mente ais­la­do, como tan­tos otros del inte­ri­or cántabro. Ese ais­lamien­to, que hoy se percibe como encan­to, fue durante mucho tiem­po una lim­itación. Sin embar­go, tam­bién per­mi­tió que el pueblo desar­rol­lara una iden­ti­dad propia, ale­ja­da de las grandes trans­for­ma­ciones urbanas que afec­taron a otros lugares. La vida gira­ba en torno al río Miera, que pro­por­ciona­ba agua, energía para moli­nos y un eje nat­ur­al de comu­ni­cación. El río no era un dec­o­ra­do: era infraestruc­tura, recur­so y fron­tera.

El gran pun­to de inflex­ión en la his­to­ria de Liér­ganes lle­ga en el siglo XVII, cuan­do el pueblo se ve arrastra­do —casi sin bus­car­lo— a una trans­for­ma­ción pro­fun­da lig­a­da a la indus­tria del hier­ro. La cer­canía de bosques, agua abun­dante y yacimien­tos de min­er­al con­vir­tió la zona en un lugar idó­neo para el desar­rol­lo de fundi­ciones. Es entonces cuan­do Liér­ganes y su entorno pasan a for­mar parte de uno de los proyec­tos indus­tri­ales más ambi­ciosos de la España de la época: las Reales Fábri­c­as de Artillería.

Este pro­ce­so no solo cam­bió la economía del pueblo sino tam­bién su fisonomía y su estruc­tura social. Lle­garon téc­ni­cos espe­cial­iza­dos, inge­nieros extran­jeros, tra­ba­jadores cual­i­fi­ca­dos y una nue­va for­ma de enten­der el tra­ba­jo y la orga­ni­zación del espa­cio. La riqueza gen­er­a­da por la indus­tria se tradu­jo en la con­struc­ción de casas más sól­i­das, palacetes, edi­fi­cios civiles y reli­giosos de may­or enti­dad. No se trató de un crec­imien­to des­or­de­na­do sino de una expan­sión que dejó huel­la en el urban­is­mo que hoy seguimos con­tem­p­lan­do.

Lo intere­sante de Liér­ganes es que, a difer­en­cia de otros núcleos indus­tri­ales, no quedó devo­ra­do por su propia pros­peri­dad. Cuan­do la activi­dad met­alúr­gi­ca entró en declive, el pueblo no colap­só ni se trans­for­mó en una ruina indus­tri­al. Sim­ple­mente volvió, de for­ma grad­ual, a una economía más mod­es­ta, apoy­a­da en el cam­po, en los ser­vi­cios y en su posi­ción estratég­i­ca den­tro de Cantabria. Esa tran­si­ción suave expli­ca por qué Liér­ganes con­ser­va hoy un equi­lib­rio tan poco habit­u­al entre pat­ri­mo­nio, vida cotid­i­ana y tur­is­mo.

El siglo XVIII y XIX con­sol­i­daron la ima­gen del pueblo que ha lle­ga­do has­ta nue­stros días. Se reforzaron infraestruc­turas, se lev­an­taron puentes, se definió el cas­co históri­co y se establecieron los límites entre el espa­cio urbano y el entorno nat­ur­al. A difer­en­cia de otros lugares, Liér­ganes no cre­ció de for­ma caóti­ca: su tamaño con­tenido es una de las claves de su coheren­cia visu­al y emo­cional. Aquí, todo parece estar donde debe estar.

Ya en el siglo XX, mien­tras muchos pueb­los rurales sufrían despoblación o trans­for­ma­ciones agre­si­vas, Liér­ganes encon­tró un nue­vo papel como lugar de des­can­so y salud, gra­cias a la tradi­ción ter­mal de la zona. El bal­n­eario, heredero de una larga relación con las aguas mineromed­i­c­i­nales, se inte­gró en la his­to­ria local como una con­tinuidad, no como una rup­tura. De nue­vo, el agua aparecía como ele­men­to cen­tral, cer­ran­do un cír­cu­lo que se había ini­ci­a­do sig­los atrás.

Hoy, Liér­ganes es el resul­ta­do de todas esas capas históri­c­as super­pues­tas. No es un pueblo con­ge­la­do en el tiem­po pero tam­poco uno que haya rene­ga­do de su pasa­do. Su his­to­ria no se entiende des­de una sola época sino des­de la suma de muchas pequeñas deci­siones, adapta­ciones y resisten­cias. Es un lugar donde la his­to­ria no se expli­ca en voz alta pero se siente al cam­i­nar por sus calles, al cruzar sus puentes y al obser­var cómo el río sigue fluyen­do, exac­ta­mente igual que hace sig­los.

Es pre­cisa­mente el acoge­dor bar­rio del Mer­cadil­lo, el epi­cen­tro del pueblo, donde mejor se saborea ese regus­to de épocas doradas, con man­siones y casonas seño­ri­ales afer­radas al dicho del “que tuvo, retu­vo”. El cas­co históri­co de Liér­ganes no se entiende sin sus casonas. No están ahí para adornar ni para impre­sion­ar al vis­i­tante oca­sion­al: fueron casas de poder, lev­an­tadas por famil­ias que con­tro­laron la economía local durante sig­los, espe­cial­mente en el peri­o­do de esplen­dor indus­tri­al vin­cu­la­do a la artillería y a las Reales Fábri­c­as del entorno.

A difer­en­cia de otros pueb­los donde las casas nobles se con­cen­tran en un úni­co eje, en Liér­ganes las casonas apare­cen integradas en el teji­do urbano, mez­cladas con vivien­das más humildes, como recorda­to­rio con­stante de una sociedad jer­ar­quiza­da pero com­pacta.

La Casa de los Cañones es, sin dis­cusión, una de las edi­fi­ca­ciones civiles más emblemáti­cas de Liér­ganes. Su nom­bre no es metafóri­co ni román­ti­co: los cañones que flan­quean su facha­da son reales y están direc­ta­mente vin­cu­la­dos a la his­to­ria met­alúr­gi­ca del valle del Miera.

Esta casona fue propiedad de famil­ias rela­cionadas con la indus­tria de la fundi­ción y la artillería, un sec­tor que con­vir­tió a Liér­ganes en un enclave estratégi­co en la España mod­er­na. Su arqui­tec­tura es sobria pero con­tun­dente, como cor­re­sponde a una casa que debía trans­mi­tir esta­bil­i­dad, poder y pres­ti­gio sin necesi­dad de exce­sos dec­o­ra­tivos. El uso de la piedra bien escuadra­da, los vanos amplios y la dis­posi­ción simétri­ca de la facha­da respon­den a una men­tal­i­dad prác­ti­ca: estas no eran res­i­den­cias de recreo sino cen­tros de gestión económi­ca y social. La casa fun­ciona­ba como vivien­da, ofic­i­na y sím­bo­lo.

Otra de las con­struc­ciones más rel­e­vantes es el Pala­cio de Cues­ta Mer­cadil­lo, ejem­p­lo per­fec­to de cómo la nobleza rur­al cántabra supo adap­tarse a un entorno pro­duc­ti­vo sin renun­ciar a su esta­tus. Este pala­cio desta­ca por su vol­u­men, su ubi­cación estratég­i­ca y la pres­en­cia de un escu­do heráldico bien vis­i­ble, que no solo iden­ti­fi­ca­ba a la famil­ia propi­etaria sino que actu­a­ba como declaración públi­ca de lina­je. En Liér­ganes los escu­d­os no eran un adorno: eran un lengua­je. Arqui­tec­tóni­ca­mente, el edi­fi­cio responde al mod­e­lo de pala­cio mon­tañés: plan­ta rec­tan­gu­lar, muros robus­tos, escasa dec­o­ración super­flua y una clara jer­ar­quía de espa­cios inte­ri­ores. Todo esta­ba pen­sa­do para durar y para ser fun­cional en un cli­ma exi­gente.

Uno de los ras­gos más fasci­nantes de Liér­ganes es la can­ti­dad de casonas bla­son­adas que se con­ser­van en su cas­co históri­co. Muchas no tienen nom­bre pro­pio cono­ci­do pero todas com­parten un ele­men­to clave: el escu­do heráldico tal­la­do en piedra. Estos escu­d­os no solo indi­can nobleza; tam­bién hablan de alian­zas famil­iares, vín­cu­los con la Coro­na, par­tic­i­pación en car­gos admin­is­tra­tivos o mil­itares y riqueza acu­mu­la­da gra­cias a la indus­tria o la tier­ra.

En un pueblo como Liér­ganes, donde la movil­i­dad social exis­tió gra­cias al auge indus­tri­al, algu­nas famil­ias ascendieron económi­ca­mente y con­sol­i­daron su posi­ción lev­an­tan­do estas casonas. La arqui­tec­tura se con­vir­tió así en una her­ramien­ta de legit­i­mación social.

Las grandes casonas de Liér­ganes respon­den al mod­e­lo clási­co de arqui­tec­tura mon­tañe­sa, adap­ta­do a las condi­ciones climáti­cas y sociales del norte penin­su­lar. Sus ele­men­tos más car­ac­terís­ti­cos incluyen muros de piedra de gran grosor, bal­conadas de madera ori­en­tadas al sur, teja­dos a dos aguas con amplios aleros, en defin­i­ti­va, escasez de orna­mentación innece­saria. Este tipo de arqui­tec­tura no bus­ca deslum­brar sino resi­s­tir. Y en esa resisten­cia se ha con­ser­va­do has­ta hoy.

A difer­en­cia de otras zonas donde la mod­ern­ización arrasó con el pat­ri­mo­nio civ­il, en Liér­ganes muchas de estas casonas siguen en pie, algu­nas recon­ver­tidas, otras habitadas, otras sim­ple­mente obser­van­do el paso del tiem­po. Lo intere­sante es que estas casonas no existían ais­ladas del resto del pueblo. Alrede­dor de ellas se orga­ni­z­a­ba la vida económi­ca y social: cri­a­dos, arte­sanos, tra­ba­jadores de la fundi­ción, pequeños com­er­ciantes. Las casas nobles actu­a­ban como nodos de poder local, pero tam­bién como cen­tros de empleo y pro­tec­ción. Esta con­viven­cia expli­ca por qué Liér­ganes no desar­rol­ló una sep­a­ración rad­i­cal entre clases a niv­el urbano. El pueblo cre­ció de for­ma com­pacta y eso es vis­i­ble aún hoy al recor­rer sus calles.

En un pueblo donde la arqui­tec­tura siem­pre ha habla­do de fun­ción antes que de orna­men­to, la Posa­da La Giraldil­la ocu­pa un lugar espe­cial. No solo por su uso actu­al como alo­jamien­to sino por lo que rep­re­sen­ta den­tro del pro­ce­so de adaptación de Liér­ganes al tur­is­mo sin renun­ciar a su iden­ti­dad. La Torre Cacho, cono­ci­da tam­bién como La Giraldil­la, fue man­da­da con­stru­ir por el ter­rate­niente Manuel Cacho, se dice que con la inten­ción de escapar a las miradas indisc­re­tas de los veci­nos. 

El nom­bre puede inducir a error —y de hecho lo hace a menudo— pero La Giraldil­la no es un ele­men­to escultóri­co ni un sím­bo­lo mon­u­men­tal. Es una casa recon­ver­ti­da en posa­da, integra­da en el cas­co históri­co y coher­ente con el paisaje urbano del pueblo. La Giraldil­la for­ma parte de un mod­e­lo de alo­jamien­to muy con­cre­to: el de la posa­da rur­al, que en Liér­ganes tiene más sen­ti­do que el hotel con­ven­cional. No hablam­os solo de capaci­dad o pre­cio sino de filosofía. Hoy en día se ha con­ver­tido en uno de los alo­jamien­tos más pecu­liares de Liér­ganes.

Pase­an­do por Liér­ganes tienes la ben­di­ta sen­sación de encon­trarte en un lugar que ha podi­do escapar a la espec­u­lación inmo­bil­iaria, con man­siones heredadas gen­eración tras gen­eración, bas­tantes de ellas naci­das gra­cias al dinero que se tra­jeron los indi­anos cántabros que mar­charon a hac­er las Améri­c­as. La may­oría de estas casas son res­i­den­cias pri­vadas que no se pueden vis­i­tar por den­tro (a excep­ción del Pala­cio de Else­do, en cuyo inte­ri­or hay un museo de arte con­tem­porá­neo) pero ello no impi­de dis­fru­tar de su belleza exte­ri­or, que ya es bas­tante.

El indi­ano rompe con la estruc­tura social clási­ca del pueblo. No pertenece a la nobleza rur­al ni a las élites indus­tri­ales vin­cu­ladas al hier­ro y a las Reales Fábri­c­as. Su pres­ti­gio no pro­cede del lina­je ni del con­trol del ter­ri­to­rio sino de una expe­ri­en­cia per­son­al: emi­grar, arries­gar y tri­un­far fuera. Esa difer­en­cia se refle­ja de for­ma clara en la arqui­tec­tura. La casa indi­ana no bus­ca inte­grarse del todo ni replicar los mod­e­los tradi­cionales; bus­ca vis­i­bi­lizar un ascen­so social indi­vid­ual, no hereda­do.

Frente a la arqui­tec­tura mon­tañe­sa dom­i­nante en Liér­ganes —piedra, sobriedad, bal­conadas de madera, fun­cional­i­dad—, la arqui­tec­tura indi­ana intro­duce mat­ices nuevos: fachadas más claras y lumi­nosas, may­or cuida­do orna­men­tal, com­posi­ción más simétri­ca y dec­o­ra­ti­va, uso desta­ca­do del hier­ro en bal­cones y cer­ramien­tos y pres­en­cia del jardín como espa­cio rep­re­sen­ta­ti­vo. No se tra­ta de ostentación extrema sino de dis­tin­ción con­sciente. La casa indi­ana quiere ser recono­ci­da como algo dis­tin­to sin romper de for­ma agre­si­va con el entorno.

Mien­tras las casonas tradi­cionales de Liér­ganes exhiben escu­d­os heráldicos como prue­ba de antigüedad y con­tinuidad famil­iar, la arqui­tec­tura indi­ana pre­scinde casi por com­ple­to de estos sím­bo­los. No hay necesi­dad de jus­ti­ficar el esta­tus a través del pasa­do. Aquí el men­saje es otro: no impor­ta de dónde ven­go, sino lo que he con­segui­do. Esta ausen­cia de heráldica mar­ca una rup­tura sim­bóli­ca impor­tante en un pueblo donde la piedra había servi­do durante sig­los para fijar jer­ar­quías sociales.

Has­ta las tien­das han sabido respetar ese señorío de las man­siones, adap­tán­dose a la idios­in­cra­sia local y ofre­cien­do pro­duc­tos típi­cos como los sobaos pasie­gos o man­te­nien­do viva una tradi­ción local que tan­to dis­fru­ta­mos los madrileños, la de meren­dar choco­late con chur­ros. Pero para pro­duc­to local estrel­la, la cerveza arte­sanal Dougal­l’s, con­sid­er­a­da la mejor de Cantabria y ganado­ra de múlti­ples pre­mios. Se ofre­cen vis­i­tas guiadas a la fábri­ca y es, sin lugar a dudas, el mejor sou­venir de Liér­ganes que puedes lle­var a los ami­gos.

El Puente May­or (que muchos creen que es romano pero no, data del siglo XVI; como ocurre en tan­tos lugares del norte, el cal­i­fica­ti­vo de “romano” responde más a una tradi­ción oral que a una dat­ación real) no es un com­ple­men­to del paisaje: es el eje que lo orga­ni­za todo,  es el ele­men­to que artic­u­la el pueblo, conec­ta sus dos oril­las y da sen­ti­do al traza­do urbano. Sin él, Liér­ganes sería otra cosa. Con él, es exac­ta­mente lo que es.

Su con­struc­ción no estu­vo exen­ta de polémi­ca, ya que se obligó a Rucan­dio, una población cer­cana, a par­tic­i­par económi­ca­mente en la obra. Es, con difer­en­cia, el lugar más fotografi­a­do de Liér­ganes. Y no nos extraña porque es un rincón bel­lísi­mo, todo lo que le rodea emana cal­ma y feli­ci­dad. Se encuen­tra sobre las aguas del Miera, un cortísi­mo río de ape­nas 40 kilómet­ros de lon­gi­tud, cuyo nom­bre tam­bién se da a este valle, y está cus­to­di­a­do a lo lejos por los Picos de Busam­piro, dos pequeñas col­i­nas (Marimón y Cotil­lamón) a las que los lugareños cono­cen car­iñosa­mente como las Tetas de Liér­ganes. Durante sig­los, el río fue una fuente direc­ta de riqueza. Movió moli­nos, facil­itó activi­dades arte­sanales y fue esen­cial para el desar­rol­lo indus­tri­al del entorno, espe­cial­mente durante el auge met­alúr­gi­co de los sig­los XVII y XVIII.

Más allá del tramo más cono­ci­do jun­to al puente, el río Miera ofrece pequeños espa­cios donde sen­tarse, obser­var y sim­ple­mente estar. No son miradores ofi­ciales ni paseos dis­eña­dos: son rin­cones que se des­cubren cam­i­nan­do sin prisa. Des­de estas oril­las se ve el pueblo des­de otro ángu­lo, menos fotogéni­co pero más real. Las casas mues­tran su parte trasera, el río fluye sin pro­tag­o­nis­mo y todo parece seguir su cur­so sin aten­der a quien mira.

Pero si hay algo que real­mente hace de Liér­ganes un pueblo real­mente espe­cial es la entrañable leyen­da del hom­bre pez. Que ya sabe­mos que estas leyen­das son eso, cuen­tos hereda­dos de gen­eración en gen­eración, pero sin ellas el fol­clore pop­u­lar estaría huér­fano de esa fan­tasía que aún hoy envuelve a estas dimin­u­tas aldeas detenidas en el tiem­po.

Dicha leyen­da cuen­ta como en el año 1674 Fran­cis­co de la Vega, un pelir­ro­jo ori­un­do de Liér­ganes, había emi­gra­do a Bil­bao para bus­car opor­tu­nidades lab­o­rales con sus conocimien­tos de carpin­tero y, pese a ser un exper­to nadador, tuvo la mala suerte de desa­pare­cer en las aguas del mar Can­tábri­co la noche de San Juan. Todo el mun­do le dio por fal­l­e­ci­do has­ta que cin­co años después, un bar­co en Cádiz divisa a un ser acuáti­co al que atraen has­ta sus redes lanzán­dole carne y men­dru­gos de pan. Cuan­do logran atra­parle, des­cubren que es Fran­cis­co, cubier­to de esca­mas, con el ros­tro deforme, mem­branas en las manos y un aspec­to sim­i­lar al de un tritón.


Como el extraño ser no habla­ba ni con­seguía comu­ni­carse, los marineros, temien­do que fuera un ser malig­no surgi­do de las pro­fun­di­dades, deci­dieron lle­var­le al con­ven­to de San Fran­cis­co, donde durante una sem­ana se le realizaron múlti­ples exor­cis­mos sin resul­ta­do ninguno. Fue el fraile Juan Rosende quien, con mucha pacien­cia, logró que tar­ta­mudeara una sola pal­abra: “Liér­ganes”. Así supieron cuál era el pueblo donde había naci­do y dónde se encon­tra­ba su famil­ia. Mien­tras tan­to, el hom­bre-pez sufría ataques de ira, mostrán­dose tan agre­si­vo que dos alguaciles tuvieron que cus­to­di­ar­le para que no atacara a nadie ni se escapara. La mejor solu­ción era lle­var­le a su pueblo y que sus alle­ga­dos se ocu­paran de él.

Le mon­taron en una car­reta de madera y, tras muchos días de via­je, arrib­an en Liér­ganes. Unos kilómet­ros antes, presin­tien­do que su hog­ar esta­ba cer­ca, Fran­cis­co se apea del car­ro y se dirige rau­do hacia una casona, la que se encon­tra­ba al final de la aveni­da prin­ci­pal, donde su madre sale a su encuen­tro y no puede creer lo que ven sus ojos: frente a ella está su hijo desa­pare­ci­do, Fran­cis­co, a quien dieron por per­di­do cin­co años antes. Todo el pueblo sale a recibir­le entre gri­tos y vítores.

Des­de entonces, Fran­cis­co vivirá en un cober­ti­zo cer­cano a la casa, sin mur­mu­rar más pal­abras que “pan” o “vino” e inten­tan­do evi­tar a los que le obser­van como si fuera un mon­struo. Tras años ais­la­do y en abso­lu­ta soledad, inca­paz de rela­cionarse con famil­iares o ami­gos, una bue­na noche se sumerge en las frías aguas del río Miera y desa­parece para siem­pre.

La leyen­da tiene tal impor­tan­cia en Liér­ganes que el Moli­no de Mer­cadil­lo, del siglo XVII, fue reha­bil­i­ta­do y con­ver­tido en el Cen­tro de Inter­pretación del Hom­bre Pez. Y jus­to enfrente podemos dis­fru­tar de la bel­lísi­ma escul­tura del hom­bre pez jun­to al río Miera, obra de Javier Anievas.

 


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