La expo de “Yo fui a EGB”: así vivimos los años 80

Naranjito

Si sois unos nos­tál­gi­cos emped­ernidos como nosotros, el artícu­lo que tenéis por delante os va a resul­tar de lo más apeti­toso. Y es que los via­jes no sólo se desar­rol­lan en la dis­tan­cia geográ­fi­ca sino que tam­bién pueden hac­erse en el tiem­po. Esto es lo que nos ha ocur­ri­do cuan­do hemos vis­i­ta­do la exposi­ción “Yo fui a EGB”, un even­to al que le teníamos muchas ganas tras devo­rar los libros pre­de­ce­sores que escri­bieron Javier Izkar y Jorge Díaz y que tan buenísi­mos recuer­dos nos tra­jeron de nues­tra infan­cia.

20191229_120118_Easy-Resize.com

Tras el éxi­to con­segui­do en  Gijón el pasa­do ver­a­no, lle­ga­ba a Madrid, más conc­re­ta­mente al espa­cio MEEU de la Estación de Chamartín, uno de los grandes atrac­tivos turís­ti­cos de la tem­po­ra­da. Debo mati­zar, eso sí, que era esta una exposi­ción ded­i­ca­da a un públi­co muy especí­fi­co: los que vivi­mos nues­tra infan­cia y ado­les­cen­cia en los glo­riosos años 80. Lo comen­to porque me llamó la aten­ción ver a padres y madres de nues­tra quin­ta que acud­ían con sus hijos: los prog­en­i­tores, obvi­a­mente, se lo esta­ban pasan­do bom­ba pero a los peques les costa­ba enten­der por qué los papis dis­fruta­ban tan­to ante aque­l­los tebeos de hojas amar­il­len­tas. Los que no hayan vivi­do aque­l­la déca­da irrepetible como nosotros lo hici­mos difí­cil­mente podrán enten­der la can­ti­dad de sen­timien­tos que aflo­ran cuan­do tan­tos y tan­tos recuer­dos se con­vierten en una real­i­dad que puedes tocar con las manos.

Exposicion Yo fui a EGB

Hace unos meses, poco tiem­po antes de que la reti­raran tras doce tem­po­radas en las cartel­eras madrileñas, fuimos a ver la obra de teatro (más bien monól­o­go) de Eduar­do Aldán, “Espinete no existe”. Juan ya la había vis­to hace años y esta­ba dese­an­do repe­tir: yo salí igual de encan­ta­da que él. No nos extraña que haya esta­do tan­to tiem­po sien­do un éxi­to de críti­ca y públi­co porque somos muchos los que nos iden­ti­ficábamos con las anéc­do­tas de nues­tra infan­cia que Eduar­do con tan­ta gra­cia y desparpa­jo relata­ba. Era otra prue­ba más de que los 80s están más vivos que nun­ca, que dis­fru­ta­mos de un revival con­tin­uo que nos llena de emo­ción.

20191229_120441_Easy-Resize.com

Dicho revival lo esta­mos vivien­do en muchos sen­ti­dos (y en muchos for­matos). Uno de ellos es el lit­er­ario. En los últi­mos tiem­pos han apare­ci­do un mon­tón de libros que remem­o­ran los 80: “Gen­eración EGB”, “Cuan­do éramos felices”, “Nosotros, los niños de los 80”, “Andá, la merien­da”, “Yo viví los 80”, “Aque­l­los mar­avil­losos kioskos”, “80 Rebobi­na­dos: el cine de los 80”, “Los 80 respon­den otra vez”… O como comen­tábamos antes, los cua­tro pre­vios a la propia exposi­ción “Yo fui a EGB”.

20191229_120330_Easy-Resize.com

Pero si ha habido uno con el que he dis­fru­ta­do lo que no está en los escritos es “Yo tam­bién leía Super Pop”. Que, por cier­to, esa primera edi­ción en tapa dura que com­pré nada más salir aho­ra está vendién­dose en pági­nas de colec­cionis­mo a más de 150 euros el ejem­plar (tran­qui­los, pos­te­ri­or­mente se ha saca­do una segun­da edi­ción en tapa blan­da, vis­to el éxi­to rotun­do de la primera). Pues sí, chicos, yo era una super­p­opera emped­erni­da: ahí me teníais cada 15 días con mis 150 pese­tas plan­ta­di­ta en el kiosko, esperan­do a ver con qué rega­lo sor­pre­sa nos sor­prendían esta vez: ¿una car­pe­ta de Madon­na? ¿una cas­sette con sólo un tema por cada cara, el “Voy­age Voy­age” de Desire­less y el “The Final Count­down” de Europe?¿una bol­sa de plas­ti­c­ur­ri para la playa con la cara impre­sa de Rob Lowe?¿unos chini­tos de la suerte para col­gar­nos en el reloj? Al día sigu­iente de estar en los kioskos, todas las niñas en clase aparecíamos lucien­do nue­stros nuevos pre­sentes.

Carpeta Super Pop

Luego las revis­tas se con­vertían en la can­tera para dec­o­rar nues­tras car­petas: las fotos de nue­stros ído­los se recorta­ban y pasa­ban a acom­pañarnos cada día camino al cole­gio. La veraci­dad de los artícu­los deja­ban mucho que desear (todo se basa­ba en rumores, dimes y diretes) pero cuan­do tienes once años, el amar­il­lis­mo puede ser bas­tante más intere­sante que las entre­vis­tas ver­daderas. Nos creíamos a pies jun­til­las todas las pre­vi­siones del horós­copo, babeábamos vien­do las caso­plonas de nue­stros actores favoritos y con todo el cuida­do del mun­do despegábamos los posters para que lucier­an en las pare­des de nue­stro dor­mi­to­rio.

Yo tambien leia SuperPop

Aunque fuéramos jovenci­tos, nos encanta­ba leer (y no sólo revis­tas). Yo era una loca de los tebeos, espe­cial­mente los de Esther y su mun­do: ¡cuán­to nos hizo soñar la tris­te­mente desa­pare­ci­da Puri­ta Cam­pos! Esther fue una ref­er­ente para las niñas de entonces: sus comics vendían más de 400.000 ejem­plares a la sem­ana. La Esther­ma­nia se extendió como la pólvo­ra. Y eso que la vida de Esther y su ami­ga Rita se desar­rol­la­ba lejísi­mooooos… ¡en Inglater­ra! Que para noso­tras era como la otra pun­ta del mun­do pero soñábamos con cono­cer algu­na vez aque­l­las tier­ras. Esther era mod­er­na, diver­ti­da, vestía a la moda, usa­ba rim­mel y esta­ba enam­ora­da de un rubi­a­zo lla­ma­do Juani­to. Fue la pecosa más famosa de su gen­eración y nos hizo tremen­da­mente felices.

Esther Mundo

Tebeos de Mor­tade­lo y Filemón, Zipi y Zape, 13 Rue del Percebe, Carpan­ta, Las Her­manas Gil­da, El Botones Sacari­no, Pepe Gotera y Otilio, Ana­cle­to agente secre­to, Rompete­chos… Aún recuer­do cuan­do mi abue­lo, para ale­gría de sus nietas, se iba cada domin­go al ras­tril­lo de Mar­qués de Viana a inter­cam­biar tebeos usa­dos al módi­co pre­cio de 5 pese­tas la unidad. Tam­bién me encanta­ban los de Astérix y Obélix: de hecho en casa teníamos toda la colec­ción y man­ten­go la boni­ta tradi­ción de que cada vez que sale un vol­u­men nue­vo, se lo rega­lo a mi padre. René Goscin­ny, guion­ista de Astérix, tam­bién nos dejó en heren­cia una obra entrañable: “El pequeño Nicolás”.

De los tebeos pasábamos a los libros. Mis favoritos eran los de la colec­ción Bar­co de Vapor de la edi­to­r­i­al SM: “Cucho”, “Un solo de clar­inete”, “Los hijos del vidriero”, “El pira­ta Gar­ra­p­a­ta”… de hecho, aún sigo con­ser­van­do algunos en casa como “Fray Peri­co y su bor­ri­co”, “Un agu­jero en la alam­bra­da” o “Un duende a rayas”. Tam­bién era una seguido­ra incans­able de los de la escrito­ra Enid Bly­ton: la de veces que cogí en la bib­liote­ca libros de Los Siete Secre­tos o El club de los Cin­co. ¿Y qué me decís de la colec­ción Elige tu propia aven­tu­ra, en la que te daban opciones rol­lo “si quieres que el detec­tive cruce el puente, pasa a la pági­na 8, si pre­fieres que coja el car­ru­a­je, sigue leyen­do”? ¿ O de las intri­gas y mis­te­rios a los que se enfrenta­ba Puck, aque­l­la cole­giala dane­sa tan avis­pa­da? Cuán­tos buenos momen­tos nos dejaron.

Aquí aba­jo ten­emos, muy bien retrata­dos, dos buenos ejem­p­los de cómo eran las coci­nas y salones en aque­l­los no tan lejanos años. Tan bien recrea­d­os están que el otro día, cuan­do le enseñé las fotos a mi abuela Andrea, que tiene 86 años, me dijo emo­ciona­da “¡pero si así era el salón de mi casa!” Y no men­tía en abso­lu­to: yo mis­ma me recuer­do jugan­do con mis muñe­cas (Nan­cy, Bar­bie y la Cabagge Patch Kid, cono­ci­da aquí como la muñe­ca repol­lo) tira­da en aque­l­la alfom­bra mien­tras en la tele ech­a­ban “Can­dy Can­dy”, “Los teleñe­cos” o “Drag­ones y maz­mor­ras”.

Como véis, en aque­l­los tiem­pos no existía el min­i­mal­is­mo escan­di­na­vo de los mue­bles de IKEA. De hecho, creo que a no ser que estu­vieras for­ra­do de pas­ta, las opciones de dec­o­ración que ofrecían en las tien­das de bar­rio (porque lo de los cen­tros com­er­ciales era de cien­cia-fic­ción) era bas­tante lim­i­ta­do y así pasa­ba, que los salones de las casas se parecían todos mucho. No falta­ba ese cuadro hor­ri­ble de una esce­na de caza (aunque por suerte en casa nun­ca lo tuvi­mos), los sofás de skay (tangéli­dos en invier­no y tan pega­josos en ver­a­no… además, te absorbían como si fuer­an are­nas movedi­zas), la foto de la comu­nión, la bailao­ra fla­men­ca enci­ma de la tele (por la que sólo se emitían dos canales ¡y ojo a las pelis de dos rom­bos, que te envi­a­ban rapid­i­to a la cama!) y enci­ma de la mesi­ta baja, el indis­pens­able TP que nos informa­ba no sólo de la pro­gra­mación sino tam­bién de los estrenos de cine.

Exposicion Yo fui a EGB

¿A que os recordáis a vosotros mis­mos en una coci­na pare­ci­da comien­do bocadil­los de Nocil­la y hacien­do batal­las de migas de pan con vue­stros her­manos?

20191229_121108_Easy-Resize.com

Ya que hemos men­ciona­do antes el cine y las pelícu­las ¿os acordáis de los video­clubs de bar­rio? Sí, sí, esos que lle­garon antes inclu­so que los Block­buster y que eran nego­cios de lo más famil­iar: lo mis­mo te atendía el hijo que el padre que la abuela. Antes de poder usar­los, obvi­a­mente, debías ten­er en casa un vídeo, que eran esos aparatos pre­históri­cos que pesa­ban una tonela­da pero que cuan­do lle­ga­ban por primera vez a casa, te hacían sen­tir de lo más futur­ista. Nosotros en casa teníamos un Beta­max pero había otros dos sis­temas, el VHS (el más pop­u­lar) y el 2000 (que duró un sus­piro).

Aún recuer­do per­fec­ta­mente los nom­bres de los dos primeros video­clubs de mi bar­rio: el Ceu­ta y el Casablan­ca (curioso eso de que eligier­an dos ciu­dades de Mar­rue­cos). Eran ambos un micro­mun­do mar­avil­loso donde traían las últi­mas novedades que no habíamos logra­do ver en cine. Qué ilusión hacía cuan­do pre­gunt­abas “¿qué hay nue­vo?” y te decían que acaba­ban de lle­var “Los Grem­lins”. Sabías si una peli esta­ba alquila­da porque en la caja (vacía) falta­ba la tar­jeti­ta de “disponible” (y qué rabia daba ¿eh? aunque a veces tenías suerte, jus­to en ese momen­to la devolvían y ahí estabas rau­do y veloz esperan­do en el mostrador). Has­ta había un “cuar­to oscuro”, sep­a­ra­do por unas corti­nas negras, donde se alquil­a­ban las pelícu­las porno de entonces.

Aunque en casa (supon­go que como en todas) al final se imponían los gus­tos de los prog­en­i­tores. Por un lado, mi madre, que era (y es) una fanáti­ca del cine de ter­ror, nos oblig­a­ba a ver con ella “Viernes 13″, “Sabe que estás sola”, “Pol­ter­geist”, “Pesadil­la en Elm Street”, “Creepshow”, “El exorcista”… Estas eran famosísi­mas pero yo os reconoz­co que una de las que más miedo me dio fue una peli de lo más under­ground que se llam­a­ba “El día de la madre” (y que seguro que aho­ra me pare­cería un mojón). En cualquier caso ¿creéis que este cine era ade­cua­do para un par de niñas de nueve y seis años? Mi madre tam­poco pero le daba miedo ver las pelis sola porque mi padre se nega­ba a acom­pañar­la (su teoría es “¡para qué voy a pasar un mal rato!”) y ahí esta­ban las pobres hijas sufrido­ras. Lleg­amos a tra­gar­nos basur­as como “El ataque de los tomates asesinos”, deberían pon­er­nos un mon­u­men­to.

En cuan­to a mi padre, él era algo más vari­a­do: traía a casa un pop­urrí más amplio en el que desta­ca­ban todas las pelis de James Bond, el agente 007, las de acción a la amer­i­cana tipo “Ram­bo”, “Ter­mi­na­tor” y otras muchas pro­tag­on­i­zadas por Chuck Nor­ris y Charles Bron­son (¡yo soy la jus­ti­ci­aaa!) y todas las de Bud Spencer y Ter­ence Hill. Inclu­so había hue­co para el cine nacional: nos trag­amos toda la colec­ción de pelis de Pajares y Este­so. “Los bingueros”, “Cristo­bal Colón de ofi­cio des­cubri­dor”, “Yo hice a Roque III”, “El hijo del cura”, “El liguero mági­co”… Tam­poco os creáis que este era un cine muy apropi­a­do para un públi­co infan­til (chistes verdes, tetas y culos a por­ril­lo y porque sí) pero mi padre y sus ami­gos, delante de unas patatas y unos boti­jos de Mahou o Águila, se morían de la risa con las ocur­ren­cias de estos dos pán­fi­los que eran Este­so y Pajares y si los niños esta­ban por allí en el salón, poco importa­ba. Era una época en que tam­poco los niños nos trau­ma­tizábamos por cualquier nimiedad, estábamos hechos de hier­ro.

Videoclub años 80

De todos mod­os, no creáis que mis padres eran unos desalma­dos, que nos obse­quia­ban con muchas pelícu­las infan­tiles. Algu­nas ya las habíamos vis­to en el cine, como en el caso de “E.T., el extrater­restre”. Cuan­do la estre­naron, mi padre se fue a hac­er cola cua­tro horas antes al cine Cristal para coger las entradas, fijaos la expectación que había. Aque­l­la fue una de las mejores tardes de mi infan­cia, al igual que cuan­do me lle­varon a ver “La his­to­ria inter­minable”, que con­tinúa sien­do una de mis pelícu­las favoritas, “Los Goonies”, “Cristal Oscuro”, “Den­tro del laber­in­to”, “Karate Kid”

Tam­bién había hue­co para la come­dia: “1, 2, 3… ¡Splash!” (la peli que desató mi amor por las sire­nas), “Ater­riza como puedas”, “Los cazafan­tas­mas”, “El secre­to de la pirámide”, “Howard, un nue­vo héroe”, “Des­pe­di­da de soltero”, “Tras el corazón verde”, “Regre­so al futuro”… Muchas de ellas las he vuel­to a ver dece­nas de veces ¡y nun­ca me cansan!

Yo fui a EGB

Den­tro de la exposi­ción tuvi­mos la opor­tu­nidad de echarnos unas par­tidas con las máquinas de pin­ball y arcade… ¡qué gratos recuer­dos nos tra­jeron!

¿Os acordáis del “Un, dos, tres”? Es imposi­ble que no lo hagáis si estáis entre los 40 y los 70 años. Cada viernes nos reunía delante de la tele a mil­lones de españoles, que veíamos a esas tres pare­jas de con­cur­santes com­pi­tien­do por hac­erse con un aparta­men­to en Tor­re­vie­ja, un Seat 133… o irse con las manos vacías. Una de estas pare­jas (la que lle­ga­ba a la últi­ma parte del pro­gra­ma, donde jun­to a Mayra Gómez Kemp iban cono­cien­do a los humoris­tas del pro­gra­ma — el Duo Saca­pun­tas, la Bombi, la Pelos, Aré­va­lo o Big­ote Arro­cet-) cor­ría la mis­ma suerte que la pare­ja de “sufridores” que se man­tenían en la som­bra y que, ellos sí, conocían los rega­los que se escondían en cada sobre. El caso es que en la exposi­ción tenías la opor­tu­nidad de sen­tarte en el mis­mo lugar donde a los con­cur­santes se les decía aque­l­lo de “por 25 pese­tas, sinón­i­mos de la pal­abra bor­ra­cho… ¡un, dos, tres, respon­da otra vez!”

Exposicion Yo fui a EGB

“Un, dos, tres” gen­eró un mon­tón de mer­chan­dise en torno a sus mas­co­tas. ¿Vosotros, como yo, tam­bién llegásteis a ten­er la Botilde?

Un dos tres

Vamos aho­ra con los jue­gos y juguetes de la época… ¡el Monop­oly! ¡La de tardes que pasamos con la Fan­ta Naran­ja, los cac­ahuetes (que mi abue­lo llam­a­ba “alc­ahue­ses”) y ganan­do y per­di­en­do dinero fic­ti­cio!

Yo fui a EGB

¡Qué cara se nos quedó al ver tan­tos juguetes de la infan­cia reunidos! Ahí esta­ba ese tecla­do Casio con el que machacábamos a nues­tras famil­ias (tuve uno rojo, el PT82… en esa época era habit­u­al que en los gru­pos de músi­ca el teclista lle­vara su instru­men­to al hom­bro como si fuera una gui­tar­ra). Y tam­bién nue­stro primer tocadis­cos, Simon (uno de los jue­gos más pop­u­lares de la época, con sus luces parpadeantes), el tran­sis­tor con el que el padre de todos escuch­a­ba los par­tidos el domin­go por la tarde o nue­stro primer walk­man, ese que nos estropeó más de una cin­ta de cas­sette, cuan­do estas se qued­a­ban atas­cadas. Chu­pa­ban pilas como si no hubiera un mañana.

20191229_125605_Easy-Resize.com

Aquí aba­jo podéis ver aquel míti­co Teles­ketch, el cubo de Rubik, el yoyo chi­no, la cuer­da para jugar a la com­ba (o salta­dor), el Supercinex­in… todos pasaron por nues­tras casas.

20191229_121453_Easy-Resize.com

20191229_125757_Easy-Resize.com

Fueron muchas las muñe­cas con las que dis­fruté de niña. Aquí están algu­nas de ellas como Nan­cy (tam­bién tuvi­mos en casa a su novio Lucas y a su ver­sión galác­ti­ca, Selene) o las Bar­ri­gu­i­tas. Pero tam­bién tuve muchas otras como Bar­bie (yo tenía la orig­i­nal, a mi her­mana le regalaron la imi­ta­do­ra, Dar­ling), Rosaura (que era una muñe­ca gigan­tesca del tamaño de una niña), Nenu­co (¡qué boni­to era el esquimal!), los Pin y Pon y mi super favorita ¡la muñe­ca repol­lo! Cuyo nom­bre real era Cab­bage Patch Kid, venían has­ta con cer­ti­fi­ca­do de adop­ción (la mía se llam­a­ba Ele­na Patri­cia) y cada una era un mod­e­lo úni­co. Feas pero entrañables como ellas solas, riquísi­mas.

20191229_125228_Easy-Resize.com

La músi­ca tam­bién for­mó parte de nues­tras vidas. Por pon­er un ejem­p­lo, el vini­lo de “Las aven­turas de Enrique y Ana” con­tinúa estando en casa de mis padres.

20191229_125037_Easy-Resize.com

Madon­na mar­có ten­den­cia, no sólo a niv­el musi­cal…

20191229_122207_Easy-Resize.com

¡No se ría, no se ríaaa, de la Bru­ja Averíaaaa! Aquí tenéis a Juan con una de las heroí­nas de nues­tra infan­cia. Ella y los Elec­tro­duen­des nos hicieron ver el mun­do de otra man­era y es que si algo tuvo mar­avil­loso “La bola de cristal” (aparte de des­cubrirnos a la famil­ia Mun­ster) fue hac­er­nos pen­sar y demostrar que éramos niños pero no ton­tos. Tan­tos años después en casa uno de nue­stros vídeos favoritos es ese en el que salía un rebaño de ove­jas y una voz en off decía “si no quieres ser como estos, lee”.

464022758_409780_Easy-Resize.com

Otros de nue­stros héroes infan­tiles: Mor­tade­lo, Filemón y Mick­ey Mouse. Leíamos sus tebeos y veíamos sus dibu­jos mien­tras nos poníamos cie­gos de Chu­pa-Chups. Tam­bién Espinete y Tin­tín nos hicieron pasar buenos momen­tos.

En defin­i­ti­va, que hacía bas­tante que no dis­frutábamos tan­to de una exposi­ción, sobre todo a niv­el nos­tál­gi­co. Fuimos con unas ami­gas que acabaron igual de encan­tadas que nosotros recor­dan­do tan­tas anéc­do­tas de la infan­cia. Así que ya sabéis: si la expo de “Yo fui a EGB” pasa por vues­tra ciu­dad, no os lo perdáis. Os ase­guro que vais a regre­sar a casa con una enorme son­risa en la cara.

 

 

 


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo