Templo egipcio de Debod: el monumento más antiguo de Madrid

Templo Debod

Es el Tem­p­lo de Debod, sin lugar a dudas, el mon­u­men­to más fasci­nante, enig­máti­co y mis­te­rioso de Madrid. Pero tam­bién el “abue­lo de la cap­i­tal”, con una antigüedad que supera los 2200 años, es decir, 900 años más viejo que la propia Vil­la de Madrid. Como a todos los abue­los, aca­so por ese moti­vo a los madrileños nos encan­ta ir a vis­i­tar­le al atarde­cer, para pedirle con­se­jo, con­tar­le nues­tras ale­grías y penas y sen­tirnos recon­for­t­a­dos en un lugar tan famil­iar que nos hace sen­tir en el ver­dadero hog­ar.

Templo Debod

Si tuviera que ele­gir en Madrid un rincón que mostraría a los que lle­gan de fuera por el mero plac­er de enorgul­le­cerme de la ciu­dad en donde vivo, este sería el Tem­p­lo de Debod. Porque aún son muchos los vis­i­tantes que igno­ran que aquí guardamos el úni­co tem­p­lo egip­cio que se con­ser­va en España. Y que por mi parte esco­ja como sím­bo­lo madrileño un tem­p­lo que nos tra­jeron de tier­ras tan exóti­cas y lejanas rad­i­ca en otro de mis orgul­los cas­ti­zos: el que este Madrid, el Madrid de todos, sea una ciu­dad mul­ti­cul­tur­al en el que civ­i­liza­ciones lle­gadas de todo el mun­do aca­ban dejan­do su poso.

Templo Debod Madrid

Debe­mos recono­cer que somos unos priv­i­le­gia­dos ya que aunque hay museos reple­tos de reliquias egip­cias (prin­ci­pal­mente en Berlín, Lon­dres y París), lo que no es tan habit­u­al es encon­trarse tem­p­los com­ple­tos fuera de Egip­to. Es más, podemos con­tar dichas situa­ciones con los dedos de la mano. En los años 60, la con­struc­ción de la pre­sa de Assuan abaste­cería de agua a bue­na parte de la población egip­cia pero al mis­mo tiem­po, sumer­giría una vein­te­na de tem­p­los antiquísi­mos de un val­or cul­tur­al incal­cu­la­ble. La UNESCO hizo un lla­mamien­to para sal­var algunos de estos tem­p­los de Nubia, aunque lam­en­ta­ble­mente los demás se perdieron bajo las aguas de este gran lago de más de 500 kilómet­ros de lon­gi­tud.

El primero de ellos fue aca­so el más impre­sio­n­ante del país, Abu Sim­bel, que hubo de ser traslada­do piedra a piedra a más de 200 kilómet­ros de Assuan. Otros cua­tro fueron saca­dos del país, regal­a­dos a difer­entes naciones en agradec­imien­to por su con­tribu­ción económi­ca a la con­struc­ción de la pre­sa. Serían el Tem­p­lo de Elle­siya (Museo Egip­cio de Turín en Italia), Tem­p­lo de Den­fur (MET de Nue­va York), Tem­p­lo de Taffa (Museo de Lei­den, Holan­da) y nue­stro ama­do Tem­p­lo de Debod, que llegó a Madrid en el año 1968 y tras mucho papeleo y trámite buro­cráti­co (se cree que durante el trasla­do se perdió algu­na piedra y hubo de ser repues­ta por répli­cas), fue lle­va­do al Monte del Príncipe Pío (aquel que inmor­tal­izó Goya en “Los fusil­amien­tos del 2 de Mayo”), muy cerqui­ta de Plaza de España, en 1972. Des­de aquel mis­mo momen­to, los madrileños ten­dríamos en el corazón de la ciu­dad un impor­tante pedac­i­to del antiguo Egip­to.

Templo Debod

El Tem­p­lo de Debod (cuyo nom­bre sig­nifi­ca “la capil­la”) fue con­stru­i­do en la época del Impe­rio Nue­vo, en un pequeño pobla­do de la Baja Nubia: esta­mos hablan­do de la parte sur de Egip­to. En prin­ci­pio era un pequeño tem­p­lo ded­i­ca­do a los dios­es Amon e Isis. Con la lle­ga­da de los grie­gos en época ptole­maica, se le añadieron nuevas estancias, que son las que darían for­ma a su estruc­tura actu­al. Pese al dete­ri­oro que sufrió debido al ter­re­mo­to de 1868 o la propia con­struc­ción de la pre­sa, que provocó la desapari­ción de algu­nas poli­cromías y relieves (durante 50 años el tem­p­lo yacía sumergi­do diez meses al año, imag­i­nad la erosión que provocó el agua del Nilo), afor­tu­nada­mente y tras un con­cien­zu­do tra­ba­jo de restau­ración, aquí le ten­emos bril­lan­do orgul­loso en Madrid. Debod es un autén­ti­co super­viviente, ya que hace sólo dos años, en 2017, vio cer­radas sus puer­tas en cua­tro oca­siones debido a los prob­le­mas de las bajas tem­per­at­uras en su inte­ri­or.

Se cree que el Tem­p­lo de Debod era una especie de “Lour­des egip­cio”, un lugar de pere­gri­nación a donde muchos fieles acud­ían para sanar sus enfer­medades. De hecho, en la entra­da del tem­p­lo, tras los dios­es Orus y Tot, podemos ver tam­bién rep­re­sen­ta­do a Imhotep, el que está con­sid­er­a­do “el primer cien­tí­fi­co de la His­to­ria”. Este médi­co- arqui­tec­to — astrónomo fue autor del papiro Edwin Smith, con­sid­er­a­do uno de los trata­dos más impor­tantes de la med­i­c­i­na egip­cia, cuyos rit­uales con­ju­ga­ban póci­mas y hier­bas con creen­cia en la magia y super­sti­ciones. De ahí que muchos egip­cios se acer­caran a Debod para vener­ar la figu­ra de Imhotep, con la esper­an­za de que sus males desa­pare­cerían con su ayu­da.

Templo Debod

A la entra­da, podemos ver los dos por­tales de los tres que tenía orig­i­nal­mente: el ter­cero se perdió entre 1900 y 1905. Estas puer­tas mon­u­men­tales eran las que daban la bien­veni­da a las pro­ce­siones reli­giosas que iban atrav­es­an­do difer­entes patios. En su ubi­cación orig­i­nal esta­ban flan­queadas por tor­res.

El inte­ri­or se con­ser­va com­ple­to en su estruc­tura, con sus cor­re­spon­di­entes vestíbu­los, capil­las, almacenes y ter­raza a la que se accede por una escalera. Hay otra sala aledaña, una mam­misi, lo que se con­sid­er­a­ba en los tem­p­los las “casas de nacimien­to divi­no” ya que era donde los dios­es y diosas daban a luz a sus vásta­gos. En los muros, aparte de los dios­es egip­cios, podemos ver al emper­ador Augus­to, rep­re­sen­ta­do como faraón, ofre­cien­do fru­tos a Isis y Osiris. Y eso que es vox pop­uli que Augus­to no tenía demasi­a­do apre­cio a la civ­i­lización egip­cia.

Si nos fijamos en las estancias, este tem­p­lo cuen­ta con varias sin­gu­lar­i­dades. Una de ellas es que cuen­ta con dos capil­las ded­i­cadas a dos dios­es difer­entes, Isis y Amon. Otra es que en el inte­ri­or se puede ver una extraña rue­da graba­da en una de las pare­des, for­ma­da por dos cír­cu­los. Nadie ha sabido dar una inter­pretación exac­ta de este esque­ma, aunque se cree que pudiera ser una especie de zodi­a­co donde los sac­er­dotes ley­er­an las con­stela­ciones.

En época romana, el cul­to pasó al del dios Mae­sa, un dios local con cabeza de león de carác­ter pro­tec­tor. Los romanos en este aspec­to eran inteligentes (y sobre todo prác­ti­cos) ya que adapt­a­ban los cul­tos sin realizar demasi­a­dos cam­bios para evi­tar revueltas reli­giosas en los ter­ri­to­rios con­quis­ta­dos. Aún así, la roman­ización tra­jo impor­tantes cam­bios y hubo saque­os por parte de los nómadas. El emper­ador Jus­tini­ano acabó orde­nan­do el cierre de los tem­p­los paganos en el siglo IV, por lo que en el caso de Debod el cul­to a Isis se fue per­di­en­do e inclu­so un siglo más tarde ocupó el recin­to una comu­nidad cris­tiana que acabaría con­sagrán­do­lo a San Este­ban. Has­ta se tiene con­stan­cia de que pos­te­ri­or­mente estu­vieron allí musul­manes. La prue­ba de estas difer­entes cul­turas recae en los grafi­tos (más de 200) que per­vivieron en los muros: inscrip­ciones grie­gas, cruces cop­tas, camel­los y car­a­vanas graba­dos por las tribus nómadas, tex­tos árabes y has­ta “recuer­dos” que dejaron via­jeros del siglo XIX que por aquí pasaron.

Mi recomen­dación es que ven­gas a vis­i­tar el Tem­p­lo de Debod a últi­ma hora de la tarde, que es cuan­do luce más boni­to. Suele haber cola para entrar (no más de 15–20 min­u­tos de espera) ya que el aforo den­tro del tem­p­lo es lim­i­ta­do. En el inte­ri­or se expone jus­to al ini­cio de la visi­ta un vídeo explica­ti­vo de la his­to­ria de Debod y en la plan­ta supe­ri­or una maque­ta con los tem­p­los nubios de la época.

Entra­da gra­tui­ta
 

Horario de ver­a­no (del 15 de junio al 15 de sep­tiem­bre)

Martes a domin­gos y fes­tivos: 10:00 – 19:00

Horario gen­er­al

Martes a domin­gos y fes­tivos: 10:00 — 20:00

Lunes, 1 y 6 enero, 1 mayo, 24, 25 y 31 diciem­bre: cer­ra­do


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2 Comments

  1. Cada vez que vamos a Madrid, lo visi­ta­mos!!!

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Me ale­gro ¡es un lugar tan mági­co!

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