Ruta en coche por la Romantic Strasse

Siem­pre me había pre­gun­ta­do por qué mi famil­ia por parte pater­na, ori­un­da de una aldea insignif­i­cante de un pueblo de Ciu­dad Real,nos había deja­do como heren­cia genéti­ca que prac­ti­ca­mente todos sus miem­bros seamos rubios con ojos azules. Ese sen­timien­to de “¿de ver­dad mis antepasa­dos más remo­tos surgieron de Iberia?” se acre­cen­tó aún más la primera vez que pisé Ale­ma­nia hace ya más de once años.No sólo caí ren­di­da ante los encan­tos del país,que me empu­jaron pos­te­ri­or­mente a escaparme allí cada vez que tiem­po y dinero me lo han per­mi­ti­do. Fue aun más inten­sa esa sen­sación cuan­do comencé a tratar con cien­tos de ale­manes, tan­to en vaca­ciones como por temas lab­o­rales. Su fér­rea for­ma de ver la vida, su sen­ti­do del humor (sí,pese a su fama de seriotes,el ger­máni­co es un pueblo ale­gre y hospitalario,lo que pasa que allí el con­cep­to de “fies­ta” va siem­pre acom­paña­do de un arraiga­do sen­ti­do de la respon­s­abil­i­dad), su pro­fun­do sen­ti­do del deber, su hon­esti­dad extrema, me son tan famil­iares que via­jar a Ale­ma­nia para mí siem­pre supone un pequeño regre­so a casa. Tiem­po después, curiosi­dades de la vida, alguien instru­i­do en temas de heráldica judía me aclaró el gran mis­te­rio: cuan­do se real­izó en Europa la expul­sión pro­gre­si­va de los judíos entre 1100 y 1600, miles de judíos ale­manes huyeron de su país y se refu­gia­ron en las polvorien­tas tier­ras de Castil­la-La Man­cha. Se encon­traron con un semi­desier­to de aldeas insignif­i­cantes y de su mano vino la con­struc­ción de castillos,la fun­dación de las primeras vil­las y una inyec­ción de dinero que la deprim­i­da región recibió como agua de Mayo. Muchos de ellos,de cara a la Inquisi­ción, se con­virtieron al cris­tian­is­mo pese a seguir en la intim­i­dad con sus ritos sefardi­tas, y se quedaron aquí; de su semi­l­la descen­demos los miles de castel­lanos rubios de ojos azules (seguro que cono­ces a algunos), sím­bo­lo del crisol de cul­turas que ha sido nue­stro país a lo largo de la His­to­ria.

El caso es que mi admiración por todo lo teutón se incre­men­ta en cada nue­va visi­ta. Ale­ma­nia es un país que no se ter­mi­na de des­cubrir nun­ca; me recuer­da mucho a España en la inmen­sa var­iedad de car­ac­teres exis­tentes den­tro del amplio con­cep­to de “alemán”. Allí, como aquí,los ale­manes del sur poco tienen que ver en cos­tum­bres y com­por­tamien­to con los del norte. Ale­ma­nia es un mun­do for­ma­do por micro­mun­dos y en tu mano está des­cubrir­los.

Pecará de ser su ruta más turís­ti­ca, de alber­gar en sus entrañas el mon­u­men­to más vis­i­ta­do del país (1,5 mil­lones de per­sonas al año se mar­avil­lan ante el castil­lo de Neuschwanstein) pero en mi opinión, los 350 kilómet­ros de la Ruta Román­ti­ca (Roman­tic Strasse) son los más boni­tos del país. Imagí­nate que te metier­an en el túnel del tiem­po y aparecieras en un esce­nario de cuen­to, con castil­los de prince­sas, pueb­los medievales y mon­tañas nevadas. Eso es Baviera.

La Roman­tic Strasse se puede realizar, obvi­a­mente en los dos sen­ti­dos. Nosotros opta­mos por realizarla des­de el norte, ater­rizan­do en Frank­furt Hahn, un pequeño aerop­uer­to secun­dario. Aprovechamos un chol­la­zo con Ryanair para volar des­de Jerez ida y vuelta,ya con tasas, por 17 euros cada uno. Vamos,que el trans­porte nos sal­ió prac­ti­ca­mente gratis. Y con el regal­i­to aña­di­do de ver los pre­ciosos Alpes france­ses des­de el cielo, sin una nube que nos molestara, en un paisaje total­mente espec­tac­u­lar.

La ver­dad es que a veces ni yo mis­ma me creo mi suerte pero siem­pre parez­co lle­var el buen tiem­po a los lugares que viajo,pese a que las pre­vi­siones sean de lo más funes­tas. En esta ocasión, nos mordíamos las uñas sabi­en­do el ries­go que entraña­ba via­jar a Ale­ma­nia a prin­ci­p­ios del mes de Marzo,que equiv­ale a nue­stro géli­do Enero español,y aún más cuan­do con­stata­mos que los mete­oról­o­gos antic­i­pa­ban fuertes nevadas y llu­via (el mes ante­ri­or Ale­ma­nia había vivi­do el caos abso­lu­to por cul­pa del frío,con miles de car­reteras inuti­liz­ables a lo largo del país). Pues nada,fue aterrizar,salir el sol y encon­trarnos con zonas nevadísi­mas pero una tem­per­atu­ra de unos 15 gra­dos (sé de un par de acom­pañantes que en pleno Tirol tuvieron el val­or de quedarse en man­ga cor­ta).

Alquil­am­os un coche para 3 días en el mis­mo aerop­uer­to (no nos sal­ió mal de pre­cio, creo que como unos 150 euros,todo inclu­i­do). Lo bueno de esta ruta es que es tan pequeña la zona a cubrir y todo se encuen­tra tan con­cen­tra­do (recuer­da que era una de las rutas más tran­si­tadas de la Edad Media) que te puedes per­mi­tir hac­er­la en una breve escapa­da de esta duración sin miedo a quedarte cor­to. Movién­dote en coche (aunque tam­bién hay bus­es que la recor­ren pero claro,vas más ajus­ta­do de horar­ios) te van a cundir los días mucho más de lo que imag­ines. Baviera tiene tan­tos tesoros en su inte­ri­or que das una pata­da y te salen trein­ta palacetes. Nun­ca deja de impre­sion­arme la can­ti­dad de lugares mar­avil­losos que se escon­den en este país.

Pese a que ‚insisto,la ruta en sí son poco más de 300 kilómet­ros tienes que pen­sarte muy bien qué es lo que quieres ver exac­ta­mente y durante cuan­to tiem­po. Nosotros, por ejem­p­lo, sac­ri­fi­camos el ini­cio en Wuzburg para a cam­bio aden­trarnos en el Tirol aus­tri­a­co. Como dije, esta ruta está pla­ga­da de pueblecitos de hadas y castillos,y en tí recae la elec­ción escoger lo que más te guste. Pese a ello, obvi­a­mente, hay algunos impre­scindibles que no deberías perderte y que fue los que nosotros elegi­mos como “vis­ita­bles”. Y no te cortes en añadir un buen puña­do; en las autopis­tas ger­manas no hay límites de veloci­dad pero todo el mun­do con­duce estu­pen­da­mente, sin hac­er pir­u­las ni cosas raras, y el niv­el de acci­dentes de trá­fi­co no es may­or que en España. A ver si va a resul­tar que aquí tam­bién afec­ta la acti­tud agre­si­va de muchos con­duc­tores his­panos…

Hei­del­berg

Nues­tra primera para­da sería Hei­del­berg. En realidad,no pertenece a Baviera sino al esta­do fed­er­a­do de Baden-Wurtem­berg, en el valle del río Neckar, aflu­ente del Rin. Allí se encuen­tra la uni­ver­si­dad más antigua de Ale­ma­nia y se des­cubrió la mandíbu­la del “Hom­bre de Heildel­berg”, unos restos humanos pre­históri­cos que ates­tiguan la ocu­pación de esta zona por nue­stros antepasa­dos simi­escos hace más de 600.000 años. Por aquí pasaron los celtas y es tan­ta su impor­tan­cia históri­ca que,pese a sus esca­sos 100.000 habi­tantes, sigue sien­do una de las ciu­dades ale­m­anas más vis­i­tadas. Para el país es un símbolo,ya que aquí Mar­tin Lutero defendió su refor­ma ecle­siás­ti­ca y fue arrasa­da en dos oca­siones, en el siglo XVII, por las tropas france­sas.

Aprovechamos para tomarnos nues­tra primera cerveza ale­m­ana del via­je cer­ca de la fuente de Hér­cules (qué rabia da que siem­pre insis­tan en servírtela tem­pla­da, pese a que los exper­tos son ellos,jeje). Nos costó la mis­ma vida aparcar ya que,aunque era tem­po­ra­da baja, había muchísi­ma gente en las calles, aprovechan­do los poco habit­uales rayos de sol. Hay que recor­dar tam­bién que Hei­del­berg, al esti­lo Sala­man­ca, es una ani­ma­da ciu­dad uni­ver­si­taria y eran cien­tos los jóvenes que pul­u­la­ban por el cen­tro de la ciu­dad. Un cen­tro históri­co al que se accede a través del Puente Viejo (para ellos el Alter Brücke). Con­sid­er­a­do uno de los puentes más boni­tos de Europa, con raíces en el impe­rio romano que invadió Ger­ma­nia, y fecha­do su nacimien­to en el siglo I, se ha vis­to a sí mis­mo destru­i­do y vuel­to a con­stru­ir en varias oca­siones. Los deshie­los y pos­te­ri­ores riadas lo elim­i­naron del mapa varias veces, se llamó Puente de Mün­ster, Puente de Mer­ian y actual­mente es el lugar más fotografi­a­do de Hei­del­berg.

Heidelberg
Puente Viejo de Hei­del­berg

El cas­co históri­co de Hei­del­berg está muy bien con­ser­va­do, su arte­ria es una gran aveni­da peaton­al reple­ta de cafeterías y tien­das, pero la gran estrel­la de la ciu­dad es su castil­lo. Pre­si­di­en­do alti­vo Hei­del­berg des­de una col­i­na cer­cana (tranquilos,hay un tele­féri­co que os acer­ca comoda­mente). Ha sido recon­stru­i­do en varias oca­siones (su con­struc­ción se ini­ció en el siglo XIV) y con­sti­tuye una de las máx­i­mas expre­siones del Roman­ti­cis­mo alemán. Has­ta el siglo XVIII, fue res­i­den­cia de monar­cas y es tal su val­or histórico,que el gob­ier­no alemán mantiene sus ruinas con muchísi­mo celo. En su inte­ri­or alber­ga el may­or bar­ril del mun­do, con capaci­dad para más de 220.000 litros, y como curiosi­dad, la Puer­ta Isabel, de 1615, fue con­stru­i­da en sólo una noche, gesto con el que Fed­eri­co V trató de impre­sion­ar a su esposa Isabel Stu­art. Abre de 08:00 a 17:30 de la tarde.

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Rothen­burg ob der Tauber: el pueblo medieval más boni­to de Europa

Tras com­er algo en Hei­del­berg, vuelta al coche y de camino al que sería el lugar escogi­do para dormir. Bien­venido a Rothen­burg ob der Tauber, el pueblo medieval mejor con­ser­va­do de toda Europa. Esta pequeña población, que se ha esforza­do durante cien­tos de años en con­ser­var sus casas y calles como se edi­fi­caron en ple­na edad Media, recibe al año tur­is­tas de todo el mun­do que bus­can añadir a su via­je otro en el tiem­po. Cuan­do paseas por los empe­dra­dos calle­jones de Rothen­burg, parece que en cualquier esquina pudiera apare­cer un jinete con armadu­ra o un car­ro­ma­to tira­do por bueyes. Pero que una mar­avil­la arqui­tec­tóni­ca de tal cal­i­bre se pue­da man­ten­er intac­ta no sólo responde al esfuer­zo de sus habi­tantes, tam­bién al de su pro­pio Ayun­tamien­to, que sólo per­mite abrir establec­imien­tos den­tro de la ciu­dad amu­ral­la­da de tres tipos: tien­das, hote­les o restau­rantes. Y todos, por ley, deben respetar la apari­en­cia orig­i­nal de las fachadas de las vivien­das. Si muchos otros pueb­los de Europa hubier­an toma­do el mis­mo ejem­p­lo, miman­do hog­a­res que se con­struyeron en 1400, aho­ra el con­ti­nente con­taría con un lega­do del medie­vo fran­ca­mente espec­tac­u­lar.

 

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Hay otros pueb­los reseñables en la Roman­tic Strasse, caso de Nordlin­gen, Creglin­gen o Dinkels­buhl, prob­a­ble­mente igual de boni­tos que el que nos ocu­pa pero no tan renom­bra­dos. En cualquier caso, Rothen­burg se merece con cre­ces esa fama de población espec­tac­u­lar e inclu­so sirvió de inspiración en 1940 para crear el pueblo donde se desar­rol­ló la pelícu­la “Pinoc­cio” de Walt Dis­ney. Y es que pese a su escasa den­si­dad de población, Rothen­burg tam­bién albergó el roda­je de “Chit­ty Chit­ty Bang Bang”, el de “Char­lie y la fábri­ca de choco­late” (la ver­sión de 1971) e inclu­so pro­tag­o­nizó las por­tadas de dos dis­cos de Richie Black­more.
 

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El nom­bre de Rothen­burg proviene de los ger­man­is­mos Rot (rojo) y Burg (pueblo for­ti­fi­ca­do), y tiene su ori­gen en los teja­dos col­orados de las casas que daban al río.Con la par­tic­u­lar­i­dad de con­ser­var la úni­ca igle­sia románi­ca de la región, la de San Pedro y San Pablo, con­stru­i­da en el año 968, Rothen­burg cuen­ta además con algunos de los más bel­los edi­fi­cios de todo Baviera. Entre ellos, desta­ca el Rat­strinkstube o Taber­na de los Con­ce­jales, ubi­ca­do en la plaza prin­ci­pal y prin­ci­pal orgul­lo de la ciu­dad. Según rela­ta la leyen­da local, en el año 1631, Rothen­burg se salvó de caer bajo las tropas del emper­ador cuan­do el alcalde se apos­tó la ciu­dad afir­man­do que bebería de un tra­go una jar­ra de vino. Y lo con­sigu­iera o no, la leyen­da caló tan hon­do en la población que hon­ran a aquel valeroso com­pa­tri­o­ta en la Taber­na de los Con­ce­jales, cuyo reloj anun­cia cada hora en pun­to con la apari­ción de un muñe­co bebi­en­do de una jar­ra. El edi­fi­cio más famoso de Rothen­burg tam­bién alber­ga la Ofic­i­na de Tur­is­mo, donde os darán toda la infor­ma­ción que nece­sitéis.

 

 
 

Jun­to a la impo­nente entra­da de las Tor­res de Mar­co y Torre Blan­ca (impre­sio­n­ante bien­veni­da), otro de los pun­tos reseñables es la Fleisch- und Tanzhaus (algo así como La Casa de la Carne y el Baile), con­stru­i­da sobre los cimien­tos del que era el edi­fi­cio más antiguo del pueblo, el Town Hall, y que des­gra­ci­ada­mente ardió en el año 1240. Has­ta el siglo XVIII, el edi­fi­cio, que actual­mente expone obras de artis­tas locales, fue el antiguo mer­ca­do de carne y antiguo cen­tro de reunión en oca­siones fes­ti­vas. El Hegere­it­er­haus, del siglo XVI, la Jags­theimer House (que alo­jó al emper­ador Max­i­m­il­iano I), el Museo del Crimen Medieval, con numerosos aparatos de tor­tu­ra, el pre­cioso Museo Alemán de la Navi­dad (donde se expo­nen cien­tos de artícu­los de orna­mentación), el castil­lo Top­per, el Museo de los Juguetes o la plaza tri­an­gu­lar de Plon­lein, una de las imá­genes más rep­re­sen­ta­ti­vas de la Ale­ma­nia román­ti­ca, son sólo algu­nas de las atrac­ciones que ofrece este mag­ní­fi­co pueblo medieval. Lás­ti­ma que entre ellas ya no podamos dis­fru­tar del antiguo Castil­lo, destru­i­do por un ter­re­mo­to en 1356, y cuya ubi­cación aho­ra ocu­pan unos cuida­dos jar­dines des­de donde prob­a­ble­mente se dis­fruten unos de los atarde­ceres más impac­tantes de todo el país. Y qué mejor for­ma de des­pedirse de este pueblo de ensueño que aban­donán­do­lo por el Puente Doble, una mar­avil­la arqui­tec­tóni­ca que con­sti­tuía la más fer­rea defen­sa para Rothen­burg ob der Tauber.

 

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La úni­ca pena es que no conser­vo la tar­je­ta del hotel donde dormi­mos! No llevábamos nada reser­va­do y no tuvi­mos pega en encon­trar cama (en esas fechas…) Pero nos sal­ió muy bien de pre­cio: 70 euros la doble, con desayuno, en una casa medieval espectacular,con una habitación de madera abuhardil­la­da, chime­nea inmen­sa inclu­i­da. Den­tro del caso históri­co, hay var­ios hote­les pre­ciosos con pre­cios sim­i­lares. Date el gus­ta­zo de dormir allí.

 

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Dinkels­buhl

Bue­na parte de la mañana sigu­iente la gas­ta­mos en seguir pase­an­do por Rothen­burg. Pese a su pequeño tamaño, es tan exager­ada­mente boni­to que no te cansas de perderte por sus calles… De todos modos,tampoco podíamos esti­rar­lo mucho ya que aún queríamos vis­i­tar Dinkels­buhl. Aún así,se nos fue media mañana. Pero claro, lle­gas a Diskens­buhl y te encuen­tras esta pre­ciosi­dad…

 

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Por este pueblo pasa, además, la Roman­tic Schiene, es decir, la ver­sión en fer­ro­car­ril de la Roman­tic Strasse, en una línea fer­roviaria que comien­za en Nordlin­gen. Uno de los pueb­los bávaros más antigu­os, que data de 1118,y que ha sobre­vivi­do mila­grosa­mente a las suce­si­vas guer­ras que lo azo­taron a lo largo de la His­to­ria. Un pueblo que aún con­ser­va sus más añe­jas tradi­ciones, como la del vig­i­lante noc­turno que aún pasea, des­de Abril a Octubre, por la Mark­platz.

Nordlin­gen

 

Ante­ri­or­mente, el día le habíamos gas­ta­do en Nordlin­gen, otra de las grandes mar­avil­las del via­je. Pero pese a que sea difí­cil de creer vista la belleza de sus callejones,lo más impre­sio­n­ante de esta local­i­dad no es su envidi­a­ble arqui­tec­tura sino lo que ocur­rió aquí hace 15 mil­lones de años,cuando un mete­ori­to gigan­tesco for­mó este inmen­so cráter de 25 kilómet­ros de diámetro,el lla­ma­do Nordlinger Ries. La ciu­dad, enca­jon­a­da en unas mural­las de quitar el habla, con once tor­res defen­si­vas del siglo XIV y cin­co puer­tas for­ti­fi­cadas, cuen­ta con el prin­ci­pal reclamo de la igle­sia de St. George, de 90 met­ros de altura. Cada año,se cel­e­bran impor­tantes fes­ti­vales al amparo de sus mural­las, lo que hace a esta ciu­dad un des­ti­no intere­san­tísi­mo pese a su pequeñez (22.000 habi­tantes).

 

Nordlingen

 
 

Fussen y el Castil­lo de Neuschwanstein

El día íbamos a ter­mi­narlo en el deli­cioso pueblo de Fussen, ya casi en la fron­tera con Aus­tria. De camino, tuvi­mos una de las anéc­do­tas del via­je: uno de nue­stros ami­gos, Manolo, que con­ducía en ese momen­to, se metió de repente en el arcén porque ya no aguanta­ba las ganas de evac­uar la veji­ga, y total,si aque­l­lo todo era bosque… resul­ta­do? el coche encalla­do en la nieve ante el cachon­deo gen­er­al. Menos mal que los con­duc­tores ger­manos, siem­pre tan aten­tos, se pararon ipso fac­to a echarnos un cable para sacar­lo. Gracias,majos!!;)

 
 

La ver­dad es que Fussen es una mar­avil­la en miniatu­ra. Más que por el pueblo en sí,que tam­bién es muy cuco, por el paisaje que le sirve de dec­o­ra­do (dec­o­ra­do que,por cier­to, tam­bién sirvió de esce­nario para la pelícu­la “La Gran Evasión”). Nosotros,pese a estar en Mar­zo ya,nos topamos con una típi­ca estam­pa navideña, con los lagos hela­dos y todo cubier­to de nieve,lo que le daba al lugar un aspec­to aún mucho más de cuen­to.

 

Panorámi­ca, a lo lejos, del bel­lísi­mo castil­lo de Neuschwanstein, cuan­do nos acer­cábamos con el coche

 
 

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Otra gran suerte la nues­tra al encon­trarnos Fussen prac­ti­ca­mente desier­to de tur­is­tas (en la escal­a­da a la mon­taña del castil­lo, sólo coin­cidi­mos con otros chicos, curiosa­mente de Alcor­cón). Fussen es vis­i­ta­do pre­cisa­mente y sobre todo por las dos joyas arqui­tec­tóni­cas que son los castil­los de Hohen­schwan­gau y el de Neuschwanstein, ya que esta región durante muchos años fue retiro de la realeza bávara. El de Hohen­schwan­gau, que es este ves aquí aba­jo y quizás menos cono­ci­do que su veci­no, Su con­struc­ción se fecha en el siglo XII, cam­bió de dueños en dece­nas de oca­siones y quedó aban­don­a­do a su suerte en el siglo XIX. En 1829 lo adquir­ió el Príncipe Max­i­m­il­iano, admi­ra­do por la belleza de los para­jes, quien acometió su restau­ración. Afor­tu­nada­mente, durante las dos guer­ras mundi­ales no sufrió daño alguno y actual­mente, excep­to en Navi­dad, se puede vis­i­tar todo el año.

 

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Y lleg­amos a la per­li­ta del via­je, el castil­lo de Neuschwanstein. La subi­da por las mon­tañas para ver­lo te va a lle­var una media hora pero vaya si merece la pena, sobre todo porque de camino te vas a encon­tran­do cas­ca­di­tas en miniatu­ra como esta…

 

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Neuschwanstein sig­nifi­ca “Nue­vo Cisne de Piedra” (fue así lla­ma­do en hom­e­na­je al Caballero Cisne de la ópera de Wag­n­er). Su con­struc­ción la ini­ció el rey Luis II de Baviera (cono­ci­do tam­bién como El Rey Loco).Invir­tió su pro­pio dinero,no el de las arcas del esta­do, para este capri­cho de cuento,su obsesión era ten­er una res­i­den­cia que ase­me­jara la de las his­to­rias infan­tiles. Y vaya si lo con­sigu­ió. 360 habita­ciones (sólo 14 terminadas,el resto están incon­clusas), ya que el rey fue depuesto en 1886 y poco después murió de for­ma mis­te­riosa. El pro­pio Dis­ney se inspiró en el Neuschwanstein Schloss para la creación de su castil­lo de “La Bel­la Dur­miente”, aunque seguro que ignor­a­ba que aquí se uti­lizó el primer telé­fono “móvil” de la Historia,con una cober­tu­ra de seis met­ros. ¿La úni­ca pega? Está total­mente pro­hibido fotografi­ar el inte­ri­or.

 

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