Mongolia

Hacía bastante tiempo que venía dándole vueltas a dedicarle un artículo a Mongolia, ese inmenso país escondido entre Rusia y China (y eclipsado casi siempre por ambos) que goza del curioso honor de ser la nación menos poblada del mundo. Con una extensión que triplica la de España pero apenas tres millones de habitantes (la densidad de población es de dos personas por kilómetro cuadrado, en nuestro país de casi un centenar), Mongolia continúa a día de hoy siendo un gran desconocido para muchos occidentales. Qué mejor forma entonces de acercarnos a su historia y misterios que de la mano del que para mí ha sido uno de los grandes descubrimientos literarios de los últimos tiempos. «Adios a Mongolia», una fascinante novela que nos lleva a través de sus páginas a un país donde casi la mitad de sus habitantes continúan viviendo como hace cientos de años. 

Pocos periodistas españoles tienen la experiencia en Oriente de Zigor Aldama, reportero que ha vivido más de 20 años en Asia. Llegó a China siendo un jovencito de 19 años, acabó casándose  con una mujer de allí, Hu Yuan (que le acompaña en alguno de sus viajes por Mongolia junto al fotógrafo Miguel Candela) y, tras ejercer de corresponsal para multitud de periódicos, nos deja como regalo una de las novelas más interesantes que se han escrito sobre Mongolia. Fueron seis viajes los que hizo allí, acompañado en otras ocasiones por el fotógrafo Alex Cardona, en condiciones muy extremas (hay que ser muy valiente para viajar a Mongolia en pleno invierno, cuando las temperaturas sobrepasan los 40 grados bajo cero) y compartiendo con los nómadas la durísima experiencia de vivir en la estepa bajo el techo de una yurta. Te aseguro que mientras lees sus andanzas, puedes sentir ese frío glacial que te congela hasta los pensamientos.

Adios a Mongolia

Hay que agradecer la llegada de este libro a la editorial Planeta y más concretamente a la colección Odiseas (de la que tan fan soy). Dicha colección acoge en su seno algunos de los mejores libros de periodismo viajero publicados en los últimos años (precisamente hace poco leía otro gran título de la colección, «Tras los pasos de Livingstone» de Xavier Moret). De algunos de ellos dimos buena cuenta en el blog, como el divertidísimo «Los blancos estáis locos» , donde seguimos las vivencias de un diplomático en Guinea Ecuatorial, viajamos a la lejana Armenia de mano de  «La memoria del Ararat» y recorrimos tierras africanas en «Hijos del Nilo» . Pero si hay un libro que podríamos enlazar con «Adiós a Mongolia» es justamente «Billete al fin del mundo», donde os resumía la historia del mítico tren Transiberiano.

Es precisamente en uno de los ramales de dicha línea ferroviaria, la del Transmongoliano, donde Zigor da sus primeros pasos en esta novela. Como él mismo reconoce, no es fácil llegar a Mongolia, incluso desde su vecina China, donde ponen todas las pegas del mundo para que puedas hacerte con un visado. Este tren entre ambos países sólo circula dos veces a la semana y los precios de los billetes (incluso los de «litera dura») no son baratos; al menos, eso sí, se vanaglorian en China de que los trenes salen con una puntualidad británica. El relato del viaje, en el que predominan los emigrantes mongoles cargados de petates, es tan surrealista que no te desvelo ninguna anécdota para que tú mismo te sorprendas.

Ulán Bator (que los mongoles conocen como Ulaanbaatar) es definida por Zigor como «la peor ciudad del mundo». Quizás él mismo sea consciente de lo exagerado de su comentario pero también sabe, como buen reportero que es, que son justamente los titulares radicales y efectistas los que abren el apetito curioso del lector. En este caso así es. Y es que la realidad es esa: la capital de Mongolia, donde se hacina una tercera parte de los habitantes del país, no es una ciudad acogedora con el turista. Me recordó el paso de Zigor por la ciudad a un video que vi hace unos meses de Alan x el Mundo, el famoso youtuber mexicano, en el que comentaba escandalizado que le habían cobrado casi 40 dólares por tomar fotografías de un monumento (en un país donde el sueldo medio a duras penas llega a los 300 euros).

El caso es que Ulán Bator es una ciudad muy poco acostumbrada a los turistas y acaso por dicho motivo los cuida poco, pese a que pudieran ser una fuente de ingresos de lo más atrayente. La mayoría de los hoteles y hostales aconsejan no salir por la noche, ya que la fama de peligrosa de la ciudad no es un bulo ni una exageración. Las reyertas son continuas. Buena culpa la tiene el problema de alcoholismo que se sufre en la sociedad mongola (una tienda dispensadora de bebidas alcohólicas por cada 270 habitantes, el índice más alto del mundo). Casi un 11% de los hombres mongoles (y un 2% de las mujeres) son alcohólicos. Y ello pese a que en Mongolia no se acostumbra a comer con cerveza o vino, como ocurre en muchos países occidentales. Pero aquí el problema es la ingesta de alcohol de alta graduación, especialmente vodka. La pobreza, la soledad y el frío son la excusa. El resultado, que tres de cada cuatro crímenes violentos están asociados a beber sin control.

El corazón de Ulán Bator es la plaza  Sükhbaatar, que preside la estatua ecuestre del líder de la Revolución de 1921 y fundador del Partido del Pueblo Mongol, Damdin Sukhbaatar. Alrededor de dicha plaza se agrupan los hoteles y tiendas más importantes de la capital, así como el Parlamento, también conocido como Casa del Gobierno. Es aquí donde los mongoles llevaron a cabo las primeras protestas pacíficas en 1990 en contra del régimen comunista y donde actualmente se llevan a cabo las celebraciones más importantes de la ciudad, así como rallies, festivales o conciertos. 

Mongolia

Otro gran problema con el que lucha la capital es la polución, que ha convertido a Ulán Bator en la ciudad más contaminada del mundo (superando a ciertas ciudades chinas, lo cual ya era difícil). Centrales térmicas, quema de carbón, tubos de escape no homologados… vivir en la capital de Mongolia equivale a fumarse dos o tres cajetillas diarias de tabaco.

Hay que tener en cuenta también las condiciones deplorables en las que viven miles de ciudadanos en los suburbios, en yurtas sin calefacción, electricidad o agua corriente. Son exiliados rurales que abandonan su vida en el campo, buscando un futuro mejor en la gran urbe y dándose de bruces con la cruda realidad: aquí no hay trabajo para tanta boca. Son tantas las familias que llegan a diario desde diferentes puntos del país que el gobierno se ha visto «obligado» a negar su empadronamiento, aunque los campesinos siguen montando sus campamentos, ahora considerados ilegales. Los políticos se lavan las manos, diciendo que la situación les desborda. En vez de buscar soluciones y alternativas (o atajar la corrupción, que deja las cuantiosas ganancias de la minería en manos de sólo unos pocos), se abandona a su suerte a miles de ciudadanos, negándoseles el derecho a la sanidad, los servicios más básicos o la escolarización de los menores.

Mongolia no sólo es un país altamente despoblado. También es una rareza en lo que a modo de vida de sus habitantes se refiere. Porque saliendo de la capital, se extienden ante nosotros kilómetros y kilómetros de estepa donde es difícil encontrar poblaciones medianamente importantes (dato curioso es que el autor, en seis viajes al país, sólo ve un edificio monumental fuera de Ulán Bator, el monasterio budista de Erdene Zuu). Esta ausencia de pueblos, incluso aldeas, responde al hecho inusual de que en Mongolia ha pervivido el nomadismo. Como los caracoles, los mongoles de las áreas rurales se van moviendo de un lugar a otro con la casa a cuestas.

Familia Mongolia

Casualmente, estos días estoy acabando un libro de antropología bastante interesante, «Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la Humanidad» de Yuval Noah Harari, donde se relata como los descendientes de los simios (es decir, nosotros) hemos llegado hasta nuestros días después de miles de años de andanzas por este planeta. Al principio, el ser humano se caracterizaba por su nomadismo; se iban mudando, en pequeños grupos, buscando buenas condiciones climáticas, mejores pastos y animales a los que dar caza. Con la llegada de la agricultura, el hombre se vio obligado a atarse a un pedazo de tierra. Creía que ante sí le esperaba una vida mejor pero son aún muchos los antropólogos y sociólogos que defienden que con el paso de los siglos, la vida en ciudades hacinadas donde era fácil la programación de pandemias, la natalidad desmesurada por la necesidad de mano de obra agraria (y la consecuente lucha por un mendrugo de pan) y la industrialización sin control no ha logrado que vivamos mucho mejor que nuestros antepasados. Aunque cueste creerlo, trabajaban menos horas que nosotros (gastaban diariamente cuatro o cinco horas en cazar y recolectar), tenían mejor forma física y vivían con bastante menos preocupaciones.

El caso es que los mongoles son de los escasos habitantes del planeta (no los únicos pero sí los más numerosos) que aún siguen huyendo, nunca mejor dicho, del sedentarismo. Viven en yurtas (en Mongolia se conoce como ger a este tipo de vivienda), custodiadas por perros que avisan de la llegada de animales salvajes o humanos no conocidos: por ello el saludo con el que ha de avisar su presencia el visitante es nokhoi khor («¡sujeta al perro!»). Los mongoles son extremadamente hospitalarios (raro es el que niega alojamiento al forastero)y ofrecen lo poco que tienen: un techo bajo el que refugiarse en unas tierras donde las temperaturas alcanzan los cuarenta o cincuenta grados bajo cero.

Mover el ger, de unos 250 kilos de peso, de un lugar a otro es pan comido para estos nómadas. En poco más de dos horas, son capaces de montar estas tiendas con armazón de madera que se recubren de algodón, fieltro y en algunas ocasiones de alfombras. Suelen mudarse unas cuatro veces al año, coincidiendo con el cambio de estación. Las familias más afortunadas cuentan con una pequeña furgonetilla donde trasladar los trastos. Pero la gran mayoría no puede costearse vehículo ninguno ni pagar la gasolina, por lo que han de conformarse con carros de lo más rudimentarios. Y a veces ni eso.

Mongolia Yurta

La vida en el ger es dura. Los más «lujosos» cuentan con un pequeño generador que permite funcionar una radio y en los casos más excepcionales, un televisor e incluso paneles solares. Pero la mayoría de las familias no pueden permitirse ni siquiera esos pequeños electrodomésticos y los momentos de ocio se limitan a las reuniones con los escasos vecinos, con quien se comparte vodka y cuencos de leche agria de yegua alrededor de una estufa que sirve además de cocina y en la que se aviva el fuego con las bostas de las vacas. En invierno, los nómadas se acuestan temprano pues madrugan mucho: suelen levantarse antes del amanecer para ocuparse del ganado. Es difícil así mismo mantener la higiene en invierno: es imposible bañarse en los ríos congelados, por lo que hay que lavarse por partes con la ayuda de un barreño y una esponja.

La alimentación es bastante escueta. Carne de cabra hervida acompañada de una harina de maíz o trigo que se come con las manos y algún cuenco de sopa. Para desayunar, poco más que té, panecillos con nata y leche hervida, si hay suerte yogur y un queso tan duro que se rompen los dientes al intentar masticarlo. La fruta, la verdura y el pescado son manjares inalcanzables para familias que sobreviven con apenas 50 euros mensuales. La agricultura es casi inexistente ya que, debido a lo extremo del clima y la topografía tan excepcional, sólo un 1% del territorio es apto para el cultivo. El mongol vive casi exclusivamente de la ganadería: es el principal exportador de lana del mundo, con un 42% del volumen total. Esto después no se traduce en un reparto equitativo de las ganancias, ya que un 35% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. La disparidad entre ricos y pobres es descomunal.

El mérito de la supervivencia del nomadismo se enfrenta a problemas cada vez más insalvables. Uno de ellos es la educación de los menores. El gobierno ha parecido encontrar una solución definitiva con las escuelas móviles, que van persiguiendo a los grupos de familias en sus diferentes itinerarios. Sin embargo, la aparición de la televisión y los teléfonos móviles con conexión a internet (los adolescentes se enganchan de vez en cuando al wifi de algún pueblo por el que pasan) ha provocado que las nuevas generaciones de nómadas comiencen a envidiar la vida urbanita de las ciudades. Al mismo tiempo, el teléfono ha facilitado la vida de los nómadas, que actualmente ya no tienen que recorrer decenas de kilómetros cada vez que quieren cerrar una venta de ganado y pueden consultar las previsiones meteorológicas para los siguientes días (importantísimo en un país donde se depende de los dzud, los fenómenos naturales extremos). Esto, además, les permite comunicarse con sus seres queridos. Los nómadas quieren motivar a sus hijos, animarles a continuar la vida en las yurtas, intentando poner la tecnología a su favor. Ya sólo la localización por GPS es un avance extraordinario.

El Festival Naadam (en mongol «los juegos») es la celebración más importante de Mongolia. Una festividad con cuatrocientos años de vida que se lleva a cabo cada verano, generalmente en Julio, por distintas partes del país, aunque la mayor parte de las pruebas se hacen en el Estadio Nacional de la capital. Los mongoles se preparan durante un año entero tanto para participar como para ejercer de espectadores en esta festividad que combina arte y deporte a partes iguales. Durante los días que dura la celebración, los canales de televisión mongoles apenas emiten otros eventos. Los ganadores, a los que se concede el título de León Nacional, pasan a convertirse en los personajes más populares del país. Es tal la importancia del Naadam no sólo para Mongolia sino a nivel mundial que desde el año 2010 es considerado Patrimonio Inmaterial de la UNESCO.

El bökh o lucha mongola es el deporte más aclamado del festival: en Mongolia es tan popular como el fútbol en Europa y se cree que ya se practicaba hace casi 3.000 años. Hombres gigantescos (y otros no tanto) ataviados con calzones, chalecos y botas de piel luchan cuerpo a cuerpo intentando que el rival toque el suelo con la parte superior del cuerpo, el codo o la rodilla. Curiosamente, no hay clasificaciones por peso, ya que un rival más delgado puede derribar a su oponente gracias a la maña y una buena zancadilla. Muchos de los mejores deportistas de lucha mongola acaban mudándose a Japón para convertirse en estrellas del sumo. Algunos de ellos hasta llegan a alcanzar el estatus de yokozuna, el grado máximo de nivel en la competición nipona. Aún así, algunos han acabado regresando a Mongolia, incapaces de adaptarse al exigente modo de vida japonés.

Lucha mongola

Los mongoles están considerados los mejores jinetes del mundo. De hecho, muchos de ellos comienzan a montar a caballo cuando sólo tienen cinco o seis años de edad. Es el sueño de muchos críos nómadas: convertirse en una estrella de las carreras de caballos, el otro gran deporte nacional.  Como los caballos mongoles son relativamente pequeños y las carreras bastante largas (unos 25 kilómetros de media), cuanto menos pese el jinete, mejor. Por dicho motivo, los niños tienen las mayores posibilidades de conseguir el puesto. El problema es que están tan obsesionados con el tema (y sus padres igual) que muchos de ellos abandonan el colegio, soñando con la fama y el dinero.

Jinetes Mongolia

Gengis Kan (o Chinggis Khan, como le conocen los mongoles) está considerado el héroe nacional: de hecho, fue elegido como uno de los 25 dirigentes políticos más importantes de la historia de la Humanidad. No obstante, su imperio fue en su día el mayor del mundo, abarcando desde Europa Oriental, a la altura de Turquía, hasta el Océano Pacífico. Fue el fundador del primer imperio mongol y logró unificar a las tribus nómadas mongolas. Al parecer, además de conquistar tierras, se dedicó a esparcir su semilla por el mundo y según diferentes estudios, 16 millones de asiáticos descienden directamente del gran guerrero. La gran espina del pueblo mongol es desconocer dónde se encuentra exactamente su tumba, pese a que lleven más de ochocientos años intentando dar con ella.

Gengis Kan
Estatua en homenaje a Gengis Kan

Otra de las tradiciones inamovibles de Mongolia, trasmitida de padres a hijos, es la de la cetrería. El documental «La cazadora del águila» de Otto Bell alcanzó popularidad mundial hace cinco años e incluso estuvo nominado a los Oscar. Relataba la vida de la adolescente Aisholpan Nurgaiv, a quien erróneamente se le atribuyó el título de «la primera mujer cetrera de Mongolia» (no, anteriormente hubo otras cuantas, hace 2000 años ya era habitual ver a mujeres manejándose con estas aves majestuosas).

Ahora el debate está servido: ¿ha conseguido el documental atraer a un turismo que está «maleando» a los nómadas, que comienzan a cobrar por exhibiciones con las águilas y cada vez sacan más beneficio económico del Festival del Águila Dorada? ¿Hasta qué punto la cetrería es respetuosa con los animales? Los cetreros se defienden diciendo que sólo conviven con las águilas durante tres o cuatro años, son tratadas como un miembro más de la familia y posteriormente regresan a su vida libre en la naturaleza. 

Los tsaatan, los criadores de renos, son una de las tribus más peculiares de Mongolia. Originarios del Ártico, constan ya de sólo 280 miembros y se dedican a la cría de cerca de un millar de renos. Al contrario que otras familias nómadas, ellos no viven en los típicos gers sino en tipis parecidos a los de las tribus indias de Estados Unidos. Viven en una lucha permanente contra el gobierno mongol, que les acusa de ser unos deforestadores natos: no plantan nada y van talando árboles allá por donde pasan.

Tsaatan Mongolia

 

 

¿Sabías que…?

 

Hay otra Mongolia, la Mongolia Interior, que se anexionó China y donde los mongoles sólo constituyen un 17% de la población total.

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Es un país sin salida al mar, encajonado entre dos súper potencias, China y Rusia, con las que mantiene una relación de amor-odio por la dependencia que tiene de ambas y su impotencia para desligarse de ellas a nivel económico.

Dentro de su territorio se encuentra el Gobi, el mayor desierto de Asia y el quinto del mundo. Fue aquí donde el investigador Roy Chapman llevó a cabo un importante descubrimiento de huesos de dinosaurio: su historia inspiró la creación del personaje de Indiana Jones.

El primer hotel del país no se inauguró hasta el año 1961 y fue el primer edificio público en tener agua corriente (caliente y fría).

A Mongolia se la conoce como «la nación del cielo azul». Se enorgullecen de tener 300 días al año con un cielo absolutamente despejado.

Una tercera parte de los leopardos de las nieves viven en Mongolia. Una de sus particularidades es que no rugen ni ronronean.

Se cree que los mongoles inventaron hace miles de años rudimentarios helados a base de intestinos de caballo congelados. Desde allí la costumbre pasó a China y Marco Polo se la trajo después a Italia.

En Mongolia por cada humano hay 13 caballos y 35 ovejas.

Mongolia no fue reconocido como país por muchas naciones hasta el año 1987. Algunos como Taiwán no lo hicieron hasta el 2002.

Uno de los productos más importantes de Mongolia es la lana de cachemir (después de China, es el segundo exportador del mundo). 

Después del Naadam, el evento más importante del año es el Festival del Nuevo Año Lunar, el Tsagaan Sar. Se celebra entre enero y marzo e incluye costumbres tan curiosas como limpiar el ger de arriba a abajo para recibir limpios el año nuevo.

 

 

1 comentario

  1. Muy buen articulo. Se ve que es una cultura muy interesante.
    Gracias por compartir.

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